Pequeñeces

Chapter 10

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Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos, presintiendo, al oír los gritos de su madre, después de la entrada del cura, alguna espantosa catástrofe. Este le tomó la carta, y comprendió por la fecha que la había escrito el desdichado algunas horas antes de su muerte.

--Por desgracia, mis noticias son posteriores--dijo--. Después de escrito esto, le atacó una apoplejía fulminante, y está muy grave... muy grave.

--¡Jesús del alma!... ¡Virgen de Regla!--exclamó la madre; y clavando su mano en el brazo del cura e hincándole los ojos en la cara, le preguntó con los labios blancos:

--¿Y se ha confesado?... ¿Sabe usted si se ha confesado?

El cura no respondió, y ella volvió a repetir la pregunta, sacudiéndole el brazo.

--¡Su alma, señor cura, su alma sobre todo!--exclamaba con angustia que hubiera roto un corazón de piedra.

Preciso fue decirle que nada se sabía de aquello, y ella dominó de repente su dolor, poniéndose a dar órdenes para marchar a Madrid aquel mismo día, en aquel mismo momento; órdenes secas, lacónicas, terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de coche para llegar a la primera estación de la vía férrea. Enrique vendría con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corrió al parador a encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito, el chiquitín, comenzó a llorar; su madre le besó en la frente.

--No llores--le dijo.

Ella no derramaba una lágrima: asustado el cura, quería detenerla.

--Pero si no alcanza usted el tren--le decía.

--Se pone un especial.

--Eso cuesta muy caro.

--Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide limosna.

--Pero, señora, espere usted...

--¿Y su alma, señor cura, y su alma?--gritaba ella con _los ojos_ muy abiertos--. ¿Acaso esperará la muerte?... ¡Y estará allí solo..., solo, el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la tierra!...

Volvió Perico demudado, temblándole las manitas, queriendo sonreír y no pudiendo... La voz le faltaba: no había llegado al parador. ¿A qué correr tras la desdicha, si salía al encuentro la esperanza?... En el camino habíale dicho Martín Romero que él tenía noticias que Juanito estaba mejor, casi bien del todo...

--¿Lo ve usted?... ¿Lo ve usted?--gritó la madre triunfante.

Y tuvo una explosión de alegría formidable, rompiendo a reír violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin lágrimas.

El cura se apresuró a desmentir aquella falsa nueva, hija de una compasión estúpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo había muerto... Pero el cura se detuvo allí espantado y no tuvo valor para decirle cómo ni cuándo.

Ella recibió el golpe encogiéndose, retrocediendo, oscilando, dejándose caer en una silla, sin voz, sin pulso, sin alientos, sin lágrimas, meneando la cabeza y agitando los labios como una idiota, llevándose ambas manos al corazón, donde sentía algo que se le moría de pronto, cierta cosa helada y terrible como debe de ser la muerte...

El cura lloraba como un niño y procuraba consolarla: ella le escuchaba con los ojos fijos y enjutos, como se escucha un viento que brama, sin comprender lo que dicen sus mugidos que aterran, pero sabiendo bien que traen consigo el rayo y la tormenta. Sus hijos se arrojaron en sus brazos llorando, y al contacto de aquellas tres cabezas despertó su corazón de madre, desgarrándole el pecho un sollozo inmenso, y encontrando al fin su dolor una salida, un alivio, un consuelo: ¡las lágrimas!...

Todo el mundo en el pueblo respetó aquella pena sin medida, y nadie tuvo valor para referirle los horribles detalles de la muerte de su hijo. Mas a los tres días llegó la carta de Currita, y allí los encontró todos juntos la mísera anciana.

Su instinto de madre le hizo adivinar cuanto allí había, y sin proferir una queja ni desplegar los labios lívidos por el dolor y la ira, hizo pedazos los resguardos del Banco, los metió en un sobre con la carta que los acompañaba y lo devolvió todo a la condesa sin añadir una sola letra.

Quedóse esta estupefacta al recibir aquella extraña respuesta, y se encogió de hombros murmurando:

--Será alguna vieja rara... ¡Vaya usted a ver: una cosa hecha con tanta delicadeza!

Y quedóse luego muy pensativa, porque no sabía qué hacerse con aquellos 15.000 duros que había pretendido regalar a su legítima dueña. Sus escrúpulos de _Zapirón_ se resistían a embolsárselos del todo, y el recto tribunal de su conciencia le aconsejó entonces emplearlos en alguna obra benéfica. Ocurriósele dar un gran baile, una fiesta ruidosísima y brillante, a beneficio de los niños de la Inclusa, pero la estación estaba ya muy adelantada; todo el mundo había creído asfixiarse pocas noches antes en el baile de Butrón, y ella debía también emprender al fin de semana su viaje a Bélgica. Entonces tuvo una idea felicísima: hacer con aquel dinero un espléndido donativo al papa Pío IX, cuando fuera a visitarlo a Roma, a principios de otoño. Entusiasmóle por completo este pensamiento, que acallaba sus escrúpulos y satisfacía su vanidad, imaginándose ver ya en todos los periódicos de Europa pomposos elogios tributados a la piadosa munificencia de la excelentísima señora condesa de Albornoz.

Aquella noche llegó María Valdivieso muy animada, cerca ya de las nueve... Era preciso, indispensable y urgentísimo que Currita se viniese con ella al Circo del Príncipe Alfonso... _Debutaba_ Miss Jesup, una _diva_ monísima hija de un general yanqui. Había venido recomendada a Pepa Alcocer y a otras varias de la Grandeza; Paco Vélez se lo había dicho.

--El lunes pasado, justamente el día que murió Velarde, cantó en casa de Alcocer el rondó final de _Cereréntola_... ¡Chica! En mi vida he oído cosa igual: va a tener un succés asombroso... Conque vístete y vámonos, que no quiero perder el aria final del primer acto... ¡Chica! ¡Qué gran verdad aquella!... Yo me la apropio.

Y se puso a cantar con malísima voz y detestable oído el

Sempre libera deggio Transvolar di gioia in gioia

de la _Traviata_, ópera a la sazón muy en boga y escogida por Miss Jesup para presentarse por primera vez en la escena madrileña.

--¡Ay, no, no!--dijo Currita muy displicente--. No tengo ganas de ópera.

--Pero, mujer... ¿Te vas a enterrar en vida?... Tres días hace que no sales.

--Y además, ya tú ves, de luto...

--¡Pero si llevas ya cinco días!... ¿A cuándo aguardas para dejarlo?... No me lo hubiera yo puesto diez minutos por Juanito Velarde, porque por más que tú digas, era muy soso, hija, muy sosito.

--Entonces, me pondré esta noche medio luto... Justamente tengo un vestido sin estrenar, blanco y negro; es bonito, pero no creo que pueda servir para otra cosa.

--Pues aprovecha la ocasión, tonta... Pero anda lista, que es muy tarde.

Y ella misma se levantó para tirar de la campanilla y dar a Kate las órdenes necesarias.

Currita se vistió en breve tiempo, y mientras tanto dábale conversación la Valdivieso, ponderándole la voz y la hermosura de Miss Jesup y lo bien que había estado Stagno la noche anterior en _Un ballo in maschera_, sobre todo en el aria final, cuando lo asesinaban. Paco Vélez se lo había dicho.

--Oye, y a propósito de muertos... ¿Te contestó ya la madre de Velarde?

--Justamente hoy he tenido carta... Por cierto que debe de ser una vieja rara...

Kate se permitió interrumpir a las dos primas, preguntando si la señora condesa llevaría guantes blancos o negros.

--¿Qué te parece, María?

--Los blancos irán bien...

--Me parece que caerán mejor los negros.

--Traiga usted un par de cada color y lo veremos.

--Pues sí; debe de ser una vieja rara... Figúrate que se niega a recibir la pensión.

--¡Jesús, mujer, qué rareza!

--Lo que oyes... Me escribe una carta muy agradecida, muy altisonante, con su poquito de deberes morales y de Providencia divina, y concluye diciendo que nada necesita y que todo le sobra.

--Pues mejor para ti... Eso más te encuentras.

--Sí, pero ya tú ves; yo tenía hecho ya por el pobre Juanito ese sacrificio, y no porque la doctora de su madre se niegue me voy a volver atrás... Por eso he pensado, cuando vaya a Roma por octubre, hacer el donativo de esos 15.000 duros al Padre Santo, para que le conceda indulgencias...

María Valdivieso se quedó muy edificada, y las dos primas salieron, cogiendo Currita, distraída con la conversación, un guante blanco y otro negro. Echó de ver su error al ir a ponérselos, ya cerca del teatro, y quiso volver a su casa para cambiarlos. Mas la Valdivieso, riendo como una loca, le dijo:

--Pero, mujer, no seas tonta, póntelos... Lo tomarán por una originalidad, y mañana tienes ya la moda en planta.

--¡Pues es verdad!--exclamó encantada Currita.

Y así sucedió en efecto: a todos pareció muy chic aquel nuevo capricho, y a la noche siguiente se veían por todas partes en el teatro trajes de dos colores diversos con guantes de dos colores distintos.

El _debut_ de Miss Jesup alcanzó una ovación ruidosísima, y sólo hubo que lamentar un chistoso ridículo. Al final del último acto, cuando la heroína acabada de expirar en la escena, y Alfredo, su padre y el doctor entonaban el último terceto, una racha de viento colado pilló descuidada a la _diva_ y le arrancó, después de difunta, un estrepitoso estornudo.

Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en Madrid que de la ovación de la Jesup, de su importuno estornudo y de los guantes de Currita; nadie se acordaba ya del nombramiento de camarera, ni de la muerte de Velarde, ni del registro de la policía.

Currita respiró ya tranquila, viendo cortada por completo, gracias a sus manejos, la larga cola que había profetizado Butrón a su nombramiento de camarera; su consecuencia política quedaba fuera de toda duda, produciendo, entre otros resultados, tres _pequeñeces_ diversas:

Una madre desolada.

Un alma en el infierno.

Y la moda de los guantes distintos.

Mientras tanto, Villamelón preparaba con grande afán las fotografías de donde habían de sacarse los grabados para la _Revista Ilustrada_; todo lo demás habíalo echado en el cajón de las _cuestiones bizantinas_.

Fin del libro primero

Libro II

--I--

El tren expreso de Marsella a París traía cuatro horas de retraso, por haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles. Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apeándose en la _gare de Lyon_, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos treinta años saltó el primero de un _sleeping-car_, y atravesando el andén antes que la multitud lo invadiese, llegó al carrefour con ese aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero práctico en añagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.

Hizo una señal al primero de los muchos coches de alquiler que en ordenada fila esperaban, y el cochero acudió presuroso, midiendo antes con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traía este por todo equipaje una de esas _fundas_ inglesas arrolladas en correas, que encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo necesario a cualquier _touriste_ inglés que se dispone a dar la vuelta al mundo.

El cochero pareció quedar satisfecho de su examen: entre las ricas pieles que forraban el abrigo del viajero, había descubierto su vista perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de su americana. ¡_Il était decoré_!...

Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés muy bien acentuado:

--_Grand Hôtel_... _Boulevard des Capucins_...

El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración, curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una, dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.

Arrellanóse en los almohadones de raído paño azul del coche y sin conceder siquiera una mirada al primer aliento de París, que comenzaba ya a ensordecer y atronar sus oídos, arrancando de la gran plaza irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez calles, púsose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a izquierda.

Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha había varias cartas abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeño atadito de billetes de Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real sobre lacre rojo. En el sobre decía:

A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE AOSTA, REY DE ESPAÑA.

El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad contenida, y aun llegó a mirar al trasluz con el intento de distinguir algo de lo interiormente escrito a través del sobre. La satinada superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano más acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan orgullosamente italiana sin duda, que anteponía el triste ducado de Aosta a la Corona real de España.

El coche había cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando París a los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro, el vicio y la locura de los cuatro ángulos de la tierra. Allí la calle se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal, formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto puede dar de sí la industria humana para transformar lo superfluo en necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.

El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud inmensa, cuyo rasgo característico es el de ofrecer siempre el aspecto del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del trabajo, había acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y puéstose a ajustar en ella enmarañadas cuentas. Al frente de una hoja escribió _esperanzas_ y al frente de la otra _realidades_, y así, debajo de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al parecer poseía, comenzó a amontonar guarismos que formaban números y estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se confundían en caos aritmético, y vinieron a producir al cabo en la columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preñada de misterios: _Doscientos mil duros y una cartera_. En la hoja de las realidades, el resultado no necesitaba interpretación alguna; decía simplemente: _Cero_.

Y como si todavía hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia de realidades algún error ilusorio, el viajero, rascándose a veces un momento con el extremo del lápiz la ancha y hermosa frente, prosiguió trazando guarismos y haciendo cálculos, hasta tirar otra raya horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por debajo de la cual apareció esta vez algo menos que cero, una cantidad negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la única realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:

_¡¡150.000 duros al 15 por 100!!..._

El viajero quedóse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y apretando el lápiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta, apartó al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista más admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de París.

El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la sangre de María Antonieta y Luis XVI; al frente se extendía la calle Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena, descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a la espalda, el palacio Borbón, asomando por detrás del puente de la Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida de los Campos Elíseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la Estrella; a la derecha, del lado de acá del río y entre los frondosos jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tullerías: algunos muros calcinados por el incendio, un tremendo desengaño histórico, una imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza, levantándose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de otras edades, el decano de París, el obelisco Lucsor, el amigo de los faraones, el testigo de las épocas fabulosas que cuenta por meses las centurias y se ríe, acordándose de sus momias egipcias, de aquel hormiguero humano que a sus pies se agita, haciéndole repetir lo que puso años antes un poeta en su lengua de granito:

_Oh! dans cent ans, quels laids squelettes_ _Fera ce peuple impie et fou,_ _Qui se couche sans bandelettes_ _Dans des cercueils qui ferme un clou!_

El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido. Tan sólo al salir de la calle Real asomó curiosamente la cabeza, y sus ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del _Petit-Club_, más familiarmente _Baby_, que domina toda la Plaza de la Concordia y es punto de reunión y observatorio predilecto de la _haute gomme_ parisiense.

El día estaba magnífico, y bajo un pabellón de dril, listado de blanco y rojo, veíanse algunos socios del club fumando y conversando; en la balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jóvenes echados de bruces veían desfilar los carruajes que por la calle _de Boissy d'Anglas_ se dirigían al Bosque. El viajero experimentó al ver el pabellón del Círculo cierto impulso de alegría, y por un movimiento espontáneo, que tenía mucho de pueril, quitóse el sombrero como para saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como si a su sombra hubiera de encontrar _lo menos... 150.000 duros al 15 por 100_, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.

Sin duda, sabía muy bien que en el _Petit-Club_, en el inocente _Baby_, se jugaba gordo.

Al descubrirse el viajero, quedó por completo a la vista su fisonomía, presentando un extraño prodigio... Hubiérase dicho que lord Byron en persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabellón del _Baby_ cual si fuera la bandera de Inglaterra.

Tenía aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto siempre a enderezarse con la altanera inflexión del desdén. Formaba su rostro el mismo óvalo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos pardos hermosísimos, el cabello castaño, encrespado en artísticos remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilísima, que parecía hecha expresamente para ceñir los laureles de una corona. Crispaba sus labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de Byron, como si por allí se deslizaran todavía aquellas abrumadoras palabras de su _último lamento_:

¡Por todas partes, implacable y frío, Fue detrás de mis pasos el hastío!...

Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo semejante al poeta gran señor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba tampoco en su frente el rayo de genio que inspiró _Childe Harold_. Si por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, había vuelto sin dudas al mundo dejándose en Nottingham su genio y su cojera, y trayéndose tan sólo la hermosura de sus veinticinco años y los vicios de toda su vida. Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.

Todo en él era, sin embargo, elegante y aristocrático, y desde las correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que había ajustado sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese señoril lujo de nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir siempre en medio de la opulencia.

Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi, cursísimo, que sólo pudiera concebirse en algún peluquero afamado o en algún cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en que cualquier cintajo honorífico aseguraba el respeto y las consideraciones debidas a un personaje. Era una precaución prudentísima, una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil impertinencias para todos molestas y para él tal vez peligrosas.

El coche se detuvo al fin en el _Boulevard des Capucines_, ante el vasto pórtico del _Grand Hôtel_. El nuevo lord Byron pagó con esplendidez al cochero y subió ligeramente las gradas, topándose en la misma puerta con un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se dirigía a la calle arrastrando los pies.

Volvióse el viajero rápidamente al verle, como para evitar su encuentro, y entróse en el _bureau de réception_ para entregar su tarjeta. Mas el viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le gritó en castellano:

--¡Jacobo! ¡Polaina! ¿Me huyes?... Señal de que traes dinero.

--¡Diógenes!... ¿Tú aquí?--exclamó Jacobo, volviéndose muy sorprendido y alborozado y estrechándole ambas manos con gran cariño.

Mas Diógenes, sacudiendo la gran cabeza y dándole palmadas en la espalda, dijo sentenciosamente:

El hombre que nace pobre Con el frío es comparado: Todos le huyen el cuerpo, No les suelte un resfriado.

--¡Falso, falsísimo!--gritó Jacobo riendo--. Ni tú has nacido pobre, ni...

--No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.

--Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: _similia similibus curantur_.

--¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.

Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo equipaje, diciendo como Simónides:

--_Omnes divitiae sunt mecum!_

--¡Honrado plenipotenciario!--exclamó Diógenes--. Quien no te conozca que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De dónde vienes ahora?

--De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?

--Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil francos se llevó de un golpe.

--¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te habías cortado la coleta.

--Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás una vuelta por el _Petit-Club_; se juega gordo... Anoche ese guacamayo de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.

--¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.

--¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?

--A Madrid.

--¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...

--¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...

--¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo: «Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...