Chapter 28
Mientras tanto, enviábale el cielo un auxilio inesperado en aquel mismo coche en que su desasosegada imaginación fantaseaba huir del Juez Supremo; en él volvía de Zaldívar, cuyas aguas medicinales tomaba todos los años, la marquesa de Villasis, con su nieta Monina, el aya de esta, una doncella, un mayordomo viejo que la acompañaba en todos sus viajes y un criado antiguo que venía en el pescante; era su idea alcanzar el sudexpreso que pasa por Zumárraga a las dos y media y estar en Madrid aquella noche misma. Trabó al punto conversación el fondista con don Federico, el mayordomo, y preocupado con la estancia de Diógenes en la fonda, contóle su percance y sus apuros. Sorprendido el viejo, apresuróse a dar a la marquesa aquella nueva que tanto había de interesarla, y esta, profundamente conmovida, quiso al punto ver al moribundo; reflexionando, sin embargo, un momento, y deseosa de ir sobre seguro, hizo llamar al fondista para conocer antes, en todos sus detalles, aquella triste aventura, cuyo fúnebre desenlace estaba ya a la vista. Mas no bien supo que el médico no garantía la vida del enfermo más allá de la medianoche, creyó saber bastante, y dio al punto a don Federico la orden de suspender el viaje y pedir cuartos para todos allí mismo, en la fonda. Entróse en seguida en el despacho mismo del fondista y escribió rápidamente al superior de Loyola, pidiéndole que enviase un padre a toda prisa para auxiliar a un moribundo, cuyo nombre y condición le manifestaba en la carta. Un propio a caballo partió a galope a llevar esta, y una hora después estaba ya entregada.
La marquesa pensó entonces en ver al enfermo; mas antes, temerosa de que su presencia repentina pudiera causarle alguna emoción violenta, pidió al fondista que fuese a anunciarle poco a poco su llegada. Subieron ambos hasta la misma puerta que se abría a un corredor, y el fondista asomó tímidamente la cabeza. Diógenes, muy postrado, con la repugnante cabezota hundida en las almohadas, tendidos ambos brazos sobre la colcha, y arrollando entre las manos las sábanas sin notarlo, comenzaba a sentir de nuevo aquel horrible sopor, aquel letargo siniestro que le había atormentado la noche antes... Adelantóse el fondista unos pasos, dejando la puerta entreabierta, y díjole en voz alta:
--Señor..., señor... Aquí tiene visita...
Torció Diógenes un poco la cabeza y balbuceó con ira:
--¿Visita?... ¿Quién?... ¿El enterrador?... ¡Polaina!... ¡Que aguarde!...
--Es una señora...
--¿Una señora?... ¡Polaina!
Y soltó una atrocidad, una indecencia que aturdió por completo al fondista e hizo enrojecer a la marquesa detrás de la puerta, con ese santo rubor que realza tantas veces a los fuertes y castos ángeles de la caridad que sirven en los hospitales, sin asustarles por eso, ni hacerles huir de la cabecera de ciertos enfermos. El fondista, muy turbado, quiso terminar de un golpe, diciendo:
--Es la señora marquesa de Villasis.
Diógenes dio una gran voz, un grito doloroso, como si acabara de pronunciar una blasfemia; quiso arrojarse de la cama, incorporarse siquiera, y le faltaron las fuerzas, cayendo pesadamente, levantando los brazos, agitando las manos, lanzando bramidos ininteligibles, extraños balbuceos que parecían retratar la emoción de una fiera agonizando en su caverna. La marquesa se adelantó entonces, y sin asco ni temor apretó entre las dos suyas aquellas manos sudorosas.
--¡María!... ¡María!...--exclamaba Diógenes.
--¿Qué es eso, Perico?... ¿Qué es eso, hombre?--decía ella dulcemente, inclinando su rostro lleno de lágrimas sobre el desencajado del viejo.
--¡Me muero, María!... ¡Me muero!... Te saliste con la tuya... No es en el hospital, pero es de caridad... En la fonda.
--¿Y qué importa?... Más cerca del cielo está la cama de un hospital que la de un palacio.
Diógenes calló sollozando, y la marquesa fue a dar otro paso adelante; mas el moribundo, sin dejar de sollozar, preguntó entonces:
--¿Y Monina?
--Abajo está... ¿Quieres verla?...
--¡Sí..., sí quiero!... ¡Angelito!... Le daré un beso..., ¿verdad?... ¿Me dejas?... ¡Será el último, María!... ¡Le besaré el zapatito..., nada más que el zapatito!... ¡Anda, por Dios te lo pido, déjame!... Si no le dará asco...
La marquesa, conmovida hasta lo sumo, pareció tener entonces una inspiración repentina: desprendió sus manos de las de Diógenes, que se las sujetaba fuertemente, y dijo:
--Espera un poco... Voy a traértela...
Fuera ya de la estancia enjugóse precipitadamente las lágrimas para no asustar a Monina, y sentando a esta en sus rodillas, púsose a explicarle muy bajo y con gran vehemencia algo que debía de ser importante... Escuchábala la niña con los ojos muy abiertos, con ese aire de atención profunda que revela a veces en los niños un instinto superior a sus años para adivinar lo peligroso o lo terrible; cuando cesó de hablar su abuela, dijo que sí con la cabeza... Besóla esta en la frente con amor inmenso y volvió a repetirle con gran cuidado lo que antes le había dicho, recalcando mucho algunas frases; Monina, sin decir palabra, volvió a decir que sí con la cabeza. Tomóla entonces la dama de la mano y entró con ella en el cuarto de Diógenes; púsola sobre la cama sin decir palabra, y salió de la estancia, cerrando la puerta.
¿Qué sucedió entonces?... ¿Comprendió realmente aquel ángel de seis años el encargo de su abuela? ¿Habló por su inocente boca el ángel de la guarda de Diógenes?... Es lo cierto que la niña, sin asustarse de aquella horrible cabeza desgreñada, en que se pintaba ya la agonía de la muerte, sin mostrar repugnancia al asqueroso vaho que exhalaba el sudor del enfermo, hundió sus rosadas manitas en las blancas patillas del viejo, y tirando de ellas a medida que hablaba, según su antigua costumbre, díjole muy bajo, poniendo sobre el oído de él su roja boquita:
--Teno biscochos de Mendaro y te daré uno... Y no me traíste la muñeca que dicía papá y mamá; pero mamá abuela me compró un niño llorón grande, grande... Y dice mamá abuela que te vas a morí, y si quieres confesá... y yo rezaré por ti cuando rece por mi papá y por mi mamá y por el abuelito, que están en el cielo... Y yo iré también... ¿Tú quieres i?... ¡Pues confiesa!...
Y Monina, cumplida su misión, diole un beso en la frente, escurrióse de la cama y echó a correr hacia la puerta. Diógenes lanzó tal sollozo, que pareció romperse su pecho, como si le estallara el corazón dentro; crujió la cama a los violentos impulsos de su cuerpo, y agitando los brazos en alto, balbuceaba con la lengua cada vez más torpe:
--¡Quiero!... ¡Quiero!... ¡Quiero confesar!... ¡María..., María!... ¿Oyes lo que dice la niña?... ¡Quiero confesar!... ¿Pero con quién..., con quién?... ¿Quién me confiesa a mí, Dios mío?... ¿Dónde hay espuerta tan sucia que reciba mis pecados?... ¡Soy un infame, un perverso!... ¡Me pesa, Dios mío, me pesa!...
Y con ambos puños cerrados se daba terribles golpes en el pecho, que retumbaban en todo el aposento y le hacían toser horriblemente, y le produjeron a poco un ligero vómito de sangre... Monina, falta ya de valor al verse al lado de allá de la puerta, agarrábase, con los labios blancos, a las faldas de su aya, preguntando muy bajito:
--¿Se ha morido ya?...
Mientras tanto, procuraba la marquesa sosegar a Diógenes, diciéndole que había mandado a toda prisa a Loyola por un padre jesuita, que debía de llegar de un momento a otro. Diógenes exclamó:
--Con ellos me eduqué... Pero no lo digo nunca... ¡Los deshonro!...
Aquella emoción violentísima parecía haber despejado las facultades del enfermo, mas su físico resentíase de ella y veíasele perder fuerzas por momentos. La marquesa pidió un crucifijo, y poniéndoselo delante, díjole que hiciera ante él examen de conciencia, en tanto que llegaba el padre; tomólo Diógenes con ambas manos y besólo devotamente, mas dejólo caer a poco sobre la colcha, llorando desconsolado.
--¡Si no sé, María!... ¡Si no me acuerdo!...
--No te apures, hombre, yo te enseñaré en un momento...
Y púsose con gran cariño a explicarle el modo de hacer examen de conciencia, escuchándola Diógenes atentamente, mirando a veces el crucifijo. Cuando la marquesa cesó de hablar, díjola él con sencillez de niño:
--Se me va a escapar algo... Lo mejor será que te lo diga a ti todo..., y tú se lo dices luego al padre..., y entre los dos ven si falta algo...
--¡No, hombre, si no es preciso!--replicó la marquesa sin poder contener una sonrisa--. Piensa tú ahora, y luego el padre te ayudará.
Largo rato permaneció Diógenes silencioso, sosteniendo con ambas manos el crucifijo, fijos en él los ojos. A veces levantaba su pecho el temblor de un sollozo, y lágrimas abundantes corrían por sus mejillas; besaba entonces los pies del Cristo, entornaba los párpados y parecía rezar... La marquesa habíase sentado a los pies de la cama, en el gran butacón, y rezaba el rosario. Sonaron los cascabeles de un coche, y la dama hizo un movimiento para levantarse.
Diógenes abrió los ojos muy azorado.
--María... ¿Te vas?...
--No..., iba a ver si llegaba el padre.
--¿Pero no te irás?...
--No, hombre, descuida; no me voy...
--¿Estarás aquí hasta que muera?...
--Hasta que mueras estaré--replicó ella dulcemente.
Diógenes cerró los ojos, sosegado y tranquilo, como el niño que se duerme a la vista de su madre... Al cabo de un gran rato, dijo:
--María..., no me acuerdo del Credo... ¿Cómo era aquello?... «Subió a los cielos y está sentado...» ¿Dónde está sentado?...
--«A la diestra de Dios Padre»--dijo sonriendo la marquesa.
--«Todopoderoso»--prosiguió Diógenes; y terminó lentamente y en alta voz el símbolo de la fe, besando luego con grande afecto el crucifijo.
Entreabrióse a poco la puerta y asomó la cabeza del fondista, diciendo que dos padres de Loyola habían llegado. La marquesa quiso levantarse para salir a su encuentro; mas Diógenes, con gran sobresalto, apresuróse a decir:
--¡María..., no te vayas! Que entren ellos... ¿Para qué has de ir tú?...
Abrióse entonces la puerta para dar paso a una extraña figura que sorprendió a la marquesa e hizo a Diógenes echarse atrás en la almohada, al verla adelantarse hacia él extendiendo los brazos: hubiérase dicho que la muerte en persona, cubierta con la sotana de un jesuita, se presentaba en el aposento. Era un viejo alto y descarnado, hasta el punto de traslucirse todos sus huesos; traía una vieja sotana ceñida a la cintura por un orillo de que pendía un rosario, y escapábanse de su gran becoquín largos mechones blancos. Andaba lentamente, tambaleándose, con las manos extendidas como si temiese tropezar, porque estaba medio ciego, y así llegó sin ver a la marquesa hasta el lecho de Diógenes, y allí comenzó a palpar hasta tropezar con una mano de este; entonces, con sonrisa de niño que contrastaba con sus cabellos blancos, con voz cascada pero dulce, que el asma atroz que padecía tornaba un poco premiosa, dijo muy bajo:
--¡Perico..., Periquito..., hijo mío! Soy yo... ¿No me conoces?
Asombrado Diógenes, miraba aquella extraña aparición sin acertar a decir palabra, e interrogaba con la vista, ora a la marquesa, ora a otro padre más joven que tras el viejo había entrado; este añadió:
--Soy el padre Mateu..., tu inspector del Colegio de Nobles... ¿Te acuerdas?...
--¡Sí!... ¡Sí me acuerdo!--exclamó Diógenes con una gran voz, estrechando entre las suyas, sin soltar el crucifijo, aquella mano helada de esqueleto, que llevó con gran vehemencia a sus labios.
El viejo, con su serena sonrisa de niño, volvió el rostro hacia su compañero, diciendo con satisfacción íntima:
--¡Se acuerda..., se acuerda!... ¡Bien lo decía yo!... ¡Sí, por cierto!
--¡Sí que me acuerdo!--repetía Diógenes con grande ahínco--. Usted fue muy bueno para mí, y me quería, ¡oh, sí!, me quería mucho..., y me enseñó a rezar el _Bendita sea tu pureza_, y luego las tres Ave Marías... que decía usted alcanzaban de la Virgen misericordia...
--¡Y lo digo, Perico, lo digo!--repuso gravemente el viejo--. La alcanzan, sí, por cierto... Y en ti mismo lo ves ahora..., porque tú las habrás rezado...
--¡Sí, padre, sí..., siempre, siempre! Y se las enseñé a Monina... Ni una noche las dejé, aunque hubiese...
El viejo le atajó con gran viveza la palabra:
--¿Lo ves?... ¿Lo ves cómo la Virgen Nuestra Señora te concedió la misericordia?... Yo se lo pedía, se lo pedía--y sin dejar de sonreír cruzaba las manos y las levantaba, mirando al cielo con expresión beatífica--, porque me dijo Miguelito Tacón hace algún tiempo, cuando lo vi en Cuba de capitán general, el año treinta y cinco, que andabas..., vamos..., un poco alegre... ¡Y mira qué buena fue nuestra Madre!... ¡Porque lo viese yo, me ha conservado ochenta y seis años, Perico, ochenta y seis años!... Sí, por cierto...
Diógenes, cada vez más postrado, lloraba en silencio; el viejo, buscando a tientas la mano del enfermo, añadió apretándosela con todas sus escasas fuerzas:
--Porque tú querrás que yo lo vea... ¿No es verdad, Perico?... Querrás confesarte...
--¡Sí, padre..., sí quiero! ¡Con usted... Ahora mismo!--exclamó Diógenes tendiendo los brazos hacia él, como un niño que llama a su madre.
Y el otro viejo, sin dejar de sonreír, pero rompiendo también a llorar, se arrojó en ellos murmurando:
--¡Ochenta y seis años!... ¡Ochenta y seis años esperándote!...
Mientras tanto, la marquesa de Villasis y el otro padre habíanse salido del cuarto, y aquel explicaba a la dama la historia del viejo. El padre Mateu había conocido a Diógenes muy pequeñito, en el Colegio de Nobles, y enterado de que se hallaba moribundo en Zumárraga, pidió permiso al superior para ir a auxiliarle; negóselo este, temeroso de que en su edad avanzadísima le costara aquella obra de caridad la propia vida, mas el anciano instóle con tanto afán, suplicóle con tal ahínco, asegurándole con convicción tan profunda que Dios le había conservado ochenta y seis años sólo para aquello, que el superior no pudo menos de darle gusto.
A través de la puerta cerrada oíanse a veces los sollozos de Diógenes, y escuchábanse otras los gritos de horror que él mismo se inspiraba a sí mismo, seguidos del llanto de la contrición, desolado, abundante, pero dulce y sin amargura, como lo es el de todo dolor que se apoya en la fe y en la esperanza. Sonó al cabo de una hora una campanilla dentro del cuarto, y la marquesa y el otro jesuita se apresuraron a entrar... El padre Mateu estaba sentado a la cabecera del lecho, extenuado y jadeante, como si en aquella hora escasa hubiera perdido el corto resto de fuerzas que le quedaban. Dos hilos de lágrimas que iban a perderse en sus blancas patillas brotaban de los ojos de Diógenes; con una leve señal llamó a la marquesa, y díjole al oído con sencilla expresión de gozo inefable:
--Dice el padre Mateu... que Dios me ha perdonado...
Y luego, con el profundo desprecio del pecador que se considera a sí mismo, con la cristiana humildad del hombre que se ve a dos pasos de convertirse en tierra, añadió muy bajo, como si fuera su voz un débil quejido, queriendo y no pudiendo levantar una mano para golpearse el pecho:
--¡A mí!... ¡A mí!
Hizo entonces el otro jesuita que el padre Mateu se volviese a Loyola antes que cerrase la noche, acompañándole don Federico en el coche que esperaba, y los dos ancianos, los dos moribundos, separáronse sin pesar, como dos amigos que en el dintel de un palacio en que han de entrar por puertas distintas se estrechan la mano diciéndose: ¡Hasta luego!...
Pensóse entonces en traer el santo Viático al enfermo, y este acogió la noticia entornando los ojos con humildad profunda, diciendo siempre:
--¡A mí!... ¡A mí!...
De allí a poco viole la marquesa agitarse mucho, gemir profundamente, revolver los ojos azorados; acercóse a él... Habíasele olvidado un pecado muy gordo, muy gordo..., y antes que tuviera tiempo la dama de llamar al padre, decíale ya él con gran trabajo:
--Yo..., por divertirme..., por fastidiarle..., escribía todos los días una carta a Frasquito... diciéndole: ¡Mentecato!... ¡Cuatro meses le escribí!... Cuando Jacobo volvió de Italia, dejé de hacerlo... Me lo pidió él: decía que le interesaba... Tú le pedirás perdón a Frasquito... ¡Me pesa! ¡Me pesa!...
Llegó el Viático, y recibiólo el enfermo con muchas lágrimas y cierta especie de pavor afectuoso y humilde, que le hacía repetir de continuo:
--¡A mí!... ¡A mí!...
Entonces pidió la extremaunción, y dijéronle que ya la había recibido la víspera; mas él, con gran sencillez, quiso recibirla de nuevo.
--Si no me enteré--decía--. Que me la den otra vez; así iré más limpio.
A las siete hallábase aún bastante entero, y dando una gran voz de repente, llamó a Monina... La marquesa hizo traer a la niña y púsola, como por la mañana, frente a él, encima del lecho; la inocente criatura agarrábase asustada al cuello de su abuela y miraba al enfermo con los ojos muy abiertos, sorprendida y silenciosa, sin atreverse a llorar. El moribundo quiso levantar una mano y no pudo; miró a la niña con ternura inmensa, y haciendo un penoso esfuerzo, dijo:
--Yo te enseñaré... _Bendita sea tu pureza_... Dilo.
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas y su pechito comenzó a estremecerse como el de un pájaro asustado; su abuela le dijo al oído:
--Dilo, hija mía... Si lo sabes tú, dilo...
La niña cruzó las manitas y comenzó su oración, repitiéndola Diógenes en voz baja, muy lenta, con cierta especie de solemnidad augusta que recordaba las notas de un órgano acompañando el canto de un ángel:
Bendita sea tu pureza Y eternamente lo sea, Pues todo un Dios se recrea En tu graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, Yo te ofrezco en este día Alma, vida y corazón. Mírame con compasión...
Apagóse aquí la voz de Diógenes, y oyóse tan sólo la temblorosa vocecita de Monina, que por un infeliz error o por una inspiración del cielo, equivocaba el último verso:
¡No _le_ dejes, Madre mía!
Diógenes ya no la oía: comenzaba entonces el estertor, y su angustioso resuello interrumpíase a veces por más de un minuto. Lleváronse a la niña; la marquesa y el jesuita se arrodillaron y comenzaron a rezar la recomendación del alma; a las once menos cuarto, sin ningún estremecimiento, sin verdadera agonía, sin soltar de las manos el crucifijo, abrió un poco la boca y expiró.
A la otra mañana, cuando después de la solemne misa de _réquiem_ que hizo celebrar la marquesa en Zumárraga, volvió el jesuita a Loyola, oyó que las campanas de la iglesia tocaban también a muerto... Había fallecido aquella noche el padre Mateu; encontráronle al amanecer ya frío, tendido en su lecho. Tenía en las manos el rosario y vagaba aún en sus labios su pura sonrisa de niño; sobre su frente, amarilla como el marfil antiguo, un nimbo de cabellos blancos realzaba el tipo más peregrino de belleza moral que puede fingirse el hombre: la inocencia con la cabeza blanca...[19]
[Nota 19: La muerte de este santo anciano, acaecida al mismo tiempo que la de la persona que auxiliaba, es un hecho rigurosamente histórico.]
--III--
Muchos y graves sucesos habían tenido lugar desde que al terminar el libro anterior dejamos a Jacobo camino de Italia, hasta que hemos vuelto a encontrarle en la carretera de Guipúzcoa, guiando, al lado de Currita, el _mail-coach_ con seis caballos. Y fue el primero la aparición de un extraño fenómeno a las puertas de Madrid, que vino a causar al marqués de Villamelón un pavor tan grande, como no lo causó nunca Catilina a las puertas de Roma, ni Mahomet II a las de Constantinopla, ni Isabel la Católica a las de Granada, ni Guillermo I a las de París. ¡La trichina!...
Aquello era un dolor y un horror; tener que renunciar con severidad israelítica al jamón extremeño, rosado y aromático, y al salchichón de Génova, matizado como un mosaico, o exponerse a tragar el endiablado microbio que el atribulado Fernandito seguía con la imaginación en todas sus transformaciones, viéndole alargarse, alargarse hasta convertirse en tenia, y engordar, engordar luego hasta trocarse a costa de los jugos de su estómago en una serpiente boa, igual a las que había visto tragarse gallinas y conejos y aun cabritos, con la facilidad con que se tragaba él, una tras otras, un barrilito entero de aceitunas sevillanas.
Sucedía esto a los ocho o diez días de la repentina marcha de Jacobo, y entre aflicciones de espíritu, quebrantamientos de estómago y apreturas de entendimiento, recibió Villamelón una cariñosa carta de este tierno amigo, en que, con previsión amorosísima y delicadeza exquisita, le enviaba una receta infalible contra la trichina, recogida de los labios mismos de los hermanos Tramponetti, fabricantes de embutidos en la salchichonesca Génova. La receta era bien sencilla: bastaba pasar tres veces por el hervor de agua ordinaria las carnes de cerdo y los utensilios en que hubieran estas de cocinarse. Fernandito, creyéndose en posesión de un talismán precioso, corrió a dar la noticia a su cara esposa Currita, dispuesto a pasar por agua todos los jamones de su despensa, todas las cacerolas de su cocina y todos los pinches de ella, con el cocinero a la cabeza. ¿Y por qué no?... Días antes relataba un periódico que el emperador de Birmania había mandado enterrar vivas a setecientas personas para aplacar los espíritus diabólicos que habían esparcido por sus Estados la viruela negra. ¿Por qué no había él de hervir a un cocinero y tres pinches para librar de la trichina a su persona y a la de sus deudos y amigos?
Currita recibió la noticia con frialdad aterradora y negóse rotundamente a hacer uso de la receta, con cierta especie de rencorosa terquedad, impropia del caso; también ella había recibido aquel día carta cariñosa de Jacobo, fechada asimismo en Milán, hablándole vagamente de grandes peligros y grandes negocios, y prometiéndole, con la fatua seguridad de quien presume ser esperado con ansia, el gozo imponderable de su próximo regreso y la explicación satisfactoria de su repentina marcha.
--¡Excelente amigo!--exclamaba Villamelón--. Ahora mismo voy a contestarle dándole las gracias...
Currita abrió la boca con un gesto de ira como para decirle algo, y dominándose repentinamente, la volvió a cerrar, diciendo a poco con su suavidad acostumbrada:
--Pues mira... mándame la carta y le pondré yo cuatro letras; así me ahorro de escribirle largo...
Media hora después presentábale un lacayo en una bandeja de plata la carta de Fernandito, y la dama, después de leerla, hízola mil pedazos con extraños gestos de rabia... Otras dos cartas de Jacobo habían llegado en aquel mismo día a la corte: una larga y enfática para el marqués de Butrón, llena de mentiras y enredos, que sin engañar del todo al presuntuoso diplomático, hiciéronle comprender que lejos de emanciparse el joven Telémaco de su tutela, la necesitaba más que nunca, y podía, por tanto, seguir explotándole en sus trabajos políticos. Había leído en La Bruyère, y hecho suya, aquella sentencia muy común entre políticos y no políticos, que despojaba él del tinte de finísima ironía con que su autor la escribe: «Aun los Grandes y ministros mejor intencionados necesitan tener a su lado bribones; su uso es muy delicado y se necesita saber manejarlos, pero hay ocasiones en que no pueden ser suplidos por otros. Honor, virtud, conciencia, cualidades siempre respetables y a menudo inútiles. ¿Qué queréis a veces que se haga con un hombre de bien?».