Chapter 16
Había en el fondo de la alcoba un tríptico precioso sobre un reclinatorio sencillísimo, y en este se arrojó la marquesa, llorando a mares, para leer a los pies de la Virgen la carta inesperada.
Jacobo, sin preámbulos de ningún género, anunciaba a su mujer su próxima llegada, para tratar con ella de asuntos importantes, cuyo arreglo le había _aconsejado_ el padre Cifuentes, excelente persona que había conocido en París, _llenando su corazón abatido de esperanza y de consuelo_...
La marquesa creyó haber leído mal aquel último párrafo de la breve carta, y tornó una y otra vez a leerlo. La hipocresía era el único vicio que jamás había observado en Jacobo, y, o aquella carta la rebosaba por todas sus letras, o Dios había hecho en él uno de sus prodigios. ¿Confortado con esperanzas y consuelos del padre Cifuentes, aquel corazón cuyo frío egoísmo le mantenía siempre fresco e insensible, como un cadáver entre témpanos de nieve?...
Absurdo era esto, pero era posible; era su oración cotidiana hacía doce años, su plegaria más ardiente, su súplica más repetida, y ¡Dios era tan bueno, tan grande, tan Padre!...
Y aunque algo duro e inflexible se alzaba en el fondo de su corazón, gritando que aquello era una farsa, una nueva vileza, la marquesa ahogaba esta voz sin darse cuenta de ello, para dejar entrar allí un rayo de sol que disipase las tinieblas de su triste abandono, para dejar que la esperanza y el deseo levantasen juntos y a su placer un bello castillo en el aire.
Sin acordarse de desayunar siquiera, ni detenerse más tiempo que el preciso para lavarse en el tocador los ojos llorosos, corrió Elvira a casa de la marquesa de Villasis, haciéndose la ilusión de que iba a buscar en el claro entendimiento y en el cariño acendrado de su amiga un consejo prudente, y yendo en realidad en busca de algo que con la autoridad de aquella pudiera robustecer y dar cuerpo a su esperanza...
La Villasis sabía muy bien a qué atenerse, porque el padre Cifuentes le daba en su carta cuenta detallada de su entrevista con Jacobo. Habíasele presentado este disimulando, bajo su arrogante petulancia, el encogimiento y la especie de miedo receloso que suelen infundir los jesuitas a las personas mundanas que sólo les conocen por las mil patrañas que en pro y en contra de ellos corren contadas o escritas.
Mas al ver delante de sí aquel hombre pequeñito, insignificante en su persona hasta la vulgaridad, llano en el decir hasta el desaliño, que jamás sacaba las manos de las mangas, como no fuera para tomar rapé en su tabaquera de cuerno, y ponía de manifiesto con deplorable frecuencia un pañuelo de hierbas insolente de puro feo, a cuadros azules y amarillos, con algunos vivitos verdes, trocóse su recelo en desprecio, y con la desdeñosa frialdad que guarda el grande orgullo para el pequeño que juzga empingorotado sobre una superioridad usurpada, manifestóle su _deseo_ de reconciliarse con su mujer, olvidando todo lo pasado, y expresóle su _voluntad_ de que fuera él mismo quien aconsejara a la esposa abandonada acceder a sus pretensiones.
Y entonces fue cuando Jacobo quedó convencido de que el padre Cifuentes era un infeliz, un cuitadito sin pizca alguna de mundo, como el tío Frasquito le había dicho antes.
Las manos del jesuita se hundieron más y más en lo profundo de sus mangas, y muy alborozado y satisfecho, opinó que nada había más conforme a la moral cristiana que la paz de la familia y el perdón de las injurias... Pero--y aquí apareció de nuevo la tabaquera de cuerno para suministrar a los dedos del padre Cifuentes un polvo digno del gran Federico--en cuanto a aconsejar él a la señora marquesa que accediese a las pretensiones del señor marqués, había de tener en cuenta el señor marques que la señora marquesa nada le había consultado, y que la primera condición del consejo prudente es la de ser pedido...
Jacobo abrió la boca para replicar, pero el pañuelo a cuadros azules y amarillos, con algunos vivitos verdes, salió a relucir, y el padre Cifuentes añadió que creía, tenía entendido, le parecía probable que la señora marquesa de Sabadell estaba a punto de salir de Biarritz, y que en el caso de no encontrarla, lo más prudente y oportuno para el señor marqués sería dirigirse a la señora marquesa de Villasis, persona muy su amiga, de grandes luces y mayores virtudes, para la cual se brindaba a darle una carta suplicándole que las tomase ella en el asunto.
El tío Frasquito, que con gran falta de delicadeza, hija de su deseo vehementísimo de seguir las peripecias del drama, se había constituido en testigo de la conferencia, metió entonces su cucharada, asegurando que aquello estaba muy bien pensado, que su sobrino el padre Cifuentes tenía razón hasta por encima del solideo, y que lo más derecho para su sobrino Jacobo era dirigirse desde luego a su sobrina Villasis, porque lo que esta no alcanzase de su sobrina Sabadell nadie en el mundo, fuera o no sobrino suyo, podría alcanzarlo.
Jacobo meditó un momento el plan que le proponían y pensando escribir, desde luego, a su esposa, para detener su marcha con la noticia de su ida, aceptó a todo evento la carta para la marquesa de Villasis y despidióse del padre Cifuentes, llamándole don Gregorio. En todo el transcurso de la plática había evitado con marcada afectación designarle con el nombre de _Padre_, llamándole siempre señor Cifuentes.
El señor Cifuentes acompañó hasta la puerta a la aristocrática pareja, con sus manos siempre metidas en las mangas, y al verla desaparecer en el coche, permitióse murmurar del sobrino de su tío y de su tío mismo, diciendo para su sotana:
--¡Exacta alegoría del mundo!... La necedad amparando al vicio.
Y sin perder un momento, púsose a escribir a la marquesa de Villasis, dándole un juicio sobre los planes de Jacobo, que coincidía por completo con el dado ya por Diógenes, suplicándole que evitase a toda costa que Elvira y su marido se viesen, a fin de que este no pudiera engañarla, y encargándole también, con grandes instancias, que ahuyentara para siempre con algún recurso de su femenil ingenio a aquel desdichado que pretendía explotar a su infeliz mujer, con grave riesgo de su inocente hijo.
Guardóse muy bien la Villasis de comunicar a Elvira estas noticias, y como el experto médico que debilita en varias dosis un brebaje demasiado fuerte, trocándolo de veneno en medicina, dispúsose a desengañar a la infeliz, poco a poco y por partes. Leyó, pues, atentamente la carta que agitaba y temblorosa le presentaba Elvira, y devolviósela sin decir palabra. Ella le interrogaba con los tristes ojos preñados de lágrimas; la Villasis dijo entonces moviendo lentamente la cabeza:
--Eres turco y no te creo...
Elvira bajó anonadada la suya, porque le pareció que aquellas palabras derrumbaban de un golpe el castillo que allá en el fondo de su corazón levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lágrimas se desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tímidamente:
--¡He rezado tanto!... ¡He llorado tanto!...
--¡Es verdad!... ¡Pero ha mentido tanto!... ¡Ha rodado tanto!...
--Dios puede hacer un milagro...
--Y el hombre puede hacerlo inútil.
--Yo espero que no...
--Yo temo que sí.
--¿Pero a ti quién te lo dice?...
--¿Y a ti quién te lo asegura?
El llanto de Elvira se trocó entonces en sollozos, y como si aquella pena fuese nueva para ella, sintió en toda su plenitud la primera necesidad de todos los débiles en la desgracia: buscar unos brazos amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno de lágrimas...
La Villasis la recibió en los suyos, estrechándola contra su corazón, besándola en la frente, hablándola al oído, con la voz suave y cariñosa con que se habla a un niño enfermo o desolado. Ella, sollozando sin cesar, repetía:
--¿Y qué hago?... ¿Qué hago?...
--Irte.
--¿Pero adónde?...
--A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santísima que pase la tormenta.
--Irá allí a buscarme...
--No irá... Yo me encargo de detenerlo.
--Pero, ¿y si fuera verdad, María?--tornó a decir Elvira, aferrándose a su idea--. ¿Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre con que le cierro la puerta?...
--Entonces sabré yo conocerlo y te lo llevaré a Lourdes yo misma... Iremos los tres a buscarte: él, yo y tu hijo.
--¡Ay, Alfonsito!... ¡Pobre hijo de mi corazón!... ¿Y qué hago con él? ¿Me lo llevo?...
--No, déjalo en el colegio.
--¡Oh, no, no, eso no!--exclamó Elvira fuera de sí--. ¿Y si su padre va a verlo y se lo lleva y me lo quita?... ¡Hijo de mi alma!... ¡Verme yo sin él!... ¡Me muero entonces!... ¡Me muero!
Y ante esta idea que la aterraba, la infeliz mujer, abrumada por el dolor y debilidad por la inanición, sufrió un ligero desvanecimiento. Hízola la marquesa tomar una taza de caldo y una copa de vino generoso, y poco a poco logró al fin tranquilizarla.
Entonces concertaron su plan: Elvira había de partir aquella misma noche a Lourdes, acompañada de mademoiselle Carmagnac, señora muy respetable, que había sido aya de la única hija de la marquesa de Villasis. Esta dictó a Elvira una carta que había de entregar a Jacobo cuando se presentara en casa de su esposa; decíale en ella que asuntos muy urgentes le impedían esperarle en Biarritz, y que la marquesa de Villasis quedaba con amplios poderes para tratar con él toda clase de negocios, conformándose Elvira, desde luego, con lo que ambos concertaran.
A todo asentía la marquesa de Sabadell con esa especie de inercia moral que enerva la voluntad cuando en cualquier negocio de la vida se apaga la fe y muere la esperanza. Mas en las naturalezas heroicas crecen las fuerzas en la misma proporción que crece el dolor del sacrificio, y sin derramar una lágrima ni mostrarse ya acongojada ni afligida, ocupóse tan sólo de sus preparativos de marcha.
Las dos señoras almorzaron juntas en casa de la Sabadell, entregó esta a su amiga algunos papeles importantes que la Villasis quería tener a mano, por si en su conferencia con Jacobo le fueran necesarios, y marcharon después ambas a Guichon, pequeña aldehuela situada entre Bayona y Biarritz, donde los jesuitas expulsados de España por la Revolución habían abierto el colegio en que Alfonsito Téllez se educaba.
Despidióse Elvira de su hijo sin decir cuándo ni adónde iba, y el rector del colegio, que conocía a fondo todas las pesadumbres de la dama, quedó encargado de no permitir que el niño recibiese otra visita que la de la marquesa de Villasis durante la corta ausencia de su madre. Dos horas después despedíase aquella de Elvira en la estación de la Negresse, y volvía triste y preocupada a la Villa María, dando al punto orden de no recibir a nadie.
Encerróse temprano en su gabinete y pasó gran parte de la noche repasando y estudiando los papeles de Elvira, y escribiendo una especie de documentos en forma de artículos numerados. Levantóse muy de mañana al otro día, fuese a la capilla de Santa Eugenia, oyó dos misas y comulgó devotamente; la prudencia de la mujer había tirado la noche antes sus cálculos, y la fe de la cristiana iba a buscar entonces en el Sacramento la gracia divina que necesitaba para vencer en la lucha.
La mañana estaba magnífica y prometía uno de esos espléndidos días de invierno en que los miembros se desentumecen, el alma se alegra y el barómetro sube, como si quisiera descubrir a lo lejos la llegada de la primavera. A las tres de la tarde hallábase abierto de par en par el mirador de cristales del gabinete que ya conocemos, y el sol entraba a raudales, llenándolo todo de luz, de colores y de reflejos. La marquesa amaba el sol y el aire con la pasión con que los aman los pobres, y odiaba ese misterioso y coquetuelo _petit jour_ en que se refugian las beldades trasnochadas para ocultar los estragos del tiempo. Uníanse en el jardín las carcajadas de Monina, que saltaba a la cuerda, con los mugidos del mar, que azotaba a la costa, como si en aquella naturaleza tan bella, tan en calma, tan espléndida, se armonizara lo inocente con lo terrible, el mar y el niño, la extrema debilidad y la extrema fiereza.
La Villasis, apoyada en la ventana, seguía con la vista los juegos y carreras de aquel bello ángel, que ocupaba y llenaba por completo su corazón, con ser este tan grande. Era aquella niña su nieta, hija de su única hija, muerta al darla a luz cinco años antes, y huérfana también de padre. De repente, la marquesa cerró la ventana y sentóse junto a ella, al lado del pequeño _secrétaire_ en que solía despachar su correspondencia ordinaria. Había escuchado a lo lejos el ruido de un coche que se deslizaba sobre las enarenadas calles del parque, y a poco, un criado anunciaba en el gabinete al marqués de Sabadell.
La marquesa se santiguó vivamente no bien desapareció el lacayo, fijó un momento sus grandes y vivos ojos negros en un cuadro bellísimo de la Virgen que había en el testero, y volvióse hacia la puerta, tan risueña, tan señora y tan serena como cuando recibía en Madrid a sus amigos íntimos.
--VIII--
Para que el lector pueda comprender toda la importancia que tenía para Jacobo aquella entrevista, preciso es ponerle en aquellos antecedentes que el tiempo y la casualidad han suministrado hasta hoy, haciendo alguna luz en las tinieblas que rodean a crímenes todavía impunes y a intrigas no del todo desenredadas.
Nadie ignora que la masonería quedó triunfante en España al estallar la Revolución de 1868; pareció, sin embargo, con harta razón, a algunos caciques de la secta que no estaba aún maduro el pueblo de España para plantear la República, y resolvieron entronizar mientras tanto a un monarca constitucional que fuera entre sus manos un mero instrumento. Fue entonces elegido a este propósito el duque de Aosta, y encargáronse de ofrecerle la corona, como delegados de la secta, el general Prim y don Manuel Ruiz Zorrilla, nombrado más tarde Gran Oriente honorario del Supremo Consejo de España.
Estallaron con estas causas graves disidencias en el seno mismo de las logias, que vinieron a dar por resultado el asesinato del general Prim, mientras la comisión encargada de ofrecer oficialmente la corona de España al duque de Aosta volvía de Florencia.
Formaba parte de aquella comisión cierto personaje, hombre práctico y prudente, cuya memoria nos guardaremos bien de deshonrar, suponiéndole, sin dato alguno fidedigno que lo pruebe, afiliado a las sectas; es, sin embargo, cierto que dicho personaje tomaba caluroso partido por la política de una de aquellas fracciones, y llevaba consigo en aquel viaje, con designio misterioso, papeles de gran importancia que comprometían a muchos de los secuaces de la política contraria.
La muerte sorprendió al personaje en Génova el 11 de diciembre, e ignórase al presente por qué mano fueron a parar entonces aquellos papeles a cierta logia de Milán, que los remitió más tarde a Víctor Manuel como armas preciosas que podían muy bien afianzar en España el trono siempre vacilante de su hijo, atando de pies y manos a ciertos políticos venales, modelo en todas las épocas de deslealtad y de imprudencia.
Acertó entonces a llegar a Milán, fugitivo de Constantinopla, el marqués de Sabadell, perdido y arruinado, y presentóse en aquella logia, donde años antes le había iniciado Garibaldi. Acogiéronle los venerables como a enviado del Gran Arquitecto, y presentáronle al punto a Víctor Manuel como el hombre a propósito para llevar a España documentos e instrucciones, e imprimir a la política de don Amadeo el rumbo deseado en Italia.
El refuerzo llegó, sin embargo, tarde y ya hemos visto cómo la caída del duque de Aosta destruyó en París las cuentas galanas que no sin probable fundamento tiraba Jacobo. Viose entonces de nuevo solo y arruinado, y la necesidad, mala consejera siempre y móvil las más de las veces de empresas descabelladas, sugirióle la idea de utilizar en provecho propio el precioso depósito, y aquí comenzaron las complicaciones y los peligros, los planes trazados y abortados.
Era su idea madre poner sus preciosas armas al servicio de alfonsinos o carlistas, según tuvieran estos o aquellos más o menos probabilidades de triunfo, y para destruir por de pronto el mal efecto que en los primeros había causado su repentina presencia en París, apresuróse a propalar por medio del tío Frasquito la novelesca historia de la cadina, que tan _gloriosamente_ justificaba su fuga de Constantinopla.
Mas érale preciso al mismo tiempo y antes que nada hacer perder la pista a los masones chasqueados, y a este propósito ideó Jacobo reconciliarse con su mujer y oscurecerse a su lado por un año, durante el cual viviría tranquilamente de las rentas de esta, garantizaría con ellas, en lo posible, el pago de sus deudas y tantearía el terreno despacio y sin ruido, hasta encontrar el mejor postor a los servicios que pensaba sacar a pública subasta.
Su reconciliación con Elvira era, por tanto, la clave del arco que había fabricado, y tratábase de colocarla en aquella entrevista. Entró, pues, en el gabinete, armado de toda su osadía, sereno, risueño y con aire de amigo que prepara a otro con su presencia una sorpresa inesperada y agradable. Al verle entrar la marquesa, tendióle la mano con grande afecto, diciendo cariñosamente:
--¡Adiós, Jacobo!... ¿Cómo te va?... Pero, ¡Dios mío! ¡Si por ti no pasa el tiempo!... Te encuentro lo mismo, lo mismo que cuando nos vimos hace cinco años en Bruselas. ¿Te acuerdas?
Jacobo apretó cordialmente entre las suyas la mano que la dama le tendía, y le contestó con no menor cariño y agasajo:
--¡Ya lo creo que me acuerdo!... Los encuentros contigo no se olvidan fácilmente... Pero tú sí que te has plantado en los veinticinco años: siempre tan...
--¡Jacobo, por Dios!... Que abofeteas a la verdad por decir una galantería. ¿No me ves la cabeza?... ¡Blanca!
--¡Ca!... Eso es refinamiento de coquetería; que te empolvas el pelo, como las marquesas de la corte de Luis XV...
--Ya voy teniendo algún punto de contacto con ellas...--exclamó riendo la marquesa--. A lo menos, en lo añejo de la fecha.
Jacobo habíase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del pequeño secrétaire, que vino a quedar entre ambos; encontróse algún tanto embarazado después de este primer saludo, y esperando que la marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban encontrarse, púsose a hablar de la afluencia de hombres políticos de todos colores que llegaban en aquellos días a Biarritz; parecía aquello la costa a que la República de España fuese arrojando los restos del naufragio de la monarquía saboyana.
La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intención marcadísima:
--Sí... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones diplomáticas.
Hízose Jacobo el sueco y contestó con tono doctoral de hombre político:
--Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...
--¿Ninguna?--preguntó riendo la marquesa--. ¿Ni tampoco las mías?
--¡Ah, ya! ¡Eso es otra cosa!--replicó jovialmente Jacobo--. A la diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle oído a Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las enaguas y de las sotanas.
--Pues téngaselo usted por dicho, señor de Bismarck... Porque supongo sabrás que estoy nombrada plenipotenciaria...
--Sí--replicó Jacobo--, ya me han entregado las credenciales.
Y al decir esto, puso sobre la mesita del _secrétaire_ la carta que, dictada por la Villasis misma, le había escrito Elvira la víspera. Leyóla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y devolviósela a Jacobo, diciendo:
--Me parece que están en regla... Puede el señor Bismarck, cuando guste, exponerme la marcha de su política.
--Yo creo más correcto que el señor..
Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista diplomático, y la marquesa le apuntó muy formalmente:
--Antonelli... Así no saldremos de faldas.
--...que monseñor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido siempre el decano del cuerpo diplomático.
--Y por lo mismo debe de hablar el último; con que cayó usted en un renuncio, señor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo expondré la mía con una sinceridad impropia del oficio... Mi política es esta: «Padre nuestro que estás en los cielos... Hágase tu voluntad... Perdónanos nuestras deudas, _como nosotros perdonamos a nuestros deudores_... No nos dejes caer en _la tentación_... Líbranos de _mal_...».
La marquesa supo dar tal inflexión a algunas de estas palabras, que su política fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los deudores quedaban perdonados sentóle muy bien y le llenó de esperanza.
--¡Política italiana!--dijo moviendo la cabeza--. Es la más hábil.
--Italiana no, romana--replicó vivamente la marquesa--. ¡Es la más santa!...
Jacobo creyó llegado el momento de dejar este tono humorístico, tan peculiar a los españoles hasta en los más graves asuntos, y se dispuso a entrar en materia; colocó los guantes que se había quitado sobre la mesa del _secrétaire_, y apoyando en ella ambos codos y dando vueltas al magnífico brillante que en uno de sus meñiques tenía, comenzó a decir mirando sus reflejos:
--Mira, María... Me alegro de tratar contigo este asunto mejor que con Elvira, porque eres una mujer de mundo y sabrás comprender mi situación y ponerte en mi caso... Elvira es un ángel... con alas de cisne; tú eres también un ángel, pero con alas de águila...
La imagen resultaba bonita, y la marquesa agradeció el cumplido con una ligera sonrisa.
--Mi situación actual--prosiguió Jacobo--puede concretarse en esta fórmula: «He corrido mucho y me he cansado pronto». Recuerdo haber leído en Confucio...
La marquesa no pudo contener la risa al oír el santo Padre que con tan pedantesca formalidad alegaba Jacobo, y corrido este algún tanto, preguntó contrariado:
--¿Te ríes?...
--No, hombre, no... Me río del autor, no de la cita... Veamos la sentencia.
--Y bien profunda que es--replicó Jacobo--: «Subía la montaña de Tam-Sam, y el reino de Sú me pareció pequeño; seguí subiendo al monte de Tai-Sam, más elevado aún, y el imperio me pareció pequeño». Así me ha sucedido a mí: mientras más alto me han elevado los eventos de mi vida, más despreciables me han parecido mis triunfos.
--Pues verdaderamente que el señor Confucio no anduvo desacertado en la parabolita--dijo la marquesa--. Pero al aplicarte tú el cuento, te las calzas al revés, amigo mío... No debes de decir _subí_, sino _bajé_, porque esos _triunfos_ de tu vida no te han ensalzado, sino rebajado mucho... Por eso debiste decir: «Bajé al charco de Tam-Sam y la idea de la virtud la perdí de vista, me hundí en la cisterna de Tai-Sam, mucho más profunda, mucho más cenagosa, y las ideas del honor y del deber se borraron del todo...»
Esta brusca e inesperada arremetida desconcertó por completo a Jacobo, y mordiéndose los labios, dijo amargamente:
--¡Política romana, con todas sus intransigencias!...
--¡Política _bismarckiana_! la tuya, con todas sus criminales, ¡nótalo bien!, ¡sus criminales condescendencias!...
Jacobo bajó en silencio la cabeza, pálido de ira, y se puso a estirar sus guantes sobre la mesa; comprendió que ese tergiversado criterio moral, que disfraza con pomposos nombres ruines defectos y vicios enormes, se lo rechazaban allí por falso; que la _política romana_ llamaba al pan pan y al vino vino, al vicio vicio, a la infamia infamia, y a las _pequeñeces_ monstruosidades, y convencióse, por ende, de que había errado el camino, tratando de justificar el pasado. Resolvióse, pues, a cantar la palinodia por completo, y a echar mano al mismo tiempo de lo que juzgaba él su artillería de reserva.
La marquesa, por su parte, habíale acometido tan brusca y cruelmente para ensanchar el campo en que quería examinarle, y no descubrir con una confianza harto prematura y harto crédula el lazo que tendía ella al farsante con su estrategia.