Chapter 15
--Lo que oyes: siento mucho decírtelo, perrro es muy cierrrto... Está _déclassée_, hijo, _déclassée_ por completo. Todo Madrid le ha dado de lado, y sólo se trata con mi sobrina Villasis, ¡otra que tal!... Perrro siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...
--¿Pero qué es lo que hace Elvira?...
--¡Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se separrró de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en casa de Montijo... Dicen que está fanatizada... Carmen Tagle tuvo una doncella que había estado en su casa ¡y contaba unas cosas!... Siempre detrás de los criados, porrque hoy errra día de ayuno, y mañana de Misa, y al otro día de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... ¡Y ella, unas rridiculeces!... Decían que dorrmía sobre una tarrrima, y ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no sé qué varrrón piadoso, se disciplinaba con un gato[12].
[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que solía disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varón ilustre, son a los que alude el tío Frasquito.]
--¡Qué atrocidad!... ¿Con un gato?... ¡Pero eso es imposible!...
--Pues, hijo, así lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos rreímos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto... Algunos pensaban que el gato estarrría muerrto; lo que es así, también yo me disciplinaba... Lo mismo podía hacerrse con un plumerrro...
Jacobo pareció tranquilizarse por completo al oír los _horrrorrrres_ que el tío Frasquito le relataba, y cortóle el hilo del discurso, diciendo:
--¡Bah!... Si no es más que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.
El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la palabra, preguntándole:
--¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...
--¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada; ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia... Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...
--Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.
--¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte mil durrros de rrrenta.
--¡Hombre!... ¡Lo siento!--exclamó Jacobo muy pesaroso.
--¿De verrras?
--Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...
--¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien piense eso..., no te conoce!
--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda con el padre Cifuentes.
--Pues si te parrrece, mañana irrremos.
--Sin falta.
El tío Frasquito, resignado con el giro clásico que tomaba la leyenda, convino con Jacobo la hora en que habían de hacer al otro día la trascendental visita, porque el arrepentido esposo quería marchar a Biarritz cuanto antes.
Despidiéronse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al público sin pérdida de tiempo la noticia, corrió a ponerse, desde luego, de punta en blanco para sus nocturnas correrías, y bajar de seguida a la terraza del hotel, donde toda la colonia española esperaba, como siempre, la llegada del correo.
Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los mil chismes que por la patria adoptiva corrían, lograron apartar la conversación general de la novelesca historia de la cadina, cuya apócrifa babucha habían contemplado todos, después de algunas prudentes precauciones que, para la mise en scène, juzgo indispensable el tío Frasquito. Porque temeroso este de que algún ánimo suspicaz pusiese en duda lo auténtico de la presea, apresuróse antes de presentarla a la veneración pública a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno hedor a zapato nuevo que la noche antes había despertado en sus narices dudas tan peligrosas.
La duquesa de Bara no había encontrado todavía ocasión oportuna de hacer el análisis crítico de la solemnidad religioso--política a que había asistido horas antes, y hasta la señora de López Moreno, reina destronada de Matapuerca, habíase olvidado por un momento de la honra insigne que al día siguiente la aguardaba. La duquesa le había anunciado que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a renglón seguido, como quien no quiere la cosa, habíale pedido prórroga para el pago de aquellos piquillos que hacía varios años le adeudaba.
--¡Pues no faltaba más!... ¡Lo que usted quiera!--había contestado la generosa acreedora.
Y a renglón seguido también, y como quien no quiere la cosa, había plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:
--Lucy y Gonzalito (primogénito de la duquesa), encantados de verse juntos... ¡Qué pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al _Skating-Rink_, porque Gonzalo está enseñando a patinar a Lucy...
La duquesa pescó al vuelo la indirecta, y contestó tan sólo con una sonrisa que encubría este pensamiento:
--¡Estás fresca!... ¡Cualquier día te cobras, endosándome a la niña por nuera!... ¡Una duquesa de Bara, _née_ López Moreno! ¡Dios nos asista!
Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo había desairado su almuerzo con el frívolo pretexto de que necesitaba descansar del viaje, y ella había descargado su ira sobre el indefenso Villamelón, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba de los rigores de su esposa pensando en las musarañas y distrayendo su imaginación con vivos recuerdos de su visita a los antropófagos.
Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponiéndose referir a Octavio Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento original, y lamentándose de que Jacobo Sabadell no apareciese por ninguna parte, aguardándole todos tan impacientes para tributarle el justo homenaje de admiración que su novelesca aventura les inspiraba, tan distinto del frío recibimiento con que le habían acogido la víspera.
Apareció entonces el tío Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua, anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La inesperada resolución de Jacobo causó en el auditorio sensación profunda, y cuando el tío Frasquito anunció que el héroe pensaba marchar a Biarritz quizá al día siguiente, dos personas, Diógenes y Currita, no pudieron contenerse... Levantóse el primero y fuese derecho al tío Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su violenta ira más que una extraña vibración en su dulce vocecita, comenzó a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy amada prima, con gran pasmo de Villamelón, que recordaba todavía el sermoncito sobre el amor de la familia que había escuchado aquella mañana.
La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez años entre curas y monaguillos, quería ahora oscurecer al pobre Jacobo bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y obligación imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pícara el antifaz y advertir al cándido muchacho el lazo que le tendían.
Diógenes, que, a mitad del camino pareció hacer de repente al tío Frasquito gracia de la vida, arremetió briosamente contra la hueste femenina, diciendo que era maldición de gitanos: «¡en lengua de hembras te veas!»; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches, ¡polaina!, eran mujeres...
Riéronse mucho todas las presentes de la ocurrencia de Diógenes, y este, más que por darles placer, por machacarles las liendres, contóles entonces que Dios no había formado a nuestra madre Eva de la costilla de Adán, sino del rabo de una mona[13]... Porque aunque este fue su primer intento, y tenía ya la costilla en la mano para formar de ella a la que había de ser causa de tantas desdichas, una mona que le miraba hacer atentamente, arrebatóle de repente el hueso y echó a correr para esconderlo en su madriguera. Quiso el Señor perseguirla y alcanzóla por el rabo; mas tan fuerte tiró la mona, que el rabo se le arrancó, quedándosele al Señor en la mano. Encogióse entonces de hombros y dijo:
[Nota 13: Este cuento y el siguiente son antiquísimos cuentos populares de Andalucía, recogidos por el autor e inventados por el gracejo, profundo a veces, de los campesinos de aquella tierra. La sencillez misma de su forma y lo manifiesto de su inocente al par que picaresca intención, excluyen de ellos toda otra idea irreverente.]
--Para lo que voy a hacer, lo mismo da...
Y de aquel extraño utensilio formó a la madre del linaje humano.
Alborotáronse las damas con el cuento de Diógenes y Currita, pesarosa de haber dejado escapar en la explosión de ira algo que la convenía tener muy guardado, apresuróse a seguir la broma, diciendo:
--Pues mira, Diógenes, quizá tenga algo de verdad tu historia, porque a mí me contaron con respecto a la formación del hombre otra muy parecida. Dicen que Dios había criado ya a todos los animales; pero le faltaba todavía crear al hombre; era ya muy tarde y estaba cansado. Entonces, por ahorrarse tiempo y trabajo, cogió al primer animalillo que encontró a mano y le dijo:
--Mira, habla tú--y quedó formado el hombre.
Y al decir Currita: «Habla tú», dio un golpecito con la punta de su abanico en el hombro del marqués de Villamelón, su caro esposo. Este interpretó la seña como una muestra de reconciliación, y sonrió satisfecho, dulce y placentero, mientras Currita, inclinándose a su oído, le dijo muy bajo:
--Mira, Fernandito..., me parece natural que vayas a ver si ha descansado Jacobo, y que le convides a comer.. Dile que le espero sin falta, porque tengo que hablarle de cosas que le interesan.
Anunciaron en aquel momento la llegada del correo y Diógenes aprovechó la confusión natural que esto produjo para acercarse al tío Frasquito y cogerle sin miramiento alguno por la abierta solapa de su rico gabán de pieles, que dejaba al descubierto una pechera inmaculada, en cuyo centro relucía, bajo la corbata blanca, una bellísima turquesa, celeste como el cielo.
Azoróse el tío Frasquito al verse solo y sin defensa en las garras de Diógenes, y procuró encubrir sus temores, acogiéndole humilde, sonriente, cariñoso, llamándole _Perriquito_, y ofreciéndole ricos cigarros que él no fumaba nunca, pero llevaba siempre a prevención para casos apurados. Mas Diógenes, fijando en él sus ojos abotagados por el ron y la ginebra, con el maléfico influjo de la serpiente que magnetiza al incauto pajarillo, le preguntó con muy malos modos después de un imperioso «¡oye, Frasquita!», si era cierto que andaba en compadrazgo con Jacobito.
¡Él, con Jacobito!... ¡Jesús!... Pues si justamente era Jacobo una persona que le estaba reventando desde su cuarto y que sin saber por qué se le había indigestado... Verdad era que le había pedido una recomendación para su sobrino el padre Cifuentes, y él--claro está--, por salir del compromiso, le había ofrecido una tarjeta; ¿pero en qué cabeza podía caber que fuera él a acompañarle, ni a mezclarse en asuntos de familia, ni a meterse en _tripotages_ de mala ley con un loco semejante?...
Y mientras esto decía el tío Frasquito, iba poco a poco escurriendo escurriendo su solapa de manos de Diógenes, hasta que, libre al fin, abrochóse prontamente el gabán hasta la barba, para poner a cubierto su nívea pechera de cualquier acometida de Diógenes. Este, dejándole hacer, tornó a preguntarle:
--¿Y cuándo se va Jacobo a Biarritz?...
--Mañana por la noche...
Y con ademán misterioso y tono de íntima confianza, añadió:
--Porr supuesto, que Jacobo sólo va allí al olorrcillo de los millones de la Monterrrubio, que disfruta hoy Elvirrra... ¿Y qué harrrá ella?... Porque no cabe en cabeza humana que una muchacha tan buena, tan santita, quierrra hacerr de nuevo ménage con ese Poncio Pilatos...
Diógenes le volvió la espalda sin preguntarle nada más, y el tío Frasquito, gozoso de verse libre al solo precio de hacer traición a su amigo, corrió a noticiar a Currita que Diógenes tomaba partido por la Sabadell, y a lamentarse con la de Bara de que la policía correccional no pusiera coto, ni en España, ni en Francia, a los desafueros de aquel cínico viejo.
Este había salido de la terraza por el salón de lectura, y entrando en un gabinete, cogió pluma y papel, y con letra inverosímil, púsose a escribir esta carta:
«Mi querida María...».
Aquí se atascó Diógenes, y rascándose la nariz con el cabo de la pluma, quedóse perplejo, hasta que añadió por fin al encabezamiento esta reverente coleta:
«...muy respetada: Mañana sale de aquí para esa el perillán de Jacobito Sabadell, que lleva las de Caín, pues trata nada menos que de intentar una reconciliación con su pobre mujer Elvira. Anda huido de Constantinopla, donde ha hecho no sé qué atrocidades, y por lo visto ha olido que Elvira tiene dinero y quiere ahorrarle el trabajo de guardarlo. Mañana, antes de salir, tendrá una conferencia con el padre Cifuentes, que _Francesca di Rimini_ le servirá de tercero...»
Aquí notó Diógenes que la concordancia era vizcaína, y añadió:
«...o de tercera. Te advierto todo esto por si puedes hacer algo por esa pobrecita, que será capaz de entregarse atada de pies y manos al bribón de su marido, si no hay alguien que la aconseje. Si sirvo yo para algo, incluso para romperle un esternón a Jacobito...».
De nuevo se detuvo Diógenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo podía tener uno o más _esternones_, y dispuesto sin duda a romperle cuantos tener pudiera, prosiguió al cabo:
«...avísame y ahí me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces me has pronosticado. ¿Llegará en el sesenta y tres?».
Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmóla como Antonio Pérez las suyas a _milady_ Richs:
«Perro desollado de vuestra señoría, _Diógenes._»
«P. D.--Un beso a Monina.»
Y aquí se detuvo otra vez perplejo, meneó lentamente la gran cabezota, y su rostro granujiento tomó una expresión indefinible de ternura y de tristeza.
Aquella Monina, bellísima criatura de cuatro años, ídolo de su corazón por un fenómeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariñarse con los niños, que le tiraba de las patillas y le hacía andar a cuatro pies, guiándole ella por una oreja, había rechazado un día un beso de sus aguardentosos labios, diciéndole con infantil repugnancia:
--¡No..., que apesta!...
Y Diógenes, el cínico Diógenes, que se burlaba de la opinión del mundo entero y hacía gala de revolcarse en los más inmundos lodazales, sintió, ante la repugnancia de aquel ángel, que una gran vergüenza invadía su corazón y subía hasta su frente, tiñéndola de carmín, y asomaba a sus ojos llenándolos de lágrimas... Por tres días enteros estuvo sin beber una copa; al cuarto, rindióle el vicio otra vez; mas jamás volvió a besar a la niña.
Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, creyó faltar a su propósito escribiendo en aquella postdata la palabra _beso_, y borrándola con grandes tachaduras, puso en su lugar: «A Monina, que le llevaré un muñeco que dice papá y mamá». Después escribió en el sobre:
Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS
_Villa María._
_Biarritz._
--VII--
El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado uno de los centros más a la moda entre los semidioses que regulan sus costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.
La emperatriz Eugenia levantó en Biarritz la ville Eugénie, y Biarritz quedó al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los españoles lo invaden en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoño, como si por turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemáticas y sus encantos harto discutibles.
El lujo se apresuró a levantar allí villas y palacios; la especulación, hoteles y casinos; sólo la piedad se quedó con las manos quietas. En Biarritz apenas si existe una iglesia.
En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa, que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de verdura: extiéndese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero: Villa María. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por árboles magníficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores, especie de _square_ delicioso, que sirve como de patio de honor a la casa.
Tres gradas de mármol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado sólo a recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del vestíbulo abríase la puerta del salón, y llegábase por este a un pequeño gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba uno de sus frentes una chimenea de mármol blanco, y formaba el otro una gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el sol a raudales y permitía ver la verdura del parque en primer término, la arena de la playa más lejos y el azul del mar en lontananza.
Las once habían dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos señoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el gabinete. Una lloraba en silencio; la otra parecía consolarla.
Representaba esta más de cuarenta años, y su falta absoluta de pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por completo, y su rica bata de paño labrado, con vueltas de terciopelo, lejos de prestar realce alguno a su persona, parecía más bien recibir ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su corte y de sus pliegues.
Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tenía, sin embargo, esa móvil belleza que da la expresión y viene a ser, con respecto a la fisonomía, lo que el colorido con respecto al dibujo: belleza más bien moral que física, que se escapa siempre al pincel, y constituía el principal encanto de aquella señora, dotada de cierta viveza natural que no le quitaba señorío; cierta gracia espontánea y cariñosa que, unida a un ligerísimo ceceo, acusaban su procedencia andaluza.
Era la otra mucho más joven, parecía abatida y estaba enferma; su rostro descolorido formaba un óvalo perfecto, y llamaban en él la atención los ojos, por lo dulces; la boca, por lo triste. Aquellos, grandes, azules, de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de la esperanza; esta, pálida, caída por los extremos, con esa curvatura que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la agonía en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte. Traía puesto un sombrero oscuro, sin velo, un largo abrigo de piel de nutria, y escondía sus enguantadas manos en un manguito de la misma piel.
Era esta señora la marquesa de Sabadell, y la otra, en cuya casa se hallaba, era la de Villasis, su amiga íntima.
El correo de aquella mañana había traído a las dos señoras noticias importantes: la de Villasis había recibido la carta de Diógenes, y otra larga y detallada del padre Cifuentes. La marquesa de Sabadell, por su parte, encontróse al volver de misa con una carta, que hizo vibrar en un instante cuantas fibras sensibles existían en su corazón: por un momento creyó la infeliz mujer que iba a desmayarse.
Diez años se le habían pasado sin ver la letra de Jacobo, y aun antes de fijar los ojos en el sobre, ese algo certero y misterioso que en circunstancias dadas agita el corazón y fija de repente el pensamiento en un punto remoto y olvidado, le avisó de quién era la carta.
Tambaleándose entró en su alcoba, bebió con mano trémula un sorbo de agua y dejóse caer sin fuerzas en una butaca, mirando la carta que tenía en las manos, sin osar abrirla.
El pasado entero se le vino a la memoria de un golpe, como una de esas grandes olas que revientan en la playa, borrando por completo la espuma de otras menores. Sus breves días de ventura, cuando enamorada perdidamente de su esposo y creyéndose de él correspondida, habíase creído en posesión del falso objeto de la vida, que es la dicha, y se había olvidado del objeto verdadero, que es Dios, se le pusieron delante.
Esta fue su única culpa, culpa de hijos ingratos en que incurre la inmensa mayoría del linaje humano, que se olvida de Dios en la felicidad y sólo le recuerda en el llanto, porque cuadra más a su condición egoísta pedir remedios que agradecer bondades. ¡Harto lo conocía ella entonces y harto lo estaba expiando!...
Vinieron luego las pequeñas infidelidades y los pequeños desencantos, sufridos sin reproche, perdonados sin restricción, que no lograron derribar el ídolo de aquella alma enamorada, manso río sin borrascas, arpa eolia en que hasta los mugidos del huracán se transformaban en suspiros... Después vinieron las grandes ofensas, y a poco los terribles descubrimientos de vicios enormes, que brotaban como setas monstruosas bajo el aspecto de seductor de aquel esposo adorado; de inclinaciones depravadas, pasiones indómitas, costumbres disolutas e innumerables defectos, que nacían y vivían en su alma como en la carne podrida los gusanos asquerosos.
El ídolo hízose monstruoso, y la infeliz mujer quiso arrojarlo de su corazón indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que deshonra; mas el alma íbasele detrás, llena de angustias y de vergüenza, porque el ídolo seguía en pie, siempre reinando en ella, y no por ser monstruoso dejaba de ser ídolo.
Llegó al fin la ruina, y tras la ruina vino luego el abandono, los largos días solitarios, esperando en vano una carta mil veces contestada antes de ser escrita, aguardando siempre la demanda de un perdón ya de antemano concedido, acostándose con la agonía de despertar... de despertar al día siguiente para hallarse de nuevo sola, ¡sola!, en la arena del combate y del dolor, preguntándose a sí misma como el infortunado Delfín de Francia a su madre María Antonieta: ¿Hoy es todavía ayer?... ¡Y el ayer era siempre hoy, el ídolo era ídolo siempre!...
Y en aquel momento, al revolver aquella carta, después de tantos años, aquel turbio oleaje de penas abrumadoras, punzantes desdenes, ofensas terribles, negras ingratitudes, lágrimas solitarias y despreciados sacrificios, veía la infeliz levantarse en su corazón el amor a su marido, vivo siempre, fuerte, avasallador, resistiendo al olvido, al desdén, al insulto, al tiempo mismo y a la ausencia misma, viviendo sin esperanzas que le mantuvieran y le dieran savia, y por eso, inmortal como el alma.
La pobre mujer tuvo miedo de sí misma, y un llanto amarguísimo brotó de su corazón a raudales. Acordóse de su hijo, cuyo ángel de la guarda era ella, encargada de defender sus intereses y su educación contra su padre mismo, y temió que aquel amor apasionado fuera en su corazón el punto flaco que la llevara a pactar con el enemigo, la planta viciosa que arrebata a cuantas la rodean los jugos de la tierra, apropiándose ella sola la savia que vivifica y da frescura y lozanía.