Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII

Part 2

Chapter 24,015 wordsPublic domain

Al entrar, ya se ve uno que otro _travesti_, desde el arcabucero o el lancero que se pasean ante los portales, hasta las vendedoras de chucherías que tras los mostradores y las mesitas erigen en las graciosas cabezas el alto gorro picudo, cuyo nombre en viejo francés se me traspapela en la memoria. El sol se cuela por los armazones de madera, se quiebra en las joyas y dorados de las ventas y en las brigandinas de los soldados: y un aire de vida circula, el mismo que la primavera sopla sobre la Exposición enorme y fastuosa, sobre el glorioso París. Como la imaginación contribuye con la generosidad de su poder, no puede uno menos que encontrar chocante en medio de tal escenario, la aparición de una levita, de unos prosaicos pantalones modernísimos y del odioso sombrero de copa, justicieramente bautizado _galera_, que llegan a causar un grave desperfecto a la página de vieja vida que uno se halla en el deseo de animar así sea por cortos instantes. Si las cosas actuales anduvieran de otro modo, allí se debería entrar con traje antiguo y hablando en francés arcaico. Entretanto, conformémonos.

La puerta de Saint-Michel alza sus techos coronados de banderolas y abre la ancha ojiva de su entrada hacia el Sena. La calle Vielles-Écoles presenta su barriada pintoresca, sus fachadas angulares, balcones y ventanales; por los pasajes anchos se oyen risas alegres de visitantes; en una calle un émulo de Nostradamus, por unos cuantos céntimos dice el horóscopo a quien lo solicita: y hay _badauds_ que se hacen decir el horóscopo y dan los céntimos.

Creo que hace falta la figura de Sarrazin-el-de-las-aceitunas, circulando por estos lugares, repartiendo como en Montmartre sus anuncios rabelesianos y vendiendo su sabroso artículo.

Robida, el reconstructor es, como sabéis, hábil dibujante y escritor de chispa. Su erudición artística y arqueológica se demuestra en esta tentativa, como su talento picaresco y previsor ha podido, en amenos rasgos, imaginar costumbres, arquitecturas y adelantos científicos de lo porvenir. En esta obra que he visitado y que será de seguro uno de los principales atractivos de la Exposición, quiso hacer algo variado, aunque reducido. Hay edificio que se compone de varias construcciones, y que restituye así, en una sola pieza, distintos motivos que recuerdan tales o cuales tipos a los arqueólogos.

Las diversiones del Viejo París no están aún abiertas, con excepción de un teatro en donde nos hemos llevado algunos un soberano chasco. Imaginaos que no es poco venir a encontrar en el Viejo París, en vez de recitaciones de trovadores o juegos de juglares, una zarzuela infantil que está dando _La viejecita_ del maestro Caballero! Faltan aún los lugares en donde se pueda comer platos antiguos en su correspondiente vajilla, y las tabernas con sus mozas hermosas que sirvan la cerveza. Falta el pasado París de las Escuelas, que hiciese ver un poco de la vida que llevaban los clásicos _escholiers_, y que cuando vinieran sus colegas de Salamanca o de Oviedo con sus bandurrias y sus guitarras, les saludasen en latín y renovasen en cada cual un Juan Frollo de _Notre-Dame de París_. Falta que no se mezclen en los puestos de bisutería y bebidas, los disfraces medioevales con los tocados modernos; pues ahora se suelen ver unos pasos anacrónicos que ponen involuntariamente la sonrisa en los labios. Falta asimismo presentar la sección de los oficios, y resucitar los _gritos de París_, con señalados vendedores ambulantes. La animación falta al barrio de la Edad Media, al barrio de los Mercados, en que ha de revivir el siglo XVII; las instalaciones completas de la calle Foire-Saint-Laurent, Châtelet y Pont-au-Change. Cuando todo esté abierto y dispuesto, el aspecto no podrá menos que ser en extremo atrayente. Lo que no juzgo propio es la concesión que se hará al progreso y a la comodidad, con sacrificio de la propiedad. Por la noche en vez de multiplicar las linternas de la época, se verán brillar en los renovados barrios, lámparas eléctricas.

Se anuncian para dentro de poco festivales, justas y torneos, y no sé si Cortes de amor. Es una lástima que no se haya tenido todo lo preciso preparado para que no saliese el visitante algo descontento después de una vuelta por esta obra inconclusa. Entre lo que llama la atención ahora, están las distintas enseñas de las tiendas y los puestos, copiados de viejas colecciones. Al pasar se evocan nombres que constituyen época: Villon, Flamel, Renaudot, Etienne Marcel. Quizá dentro de pocos días se vean ya con un alma estas cosas; y al pasar por la casa de Moliére creamos ver al gran cómico, y en otro lugar sospechemos encontrarnos con el redactor de la _Gazette_; y al cruzar frente a la iglesia de Saint-Julien-des-Ménétriers oigamos sones de viola y gritos de saltimbanquis.

No me perdonaríais que pusiese cátedra de arquitectura y comenzase en estas líneas una explicación y nomenclatura técnicas de edificios, calles y barrios. Mas permitidme que os envíe la impresión del golpe de vista, en una tarde apacible y dorada, en que he mirado deslizarse a mis ojos el ameno y arcaico panorama.

Desde lejos, suavizados los colores de la vasta decoración, la visión es deliciosa, sobre el puente de l’Alma y el palacio de los Ejércitos de mar y tierra. Al paso que avanza el _bateau-mouche_, se reconoce, en el oro del sol que se pone, la torre del Arzobispado, y las dos naves de la Santa Capilla, la construcción pintoresca del Palais, con su Grande Salle; el Molino, el Gran Chatelet, con su aguda torrecilla; la fonda Cour de París y cerca el hotel de los Ursinos, el de Coligny; la gran Chambre des Comptes de Louis XII; la iglesia de Saint-Julien-des-Ménétriers, y buena cantidad de edificios más que os habéis acostumbrado a ver en los grabados y a distinguir en los planos, hasta la puerta de Saint-Michel y el portal de la Cartuja de Luxemburgo.

Y como el espíritu tiende a la amable regresión a lo pasado, aparecen en la memoria las mil cosas de la historia y de la leyenda que se relacionan con todos esos nombres y esos lugares. Asuntos de amor, actos de guerra, belleza de tiempos en que la existencia no estaba aún fatigada de prosa y de progreso prácticos cual hoy en día. Los layes y villanelas, los decires y rondeles y baladas que los poetas componían a las bellas y honestas damas que tenían por el amor y la poesía otra idea que la actual, no eran apagados por el ruido de las industrias y de los tráficos modernos.

Por las noches será ese un refugio grato para los amantes del ensueño. Ignoro si los paseantes caros a Baedeker, los ingleses angulares y los que de todas partes del globo vienen a divertirse en el sentido más _swell_ de la palabra, gozarán con la renovación imaginaria de tantas escenas y cuadros que el arte prefiere. En cuanto a los poetas, a los artistas, estoy seguro de que hallarán allí campo libre para más de una dulce _rêverie_. Tanto peor para los que, entre las agitaciones de la vida turbulenta y aplastante, no pueden tener alguna vez siquiera el consuelo de sacar de la propia mina el oro de una hermosa ilusión.

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EN EL GRAN PALACIO

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París, Mayo 1 de 1900.

Demostrando su majestad o su gracia en el espacio, reposados o ágiles, se alzan, y atraen la mirada antes que otra cosa, los palacios. Es el Gran Palacio, con la serenidad magnífica de sus columnas, coronado por atrevida cuadriga; el Petit Palais, que instala su elegancia, también lleno de columnas adornadas de capiteles jónicos, con sus bellas rotondas en los ángulos, y cuya puerta principal guardan admirables desnudeces de mármol; o el palacio de Minas y Metalurgia con sus largas arcadas y su bizarra tiara central; el palacio de Industrias textiles e hilados también con arcadas; o el de la Electricidad, que con el Chateau d’eau, forma la decoración de un cuento de genios. Y en el Campo de Marte, el de ingeniería civil y medios de transporte; y el de letras, ciencias y artes, cerca de la aplastante torre Eiffiel, lleno de novedad y de atrevimiento; y en la Explanada de los inválidos, con sus dos cuerpos, el de las manufacturas nacionales, que se ha llamado con razón un _grand rideau d’avant scène_, o el de las industrias diversas. Y en las orillas del Sena el gran palacio de la ciudad de París, y el de la Horticultura, con sus dos _serres_ y su jardín al aire libre; el palacio de los Congresos y de Economía social, vistoso y soberbio; el de los Ejércitos de tierra y mar, sobre el que se levantan torres y mástiles; casa de la Fuerza; el de florestas, caza y pesca, cuya decoración es apropiada a su objeto, y el de la navegación, y el pequeño palacio de la Óptica en cuyo centro parece que un enorme pavo real abriese el maravilloso naipe de su cola; y más, y más: os aseguro que años enteros serían precisos para pintar y describir estas obras en que la piedra y el hierro, el bronce y el staff, el mármol y las madera, forman tan hermosas manifestaciones de talento, de audacia, de gusto. Ya os he dicho que no voy a ocuparme de técnica, aunque tendría qué decir a causa de la conversación que entre tanta obra he tenido un día entero con mi amigo Albert Traschel, el admirable arquitecto del Ensueño, que tan bien ha estudiado Stuart Merril. Hoy, me dedico al gran palacio de Bellas Artes, en donde se han inaugurado las exposiciones Central y Decenal. ¡Cien años del arte de Francia! ¡Diez años! Aun para los diez, quien quisiera ocuparse en cada una de las obras expuestas, buen tiempo gastaría tan solamente en nombrarlas... La mayor parte de los críticos hacen catálogos. Pienso que lo mejor es decir algo de aquellas obras y de aquellos maestros que más impresión causan; y aun así, apenas unas cuantas palabras será posible aplicar.

El gran palacio enfrente del pequeño, es la gravedad armoniosa enfrente de la gracia risueña y noble. Hacia la avenida Nicolás II, muestra su fachada romana. Las columnas múltiples que adornan el edificio son de sabia ordenación y no en vano se señalan como «modelos del género», y por las tres entradas del peristilo se diría que se espera como la aparición continua de un ceremonial antiguo.

Las artes bellas están representadas por magníficas esculturas en que el desnudo una vez más sella el poder de su encanto plástico. Y al lado de la avenida de Antin, en arcaicos mosaicos la historia de las artes aparece en frisos policromos. Al penetrar en el magno edificio sorprenden la monumental escalera y la techumbre de vidrio. Allí dentro está, como os he dicho, el arte francés de los últimos cien años, del cual claro es que no he de haceros ni la historia ni el análisis; y la exposición decenal, es decir, lo que el arte de esta potente Francia ha creado desde 1889.

Hay maravillas, hay cuadros enormes de mérito relativo y oficial, y pequeñas telas en que se reconcentra un mundo de meditación, de audacia, de ensueño. Están representadas todas las tendencias que en estos últimos tiempos han luchado, con excepción de ciertas obras sublimes a que la crítica de los discernidores de medallas no ha puesto su pase autoritario. Todo adorador de la belleza sugestiva y profunda lamentará no encontrarse por ejemplo, con el sublime _Cristo de los Ultrajes_ del formidable y apocalíptico Henri de Groux, que aunque nacido en Bélgica, ha hecho más por el arte francés que señalados y enriquecidos miembros del Instituto. Pues ha cambiado bastante la época en que el autor de Graindorge escribía: «Le métier est dur. Des hommes de cinquante ans qui ont un nom célébre, ne gagnent pas dix mille francs». Que le pregunten sobre esto a Carolus-Durán, o al benemérito señor de Bouguereau.

Entre tanta obra producida por pinceles franceses, se ve que no siempre existe lo que llama Ruskin el amor a «la espontánea o inviolada naturaleza.» La rebusca ha sido perjudicial por un lado, y la ciega sujeción al academismo por otro. Cuando libremente se han manifestado los temperamentos y los caracteres artísticos, ha surgido en su superioridad la obra maestra.

Atraen al gran público dos especies de trabajos: las _grandes machines_ de historia y sobre todo de batalla, y los desnudos. El alto vulgo no dejará de detenerse ante los retratos de Bonnat, cuya seriedad fría es dominadora en la vanidad oficial de ese mundo selecto. Benjamín Constant se impone con cuadros como la _Entrada en Tolosa del Papa Urbano II_ y un retrato de la reina Victoria. Entra el hábil orientalista ahora bajo los auspicios de la iglesia, pues después del Papa Urbano ha de darnos el Papa León; así, en estos momentos trabaja en Roma en perpetuar la imagen del Sumo Pontífice.

Siento que una fuerte corriente simpática me atrae hacia Carrière, cuyas varias telas representan en este certamen la noble y generosa conciencia de un artista de verdad. Con su visión especial en que los lineamientos se esfuman, en lo indeciso revelador, hace entrever el alma de los personajes que reproduce, y concediendo a éstos como una existencia distinta de la real, en la realidad misma, halla el medio de expresar lo inexplicable, en una comunicación casi exclusivamente espiritual. Ya es en _El sueño_ la poetización de una idea, o en el _Cristo en la cruz_ la imposición visible de lo supernatural, o en el retrato de ese otro crucificado, Paul Verlaine, la concreción de todas las tristezas en la miseria y debilidad humanas, prodigiosamente habitadas por el genio.

No por admirar a Carrière que es lo vago, he de dejar de acercarme a Collin, que halaga con sus claros plenos aires y sus figuras en que una sangre viviente circula, o a Cotlet, que vence dificultades en la composición y en el colorido, faltando tan sólo que triunfe en las de movimiento; o a Roll, que cultiva el vigor con tanta maestría, y cuya _Fiesta del puente Alejandro III_ llama de continuo la curiosidad de los visitantes. En la Centenal luce con su serena luz antigua la obra del gran Puvis; en la Decenal no figura nada del ilustre maestro de las nobles actitudes, de las figuras simples y grandiosas. El hijo de un insigne profesor de belleza a quien con justicia se denominará el Platón moderno, Ary Renan, deleita con diminutos paisajes en que se contiene la visión y el sentimiento de la vasta naturaleza--así en un caracol se contiene al ruido del océano--; y hay en esas pinturas que abarcan escasos centímetros de tela, una religiosidad augusta que indica el paso de la musa misteriosa que hace comprender y significar obras grandes, según la palabra de Leonardo. Herencia. Quizás. De mí diré que no he podido menos que recordar los prodigiosos espectáculos de armonía que en una sencilla página sabía crear aquel levita mágico de la palabra. Con la diferencia de que el padre obraba en la plena luz de un sol griego, como el que dorase su frente de artista cuando pronunciara su oración divina delante de la acrópolis sagrada; y el hijo suele internarse en vagarosas indecisiones de ensueño a través de las cuales aparece la eterna X de la vida, el problema misterioso de las cosas, entre brumas de luz y de sombra. Hacen también el gozo de las almas meditativas los trabajos de Harpignies, con sus melancolías crepusculares, de luces desfallecientes, de tonos suaves y tamizados.

Entre los retratos, fuera de los admirables de Carrière, de los protocolares de Bonnat, este pintor de cámara de los reyes burgueses, están los de Benjamín Constant, entre los cuales sobresale el de la Calvé, los ojos y la gracia de la picante Carmen. M. de la Gándara, que ha impuesto tan vivos rasgos en sus retratos, sobre todo en los de las mujeres, en que la felinidad femenina está asida de tan personal manera, M. de la Gándara tiene aquí varias páginas fisonómicas comentadas con una seguridad de toques y una aristocracia de factura, que explican sea hoy, al mismo tiempo que uno de los preferidos de la aristocracia, uno de los más queridos de los artistas.

Rodeado de un mar de colores y de formas, mi espíritu no encuentra ciertamente en dónde poner atención con fijeza. Sucede que, cuando un cuadro os llama por una razón directa, otro y cien más os gritan las potencias de sus pinceladas o la melodía de sus tintas y matices. Y en tal caso pensáis en la realización de muchos libros, en la meditación de muchas páginas. Mil nebulosas de poemas flotan en el firmamento oculto de vuestro cerebro; mil gérmenes se despiertan en vuestra voluntad y en vuestra ansia artística; pero el útil del trabajador, vuestro oficio, vuestra obligación para con el público del periódico, os llaman a la realidad. Así apuntáis, informáis, vais de un punto a otro, cogéis aquí una impresión como quien corta una flor, allá una idea, como quien encuentra una perla; y a pocos, a pasos contados, hacéis vuestra tarea, cumplís con el deber de hoy, para recomenzar al sol siguiente, en la labor danaideana de quien ayuda a llenar el ánfora sin fondo de un diario.

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LA CASA DE ITALIA

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París, Junio 7 de 1900.

Al comenzar la calle de las Naciones del lado del palacio de los Inválidos, se destaca la fastuosa fábrica que ha elevado Italia en el inmenso concurso. Semeja una catedral de piedra y oro, y al llamarla «catedral» los obreros italianos, han expresado el verdadero estilo arquitectónico de este fugaz y bello monumento. Un ave de oro abre las alas, allá arriba, sobre el domo de oro. Juntos la madera y el hierro sostienen la unidad compacta del atrayente edificio, que es una fiesta, un regalo para los ojos. Allí se une la ojiva gótica a la manera y decoraciones del Renacimiento. En la combinación surge a la memoria el recuerdo soberbio de San Marcos. Los muros coloreados semejan ricos mármoles. En mezcla pintoresca se juntan elementos cristianos y paganos. Los amores tejen guirnaldas sobre los fondos rojizos: cabezas esculpidas se presentan entre los festones y astrágalos. Airosas esculturas vigilan las entradas laterales: y la luz del sol hace resaltar de manera gloriosa el conjunto magnífico, quebrándose en los estucados y dorados y concentrándose en el águila del coronamiento que se asemeja, encendida por la luz solar, a una llama que vuela. En lo interior, en donde presiden las efigies del rey y de la reina y de los príncipes herederos de la corona--(¿por qué no está, en homenaje al valor y a la ciencia, el del bizarro Duque de los Abbruzzos?)--la idea de encontrarse en una basílica se acentúa. Los _vitraux_ con sus tamices de color, dejan pasar la luz amortiguada. La ancha nave en su techumbre de oro ostenta decoraciones, ligeros frescos, que embellecen la extensión; flores hábilmente ordenadas forman sus graciosos dibujos; los _iris_ hablan de paz al monarca de los grandes bigotes y las margaritas sonríen a la reina.

Hago mi visita a este magnífico pabellón en compañía de un artista y pensador, Hugues Rebell, el autor de la _Nichina_, de _la Camorra_, de _l’Espionne de l’Empereur_ y demás obras llenas de pasión y de encanto verbal. Es un amante de Italia, de todos los países latinos, y se prepara para partir en seguida a España, a ver la exposición Goya, pues tiene por propósito publicar un libro sobre aquel soberano maestro y su obra. Como algunos diarios han atacado la sección italiana de la exposición y, como para decir verdad, hay un ambiente poco simpático para Italia, procuro sondear el alma de Rebell, a quien juzgo muy lejos de sentirse influído por los afectos de la Tríplice. Sé que es un admirador de _Arrigo Beyle_, _milanese_, y por algo sus mejores obras tienen por escenario la bella tierra amada de los artistas.

--¿Mi opinión? me dice, con su voz de confesor, callada y aterciopelada. Que amo a Italia grandemente, y que sobre esta exhibición momentánea, de industriales hábiles o de artistas verdaderos, veo alzarse el enorme árbol de gloria de aquel país singular. ¿No recordáis mis _Cantos de la Lluvia y del Sol_? Cuando he visto Florencia y sus palacios, en donde sueña todo un pasado de luchas y glorias, cuando he contemplado esas obras maestras del arte que en todas las calles os llaman a un sueño de belleza, mi ser se ha estremecido y ha querido clamar: «¡Soy toscano! ¡soy toscano!» Si he nacido en Francia, mi alma debió tomar su vuelo al sol una mañana de estío, desde las alturas de Fiesole, sobre las bellas sombras negras de los cipreses, sobre el valle del Arno, lleno del canto de las cigarras.

A menos que no venga de esas llanuras donde tiemblan los sauces, donde las viñas en guirnaldas se doblan bajo los racimos, de esas llanuras que regocijaron la mirada del Sodoma, del Corregio, del gran Leonardo. Quizás es hija de esa fértil Campania que Ceres y el dios del vino protegen; tal vez nació a los murmullos del mar amoroso de Baia. Sé solamente que formáis parte de un paisaje familiar visto en sueños, o conocido otras veces, ¡oh tierras de luz, montes de azul en la mar azul, campañas en donde el crepúsculo se eleva en grandes sombras majestuosas! ¡Italia, tierra santa para los que una tarde Virgilio vino a encantar con su solemne tristeza, para los que vivieron en los siglos de acción y de belleza, Italia, quisiera arrodillarme y besar tu suelo de recuerdos! ¿Quién viéndote ahora dormir podrá creer que estás muerta? ¡Oh durmiente, cansada de obras maestras, entre los monumentos de gloria que diste al mundo, agotada por tantos divinos partos, descansa, que bien has ganado tu sueño! ¡Cómo, llegada la hora, te alzarás de tu lecho, presta para nuevas labores y coronada de la diadema! ¡Oh durmiente! ¿No has sido, aun en este siglo, una gran trabajadora, no hemos visto unirse el Orgullo veneciano, la Risa de Nápoles, la Actividad genovesa, la Gracia milanesa, el Espíritu de Florencia, y este orgullo romano, pesado de las coronas que los siglos amontonaron sobre su frente? Almas diversas de Italia, no sois ahora sino una alma, pues tenéis todas un mismo amor: la Belleza. Pero, Italia, cuna de mis sueños, tú no me has educado; mi madre y mi nodriza es Francia la dulce, y no quiero ser ingrato con ella ni con mis maestros familiares: Montaigne, el gran Montesquieu y La Fontaine, ese hijo de las malicias sonrientes. Mi sueño de amor crece en medio de las lindas y voluptuosas hijas de Fragonard, en los parques en que Watteau, bajo vastos boscajes, hace avanzar, con reverencias, jóvenes de nucas rubias, de faldas amplias y luminosas. Mi deseo y mi pensamiento es Francia quien me los ha dado; sería incapaz de vivir si se me prohibiese vivir en francés. Pueblo de fuerza, pueblo de gracia, cuya lengua es vaporosa como un bello valle en la aurora, cuyas palabras huyen y se desvanecen como el río entre los sauces, caro genio de sonrisas y de claros pensamientos, cómo serían mi crimen y mi locura si osara negarte! Preciso es ser un pesado bebedor de cerveza de ultra Rhin, discípulo de Marx, un pesado socialista servidor del Vientre, para renegar de la patria. Todo hombre que tiene una virilidad, todo pueblo que no es esclavo, siente un genio de fuego palpitar en sí, que le impulsa a dominar. Todo hombre altivo, todo pueblo noble tiene un orgullo que alimentar, y por él se bate y por él quiere vencer. Es en esa lucha eterna que se encuentran la gloria y el gozo de la humanidad, por tanto dinero vertido, tanta sangre regada. La guerra da la fuerza, dispensa la vida. La guerra es la grande alcoba de humillación y de orgullo en que un pueblo se baja, o un pueblo se eleva. Que los alemanes deseen la gloria de Alemania, está bien; yo debo querer la Francia victoriosa. Todos los pueblos, cada uno a su turno, estarán a la cabeza del desfile...