Petrilla

Part 9

Chapter 93,758 wordsPublic domain (Wikisource)

El comedor estaba irreprochablemente arreglado. Silvia se sentó, y durante todo el desayuno sintió la necesidad de cosas en que no habría pensado en su estado normal y que pedía para hacer que se levantase Petrilla, eligiendo los momentos en que la pobre criatura se sentaba para seguir comiendo; pero no le bastaba con importunar; buscaba un motivo de reproche y se encolerizaba interiormente de no encontrar ninguno. Si hubiera habido huevos frescos, se habría quejado del mal condimento del suyo. Apenas respondía a las necias preguntas de su hermano y, sin embargo, no dejaba de mirarle. Sus ojos huían de los de Petrilla. Petrilla era muy sensible a estos manejos. Trajo el café en una cubeta de plata, donde calentaba la leche al baño de maría. Los hermanos mezclaban allí mismo con la leche el café puro, hecho por Silvia, en la dosis conveniente. Cuando la solterona hubo preparado minuciosamente la alegría que iba a disfrutar, afectó ver un ligero poso de café; lo cogió con afectación, lo miró, se inclinó para verlo mejor. Estalló la tormenta.

-¿Qué tienes? -dijo Rogron.

-Tengo... que la señorita ha echado ceniza en mi café. ¡Como es tan agradable de tomar el café con ceniza!... Pero no es sorprendente; no se puede hacer bien dos cosas a un tiempo. ¡Bastante pensaba ella en el café! Esta mañana podía haber volado un mirlo por la cocina y no se habría dado cuenta; ¿cómo iba a ver que volaba la ceniza? Y luego, se trata del café de su prima... ¿qué le importa?

Siguió hablando en este tono mientras ponía en el borde del plato el polvillo de café que se había escapado a través del filtro y algunos granos de azúcar que no se disolvían.

-Pero, prima, si es café... -dijo Petrilla.

-¡Ah! ¿Soy ya la que miente? -exclamó Silvia mirando a Petrilla y fulminándola con el horrible fulgor que despedían sus ojos cuando estaba encolerizada.

Las organizaciones que no ha desgastado la pasión tienen a su servicio una gran abundancia de fluido vital. Ese fenómeno de la excesiva claridad de los ojos en los momentos de ira se había establecido tanto mejor en la señorita Rogron cuanto que antaño, en su tienda, había tenido ocasiones de emplear el poderío de su mirada abriendo desmesuradamente los ojos siempre para imprimir a los inferiores un saludable terror.

-Le aconsejo a usted que no me desmienta. ¡Usted, que merecería levantarse de la mesa e irse a comer sola en la cocina!

-¿Qué os ocurre a las dos? -exclamó Rogron.- Estáis esta mañana ásperas como crines.

-La señorita sabe lo que me ocurre con ella. Le dejo tiempo para que tome una resolución antes de hablarte, porque soy con ella más buena de lo que merece.

Petrilla, para esquivar los ojos de su prima, que le aterraban, miraba a la plaza a través de los cristales.

-Me escucha como si hablase con este azucarero. Sin embargo, tiene el oído bien fino; habla desde lo alto de una casa y responde a cualquiera que esté en la calle... ¡Es de una perversidad tu recogida! De una perversidad sin nombre, y no tienes nada bueno que esperar de ella. ¿Te enteras, Rogron?

-¿Qué es eso tan grave que ha hecho? -preguntó el hermano a la hermana.

-¡A su edades empezar bien pronto! -exclamó la solterona, rabiosa.

Petrilla se levantó para retirar el servicio, a fin de hacer algo, porque no sabía qué actitud adoptar. Aunque aquel lenguaje no era nuevo para ella, nunca había podido acostumbrarse a sufrirle. La cólera de su prima le hacía pensar que había cometido algún crimen. Se preguntó cuál no sería el furor de su prima si estuviese enterada de la fuga de Brigaut. Tal vez la privarían de la amistad de Brigaut. Tuvo a la vez los mil pensamientos de la esclava, tan rápidos, tan profundos, y resolvió guardar silencio absoluto sobre una cosa que en conciencia no le parecía nada mala. Hubo de oír palabras tan duras, suposiciones tan ofensivas, que al entrar en la cocina se le contrajo el estómago y tuvo un horrible vómito. No se atrevió a quejarse; no estaba segura de que la cuidasen. Volvió al comedor pálida, amarilla; dijo que no se encontraba bien y subió a acostarse, deteniéndose en cada escalón, creyendo que había llegado su última hora.

-¡Pobre Brigaut! -pensaba.

-Está enferma -dijo Rogron.

-¡Enferma, ella! ¡De condición! -dijo Silvia de modo que su prima la oyese-. ¡No estaba enferma esta mañana, no!

Este último golpe aterró a Petrilla, que se acostó llorando y pidiendo a Dios que se la llevase de este mundo.

Desde hacía un mes, Rogron no tenía que llevar El Constitucional a casa de Gouraud. El coronel iba obsequiosamente a buscar el periódico, a charlar un rato y se llevaba a Rogron de paseo si hacía buen tiempo. Segura de ver al coronel y de poder preguntarle, Silvia se vistió con coquetería. La solterona creía estar atractiva poniéndose un vestido verde, un pequeño chal amarillo de Cachemira con cenefas rojas y un sombrero blanco adornado de menudas plumas grises. A la hora en que el coronel solía llegar se estacionó en el salón con su hermano, a quien había obligado a permanecer de bata y zapatillas.

-¡Hace buen tiempo, coronel! -dijo Rogron al oír los pesados pasos de Gouraud-. Pero no estoy vestido; mi hermana quería salir y me ha hecho quedarme en casa; espéreme usted.

Rogron dejó a Silvia sola con el coronel.

-¿Adónde piensa usted ir, que se ha puesto hecha una divinidad? -preguntó Gouraud, que notaba cierto aire solemne en el ancho rostro granuloso de la solterona.

-Quería salir; pero como la pequeña no está bien, me quedo.

-¿Qué tiene?

-No sé; ha dicho que quería acostarse.

La prudencia, por no decir la desconfianza, del coronel estaba alerta constantemente por el resultado de su alianza con Vinet. Evidentemente el abogado se había llevado la mejor parte. El abogado redactaba el periódico, mandaba en él como dueño y aplicaba los ingresos a la redacción, mientras que el coronel, editor responsable, ganaba muy poca cosa. Vinet y Cournant habían prestado a los Rogron servicios enormes; un coronel retirado no podía hacer nada por ellos. ¿Quién iba a ser diputado? Vinet. ¿Quién era el gran elector? Vinet. ¿A quién se consultaba? ¡A Vinet! El coronel conocía tan bien como Vinet la fuerza y la profundidad de la pasión que en Rogron había encendido Betilda de Chargebœuf. Aquella pasión iba haciéndose insensata, como todas las últimas pasiones de los hombres. La voz de Betilda hacía estremecerse al solterón. Absorbido por sus deseos, Rogron los ocultaba; no se atrevía a esperar una boda semejante. Para sondar al mercero, el coronel le había dicho que iba a pedir la mano de Betilda. Rogron había palidecido al verse ante un rival tan temible; se había vuelto frío para Gouraud y casi le mostraba odio. Así, Vinet reinaba de todas las maneras en aquella casa, en tanto que el coronel no estaba unido a ella más que por los lazos hipotéticos de una afección mentida por su parte y que en Silvia no estaba todavía declarada. Cuando el abogado le reveló la maniobra del presbítero, aconsejándole que rompiese con Silvia y pusiera los ojos en Petrilla, Vinet halagó la inclinación del coronel; pero al analizar el sentido íntimo de aquella proposición, al examinar bien el terreno en derredor de sí, el coronel creyó notar en su aliado la esperanza de enemistarle con Silvia y de aprovechar el miedo de la solterona para conseguir que toda la fortuna de los Rogron fuese a manos de Betilda de Chargebœuf. Así, pues, cuando Rogron le dejó a solas con su hermana, la perspicacia del coronel recogió todos los pequeños indicios que delataban la inquietud de pensamiento de Silvia. Adivinó el plan que ella había formado de estar sobre las armas y a solas con él durante un momento. El coronel, receloso ya de que Vinet le había jugado una mala pasada, atribuyó la conferencia a alguna secreta insinuación de aquel mico judicial; se puso en guardia como cuando practicaba un reconocimiento en país enemigo: la mirada fija en el campo, atento al menor ruido; el espíritu alerta, la mano en las armas. El coronel tenía el defecto de no creer una sola palabra a las mujeres; y cuando la solterona puso a Petrilla sobre el tapete y dijo que se había acostado al mediodía, pensó que Silvia la había castigado en su habitación por celos.

-Se va haciendo muy mona esa pequeña -dijo negligentemente.

-Será muy bonita -respondió la señorita Rogron.

-Ahora debía usted enviarla a París, a un almacén -añadió Gouraud-. Allí haría fortuna. En casa de las modistas se ven ahora jóvenes muy bellas.

-¿Es esa su opinión de usted? -preguntó Silvia con voz turbada.

-«Bueno, ya estoy en el ajo, pensó el coronel. Vinet habrá aconsejado que el día de mañana casen a Petrilla conmigo, para perderme ante esta vieja bruja.» ¿Pues qué quiere usted hacer de ella? -dijo en voz alta-. ¿No ve usted a una muchacha noble, de incomparable belleza, bien emparentada, cómo Betilda de Chargebœuf, reducida a quedarse para vestir imágenes? Nadie la solicita. Petrilla no tiene nada; no se casará nunca. ¿Cree usted que la uventud y la belleza pueden signilicar algo para mí, por ejemplo; a mí que, capitán de caballería en la Guardia imperial desde que el emperador creó su guardia, he estado en todas las capitales y he conocido a las mujeres más hermosas de esas mismas capitales? La juventud y la belleza abundan mucho, son muy comunes y no sirven para nada... No me hable usted de ellas. A los cuarenta y ocho años -prosiguió, añadiéndose algunos -, cuando se ha sufrido la derrota de Moscú, cuando se ha hecho la terrible campaña de Francia, se tienen los riñones un poco estropeados; yo soy un viejo formal. Una mujer como usted me cuidaría, me mimaría; y su fortuna, unida a mis pobres mil escudos de retiro, me proporcionaría para la vejez un bienestar conveniente; yo la preferiría mil veces a una remilgada, que me causaría infinitas molestias y tendría treinta años y pasiones cuando yo tuviese sesenta y reumatismos. A mi edad se calcula. Vea usted, dicho sea entre nosotros, a mí no me gustaría tener hijos si me casara.

Durante esta parrafada, Gouraud había leído con claridad en la cara de Silvia, y la exclamación de ella acabó de convencerle de la perfidia de Vinet.

-¿De modo -dijo ella- que no ama usted a Petrilla?

-¿Pero está usted loca, mi querida Silvia? -exclamó el coronel-. ¿Intenta nadie cascar avellanas cuando no tiene dientes? A Dios gracias, estoy en mi juicio y me conozco.

Silvia no quiso mezclarse en la cuestión, y le pareció más discreto hacer hablar a su hermano.

-Mi hermano -dijo- tenía la idea de casar a ustedes.

-Su hermano no puede haber tenido una idea tan incongruente. Hace unos días, para conocer su secreto, le dije que amaba a Betilda, y se puso blanco como ese cuello que lleva usted puesto.

-¿Ama a Betilda? -dijo Silvia.

-¡Como un loco! Y la verdad es que Betilda no quiere más que su dinero -¡Toma, Vinet!, pensó el coronel-. ¿Cómo ha podido, pues, hablar de Petrilla? No, Silvia -dijo, cogiéndole una mano y estrechándosela de cierta manera-, puesto que me ha hecho usted hablar de estas cosas...-se acercó a Silvia-. Pues bien...-le besó la mano; era coronel de caballería y tenía el valor acreditado-, sépalo usted: no quiero tener otra mujer que usted. Aunque este matrimonio parezca de conveniencia, por mi parte yo siento cariño por usted.

-Pues era yo la que quería casarle a usted con Petrilla. Y si yo le diese mi fortuna... ¿Eh?¿Qué tal, coronel?

-Pero yo no quiero ser desgraciado en mi casa y ver dentro de diez años a un joven pisaverde como Julliard rondando a mi mujer y dirigiéndole versos desde el periódico. ¡Soy demasiado hombre para eso! Jamás haré un matrimonio desproporcionado por la edad.

-Bueno, coronel, ya hablaremos de eso seriamente -dijo Silvia, lanzándole una mirada que ella creyó impregnada de amor y que se parecía bastante a la de una ogresa.

Sus labios fríos y de un violeta crudo se estiraron sobre los dientes amarillos y creyó sonreír.

-Ya estoy aquí -dijo Rogron, y se llevó al coronel, que saludó cortésmente a la solterona.

Gouraud decidió apresurar su matrimonio con la solterona y convertirse así en dueño de la casa, prometiéndose desembarazarse -gracias a la influencia que ejercería sobre Silvia durante la luna de miel- de Betilda y Celeste Habert. Durante el paseo dijo a Rogron que se había burlado de él el otro día; que no tenía ninguna aspiración al corazón de Betilda, porque no era lo bastante rico para casarse con una mujer sin dote. Luego le confió su proyecto: había elegido a su hermana desde hacía mucho tiempo teniendo en cuenta sus buenas cualidades; aspiraba, en fin, a ser su cuñado.

-¡Ah, coronel! ¡Ah, barón! Si no hace falta más que mi consentimiento, se casarán ustedes en el plazo que permita la ley -exclamó Rogron, feliz con verse libre de aquel tremendo rival.

Silvia pasó toda la mañana en su departamento calculando si habría allí sitio para un matrimonio. Resolvió edificar un segundo piso para su hermano y arreglar convenientemente el primero para ella y su marido; pero se prometió también -fantasías de toda solterona- someter al coronel a algunas pruebas para formar juicio sobre su corazón y sus costumbres antes de decidirse. Le quedaban dudas y quería asegurarse de que Petrilla no tenía trato alguno con el coronel.

Petrilla bajó a la hora de la comida para poner la mesa. Silvia había tenido que guisar y se había manchado el vestido, gritando: «¡Maldita Petrilla!» Era evidente que si Petrilla hubiera preparado la comida, Silvia no se habría manchado de grasa su vestido de seda.

-¡Hola! ¡Ya está aquí la damisela! Es usted como el perro del herrador, que duerme al pie de la fragua y se despierta al ruido de las cacerolas. ¡Ah! ¡Y quiere usted que la creamos enferma, embusterilla!

Esta idea: «No me ha confesado usted la verdad de lo que ocurrió esta mañana en la plaza; luego miente usted en todo lo que dice», fue como un martillo con el que Silvia había ya de golpear sin descanso en el corazón y en la cabeza de Petrilla.

Con gran asombro de Petrilla, su prima la mandó vestirse para la reunión de la noche. La imaginación más alerta se queda muy por debajo de la actividad que imprimen las sospechas en el espíritu de una solterona. En tales casos, la solterona aventaja a los políticos, a los abogados, a los notarios y a los usureros. Silvia pensó consultar a Vinet después de examinar bien cuanto había en derredor suyo. Quiso tener a Petrilla a su lado para saber, por la actitud de la pequeña, si el coronel había dicho la verdad. Las señoras de Chargebœuf llegaron las primeras. Siguiendo el consejo de su cuñado Vinet, Betilda había redoblado su elegancia. Vestía un delicioso traje azul de pana, una pañoleta clara como siempre, pendientes imitando racimos, de granates y oro; los cabellos rizados, su cruz de oro pendiente de una cinta ceñida al cuello, zapatitos de raso negro, medias de seda grises y guantes de piel de Suecia; a lo que había que añadir sus aires de reina y sus coqueterías de soltera dispuesta a apoderarse de todos los Rogron. La madre, serena y digna, conservaba como la hija cierta impertinencia aristocrática, con la cual las dos mujeres lo encubrían todo y por donde asomaba su espíritu de casta. Betilda estaba dotada de un talento superior que sólo Vinet había sabido adivinar al cabo de llevar ambas damas dos meses en su casa. Cuando logró medir la profundidad de aquella muchacha despechada por la inutilidad de su juventud y de su belleza, e instruida por el desprecio que la inspiraban los hombres de una época en que el dinero era el único ídolo, exclamó sorprendido:

-Si me hubiese casado con usted, Betilda, estaría hoy en camino de ser ministro de Justicia. Me llamaría Vinet de Chargebœuf y, en vez de ser liberal, figuraría en la derecha.

Betilda no deseaba casarse con ningún fin vulgar; no se casaba por ser madre ni por tener marido; se casaba para ser libre, para tener un editor responsable, para llamarse señora y poder obrar como los hombres. Rogron para ella era un nombre y esperaba hacer algo de aquel imbécil: un diputado que votase y cuya alma sería ella; necesitaba vengarse de su familia, que no había hecho caso de una muchacha pobre. Vinet, al aprobar y admirar sus ideas, las había extendido y fortalecido mucho.

-Querida prima -le decía, explicándole la influencia que tenían las mujeres y mostrándole la esfera de acción propia de ella-, ¿cree usted que Tiphaine, un hombre de ínfimo valer, llega por sí mismo al Tribunal de primera instancia de París? La señora de Tiphaine es quien ha hecho que se le nombre diputado; ella es quien le lleva a París. Su madre, la señora de Roguin, es una astuta comadre que hace lo que quiere del famoso banquero Du Tillet, uno de los compadres de Nucingen, y los dos unidos a los Keller; y estas tres casas prestan servicios al Gobierno o a sus hombres más influyentes. Los ministerios están en excelente relación con estos lobos cervales de la banca, que así extienden su poder a todo París. No hay razón para que Tiphaine no llegue a presidente de cualquier Audiencia. Cásese usted con Rogron y le haremos diputado por Provins cuando yo me aseguro la elección por otro distrito del departamento del Sena y el Marne. Entonces tendrán ustedes una Recaudación general, una de esas plazas en que no hay que hacer más que echar firmas. Seremos de la oposición, si triunfa; pero si siguen los Borbones, ¡ah, con qué suavidad nos inclinaremos hacia el centro! Además, Rogron no vivirá eternamente, y usted se casará con un título. En fin, búsquese usted una buena posición y los Chargebœuf nos servirán. La miseria de usted, como la mía, debe de haberle enseñado lo que valen los hcrmbres; hay que servirse de ellos como se sirve uno de los caballos de posta. Un hombre o una mujer nos llevan de tal a tal etapa.

Vinet había hecho de Betilda una pequeña Catalina de Médicis. Dejaba a su mujer en casa, dichosa con sus dos hijos, y acompañaba siempre a las señoras de Chargebœuf a casa de los Rogron. Llegó en todo su esplendor de tribuno champañés. Tenía ya entonces bonitas antiparras de oro, un chaleco de seda, una corbata blanca, un pantalón negro, botas finas y una levita negra hecha en París, un reloj de oro, una cadena. En vez del antiguo Vinet, pálido y flaco, arisco y sombrío, el Vinet de ahora tenía la prestancia de un hombre político; caminaba, seguro de su fortuna, con la seguridad propia del hombre del Palacio de Justicia que conoce todos las cavernas del derecho. Su astuta cabezuela estaba tan bien peinada, la rasurada barbilla le daba un aspecto tan pulido, aunque frío, que parecía agradable, dentro del género de Robespierre. Verdaderamente, podía ser un delicioso fiscal, con su elocuencia elástica, peligrosa y asesina, o un orador de una sutileza al estilo de Benjamín Constant. La acritud y el odio que le animaban antes se habían convertido en pérfida dulzura. El veneno se había convertido en medicina.

-Buenos días, querida; ¿cómo va? -dijo la señora de Chargebœuf a Silvia.

Betilda fue derecha a la chimenea; se quitó el sombrero, se miró al espejo y puso el lindo pie en la barra de la lumbre para que se lo viese Rogron.

-¿Qué lo sucede a usted, caballero? -le dijo, mirándole-. ¿No me saluda usted? ¡Está bien! ¡Y se pone una para usted trajes de terciopelo!...

Llamó a Petrilla para que le pusiese sobre una butaca el sombrero. La jovencita se lo cogió de las manos y ella se lo dejó coger como si se tratase con una doncella. Los hombres pasan por ser muy feroces, y los tigres también; pero ni los tigres, ni las víboras, ni los diplomáticos, ni los hombres de justicia, ni los verdugos, ni los reyes, pueden, en sus más grandes atrocidades, imitar las crueldades dulces, las dulzuras envenenadas, los desprecios salvajes de las señoritas entre sí cuando las unas se creen superiores a las otras en nacimiento, en fortuna, en gracias, y cuando se trata de matrimonio, de prerrogativas o de las mil rivalidades de la mujer.

El «gracias, señorita» que dijo Betilda a Petrilla fue un poema en doce cantos.

Ella se llamaba Betilda y la otra Petrilla. Ella era una Chargebœuf ¡y la otra una Lorrain! ¡Petrilla era bajita y enfermiza! ¡Ella, alta y llena de vida! A Petrilla la mantenían de caridad. ¡Betilda y su madre gozaban de independencia! ¡Petrilla llevaba un vestido de algodón con toca y Betilda hacía ondular el terciopelo azul del suyo! ¡Betilda tenía los hombros más hermosos del departamento y brazos de reina! ¡Petrilla tenía los omoplatos y los brazos descarnados! ¡Petrilla era Cenicienta y Betilda el hada! ¡Betilda iba a casarse; Petrilla iba a morir soltera! ¡Betilda era adorada y a Petrilla no la quería nadie! Betilda tenía buen gusto, iba peinada maravillosamente. ¡Petrilla ocultaba sus cabellos bajo una gorrita y no sabía nada de modas! Epílogo: Betilda lo era todo; Petrilla no era nada. La altiva bretona comprendía bien este poema.

-Buenos días, pequeña -le dijo la señora de Chargebœuf desde lo alto de su grandeza y con el aire impertinente que le daba la nariz remangada.

Vinet llevó al colmo aquella sarta de injurias, mirando a Petrilla y diciendo en tres tonos diferentes:

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Qué hermosa estamos esta noche, Petrilla.

-¿Hermosa? -dijo la pobre niña-. No es a mí, sino a su prima a quien hay que decírselo.

-¡Oh! Mi prima siempre lo está -respondió el abogado-. ¿No es así, amigo Rogron? -añadió volviéndose al dueño de la casa y estrechándole la mano.

-Sí -respondió Rogron.

-¿Para qué hacerle decir lo que no piensa? Nunca me ha encontrado de su gusto -replicó Betilda sin quitarse de delante de Rogron-. ¿No es cierto? Míreme.

Rogron la miró de pies a cabeza y cerró suavemente los ojos, como un gato cuando le rascan la cabeza.

-Es usted demasiado hermosa; demasiado peligrosa de ver -dijo.

-¿Por qué?