Pequeñeces

Chapter 34

Chapter 344,073 wordsPublic domain

Sin llamar a Kate, saltó Currita de la cama antes de las nueve y fue a abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el sol brillaba despejado, no se descubría una nube en el cielo y prometía la mañana una tarde deliciosa. Currita sintió un movimiento de gozo vivísimo que le pareció el presentimiento del triunfo; los carruajes de la corte saldrían, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda irían después de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el mundo elegante tendría ocasión de verla y contemplarla en su honorífico puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle forzoso pasar por aquel mismo trayecto que había recorrido con Jacobo la noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunció su última palabra, por aquella esquina en que le había visto caer lanzando un gemido de agonía... Mas ¿qué iba a hacer ella? ¿Enterrarse en vida a los cuarenta y cinco años? ¿Dejar por escrúpulos sentimentales que le arrebatase una calumnia el prestigio, la soberanía suprema, el cetro de la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergüenzas verdaderas, había conservado en su mano hasta entonces?...

Rióse ella misma de sí misma al notar la febril impaciencia con que esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la señora de López Moreno había sentido mayores ansias ni más vehementes deseos el día de su famosa presentación en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y gusto exquisito escogió una _toilette_ elegantísima, con ese estudio de los pequeños detalles que se observa en los grandes genios y acredita en ellos el conocimiento práctico del terreno que pisan. Púsose un riquísimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las orejas y un trébol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una _M_ de brillantes y rubíes, la de la nueva reina Mercedes. Después, mientras le traía Kate el rico pañuelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, buscó ella en una cajita un relicario de plata que contenía un _lignum crucis_; besólo con gran piedad, oprimiólo un instante contra su pecho, cerrando los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande ahínco, y guardóselo después en el bolsillo, como se hubiera guardado un amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier daño o peligro.

Al subir la escalera de Palacio latióle el corazón y tembláronle las piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre sí, mirándola a ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de España, crecióse el orgullo de Currita, despertó de nuevo su energía, y armada de toda su audacia atravesó la antecámara y penetró en la cámara misma, dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar allí a la camarera mayor o al gentilhombre de servicio, o quizá a todos juntos. La cámara, sin embargo, estaba desierta y Currita sintió el desahogo de un momento del enfermo que ve detenerse un instante la temida operación por haberse retrasado el médico. Sentóse en una banqueta frente a la mampara que lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la llamase o alguien saliese; mas la excitación nerviosa no la dejaba sosegar un momento, y levantóse al punto para asomarse a uno de los balcones y mirar a la plaza de la Armería; púsose luego a arreglarse los ricitos de la frente ante uno de los magníficos espejos y reparó entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que habían colocado allí la víspera y se destacaba sobre la rica tapicería de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de una obra maestra.

Pasó un cuarto de hora, que le pareció a ella un cuarto de siglo, y en pie siempre ante el retrato, sintió abrirse a su espalda la mampara de las habitaciones de la reina; volvióse vivamente y vio que la mampara se volvía a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se hubiese detenido de repente. Oyó entonces, sin que pudiera distinguir las palabras, una voz suave de mujer que parecía acongojada, como si suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colérica, que exclamaba enérgicamente:

--¡No, no..., ahora mismo!

Inmutóse Currita atrozmente y metióse la mano en el bolsillo, como si buscara el _lignum crucis_; abrióse entonces la mampara y apareció el mayordomo mayor, también muy inmutado... La dama, fingiendo siempre hallarse absorta en la contemplación del retrato, volvió ligeramente la cabeza y saludó con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su pesar temblorosa y angustiada:

--¡Magnífico retrato! Yo no lo había visto. ¿Cuándo lo han puesto?...

Mas el mayordomo, sin contestar a la pregunta y con el esfuerzo de quien cumple un deber penosísimo, díjole balbuceando:

--Su majestad la reina la dispensa del servicio..., y me encarga le manifieste su deseo de que devuelva la cruz de dama...

Currita dio una rápida media vuelta, apretando los puños y echando atrás la cabeza cual si fuera a embestir al mayordomo, fijando en él la mirada de sus claros ojos, enormemente abiertos, que reflejaban toda la ira del que recibe un salivazo en el rostro, todo el espanto del que ve derrumbarse una última esperanza, toda la solapada e impotente amenaza que encierra el terror del débil, aniquilado por una mano más fuerte...

Luego, como si despertase en ella de repente la altiva ricahembra al ignominioso contacto de una bofetada, arrancóse ambas cruces del pecho y las arrojó en el suelo...

--VIII--

Aquel golpe terrible no anonadó a Currita, ni le infundió tampoco el extraño sentimiento, mezcla de pavor y de ira, que al recibir en Loyola un bofetón semejante la había obligado a confundirse, y a humillarse, y a callar... Detrás de la mano de Pedro Fernández había visto entonces la mano de Dios, que le impedía profanar con el escándalo de su vida su santa casa, y detrás del bofetón del mayordomo de Palacio tan sólo veía la mano del rey, que no era para ella una idea, sino un hombre, contra el cual se podía luchar y al cual se le podía también vencer.

Mas harto comprendió desde el primer instante, con la rápida percepción de su claro entendimiento y su mucha práctica de mundo, que en vano emplearía todas las astucias de su ingenio, todos los atrevimientos de su audacia y todos los recursos de su dinero en atraerse de nuevo a sus amigos y a formar en torno suyo aquella brillante corte que era la médula de su vida, porque era también la de su vanidad. Nada arrastra tanto como el ejemplo de un príncipe, capaz por sí solo de salvar o perder a una sociedad entera, y la severa repulsa dada a Currita en Palacio, justa en medio de su severidad, que si de algo pecaba era sólo de tardía, había de arrastrar sin duda a Madrid entero, derrumbando a la ilustre dama desde la altura de su gloria, con todo el estrépito de los grandes escándalos, con todo el ensañamiento con que del árbol caído se apresuran todos a sacar leña.

Por eso, sin darse ella por vencida ni cejar un punto en su tenaz empeño, y fortaleciendo siempre con el despecho y la rabia y hasta el dolor mismo su terquedad de mujer voluntariosa, siempre mimada, optó desde luego por el camino de los hábiles políticos y los diestros estratégicos y los conocedores prácticos del mundo y del corazón humano: una prudente retirada que sosegara los ánimos y diese tiempo a que las memorias olvidaran, cesasen las prevenciones, se cansaran las lenguas, y los escándalos nuevos hicieran olvidar y aun perdonar los escándalos pasados.

¡Había visto ella tanto de eso!... La ocasión, por otra parte, no podía ser más oportuna: Fernandito había llegado al estado de imbecilidad completa que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, y preciso era llevarlo a París a que alguna notabilidad médica intentase el verdadero milagro de despertar un chispazo de inteligencia en aquel meollo huero, que jamás había dado luz alguna.

El viaje fue, pues, decidido, y dos días antes dirigióse Currita al colegio de Chamartín de la Rosa, para sacar a Lilí... La niña había cumplido ya doce años, y más bien que una criatura que comenzaba a vivir, parecía un ángel que iba a volar. Había en sus grandes ojos azules algo que recordaba el cielo, algo a la vez triste y sereno, candoroso y profundo, que comunicaba a todo su ser cierto poderoso y triste encanto, semejante al que infunde en el alma la inocente sonrisa de un niño huérfano.

Acogióla la madre con sus más suaves mimitos y díjole al oído, abrazándola, que le traía una noticia muy buena, muy alegre, muy grande...

--¿A que no la aciertas?...

La niña, con los grandes ojos llenos de lágrimas y teñidas las mejillas del carmín más puro, dijo prontamente:

--¿Que mi papá está mejor? ¿Que se ha confesado?...

Quedóse Currita desconcertada, como le sucedía siempre con las salidas intempestivas de aquella criatura. ¿Quién había de creer que iba a acordarse de su padre y a pensar en si le habían o no administrado aquel sacramento que le hacía tanta falta?... Echóse a reír muy maravillada. ¡Ca!, si no era eso... era mejor todavía; era una cosa referente a ella misma, lo que mejor le podía suceder, lo que sin duda estaba ella esperando...

Y de nuevo tornó a maravillarse, porque la sangre entera de Lilí afluyó entonces a su rostro, un temblor nervioso agitó sus manitas, y levantó los ojos hacia su madre, rebosando anhelo comprimido, esperanza dulcísima de oír lo que era sin duda su más ferviente deseo. Su boquita de ángel se entreabrió un momento para dejar escapar su secreto, como deja escapar una flor su fragancia, y de nuevo tornó a bajar los ojos, poniéndose más y más encarnada, y guardando silencio, con una cándida sonrisa dibujada sobre los labios.

--Pero, tontita, ¿no lo adivinas?... Es que se acabó ya el colegio, que te vas a venir conmigo.

¡Quién lo había de creer!... Al oír esto la niña, apagóse en sus labios la sonrisa, como una luz que mata de repente una ráfaga de viento; cruzó las manos angustiada, miró a su madre con espanto y se echó a llorar a lágrima viva, con el corazón encogido...

--Pero ¡vaya por Dios, vida mía!--exclamó Currita estupefacta--. ¿A qué viene ese llanto? ¿Es que no quieres venir?

Lilí, enjugándose con ambas manitas los ojos, repetía sollozando:

--Aquí me quieren todos... todos... Las Madres y las niñas...

--Pero, hija mía, ¿acaso en tu casa no te quieren?--exclamó Currita, poniéndose muy seria; y la niña, titubeando un momento, contestó con candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:

--Ahora no está allí Paquito...

Currita sintió un movimiento de ira, que se transformó al punto en dolor profundo, en dolor vivísimo que jamás había sentido, allá en el fondo de sus entrañas de madre... Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrajo hacia sí a la niña, separóle del rostro ambas manos, y besándola en la frente, díjole con mucho cariño:

--Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a París todos juntos.

La niña meneó la cabeza, apartándose del regazo de su madre, y procurando dominar su aflicción, como si se aprestase a una batalla, dijo resueltamente:

--Y, además... yo no puedo irme de aquí. No, no puedo.

--Pero ¿por qué?... Si eres ya una mujer y aquí están sólo las niñas...

--Y las mujeres también...

--¡Pero, hija, por Dios! ¿Dónde están esas mujeres?...

--Las Madres son mujeres.

--Pero ¿tú quieres ser monja?--exclamó Currita abriendo mucho los ojos; y la niña, cerrando los suyos y moviendo enérgicamente la cabeza, contestó con firmeza:

--¡Sí!...

--¡Yaaa!... Muy bien; ahora lo entiendo--dijo Currita muy despacito con su tono de voz más suave--. Y las Madres, como te quieren tanto las pobrecitas, te habrán metido esa idea en la cabeza...

--¡No, no, señora!... Las Madres no me han dicho nada.

--Pues entonces habrá sido el confesor, el padre Cifuentes.

--Tampoco...

--¿Pues quién te lo ha dicho?...

--Paquito.

--¿Paquito?... ¡Vaya un apóstol!... ¿Y por qué no se mete él fraile?...

--Eso le escribí yo... Y le envié la _Vida de san Estanislao_ y una estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contestó que él era muy desgraciado y tenía que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy grande... Yo no sé lo que será...

Currita comenzó a sospecharlo y se puso muy pálida; la escena terrible de su estudio, cuando el niño se había arrojado sobre Jacobo como una fiera sedienta de sangre, acudió a su memoria con gran viveza, estremeciéndola de espanto, infundiéndole esa especie de terror retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el aguijón de un remordimiento, avivando en su corazón el dolor de una herida chorreando aún sangre... ¡Oh! ¡Ya no tenía que hacer el pobre niño aquella cosa _muy grande, muy grande_, porque otra mano más culpable le había tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...

Lilí, sin imaginar siquiera en su sencillez de ángel el efecto que en su madre podían causar sus palabras, continuó diciendo:

--Me decía que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y rezara mucho por él, y por usted y por mi papá; porque la ira de Dios iba a descargar sobre nuestra casa... Yo lloré mucho, mucho, y ofrecí entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larín y al padre Cifuentes.

--¿Y qué te dijeron?--preguntó Currita con los labios blancos.

--La madre se echó a llorar..

--¿Y el padre?...

--Se echó a reír y me consoló mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin que él me avisase.

Currita se quedó muy pensativa y permaneció largo rato en silencio, mirando a la niña; de pronto, dijo:

--¿Pero el padre Cifuentes te querrá mucho?...

--¡Oh, sí!... Es muy bueno; me quiere mucho.

Calló otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo oleaje de afectos con que la gracia de Dios combatía su alma para sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros como el remordimiento, apareció muy honda y comenzó a subir, a subir, hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y dominarlo todo, la idea fija, su ángel malo, el pensamiento constante que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurálgico, de satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su antigua posición y su brillante corte de mujer elegante. Había visto de repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que allí llegaba dando rodeos, y ya no oyó más, ya no se ocupó de otra cosa. Cinco minutos largos permaneció callada, inmóvil, tirando al parecer sus planes. Lilí, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza baja, la miraba de cuando en cuando a través de sus largas pestañas, extrañada de aquel singular silencio.

Rompiólo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monísima y preciosa la había enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y hacíase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo así de repente, en un segundo... Por de pronto, dejaría a la niña en el colegio y detendría ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.

Lilí, al oír esto, saltó espontáneamente de la silla y se arrojó al cuello de su madre, cubriéndole el rostro de besos, llorando y riendo al mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo. Ella se enterneció un poquito y derramó tres lagrimitas.

--Conque nada, pichona mía, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos ilumine... Y ahora, vidita mía, dile a la madre Larín que quiero hablarle un momento... ¿Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avísala tú, vidita...

Llegó la madre Larín muy alarmada, temiéndose alguna trapisonda, y Currita, con patético ademán, se arrojó llorando en sus brazos... Era aquel día el más grande de su vida; por fin le concedía Dios lo que con tanto ahínco le había pedido siempre: ¡tener una hija religiosa!... Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quizá le costaría la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que sentía ella era no tener siete hijos como santa María Magdalena de Pazzis, para ofrecérselos a Dios uno a uno. ¡Estaba el mundo tan malo!...

La madre Larín, muy escandalizada al ver a santa María Magdalena de Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresuró a protestar con mucho respeto:

--Santa Sinforosa querrá decir, sin duda, la señora condesa.

--¿Fue santa Sinforosa?... ¡Pues yo creí que había sido la otra! ¡Como leo todos los días el Año Cristiano, armo a veces unos galimatías!... Y dígame, madre Larín, ¿cree usted que perseverará mi hija, que su vocación será verdadera?

La madre enarcó las cejas, y con mucha humildad, dijo:

--La niña es formalita, y a lo que yo pueda colegir, así lo espero... Pero siempre será mejor que el padre espiritual informe a usted de todo esto.

--¿Y quién es?

--El padre Cifuentes.

--¿El padre Cifuentes?... ¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Si es un santo, un hombre de tanto saber y prudencia...

--¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...

--Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted escribirle una cartita... _deux mots_, recomendándome?... Dígale usted cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un concepto tan falso!...

Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro, concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole su visita.

--¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en toda mi vida!--gimió Currita--. Porque no crea usted que en el asunto de mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y verá la cosa de manera muy distinta.

Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió a repetirle:

--¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...

Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente recordase algo...

--¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí, porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí haga ese pequeño obsequio al colegio...

--Gracias, gracias, señora condesa...

--¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo se gastara el dinero en cosas semejantes!...

Entró en la berlina... Verdaderamente que aquella idea debía de venir del cielo, porque era Lilí, un ángel del Señor, quien se le había inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes, porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro Fernández, que se sabía ella de memoria, estaba perfectamente encerrada en su primera parte... «Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola a confesar sus pecados y pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...»

Y glosando allá en su imaginación el parrafejo, discurría de este modo... Si la señora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdón de sus extravíos, o lo que es lo mismo, embauca a aquel varón respetable, diciéndole lo que le parezca y callándose lo que juzgue conveniente para ponerle de su parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrará en el gremio de las beatas aristocráticas y se abrirá paso, rosario en mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia y la ingratitud la han arrojado.

Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto la había aterrado siempre y la seguía aterrando; dispuesta estaba ella a lo que creía únicamente necesario para confesarse bien: acusarse de todos sus pecados y enumerar todos sus extravíos... ¿Qué le importaba a ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos periódicos se había publicado y había leído ella sin sonrojarse?... ¡Si hubiera algún sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sería entonces otra cosa; pero la muerte, el puñal de un asesino, se había encargado de sacrificar, se había encargado de romper; y ya no le quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazón y aquel despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban, Jacobo muerto y ella caída de su pedestal, sentía hervir su sangre de dolor y de ira, y parecíale lo primero el crimen más nefando que se había cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tiranía más atroz que pudiera atribuirse a Nerón, a Tiberio o a Busiris.

Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre Cifuentes, porque tenía el padre fama de marrullero; mas su voluntad, repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolución de un hombre, y tranquilizábala en parte la íntima conciencia que tenía ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullería. Con habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por exponer la vocación de Lilí, anhelo de su corazón, esperanza dulcísima de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas, aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que había de poner Fernandito; hábil estaquita esta última que plantaba desde luego la taimada, para agarrarse a ella más tarde y destruir, cuando hubiera logrado su objeto, los santos planes de la niña. Escuchábala el jesuita impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una lanceta, que hacía a Currita ladear los suyos, ora bajándolos, ora paseándolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dejó de hablar, sacó el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo obligado, el pañuelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor naturalidad del mundo dijo resueltamente:

--Su hija de usted no tiene vocación, señora condesa.

Quedóse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamudeó moviendo la cabecita:

--Pues ella me había dicho... Yo creía...

--Creyó usted mal, señora condesa... Esa niña es un ángel, de entendimiento muy claro, de corazón muy grande y muy recto, y está aterrada por las cartas de su hermano, que... ¡pasan el alma, señora condesa, pasan el alma!

Y las dos lancetas que tenía en los ojos el padre Cifuentes pasaban de parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el fondo de su pensamiento.

--Por eso--prosiguió lentamente el jesuita--quería esa pobre niña ofrecer el sacrificio de sí misma, para asegurar la salvación de los demás, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se afligen los ángeles del cielo: llorándolas, pero sin ponérselas a nadie en cuenta... Y note usted lo que digo, señora condesa: _sin ponérselas a nadie en cuenta_.

La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella cuenta, y el padre continuó: