Petrilla

Part 13

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Tanto al señor Martener como a la familia Auffray los sedujo en pocos días el carácter adorable de Petrilla, así como el de la vieja bretona, cuyos sentimientos, ideas y modales estaban impregnados de un antiguo color romano. La matrona parecía una mujer de Plutarco. El médico quería disputar una presa a la muerte, porque desde el primer día, tanto él como el médico de París consideraron a Petrilla perdida. Entre la enfermedad y el médico, a quien alentaba la juventud de Petrilla, hubo uno de esos combates que sólo los médicos conocen y cuya recompensa, en caso de éxito, no está ni en el precio venal de sus cuidados ni en el enfermo, sino en la dulce satisfacción de la conciencia y en no sé qué palma ideal e invisible que recogen los verdaderos artistas con el contento que les produce la certidumbre de haber hecho una obra bella. El médico tiende al bien, como el artista tiende a lo bello, impulsado por un admirable sentimiento que llamamos la virtud. Aquel combate de todos los días había extinguido en el médico provinciano las mezquinas cóleras de la lucha entablada entre el partido de Vinet y el partido de los Tiphaine, como suele ocurrirles a los hombres que se encuentran frente a frente con un gran mal que remediar.

El señor Martener había empezado su carrera queriendo ejercer en París; pero la atroz actividad de esta ciudad, la insensibilidad que acaba por producir en el médico el espantable número de enfermos y la multiplicidad de casos graves habían aterrado su alma dulce y hecha para la vida de provincias. Sentía, además, el yugo de su hermosa patria. Volvió, pues, a Provins para casarse allí y establecerse y cuidar, casi afectuosamente, a una población que podía considerar como una gran familia. Mientras duró la enfermedad de Petrilla no quiso hablar de la enferma. Su repugnancia a responder cuando le pedían noticias de la pobre joven era tan visible, que se acabó por no preguntarle. Petrilla fue para él lo que debía ser: uno de esos poemas misteriosos y profundos, grandes en el dolor, que se suele encontrar en la existencia de los médicos. Experimentaba por aquella delicada joven una admiración en cuyo secreto no quería que penetrase nadie.

Este sentimiento del médico se transmitió, como todos los sentimientos verdaderos, a los señores de Auffray, cuya casa se hizo dulce y silenciosa mientras Petrilla estuvo en ella. Los niños, que tanto, habían jugado antes con Petrilla, se pusieron de acuerdo, con esa generosidad de la infancia, para no ser ruidosos ni importunos. Pusieron su dicha en ser juiciosos porque Petrilla estaba mala. La casa del señor Auffray está en la ciudad alta, más abajo del las ruinas del castillo; fue edificada en un espacio que dejó libre la demolición de las antiguas murallas. Sus habitantes disfrutan de la vista del valle y de la ciudad mientras se pasean por un huertecillo cerrado por gruesos muros, en cuya parte exterior tocan los tejados de las otras casas. En un extremo de la terraza está la puerta-ventana del señor Auffray. En el otro se alzan un emparrado y una higuera, bajo los cuales hay una mesa redonda, un banco y unas sillas pintadas de verde. Se dio a Petrilla una habitación colocada encima del despacho de su nuevo tutor. La señora de Lorrain dormía allí, en un catre de tijera, al lado de su nieta. Desde su ventana podía, pues, Petrilla ver el magnífico valle de Provins, que apenas conocía. ¡Salía tan raras veces de la fatal casa de los Rogron! Cuando hacía buen tiempo, le gustaba ir, apoyada en el brazo de su abuela, hasta el emparrado. Brigaut, que ya no se ocupaba en nada, iba a ver a su amiguita tres veces al día; estaba devorado por un dolor que le hacía sordo a las cosas de la vida; acechaba, con la habilidad de un perro de caza, al señor Martener; le acompañaba siempre y salía con él. Difícilmente podríase imaginar las locuras que hacían todos por la amada enfermita. La abuela, ebria de dolor, ocultaba su desesperación y mostraba a la nieta el mismo rostro sonriente que en Pen-Höel. En su deseo de hacerle la ilusión de aquellos pasados tiempos, le arreglaba y le ponía la gorra bretona con que Petrilla llegó a Provins. Le parecía que así la joven enferma se parecía más a sí misma; estaba Petrilla deliciosa de ver con la cara rodeada por aquella aureola de batista bordeada de almidonada puntilla. Su cabeza, blanca, con la blancura del biscuit; su frente, en la cual el sufrimiento imprimía una apariencia de pensamiento profundo; la pureza de las líneas demacradas por la enfermedad; la lentitud de la mirada y la fijeza de los ojos, todo hacía de Petrilla una admirable obra maestra de melancolía. Así, todos servían a la niña con una especie de fanatismo. ¡La veían tan tierna, tan dulce, tan cariñosa! La señora de Martener habla enviado su piano a casa de su hermana, la señora de Auffray, pensando divertir a Petrilla, a quien la música maravillaba. Era un poema verla oír un trozo de Weber, de Beethoven o de Hérold, con los ojos en alto, silenciosa y echando, sin duda, de menos la vida, que sentía escapársele. El cura Péroux y el señor Habert, que le daban los consuelos religiosos, admiraban su piadosa resignación. ¿No es un hecho notable, y en el cual deben fijar su atención los filósofos y los indiferentes, la seráfica perfección de los jóvenes que llevan entre la multitud la señal roja de la muerte, como los arbolillos jóvenes en una selva? Quien haya visto una de esas muertes sublimes no podrá seguir siendo o volverse incrédulo. Esos seres exhalan como un perfume celeste; sus miradas hablan de Dios; su voz es elocuente cuando dice las cosas más insignificantes, y a menudo suena como un instrumento divino expresando los secretos del porvenir. Cuando el señor Martener felicitaba a Petrilla por haber cumplido alguna prescripción difícil, aquel ángel decía en presencia de todos, ¡y con qué miradas!:

-Deseo vivir, querido señor Martener, no tanto por mí como por mi abuela, por Brigaut y por todos ustedes, que se afligirían con mi muerte.

La primera vez que salió a pasear, en el mes de noviembre, al hermoso sol de San Martín, acompañada de todos los de casa, le preguntó la señora de Auffray si estaba fatigada.

-Ahora -dijo- que no tengo que soportar más sufrimientos que los que Dios me envía, puedo resistir. Encuentro fuerzas para sufrir en la dicha de verme querida.

Esa fue la única vez que, de un modo indirecto, recordó su horrible martirio en casa de los Rogron, de los cuales no hablaba nunca; y como el recuerdo tenía que serle tan penoso, los demás tampoco le hablaban de ellos.

-Querida señora Auffray -dijo una vez, hallándose a la hora del mediodía en la terraza, contemplando el valle, iluminado por un hermoso sol y adornado con los bellos tintes rojizos del otoño-, mi agonía en casa de ustedes me da una felicidad que no he conocido en estos últimos tres años.

La señora de Auffray miró a su hermana, la señora de Martener, y le dijo al oído:

-¡Cómo habría querido!

Efectivamente, el acento y la mirada de Petrilla daban a su frase un valor indecible.

El señor Martener sostenía correspondencia con el doctor Bianchon y no intentaba nada importante sin su aprobación. Esperaba ante todo, dar libre curso a la naturaleza de Petrilla; luego, hacer que el tumor de la cabeza derivase por la oreja. Cuanto más vivos eran los dolores de Petrilla, más esperanza tenía él. Obtuvo en el primer punto pequeños éxitos, y ya esto fue un gran triunfo. Durante unos cuantos días Petrilla recobró el apetito y tomó cosas sustanciosas, por las cuales había sentido hasta entonces la repugnancia característica de su enfermedad; cambió el color de su tez, pero el estado de la cabeza era horrible. Martener pidió, pues, al gran médico, su consejero, que fuese a Provins. Bianchon fue; estuvo allí dos días y decidió hacer una operación; sintiendo por la niña la misma solicitud de Martener, fue por sí mismo en busca del célebre Desplein. La operación fue, pues, hecha por el más grande cirujano de los tiempos antiguos y modernos; pero aquel terrible arúspice dijo a Martener, al marcharse con Bianchon, su discípulo preferido:

-No se salvará si no es de milagro. Como le ha dicho a usted Horacio, ya ha empezado la caries de los huesos. ¡A esa edad son los huesos tan tiernos!

La operación se había verificado en los comienzos del mes de marzo de 1828. Durante todo el mes, aterrado por los espantosos dolores que sufría Petrilla, Martener hizo varios viajes a París; allí consultaba con Desplein y Bianchon, a los cuales llegó a proponer una operación semejante a la litotricia, y que consistía en introducir en la cabeza un instrumento hueco, por medio del cual se intentaría la aplicación de un remedio heroico para detener los progresos de la caries. El audaz Desplein no se atrevió a intentar aquel golpe de mano quirúrgico que la desesperación había inspirado a Martener. Así, cuando el médico regresó de su último viaje a París, los amigos le encontraron apenado e indeciso. Una noche fatal tuvo que anunciar a la familia Auffray, a la señora de Lorrain, al confesor y a Brigaut, reunidos, que la ciencia no podía hacer ya nada por Petrilla, cuya salvación estaba sólo en las manos de Dios. Fue una consternación horrorosa. La abuela hizo un voto y rogó al cura que todas las mañanas, al alba, antes de la hora de levantarse Petrilla, dijese una misa, que oirían ella y Brigaut.

El proceso continuaba. Mientras moría la víctima de los Rogron, Vinet la calumniaba ante el Tribunal. El Tribunal aprobó el acuerdo del consejo de familia, y el abogado apeló en el acto. El nuevo fiscal hizo una requisitoria que determinó una instrucción. Rogron y su hermana tuvieron que poner fianza para no ingresar en la cárcel. La instrucción exigía el interrogatorio de Petrilla. Cuando el señor Desfondrilles fue a casa de los Auffray, Petrilla estaba en la agonía; tenía al confesor a su cabecera e iba a ser sacramentada. En aquel mismo momento suplicaba a la familia, reunida en su alcoba, que perdonase a sus primos, como lo hacía ella, diciendo, con un admirable buen sentido, que el juicio de aquellas cosas sólo correspondía a Dios.

-Abuela -dijo-, lega todos tus bienes a Brigaut -Brigaut se deshacía en lágrimas- y deja mil francos a esa buena de Adela, que me calentaba la cama a escondidas. Si ella hubiera continuado en casa de mis primos, yo viviría...

A las tres de la tarde, el martes de Pascua, con un día hermoso, dejó aquel angelito de sufrir. Su heroica abuela quiso velarla durante la noche, con los sacerdotes y coserle la mortaja con sus viejas manos arrugadas. Al anochecer, Brigaut salió de casa de los Auffray y bajó a casa de Frappier.

-¡Pobre muchacho! No necesito pedirte noticias -le dijo el carpintero.

-Sí, Frappier, todo se acabó para ella, pero no para mí.

El obrero echó a las maderas que había en el taller una mirada a la vez sombría y perspicaz.

-Te comprendo, Brigaut -dijo el buen Frappier-; aquí tienes lo que necesitas.

Y le enseñó dos tablas de encina, gruesas de dos pulgadas.

-No me ayude usted, señor Frappier -dijo el bretón-; quiero hacerlo todo por mí mismo.

Brigaut pasó la noche acepillando y ajustando el féretro de Petrilla, y más de una vez levantó, de un solo garlopazo, una tira de madera mojada con sus lágrimas. El buen Frappier, fumando, le miraba trabajar. No le dijo más que esto cuando le vio ajustar las cuatro tablas:

-Haz la tapa de corredera; así los pobres parientes no oirán clavar...

Al ser de día, Brigaut fue a buscar el cinc necesario para forrar la caja. Por una extraordinaria casualidad, las hojas de cinc le costaron exactamente la misma suma que había dado a Petrilla para su viaje de Nantes a Provins. El valeroso bretón, que había resistido el horrible dolor de hacer por sí mismo el ataúd de su amada compañera de infancia, al ver reflejados en las fúnebres planchas todos sus recuerdos, no tuvo fuerzas para sufrir aquella coincidencia; desfalleció, y no pudo cargar con el cinc; el hojalatero le acompañó, y le ofreció ir con él para soldar la cuarta hoja una vez que el cuerpo estuviese depositado en el féretro. El bretón quemó la garlopa y todas las herramientas que había utilizado; liquidó sus cuentas con Frappier y se despidió de él. El heroísmo con que aquel pobre muchacho se ocupaba, como la abuela, en rendir los últimos tributos a Petrilla le hizo intervenir en la escena suprema que coronó la tiranía de los Rogron.

Brigaut y el hojalatero llegaron a casa de Auffray con tiempo para decidir, por la fuerza bruta, una infame y horrible cuestión judicial. La cámara mortuoria, llena de gente, ofreció a los dos obreros un singular espectáculo. Los Rogron se habían alzado horrendos junto al cadáver de su víctima para torturarla aun después de muerta. El cuerpo, sublime de belleza, de la pobre niña yacía sobre el catre de la abuela. Petrilla tenía los ojos cerrados, los cabellos en bandós, el cuerpo envuelto en una gruesa tela de algodón.

Ante el lecho, con los cabellos en desorden y el rostro encendido, la vieja Lorrain gritaba:

-¡No, no! ¡No se hará eso!

A los pies del lecho estaban el tutor, Auffray, el cura Péroux y el señor Habert. Los cirios ardían todavía.

Delante de la abuela se hallaban el cirujano del hospicio y el señor Neraud, apoyados por el espantoso y melifluo Vinet. Con ellos estaba un alguacil. El cirujano tenía puesto el delantal de disección. Uno de los ayudantes había abierto su estuche y le ofrecía un bisturí.

Aquella escena fue interrumpida por el ruido del ataúd, que Brigaut y el hojalatero dejaron caer, porque Brigaut, que iba delante, se quedó paralizado de espanto ante el aspecto de la abuela Lorrain, que lloraba.

-¿Qué pasa? -dijo Brigaut poniéndose al lado de la anciana y apretando convulsivamente un formón que llevaba en la mano.

-Pasa -dijo la vieja-, pasa, Brigaut, que quieren abrir el cuerpo de mi niña, henderle la cabeza, abrirle el corazón después de su muerte como hicieron durante su vida.

-¿Quién? -dijo Brigaut con una voz capaz de romper el tímpano de los hombres de justicia.

-Los Rogron.

-¡Por el santo nombre de Dios!

-Un momento, Brigaut -dijo el señor Auffray, viendo a Brigaut blandir el formón.

-Señor Auffray -dijo Brigaut, tan pálido como la joven muerta-, le escucho porque es usted el señor Auffray; pero en este momento no escucharía...

-¿Ni a la justicia? -dijo Auffray.

-¿Pero es que hay justicia? -exclamó el bretón-. ¡La justicia es ésa! -añadió amenazando al abogado, al cirujano y al alguacil con su formón, que relumbraba al sol.

-Amigo mío -dijo el cura-, la justicia ha sido invocada por el abogado del señor Rogron, porque éste está bajo el peso de una acusación grave, y no se puede negar a un inculpado los medios de justificarse. Según el abogado del señor Rogron, si esta pobre niña ha sucumbido al tumor de la cabeza, su antiguo tutor no debe ser perseguido, porque está probado que Petrilla ocultó durante mucho tiempo que se había dado un golpe...

-¡Basta! -dijo Brigaut.

-Mi cliente... -dijo Vinet.

-Tu cliente -exclamó el bretón -irá al infierno, y yo al patíbulo; porque si alguno de vosotros hace el intento de tocar a la que tu cliente ha matado, si el practicante no se guarda el bisturí, le mato aquí mismo.

-Hay rebeldía, y vamos a informar al juez -dijo Vinet.

Los cinco extraños se retiraron.

-¡Oh, hijo mío -dijo la vieja levantándose y saltando al cuello de Brigaut-, enterrémosla en seguida, porque volverán!...

-Cuando esté soldada la caja quizá no se atrevan -dijo el hojalatero.

El señor Auffray corrió a casa de su cuñado, el señor Lesourd, para ver si arreglaba el asunto. Vinet no quería otra cosa. Muerta Petrilla, el proceso relativo a la tutela, que no había sido juzgado, quedaba extinguido, sin que nadie pudiese hacer nada en favor ni en contra de los Rogron; la cuestión quedaba indecisa. El astuto Vinet había previsto bien el efecto que su demanda iba a surtir.

Al mediodía, el señor Desfondrilles informó al Tribunal sobre la instrucción relativa a los Rogron, y el Tribunal, motivándolo perfectamente, declaró que no había lugar.

Rogron no se atrevió a presentarse en el entierro de Petrilla, al cual asistió toda la ciudad. Vinet había querido llevarle, pero el antiguo mercero tuvo miedo de excitar un horror universal.

Brigaut salió de Provins después que vio rellenar la fosa de Petrilla y se marchó a pie a París. Elevó una solicitud a la delfina para que, en consideración al nombre de su padre, se le admitiese en la Guardia real, y fue admitido en seguida. Cuando la expedición a Argel, volvió a escribir a la delfina para que se le permitiese tomar parte en ella. Era sargento, y el mariscal Bourmont le nombró subteniente. El hijo del comandante se portó como un hombre deseoso de morir. La muerte ha respetado hasta ahora a Santiago Brigaut, que se ha distinguido en todas las expediciones recientes sin recibir una herida. Hoy es jefe de un batallón de línea. No hay oficial más taciturno ni mejor que él. Fuera del servicio, está siempre casi mudo; pasea solo y vive mecánicamente. Todo el mundo adivina en él, y respeta, un dolor desconocido. Posee cuarenta y seis mil francos, que le legó la anciana señora de Lorrain, fallecida en París en 1829.

En las elecciones de 1830 Vinet fue elegido diputado. Los servicios que ha prestado al Gobierno le han valido el cargo de fiscal general. Es ya tal su influencia, que siempre será diputado. Rogron recaudador general en la misma ciudad donde Vinet ejerce sus funciones; y, por un azar sorprendente, Tiphaine es, también allí, presidente de la Audiencia, porque se ha adherido sin vacilar a la dinastía de julio. La ex bella señora de Tiphaine vive en buena inteligencia con la bella señora de Rogron. Vinet está a partir un piñón con el presidente.

En cuanto al imbécil de Rogron, dice frases como ésta:

-Luis Felipe no será verdadero rey hasta que pueda hacer nobles.

Esta frase no es suya, evidentemente. Su vacilante salud permite a la señora de Rogron esperar que se casará pronto con el general marqués de Montriveau, par de Francia, que manda el departamento y que la galantea. Vinet pide cabezas con la mayor tranquilidad; jamás cree en la inocencia de un acusado. Este fiscal de pura sangre pasa por ser uno de los hombres más amables de su oficio, y no tiene menos éxito en París y en la Cámara; en la corte es un delicioso cortesano.

Según le prometió Vinet, el general barón de Gouraud, ese noble despojo de nuestros gloriosos ejércitos, se ha casado con una señorita Matifat, de veinticinco años, hija de un droguero de la calle de los Lombardos y cuya dote era de cincuenta mil escudos. Manda, como le profetizara Vinet, un departamento próximo a París. Ha sido nombrado par de Francia a causa de su comportamiento cuando los motines ocurridos bajo el Gobierno de Casimiro Perier. El barón de Gouraud fue uno de los generales que tomaron la iglesia de Saint-Merri, feliz con zurrar a los paisanos, que le habían vejado durante quince años, y su ardor ha sido recompensado con el cordón de la Legión de Honor.

Ninguno de los personajes que fueron cómplices de la muerte de Petrilla siente el menor remordimiento. El señor Desfondrilles sigue siendo arqueólogo; pero con la mira puesta en sus elecciones, Vinet se ha cuidado de que le nombren presidente del Tribunal. Silvia tiene una pequeña corte y administra los bienes de su hermano; presta dinero a un interés muy alto y no gasta mil doscientos francos anuales.

De cuando en cuando, en la plazoleta, cuando un hijo de Provins llega de París para establecerse allí y sale de casa de la señorita Rogron, algún antiguo partidario de los Tiphaine dice:

-Los Rogron, tuvieron hace tiempo una cuestión desagradable a causa de una pupila...

-Una cuestión de partido -responde el presidente Desfondrilles-. Se inventaron monstruosidades. Por bondad de alma, recogieron en su casa a aquella Petrilla, que era una jovencita muy linda y sin fortuna; en el momento de su desarrollo tuvo unos amoríos con un aprendiz de carpintero, y para hablar con él subía con los pies descalzos a la ventana. ¿Comprende usted? Los dos amantes se enviaban cartas acarameladas por medio de una cuerda. Hágase usted cargo de que, dada su edad peligrosa, y en el mes de octubre o noviembre, no hacía falta más para que cayese enferma una muchacha que ya tenía mal color. Los Rogron se condujeron admirablemente y no reclamaron la parte que les correspondía de la herencia de la muchacha; se lo dejaron todo a la abuela. La moraleja de esto, amigos míos, es que el diablo nos castiga siempre que hacemos un bien.

-¡Ah, eso es otra cosa! Frappier me lo ha contado de muy distinto modo.

-Frappier consulta más con su bodega que con su memoria -dice entonces uno de los concurrentes al salón de la señorita Rogron.

-Pero el anciano señor Habert...

-¡Oh! Ese... ¿conoce usted su asunto?

-No.

-Pues bien: quería casar a su hermana con el señor Rogron, el recaudador general.

Dos hombres se acuerdan todos los días de Petrilla: el médico Martener y el comandante Brigaut. Los únicos que conocen la espantosa verdad.

Para dar a esto proporciones inmensas, basta recordar, transportando la escena a la Edad Media y a Roma, que una joven sublime, Beatriz Cenci, fue llevada al suplicio por razones e intrigas análogas a las que llevaron a Petrilla a la tumba. Beatriz Cenci no tuvo más defensor que un artista, un pintor.

Hoy, la historia y los vivientes, bajo la fe del retrato de Guido Reni, condenan al Papa y hacen de Beatriz una de las más conmovedoras víctimas de las pasiones infames y de los partidos.

Convengamos, entre nosotros, en que la legalidad sería para los bribones una cosa excelente si no existiera Dios.

Noviembre 1839.

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