Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

Part 9

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En la sala duodécima hay varios holandeses y alemanes. Se impone al instante un retrato de «Desiderio Erasmo», de Holbein, que estuvo en el Louvre durante la dominación francesa. Hoy Turín está orgullosa de su reconquista y dice: _Hic Jacet Erasmos qui quondam pravus erat mus_.

Los españoles tienen representación honrosa en la sala duodécima, pero es poco y de relativo valor lo que hay de Velázquez, Murillo, Ribera y Sánchez Coello. Envío mi pensamiento a aquel soberbio tesoro de Madrid que constituye, en el Museo del Prado, la sala Velázquez. Hay aquí del gran maestro dos retratos, uno es uno de tantos Felipes Cuartos que produjo su pincel. Del Españoleto hay un San Jerónimo. De Murillo el retrato de un niño; una de las repetidas Concepciones y cierto expresivo busto de capuchino. Sánchez Coello ha dejado con su singular manera la imagen de la joven reina que más tarde retratara Van Dyck en su vejez: Isabel Clara Eugenia de Austria.

Y en la sala décimotercia dos preciosos retratos de Coypel; el busto de mujer de la Vigée Le Brum tan popularizado por las reproducciones; y en la décimocuarta, entre cien cosas, el estupendo autorretrato de Rembrandt, hecho de sombra y vida; y apenas hay un momento para el naturalismo rústico de Paul Potter; y en la décimoquinta magistrales paisajes, entre los cuales de Ruysdael. En la décimosexta sonríe el Caravaggio con su _Sonatore di liutto_ y os llama Gentileschi con una Anunciación; y Vanni hace perdurar la voluptuosidad de la más tentadora Magdalena que pueda un pincel pintar y un hombre amar. En la decimoséptima Albani, en varios cuadros, renueva el mito de

Il bello Hermafrodito adolescente,

como dice el verso de D’Annunzio. El Domenichino y Guido Reni y Albani, llenan esta sala con bellas mitologías, a que Carracci y Guercino oponen sus representaciones cristianas. En la decimoséptima se impone el grupo de Apolo y Dafne, y la figura del dios crinado, de un colorido vivo y luminoso, sobresale de manera vencedora. Del Guercino hay en la décimoctava un _San Paolo Eremita_ que recuerda una igual tela hagiográfica de Velázquez. Ambos grandes ingenios, poseídos más o menos del fervor cristiano en la interpretación de los santos, demuestran que no les es indiferente la naturaleza muerta: las galletas de ambos cuervos solícitos, en ambos cuadros, son admirables y suculentas de verdad. En la décimonona todas las miradas y contemplaciones son para la riquísima _Danae_ del Veronese, a pesar de los grandes cuadros vecinos. En la vigésima no dejéis de inclinaros ante el Veronese y Tiépolo, y en la última soportad las varias batallas de Huchtemburg en que la mancha roja y el caballo blanco del príncipe Eugenio de Saboya aparecen irremisiblemente.

15 de Septiembre.

Anoche he presenciado la llegada del duque de los Abruzzos a su buena ciudad de Turín. Turín es la villa de los Saboyas, la verdadera ciudad del _Fert_. Con gran entusiasmo fué recibido el joven explorador, entre calles de aplausos y bajo arcos de vivas. Como yo alabase la audacia brava y el peligroso _sport_ de su alteza, indudablemente enamorado de la gloria y de la ciencia, me dijo un distinguido caballero turinés, mientras los cocheros rojos conducían al príncipe, a los Aosta y al capitán Cagni:

--«Todo está muy bien. Pero ¿qué provecho práctico trae a Italia el hecho de este joven que se gasta una buena serie de miles de liras y pierde dos dedos en una exploración de la que no ha sacado sino ir un poco más sobre el hielo que Nansen? La empresa es insegura, fantástica y poco probable.»

Señor, contesté a mi interlocutor, todas las grandes y geniales empresas son por lo general fantásticas, inseguras, poco probables: y vuestro compatriota el genovés Colón es una prueba de ello. Poco ha perdido el duque con perder dos dedos en donde muchos, hasta su compañero Querini, han perdido todo el cuerpo. Por otra parte, todo eso vale más que las ocupaciones generales de sus colegas: ver correr caballos flacos, fusilar pichones, agitar raquetas y disputarse pelotas, a la manera imperante de los ingleses, fomentar la cría de perros y entretenimiento de señoritas joviales. El duque de los Abruzzos, a quien he visto en Buenos Aires muy simpático y muy gentil, en esa obra de valor y de singularidad, ha interpretado a su manera el _Sempre avanti Saboia_ de su casa. Además le debemos que los estados Unidos, por medio de uno de sus órganos de más páginas y de mayor tiraje, se haya admirado de que un latino haya puesto antes el pie en un lugar que no ha sido hollado por anglosajones. Lo cual debe mortificar al Sr. Demolins y alegrar a mi amigo Arreguine.»

El duque pasó entre las sonoras ovaciones. Buen aspecto, aunque se nota en él las durezas de la vida de la invernada. A su lado iba Cagni, verdadero héroe del viaje. En la estación he visto a la risueña y bella novia de Cagni, y al viejo general su padre. No he podido menos que pensar en los que quedaron allá en la nieve, en la soledad, en la muerte irremisible...

* * * * *

Comida con el _onorevole_ Gianolio, y otras distinguidas personas; un _avvocato_ y el decano de notarios turineses. El diputado es un excelente y filosófico caballero, que entre sus barbas llenas de años deja salir las más sesudas razones; y junta a una cortesía un tanto campechana, la más sincera amabilidad. No conoce bien la Argentina, pero tiene informes de sus riquezas, de su hospitalidad, del desarrollo fabuloso de Buenos Aires. Se sorprende cuando se le habla del número de italianos que hay en nuestra capital, lo cual demuestra que no todos, en el parlamento, están aquí muy al tanto de estos asuntos. Hablamos política, estadística, un poco, muy poco de literatura, pues el elemento no es propicio, a pesar de estar a la mesa un par de hermosos ojos italianos. Mi calidad de poeta ¡a Dios gracias! permanece incógnita, y un madrigal comenzado se desvanecería al olor de la _fonduta_. ¡La _fonduta_! ¿no sabéis lo que es esto, el plato especial de Turín, rubio como el oro, apetitoso y perfumado de trufas blancas?

No sé cómo el señor de Ámicis, que aquí reside, ha conservado sus cualidades plañideras y sentimentales a pesar del frecuente encuentro con esta invención que es gozo de los ojos y del paladar. La _fonduta_ va custodiada de un chianti noble y de un barolo viejo que exigen respetuosas inclinaciones.

* * * * *

Paseo por las galerías de la ciudad, por la vía Roma, y entramos con mi compañero de viaje, al Giardino Romano, teatro estival bastante desmantelado. Impera aquí también el café-concert. Y pensamos en el Casino de Buenos Aires, cuando después de varios números deplorables, salen los dos Colombel, que acabamos de ver en el Alcázar d’Été de París, y nos gratifican con la romance, la romance... _¡la romance du Muguet!_

16 de Septiembre.

Los monumentos de Turín, confieso realmente, no me fascinan. Por todas partes estos políticos, estos generales, estos príncipes, me aguan la fiesta ideal que busca mi espíritu. Estos políticos son demasiado conocidos y demasiado cercanos para que interesen a quien busca en Italia sobre todo el reino de la Belleza, de la poesía, del Arte. Por lo tanto, saludo con respeto al héroe Pietro Mica, a los hábiles y esforzados patriotas y a los Saboyas de bronce, y me detengo ante el monumento del Mont-Cenis, que, con su idea ciclópea, dice a mi alma, en su simbolismo, más cosas que las que me puede decir el ilustre Mazzini y el no menos ilustre Cavour.

En el parque--porque es un parque, aunque le llamen jardín--del Valentino, deleitan las gracias de una acariciante naturaleza. El Po que corre bajo los arcos de los puentes, pacíficamente; los montes cercanos, feraces, cultivados, coronados por la Superga, sembrados de villas y casitas. En la tarde dulce cae con la luz una paz y una melancolía que hacen nacer luceros en el alma. Dichosa gente la que a la orilla de este viejo río vive la perpetua juventud que se revela en la hermosura de estos espectáculos.

Al ponerse el sol vuelven al club los _yachtmen_ que se ejercitan en su _rowing_. Unos pescadores recogen sus cañas.

Antes he tenido tiempo de visitar un castillo medioeval que se ha dejado para los turistas, desde que se construyó, con motivo de la exposición de 1884. Es algo mejor que lo realizado por Robida en el Viejo París. Todo, hasta los menores detalles interiores y exteriores, dan la ilusión de un retroceso a la vida del siglo XV. Quisiera uno tan solamente que los ferreros que abajo trabajan con gran habilidad sus obras de un arte injustamente venido a menos, vistiesen y hablasen como en lo antiguo.

17 de Septiembre.

Por el funicular que hay que tomar atravesando el Po, se va a la Superga. Es ésta, como sabréis, una iglesia construída en lo más empinado de la altura, al oriente de Turín.

Los trenes van jadeantes, en un camino que refresca la sombra y la verdura de los árboles. El domo corona soberbiamente el monte. Ese templo para águilas es una tumba de príncipes. Allí, en la cueva fúnebre, están los huesos de muchos miembros de la casa reinante. Es lo que, artísticamente, se va a visitar con mayor interés, a causa de uno que otro hermoso mausoleo. Nada más impresionante que un simple nicho en que se guarda la corona que las lavanderas de España enviaron a la buena reina doña María de la Gloria, esposa de Amadeo.

Vasto y magnífico panorama, desde la eminencia. A lo lejos los Alpes, que el sol llena de luz; el Levanna, el Roche Melon, la punta de nieve del Mont-Rose. Más cerca los campos que divide el Po en su curso, en que las ciudades y pueblos se miran como cajas de juguetes de Nuremberg; las ondulaciones de las verdes colinas, los senos de los valles, el Viso erguido, y Turín allí cerca, corona del Piamonte. Comienzan a asediar los vendedores de tarjetas postales y los solicitadores de _buona mancia_. Todavía no he encontrado, ¡asombraos! ingleses. Pero los siento. Ellos han de aparecer dentro de poco, ineludibles andadores, doctores oxfordianos en Bædeker, compradores de pisapapeles de alabastro, o prigs que asedian a los primitivos.

Turín está solitario ahora, y paréceme que ha de ser triste siempre. Las gentes de pro andan en el veraneo. Las que quedan, por negocio o por necesidad, parecen muy tranquilas y poco ruidosas. Por las calles hay escasa circulación. En la noche las galerías están sin vida, con excepción de una que otra en que se ven militares y burgueses que se pasean. Las mujeres que encuentro no se parecen a las italianas de mi imaginación. Luego, son hasta las que se diría dedicadas a una existencia poco austera, escasamente expansivas y hasta serias, Turín, convengamos, es una ciudad muy honrada. Reconozcamos estas condiciones a Turín.

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GÉNOVA

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19 de Septiembre.

Génova la Superba no parece a primera vista una ciudad grata. La masa urbana es ciertamente soberbia, cuando se ve a la llegada, desde el tren, en San Pietro D’Arena. Mas ya de cerca, esas casas altas, con las cien manchas verdes de sus ventanas, esas casas descuidadas, esos barrios sucios, nos dan la impresión marcada de una higiene en olvido, de una aglomeración de conventillos. De algunas ventanas se cuelgan ropas a secar, como en España. Ciertos rincones y ciertas callejuelas tienen el mismo cariz de algunos puntos de la Boca. La parte vieja de la ciudad es tortuosa, descuidada. En lo nuevo, se alzan construcciones, se demuelen muros antiguos y se inician casas y palacios.

Vasto puerto, y relativamente escaso movimiento. Las fortificaciones dominan, en las alturas. Castellaccio, Begato, San Benigno, llenos de cañones. La ciudad, a la orilla del mar, sube hacia los montes. Ciudad comerciante y marinera, aun conserva el orgullo de antaño y procura mantener su vitalidad y su energía, guardando sus viejos recuerdos de conquistas y de guerras, cuando sus estandartes fueron vencedores, o en tiempos de duros reveses.

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Vía Garibaldi. La calle es estrecha, sus aceras flanquedas de palacios históricos. Piedras de siglos, vetustos portones en donde podéis ver esculpidas las armas heráldicas. Ahí está el palacio Rosso, regalado por la duquesa de Galiera a la ciudad y que contiene valioso tesoro de arte. Entre lo principal, un retrato del marqués de Brignole-Sale, de Van Dyck, un Durero, y una copia muy buena del San Juan de Leonardo que hay en el Louvre. En el Palazzo Bianco que está en frente, hay también obras excelentes. No puedo, dado el plan de este diario, ni citar todo lo que me interesa; pero me es imposible callar mi gozo ante un antifonario de Neroni que se guarda en esta casa, entre muchas riquezas dignas de la mayor atención.

He visitado la Catedral, en la vía San Lorenzo. Por ella ha pasado lo romano, lo gótico, el renacimiento. La fachada gótica es de una imponente hermosura; en ella alternan mármoles blancos y negros; adórnanla leones y variadas labores y calados. Piadosos e ingenuos escultores trecentistas han dejado figuras y símbolos. Es hasta ahora, la más venerable fábrica que hayan visto mis ojos en la tierra de Italia.

Soberbio es, asentado en la Piazza Nuova, el palacio Ducal, en que hoy trabajan oficinas del gobierno; y en varias calles os dicen grandezas de lo pasado los palacios Doria, Spínola, Parodi, Gambaro y Cataldi. Génova, la de los suburbios infectos, está llena de mármol y de orgullo.

El palacio Rosozza, es un lugar deseable para la realización de una vida de amor. Está dominando el mar, y a sus espaldas se extiende, en la colina, un jardín bellísimo lleno de verdura y de flores, en donde los chorros de agua dicen rimas de D’Annunzio. Y más palacios, y más villas, sobre la ciudad que a la orilla del Mediterráneo mantiene el renombre de sus comerciantes y de sus armadores.

* * * * *

Tengo la mejor idea de los genoveses. Parécenme amables, obsequiosos, atentos. No he podido certificar si tienen doblez o falsedad. No he hecho ningún comercio con ninguno. Y el mal humorado padre Alighieri creo que exageró cuando deseaba para ellos tantas terribles cosas:

Ahi genovesi, uomini diversi D’ogni costume, e pien d’ogni magagna Perché non siete voi del mondo spersi?

Las genovesas que he visto, son esbeltas, garbosas, gentiles, de grandes ojos que se han embriagado de mar y de cielo.

* * * * *

Paseo por la rada. El agua está serena y el horizonte está «histórico» como diría Roberto Montesquiou. Amarrados a los muelles, los barcos descansan, esperando sus cargas. Un acorazado italiano, el Garibaldi, está de estación. Al lado, están remendando la cáscara de hierro de un buque de guerra turco. Advierto que en una de las planchas de popa, un salaz obrero sin duda, ha pintado, con tiza, con visible irrespeto por la media luna, una figura obscena que cualquiera puede notar de lejos.

El bote que me conduce se dirige al lado opuesto, hacia la barrera de piedra que se ha alzado a la rabia del mar, y que éste en ocasiones ha mordido y despedazado por algunos puntos.

Hermoso de toda hermosura el panorama de la ciudad, recostada sobre su vasto anfiteatro, dorada por el sol que se pone. Es una tarde azul acariciada de fuego. Las alturas se destacan como labradas sobre el cielo. En el Rhighi, comienzan a encenderse vivas luces. El cristal marino refleja la ciudad y la luz celeste que declina. Hay una dulzura pacífica e íntima que llama al silencio y al recuerdo. Mi compañero y yo no nos decimos una palabra. Es uno de esos instantes en que se piensa, al callado amor de la naturaleza misteriosa, en seres y cosas amadas que están lejos... en la ausencia, o en la muerte. La suavidad del agua y del firmamento compenetra nuestros cuerpos y nuestras almas.

La bondad y la ternura de la existencia ocupan un momento la máquina hecha a los esfuerzos y a las luchas. Nuestro espíritu es en esos instantes como un blanco palomar de donde se envían a lejanas distancias, mensajes de cariño, de consecuencia, o de pasión. La campana de la iglesia de los Ángeles, tocó el Ave María. El eco religioso que iba en la brisa pasó como un soplo de bien sobre nuestras frentes. El barquero dejó los remos y se descubrió. Cuando volvimos la vista al horizonte crepuscular, habían aparecido las primeras estrellas.

19 Septiembre.

El cementerio de Génova es famoso; veamos el cementerio de Génova. No me place visitar a los muertos en su ciudad. He visto el presuntuoso Green Wood, allá en los Estados Unidos, y el célebre Père Lachaise, en París. Casi siempre he notado, aun allí, las injusticias de la suerte. Poe, en Boston, tiene un pobre busto; Verlaine no tiene aún nada sobre sus huesos. Los Sres. Bouvard y Pécuchet en todos los cementerios del mundo ostentan mármoles y bronces por toneladas; y más que los Sres. Bouvard y Pécuchet, los Sres. Chose y Machin. Pero jamás me ha chocado tanto lo grotesco de la vanidad burguesa, en la muerte, como en este enorme camposanto. Graciosas, elegantes, pintorescas, muchas de las capillitas y mausoleos que decoran la pendiente de la colina, hermosean el lugar fúnebre; así son admirables también y de mérito artístico, bastantes sarcófagos y estatuas que se encuentran en las galerías. Pero la profusión de lo contrario choca. Buenas gentes que poseen los suficientes escudos, se hacen fabricar un papá de bronce, una mamá de mármol, y se colocan ellas mismas en actitud dolorosa. Y así el cincel o la fundición perpetúan máscaras codiciosas, faces de enfermos, _bons-hommes_ satisfechos, imágenes de gordos rentistas o de secos traficantes. Ello da al contemplador

Parte da riso e parte da vergogna

como dice el Magnífico en su _Beoni_. Todo eso va aumentado con las largas leyendas en forma monumental, con todos los circunloquios y énfasis que son de ley en este país de la retórica latina. En algunas tumbas el dolor ha tenido talentosos intérpretes en simulacros personales, o en figuras simbólicas. Os recomiendo entre otros la figura de un anciano encorvado, que llega al imperio de lo desconocido y bajo el cual se lee un verso de la _Comedia_: (Inf. III).

Tutti convengnon qui d’ogni paese.

No recuerdo el nombre del escultor. En esa enorme población de finados, los grandes habitan, como en la vida, palacios; los pobres, un hoyo en la tierra. Pero como estamos en Italia, hasta los pobres tienen una cruz de mármol o una lámpara graciosa; y entre las cruces, revientan a la luz flores de un rojo violento, o florecillas blancas, que parecen salir de sepulturas infantiles. Nada me indican los ángeles caderudos de Monteverde, iguales al de la Recoleta de Buenos Aires; antes bien, la obra de otros escultores sin renombre, en que aparece la tradición de un arte sincero y piadoso, se impone en el silencio y en la paz de la ciudad difunta. Mientras medito ante una melancólica estatua de mujer junto a la cual una mano afectuosa ha colocado un ramo de flores frescas y ha encendido un cirio, oigo cerca de mí unos pasos secos y un más seco _yes_. _Voilà les Anglais!_

De la Zecca, asciendo en el funicular entre viñas y casitas, al Righi, un restaurante situado en lo más alto del monte, al norte de la ciudad. ¡Soberbia vista de Génova la soberbia! La población se presenta en frente, con sus macizos de construcciones, sus torres, sus villas; y su rada, en que se erizan los grupos de mástiles y chimeneas. Se alcanza a ver, en la confusión de calles lejanas, el reloj del Carlo Felice; se divisan y reconocen los palacios conocidos; y se extiende el vasto mar, el vasto mar azul y armonioso, por donde han partido a la gloria tantas velas, tantas mentes, tantos corazones. El Righi es un establecimiento lujoso y de loable buen gusto. Se imagina uno que vivir en un lugar como ese, en esa situación excepcional, sería una delicia, si no fuese que no hay panorama, ni delicia humana que no pida substitución en tiempo más o menos lejano. Esa vista encantadora, esa perspectiva, ese mar y ese cielo, y las ricas ostras y compañía que allí encontráis, por ineludible ley humana, necesitan luego ser cambiados por otra perspectiva, por otro mar, por otro cielo, por otros astros y compañía, so pena de caer en el reino gris del fastidio. Nunca, sino en los viajes, se puede comprender mejor el pequeño poema de Baudelaire _Any where out of the world_...

* * * * *

Al pasar por el palazzo Doria me señalan el segundo piso, en donde habita o habitaba el maestro Verdi, que ahora está en Santa Agueda veraneando.

Noto entre casa y casa por las calles genovesas, callejuelas a las que se desciende por escaleras empinadas, pasadizos obscuros, estrechos, sucios.

Suele acontecer que de un antro de esos surge de repente la cara risueña de una fresca muchacha.

Al partir de Génova, en la estación, dos nombres que he visto encarnados en dos estatuas, me vienen a la memoria, nombres absolutamente representativos en lo antiguo, en lo moderno: Colón, Rubattino.

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PISA

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20 Septiembre.

Ahi Pisa, vituperio delle genti Del bel paese là dove il _si_ suona; Poiche i vicine a le punir son lenti

Muovanse la Capraia e la Gorgona E facian siepe ad Arno in su la foce, Si ch’egli annieghi in te ogni persona.

Estos versos de Dante no pudieron dejar de venir a mi memoria al entrar en la vieja ciudad llena de historia y de arte. Va el Arno silencioso; casi creeríais que sus aguas semiparalizadas no tienen curso. Río turbio, río sin vida, entre las dos barreras de casas, bajo los puentes que unen los dos famosos Lungarnos. Ciudad abuela, cargada de siglos, que tiene su torre inclinada, como una inmóvil rueca. El movimiento urbano es escaso. Uno que otro carruaje cargado de turistas; muchísimos sajones a pie, con, en la mano, la insignia roja del Bædeker. Por la vasta curva del Lungarno podéis ver tipos que conservan la antigua hermosura de la raza, hombres de rasgos bellos, de elegantes talantes, muchachas que andan graciosamente, con ese especial calzado un poco a la turquesca, entre zueco y babucha, _zuccole_ o _pianelli_. Los pisanos tienen el orgullo de su villa; y si no fuese el mal servicio del hotel en que me alojo, y la perversidad de un cochero que ha estrujado mi paciencia, no hallaría nada que vituperar, ni creo que tengan por qué moverse ahora la Capraia y la Gorgona.

Traigo la mente llena de Benozzo Gozzoli, de los Pisano, de Giotto. Poemas, lecciones, impresiones que he leído, inspirados en el Duomo, o en el Campo Santo, cantan, reviven, se despiertan de nuevo en mi cerebro. Antes de entrar en esos santuarios artísticos, siente el alma como una sensación de primera comunión. Además, aquí, por todas partes, el mármol dice con su presencia, la frecuencia de los héroes, de los príncipes y de los dioses. Esta tierra es tierra sagrada; de su seno maravilloso han brotado como en una primavera de formas, en esas estaciones del arte en que floreal corresponde al renacimiento, un mundo de estatuas, una teoría interminable de armoniosas figuras.

Los _badauds_ van a ver desde luego la casa de Galileo, con algo como la esperanza de encontrar allí al famoso sabio. Los viajeros de la especie de los dos inmortales amigos flaubertianos, se dirigen inmediatamente a la torre inclinada, al Campanile: «Vamos a ver: ¿los arquitectos la construyeron así, o esto es debido a un hundimiento del terreno?» Yo, no bien me desembarazo del polvo del camino, vuelo al Campo Santo. Brilla el sol, el sol glorioso italiano, caro a las ardientes mujeres, a las dulces naranjas, a las sonoras cigarras. En la puerta del sacro cementerio una anciana mendiga agita en un plato de lata unos cuantos céntimos, demandando limosna. Me libro de la persecución de ciertos cicerones parlanchines e importunos. Entro, y tengo el inmenso placer de encontrarme solo en esos momentos, sin turistas, sin anglosajones, sin visitantes, a pesar de que en el día de hoy, 20 de Septiembre, celebración nacional, la entrada es gratuita.