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Chapter 23

Chapter 233,953 wordsPublic domain

--¡Señor!--pensaba la dama--. ¡Qué grande obra sería la de deshacer esta mescolanza que repugna, que envenena, que liberta el vicio de toda sanción social que le marque la frente como con una señal de infamia, y lo contenga, ya que no con el temor de Dios, con la vergüenza al menos y con el respeto humano; que familiariza con el escándalo hasta a las conciencias más rectas, y destruye la poderosa barrera de horror y de extrañeza que debe separar al bueno del escandaloso, y comenzando por hacer a este tolerable, acaba por hacerle pasar por imitable!... ¡Qué grande obra haría quien con el mismo espíritu de caridad cristiana con que se fundan asilos para huérfanos y casas de refugio para doncellas en peligro, fundase _un salón_ para mujeres _honradas_ y hombres _decentes_, en que sin riesgo alguno de mal ejemplo pudiese encontrar la juventud las justas, legítimas y aun necesarias distracciones propias de sus años; hallar sin desvergonzada levadura ese trato señoril y digno a la vez que alegre y placentero, que afina y suaviza las inclinaciones del hombre, fortalece y alecciona las de la mujer, y fomenta el trato mutuo y el mutuo conocimiento de que brotan castas simpatías, germen de puros y tranquilos amores, que sirven de base solidísima a matrimonios felices y meditados, de que nacen luego familias cristianas y ejemplares!... Y la caridad, la caridad derivada del cielo, única santa y legítima, que todo lo ve con sus ojos de lince, que todo lo abarca con su actividad insaciable, que todo lo precave con su perspicacia amorosa, y no deja dolor sin alivio, ni pena sin consuelo, ni llaga sin remedio, ¿no se ha fijado nunca en esta úlcera ensangrentada?... ¿Acaso es más digna de lástima la pobre labriega, la infeliz criada de servicio que el abandono precipita en un lodazal de escaleras abajo y salva la caridad en una casa de refugio, que la encopetada señorita, la rica heredera que un abandono distinto, sólo en la forma, precipita del mismo modo en otro lodazal de salones adentro?... ¡Y pensar que no es tan difícil el remedio como a primera vista parece; que bastaría quizá que una mujer de prestigio y de energía, cerrando los oídos a indecorosos respetos humanos y a culpables condescendencias sociales, fundase, por el amor de Dios, un _salón de refugio_, lanzando a los cuatro vientos de la alta sociedad madrileña, por toda esquela de convite, esta estupenda noticia: «La marquesa tal, o la duquesa cual, se queda todas las noches en casa, para las señoras honradas y los caballeros decentes»!...

Y cuando algo muy hondo, pero muy claro y distinto, le decía a la Villasis en el fondo de su conciencia que ella podía y aun debía ser aquella tal marquesa o aquella cual duquesa, vino a distraerla de sus extrañas reflexiones la voz de Genoveva Butrón, que dando ya por reunido el congreso femenil, comenzaba a exponer el objeto de aquella junta.

La marquesa ateníase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por Butrón, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras gordísimas marcadas por el diplomático; hablaba muy despacio, con sencillez exenta de toda pedantería y el aplomo y la seguridad que dan a las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrón, en cuclillas, delante de su agujero, seguía con el alma en un hilo el discurso de su mujer, extendiendo las manos y llevando el compás como un director de orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende de sí con extraños pases el misterioso fluido. Quedó bastante satisfecho.

La miseria en que yacían los infelices soldados heridos en la campaña del Norte era grande y dolorosa, y debía precisamente despertar en el corazón de todas las señoras españolas los sentimientos más compasivos... Por eso habíase atrevido ella, la Butrón, a citar a todas las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasión hacia aquellos infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una asociación de señoras que, propagada por todas las provincias, pudiera allegar cuantiosos recursos para este objeto.

A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la solemne expectación de ejércitos enemigos que esperan para venir a las manos el sonido de la primera descarga.

La baronesa de Bivot, el bizarro _Zumalacárregui_, rompió el fuego la primera con la certera puntería de la lógica más exacta.

--El pensamiento no puede ser más caritativo ni más santo, y supongo que merecerá la aprobación de todas estas señoras, como merece la mía--dijo, echándose lentamente fresco con el abanico--. Pero debo hacer notar que en la campaña del Norte hay dos ejércitos _españoles_...

Y la pícara vieja acentuaba lo de _españoles_ con una ambigua risita que hacía saltar a Butrón detrás de su agujero...

--...Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se alleguen se dividirán en dos partes iguales: una para los heridos del Gobierno y otra para los carlistas...

Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrón, que bufaba fuera de sí en su escondite.

--¡El demonio de la vieja!... ¡Pues no faltaba más!... ¡En eso estaba yo pensando! ¡En que con los fondos de mi asociación comprasen fusiles los carlistas!... ¡Y la estúpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio: contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aquí un ochavo... ¡La denuncio primero!

Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta tenía aquella lógica observación, tan oportuna e inesperada. La Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudió al punto en su auxilio.

--La baronesa tiene mucha razón--dijo--; pero sin duda no se ha fijado en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitirá, sin duda, que se repartan en el ejército toda clase de recursos; pero imposible es que tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la asociación tendrá que limitarse a socorrer a los heridos del ejército, dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los carlistas...

Y dirigiéndose a la baronesa, añadió con significativa sonrisa:

--Supongo, baronesa, que usted conocerá bien el camino; pero si alguna no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar socorros a esos infelices, que no están menos necesitados, ni son menos dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo entregaré a Genoveva; la otra mitad la enviaré por este conducto de que hablo a los carlistas...

¡Bonito se puso Butrón! A las primeras palabras de la marquesa, respiró con fuerza, murmurando: «No está mal el remedio». Mas cuando vio, por el giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que exponía, que no era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podían imitar otras muchas, saltó fuera de sí muy incomodado, gruñendo entre sus bigotes puestos en punta:

--¡Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo quita, nos lo roba...

El señor Pulido, con su flemática suavidad, díjole entonces:

--Descuida, Pepe..., pocas darán si hay que dar en secreto...

El valiente _Zumalacárregui_, parado en firme con la réplica no menos lógica de la Villasis, replegó su guerrilla y parapetóse en el monte Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.

La marquesa de Butrón aprovechó tan favorable coyuntura para reanudar su discurso por la parte más espinosa... Era necesario nombrar una junta directiva, y a este propósito iba a leer una candidatura formada con el consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobación de todas las señoras presentes.

El golpe era atrevido y la imposición resultaba manifiesta; preciso era suponer que nadie osaría oponerse a un plan propuesto en su propia casa por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubiérase podido oír el inquieto pestañear de Butrón y de Pulido, pegados a sus agujeros; los resoplidos que costaba al tío Frasquito mantenerse tieso en su incómoda postura, y los amagos de risa de Diógenes, que, metido en la concha del apuntador, frente al telón y de espaldas a la concurrencia, ocultábase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algún plan endiablado que le hacía reírse a sus solas.

La marquesa sacó un gran pliego y comenzó a leer esforzando la voz un poco:

--Presidenta: excelentísima señora marquesa, viuda de Villasis.

Murmullo general de aprobación... Brusco movimiento de Currita y repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse en sus claras pupilas... Tras el telón, Butrón sonríe satisfecho y Pulido suspira desahogado; el tío Frasquito, sorprendido y acongojado al ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al telón, poniendo en riesgo el que guardan sus compañeros: mudos ademanes y miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Diógenes hace una mueca que quiere decir: «¡Estáis frescos!», y prosigue riéndose solo... La marquesa de Butrón continúa leyendo:

--Vicepresidenta: excelentísima señora condesa de Albornoz.

Silencio profundo... Doscientos ojos escrutadores se fijan en la elegida, e Isabel Mazacán le envía desde lejos un irónico saludito de enhorabuena... Currita se muerde los labios y aparecen istrías sanguinolentas en torno de sus pupilas; un pedacito de encaje del pañuelo resbala por la seda de su falda y cae sobre la alfombra... Tras el telón, Butrón se azora de nuevo; Pulido murmura: «¡Lo dije!», y el tío Frasquito desiste de velarse el rostro con las manos por miedo de perder de nuevo el equilibrio... Diógenes ha desaparecido de la concha... La marquesa de Butrón prosigue:

--Vocales: excelentísima señora duquesa de Astorga, excelentísima señora condesa de Villarcayo...

Movimiento de horror en las huestes de _Zumalacárregui_...

Gesto de protesta del caudillo... La agraciada sonríe con una cara de babieca que revela la razón por que figura en la lista... La marquesa de Butrón continúa:

--Excelentísima señora condesa de Minahonda. Excelentísima señora doña Servanda Molinillos de Martínez.

Modestísimo rubor en el rostro de la agraciada, que extiende las manos y mueve la cabeza diciendo que no... La duquesa de Bara la anima cariñosamente... La García Gómez detiene su indignación, hasta ver si está ella incluida en la lista... Tras el telón, Butrón mira a Pulido, y Pulido mira a Butrón, y ambos se ríen... El tío Frasquito, envuelto en su dignidad, permanece en cuclillas... Diógenes aparece sobre el tablado y busca algo junto a la pared, dentro de los bastidores del lado izquierdo... La marquesa de Butrón prosigue...

--Excelentísima señora condesa de Nacharnudo. Excelentísima señora duquesa de Bara...

Recóndito asombro de esta al verse incluida en el grupo en que por exigencias de Butrón habían de figurar tan sólo mujeres honradas... La marquesa hace una pausa, examina un momento al auditorio y prosigue leyendo:

--Secretaria: excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla...

Fogosísimo brinco de Leopoldina Pastor, que esperaba la plaza, y enérgico «¡Indecente!» que revolotea anónimo en el aire sin saber dónde posarse... Carmen Tagle se desternilla de risa... La agraciada guarda majestuoso silencio, compónese las gafas de oro y proyecta reparar en la retórica de Marco Tulio la parte preceptiva de los documentos oficiales... La duquesa de Astorga la felicita sin pizca alguna de malicia... Tras el telón, Butrón espera, Pulido teme, el tío Frasquito medita... Diógenes ha encontrado junto a la pared un cordelito que parece bajar del techo y lo examina detenidamente... La marquesa de Butrón concluye:

--Tesorera: excelentísima señora doña Ramona Gómez de López Moreno...

Amago de apoplejía en la interesada... La duquesa consuegra la saluda desde lejos... Grandes cuchicheos que crecen, crecen cual ráfaga de viento huracanado que comienza por silbar y acaba por rugir.. De repente, crujido misterioso... Silencio profundo... Sorpresa general.

Diógenes ha tirado del cordelito, el telón sube rapidísimo y aparecen los tres Píramos en cuclillas, Butrón, Pulido y el tío Frasquito, ante los ojos asombrados de aquel centenar de Tisbes... Cuadro final.

--VII--

La asociación de señoras hizo fiasco y sólo dos meses más tarde pudo Butrón, a costa de trabajo, organizar otra nueva, en forma muy distinta, que no dejó de hacer, sobre todo en provincias, un agosto abundantísimo. La marquesa de Villasis habíase negado rotundamente a aceptar la presidencia; Currita rechazó la humillante oferta de un cargo secundario, con muestras de gran resentimiento; las carlistas, muy indignadas, tiraron por un lado, y las radicales, muy ofendidas, se fueron por el otro, dejando vacante el canto épico a la caridad que perpetraba en silencio la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, y vacío el gran bolsón Pompadour de terciopelo rojo que la señora de López Moreno pensaba encargar a la modista para recoger las colectas. El señor Pulido desplegó las tres falanges de su dedo índice para decir, agitándolo de arriba abajo: «¡Lo dije, lo dije!», y el sesudo diplomático, con la energía de la constancia que no consiste en hacer siempre lo mismo, sino en dirigirse siempre al mismo fin, tomó por otro camino para llegar a su objeto, consolándose con que Napoleón cometió también faltas en la guerra de Rusia, Ciro en la de los Scitas, César en África y Alejandro en la India.

Hubo al otro día en la casa de la Albornoz congreso de ofendidos, y la altiva dama adoptó por suya la respuesta de Marat a Camilo Desmoulins y Freron, cuando le proponían estos refundir el periódico de ellos, _La Tribuna de los Patriotas_, en el suyo, _El Amigo del Pueblo_: «El águila va siempre sola; los pavos forman manadas». Ella era el águila y las demás señoras los pavos; Butrón era el pavero.

La suerte de aquellos infelices heridos del Norte condolía, sin embargo, a la sensible condesa, y resolvió hacer ella sola y por su cuenta propia cuanto estuviese en su mano para aliviarla, entendiéndose directamente con el general en jefe del ejército y con el bizarro general Pastor, hermano de Leopoldina. Convocó a sus micos, reunió a sus íntimos y trazóse un plan encantador de fiestas, bailes y regocijos a beneficio todos de los heridos, entre los que había de llevarse la palma una famosa _kermesse_ ideada por Currita, a imitación de la organizada en París por _El Fígaro_, en el teatro de la ópera, a beneficio de los inundados en Szegedin. Las actrices más famosas y las damas más conspicuas, niveladas por el mismo sentimiento compasivo, habían hecho en ella prodigios de caridad, sacrificando, en aras de los pobres, los quilates más o menos subidos de sus respectivas vergüenzas. En dos horas escasas había recaudado madame Judic más de cinco mil francos vendiendo _marrons glaces_. ¿Qué no recaudaría Currita vendiendo por media hora, aunque sólo fueran altramuces o garbanzos tostados?

Faltaba, sin embargo, al proyecto el visto bueno de Jacobo, requisito sin el cual no osaba la dama dar un paso en nada que hubiese de aventurar dinero, y justamente Jacobo no pareció por allí en toda la noche, ni vino tampoco a almorzar al día siguiente, según su costumbre ordinaria. Alarmada Currita, envió un recado a casa del amigo ausente, para informarse de la causa de su extraño eclipse; la respuesta del lacayo fue terminante:

--El señor marqués de Sabadell había salido de Madrid la noche antes.

Currita se quedó helada... ¿Marcharse Jacobo sin decirle una palabra, sin enviarle un recado, sin ponerle siquiera cuatro letras?... ¡Qué puñalada para su corazón y, sobre todo, qué bofetón para su amor propio! Porque ¿qué dirían las gentes cuando llegaran a traslucir el desprecio y el desvío que aquello representaba?...

Pasaba esta escena en el comedor, donde los dos esposos almorzaban en compañía de María Valdivieso, Celestino Reguera y Gorito Sardona, cuya flamante corbata azul indicaba ser aquel día el mico de guardia. Miraron todos a Currita con grande extrañeza y aire de pregunta al saber la marcha de Jacobo, y Villamelón, suspendiendo por un momento la actividad febril con que manejaba el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII, dijo con voz lastimosa:

--¡Jacobo anda mal y me da pena!...

Y como si el dolor que inspiraban los males de su amigo sirviera para facilitar sus funciones digestivas, embaulóse de un golpe una _côtelette_ entera, que se le deshizo en la boca de puro blanda, cual si fuese un merengue.

--Pues, hijo--replicó María Valdivieso--, no sé que padezca del pecho... Está gordo y robusto; Paco Vélez me lo decía ayer: va echando papada de comerciante de ultramarinos.

--Si no es eso, María, ¿sabes?--dijo Villamelón con la boca llena--. Digo que anda mal, porque anda en malos pasos. ¿Me entiendes?

Callaron todos, metiendo las narices en el plato, y los rabillos de cada ojo fueron a fijarse en Currita, que desganada, sin duda, mondaba con suma pulcritud y esmero un hermoso albaricoque. Villamelón, que luchaba siempre en la mesa entre sus ganas de hablar y sus ganas de comer, prosiguió con alguna impaciencia.

--La francesita esa..., esa... ¿Cómo se llama? ¡Señor, por días pierdo la memoria!... Tú, Gorito, ¿sabes?... ¿Cómo se llama, hombre?... La de las camelias.

Gorito abría mucho los ojos y estiraba la boca sin acordarse de nada, nada... Su memoria se había quedado de repente limpia, rasa, cual una hoja de papel blanco. María Valdivieso hizo a Currita un rápido guiño, como dándole a entender que ella podría informarle de grandes cosas, y Villamelón concluyó cada vez más impaciente:

--Pues nada, no me acuerdo... Pero, en fin, esa..., esa es la que lo está desplumando.

Hízose el silencio aún más embarazoso y el geniecillo maléfico de la hilaridad comenzó a revolotear en torno de los comensales, como si a todos ocurriese que las plumas arrancadas a Jacobo salían del pellejo de Villamelón. Currita, mondando siempre su albaricoque, aprovechó un momento en que los criados se alejaban para decir a media voz con su acento más suave:

--Pero, Fernandito, vida mía, si tienes el don de la importunidad; si pareces un reloj descompuesto... ¿A quién se le ocurre hablar de esas cosas delante de los criados?... Sabe Dios lo que pensarán del pobre Jacobo...

Villamelón, con mucha dignidad, replicó al punto:

--Mira, Curra, en la mesa no discuto... ¿Sabes?... Pero tienes parcialidad por Jacobo y vas a llevarte un chasco muy grande, muy grande... ¿Me entiendes, Curra?... Ese viajito repentino me da mala espina: apuesto a que no va solo.

Currita puso en el plato el albaricoque ya mondado, lavóse las puntitas de los dedos en el enjuagador de rico cristal de Venecia que tenía delante, y mirando las gotitas de agua que se desprendían de sus rosadas uñitas, dijo ingenuamente:

--¡Pues claro está!... Llevará algún ayuda de cámara...

Sulfuróse Villamelón y miró a su mujer y luego a Gorito y después a Reguera con cierta especie de colérica complacencia retratada en el semblante, arrebatado y apoplético por los vapores que le subían del repleto estómago... ¡Le exasperaba a veces aquella sencillez de Curra, que jamás podía comprender la malicia de ciertas cosas!...

Terminóse al fin el almuerzo y Currita salió del comedor del brazo de su prima, llevando en la mano un platito de porcelana con migas de pan, para dar de comer a los pececillos de colores que en una magnífica pecera de cristal y bronce dorado adornaban una de las galerías... La enamoraban a ella aquellos animalejos de colores tan brillantes, y la pesca era, entre los placeres del _sport_, el que más emociones le causaba.

Regalaréte entonces Mil varios pececillos Que al verte, simplecillos, De ti se harán prender.

María Valdivieso oía estupefacta aquellas expansiones idílicas, cuando esperaba ella que Currita se apresuraría a interrogarla con el mismo furor y los mismos transportes con que Otelo interrogaba a Yago. El chasco le pareció pesado, y exclamó muy despechada:

--¡Vaya unas emociones que tiene la pesca!... No encuentro definición más exacta que la que daba uno de la caña de pescar: «Un palo largo que termina por un lado en un pez y por otro en un tonto».

--Cuestión de gusto--replicó tranquilamente Currita.

Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablándoles con el cariño y el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...

--¡Hola, tragoncillos! ¿Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos hay... ¡Mira, mira, María, cómo abren el hociquito!... ¡Qué delicia! ¡Qué monada!

--Pero esta mujer tiene sangre de chufa--pensaba la Valdivieso muy enfadada--. ¿Sí?... Pues, aguarda, allá va... ¡Anda, fastídiate!...

Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villamelón, horrores..., horrores de Jacobo... Paco Vélez se lo había dicho todo la noche antes: ella, ¡claro está!, por prudencia había callado tanto tiempo; pero ya era hora de hablar, y a fuer de buena amiga debía desengañarla...

--¡Pícaro! ¡Tragón!--dijo en aquel momento Currita--. ¡No le muerdas!... ¿Habráse visto?... ¿Para quién son esos sopirritones?... Para ti... ¿Para mí, esos sopirritines?...

E incorporándose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:

--Hija, dispensa. ¿Dónde decías que vive esa francesa?

--¡No, si no lo decía!--gritó la otra pasando del despecho a la furia--, pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de Rebollo, número 68, en un hotel. ¿Te enteras? En un hotel muy bonito, y se llama... ¿Cómo se llama?... Pues, señor, no me acuerdo; ello era un nombre así como de píldora.

--Chismes, mujer, chismes de gente ociosa--replicó Currita sobando tranquilamente sus migas.

Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las píldoras conocidas y hacía esfuerzos inauditos para grabar en la memoria la calle de Rebollo y el número 68.

--¿Chismes?--exclamó fuera de sí la Valdivieso--. ¿Y también es chisme lo del viaje... con el ayuda de cámara, por supuesto?...

--¡Pues claro está que lo es!--exclamó Currita de repente, echando con mucha cólera todas las migas en la pecera--. ¡Chisme, chisme, y de malísima intención, María!... ¿Si lo sabré yo, caramba?... Sino que de todas las cosas no se ha de dar un cuarto al pregonero... Tú eres mi amiga y te lo digo en secreto: Jacobo ha ido a negocios del partido y estará de vuelta muy pronto... ¡Ya ves cómo se escribe la historia!...

--¡Ya!--exclamó María Valdivieso tragándose la bola. Y Currita respiró al fin algo más desahogada, porque aquella mentira, que se apresuraría la prima a propagar por todo Madrid, por habérsela dicho en secreto, dejaría a los ojos de las gentes la herida de su amor propio disimulada.

A las tres pidió la señora condesa la berlina y dio al lacayo, como la cosa más natural del mundo, las señas de Jacobo. Vivía este en la calle de Alcalá, en un precioso cuarto de soltero, y constaba su servidumbre de un ayuda de cámara, un jockey, una ama de llaves y un cocinero; en las cuadras, situadas al final de la calle del Barquillo, tenía cuatro caballos ingleses, tres de tiro y uno de silla, una berlina, un _char-à-bancs_ y una victoria. La munificencia de los esposos Villamelón sufragaba todos estos gastos, que había de pagar el fiel amigo cuando al verificarse la Restauración pudiera sacar el jugo a la cartera, precio de sus misteriosos papelitos...

Currita subió ligeramente al entresuelo, vivienda de Jacobo, y por tres veces tocó el timbre, sin que nadie contestara; abrióse al fin la puerta y apareció el jockey sin librea, cuello ni corbata, brillantes los ojos, arrebatadas las mejillas y oliendo a vino a dos metros de distancia. Aturdido, al verse frente a frente de la dama, dio un paso atrás, diciendo atropelladamente: