Part 6
Petrilla prefería las obreras a sus parientes; era amable para ellas; las miraba trabajar; les decía frases agradables, esas flores de la infancia que Rogron y Silvia oían con recelo porque les gustaba producir a los subordinados un saludable terror. Las obreras estaban encantadas con Petrilla. Sin embargo, no terminó el equipo sin que hubiese terribles interjecciones.
-¡Esta chiquilla nos va a costar un ojo de la cara -decía Silvia a su hermano-. A ver si te estás quieta, niña. ¡Qué demonio! No es para mí, sino para ti -decía a Petrilla, cuando le tomaban medida de alguna prenda-. ¡Deja trabajar a la señorita Borain, que tú no le vas a pagar el salario! -decía cuando le veía pedir algo a la primera costurera.
-Señorita -decía la costurera Borain-, ¿cosemos esto con punto atrás?
-Sí, hágalo usted sólidamente; no tengo ganas de estar haciendo un ajuar como éste a cada paso.
Se hizo con la niña lo que con la casa. Petrilla tenía que ir tan bien puesta como la niña de la señora de Garceland. Tuvo brodequines de moda, de piel bronceada, como la niña de Tiphaine. Tuvo medias de finísimo algodón; un corsé de la mejor corsetera; un vestido de reps azul; una linda pelerina forrada de seda blanca, para competir con la pequeña de la señora de Julliard, la joven. Del mismo modo la ropa interior se hizo en armonía con la exterior; tanto temía Silvia el examen y el golpe de vista de las madres de familia. Petrilla tuvo bonitas camisas de madapolán. La señorita Borain dijo que las niñas de la subprefecta llevaban pantalones de percal bordados y guarnecidos de puntilla; lo mejor. Petrilla tuvo pantalones con volantes de encaje. Se encargó para ella una preciosa capa de terciopelo azul forrado de raso blanco, semejante a la de la pequeña Martener. Así se transformó Petrilla en la más deliciosa niña de Provins. El domingo, al salir de la iglesia, todas las señoras la besaron. Las señoras de Tiphaine, Garceland, Galardón, Auffray, Lesourd, Martener, Guépin y Julliard se enamoraron de la bretoncita. Aquel triunfo exaltó el amor propio de la vieja Silvia, que no había hecho el bien por Petrilla sino por su propia vanidad. Sin embargo, Silvia había de acabar por sentir el éxito de su prima; y véase cómo sucedió: las señoras enviaban por Petrilla, y ella, creyendo triunfar así, la dejaba ir. Buscaban a Petrilla para que fuese a jugar y hacer comiditas con las otras niñas. Petrilla logró, pues, mejor acogida que los Rogron. A Silvia la molestaba que aquellas señoras enviasen por la niña y no fuesen personalmente a buscarla. La cándida criatura no ocultó cuánto gozaba en casa de las señoras de Tiphaine, Martener, Galardón, Julliard, Lesourd, Auffray y Garceland, cuyo trato contrastaba con el desagrado de sus primos. Una madre habría sido feliz viendo disfrutar a su hija; pero los Rogron habían adoptado a Petrilla porque les convenía y no para favorecerla; sus sentimientos, lejos de ser paternales, estaban manchados de egoísmo y de una especie de explotación comercial.
El hermoso equipo, los lindos vestidos de fiesta y los de diario empezaron a hacer desgraciada a Petrilla. Como todos los niños, libres en sus juegos y acostumbrados a seguir las inspiraciones de su imaginación, gastaba atrozmente los zapatos, los vestidos y, sobre todo, los pantalones de encaje. Cuando una madre reprende a su hijo no piensa más que en él; su palabra es dulce y no sube de tono sino cuando se ve obligada o el niño ha procedido mal; pero en la magna cuestión de los vestidos, los escudos eran la primera razón de ambos primos; se trataba de ellos y no de Petrilla. Los niños tienen el olfato de la raza canina para los actos de quienes los dirigen: huelen admirablemente si se los quiere o se los tolera. Los corazones puros perciben mejor los matices que los contrastes; un niño no comprende todavía el mal, pero sabe cuándo se hiere el sentimiento de lo bello que la naturaleza ha puesto en él. Los consejos que se acarreó Petrilla sobre la compostura que deben observar las jovencitas bien educadas, sobre la modestia y la economía, eran el corolario de este tema principal: «¡Petrilla nos arruina!» Aquellas reprimendas, que tuvieron un resultado funesto para Petrilla, hicieron a los dos solterones volver a sus antiguos hábitos comerciales, de que su establecimiento en Provins les había apartado y en los cuales su natural iba a expansionarse y a florecer de nuevo.
Acostumbrados a dirigir, a hacer observaciones, a mandar, a reñir a los dependientes, Rogron y su hermana languidecían por falta de víctimas. Los espíritus estrechos necesitan el despotismo para ejercitar los nervios, como las almas grandes sienten sed de igualdad para el ejercicio del corazón. Los seres mezquinos se manifiestan lo mismo por la persecución que por la beneficencia; pueden demostrar su poder mediante un imperio sobre los demás, cruel o caritativo, pero caen del lado a que los impulsa su temperamento. Añadid el vehículo del interés y tendréis el enigma de la mayoría de las cosas sociales. Desde entonces Petrilla se hizo extremadamente necesaria para la existencia de sus primos. Desde que llegó, los Rogron habían estado ocupadísimos en el equipo, y luego entretenidos por la novedad de su pequeña comensal. Toda cosa nueva, sea un sentimiento o sea una posesión, necesita establecer costumbre. Silvia empezó por llamar a Petrilla pequeña mía; luego suprimió el pequeña mía y lo dejó en Petrilla a secas. Los regaños, al principio agridulces, se hicieron vivos y duros. Ya en ese camino, el hermano y la hermana avanzaron rápidamente; ¡ya no se aburrían! No fue el complot de seres malos y crueles, sino el instinto de una tiranía imbécil. Los dos hermanos se creyeron útiles a Petrilla como antes se creían útiles a sus aprendices. Petrilla, cuya sensibilidad verdadera, noble, excesiva, era el antípoda de la aridez de los Rogron, sentía horror por los reproches; la afligían tan vivamente, que en seguida mojaban dos lágrimas sus bellos ojos puros. Tuvo que luchar mucho para reprimir su adorable vivacidad, que tanto gustaba fuera de casa y que desplegaba entre sus amiguitas; pero en casa, hacia el fin del primer mes, empezó a permanecer pasiva. Y Rogron le preguntó si estaba enferma. Al oír esta extraña interrogación, Petrilla corrió al extremo del jardín para llorar allí, a la orilla del río, en el cual caían sus lágrimas como ella misma había de caer un día en el torrente social. Un día, a pesar de su cuidado, se desgarró el hermoso vestido de reps en casa de la señora de Tiphaine, adonde había ido a pasar el día jugando. En seguida se deshizo en lágrimas, previendo la reprimenda que le esperaba en casa.
Le preguntaron y dejó escapar, entre lágrimas, algunas palabras sobre su terrible prima. La hermosa señora de Tiphaine tenía reps parecido y reemplazó por su propia mano el ancho del vestido. La señorita Rogron supo la partida que, según su expresión, le había jugado la endemoniada chiquilla. Desde entonces no permitió a Petrilla volver a casa de aquellos señores.
La vida de Petrilla en Provins iba a dividirse en tres muy distintas fases. La primera, aquella en que experimentó una especie de dicha con la mezcla de frías caricias y ardientes reproches de sus primos, duró tres meses. La prohibición de ir a casa de sus amiguitas, fundamentada en la necesidad de que empezase a aprender todo lo que debía saber una joven bien educada, cerró la primera fase de la vida de Petrilla en Provins, el único período de su existencia que le pareció soportable.
Los movimientos interiores que la estancia de Petrilla producía en los Rogron fueron estudiados por Vinet y por el coronel con la precaución del zorro que se propone entrar en un gallinero y siente inquietud al ver en él un ser extraño. Los dos iban de tarde en tarde, por no despertar el recelo de Silvia; hablaban con Rogron aprovechando diferentes pretextos y se iban enseñoreando de él con una reserva y una habilidad que el gran Tartufo hubiese admirado. El coronel y el abogado estuvieron en casa de los Rogron la noche misma del día en que Silvia se negó a enviar a Petrilla a casa de la señora de Tiphaine en términos muy ásperos. Al saber esto, se miraron los dos como personas que conocían bien la vida de Provins.
-Decididamente, esa señora ha querido molestar a usted. Hace tiempo que anunciamos a Rogron lo que ha sucedido. Con esas gentes no se va ganando nada bueno.
-¿Qué puede esperarse de un partido antinacional? -exclamó el coronel, retorciéndose los bigotes e interrumpiendo al abogado-. Si hubiéramos intentado apartarlos a ustedes de ellos, habrían ustedes pensado que teníamos motivos de odio para hablar así. Pero ¿por qué, señorita, si lo gusta jugar al boston, no ha de hacerlo usted en su casa por las noches? ¿Es imposible reemplazar a cretinos como ese Julliard? Vinet y yo sabemos el boston y acabaremos por encontrar otro que haga el cuarto. Vinet puede presentar a usted a su esposa, que es amable, y además es una Chargebœuf. Usted no hará lo que esos macacos de la ciudad alta; no exigirá trajes de duquesa a una buena señora de su casa a quien la infamia de su familia obliga a hacérselo todo por sí misma y que reúne el valor de un león y la dulzura de un cordero.
Silvia Rogron sonrió al coronel, dejando ver sus largos dientes amarillos. El coronel aguantó muy bien aquel horrible fenómeno y hasta adoptó un aire halagador.
-Si no somos más que cuatro, no podremos jugar al boston todas las noches -respondió.
-¿Qué quiere usted que haga un veterano como yo, sin más ocupación que comerse su retiro? El abogado siempre está libre por la noche. Además, tendrá usted gente, se lo prometo -añadió con cierto retintín misterioso.
-Bastaría -dijo Vinet -ponerse francamente en contra de los ministeriales de Provins y hacerles frente; vería usted cuánto se la quería en la ciudad; tendría usted gente de sobra. Haría usted rabiar a los Tiphaine oponiendo estos salones a los suyos. Nos reiremos de los demás, ya que los demás se ríen de nosotros. En cuanto a ustedes, la pandilla no guarda disimulo.
-¿Cómo? -preguntó Silvia.
En provincias hay siempre más de una válvula por donde se escapan los chismorreos de una sociedad sobre la otra. Vinet estaba enterado de todos las cosas que se dijeron acerca de los Rogron en los salones de donde los dos merceros estaban definitivamente desterrados. El juez suplente, el arqueólogo Desfondrilles, no pertenecía a ningún partido y, como algunos otros personajes independientes, contaba todo lo que oía. Vinet se había aprovechado de aquellas charlas. El maligno abogado envenenó, al repetirlas, las bromas de la señora de Tiphaine. Al revelar las burlas a que Rogron y Silvia se habían prestado, encendió la cólera y despertó el espíritu de venganza en aquellas naturalezas secas que necesitaban un alimento para sus ruines pasiones.
Días después, Vinet llevó a su mujer, persona bien educada, tímida, ni fea ni guapa, muy dulce y muy penetrada de su desventura. La señora de Vinet era rubia, un poco marchita por los cuidados de su pobre casa y vestida con mucha sencillez. No había mujer que pudiese parecer mal junto a Silvia. La señora de Vinet soportó los aires de Silvia y se doblegó como persona habituada a doblegarse. En su frente abombada, en sus mejillas de rosa de Bengala, en su mirada lenta y tierna se veía la huella de esas profundas meditaciones, de ese pensamiento suspicaz que las mujeres acostumbradas a sufrir sepultan en el silencio absoluto. La influencia del coronel, que desplegaba para Silvia gracias cortesanescas, aparentemente nacidas de su brusquedad militar, y la del diestro Vinet alcanzaron en seguida a Petrilla. Encerrada en casa o saliendo sólo en compañía de su vieja prima, Petrilla, aquella linda ardilla, sufrió constantemente el «¡No toques a eso!», y aguantó continuos sermones sobre la manera de conducirse. Petrilla tenía la costumbre de encorvarse un poco; su prima quería que fuese tiesa como ella, que parecía un soldado presentando armas a su coronel; a veces, le daba ligeros golpes en la espalda para obligarla a enderezarse. La libre y alegre hija de la Marisma aprendió a reprimir sus movimientos, a parecer un autómata.
Una noche, que señaló el comienzo del segundo período, Petrilla, a quien los tres contertulios habituales no habían visto en el salón durante la velada, vino a besar a sus parientes y a saludar a las visitas antes de acostarse. Silvia tendió fríamente la mejilla a la encantadora criatura como para librarse de su beso. El gesto fue tan cruelmente significativo, que Petrilla rompió a llorar.
-Te has molestado, Petrilla? -dijo el atroz Vinet.
-¿Qué le ocurre a usted? -le preguntó severamente Silvia.
-Nada -dijo la pobre niña, yendo a besar a su primo.
-¿Nada? -replicó Silvia-. Sin razón no se llora.
-¿Qué tiene usted, preciosa mía? -dijo la señora de Vinet.
-¡Mi prima rica no me trata tan bien como mi pobre abuela!
-Su abuela de usted se quedó con su fortuna -dijo Silvia- y su prima le dejará la suya.
El coronel y el abogado se miraron con disimulo.
-Prefiero que me roben y me quieran -dijo Petrilla.
-Bueno; pues volverá usted al sitio de donde ha venido.
-Pero ¿qué ha hecho la pobre niña? -dijo la señora de Vinet.
Vinet lanzó a su mujer una terrible mirada, fría y fija; mirada de personas que ejercen un dominio absoluto. La infeliz ilota, siempre castigada por el delito de no tener lo único que se quería de ella, una fortuna, volvió a coger sus cartas.
-¿Que qué ha hecho? -exclamó Silvia, alzando la cabeza con un movimiento tan brusco que los alhelíes amarillos de su gorra se agitaron-. No sabe qué inventar para contrariarnos; ha abierto mi reloj para enterarse del mecanismo, ha tocado el volante y ha roto el muelle real. La señorita no atiende a nada. Estoy todo el día recomendándole que tenga cuidado con todo y es como si se lo dijese a esta lámpara.
Petrilla, avergonzada de que la riñesen en presencia de extraños, salió suavemente.
-Yo me pregunto cómo se podrá domar la turbulencia de esta niña -dijo Rogron.
-Pues ya tiene edad para ir a un colegio -dijo la señora de Vinet.
Una mirada de Vinet impuso silencio a su mujer, a quien se había librado bien de confiar sus planes y los del coronel sobre los solterones.
-Vean ustedes lo que tiene el cargar con hijos ajenos -exclamó el coronel-. Podrían ustedes todavía tenerlos propios, usted o su hermano. ¿Por qué no se casan ustedes, uno u otro?
Silvia miró al coronel con mucho agrado; por primera vez en su vida tropezaba con un hombre a quien no le pareciese absurdo verla casada.
-Pero la señora de Vinet tiene razón -dijo Rogron-. Así estaría tranquila Petrilla. ¡Un maestro no costará gran cosa!
Silvia estaba tan preocupada con las palabras del coronel, que no contestó a su hermano.
-Si usted quisiera dar no más que su garantía para el periódico de oposición de que hablábamos el editor responsable serviría de profesor para su primita; tomaríamos a ese pobre maestro de escuela, víctima de las intrusiones del clero. Mi mujer tiene razón: Petrilla es un diamante en bruto, que es necesario pulimentar -dijo Vinet a Rogron.
-Creí que era usted barón -dijo Silvia al coronel, mientras daba cartas y después de una larga pausa durante la cual todos los jugadores permanecieron pensativos.
-Sí; pero nombrado en 1814, después de la batalla de Nangis, en la que hizo milagros mi regimiento, no tuve el dinero ni la protección necesarios para poner las cosas en regla en la Cancillería. Ocurre con mi baronía lo mismo que con el grado de general, que se me dio en 1815: tiene que venir una revolución para que me los devuelvan.
-Yo daría mi garantía resguardándola con una hipoteca -dijo, al fin, Rogron.
-Eso puede arreglarse con Cournant -replicó Vinet- El periódico traerá el triunfo del coronel y hará el salón de ustedes más poderoso que el de los Tiphaine y consortes.
-¿Cómo será eso? -dijo Silvia.
Cuando el abogado, mientras su mujer daba cartas, explicaba la importancia que Rogron, el coronel y él adquirirían mediante la publicación de una hoja independiente consagrada al distrito de Provins, Petrilla en su cuarto se deshacía en lágrimas; su corazón y su inteligencia estaban acordes; su prima le parecía más en falta que ella misma. La hija de la Marisma comprendía instintivamente que la caridad y la beneficencia deben ser absolutas. Aborrecía sus hermosos vestidos Y todo lo que se hacía para ella. Se le vendían los beneficios demasiado caros. Lloraba de despecho de haberse entregado a sus primos, y formaba, ¡pobre criatura!, el propósito de conducirse de tal manera que los redujese al silencio. Ahora pensaba cuánta había sido la grandeza de Brigaut al darle sus economías. Se creía en el colmo de la desventura y no sabía que en aquel momento se decidía en el salón una nueva desventura para ella. En, efecto, días más tarde Petrilla tuvo un maestro de primeras letras; tuvo que aprender a leer, escribir y contar. La educación de Petrilla produjo enormes estragos en casa de los Rogron. Había tinta en los muebles, en las mesas, en los vestidos; plumas desparramadas por todas partes; libros rotos, desencuadernados. Se le hablaba ya -¡y en qué términos!- de la necesidad de ganarse el pan, de no ser una carga para nadie. Al escuchar aquellos horribles avisos, Petrilla sentía un dolor en la garganta; se contraía violentamente; su corazón latía de un modo precipitado. Tenía que contener las lágrimas, porque se le pedía cuenta de sus lágrimas como de una ofensa inferida a la bondad do sus magnánimos parientes. Rogron había hallado al fin el modo de vivir adecuado a sus costumbres; reñía a Petrilla como antaño a sus dependientes; iba a sorprenderla en sus juegos para obligarla a estudiar; le hacía repetir las lecciones; era el feroz jefe de estudios de la pobre niña. Silvia, por su parte, consideraba como un deber el enseñar a Petrilla lo poco que sabía de labores. Ni Rogron ni su hermana tenían dulzura en el carácter. Aquellos espíritus estrechos, que además hallaban un placer en importunar a la infeliz pequeñuela, pasaron insensiblemente de la dulzura a la más extremada severidad. Fundábase su severidad en la supuesta mala fe de la niña, que, habiendo empezado demasiado tarde, tenía el entendimiento entorpecido. Los maestros de Petrilla desconocían el arte de dar a las lecciones una forma apropiada a la inteligencia del alumno, en lo cual está la diferencia entre la educación privada y la pública. La falta estaba, pues, no tanto en Petrilla como en sus parientes. Por cualquier cosa la llamaban bestia y estúpida, tonta y torpe. Petrilla, constantemente maltratada de palabra, no veía en sus parientes más que miradas frías. Adquirió la actitud embobada de las ovejas; no se atrevía a hacer nada, al ver sus actos mal juzgados, mal acogidos, mal interpretados. Para todo aguardaba el capricho arbitrario, las órdenes de su prima; los propios pensamientos los guardó para sí y se encerró en una obediencia pasiva. Empezaron a disiparse sus brillantes colores. A veces se quejaba. Cuando su prima le preguntó:
-¿Dónde te duele?-, la pobre pequeña, que sentía dolores generales, contestó:
-Me duele todo.
-¿Se ha visto nunca que duela todo? Si le doliese a usted todo se habría usted muerto -respondió Silvia.
-Le duele a uno el pecho -decía Rogron a manera de epílogo-; le duelen las muelas, la cabeza, los pies o el vientre; pero nunca se ha visto que le duela a uno todo a un tiempo. ¿Qué quiere decir todo? Dolerle a uno todo es no dolerle nada. ¿Sabes lo que estás haciendo? Pues hablar sin decir nada.
Petrilla acabó por callarse al ver que sus candorosas observaciones de jovencita, las flores de su espíritu naciente eran acogidas con lugares comunes que su buen sentido encontraba ridículos.
-¡Te quejas y tienes un apetito de fraile! -le decía Rogron.
La única persona que no chafaba aquella preciada flor tan delicada era la gordiflona criada Adela. Adela calentaba la cama de la niña, pero a escondidas desde el día en que, sorprendida cuando proporcionaba a la niña aquel mimo, fue reñida por Silvia.
-Hay que enseñar a los niños a ser duros; hacerles un temperamento fuerte. ¿Nos va mal a mi hermano y a mí? Usted haría de Petrilla una remilgada.
Las caricias de aquel ángel eran recibidas como fingimientos. Las rosas de cariño que se alzaban tan frescas, tan graciosas en aquella tierna alma y que querían desbordarse de ella eran implacablemente aplastadas. Petrilla recibía los más duros golpes en el sitio más tierno de su corazón. Si intentaba, a fuerza de mimos, ablandar aquellas feroces naturalezas, se la acusaba de hacerlo por interés.
-Di en seguida lo que quieres -exclamaba brutalmente Rogron-; esas zalamerías no las haces en balde.
Ni la hermana ni el hermano admitían el cariño, y Petrilla era todo cariño. El coronel Gouraud, deseoso de complacer a la señorita Rogron, le daba la razón en todo lo concerniente a Petrilla. Vinet también apoyaba a los dos hermanos en cuanto decían contra la pequeña; atribuía todas las supuestas faltas de aquel ángel a la testarudez del carácter bretón, contra la cual era inútil toda buena voluntad. Rogron y su hermana eran así adulados, con extrema sutileza, por aquellos dos cortesanos que habían acabado por obtener de Rogron la garantía para El Correo de Provins y de Silvia cinco mil francos en acciones. El coronel y el abogado se pusieron en campaña. Colocaron cien acciones de a quinientos francos entre los electores propietarios de bienes nacionales -a quienes los periódicos liberales hacían concebir temores-, entre los colonos y entre las personas llamadas independientes. Lograron también extender sus ramificaciones por el departamento y aun más allá, en algunas comunas limítrofes. Cada accionista era, naturalmente, un suscriptor. Luego, los anuncios judiciales y otros se dividieron entre La Colmena y El Correo. El primer número del periódico insertó un pomposo elogio de Rogron. Se le presentaba como el Laffitte de Provins. Cuando el espíritu público tuvo una dirección, se pudo ver que las próximas elecciones serían muy reñidas.
La hermosa señora de Tiphaine se desesperó. Leyendo un artículo dirigido contra ella y contra Julliard, decía:
-He olvidado, por desgracia, que al lado de un tonto hay siempre un bribón, y que la necedad atrae siempre a un hombre listo de la especie de los zorros.