Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII
Part 4
Han traído mucho y han traído bueno. Bajo los arcos de la soberbia galería están _las Campanas de la Libertad_; y se exhibe la flor de lo que produce la rica tierra del norte, de Chicago a Frisco, del Oregón a Lusiana, de Nueva Orleáns a Nueva York. Están el trigo profuso que teme hoy a su rival argentino; el arroz y las ricas legumbres, y sus infinitos maíces, de los que una cocina agregada a la sección compone platos sabrosísimos que distribuye a los visitantes: sopas de maíz, guisos de maíz, postres de maíz. La gama de los azúcares atrae; las carnes conservadas, los enormes jamones chicagüenses, el apretado corned-beef evocan los innumerables rebaños, las vastas praderas del cowboy, gaucho del yanqui, y esas exposiciones monstruos que de sus ganados suelen hacer los norteamericanos, como aquella que una vez celebró en _La Nación_, con su prosa lírica y pletórica, el pobre y grande José Martí, en una correspondencia que se asemeja a un canto de Homero. Traen vinos californianos, café, te y cervezas; y grandes troncos de sus bosques y manzanas, cananeas, y granjas en miniatura, que son juguetes, en donde los hombrecitos de zinc, guían caballitos de cinc, que arrastran máquinas agrícolas sobre campos de _papier mâché_, todo movido por mecanismo que instruye a los grandes y divierte a los chicos. Allí hay nuevos arados, nuevas segadoras, y otros inventos que perfeccionan y facilitan el cultivo de la tierra.
En el palacio de las Artes Liberales muestran el estado de su enseñanza, vistas de sus escuelas primarias y secundarias, fotografías de sus universidades, exposición de sus interesantes métodos, sus edificios ricos y elegantes, sus jardines y parque, sus instrumentos de cirugía, sus planos y mapas, y sus grupos de estudiantes, en sus ejercicios, nutridos de ciencia y fuertes de sport, helenistas y remeros, y que van con Aristóteles y Horacio a una partida de football. Y allá en Vincennes, al lado el velódromo municipal, en una construcción propia, una verdadera montaña de hierro y acero, en movimiento, propaga la expansión fabril e industrial de la nueva república anglosajona, y la potencia sorprendente de sus fraguas ciclópeas.
En la sección francesa de la exposición, en el palacio de bellas artes, ante la _Salomé_ de Gustave Moreau, una mujer rubia, de fascinadora elegancia, de una belleza fina y fuerte a la vez, se detiene. Largo rato está, como poseída de la evocación, como penetrada del ambiente fabuloso de la mágica realidad del poeta. Su mirada, su atención a la música pictórica, su apasionado admirar, son de un espíritu muy sutil y culto. Las gentes pasan, pasan, y se agrupan ante los militares de Detaille, o ante las flores de la Sra. Lemaire. La rubia, cuyos ojos son divinamente azules y cuyos labios son floralmente rojos, la bella intelectual que esta magnetizada, clavada por la virtud del genio lleno de prestigios que se revela en la obra del aristocrático pintor, como de esas raras y sublimes estatuas de carne femenina, que habita por excepción un alma de sensitiva y de soñadora: esa mujer exterioriza su alcurnia espiritual y ante el artista es una princesa por derecho propio. Esa señorita es una ciudadana de los Estados Unidos.
En un bar elegante. Mientras «esas damas» ríen y gallinean ante sus botellas de champaña helado, y en sus sillas altas unos cuantos ingleses conversan con el barman y apuran sendos vasos de whisky and soda, y en las mesitas contiguas un mundo de alegres internacionales celebra los placeres parisienses, entra un hombre rojo, robusto, muy robusto, con una gran rosa en la solapa del frac, un gran brillante en un gran anillo, y un gran habano en la gran boca. Saluda a dos conocidas y se sienta a su lado. El barman le sonríe, el gerente le sonríe, el patrón le sonríe, y «esas damas» le acaparan con los ojos. El fuerte varón, gran bebedor delante del Eterno, y gran comedor, pide sandwiches, pide porter, pide champaña y todo desaparece en su persona inmensa. Mira a todo el mundo como sobre un pedestal. Su cara congestionada, de gladiador que fuese cochero, refleja una suma convicción de soberanía. Se habla de monedas y muestra luises, libras, águilas americanas. Se habla de billetes, y compara un grueso paquete de azules del Banco de Francia, con otro grueso paquete de espaldas verdes. Todos le observan. Al rato, pide más champaña, se lo bebe en dos sorbos, paga, da una respetable propina, se levanta, dos estupendas pecadoras se prenden a sus brazos, y sale contento, augusto, brutal, colorado, gordo, admirable! Ese es un ciudadano de los Estados Unidos.
En el concurso atlético. Los franceses han ganado la carrera de Maratón, que en los juegos de Atenas fué lograda por un griego. Va a tirarse el disco, va a lograrse el campeonato del mundo en ese _ludus_ antiguo, y los griegos no encuentran rivales en el bando internacional, cuando se presenta un joven, vivaz, hermoso, de hermosura clásica, casi adolescente, de impecable anatomía apolónica, propio para ser trasladado a un cuadro de gracia natural y primitiva por Puvis de Chavannes. En cuanto los griegos le miraron tomar el disco, con el mismo ademán y la misma planta que el discóbolo del Louvre, y con una agilidad y elasticidad de miembros que maravillaban, se consideraron vencidos. Triunfó en efecto el joven extranjero, triunfó serenamente y sin fatiga. Ese joven pindárico, es un ciudadano de los Estados Unidos.
Después que Sada Yacco, la prodigiosa artista japonesa ha dado la sensación de su extraña muerte, en _La Geisha y el daimío_, la sala del pequeño teatro de la Rue de París, en la Exposición, queda en la obscuridad, mientras una música discreta impregna de armonía el recinto. Permitid que deje la palabra al recientemente malogrado Albert Samain, pues sus versos franceses son un regalo exquisito:
Dans la salle en rumeur un silence a passé... Pannyre aux talons d’or s’avance pour danser. Un voile aux mille plis la cache tout entière. D’un long trille d’argent la flûte la première L’invite, elle s’élance, entrecroise ses pas, Et, du lent mouvement imprimé par ses bras, Donne un rythme bizarre à l’étoffe nombreuse, Qui s’élargit, ondule et se gonfle et se creuse, Et se déploie enfin en large tourbillon... Et Pannyre devient fleur, flamme, papillon! Tous se taisent; les yeux la suivent en extase. Peu à peu la fureur de la danse l’embrae. Elle tourne toujours; vite! plus vite encore! La flamme éperdûment vacille aux flambeaux d’or! Puis, brusque, elle s’arrête au milieu de la salle; Et le voile qui tourne autour d’elle en spirale, Suspendu dans sa course, apaise ses longs plis. Et se collant aux seins aigus, aux flancs polis, Comme au travers d’une eau soyeuse et continue, Dans un divin éclair, montre Pannyre nue.
Panira de los talones de oro, esa figura deliciosa que el lírico ceramista ha dejado magistralmente «en los flancos del vaso», Loïe Fuller, en fin, es una ciudadana de los Estados Unidos.
En la nave del templo, sobre el aristocrático silencio, se alza en el púlpito la figura severa de un orador, vibra su voz, en excelente francés, regando frases bravas, frases generosas, palabras vibrantes, oraciones de medula, razones, consejos cuerdos, doctrinas evangélicas que enseñan una paz y una libertad ecuménicas. Las viejas marquesas del faubourg Saint-Permain le oyen gustosas. Las elegantes damitas de los cotillones se encantan con el sermón, con el discurso de ese prelado de un país extranjero, cuyo nombre famoso va entre inciensos y rosas, por los salones y por los Periódicos. El sacerdote dice a los franceses: «Uníos, amad sobre todo a vuestra madre Francia; dejad vuestras luchas interiores y consagraos a una saludable obra común.» Sus sentimientos se propagan en entusiásticos períodos que los oyentes encuentran admirables. El predicador es un orador, y un orador de primer orden. En cierta ocasión, el discurso brota con mayor aliento, con gracias y virtudes superiores; el gesto es magnífico, la voz conmueve y levanta a la asamblea; y el lugar sagrado, el sacramento desde el altar lleno de oro y de cirios, la solemnidad de las ceremonias anteriores, la dignidad de los nobles asistentes, nada impide que en varios pasajes, la oración sea aplaudida, como en un congreso, y al final, estalle con ruido la más suelta ovación para monseñor Ireland. Ese obispo sonoro es un ciudadano de los Estados Unidos.
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RODIN
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I
1.º de Julio de 1900.
Antes de visitar la exposición Rodin he leído todo lo que del gran artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le juzgan un dios, hasta los ataques en que se declara poco menos que un imbécil. La bibliografía rodiniana es ya bastante considerable. Luego, me propuse apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin prejuicio ninguno, a entregarme a la influencia directa de la magia artística, poniendo tan sólo de mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por toda labor mental de sinceridad y conciencia, por todo osado trabajador, por todo combatiente de bellos combates. Después de mi primera visita, volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba a veces una hora larga.
Quería oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la línea, la revelación del oculto sentido de las formas. Me atrevo a decir--no sin cierto temor--, que comprendo a Mallarmé--en Madrid, me he sublevado contra los que no entendían la música de Vincent D’Indy; he leído a Rene Ghil, sacando algún provecho, cosa que parece bastante difícil; soy apasionado de Odilón Redon, de Toroop, de Rops; he publicado un ingenuo libro de admiración que se llama _Los Raros_... Pues bien, al hacer mi suma de impresiones sobre la obra de este potente escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy desconcertado. Los críticos de arte no me han servido para maldita la cosa, sino para amontonar a los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones. Ante ellos la obra rodiniana es como esos barriles de los prestidigitadores, que por una sola espita dan el licor que place a cada cual. Hay en ella lo que se le antoja a no importa quién. Es el caos y es el cosmos. El uno habla de la filosofía; el otro se ase al generoso símbolo; el otro encuentra su manía social; el otro su visión ocultista. Yo expondré, con toda la transparencia de que me siento capaz, este resumen: he hallado a dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de gracia artística, que domina a la inmediata, vencedor en la luz, maestro plástico y prometeico encendedor de vida, y otro Rodin cultivador de la fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo, ultraviolento, u obrando a veces _como entregado a esa cosa extraña que se llama la casualidad_. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte de esas esculturas, rudos esbozos, larvas de estatuas, creaciones deliberadamente inconclusas, figuras que solicitan un complemento de nuestro esfuerzo imaginativo me preguntaba: ¿dónde he visto algo semejante? Y era en las rocas de los campos, en los árboles de los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas que la humedad forma en los muros y en los cielos rasos, o en la gota de tinta que aplastáis entre dos papeles. Esto último resultó súbitamente a mi vista delante de algunos dibujos del maestro que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas y plasmadas.
Una página de Eugene Carrière vino en mi ayuda. «El arte de Rodin, dice el gran pintor, sale de la tierra y a ella vuelve, semejante a los bloques gigantes, rocas o dólmenes que afirman las soledades, y en cuyo heroico engrandecimiento se ha reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión de la vida, es obra de pasión y de amor. La pasión, de que Rodin es el servidor obediente, le hace descubrir las leyes que sirven para expresarla, es ella la que le da el sentido de los volúmenes y de las proporciones, la elección del relieve expresivo.
«Así la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran del sentido de su vida interior. Son esas formas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodin.» Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu libre, cuyo director es la naturaleza misma. Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis visto los colosales frailes de piedra que en la roca viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese es el maestro de Rodin. Éste persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal figura suya os trae a la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra, el gesto extraño que las aguas han labrado en una piedra, a la orilla del mar; otra, los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cerca de un cirio. Lo que se manifiesta más imperiosamente es el don singular de poner en esas formas, una suma de vida que al contemplador causa un insólito pasmo. Mas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué vaciados hechos en desenterradas Pompeyas o Herculanos.
La prensa, las distintas interpretaciones de los críticos de arte, y las exageraciones del snobismo, causaron a Rodin bastante daño. Se ha querido y se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico indiscutible, que no entraña más que la formidable omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre todas las escuelas. Mirbeau ha tenido razón, los señores de la crítica han dicho lo que se les ha antojado, menos que Rodin es un artesano genial, que en su oficio, y en su consagración realiza el milagro sin imponerse tareas sociales, mitos trascendentes, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador, y sobre todo, el imaginativo, puede sacar lo que quiera de esa misteriosa e inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la revelación subitánea de la vida, el encuentro en la materia, de la voluntad humana, del designio del artista, con la voluntad suelta y el designio de la naturaleza, que tiende a decir su secreto, a formular su íntima esencia. Si Rodin no fuera Rodin, habría franqueado el paso de lo sublime a lo ridículo. Felizmente para él, no le invade la «literatura». Es un dedicado, un consagrado a su caza de gestos, a su persecución de actitudes. Lo que no se puede poner en duda es su sinceridad, su lealtad al arte. A lo más se podría suponer que la influencia de sus intérpretes literarios y la humareda de la lucha intelectual encendida alrededor del _Balzac_, le han afianzado en su propósito de firmeza en el choque deliberado con el ambiente normal que le rechaza. Él obliga a inclinarse ante su fuerza, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodin demuestra una innegable tendencia a lo _feo_, ello vendrá de lo que Nietzsche denomina _la necesidad de lo feo_--absolutamente griega--«la sincera y áspera inclinación de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia el mito trágico, hacia la representación de todo lo que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida». Espíritu aislado, como todos los grandes, va solo. «Es de la raza de los que _marchan solos_», dice de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, a los golpes de los que le atacan, resuena con hermoso resonar. Está construída de lógica, a martillazos ciclópeos. Lo que constituye su talón aquíleo es su tácita sujeción a la idea de los críticos oraculares, el querer hacer símbolo e intelectualismo, cuando su fuente propia está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en la pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del _Beso_, el robusto creador de los _Burgueses de Calais_.
Por la tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese _Genio del Reposo eterno_, que encontráis frusto e incomprensible, sobre todo cuando recordáis el Praxiteles del Louvre en idéntica interpretación.
Entre árboles que la primavera anima está la casa en que el maestro ha juntado su producción: entre árboles, como un templo antiguo de Grecia. Hay días de moda, los viernes: «--¡Oh, marquise!--¡Oh ma chère!» Entra baste gente y los ingleses, como ya lo debéis suponer, abundan. Hay quienes sonríen, desde la entrada, como si entraran a un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir a la humanidad toda: «¡Ah, imbéciles! entro en mi casa».
Ya en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os asen las manos de la vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelve el aliento. Súbitamente, al entrar, _la Guerra_. Se ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo, debo declarar que no concibo en Rodin un representativo del espíritu griego; Rodin no tiene de Grecia más que el concepto de la tragedia; es la máscara trágica la que le obsede. Vida, sí; pero _humana_, mientras en el arte puro griego existe la imposición de la vida _divina_. Ahí está la suprema particularidad de Rodin, en haber buscado y encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraño, en el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él la virtud olímpica de Fidias, de Proxíteles, de los antiguos maestros helenos. Se comunica con los dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sirena, son suyos; mas con Júpiter o Apolo, se desequilibra. Cuando ha querido representar a Apolo, lo ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, esparciendo la luz, creando las ideas; y la ejecución nos ha dado un muchacho agradable que no nos convence en su excelente mímica, de ser la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del predominio absolutamente humano y realista que existe en la obra de Rodin. La _Guerra_ es de pequeñas dimensiones, y, como os he dicho, está a la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, de modo sumario, a ver la gran masa blanca, el esfídgico volumen, la piedra de escándalo, el _Balzac_, que advertís en el centro de la sala, entronizado dominador. Y la _Guerra_, es de fuerte magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso y el combatiente caído, son dignos liminares de la exposición. Os certifican la influencia del genio, o si queréis mejor, del estupendo _instinto_, las soberanas anatomías, vibrantes de una idea simbólica y trascendente. Los brazos del genio abarcan toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el soplo de tempestad. El soldado musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de figuras y figuritas como inacabadas, como proyectadas, y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os cuesta convenceros de que sea el autor de esos caprichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la bellísima _Edad de bronce_ que erige su espléndida desnudez en el jardín del Luxemburgo.
¿Qué se os incrusta, sobre todo, en el cerebro, en medio de la contemplación? La obsesión de los elementos sexuales. Siendo el amor la ley de lo inmortal, Rodin lo clama a cada paso, hijo de la tierra, formulador de expresiones. Una cabeza de mujer, sugiere, en el mármol, la supremacía del abrazo, el límite del gozo. La vaga sonrisa, la revelación facial, son el poema. En _l’emprise_, es la victoria de la fuerza masculina en la conquista amorosa; eso es rudo, primitivo, elemental. Un fauno corre por el bosque--vosotros evocáis el bosque o rememoráis el verso de mi muy querido amigo Moreas:
Hier j’ai rencontré dans un sentier du bois Où j’aime de ma peine á rêver quelquefois...
un fauno corre por el bosque llevando a una ninfa; es todo el pillaje selvático, la franca y alegre lujuria bajo el imperio de Dionisio. En otro grupo es la mujer, presa de las potencias amorosas la que vence al hombre. La osadía de las líneas canta la derrota del macho y al propio tiempo su victoria. Otro fauno porta a otra mujer, en un impulso glorioso. Y los motivos y los sujetos poemales se suceden. Venus y Adonis moribundo; sirenas y un tritón, que hacen comparar esta poesía escultórica de Rodin con uno de los más bellos y valientes cuadros de Boeklin; y un sinnúmero de intenciones y documentos plasmados: mujercitas de yeso con los pies para arriba, o acurrucadas, o en posiciones imposibles; martirizados torsos, lazos inextricables de brazos, de piernas; una faunesa que a primera vista os parece una rana; sobre un gran libro una funámbula de Liliput. Y no halláis qué pensar. Aquí decís: «este hombre es supremo»; y allá: «a este hombre le gusta el _titeo_»; y más allá: «este hombre es un genio»; y más alla: «este hombre está loco». Digo la verdad de mi impresión.
Y sátiros y más sátiros, y mujeres desnudas y más mujeres desnudas. Todo sincero, leal, franco, sin maldad, sin perversidad.
II
Así como para comprender en toda su intensidad la obra musical de ciertos autores, hay que escucharla varias veces y formar con ella una especie de intimidad mental, una escultura de Rodin invita y obliga a mirarla mucho y muchas veces. He pensado en una escultura «di camera», como se ha hablado de una literatura «di camera». Hay, pues, fuertes razones para que Rodin no sea accesible a la muchedumbre y, por lo tanto, que sus obras monumentales escollen. Los monumentos son hechos para las muchedumbres. La muchedumbre gusta de los grandes conceptos claros, de la retórica y de la oratoria. Un soneto de Mallarmé o un cuento de Poe no son para recitados en público.
Así, la belleza de cierta parte de los trabajos rodinianos es para iniciados. A primera impresión, un visitante que no tenga prejuicio artístico y que se detenga delante de algunas estatuas, no verá nada. La muchedumbre, por su parte, no comprendería, en absoluto. La simbólica de los decoradores de la Edad Media era interpretada, en los muros de los templos, en las tallas de las catedrales, en altares y puertas, por un pueblo cuya alma sencilla tenía fe, tenía esperanza e ideales.
La muchedumbre, la _foule_ moderna no posee ese sentido de comprensión, envenenada de democracia, de charlatanería libresca y trabajada por todos los apetitos.
Surge ante mi vista el blanco menhir. Conozco la historia. Si algún _parti pris_ tengo, es el de la admiración, el de la pasión intelectual. Y lo que brota en mi mente, primero, es la idea de que estoy delante de un _fantasma_.
Esto evoca las fotografías espiritas y las figuras de los malos sueños. Y todos los artículos de revista y la decidida voluntad de admirar, no impiden mi temorosa incomprensión, y el vago miedo de que estuviese envainada mi personalidad en la piel de un filisteo. No, decididamente, después de tomar por varios caminos, no entiendo del todo. Se trata de la más plástica de las artes. ¿Para qué haber modelado de antemano con loable tenacidad anatomía del autor de la _Comedia Humana_ para venir a presentar esa cara deforme y esos grandes pies que se escapan de esa salida de baño? Miro de frente, y un profundo respeto por el genial artista no contiene la vaga sonrisa que se escurre a la violenta imposición de un aspecto de foca. ¡Deliberadas faltas de ortografía del Arte! _M’introduire en ton histoire..._ Miro detrás y la masa inclinada clama por un puntal. Miro de lado y el dolmen elefantino se obstina en no querer revelarme su secreto. Entonces, con resolución completa, no me acepto a mí mismo, me increpo y me llamo en alemán _bildungphilister_, para castigarme por el lado de Nietzsche. Persisto en creer en la lealtad de Rodin. Sacerdote de la síntesis, nos habrá querido dar la esfinge moderna o la fórmula de un arte futuro.