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Chapter 32

Chapter 324,052 wordsPublic domain

Nevaba furiosamente, y angustiado Fernandito, daba prisa por marcharse. Currita convidó a comer a Martínez y a Jacobo, y ambos aceptaron; mas este quiso llegar antes a su casa para quitarse el uniforme.

En la bandeja destinada en la antesala a recibir las tarjetas y las cartas, vio un gran oficio entrelargo y lo recogió al paso, mientras le quitaba Damián la blanca capa de santiaguista, con la roja cruz en el lado izquierdo. Molestábale mucho una de las altas botas del uniforme, y sin esperar a Damián, quiso quitársela él mismo, en cuanto entró en la alcoba; no pudo, sin embargo, conseguirlo del todo y quedóse con ella a medio descalzar, sentado en una butaca, esperando al ayuda de cámara. Tardaba este, e impaciente Jacobo, abrió mientras tanto el oficio.

Sobre un pliego de papel blanco vio destacarse ante su vista el sello rojo que había cerrado en otro tiempo el sobre exterior de los documentos masónicos.

Miróle un momento aterrado. Parecíale una gota de sangre.

--VI--

Era al día siguiente domingo de Carnaval, y Madrid amaneció con el suelo emporcachado y el cielo radiante, como una meretriz coronada de flores y sentada en un charco; un fuerte viento del Norte había barrido las nubes y helado por los rincones los restos de nieve que habían logrado sustraerse a las pesquisas de la escoba municipal.

El frío era grande y ayudaba a la pereza a mantener agazapados entre las calientes ropas del lecho aun a los más madrugadores. Damián oyó las ocho en su cama y volvióse del otro lado, esperando que el señor marqués no necesitaría de sus servicios, según su costumbre, hasta muy entrada la mañana; un violento campanillazo vino, sin embargo, a hacerle saltar despavorido...

El señor marqués llamaba, y llamaba tan de prisa, que aun antes de que Damián lograse medio vestirse sonaron otros dos fuertes repiquetes, en cuyo timbre creyó reconocer el ayuda de cámara todas las intemperancias del mal humor que se desborda y de la impaciencia que estalla.

Arreglándose con los dedos la negra y rizada cabellera, abrió violentamente la puerta del despacho, para llegar por allí más pronto a la alcoba y quedóse parado en el dintel, tieso como un huso, cuadrado como un quinto y estupefacto cual si hubiese visto levantarse el sol en mitad de la noche.

El señor marqués, vestido ya por completo de mañana, hallábase sentado junto a su mesa de escribir, con una carta cerrada en la mano.

--¿El señor marqués ha llamado?...

--No he llamado... he repicado trescientas veces--exclamó Jacobo con ira; y dominándose al punto, alargó a Damián la carta, diciendo sin mirarle:

--Esta carta a su destino... La llevas tú mismo al momento... Si no viviese allí ese... señor, que bien pudiera ser, preguntas al portero dónde se ha mudado y allí la llevas... ¿Te enteras?...

Hizo Damián una muda reverencia, y salió leyendo el sobrescrito de la carta, que era el siguiente: «Señor don Francisco Javier Pérez Cueto. Calle de X**, número 10, tercero, derecha».

Encogióse Damián de hombros, por parecerle el tal Pérez Cueto algún pobre diablo que no merecía se molestase él en llevarle una carta, y Jacobo quedó solo, preguntándose qué se hace un hombre en esta vida levantado desde las ocho de la mañana.

La campana de la vecina iglesia de San José comenzó a tocar en aquel momento, como si quisiera contestarle que ir a misa, y Jacobo recordó entonces que hacía catorce años, desde el primero de su matrimonio, que no había oído ninguna.

Sintió entonces cierta tristeza, cierto malestar que le aquejaba, a pesar de sus satisfacciones de la víspera, desde el momento en que los masones habían repetido por segunda vez aquella ridícula _broma del sellito_, que ahora como entonces había venido a asustarle primero, a irritarle después y a despertar, por último, su fogosa e irreflexible actividad de un momento, a la vista de aquel peligro misterioso que hubiera debido conjurar ya dos veces, sin haberlo hecho ninguna. Lamentábase entonces de su imprudente apatía, y prometiéndose remediarla, confesábase allá en el fondo de su corazón

Que propio del cobarde es Llorar la ocasión perdida.

No la juzgaba él, sin embargo, pasada del todo, puesto que tenía en su poder las cartas de Garibaldi que explicaban su conducta y garantían su persona. Cierto que habían perdido ya estas cartas mucho de su fuerza, por haber muerto en aquel intervalo el viejo revolucionario y por su demora propia en entregarlas, mas no le faltarían a él mentiras complicadas y habilidosos enredos para explicarlo todo a su gusto, y además, su posición había de variar muy pronto, adquiriendo grande importancia.

Opinión de todos fundadísima era que _el buey Apis_ estaba abocado a ser presidente del Consejo en cuanto viniera a tierra aquel gabinete que ya se tambaleaba, y entonces--¡oh, entonces!--sería él seguramente ministro, y desde las alturas del banco azul, teniendo él la sartén por el mango, podía ya reírse impunemente, así de las burlas como de las amenazas de los masones.

Aquella noche, mientras desvelado daba vueltas en el lecho sin poder desechar su inquietud, no obstante sus razonamientos, decidió, sin embargo, no esperar esta vez para tomar un partido, al tercer acto de la estúpida comedia, a la llegada del tercer sellito...

Venían dirigidas las cartas de Garibaldi a un Hº. Neptuno, gran personaje en las logias, que, despojado del tridente, la corona de algas y los simbólicos tres puntos, quedaba reducido en la vida ordinaria a un don Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los arrabales de la corte, entidad perfectamente desconocida para todo el mundo, tras de la cual, según opinión de algunos, ocultábase cierto personaje famoso que vivió y murió haciendo ruido.

Jacobo no lo ignoraba y había tenido ocasión de comprenderlo en sus tiempos de amistad íntima con el conde de Reus. A este, pues, Pérez Cueto, escribió Jacobo una carta en que con frases muy corteses, a la vez que apremiantes, pedíale una entrevista para tratar de un asunto de grande importancia; observaba en ella todo el ceremonial masónico y firmaba con su antiguo nombre de guerra, Hº. Byron, basado en su prodigiosa semejanza con el lord poeta...

Media hora larga debía de emplear Damián en ir y volver de casa de Pérez Cueto, y púsose Jacobo mientras tanto a formar en un papelito con las cartas de Garibaldi delante, una especie de croquis de las mentiras y enredos con que había de probar su inocencia al Hº. Neptuno.

Sorprendióle la llegada de Damián en esta operación todavía, e interrogóle al punto con la vista: el señor Pérez Cueto estaba en casa, y la carta le había sido entregada. Jacobo respiró desahogado, como si viera ya con esto finalizado el negocio, y no ocurriéndosele otra cosa que hacer desde aquella hora hasta la del almuerzo, parecióle lo mejor meterse de nuevo en la cama; decididamente era una aberración incomprensible la de aquellas, gentes que se levantan antes de las doce del día.

--Si viene alguna carta--dijo a Damián--me despiertas en seguida... Sí no, entra a las dos en punto...

Y como ninguna carta vino, entró Damián en la alcoba a las dos en punto, encontrando al señor marqués profundamente dormido. Levantóse este de muy mal humor, vistióse muy despacio con su elegancia acostumbrada, almorzó parcamente y sin apetito, y marchóse luego al Veloz, dejando a Damián la orden de llevarle allí al momento cualquiera carta o recado que para él llegase.

En el Veloz disipóse de repente su humor negrísimo y comenzó a reír y divertirse como un muchacho; Gorito Sardona y Paco Vélez, asomados a un balcón, tiraban a los transeúntes un _saquillo_, y púsose Jacobo a ayudarles; era el saquillo un lindo canastito, adornado con cintas y cascabeles, y atado con un cordón de seda lo bastante corto para que no llegase a dar en los sombreros de los transeúntes.

Lanzábanlo con grande fuerza sobre las damas que pasaban, y asustadas ellas con el ruido, encogíanse prontamente, levantando la cabeza; entonces, si eran jóvenes y bonitas, arrojábanles una lluvia de dulces y flores; si eran viejas o feas, sacábanles la lengua con la mayor insolencia.

El juego, aunque poco digno de un futuro ministro, parecióle a Jacobo muy divertido y mandó encargar al punto para el día siguiente, en la Mahonesa, un par de arrobas de confetti, especie de bombones rellenos de harina con que se apedrean las máscaras en el _corso_ de Roma.

Al oscurecer, abandonó Jacobo el balcón para dirigirse a casa de Currita, donde estaba citado con _el buey Apis_ desde la víspera; cierto senador famoso, disgustado recientemente con el Gobierno, había solicitado de Martínez, por medio de la dama, una entrevista, y ella apresuróse a ofrecerles, como terreno neutral, su propia mesa; ambos debían, por lo tanto, comer aquella noche en casa de la Albornoz con este objeto, y Jacobo, el niño mimado del nuevo partido, no podía faltar tampoco en aquella ocasión al lado de su jefe.

El futuro ministro subió por la calle de Alcalá, atravesó la Puerta del Sol y entró por la calle del Carmen; frente a la iglesia de este nombre había parada una grotesca estudiantina, vestida de amarillo y encarnado, tocando desentonadamente el vals de _La Gran Duquesa_.

Un hombre muy alto, encaramado sobre unos zancos que le ponían al nivel de los segundos pisos, recogía propinas de los balcones, tocando el clarinete y haciendo piruetas; la multitud reía en torno, contemplando las contorsiones del volatinero, y algunos grotescos mascarones chapaleteaban sobre el fango, dando vueltas vertiginosas al compás del vals canallesco.

Las sombras del crepúsculo prestaban un tinte oscuro y asqueroso a aquel cuadro de arrabal, en que parecía revolcarse sobre el cieno de las calles el cieno de las almas.

Jacobo procuraba abrirse paso a través del gentío, arrimándose a la escalerilla de la iglesia; mas detúvose de pronto sorprendido y ocultóse al punto como asustado, detrás de unos mascarones, cubiertos con pingajientas colchas de zaraza atadas por la cabeza, que saltaban delante de él medio borrachos.

Al lado mismo de Jacobo, y en su dirección misma, marchaban dos hombres, al parecer extranjeros, agarrados del brazo para no separarse el uno del otro entre los remolinos de la gente. Llevaba el más viejo una bufanda encarnada que le cubría la camisa, un sombrero calabrés algo mugriento y un arete de oro en la oreja izquierda; el más joven era bajo, rechoncho y sin pelo de barba en la rolliza cara.

Quedóse atrás Sabadell, mirándoles muy espantado, como si quisiera reconocerles...

No había duda: era el más viejo un italiano llamado Cassanello, que había conocido él en las logias de Milán y vuelto a ver aquel mismo año en Caprera, en casa de Garibaldi.

Los dos hombres se volvieron de repente por no poder atravesar el gentío, y asustado Jacobo cubrióse al punto el rostro con el pañuelo cual si se limpiase las narices, y subiendo muy de prisa la escalerilla del Carmen, entróse en el templo...

Al pronto no vio nada, sino una gran oscuridad cortada en el fondo por un foco de luz brillantísimo, en cuyo centro estaba expuesto en la custodia el Santísimo Sacramento. Distinguíase al pie del altar una gran masa negra, y salía de ella a intervalos un suave clamor, lento y pausado, que parecía contestar a otra voz más enérgica y acentuada:

--Ora pro nobis!...

Detúvose el fugitivo un momento, turbado, con cierto pavor respetuoso, semejante al del profano que se encontrara de repente en el fondo de las catacumbas, en medio de los divinos oficios; a lo lejos, oíanse en la calle el vals de _La Gran Duquesa_ y los gritos de la canalla... Dio entonces dos pasos a tientas, extendiendo el brazo para salir por la puerta de enfrente a la calle de la Montera, y tropezó con un confesonario arrimado a la pared de la derecha; abrióse al punto la puertecilla baja de delante y apareció una mano muy blanca pegada a una manga negra. Jacobo retrocedió un paso sorprendido, y la puertecilla se volvió a cerrar, y tornó a desaparecer la mano, oyéndose una voz pausada que decía en el fondo de aquellas tinieblas:

--Dispense usted... Creí que venía a confesarse...

Sublevóse el impío orgullo de Jacobo ante aquellas sencillas palabras y contestó brutalmente:

--Eso se queda para las viejas...

La voz, sin perder su serena pausa, dijo entonces desde las tinieblas:

--_Vocavi et renuistis_...

--_Vocavi et renuistis_?--preguntóse Jacobo sin comprender el significado de la terrible frase.

Y abriendo violentamente la puerta una gran bocanada de aire ensordeció sus oídos con el vals de _La Gran Duquesa_, apagando por completo el dulce silbo del cielo, el piadoso clamor de la misericordia:

--Ora pro nobis!...

Por calles extraviadas y volviendo siempre la cara atrás, cual si le persiguiesen, llegó a casa de la Albornoz muy agitado. El encuentro de aquel hombre en aquellas circunstancias habíale inspirado un terror muy parecido al que sintió meses antes, al ver vacíos en el álbum del tío Frasquito los huecos ocupados en otro tiempo por los tres sellos. ¿Qué vendría a buscar aquel pajarraco en la corte? ¿Tendría que ver algo su venida con el asunto de los masones? ¿Habría acaso en todo aquello algo más que una estúpida broma?

Encantadora estaba Currita aquella noche con sus rojos pelitos peinados a la griega y una extraña _toilette_ un poco abigarrada, muy propia del caprichoso tiempo de carnestolendas. No había ido por la tarde al paseo del Prado; incomodábala mucho aquel eterno dar vueltas de los días de Carnaval, expuesta siempre a oír las desvergüenzas que escupen la envidia y la insolencia tras el anónimo de una careta... ¡Cuántas había escuchado ella antes de salir escarmentada! Quedóse, pues, en su casita, como mujer de provecho, cuidando de Fernandito, que andaba desmazalado, y ya entrada la noche, llegó primero el excelentísimo Martínez y a poco el senador del reino don Vicente Cascante.

Jacobo no había venido todavía, y disgustada Currita por creer que toda palabra del _buey Apis_ pronunciada a espaldas de aquel amigo querido era un fraude que a este se hacía, salió impaciente en su busca. Solía Jacobo algunas veces entrar en el _boudoir_ o en las habitaciones de Fernandito como persona de la más familiar confianza, y no parecer en el salón hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala, encontróse Currita un lacayo, que le presentó una carta en una bandeja de plata.

--Para el señor marqués de Sabadell--dijo.

Tomóla al punto Currita, con grande prisa, y miró el sobre; era su letra una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por debajo del nombre de Jacobo, decía: _Urgentísima_.

--¿Quién ha traído esto?--preguntó.

--Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó entonces un coche y la trajo aquí corriendo.

Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:

--¿Y el señor marqués no ha venido?

--No ha venido todavía.

--Está bien; yo se la entregaré cuando venga.

Y con la carta en la mano entróse en el _boudoir_, arrugando el entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre, sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de los bordes.

Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.--N.»

--¡Qué delicia!--murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una butaca.

Quedóse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteración más que un imperceptible temblorcito en la mano que sostenía la carta, una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso, orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea que describe Séneca, terrible e imponente en medio de su sombría calma.

Sin perder un punto de la suya, escribió Currita en un plieguecillo de papel timbrado las señas que venían en la carta; volvió a leerla por cuarta vez y la metió de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con una poca de goma. Mantúvola un momento al calor de la chimenea, para dar tiempo a que se secase por completo, y arrejóla luego sobre su lindo escritorio. Entonces llamó a Kate.

--¿El señor marqués de Sabadell ha venido?

--Ahora mismo acaba de entrar y está en el salón de los señores.

--Ahí encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.

Tomóla Kate de sobre la mesa y se dirigió a la puerta; mas la señora, siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:

--Mira, hija, prepárame antes una dosis de antipirina... ¡Me está barruntando una jaqueca!

Volvió Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la medicina pedida.

--¿Han entregado la carta?--preguntó Currita.

--Como dijo la señora condesa que trajesen antes la antipirina...

--Pues anda, mujer... ¡Si dice en el sobre urgente!...

No bien salió Kate, arrojó Currita en la chimenea la medicina y dirigióse muy de prisa al salón azul, donde acababa de entrar Jacobo. Quería ver ella de cerca la impresión que causaba a este la lectura de la carta; un momento después presentábasela un criado en una bandeja de plata.

Abalanzóse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el sobre, rasgólo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas no pudo notar en su rostro señal de gozo ni satisfacción alguna; observó tan sólo una gran ansiedad mientras leía, y luego una honda preocupación que le duró toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un punto, con cierta excitación nerviosa que prestaba brillantez a su conversación y alarmaba a Currita; otras, enmudecía de repente y quedábase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atención a lo que en torno de él se hablaba.

Hallábase muy perplejo; había comprendido desde luego que aquella extraña carta era la respuesta del Hº. Neptuno, porque a nadie sino a este había pedido él cita alguna; mas extrañábale, por lo mismo, la singular manera de su redacción y el empeño manifiesto que en ella se notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carácter masónico y hacerla tan sólo como una cita galante y misteriosa, según la había juzgado ya, engañándose por completo, la misma Currita.

Despertóle esto la fundada sospecha de si la carta ocultaría algún lazo, y de nuevo renacieron sus temores; mas recordó luego las mojigangas ridículas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los masones, y esforzóse por creer lo que más halagaba sus deseos y ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello había tan sólo una broma impertinente y ridícula que había que apurar hasta el cabo, y que la carta de Pérez Cueto era el chasco de Carnaval que debía coronarla. De repente, en uno de aquellos momentos de preocupación que la lucha de estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a su lado:

--Diga usted, Pantojas... ¿Qué significa _vocavi et renuistis_?...

Miróle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder lucir su erudición, contestóle al punto:

--Significa literalmente _te llamé y me rechazaste_... y son las palabras de Isaías, si mal no recuerdo, que dirige el Señor a los pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.

Echóse Jacobo a reír, y Currita le preguntó con malicia:

--¿Piensas hacer en el Senado alguna homilía sobre ese texto?

--No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a mí esta tarde--contestó Jacobo.

Y añadiéndole ridículos pormenores, contó la escena del confesonario en la iglesia del Carmen, guardándose muy bien de decir el verdadero motivo de su entrada en el templo: según él, habíale sido imposible el tránsito por la calle del Carmen, y atravesó por la iglesia para salir a la de la Montera. Riéronse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazón sentenciosa.

--Pero noten ustedes cómo en medio de lo ridículo del caso resalta siempre la soberbia y la insolencia del clero... ¡Siempre disponiendo de los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!... Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetiré otras ciento: la dureza y la intransigencia del clero es lo que está carcomiendo la Iglesia de España.

Y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el celo de la casa de Dios, que se lo comía, comióse él una pechugita de perdiz con gesto de pesar profundo.

A las once de la noche, el palacio de Villamelón parecía, por extraño caso, la morada de la quietud y del silencio: la señora condesa se había retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca que le molestaba desde la tarde; el señor marqués habíase acostado también, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de toda traba y segura de no ser echada de menos, habíase esparcido acá y allá, por los numerosos centros de diversión que ofrecen en Madrid las noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.

No dormía, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media abrióse con gran sigilo la puertecilla del jardín pegada por dentro al invernadero, y salió a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerró por fuera y se alejó rápidamente, guardándose la llave.

Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la especie de gran florón de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de la cabeza para aumentar su estatura, aparecía muy pequeña: llevaba sobre un vestido corto de seda negra un amplio dominó de igual color, y abrigábase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles grises.

La incógnita cruzó rápidamente varias callejas sin muestras de miedo alguno y entró por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de Santo Domingo. Detúvose un momento en la esquina y miró a todas partes; la concurrencia era allí todavía numerosa de máscaras que se dirigían a los bailes, transeúntes que iban de un lado a otro y carruajes que cruzaban. Hacia la calle de Tudescos había tres simones parados, dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigióse la incógnita al de enmedio, abrió ella misma la portezuela y mandó al cochero, que despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar perpendicularmente en la de Serrano.

Apeóse la incógnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al cochero que aguardase, entró por la calle X**, mirando a una y otra acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y formábanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja del jardín que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se abría una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendíase primero la fachada lateral de cierto edificio público; seguía luego un hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construcción y la esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no había puerta ninguna.