Petrilla

Part 8

Chapter 84,038 wordsPublic domain (Wikisource)

No sin vivos temores bajó Petrilla de su habitación la mañana en que Brigaut surgió en medio de su sueño matinal como otro sueño. Para levantarse, para abrir la ventana, la señorita Rogron tenía que haber oído aquel canto y aquellas palabras que en los oídos de una solterona sonaban a palabras comprometedoras; pero Petrilla ignoraba los hechos que tenían a su prima tan alerta. Silvia tenía razones poderosas para levantarse y para correr al balcón. Desde hacía ocho días, extraños acontecimientos secretos y crueles sentimientos agitaban a los principales personajes del salón Rogron. Aquellos acontecimientos desconocidos, cuidadosamente ocultos por una y otra parte, solían recaer como un frío alud sobre Petrilla. Ese mundo de cosas misteriosas, a las cuales habría que llamar las inmundicias del corazón humano, yace en el fondo de las más grandes revoluciones políticas, sociales o domésticas; pero, al hablar de ellas, acaso conviene mucho explicar que su traducción algebraica, aunque verdadera, es infiel desde el punto de vista de la forma. Esos cálculos profundos no hablan con tanta brutalidad como los expresa la historia. Querer interpretar los circunloquios, las precauciones oratorias, las largas conversaciones en que el espíritu obscurece de propio intento la luz que lleva en sí, o la melosa palabra diluye el veneno de ciertas intenciones, sería emprender un libro tan largo como el magnífico poema llamado Clarisa Harlowe. La señorita Habert y Silvia tenían las mismas ganas de casarse; pero la una tenía diez años menos que la otra, y las probabilidades permitían a Celeste Habert pensar que toda la fortuna de los Rogron vendría a sus hijos. Silvia llegaba ya a los cuarenta y dos años, edad en que el matrimonio puede ofrecer peligros. Al confiarse sus ideas, para pedirse mutuamente aprobación, Celeste Habert, advertida por el vengativo ábate, había ilustrado a Silvia sobre los supuestos peligros de su posición. El coronel, hombre violento, de una salud militar, muchachote de cuarenta y cinco años, practicaría probablemente la moral de todos los cuentos de hadas: Fueron felices y tuvieron muchos hijos. Aquella felicidad infundió miedo a Silvia; tuvo miedo de morir, idea la más espantosa para los solterones. Pero había subido el Ministerio Martignac, segunda victoria de la Cámara que derribó al de Villèle. El partido Vinet alzaba el gallo en Provins. Vinet, que ya era el primer abogado de la comarca de Brie, ganaba lo que quería, según la expresión popular. Era un personaje. Los liberales profetizaban su advenimiento: sería diputado, fiscal de la Más que. En cuanto al coronel, llegaría a alcalde de Provins. ¡Ah! ¡Reinar como reinaba la señora de Garceland! ¡Ser la mujer del alcalde! Silvia no resistió a tal esperanza; quiso consultar a un médico, aunque semejante consulta la cubriese de ridículo. Aquellas dos mujeres, la una victoriosa de la otra y segura de conducirla a su antojo, inventaron uno de esos lazos que tan diestramente saben preparar las mujeres aconsejadas por un presbítero. Consultar al señor Neraud, el médico de los liberales, antagonista del señor Martener, era cometer una falta. Celeste Habert ofreció a Silvia esconderla en su tocador y consultar para sí misma sobre aquel punto al señor Martener, médico de su hospedería. Cómplice o no de Celeste, Martener respondió a su cliente que el peligro existía ya, aunque débil, en una soltera de treinta años.

-Pero la constitución de usted -dijo para terminar- le permite no temer nada.

-¿Y si fuese una mujer de cuarenta años cumplidos? -dijo la señorita Habert.

-Una mujer de cuarenta años, casada y que ha tenido hijos no puede temer nada.

-¿Pero una señorita virtuosa, como la señorita Rogron, por ejemplo?

-¡Virtuosa! No hay duda -dijo Martener-. En ese caso, un parto feliz es uno de esos milagros que Dios suele hacer, pero pocas veces.

-¿Y por qué? -dijo Celeste Habert.

El médico contestó con una descripción patológica espantable: explicó cómo la elasticidad que da la naturaleza en la juventud a los músculos y a los huesos no existe ya a ciertas edades, sobre todo en las mujeres que por su profesión han hecho vida sedentaria durante mucho tiempo, como la señorita Rogron.

-¿De modo que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debe ya casarse?

-O esperar; pero entonces ya no es matrimonio, sino una asociación de intereses. ¿Qué iba a ser si no?

De la entrevista, resultó, pues, claramente, seriamente, científicamente y razonablemente que pasados los cuarenta años una soltera virtuosa no debía casarse. Cuando el señor Martener hubo salido, la señorita Celeste Habert encontró a la señorita Rogron verde y amarilla, con las pupilas dilatadas; en fin, en un estado lamentable.

-Entonces, ¿ama usted mucho al coronel? -le dijo.

-Todavía tenía esperanza -contestó la solterona.

-¡Espere usted entonces! -exclamó jesuíticamente la señorita Habert, convencida de que el tiempo haría justicia al coronel.

No obstante, la moralidad de aquel matrimonio era dudosa. Silvia fue a sondar su conciencia en el fondo del confesonario. El severo confesor explicó las opiniones de la Iglesia, que no ve en el matrimonio más que la propagación de la humanidad, que reprueba las segundas nupcias y castiga las pasiones sin objeto social. La perplejidad de Silvia llegó a su colmo. Aquellos combates interiores dieron una fuerza extraña a su pasión, que adquirió para ella el inexplicable atractivo que desde los tiempos de Eva han tenido siempre para las mujeres las cosas prohibidas. La turbación de la señorita Rogron no podía escaparse al ojo clarividente del abogado.

Una noche, después del juego, Vinet se acercó a su querida amiga Silvia, la cogió de la mano y fue a sentarse con ella en un sofá.

-A usted le ocurre algo -le dijo al oído.

Ella inclinó tristemente la cabeza. El abogado dejó que se marchase Rogron; se quedó solo con ella y la hizo confesar su secreto.

«¡Bien jugado, ábate! ¡Pero has jugado por mí!», se dijo interiormente después de oír todas las consultas secretas que había tenido Silvia y entre las cuales la última era la más grave.

El astuto zorro judicial fue más terrible aún que el médico en sus explicaciones: aconsejó el matrimonio, pero no antes de diez años, para mayor seguridad.

El abogado juró que toda la fortuna de los Rogron sería para Betilda. Se frotó las manos, se le afiló el hocico y corrió a reunirse con la señora y la señorita de Chargebœuf, a quienes había dejado camino de casa, acompañadas de un criado provisto de una linterna. Vinet, médico del bolsillo, contrabalanceaba perfectamente la influencia de Habert, médico del alma. Rogron era poquísimo devoto; de modo que el hombre de leyes y el hombre de los hábitos negros se encontraban en iguales condiciones. Al enterarse de la victoria de la señorita Habert, que esperaba casarse con Rogron, sobre Silvia, vacilante entre el miedo de morir y la alegría de ser baronesa, el abogado vislumbró la posibilidad de eliminar al coronel del campo de batalla. Conocía a Rogron lo bastante para encontrar un medio de hacerle casarse con la hermosa Betilda. Rogron no había podido resistir los ataques de la señorita de Chargebœuf. Vinet sabía que la primera vez que Rogron se viese solo con Betilda y con él quedaría decidido el matrimonio. Rogron había llegado al punto de no apartar los ojos de la señorita Habert; tanto miedo le daba mirar a Betilda. Vinet acababa de ver cuánto amaba Silvia al coronel. Comprendió el desarrollo de semejante pasión en una solterona, roída además por la devoción; en seguida dio con el medio de perder al mismo tiempo a Petrilla y al coronel, con la esperanza de que el uno le desembarazase del otro.

Al siguiente día, después de la Audiencia, encontró, como de costumbre, al coronel paseando con Rogron.

Siempre que aquellos tres hombres iban juntos su reunión hacía hablar a la ciudad. Aquel triunvirato, que causaba horror al subprefecto, a la magistratura y al partido de los Tiphaine, era un tribunal que envanecía a los liberales de Provins.

Vinet redactaba el Correo por sí solo; era la cabeza del partido; el coronel, gerente responsable del periódico, era el brazo; Rogron, con su dinero, era el nervio y se le consideraba como lazo de unión entre el Comité director de Provins y el Comité director de París. A oír a los Tiphaine, aquellos tres hombres estaban siempre maquinando algo contra el Gobierno, en tanto que los liberales los admiraban como defensores del pueblo. Cuando el abogado vio a Rogron camino de la placeta, llamado a casa por la hora de comer, cogió al coronel del brazo para impedirle que le acompañara.

-Vaya, coronel -le dijo-, voy a quitarle a usted un gran peso de los hombros; se casará usted mejor que con Silvia; arreglándoselas bien, se casará usted, dentro de dos años, con Petrilla Lorrain.

Y le contó los efectos de la maniobra del jesuita.

-¡Vaya una cosa inesperada y cómo ha crecido! -dijo el coronel.

-Coronel -prosiguió Vinet gravemente-, Petrilla es una criatura encantadora; puede usted ser dichoso el resto de sus días, y tiene usted una salud tan hermosa, que este matrimonio no tendrá para usted los inconvenientes de las uniones desproporcionadas; pero no crea usted fácil este cambio de una suerte horrible por una suerte agradable. Hacer de una novia una confidente es operación tan peligrosa como en el oficio de usted pasar un río bajo el fuego enemigo. Sagaz, como coronel de Caballería que es, usted estudiará la posición y maniobrará con la superioridad que hasta ahora hemos tenido y que nos ha valido nuestra situación actual. Si un día yo soy fiscal, usted podrá mandar las tropas del departamento. ¡Ah! Si hubiera usted sido elector, ya estaríamos más adelantados; yo habría comprado los votos de esos dos empleados, haciendo que no les importase la pérdida de sus plazas, y habríamos tenido mayoría. Yo me sentaría ahora junto a los Dupin, los Casimiro Perier, y...

El coronel pensaba en Petrilla desde hacía mucho tiempo, pero había ocultado su pensamiento con profundo disimulo; la brutalidad con que trataba a Petrilla no era, pues, más que aparente. La niña no se explicaba por que el pretendido camarada de su padre la trataba tan mal en público, mientras que, si la encontraba sola, le pasaba la mano por la barbilla y le hacía una caricia paternal. Desde la confidencia de Vinet, relativa al terror que inspiraba a Silvia el matrimonio, Gouraud había buscado ocasiones de encontrar sola a Petrilla, y, cuando la hallaba, el rudo coronel se tornaba mimoso como un gato; le decía cuán valiente había sido su padre y cuánto había ella perdido con su muerte.

Días antes de la llegada de Brigaut, Silvia había sorprendido a Gouraud y Petrilla. Los celos invadieron su corazón con una violencia monástica. Los celos, pasión eminentemente crédula, recelosa, es la más dominada por la fantasía; pero no da ingenio, lo quita; y a Silvia tal pasión tenía que inspirarle extrañas ideas. Silvia imaginó que el hombre que acababa de dirigirse a Petrilla cantando aquello de señora casada era el coronel. Creía tener razón para atribuir].e aquella cita porque desde hacía una semana el trato. de Gouraud le parecía cambiado. Aquel hombre era el único que, en la soledad en que ella había vivido, se cuidó de ella; ella le observaba, pues, sin quitarle ojo y con todo su entendimiento; y a fuerza de entregarse a esperanzas, alternativamente florecientes o destruidas, había hecho de él una cosa tan absorbente que le producía el efecto de un espejismo moral. Según una bella expresión vulgar, a fuerza de mirar solía ocurrirle no ver nada. Repelía y combatía, unas veces victoriosamente y otras no, la suposición de aquella rivalidad quimérica. Establecía un paralelo entre ella y Petrilla: ella tenía cuarenta años y el cabello gris; Petrilla era una jovencita, deliciosa de blancura, con ojos de una ternura capaz de reanimar un corazón muerto. Había oído decir que a los hombres de cincuenta años les gustan las jovencitas como Petrilla. Antes de que el coronel se hiciese amigo de los Rogron y comenzase a frecuentar su casa, Silvia había oído en el salón de los Tiphaine cosas raras sobre el coronel Gouraud y sus costumbres. Las solteronas viejas tienen en amor las exageradas ideas platónicas que profesan las jóvenes a los veinte años; han conservado doctrinas absolutas, como todos los que no han experimentado la vida y comprobado cómo la fuerza mayor de la sociedad modifica, lima y hace fracasar todas esas hermosas y nobles ideas de la juventud. A Silvia le martillaba el cerebro la idea de ser engañada por el coronel. Después de ese rato que todo solterón desocupado pasa en el lecho, desde que se despierta hasta que se levanta, la solterona se puso a pensar en sí misma, en Petrilla y en la romanza cuya voz matrimonio la había despertado. Como necia que era, en vez de observar a los enamorados a través de las persianas, había abierto el balcón sin comprender que Petrilla la oiría. Si hubiera tenido la vulgar astucia del espía, habría visto a Brigaut y el drama fatal que empezó entonces no habría existido.

Petrilla, a pesar de su debilidad, quitó los barrotes de madera que cerraban los postigos de la ventana de la cocina, los abrió y los enganchó; luego fue a abrir igualmente la puerta del corredor que daba acceso al jardín. Cogió los diferentes plumeros necesarios para limpiar la alfombra, el comedor, el pasillo, las escaleras, en fin, para, limpiarlo todo con un cuidado y una exactitud que ninguna criada, aunque fuese holandesa, habría puesto en su trabajo; ¡le repugnaban tanto las reprimendas! La dicha para ella consistía en ver los ojuelos azules, pálidos y fríos de su prima, no satisfechos, porque no lo parecían nunca, sino solamente tranquilos una vez que habían paseado por todas las cosas su mirada de propietaria, esa mirada inexplicable que ve lo que se ha escapado a los ojos más observadores. Petrilla tenía ya la piel sudorosa cuando volvió a la cocina para ponerlo todo en orden y encender los hornillos a fin de poder llevar a las habitaciones de sus primos lumbre y agua caliente para el tocado; ¡ella, que no la tenía nunca para sí! Puso los cubiertos para el desayuno y encendió la estufa de la sala. Para todos aquellos servicios iba algunas veces a la cueva en busca de pequeños haces de leña, y así dejaba un sitio fresco para entrar en uno caliente, uno caliente para entrar en otro frío y húmedo. Estas transiciones súbitas, hechas con el apresuramiento de la juventud, y con frecuencia, para evitar una palabra ruda, para obedecer una orden, agravaban irremediablemente el estado de su salud. Petrilla no sabía que estaba enferma. Sin embargo, empezaba a sufrir; sentía apetitos extraños, que ocultaba; le gustaban las ensaladas crudas y las devoraba en secreto. La inocente niña ignoraba por completo que su estado constituía una enfermedad grave que requería las más grandes precauciones. Si antes de la llegada de Brigaut, aquel Neraud, que podía reprocharse la muerte de la abuela, hubiera revelado este peligro mortal a la nieta, Petrilla habría sonreído; encontraba demasiada amargura en la vida para no sonreír a la muerte. Pero desde hacía unos instantes, Petrilla, que unía a sus padecimientos corporales los de la nostalgia bretona, enfermedad moral tan conocida que los coroneles se preocupan de ella cuando tienen bretones en su regimiento, tenía cariño a Provins. Aquella flor de oro, aquel canto, la presencia de su amigo de la infancia la habían reanimado, como una planta que lleva mucho tiempo sin agua reverdece después de una abundante lluvia. Quería vivir; ¡no creía haber sufrido! Se deslizó tímidamente en la habitación de su prima; encendió el fuego; dejó allí un calentador de agua; cambió algunas palabras; fue a despertar a su tutor, y bajó a coger la leche, el pan y las demás cosas que llevaban los proveedores. Permaneció un rato en el umbral de la puerta, con la esperanza de que a Brigaut se le ocurriese volver; pero Brigaut caminaba ya por la carretera de París. Había ya arreglado la sala, y estaba ocupada en la cocina, cuando oyó que su prima bajaba la escalera. La señorita Silvia Rogron apareció con su bata de tafetán color carmelita, su gorra de tul adornada con lazos, su flequillo postizo bastante mal colocado, su camisola por debajo de la bata y los pies en sus chancletas. Pasó revista a todo y fue luego a buscar a su prima, que la esperaba, para saber lo que se había de poner de desayuno.

-¡Ah! ¿Está usted aquí, señorita enamorada? -dijo a Petrilla, con un tono semialegre y semiburlón.

-¿Cómo, prima mía?

-Ha entrado usted en mi habitación como una hipócrita y ha salido la mismo; sin embargo, debía usted figurarse que tenía que hablarla.

-¿A mí...?

-Esta mañana le han dado a usted serenata, ni más ni menos que a una princesa.

-¿Una serenata? -exclamó Petrilla.

-¿Una serenata? -dijo Silvia, imitándola-. Y tiene usted un novio.

-¿Qué es un novio, prima?

Silvia esquivó la respuesta y añadió:

-¿Se atreve usted a decir, señorita, que no ha estado bajo nuestras ventanas un hombre hablándole a usted de matrimonio?

La persecución había enseñado a Petrilla las artimañas necesarias a los esclavos, y contestó rápidamente:

-No sé qué quiere usted decir.

-¡La hipócrita! -dijo Silvia.

-¡Prima mía...! -dijo humildemente Petrilla.

-Tampoco es verdad que se ha levantado usted y ha ido, con los pies desnudos, a la ventana, lo cual le costará una enfermedad? ¡Y le estará bien empleado! ¿Y no ha hablado usted con su enamorado?

-No, prima.

-Sabía que tenía usted muchos defectos, pero no le conocía el de mentir. ¡Piénselo usted bien, señorita! Tiene usted que decirnos y explicarnos a su primo y a mí la escena de esta mañana; si no, su tutor tomará medidas rigurosas.

La solterona, devorada por los celos y la curiosidad, procedía por intimidación. Petrilla hizo lo que las personas que sufren más de lo resistible: guardó silencio. Para los seres atacados, el silencio es el único medio de triunfar; el silencio anula las cargas cosacas de los envidiosos, las salvajes escaramuzas de los enemigos; da una victoria aplastante y completa. ¿Qué hay más completo que el silencio? Es absoluto: ¿no es éste uno de los modos de ser de lo infinito?

Silvia examinó a Petrilla furtivamente. La niña se ponía colorada; pero su rubor, en vez de ser general, se dividía en placas desiguales en los pómulos, manchas ardientes de un tono significativo. Al ver aquellos síntomas de enfermedad, una madre habría cambiado en seguida de tono; habría sentado a la niña en sus rodillas; le habría preguntado; habría, desde mucho antes, admirado mil pruebas de la completa, de la sublime inocencia de Petrilla; habría adivinado su enfermedad y comprendido que los humores y la sangre, desviados de su cauce natural, se lanzaban sobre los pulmones, después de haber trastornado las funciones digestivos. Aquellos elocuentes manchas le habrían revelado la inminencia de un peligro mortal. Pero una solterona, en quien no se habían despertado los sentimientos que la familia desarrolla; que no había conocido los cuidados de la infancia ni las precauciones que exige la adolescencia, no podía tener la indulgencia ni la compasión que inspiran los mil acontecimientos de la vida conyugal. Los sufrimientos de la miseria habían encallecido su corazón en vez de enternecerle.

«¡Se ruboriza, luego está en falta!», se dijo Silvia.

El silencio de Petrilla fue, pues, interpretado en el peor sentido.

-Petrilla -dijo Silvia-, vamos a hablar antes de que baje su primo. Venga usted -añadió con un tono más dulce-. Cierre la puerta de la calle. Si viene alguno, llamará y le oiremos.

A pesar de la húmeda neblina que se alzaba del río, Silvia llevó a Petrilla por el paseo arenoso que serpenteaba entre los macizos de césped, hasta el borde de la terraza pedregosa, muelle pintoresco, poblado de lirios y plantas acuáticas. La solterona cambió de sistema; quiso apoderarse de Petrilla por la dulzura; la hiena iba a hacerse gata.

-Petrilla -le dijo-, ya no es usted una niña; va usted a cumplir pronto catorce años y no sería sorprendente que tuviese usted novio.

-Pero, prima -dijo Petrilla, alzando los ojos con angelical dulzura hacia la cara agria y fría de su prima, que había tomado su antiguo aspecto, de vendedora-, ¿qué es un novio?

Silvia no consiguió definir exactamente y con decencia lo que es un novio. Lejos de ver en aquella pregunta el efecto de una adorable inocencia, la tomó por falsedad.

-Un novio, Petrilla, es un hombre que nos quiere y desea casarse con nosotras.

-¡Ah! -dijo Petrilla-. En Bretaña, cuando se está de acuerdo con un joven, se le llama prometido.

-Bueno; pues piense usted, pequeña mía, que no hay ningún mal en que confiese usted sus sentimientos por un hombre. El mal está en el secreto. ¿Acaso le ha gustado usted a alguno de los hombres que vienen a casa?

-No lo creo.

-¿Ama usted a alguno?

-A ninguno.

-¿Con toda seguridad?

-Con toda seguridad.

-Míreme usted, Petrilla.

Petrilla miró a su prima.

-Sin embargo, esta mañana le ha llamado a usted un hombre desde la plaza.

Petrilla bajó los ojos.

-Ha ido usted a la ventana, la ha abierto y ha hablado.

-No, prima; quise ver qué tiempo hacía y vi en la plaza un campesino.

-Petrilla, desde su primera comunión ha ganado usted mucho; es usted obediente y piadosa; quiere usted a sus parientes y a Dios; estoy contenta de usted y no se lo decía por no estimular su orgullo...

¡Aquella horrible mujer tomaba por virtudes el abatimiento, la sumisión, el silencio de la miseria! Una de las cosas más dulces que pueden consolar a los que sufren, a los mártires, a los artistas, de la pasión divina que les imponen la envidia y el odio, es encontrar el elogio donde siempre hallaron la censura y la mala fe. Así, Petrilla alzó a su prima los ojos enternecidos y se sintió a punto de perdonarle todos los dolores que le había causado.

-Pero si todo eso no fuese más que hipocresía; si yo hubiera de ver en usted una serpiente a quien he prestado el calor de mi seno, ¡sería usted una infame, una horrible criatura!

No creo tener nada que reprochame - dijo Petrilla, sintiendo que se le contraía horriblemente el corazón ante el súbito tránsito de la alabanza inesperada al terrible acento de la hiena.

-¿Sabe usted que una mentira es un pecado mortal?

-Sí, prima.

-Pues bien, está usted ante Dios -dijo la solterona, mostrándole con un gesto solenme los jardines y el cielo-. Júreme que no conocía a ese campesino.

-No juraré -dijo Petrilla.

-¡Ah! ¡No era un campesino, viborilla!

Petrilla escapó, como una corza asustada, a través del jardín, espantada por aquel problema moral. Su prima la mandó volver, con una voz terrible.

-Están llamando -dijo ella.

-¡Ah, qué hipocritilla! Tiene el alma llena de artificios; y ahora ya tengo la seguridad de que esa culebrilla se ha enroscado al coronel. Nos ha oído decir que es barón. ¡Ser baronesa! ¡Estúpida! ¡Oh! Yo me desembarazaró de ella poniéndola de aprendiza, y pronto.

Silvia se quedó tan absorta en sus pensamientos que no vio a su hermano que cruzaba el jardín mirando los estragos que la helada había hecho en sus dalias.

-¡Eh, Silvia! ¿En qué estás pensando ahí? Creí que mirabas a los peces; los hay que algunas veces saltan fuera del agua.

-No -dijo ella.

-Bueno; ¿y has dormido bien?

Y se puso a contarle lo que había soñado.

-¿No me encuentras la cara emborronada?

Otra palabra del vocabulario Rogron. Desde que Rogron amaba -pero no profanemos esta palabra-; desde que deseaba a la señorita Chargebœuf, se preocupaba mucho de su aspecto y de sí mismo. Petrilla bajó en aquel momento la escalinata y anunció desde lejos que estaba listo el desayuno. Al ver a su prima, la tez de Silvia se cubrió de manchas verdes y amarillas; toda su bilis se puso en movimiento. Observó el corredor y le pareció que Petrilla debía haber lustrado el suelo.

-Lo haré, si usted quiere -respondió aquel ángel, ignorante del peligro que este trabajo tiene para una joven.