Chapter 6
--Sí, señora--prosiguió el ministro--. Su majestad el rey, muy ofendido... Su majestad la reina, sentidísima.
Diole a Currita ganas de reír la pomposa hinchazón con que pronunciaba el ministro demócrata aquellas sonoras palabras: Palacio..., majestad..., rey..., reina, que parecían llenarle la ancha bocaza, y preguntó con su suavidad acostumbrada:
--¿Quién?... ¿_La Cisterna_?...
Crecióse el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.
--No, señora--exclamó ofendido en su orgullo dinástico--; su majestad la reina de España, doña María Victoria.
--¡Ya!...--dijo Currita--. ¿Y qué tengo yo que ver con los sentimientos de esa señora?...
--¿Qué tiene usted que ver?...--exclamó el ministro, sofocado por el calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita--. ¿Pues le parece a usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego después de concedido?... ¿Así se juega con una reina modelo de virtudes? ¡Pues sepa usted que el Gobierno está decidido a reclamar enérgicamente!...
Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una remolacha, y con ambos puños apoyados en las respectivas rodillas, fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragársela de un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del _buey Apis_; incorporóse un poquito, y muy extrañada y ofendida, y con los claros ojos fijos siempre en el vacío, comenzó a decir con su suave vocecita algún tanto apurada:
--¡Pero Martínez, por Dios, no se descomponga así!... ¡Se pone usted tan feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocación, algún _quid pro quo_, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes desatinos... ¿Yo, camarera de _la Cister..._ quiero decir, de doña Victoria?... ¿De dónde ha salido eso?
--¡De usted misma, señora condesa, de usted misma!--gritó el ministro--. ¿Se atreverá usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la Secretaría del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...
--¡Pues ya lo creo que lo negaré!--contestó Currita con todo su desparpajo.
--¿Sí?... Pues veremos si su marido de usted lo niega igualmente, cuando todos los periódicos de Madrid publiquen esta carta.
Y el _buey Apis_ sacó una de su bolsillo, que puso extendida ante los ojos de Currita, como si pretendiese cumplir su bestial amenaza de refregársela por los hocicos. La condesa fue a echar mano al papel con grande prisa, pero el ministro lo retiró al punto, diciendo brutalmente:
--¡Ca!... Esta no la suelto yo ni un momento; pero ahora mismo la oirá usted de cabo a rabo.
Y poniéndose las gafas sobre la frente, porque era miope, comenzó a leer la carta. En ella, el marqués de Villamelón, de acuerdo con su esposa, pedía para esta, por medio del ministro de Ultramar, el puesto de camarera mayor de la reina, con las dos condiciones indicadas antes por Martínez: la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde y los seis mil duros de sueldo para la dama misma. La prueba no podía ser más concluyente, y Currita pudo comprender toda la imprudencia de su caro esposo al dejar escapar aquella prenda. No se apuró mucho, sin embargo: mientras el ministro leía, habíase ido incorporando poco a poco, haciendo mohínes de espanto y gestos de protesta, y de repente, con la agilidad de una gata cazadora que se lanza sobre el incauto ratoncillo, arrancó de manos del ministro la peligrosa carta y la arrojó al fuego... El papel se enroscó un segundo entre las llamas, quedando al momento convertido en cenizas.
Atónito el ministro retrocedió bruscamente en la butaca, soltando una palabrota: mas Currita, sin ofenderse por ella, ni asombrarse tampoco, dejóse caer de nuevo en su almohada como si tal cosa, diciendo con su cándida risita:
--¡Vamos, vamos, Martínez!... Preciso será que se ponga usted dos parches de patata... ¡Eso refresca mucho!...
--VI--
Jamás había pasado el pacífico portero de Villamelón susto tan tremendo como el que le tenía reservado el señor gobernador de Madrid para aquel día memorable, 26 de junio... Eran las diez de la mañana, y Baltasar, sin haberse vestido aún la larga librea azul, con anchas franjas en las bocamangas y cuello, cubiertas de escudos heráldicos, limpiaba cuidadosamente el polvo a las soberbias arcas florentinas, los enormes sitiales antiguos y las armaduras de brillante acero que adornaban el vestíbulo. Púsose después a peinar las largas lanas de Bruin, el oso de Noruega, su mudo compañero; y en esta operación se hallaba, cuando un tropel de gente sospechosa invadió de repente la casa, en actitud nada tranquilizadora. Asustado Baltasar, cerró de golpe la gran mampara de cristales; pero, a los repetidos porrazos que en ella dieron los que de fuera entraban, cayeron rotos dos de los magníficos vidrios esmerilados que ostentaban en medio la cifra y corona de Villamelón, y aterrado entonces Baltasar, huyó escaleras arriba con el mandil remangado, atropellando a su paso al diminuto _don Joselito_, que pacíficamente frotaba con cáscara de limón las varillas metálicas que sujetaban la mullida alfombra en cada peldaño de la escalera. El enano huyó también dando gritos, y a poco la servidumbre entera del palacio corría por todas partes azorada, abriendo y cerrando puertas, e infundiendo la alarma por todo el vecindario.
Mientras tanto, los invasores llegaban a una antecámara completamente desierta, y el que parecía capitanearlos comenzó a golpear el suelo con su bastón de borlas, citando a la condesa de Albornoz en nombre de la justicia. Era este individuo el jefe de orden público, y venía en nombre del gobernador a registrar el palacio de la condesa e incautarse de todos sus papeles. Acompañábanle media docena de guardias municipales, un alcalde de barrio y hasta diez o doce hombres de mala catadura, provistos de grandes garrotes, que parecían por las trazas pertenecer a la por aquel tiempo famosa _partida de la porra_. Guardáronse todas las puertas, quedando franca para todo el mundo la entrada, prohibida para todos la salida.
Mientras tanto, dormía Villamelón el sueño del justo. Currita, por el contrario, levantada contra su costumbre desde muy temprano, como si algo esperase, notó al punto el alboroto; púsose muy pálida, y una sonrisa de diablillo crispó por un momento sus delgados labios. Temblando como una azorada, entró Kate, la doncella inglesa, a participarle lo ocurrido; pareció entonces azorarse mucho la dama, como si de nuevo la cogiese, y quiso a toda prisa avisar al marqués de Butrón lo que acontecía. Las puertas estaban ya, sin embargo, guardadas y prohibida la salida; púdose, a pesar de todo, hacer saltar la tapia del jardín a un pinche de cocina, y este fue el encargado de llevar al diplomático la embajada de la condesa.
El despertar de Villamelón fue horrible: la imagen del terror había quedado grabada de antiguo en su cerebro, bajo la forma de los salvajes rifeños de África, y ellos, con sus espingardas, fueron los primeros fantasmas que vio asomar en su imaginación en ese primer momento de confusión de ideas que sigue al despertar de todo hombre. El excelentísimo Martínez, el colosal _buey Apis_, vino al punto a destacarse entre ellos, presentándole con una mano su imprudente carta, echándole la otra al pescuezo para conducirle sin piedad al Saladero... Villamelón pensó morir del susto, porque a su carta, y sólo a su carta, como muy bien le había profetizado el día antes Currita, podía atribuir la repentina llegada de la policía. Pronto, sin embargo, tomó su partido: acurrucóse de nuevo en la cama y juzgó lo más prudente darse allí mismo por muerto. ¿No era Currita quien le había metido en aquellos berenjenales?... ¡Pues allá se las compusiera ella como buenamente pudiese!... En vano le instaba la condesa, temblando de ira, para que se levantase y saliera a recibir la caterva de polizontes: Villamelón contestaba que estaba constipado, que estaba sudoroso y cogería de seguro un pasmo a poco que le diese el aire.
El tiempo urgía, y la intrépida Currita viose al fin precisada a salir ella misma al encuentro de los invasores: no lo hubiera hecho con más arrogancia la viuda de Padilla al presentarse a las tropas de Carlos V en el alcázar de Toledo. Con altivo continente pidió al jefe de orden público el mandato del gobernador, legalizado por el juez, único que, según las leyes vigentes, podía autorizar aquel atropello: presentóse respetuosamente el funcionario, y rasgólo ella en dos pedazos después de leerlo. Hizo entonces una valiente protesta en que sacó a relucir sus leales opiniones alfonsinas, y mandando a un viejo empleado en la contaduría de la casa que guiase a sus habitaciones a aquellas gentes y presenciara el registro, retiróse dignamente a la sala de billar, seguida de sus doncellas como una reina de sus damas: allí hizo traer a los dos niños, Lilí y Paquito, y abrazándolos tiernamente y sentándolos en sus rodillas, parecía parodiar el triste grupo de la reina María Antonieta, refugiándose con sus hijos en un rincón de las Tullerías, invadidas por el populacho. Kate lloraba desconsolada; Miss Buteffull se había puesto el sombrero y los guantes, como si esperase la orden de marchar.
No hacía Currita aquellos alardes artísticos sentimentales a humo de pajas: la noticia había corrido en un segundo por los círculos políticos y aristocráticos de la corte, extendiéndose después por casinos y cafés, tiendas y plazuelas. El pueblo comenzó a agolparse con su estúpida curiosidad a las puertas del palacio, y a poco una larga hilera de coches ocupaba toda la calle, suspendían un momento su pausada marcha, abríanse y cerrábanse con estrépito las portezuelas, y bajaban encopetados señorones, aristocráticos gomosos y damas elegantes; venían estas de trapillo, mirando a todas partes, entre asustadas y curiosas, y abrazaban a Currita haciendo exclamaciones de sorpresa, de indignación, de entusiasmo y de lástima. Esto era lo que esperaba la taimada condesa; con su sonrisa de colegiala, apretaba a unos la mano en silencio, repetía a otros la relación del atropello, y elevaba los ojos al cielo con aire de víctima resignada que se inmola, abrazada a sus hijos, en aras de la proscrita dinastía. ¿Qué sería de ellos? ¡Pobres hijos suyos!... ¡Y Fernandito, tan afectado, tan nervioso, postrado en cama e inspirando su salud serios cuidados! Quizá les esperaba el destierro, quizá la cárcel, quizá... ¡Oh! Las damas se estremecían de furor y de espanto, hablando todas a un tiempo, confortando a la víctima con sus consejos y dándose todas al diablo allá en sus adentros, porque era a Currita y no a ellas a quien había tocado la suerte de hacerse sospechosa a la policía y llegar al apogeo de la celebridad de un solo salto.
Llegaron también varios periodistas a caza de noticias, lápiz en ristre y reparos a la espalda, y fueron muy bien recibidos, dignándose la misma Currita darles noticias del suceso. Pedro López, el cronista de los salones elegantes, que acudía a comidas y saraos con los bolsillos del frac forrados de hule para poderse llevar a mansalva dulces y emparedados, estuvo admirable. Currita le tendió una mano, enternecida a la vista de aquel fiel amigo que tantas veces había descrito los primores de su falda, él se la estrechó en silencio, repitiendo por tres veces:
--¡Ominoso!... ¡ominoso!... ¡ominoso!...
Y apartándose un buen trecho, púsose a garrapatear con ardor febril en su cartera, no sin que todas las damas y muchos caballeros vinieran a hacérsele presentes, mendigando una mención honorífica en aquella crónica que había de ser al otro día la _great attraction_ de la corte. La apoteosis de Currita prometía ser ruidosísima, y preciso era figurar en ella, aunque sólo fuera de comparsa.
Llegó Leopoldina Pastor, sofocadísima, con un devocionario enorme en la mano: venía de Misa, porque estaba haciendo en San Pascual una novena para impetrar del cielo una apoplejía fulminante para don Salustiano de Olózaga. Irritóse mucho de que Currita no hubiese tirado por la ventana al jefe de orden público; juró que no saldría de allí aquel indecente sin oír antes de sus labios cuatro palabritas bien dichas, y alborotando y accionando, y sacando la lengua a los agentes de orden público que encontró al paso, fue a parar al comedor, porque eran ya las doce, estaba en ayunas, tenía hambre y se hacía imposible salir de allí hasta que terminara el registro. Muchas damas y caballeros la siguieron, dispuestos a caer sobre las provisiones de Villamelón como una nube de langostas, y el pasmo de todos fue entonces grande... Sorprendieron al moribundo marqués en un rincón del comedor, apoyado en un trinchero de roble, zampándose en pie y a toda prisa, y mirando a todas partes azorado, una inmensa jícara de suculento chocolate, con una pirámide colosal de dorados picatostes... Pasado el primer susto, y no escuchando ya en la casa otro ruido extraordinario que el incesante ir y venir de la gente que de la calle entraba, Villamelón sintió en toda su pujanza el aguijón más terrible que podía hostigarle: ¡el aguijón del hambre! En vano llamó una vez y otra vez que le trajesen como todos los días:
Ancha bandeja con tazón chinesco, Rebosando de hirviente chocolate.
Los criados, diseminados por la casa, no acudían a su llamada, y prefiriendo Villamelón los riesgos de otra muerte a la muerte de hambre, decidió al cabo levantarse y escurrirse por pasadizos y corredores hasta la misma cocina, en busca del cotidiano alimento: una vez en posesión de él, refugióse en el rincón más cercano y allí comenzó a devorarlo.
La llegada de los importunos huéspedes hízole levantar el campo, huyendo hacia el interior con el chocolate en una mano y los picatostes en la otra. Mas, con grandes risotadas le detuvo la señoril y hambrienta turba, y alcanzándole Leopoldina Pastor por los cortos faldones de la bata, le gritaba muerta de risa:
--¿Pero dónde vas, Fernandito?... ¡No te vayas, hombre!... ¡Si para sentir es menester comer!... ¡Si nosotros venimos a ayudarte!...
Y desde el _maître d'hôtel_ hasta _don Joselito_, comenzaron a trabajar, sin dar apenas abasto en servir a la emocionada concurrencia un _lunch_ improvisado, un _pic-nic_ sustancioso.
--VII--
Era el marqués de Butrón una de esas medianías que en los tiempos de escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo sólo su altura a las escasas proporciones de los hombres y cosas de su época. Hase dicho, sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, y no se libraba el gran _Robinsón_ de esta ley general de las ilustres celebridades. Consistía, pues, una de sus secretas flaquezas en teñirse cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel de su todavía abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas del cuervo.
Disponíase, pues, el respetable diplomático en aquella mañana del 26 de junio a esta operación importantísima, cuando le pasaron precipitadamente el recado de Currita. El peludo señor perdió por completo la cabeza, y temiéndolo todo de la bellaquería de la condesa, que tenía él muy bien conocida, pidió a toda prisa un simón, y sin acordarse para nada de que su barba sin teñir iba a revelar el hasta entonces bien guardado secreto a las lenguas más hábiles en cortar sayos que encerraba la corte, corrió al palacio de aquella equívoca oveja que tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes que guardaban la puerta le dejaron pasar, según la consigna, mirándole con esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido causan siempre los pájaros gordos del partido contrario.
La noticia de su llegada causó sensación profundísima entre la turba de amigos y amigas que invadía el palacio, y todos, hasta los que en el comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia allí daba al suceso una importancia y un colorido que había muy bien calculado Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran _Robinsón_ extendió ambos brazos al verla, exclamando: «¡Hija mía!», y la dama se dejó caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de Miss Buteffull, siempre tiesa e impasible.
El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acertó a reparar Gorito Sardona en la desteñida barba del diplomático, y apresuróse a comunicar el descubrimiento al oído de Carmen Tagle; echóse a reír ella, díjolo a su vecina, esta al que tenía al lado, y a poco, una porción de solapadas risitas hacían fracasar por completo la parte patética del espectáculo.
Butrón, sin embargo, no cayó en la cuenta, y con el majestuoso continente que las circunstancias requerían, arrastró con suavidad a Currita al próximo gabinete. Sudaba como un pato, y la camisa no le llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre condesa, que viniera a desacreditar sus manejos diplomáticos. Azorado y en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer a los polizontes que invadían el palacio, le dijo:
--Pero ¿qué es esto?... ¡Habla, hija mía!...
Currita se dejó caer en un sofá, cubriéndose el rostro con el pañuelo.
--¡Estoy perdida!--dijo.
El respetable Butrón abrió la boca, como si fuera a tragarse un queso entero.
--¡Fernandito es un imbécil!--continuó Currita muy afligida.
Butrón movió de arriba abajo la cabeza en señal de profundo asentimiento.
--Le ha engañado Martínez... Me ha comprometido atrozmente... Es horrible, horrible... ¡Infame, Butrón, infame!
--¡Habla bajo!--exclamaba el diplomático, sobresaltado--. Sosiégate, hija mía, sosiégate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, ¿lo oyes?... para todo...
Y con las dos peludas manos apretaba _Robinsón_ con efusión paternal la mano de Currita.
--Lo sé, Butrón, lo sé, y por eso acudí a usted al punto--dijo ella más sosegada--. ¡Pero es horrible, horrible!... ¡Figúrese usted que todo lo que decían de mi nombramiento de camarera es cierto!...
--¿Cierto?--exclamó Butrón como si se le atragantase en el esófago el queso que antes parecía tragarse.
--Fernandito le escribió al ministro solicitando para mí el cargo... ¡sin decirme nada, Butrón!... ¡sin contar conmigo!... ¡Vamos, si es horrible, horrible!... ¡Ay, qué marido!... Le aseguro a usted que si no fuera por mis hijos entablaba el divorcio...
Aquí derramó Currita algunas lágrimas en aras del honrado Himeneo, cuya antorcha corría riesgo de apagarse, y continuó muy bajito:
--Por eso, como yo no sabía nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz lo que creía, ¡claro está!, la verdad... Que el ministro vino a ofrecerme el cargo, y yo me había negado a aceptarlo muy ofendida, tomándolo por una majadería de esa gentuza... Figúrese usted mi sorpresa cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martínez, tan ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un energúmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazándome con una carta de Fernandito, que iba a refregarme... ¡por los hocicos, Butrón, por los hocicos!...
Y aquí ahogó de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco entre sollozos:
--¡Qué ultraje, Butrón, qué vergüenza!... ¡Creí morirme de sentimiento!... ¡Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder, Fernandito...
--Pero ¿viste tú esa carta?--exclamó Robinsón estupefacto.
--¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!... Decía el _buey Apis_ que el ministro iba a publicarla en los periódicos si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre empezó a blandearse... Me pidió cinco mil duros; luego tres mil, ¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante, tampoco podía pedírselo a Fernandito, y he tenido que empeñar una porción de joyas...
Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas verdades; cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un Catón escandalizado:
--¡Eso es nauseabundo!
--¡Pero si hay más, Butrón, si hay más!... ¡Si es infame!--prosiguió Currita muy animada--. A la una me entregó anoche el _buey Apis_ la carta... A las diez llega hoy, de repente, la policía a registrarme mis papeles... ¡Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... ¡Coger de nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...
--Pero ¿la han cogido?--exclamó Butrón consternado.
--¡Ca!... ¡Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar los pedazos por el vertedero del baño.
--¡Berr!--hizo Butrón como si le dieran náuseas; y con las manos cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido el formidable guardapolvo de sus cejas, señal en él de graves preocupaciones, comenzó a medir a grandes pasos la estancia. Currita le miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto nerviosos suspiritos.
Indudable era para Butrón que la dama era una tramposa; pero lo que decía era en todo perfectamente verosímil y explicaba por completo la extraña visita de la policía. ¿Qué había ido, si no, a buscar en aquella casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso imperio de la moda, y esto bastaba a las teorías del diplomático; detúvose, pues, de repente ante ella y díjole solemnemente:
--Es preciso hacer una manifestación ruidosísima, que levante el espíritu y sirva de protesta a este atropello...
Currita se encogió de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada el rayo de vanidosa alegría que iluminó su semblante.
--¡Pero, Butrón, por Dios!--dijo--, por mí no hay inconveniente; pero ya ve usted que quien pierde aquí es Fernandito.
--Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que perder... Tu marido es un imbécil Y eso lo sabe todo el mundo.
--Es verdad--dijo con heroica conformidad Currita.
--Además, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede sacarse de él mucho partido.
--Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Después de todo, lo primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo sacrifico... Bien lo he probado siempre... ¡Bien lo estoy ahora probando!...
Y Currita se enterneció otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas este ruego inocentísimo:
--Lo único que pido es que escriba usted mismo a la señora la verdad de lo que está pasando... ¡Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes de este Madrid!... ¡Esa Isabel Mazacán es tan chismosa... me tiene una envidia!...
Cuadróse Butrón delante de la dama y dijo golpeándose el pecho:
--¡Confía en mí, Curra!... ¡Yo respondo!
En aquel momento llamaron a la puerta: el registro había ya terminado y el jefe de orden público pedía permiso a la señora condesa para presentarle sus excusas.
--¡Ay, no, no!--exclamó Currita--. Dígale usted que puedo muy bien pasarme sin ellas.
--Y añádale--dijo Butrón con toda la majestad olímpica que su misión allí requería--que la señora condesa de Albornoz se reserva el derecho de protestar en todos los terrenos de semejante atropello... Y dígale también que toda la aristocracia española y todas las gentes sensatas y honradas están a su lado para apoyarla y defender la causa santa que ella representa en estos momentos...
Esto dijo Butrón con arrogante tono, y acentuando mucho la palabra _causa_, paseó después una larga mirada por la concurrencia, como quien dice: «¿Habéis entendido?», y entróse por los grupos, dejando caer palabras huecas que la curiosidad y la necedad rellenaron de grandes cosas.