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Chapter 29

Chapter 293,831 wordsPublic domain

Era la otra carta, larga también, para el tío Frasquito, escrita con grandes visos de misterio, asegurándole haber conjurado el peligro a fuerza de astucia y de dinero, y prometiéndole la completa extirpación del misterioso «¡Mentecato!» en cuanto llegara él a Madrid y pudiera comunicar a las logias las órdenes que de Italia llevaba. Firmaba esta carta con un nombre supuesto, no ponía en ella fecha ninguna, y encargábale mucho quemarla después de leída y aventar luego las cenizas. Hízolo así el tío Frasquito, lleno de miedo, y creyendo ya poder aventurarse a salir con algunas precauciones, presentóse aquella noche en casa de Currita, en el taller de las hilas, tosiendo lastimosamente y ofreciendo a todas las damas caramelitos de rosa, único remedio para la _horrible_ tos que le había dejado el pertinaz _catarro_.

Currita no contestó a Jacobo, y extrañado este, tornó a escribirle, sin obtener tampoco respuesta. Alarmóse entonces el futuro ministro y escribió a Butrón pidiéndole categóricas explicaciones de aquel obstinado silencio que le hacía sospechar en la dama algún resentimiento, peligroso siempre y funesto en aquellas circunstancias, en que la amistad íntima y la repleta caja de los consortes Villamelón le eran de todo punto indispensables.

Con mensurado tono y severidad paterna contestó entonces _el sabio Mentor_ al _joven Telémaco_, enterándole del regalo hecho por mademoiselle de Sirop a la _kermesse_, del justo enojo de Currita al recibir aquel ultraje, que revelaba la traición del amigo íntimo a quien tantos beneficios había prodigado, y de la ferocidad con que las lenguas murmuradoras se habían echado sobre la aventura, comentándola y riéndola a mandíbula batiente. El _sesudo Mentor_ terminaba con protectora solicitud y paternal indulgencia: «Tu ligereza ha sido grande; pero inventa una disculpa, apresúrate a venir y trataremos de arreglarlo».

Jacobo no se hizo repetir el aviso, y cinco días después _el joven Telémaco_ y _el sabio Mentor_ se presentaban en el _boudoir_ es decir, abordaban a las playas de la isla de Ogigia, retiro encantador de _la invulnerable Calipso_... La escena debió de ser conmovedora; mas ninguna ninfa hizo traición a la diosa, revelando lo que oyó o pudo ver en la misteriosa gruta, e ignórase al presente cómo llegaron los tres personajes a la perfecta avenencia que todo Madrid pudo observar desde entonces entre ellos. Corrió, sin embargo, a los pocos días por los periódicos la noticia de que el marqués de Sabadell había acusado de ladrona ante los tribunales a cierta aventurera francesa llamada mademoiselle de Sirop; súpose más tarde que esta había desaparecido, y murmuróse, por último, muy sotto voce, que el mismo marqués, su acusador público, la tenía escondida en su casa: nadie pudo comprobar, sin embargo, la exactitud de este hecho inexplicable.

Las cosas quedaron, pues, como estaban un mes antes y tan sólo Jacobo pudo notar en Currita, con harto despecho suyo, esa extraña anomalía de la mujer, que consiste en mostrarse servilmente sumisa con el hombre que la oprime y ferozmente tirana con el que se le somete: rasgo a la verdad poco noble, que hace común san Ignacio de Loyola en su famoso libro de los _Ejercicios_ al mismísimo demonio, con estas textuales palabras: «El enemigo se hace como mujer, en ser flaco por fuerza y fuerte de grado...». Mientras en sus relaciones íntimas con la dama se mostró Jacobo duro y despótico, imponiéndole en todo su voluntad como dueño, hallóla siempre dócil y sumisa, pronta a sacrificarse por él y a prestarle todos los homenajes, con la humildad del pobre que al quemar ante el ídolo su incienso no espera ni pide otra recompensa que la satisfacción de verlo aceptado. Mas cuando, por las circunstancias que quedan referidas, tuvo Jacobo que humillarse a ella y mostrársele rendido y avasallado, crecióse Currita al punto, y sin disminuirle en nada su íntima confianza, ni cercenarle tampoco los continuos y siempre indecorosos beneficios que le prodigaba, comenzó a dejarle sentir su yugo, a hacerle comprender que ella era allí la dueña absoluta, y a saciar su vanidad, primer elemento que en todos los actos de su vida y todos los sentimientos de su corazón entraba, presentándole a los ojos del mundo, vencido, sujeto y atado, como un hermoso rey prisionero, a las ruedas de su carro.

Por lo demás, nunca supo nadie lo que había hecho Jacobo en Italia; guardóse él muy bien de decirlo, y con muchas y variadas mentiras explicó a todo el mundo los motivos de su ausencia, quedando esta nueva aventura envuelta en las nubes vagas e indecisas que habrá notado siempre el lector, así en las cosas como en el carácter de este histórico personaje.

Era, sin embargo, cierto que había visitado en Caprera a Garibaldi, y confiádole una peregrina historia que explicaba por completo la desaparición de los papeles, sin culpa de nadie, por supuesto. Mas el viejo mamarracho, sin guardar siquiera memoria de aquello, encogióse de hombros al oírle, y seducido por la labia de Jacobo, ofrecióle cordialmente cartas comendaticias para los venerables de Milán y de España que le pusieran a cubierto de todo recelo. Aceptólas Jacobo gozosísimo, creyendo ya con esto conjurado el peligro, y gastóse alegremente en excursiones por Italia todo su dinero, dejándose en la ruleta de Mónaco hasta el último céntimo del que había sacado al tío Frasquito. Las noticias del _sabio Mentor_ hiciéronle apresurar su vuelta a España, y engolfándose de nuevo a su regreso en su antigua vida ordinaria de crápula elegante y vagancia aristocrática, interrumpida a veces por solemnes intervalos políticos, quedáronsele en la gaveta las cartas de Garibaldi, pasósele el susto que le había llevado a Italia, y en su impresión natural de niño revoltoso, no volvió a acordarse de los masones, juzgando que también ellos le tendrían olvidado.

Mientras tanto, los trabajos alfonsinos tocaban a su término, y Jacobo, creyendo haber pagado a buen precio con la entrega de sus papeles el logro de sus ambiciones, importunaba de continuo a Butrón y hacíase presente a todas horas en el centro de hombres políticos que dirigían los trabajos del partido, en demanda de una cartera que jamás se le había prometido en serio, pero que se le había hecho vislumbrar a lo lejos como precio de su hurto, en los tiempos en que era la consigna barrer para adentro. Mas había llegado ya la hora de barrer para fuera, y el taimado Butrón levantaba con disimulo la escoba para sacudir _al joven Telémaco_ el primer escobazo, sin echar de ver que otra escoba más poderosa se levantaba también a su espalda con la idea deliberada de ejecutar con él la misma maniobra. La estrategia de unos y otros era graciosa: comenzaban ya a organizarse las combinaciones ministeriales, y en todas ellas hacíase el papel, delante de Butrón y delante de Jacobo, de reservarles a uno y otro las ansiadas carteras; mas volvía la espalda el _joven Telémaco_, y decían todos _al prudente Mentor_, y este era el primero en afirmarlo, que era una temeridad, un descrédito para el partido dar entrada en el futuro gabinete a un botarate, un loco sin decoro como Sabadell, y que la cartera que este esperaba había de darse al señor Fernández Gallego, hombre probo, orador famoso, capaz de desatascar un carro, cuanto más a un Gobierno, con sólo hacer oír en las orejas del tiro los rotundos períodos de su enérgica palabra.

Así quedaba convenido; mas tocábale la vez al respetable Butrón de volver la espalda y decíanse todos entonces que era una necesidad, una pifia, desperdiciar una cartera en aquel pobre hombre, político mujeriego, que debía de contentarse, a lo más, con una plenipotenciaria, pudiendo emplearse aquella, si no con honra, a lo menos con provecho, en el señor don Eusebio Díaz de la Laguna, pajarraco gordo en tiempo de Amadeo, que, como acontece en todas las restauraciones, habíase pasado con armas y bagajes al bando alfonsino en cuanto vislumbró en él la aurora del triunfo, ejecutando una de esas maniobras que en la farisaica jerga de los hombres gubernamentales se llaman _cambios políticos_, debiendo de llamarse charranadas o vilezas. Su entrada en el ministerio había de ser un poderoso puntal que aparcase las tendencias tolerantes y olvidadizas de la política restauradora.

Al olfato finísimo del señor Pulido habían llegado todos estos apartes, y apresuróse a notificarlos al amigo Pepe, temeroso de perder la deslumbradora proyección que sobre su persona y parentela arrojaría la poltrona ministerial de este. Entróse, pues, una mañana en casa del respetable Butrón, nervioso y descompuesto, y con las falanges de su dedo índice ya desplegadas y la frase sacramental--¡lo dije!--, colgando de los labios, traspasó el misterioso biombo de nueve hojas que servía de reducto con el despacho a los secretos del diplomático. Allí estaba este, sumido en profundas meditaciones ante unos papeles que debían encerrar altos secretos de Estado, de los cuales apartó los ojos tan sólo un segundo para mirar al recién venido, murmurando con aire distraído:

--¡Hola, Pulidito!...

Mas Pulidito, alargando el inexorable dedo indicador, cual si fuesen sus falanges elásticas, y agitándolo de arriba abajo con la fatal oscilación de un péndulo acompasado, exclamó con temeroso acento:

--¿Lo ves, Pepe?... ¿Lo ves?... ¡Lo dije!... ¡Lo dije!...

--¿Qué?--replicó Butrón con el aire resignado de quien se prepara a recibir un importuno chubasco.

--¿Qué?--replicó el señor Pulido en el mismo tono--. Pues nada... ¡que te birlan la cartera, Pepe, que te la birlan!...

Y al compás de las oscilaciones de su dedo, comunicó el diplomático sus noticias alarmantes... El respetable Butrón no se conmovió ni pizca. ¿Acaso era él bobo?... Al tanto estaba de todos aquellos manejos; pero callaba, callaba y hacía la vista gorda, porque tenía la seguridad--y su vanidad inmensa se la daba, en efecto--de que el futuro gabinete no podría prescindir de su persona y sus servicios... En cuanto a Sabadell, era otra cuestión: habíase forjado ilusiones absurdas, que en el futuro orden de cosas era imposible realizar. Sabadell era un loco, un mentecato que había prestado por carambola algunos servicios al partido, pero que no era de la madera de que la Restauración había de hacer sus ministros; hubiera podido serlo con un Prim o con un Serrano, pero nunca con un Cánovas del Castillo y con un Butrón...

Detúvose aquí el diplomático con solemne pausa, y añadió sentenciosamente:

--Todo árbol es madera, pero el pino no es caoba... En mi opinión, ni Sabadell puede ser ministro, ni yo puedo dejar de serlo.

El dedo del señor Pulido comenzó a subir y bajar con riesgo manifiesto de descoyuntarse, cual si marcaran sus oscilaciones los grados de impaciencia de su dueño.

--¿Y crees tú, Pepe, que el señor Cánovas del Castillo será de tu misma opinión?...

Miróle el diplomático con aire de lástima y díjole al cabo:

--Mira, Pulidito, hijo mío, creo que no soy del todo imbécil... Cánovas no da un paso sin contar antes conmigo.

--¿Y ha contado contigo para proponer la candidatura del señor Díaz de la Laguna?...

Pasmóse interiormente el gran _Robinsón_, porque ignoraba por completo que semejante candidatura se hubiera presentado; mas pareciéndole contrario a su decoro manifestar ignorancia, y cediendo a su hinchada vanidad, que le llevaba siempre a disfrazarlo todo con solemnes mentiras y enigmáticos conceptos, a fin de mantener en alza su crédito político, replicó imperturbable.

--Ha contado.

--Entonces...

--Entonces, puedo asegurarte que el señor Laguna quedará siempre rana del pasado charco.

Y dando una gran palmada con su mano de Esaú, extendida sobre los papeles que tenía delante, dijo solemnemente, con cierto aire de reserva dignísima que indicó al señor Pulido que tras el biombo de la mesa estaba el biombo de las cejas del diplomático, custodiando dentro de su frente arcanos misteriosos que a él no le era dado penetrar:

--Mira, Pulidito, dejemos ya eso... Los secretos míos puedo confiarlos a un amigo; los ajenos, jamás... Para tu tranquilidad y tu gobierno, te diré, sin embargo, dos cosas... Primera, que anoche estuvo Antonio Cánovas conferenciando conmigo en esa misma silla en que estás sentado, hasta las cuatro de la mañana...

Hizo el respetable Butrón un alto, para dejar saborear al señor Pulido la gordísima mentira, y prosiguió diciendo:

--Segunda..., que al despedirse Cánovas, me entregó este proyecto de tratado secreto con Alemania--y golpeaba los papeles que tenía delante--, y necesito para estudiarlo... tiempo y soledad...

Quedóse tamañito el señor Pulido ante el perfil de perro dogo de Bismarck que las palabras del diplomático evocaban sobre la mesa, y comprendiendo que se le recordaba con aquel elegante giro que el undécimo mandamiento de la ley de Dios es no estorbar, despidióse esta vez con el dedo índice muy plegadito, medrosico y esperanzado, mas no sin echar antes una ojeada furtiva al proyecto de tratado secreto con Alemania, que la extendida mano del diplomático parecía proteger contra todo amago de curiosidad. Algo atisbó, sin embargo, que vino a despertarle la sospecha de que el tal proyecto de tratado secreto no era precisamente con el Gobierno alemán, sino con la repostería de Lhardy, poderosa potencia gastronómica de la Carrera de San Jerónimo: entre los peludos dedos del diplomático asomaba por una esquinita la viñeta de las cuentas del célebre Emilio.

Mas no era el señor Pulido hombre que, una vez puesto en la pista, retrocediese ante ningún peligro ni reparo; fuese, pues, derecho a casa de Lhardy y preguntóle si el señor marqués de Butrón tenía en su repostería alguna cuenta pendiente. Emilio, creyendo sin duda que aquel señor vendría a pagárselas, díjole que tenía cuatro, de las cuales era la más antigua la del buffet de un baile dado tres años antes en honra de Currita, y que el día anterior se las había remitido todas juntas por centésima vez, sin haber logrado aún cobrar ninguna. Enderezóse entonces el dedo del señor Pulido con la fuerza de una catapulta, y atónito Emilio, oyóle exclamar dos veces:

--¡Lo dije!... ¡Lo dije!...

--IV--

Amaneció por fin el día 29 de diciembre de 1874, y a las once y cincuenta y seis minutos de la mañana, el ministro de la Guerra, Serrano Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como había de saltar veinticuatro horas más tarde, violentamente también, de la poltrona ministerial... Anunciábale un telegrama del gobernador militar de Sagunto que el general Martínez Campos había proclamado rey de España al príncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabán. Alborotóse el Gobierno, reunióse al punto Consejo extraordinario en el ministerio de la Guerra y tomóse por primera providencia la de echar el guante al señor Cánovas del Castillo y a otros muchos personajes de cuenta, entre los que se contaban el señor Pulido, _el joven Telémaco y el respetable Mentor_. Encerráronles por de pronto en el Saladero, con la sana intención de enviarles más tarde, una vez sofocada la intentona, a tomar camino de Filipinas los saludables aires de mar. La cortesanía del gobernador de Madrid, señor Moreno Benítez, proporcionóles horas después mejor alojamiento en el Gobierno civil; mas fuese pérfida intriga de los amigos o cruel ensañamiento de los contrarios, es lo cierto que los tres compadres, Jacobo, Butrón y Pulido, quedaron presos en el Saladero, pasando entre temores y sobresaltos todo el día 29 y también el 30, hasta que en la madrugada de este, muy cerca ya del alba, abriéronse ante ellos las puertas de su prisión, para cerrarse ante sus ojos la puerta de sus esperanzas... A las nueve y cuarto de aquella misma noche, hundido para siempre el Gobierno de la Revolución, había quedado investido de todos los poderes el capitán general de Madrid, don Fernando Primo de Rivera, y puestos al punto en libertad los prohombres alfonsinos detenidos en el Gobierno civil, apresurándose a nombrar un ministerio-regencia, del cual formaban parte el Gallego y el Laguna, quedando excluidos, por supuesto, _el joven Telémaco y el respetable Mentor_[20].

[Nota 20: Formaban este primer gabinete alfonsino, bajo la presidencia de don Antonio Cánovas del Castillo, los señores Castro, Cárdenas, Jovellar, Salaverría, marqués de Molins, Romero Robledo, Ayala y marqués de Orovio. Excusado nos parece advertir que, al fingir nosotros un señor Gallego y un señor Laguna formando parte de este Ministerio, no aludimos para nada a ninguno de los señores que en realidad lo formaron. Y ya que de alusiones hablamos, bueno será hacer constar, una vez más, que yerran por completo los que han creído ver en algunos personajes de la presente novela retratos de personas harto conocidas, que sin duda lo fueron muy poco de los que tal juzgan, cuando encuentran semejanza entre unos y otros. Nuestros personajes no son retratos de individuos determinados, sino tipos de caracteres sociales; y si puede halagar la vanidad del artista que resulten sus creaciones tan reales que no pueda concebírselas sin un modelo vivo, debe de repugnar ala delicadeza y aun a la conciencia del escritor honrado al convertir por este medio un libro escrito con altos fines morales en un intencionado libelo.]

Quedóse este anonadado, púsose Jacobo furioso, y el señor Pulido, sin fuerzas para enarbolar el dedo indicador, sin alientos para murmurar--¡lo dije!--, enmudeció como Casandra a la vista de Troya destruida y Grecia triunfante. Butrón bufaba, Pulido gemía, Jacobo echaba ajos, y entre peroratas enérgicas, amargos reproches, violentas reclamaciones y planes de campaña propuestos para derrocar aquel Gobierno que les había estafado, pasáronse algunos días, hasta que desembarazado algún tanto el ministerio-regencia con la llegada del joven monarca, pudo al fin dar vuelta a la llave de la despensa, y enarbolando la rama de sustanciosos dátiles, que ha venido a sustituir a la de olivo, antiguo símbolo de la paz, comenzó a distribuir puestos, honores y destinos entre sus diversos paniaguados, tocándole a Butrón una plenipotenciaría de primer orden. Hízose de rogar este cuanto sufría por una parte la prudencia y exigía por otra el decoro, y teniendo en cuenta sin duda que a buena hambre no hay pan duro, que a falta de pan buenas son tortas y que más vale pájaro en mano que buitre volando, marchó al fin resignado y majestuoso a representar en tierra extranjera la persona de Alfonso XII. Hubo también una dirección de segundo orden para el señor Pulido, y ofrecióse a Jacobo otra plenipotenciaría igual a la aceptada por Butrón. Mas _el joven Telémaco_ era hombre capaz en sus rencores de comprender y practicar aquella venganza de los chinos, que consiste en ahorcarse a la puerta de su adversario para atraer sobre él la cólera celeste y el odio de los ciudadanos; lleno, pues, de saña, rechazó con altivez la oferta, y creyendo alcanzar por sus propias fuerzas lo que de grado no le habían querido dar, alistóse de nuevo entre sus antiguos amigos los revolucionarios aún no resellados, que capitaneaba a la sazón el excelentísimo Martínez y prometían formar una oposición formidable el día en que se decidieran a reconocer la monarquía de Alfonso XII. Recibiéronle ellos como a un Hércules bajado del cielo para emprender de nuevo a su lado los doce trabajos sobre la tierra, y en el momento en que le encontramos volviendo de Biarritz al lado de Currita, traía ya lograda, con ayuda de esta fiel amiga, la senaduría vitalicia, altísima tribuna desde donde pretendía escalar, al lado del excelentísimo Martínez, el Olimpo ministerial, una vez efectuada la temida y esperada maniobra que con gran sigilo preparaba el taimado _buey Apis_.

A poco presentaba Madrid su animado aspecto de invierno, y dos sucesos trascendentales ocupaban la atención de los políticos y los elegantes: la apertura de las Cortes y el casamiento del monarca. Prometía la primera campañas parlamentarias nunca vistas; hacía esperar el segundo diversiones y regocijos jamás disfrutados, y unas y otros discutíanse y aun preparábanse en los salones de Currita, centro por aquel tiempo de los más importantes hombres políticos de la futura oposición dinástica, a la vez que de lo más _gommeux_, lo más _poisseux_ de la alta sociedad madrileña. Sus _après dîners_ de los viernes llegaron a tener fama, y con igual facilidad se concertaba en ellos un gabinete que se desconcertaba un matrimonio, se ganaba un diputado para la oposición que se perdía una muchacha para siempre, minada al amparo bienhechor de la dama, por esa galantería de algunos salones, que llama un autor, nada asustadizo por cierto, _trabajo de zapa que el vicio emplea para minar la virtud_. Pedro López comparaba en _La Flor de Lis_ el salón de Currita con aquellas famosas tertulias que comenzaron en el hotel Rambouillet y acabaron con madame Staël, Recamier, Tallien y Girardin; y ciertamente que si no se encontraba en aquel como en estas la culta y amena conversación y la urbanidad más exquisita de antaño, que ha venido a ser hoy entre damas y caballeros como atributo exclusivo de las pelucas empolvadas y las chorreras de encaje, encontrábase de igual modo aquel principio disolvente de toda moral, que consiste en tolerar y autorizar el escándalo.

Viose entonces claro como nunca la funesta influencia que ejerce en una sociedad entera una de esas reinas de la moda que comienzan escotando los trajes y acaban escotando las costumbres; que empiezan imponiendo el yugo de sus elegantes extravagancias y terminan imponiendo el de sus desvergonzados vicios; que familiarizan con el escándalo y lo hacen tolerable y de buen tono hasta a los ojos de las personas virtuosas, que llegan a contemplar sin extrañeza, sin rubor y sin protesta, espectáculos como el que ofrecía Currita haciendo los honores de su casa con distinción elegantísima, en compañía del marqués de Sabadell, mientras sus hijos yacían olvidados, cada cual en un colegio, y Villamelón, reblandecido ya casi por completo, jugaba al bésigue o al tresillo con las celebridades del momento, o tentaba la paciencia de sus tertulianos encerrado, como en un círculo vicioso, en sus ordinarios tópicos de conversación: el combate _terro-naval_ de Cabo Negro, los prodigios de su cocinero, los adelantos de su fotografía, las ventajas de la incubación artificial de los huevos de gallina, o las extrañas peripecias del doctor Tanner y el italiano Succi, que, con gran pasmo suyo, parecían haber resuelto el problema, para él horripilante e incomprensible, de vivir sin comer.

Un nuevo escándalo, iniciado y meditado en casa de Currita y llevado a efecto a la sombra de esta, y quizá, quizá bajo su protección misma, vino a probar a las personas sensatas que tan peligrosa es la proximidad del vicio, que aun sin estar de él contaminado, se respira en su atmósfera cierta ponzoña que trastorna y extravía, y hace al cabo resbalar y caer... Margarita Belluga, una de las jóvenes que al pisar por primera vez los salones del gran mundo había llamado más la atención por su candor y su pureza, desapareció un día súbitamente de casa de sus padres, para aparecer a poco en Italia, _magna parens artium_, y refugio insondable de pillos de todas las naciones, casada con Celestino Reguera, el pintorzuelo cómplice de Currita en sus atentados pictóricos, que había conservado siempre la dama a su lado, para alumbrar su corte con los resplandores de un genio, a la manera que Filipo mantenía en la suya a Aristóteles, y Augusto a Virgilio, y Carlos V a Garcilaso, y Luis XIV a Molière.