Chapter 30
Comenzaron entonces las lamentaciones y las extrañezas, los comentarios y los sobresaltos, y la murmuración no fue ya el ruido de una ola al reventar en la playa, sino que cundió y se hizo formidable, y resultaron todos los imponentes estrépitos del mar batiendo las costas... Mas a pesar de que todo el mundo vio claro el viento que había desatado aquella tormenta y los polvos de que salían aquellos lodos, tan sólo dos de las muchas madres honradas que acudían a los saraos de Currita dejaron de llevar allí a sus hijas; tan sólo uno de los muchos maridos con decoro que a ellos concurrían retrajo a su mujer de aquella casa funesta a que se hacía necesario acudir, porque... porque... se pasaban allí ratos deliciosos, era la dama quien fijaba en sus salones las leyes del buen tono, y el ser admitido en su casa era un brevet de elegancia y de notoriedad.
Mas un día corrió por Madrid una noticia estupenda, que se escuchó al principio como un absurdo inventado por algún ocioso del Veloz; concediósele más tarde la verosimilitud que hubiera merecido la de que Sagasta cantaba misa o el Gran Turco se había hecho monje bernardo, y extendióse al fin como un hecho inverosímil, pero cierto, absurdo, pero verdadero, desde los salones hasta las antesalas, y desde los pasillos del Congreso hasta los de los teatros, llenando a todo el mundo elegante de asombro, de extrañeza y de curiosidad. La imaginación siempre exaltada de los madrileños aderezó el hecho con interpretaciones y comentarios, y unos vieron en él un manejo político, otros una rivalidad femenina, algunos una señal de reconciliación entre el mundo devoto y el profano, y varios, los que se decían más enterados y eran más hábiles en aquello de ajustarle las cuentas al prójimo, vieron, por el contrario, una emboscada peligrosa que la más inflexible de las beatas tendía a la más tolerante de las pecadoras; un reto del calendario piadoso a la mitología pagana; un combate singular entre la marquesa de Villasis, que arrojaba el guante, y la condesa de Albornoz, que se apresuraría sin duda a recogerlo.
Porque era el caso que habían circulado por ciertas casas privilegiadas de la alta sociedad madrileña unas lindas tarjetas litografiadas, en que la marquesa de Villasis anunciaba a sus numerosos amigos que abría las puertas de sus salones, y fijaba como día de recepción--¡aquí estaba el busilis!--el mismo fijado por Currita: ¡los viernes!... La noticia llegó a casa de esta un miércoles por la noche, estando presente tan sólo la duquesa de Bara, Carmen Tagle, Leopoldina Pastor y la Valdivieso; algunos señores mayores jugaban al tresillo, y en la sala de billar oíanse a lo lejos los secos golpes de las bolas y los tacos. Currita recogió, en efecto, el guante, y puesta en guardia al punto, manifestó su asombro con ingenua sencillez de cándida tortolilla.
--¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Supongo que habrá convidado a las novicias del Sagrado Corazón...
Riéronse todos a carcajadas, y ella, muy extrañada de aquellas risas, prosiguió diciendo:
--Pues no lo digo de burlas... Creed que lo decía sin ningún _arrière-pensée_... Como María es tan piadosa y suele darle a todo un tinte devoto...
--¡Pues claro está!--replicó muy seria la de Bara--. Por eso ha convidado también a los congregantes de San Luis.
--Y por lo menos exigirá a los presentados la cédula del cumplimiento pascual.
--Y el certificado de buenas costumbres del cura párroco...
--¡Qué delicia!... ¿Y abrirán el baile rezando el rosario?...
--Como que tocará el cuarteto de la capilla real, y se cantarán en los intermedios los Gozos de san José.
--¡Ya lo creo!... La Villasis sabe hacer bien las cosas, y de seguro que ha pedido al arzobispo indulgencia plenaria para todos sus tertulianos.
--Pero, en suma--dijo al fin Currita, deteniendo aquella granizada de burlas--, ¿qué es lo que se propone esa pobre María?...
Aquí miró a todas partes con gran misterio el que había traído la noticia, y las cinco señoras alargaron las cabezas y abrieron las orejas con curiosidad intensísima.
--Pues dice..., dice... que se propone recibir a... mujeres honradas...
Un ¡ya! general, preñado de extrañas e intencionadas inflexiones, se escapó de todos los labios, y la Albornoz, abriendo cándidamente los ojos, dijo con su suave vocecita:
--Pues a mí no me han convidado hasta el presente...
Las señoras soltaron el trapo a reír, y dijeron todas al mismo tiempo:
--Ni a mí...
--Ni a mí...
--Ni a mí...
Leopoldina Pastor no dijo nada; púsose muy encendida, y dando una brusca media vuelta, sentóse al piano y comenzó a tocar furiosamente la antigua canción del _¡Trágala!_...
Anocheció por fin el viernes, llegó la hora de comer, y tan sólo trece, de los veinte personajes convidados, se sentaron aquella noche a la mesa de los consortes Villamelón. El número era funesto, y la duquesa de Bara, que supuso al punto la causa de tan repentina baja, dijo muy quedito a su sobrino el duque de Bringas:
--Mal número... ¿Si será esta la _última cena_?
--Con tal que no te toque a ti el papel de Judas.
--¡Oh, no, no!... Yo le soy fiel a Curra.
--¿Pero por qué han desertado los otros?
--Pues nada, hijo, que ha habido conjunción de pucheros y el de María Villasis triunfa.
--Será más delicado.
--¡Pchs!... Bizcochitos de monja y tocino de cielo... Prefiero el de Curra: es más sustancioso.
--¿Pues cuál es?...
--_Olla podrida_.
Y con tales ganas comenzaron a reír la tía y el sobrino, que casi vinieron a echar por las narices el _consommé à la Régence_, servido en magnífica vajilla de plata, con que los ilustres comensales comenzaron a apaciguar sus respectivos apetitos... Con estos augurios funestos dio principio la comida, lenta y desanimada; Villamelón, con gravedad señoril y solemne aspecto, embaulaba en silencio, sin ocuparse gran cosa de la embajadora de Alemania y la duquesa de Bara, que tenía a derecha e izquierda, consultando a cada paso el _menú_, impreso con vivos colores en apergaminada vitela, al estilo de los antiguos misales de la Edad Media, y no satisfecho con esto, preguntando de cuando en cuando con sigilo prudentísimo al criado que le servía:
--¿He comido de todo?...
Frente por frente estaba Currita, teniendo a su derecha al embajador de Alemania, y a su izquierda al excelentísimo señor don Juan Antonio Martínez, _buey Apis_ por otro nombre, que olvidando con loable magnanimidad antiguos rencorcillos, era a la sazón íntimo de la dama, como sustituto del respetable Butrón en el cargo de _Mentor_ del _joven Telémaco_. Prodigábale Currita atenciones delicadísimas y hablábale a veces en voz baja, con muestras de íntima confianza: en una de estas, mostróle rápidamente con ademán misterioso un pequeño objeto que había sobre la mesa. Entre los mil primores y monerías que la adornaban, veíanse ante el cubierto de cada caballero pequeños _bouquets_ de violetas para el ojal del frac, puestos en diminutos vasitos de cristal, ligeros y diáfanos cual si fuesen de aire petrificado, y teniendo todos en el centro una pequeña flor de lis, lindísima maravilla natural, criada a fuerza de cuidados en las estufas de Currita. Con significativa sonrisa mostróle la dama al _buey Apis_ el _bouquet_ que tenía delante, y este, sonriendo también, dijo entre dientes, sin que ella protestase:
--El diablo son las mujeres...
Entre estos dos grupos principales que ocupaban ambas cabeceras sentábanse el resto de los convidados: la señora de López Moreno, que redondeaba a la sazón su inmensa fortuna prestando al veinte por ciento; la marquesa de Valdivieso, que no atestiguaba ya sus sentencias con la autoridad de Paco Vélez, sino con la de Fermín Doblado; la condesa de Balzano, divorciada de su marido y en pleito con sus hijos; el duque de Bringas, declarado pródigo por los tribunales a instancias de su esposa; don Casimiro Pantojas, buscando siempre el _paulot postfuturum_ de algún verbo griego; dos diputados novatos, cándidos provincianos todavía, a que la ilustre condesa, de acuerdo con el excelentísimo Martínez, tendía el anzuelo de sus banquetes para pescarlos en la oposición futura; el espiritual Pedro López, que pagaba su cubierto todos los viernes con algunas columnas de _La Flor de Lis_ de prosa _gelatinesca_, y el marqués de Sabadell, que al notar las siete bajas habidas en el número de convidados, dirigía a Currita miradas impacientes, que hacían en la comprimida cólera de esta el efecto que el viento hace en el fuego, y parecían demostrar en ambos el pesar de ver frustrado en parte algún plan que proyectaban.
El berrenchín de Currita igualaba, en efecto, a su inquietud, porque justamente pertenecían sus convidados prófugos a aquella parte sana y virtuosa de la sociedad madrileña que se complacía ella en atraer a su casa para acallar con el ejemplo de estos los escrúpulos de algunos otros, a la manera que en ciertos garitos de industrias prohibidas colocan en el portal la muestra de alguna otra industria inocente, que desorienta a la policía y sirve de cebo a los incautos. Faltaban, pues, aquella noche los duques de Astorga, que con gran acierto habían sido elegidos por el nuevo monarca para formar parte de la alta servidumbre de la joven reina; los condes de Orduña, nobles figuras del antiguo bando carlista, fiel siempre a la desgracia, y la marquesa de Lebrija, cuyo prurito de socorrer y presidir asociaciones pías habíale conquistado justamente la doble fama de caritativa y de vanidosa. Faltaba también el tío Frasquito, que, con gran indignación de Currita, no se había tomado el trabajo de disculpar su ausencia; y faltaba Leopoldina Pastor, que la había disculpado tan sólo con una lacónica esquelita, diciendo que un indecente orzuelo le había aparecido en un ojo, poniendola de humor malísimo. La ausencia de estos dos últimos hería, más que ninguna otra, el amor propio de Currita, porque eran él y ella de esos pájaros que se retiran a tiempo del árbol que pierde su sombra y tienden el vuelo hacia el que comienza a verdear.
Azoraba todo esto a Currita, pareciéndole indicio cierto de conjura sospechosa, y al mismo tiempo que procuraba sostener y animar la desmayada conversación de sus comensales, prestaba oído atento a lo que por fuera del comedor pasaba... Sucedía de ordinario los viernes que, aun antes de terminarse la comida, poblaban ya los salones gran número de tertulianos que se apoderaban de las mesas de tresillo y de billar y formaban grupos y corrillos llenos de la alborotada animación, que duraba siempre hasta muy entrada la madrugada... Nada se oía aquella noche, y cada vez más inquieta Currita procuraba alargar la comida, agotando todos los recursos de su ingenio e intercalando entre plato y plato historietas que equivalían a las más picantes salsas, con el fin de dar tiempo a la llegada de la gente y evitar que los comensales recibiesen la mala impresión de encontrar los salones desiertos. Fuele ya imposible alargar por más tiempo la ímproba tarea y puso al cabo fin a la comedia con una escena misteriosa, seguida de un golpe teatral hábilmente dispuesto... Su diminuto piececito tocó ligeramente por debajo de la mesa la pezuña del _buey Apis_, y ambos cruzaron con Jacobo una rápida mirada de inteligencia que parecía significar: ¡Alerta! Entonces, tomando Currita el _bouquet_ que tenía Martínez delante, tuvo la exquisita galantería de ponérselo ella misma en el ojal, repitiendo la acostumbrada frase de las floristas parisienses:
--_Monsieur_... _Fleurissez votre boutonnière_...
Mas Jacobo, con jovialidad perfectamente afectada, detúvola en mitad del camino, diciendo desde su sitio:
--¡Cuidado, Martínez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...
--¿Un lazo?--exclamó Currita, retirando vivamente el ramito.
--Sí, señor, un lazo--afirmó Jacobo riendo--. ¿Pues no ve usted que lleva el _bouquet_ una flor de lis?...
--¡Ay, Jesús!--replicó Currita escandalizada--. Entonces ¡protesto, protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie... ¿Quiere usted que se la ponga, Martínez?... ¿Sí o no?...
--¡Jú, jú, jú, jú!--mugió _el buey Apis_, haciendo con la cabeza ademán afirmativo.
--¿La acepta usted entonces?--preguntó Currita.
--La acepto.
--¿Con todas sus consecuencias?...
--Con todas sus consecuencias--repitió _el buey Apis_.
Y paseó por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no carecía de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable, que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general acogió la declaración del antiguo revolucionario, y Villamelón, muy conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apuráronse las copas, y Fernandito, tomando entonces la que había servido a Martínez, dijo solemnemente:
--Esta copa tendrá con los años gran valor histórico. ¿Me entiende usted, Martínez?... Permítame que la guarde... Quiero legarla a mis hijos.
Y con su recuerdo histórico muy empuñado fue a ofrecer el brazo a la embajadora de Alemania, para pasar al saloncito azul, donde se acostumbraba a servir el café en aquellos días de gala... Allí acabaron los triunfos: el salón estaba vacío, y por sus puertas abiertas veíase a la izquierda el otro salón amarillo, y a la derecha, el gran salón de baile, que sólo se abría e iluminaba los viernes, ambos desiertos. En el primero, divisábanse a lo lejos, en un apartado rincón, cuatro señores muy graves, muy tiesos, jugando al tresillo; en el segundo, reverberaban las luces en el brillante parquet de finísimas maderas enceradas y en los colosales espejos, dando a todo aquel recinto el aspecto fantástico y temeroso, en medio de su magnificencia, de aquellos palacios encantados que se describen en los cuentos de hadas. El fiasco era completo, y aturdida Currita miró espontáneamente hacia el magnífico reloj de bronce dorado que había allí cerca, sobre una chimenea: ¡eran ya las diez y cuarto!...
Vio entonces a su espalda, en el mismo salón azul, una dama muy apuesta y elegante dormida en una butaca: tenía en la mano un número de un periódico de modas, caído negligentemente sobre la falda, y dábale de lleno en el rostro la tibia luz de una gran lámpara colocada en un trípode, cuyos reflejos recogía amplia pantalla de seda de suaves matices... Era Isabel Mazacán, la pérfida Mazacán, reconciliada dos meses antes con Currita y dispuesta a pelearse otras mil veces con ella en cuanto el tiempo y la ocasión se presentasen. Ninguna tan propicia como la presente, y fingiéndose dormida en aquella soledad, abrió poquito a poco los ojos con tan cómico espanto, con tan chistoso sobresalto, que todos los presentes soltaron la risa...
--Jesús, hija, dispensa..., pero al verme tan sola me quedé dormida.
Parecióle la broma a Currita de malísimo gusto y contestó muy picada:
--¡Qué delicia!... ¿Y soñarías sin duda con los angelitos?...
--Algo había de eso, porque soñaba contigo...
Guardóse muy bien Currita de pedirle la interpretación del sueño, mas la Valdivieso, con su importunidad acostumbrada, dijo muy gozosa:
--¡Vaya una coincidencia!... ¿Y qué soñabas?...
--Pues nada, hija... Que también se había ido a casa de la Villasis la _pobre Curra_.
Y la grandísima tuna de la Mazacán pronunciaba aquel _pobre Curra_ con un aire de lástima, con un acento de chunga, que la compadecida se revolvió furiosa, diciendo con su inocente risita:
--Pues mira, mujer..., ni dormida ni despierta se me hubiera ocurrido de ti semejante cosa.
--¿Y por qué?
--Pues por dos razones... La segunda, porque tú no querrías ir...
--Y la primera, porque María Villasis no querría que yo fuese--dijo la Mazacán echándose a reír con todo su desparpajo.
--Justo--replicó Currita--. Lo mismo, lo mismo que don Simplicio Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey: «Puesto que Leonor renuncia a mi mano, renuncio a la mano de Leonor...».
La Mazacán iba a contestar, pero entraron en aquel momento Carmen Tagle, Paco Vélez y Gorito Sardona, todos muy compungidos, diciendo que venían del Real, pero que no había allí nadie, nadie... Al pronto creyeron ellos que Monsieur tout le monde estaría en casa de Curra, porque ¡claro está! como era viernes... Pero supieron luego que el _grand complet_ era aquella noche, ¡quién lo creyera!, en casa de la Villasis; y por eso, ellos, muy indignados, habían venido a protestar, porque no les parecía decente acostarse en aquella ocasión sin dar las buenas noches a la _pobre Curra_.
Escapóse la _pobre Curra_ como pudo de aquellas muestras de compasión que le atacaban los nervios y dirigióse muy de prisa a la sala de billar, donde Jacobo, los dos diputados y el excelentísimo Martínez conferenciaban a solas. Felicitaron todos a la dama por lo hábilmente que había dispuesto y representado la comedia del _bouquet_, llamada a tener gran resonancia. Al día siguiente, _La Flor de Lis_ daría cuenta de ella, preparando de este modo el terreno para la declaración solemne que a los pocos días pensaba hacer en el Senado el excelentísimo Martínez... Mas todavía juzgaba este necesario, antes de dar aquel último paso, atar bien otro cabo importante: parecíale prudente tentar antes el vado en Palacio.
Currita ofreció al punto sus servicios; ella era dama de honor desde los tiempos de Isabel II, y al casarse el monarca, dos meses antes, habíase visto obligada la nueva reina a enviarle también su cruz de dama... Martínez meneó la gran cabezota; no era esto precisamente lo que él iba buscando, porque el explorador a que había echado el ojo, para que como heraldo suyo entrase en Palacio, era Jacobo; podía este como Grande de España...
La baronesa viuda de Platavieja le cortó la frase, entrando en la sala seguida de sus seis hijas, amables retoños que en unión de la madre formaban en cantidad y calidad la suma de los pecados capitales, nombre por el cual se las conocía en la corte... Madre e hijas venían también presurosas e indignadas a protestar delante de la _pobre Curra_, y la señora baronesa aseguro _coram populo_ que lo que había hecho la Villasis aquella noche era ni más ni menos que un timo...
--¡Un verdadero timo!--repitieron en coro las amables señoritas de Platavieja, rodeando al punto como enjambre de mariposas a los dos diputados, jóvenes y solteros, con la idea sin duda de pegarles alguno.
Imposible fue ya continuar la plática ante aquellos testigos, y la noche corrió lenta y aburrida, sin más incidentes. María Valdivieso, que andaba de monos con su prima, procuraba bostezar con fingido disimulo siempre que la miraba esta; la embajadora de Alemania cantó con notable falta de gracia una _balada_, que calificó la duquesa de _ladrido_, y a las doce y cuarto, cuando Pedro López, después de tomar el té y encerrar en sus bolsillos provisión de _sandwiches_ suficiente para toda la semana, comenzó a hacer el recuento para la crónica de salones que publicaba _La Flor de Lis_ todos los sábados, sus ojos atónitos pudieron tan sólo contar bajo los artesonados techos el número exiguo de catorce señoras: siete pertenecían a la familia de los pecados capitales y las otras siete podían repartirse entre la de los enemigos del alma: mundo, demonio y carne.
La marquesa de Villasis triunfaba en toda línea, y las _ciento veinte_ mujeres honradas que reunió aquella noche en su casa y siguió reuniendo todos los viernes vinieron a probar a los pesimistas lo que había dicho ella misma a la marquesa de Butrón en época no lejana:
--Madrid no es un lodazal...
Cierto que hay en él _algo que huele a podrido_ y esparce por todas partes su mal olor, a la manera que las emanaciones de una pequeña charca se extienden e inficcionan toda una hermosa campiña y tiñen la vegetación salubre con los mismos desconsoladores tintes de la enferma. Mas este algo podrido, esta charca hedionda, desbordada siempre por la desvergüenza propia y la cobardía ajena, mezclándose con el agua pura y comunicándole en apariencia sus impurezas, habíala ella estancado en casa de la Albornoz; y al quedar deslindados los campos, la lógica de los números metió la mano inexorable _dessus du panier_ del gran mundo y sacó tan sólo catorce mujeres perdidas, por ciento veinte mujeres honradas.
Un periódico regañón hizo, sin embargo, de las damas de aquel tiempo otra subdivisión distinta:
Bastantes buenas.
Pocas malas.
Muchas que, siendo de las primeras, se parecen a las segundas.
--V--
La noticia cayó como una bomba, y aunque muchos quisieron negarla frente a frente de la evidencia misma, estrellábanse sus negaciones contra un documento oficial, legítimo y auténtico, que había circulado el día anterior por todas las casas de la Grandeza. Era un oficio de la mayordomía mayor de su majestad, en que el jefe superior de Palacio decía letra por letra y punto por punto a todos los Grandes de España...: «Excelentísimo señor: Su majestad el rey don Alfonso XII (q. D. g.) se ha servido señalar la hora de las dos de la tarde del día 7 de febrero para la ceremonia de cubrirse ante su Real presencia los señores Grandes de España que al margen se expresan, etc., etc.». Y entre aquellos nombres al margen expresados, por riguroso orden de antigüedad inscritos, recordando todos ellos la grandeza de los caracteres, la firmeza de las virtudes, la nobleza de los pensamientos y el valor de las hazañas de que está llena nuestra historia, leíase con todas sus letras, puesto el segundo, el del excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell.
El caso era curioso, y los aficionados a investigar la razón íntima de los actos del prójimo, los inteligentes en escudriñar los puntos oscuros de los más sencillos eventos de las vidas ajenas, los más hábiles peritos en el arte sutilísimo de atar cabos con cabos, encontraron al punto empalmes subterráneos entre el oficio del jefe superior y el suelto que había publicado _La Flor de Lis_ algunos días antes. Según esta, susurrábase que cierto personaje de gran importancia, retirado algún tiempo de la política, volvía de nuevo a la arena del combate, seguido de _numerosa mesnada_ y enarbolando en su robusta mano, con honrada independencia, la bandera de Alfonso XII.
Una dama angelical, conocidísima en los altos círculos por su ingenio, su elegancia y su belleza, habíale arrancado, en un banquete, una confesión explícita, aunque no pública, de sus nuevas simpatías dinásticas... Un ramo de violetas había sido la ocasión, y un ángel fue el instrumento. ¡Feliz el atleta que entra en la nueva senda bajo tan poéticos auspicios!...
El suelto delataba por lo cursi la pluma de Pedro López, y el resto de la charada fue descifrada sin mas que una leve duda... En buena hora que Martínez fuese el atleta; ¿pero cómo diablos podía ser Currita el ángel de la adivina?... Uno descifró el enigma.
--De manera muy sencilla... También Lucifer lo fue.
Quedaron todos convencidos, y el Ministerio de Instrucción Pública, confiado a las lenguas murmuradoras, comenzó a analizar con investigadora atención el hecho de que se trataba...
Desde luego, saltó a la vista de todos una particularidad, por decirlo así, de índole doméstica: Jacobo era tan sólo marqués consorte, y veníanle sus derechos a la Grandeza exclusivamente por su mujer, de la cual estaba separado hacía doce años... Discutióse el punto, y quedó convenido, por unanimidad, que el hacer uso de este derecho era, por parte de Jacobo, una verdadera indecencia.
Una vez fallado este punto, pasóse a considerar los hilos diplomáticos que unían la charada de _La Flor de Lis_ con el oficio del jefe superior de Palacio...
Jacobo habíase afiliado después de la Restauración en la _mesnada_ revolucionaria capitaneada por el atleta Martínez, que tan sólo había reconocido hasta el presente al nuevo monarca en un banquete privado y bajo el símbolo de un ramo de violetas presentado por un ángel no inscrito en las jerarquías celestiales... El hecho, pues, de presentarse el marqués consorte en Palacio indicaba a las claras que _el buey Apis_, su jefe, daba otro paso adelante, enviando un fiel explorador a la fértil tierra de Mesopotamia...