Peñas arriba

Chapter 22

Chapter 224,110 wordsPublic domain

Don Sabas miró entonces a Neluco con ojos de alarma; Neluco al Cura; Chisco y Pito Salces a los dos; y todos se miraron unos a otros, y todos se detuvieron de repente como si obedecieran al impulso de un mismo resorte. _Canelo_ y sus congéneres se detuvieron también y se arrimaron al grupo, mirando a todas las caras y exhalando entrecortados aullidos quejumbrosos.

--Aquello--dijo Sabas apuntando a la tromba--, ha de pasar por aquí sin tardar mucho... ¡Y en qué sitio nos coge!

Estaban a la sazón en el centro de una altura, casi una meseta, desamparada por todas partes y dominada hacia la izquierda por un picacho, entre el cual y la sierra se abría la boca de una barranca profundísima. Cerca de la barranca y en el lado de la sierra, había un robledal bastante espeso y de recios troncos. Escaso refugio era aquél y peligroso en sumo grado para defenderse de un enemigo tan formidable como el que se les iba encima a paso de gigante; pero como no tenían otro mejor a sus alcances, a él acudieron sin tardanza. Eligió cada cual su tronco, en la seguridad de que lo mismo podía servirle de amparo que de verdugo; y allí se estuvieron, encomendándose a Dios y respondiendo a las preces que en voz resonante le dirigía don Sabas, pidiéndole por la vida de todos, aunque fuera al precio de la suya propia.

Lo tan temido y esperado no tardó en llegar, negro, espeso, rugiente, furibundo, como si toda la mar con sus olas embravecidas, y sus huracanes y sus bramidos, y su empuje irresistible, hubiera salido de su álveo incomensurable para pasar por allí. Temblaron hasta los más valientes (y lo eran mucho todos los de aquella denodada legión), y ninguno de ellos supo darse cuenta cabal del principio ni del fin del paso de aquel tan rápido como espantoso huracán. ¡Y que solamente les había alcanzado uno de los jirones de la tromba, desgarrada en su primer choque contra las moles de la cordillera!

Hubo en el robledal ramas desgajadas y troncos removidos, y apareció desfigurado el suelo, barrido de nieve donde antes hubo mucha, y enormes cúmulos de ella donde había escaseado más. Esto fue lo primero que se metió por los ojos de los infelices, tan pronto como los abrieron para buscarse con la vista unos a otros. Nadie estaba en el sitio que había ocupado antes de la tormenta, y Pepazos yacía sepultado de medio abajo en una pila de nieve, fuera del robledal y a muy pocos pasos de la barranca... ¡Pero faltaba uno! ¡faltaba Chisco! y no respondía a las voces con que se le llamaba, ni se le veía por ninguna parte... ¿Dónde buscarle? ¿Qué sitio había ocupado en el robledal? ¿Quién estuvo cerca de él? ¿Quién le había visto al reventar la cellerisca negra?

En aquel mismo instante sacó Pepazos sus zancas de la nieve y rompió a hablar. Él se había salido del robledal por creerse más seguro afuera al sentir en la cara los primeros latigazos de «la nube». Observólo Chisco, que estaba a su lado, y le llamó para que se volviera al robledal antes con antes, si no quería salir volando por encima de la barranca o caer en ella sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y Chisco que sí, échase sobre el otro para meterle adentro por buenas o por malas; revienta en esto la cellerisca, y no volvió Pepazos a oír ni a ver ni a sentir cosa alguna de este mundo hasta lo que estaba viendo y oyendo a la presente.

Pito Salces, que no quitaba ojo a Pepazos ni perdía una sola palabra de las que iba diciendo el mozallón, en cuanto éste cesó de hablar se plantó de un saltó en la orilla de la barranca, y allí se puso a husmear, con la avidez de un perro de buena nariz, en todas direcciones y hasta en las negras profundidades del abismo. El dolor, la consternación de aquellas generosas y honradas gentes, no son para pintados. Se corría de acá para allá; olfateaba desesperadamente _Canelo_ (a los otros dos canes los había barrido el huracán); se llamaba a Chisco en todos los imaginables tonos de la angustia humana, y se removían los montones de nieve con la pala, con la azada, con los pies, con las uñas... ¡y nada!

En esto se oye un grito de Pito Salces, y estas palabras que volvieron la vida a todos:

--¡Aquí está, puches! o yo no tengo ojos en la cara.

Hallábase el bueno de Pito esparrancado en el borde mismo de la quebrada y mirando ansiosamente hacia abajo. Allí, en el estrecho lomo de la única peña que avanzaba sobre el abismo y se arraigaba en la orilla, a cosa de treinta pies más abajo de donde afirmaban los suyos para mirar Pito y los que habían acudido a su llamada, se veía un cuerpo humano medio cubierto por la nieve. Indudablemente era el de Chisco, por las señales de su vestido y de su tamaño; pero ¿quedaría algo de vida en aquel ser que parecía inanimado? Pito sostenía que sí, porque se atrevía a jurar que había pescado cierta «movición» de brazo en él. De todas maneras, había que sacarle de allí. ¿Cómo? ¿Por dónde? Y aquí las ansias y la desesperación, porque el socorro era dificultoso y el tiempo apremiaba inexorable. El corte de la montaña por aquel lado era casi vertical, a pico sobre el barranco, y sólo había un ligero tramo, de talud muy enlomado, precisamente a plomo de la peña con la cual se unía por su base. Entre la peña y la base del talud había un espacio de algunas varas. En aquel espacio, muy arrimado a la peña y con bien marcada inclinación hacia el abismo, estaba lo que se parecía a Chisco boca abajo e inmóvil; parecer que confirmaba _Canelo_ desde arriba latiendo desaforadamente y buscando una senda por donde lanzarse en ayuda de su dueño. Por razones de suma prudencia, mandó Neluco que se sujetara al perro en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que se hallaban don Sabas, Pito Salces y él, discurriendo sobre el problema de la bajada. Ésta no era imposible, ni mucho menos, para aquellos arriesgados y duchos montañeses con los recursos auxiliares que tenían a su disposición; pero en aquellos instantes ofrecía un peligro tremendo, no para el que bajara, sino para el que se hallaba abajo ya, indefenso e inerte. El talud estaba cubierto, hasta la arista de arriba, de una capa de nieve que no mediría menos de vara y media de espesor, y debía de medir mucho más tal vez el doble, la que había en la explanada de abajo, en uno de cuyos lados yacía Chisco sin dar señales de vida, por más que siguiera jurando Chorcos que sí las daba. Remover la nieve de arriba, siquiera fuese ligeramente (y de aquí la precaución de Neluco tomada con _Canelo_), equivalía a producir un corrimiento de ella, que, ganando peso y velocidad de palmo en palmo, llegaría a la peña como un alud de bastante empuje para arrastrar a Chisco a los profundos de la barranca. Esto, que estaba en la mente de todos, era lo que los tenía febriles y consternados. Todos estaban dispuestos a bajar, pero a nadie le era permitido. Pito Salces, que no cabía dentro de sí mismo y andaba leguas por segundo en los tres palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio de pronto un puñetazo en la frente. ¡Puches! ya tenía la idea.

--¿Están las cuerdas listas?--preguntó.

Respondiéronle que sí.

--¿Alcanzará ca una de eyas hasta abaju?

Se le respondió que con sobras de otro tanto. Pidió luego una pala. Examinó la cuerda, midiéndola braza a braza; la dejó después enroscada en el suelo cerca del borde del barranco; puso la pala sobre la rosca, y volvió a asomarse al precipicio. Enseguida preguntó a los más cercanos de los que le miraban a él silenciosos y llenos de curiosidad:

--¿Habrá siquiera, siquiera, dos varas de nieve en la yanauca de ayá baju?

--Y más que más--se le respondió.

Quitóse los barajones en un periquete; los arrojó a un lado, enderezóse y dijo:

--Los rayos, ¡puches!, son pa cuando truena, y las oraciones, señor don Sabas, pa cuando se nesecitan como ahora mesmu.

Besó la mano al Cura; arrimóse otra vez a la orilla de la barranca; dijo a los que le contemplaban atónitos, por ignorar los planes que le movían a hacer aquellas cosas tan raras, que tuvieran listas la pala y la cuerda para cuando las pidiera él; miró un instante hacia abajo, santiguóse rápidamente, invocó a «Jesús crucificado...» ¡y allá va eso! Se lanzó al abismo entre el asombro y el espanto de todos. Hay que advertir que desde que se notó la falta de Chisco hasta aquella sublime barbaridad, no pasaron diez minutos. ¡Tan de prisa se andaba, se discurría y se obraba allí!

Los que vieron caer a Pito Salces (que fueron todos los que de la caravana quedaban arriba, _Canelo_ inclusive) derecho, rígido como un huso, y haciendo de los brazos alas y balancín para gobernarse en los aires, no lograron averiguar cuál fue primero, si el hundirse en la nieve hasta la cruz de los calzones, o el echar las dos manos sobre el cuerpo inmóvil de su amigo, haciendo presa en él. Enseguida tiró del cuerpo con todas sus fuerzas, logró arrastrarle a su terreno y le dejó sobre la nieve en lugar más seguro y boca arriba. Todos conocieron a Chisco en cuanto le vieron así; pero ¡horror de los horrores! en el sitio en que había estado apoyada su cabeza quedaba un manchón de sangre que se distinguía perfectamente sobre la blancura deslumbradora de la nieve. Casi al mismo tiempo que se hacía este triste descubrimiento, gritaba Pito desde abajo volviendo la mirada hacia los de arriba:

--¡Hay hombre, puches, y hasta con su resueyu correspondienti!

--¡Arriba con él sin tardanza!--gritó Neluco entonces desde lo alto.

--¡Hay que barrer primero el camino!--contestó Chorcos desde abajo--. Échenme una pala antes con antes, porque ya tengo la idea, ¡puches!, y vaigan jiciendu por arriba lo que a mí me vean jacer por acá abaju... en cuanto yo avise.

Cayó la pala enseguida, perfectamente a plomo y en el sitio mismo que Chorcos señalaba con la mano; apoderóse de ella, y comenzó a expalar nieve a diestro y a siniestro, arrojándola por encima de los bordes de aquella aérea y minúscula península unida al continente de la montaña por un istmo que no tenía tres varas de anchura. En dos minutos quedó el istmo despejado y abierta una senda en el campizo que tapizaba por allí los raigones del peñasco, hasta el montón de nieve sobre el cual yacía Chisco. Enseguida se arrimó el intrépido muchacho a la base del talud, y allí, como si se hallara en el huerto de su casa, sin inquietarse lo más mínimo por la visión de los abismos horrendos que se abrían a media vara de cada uno de sus pies, púsose a expalar la nieve del talud, a un lado y a otro, mandando al propio tiempo que se hiciera arriba lo mismo, en cuanto alcanzaran las palas. Sin base ya la nieve del talud y removida por lo alto, empezó a escurrirse hasta el istmo, donde se partía en dos cascadas que desaparecían en el barranco. Despejado y limpio el talud en breves momentos y desembarazado, por consiguiente, de los peligros que se temían antes, echóse abajo la cuerda que pidió Chorcos; ató como debía y él sabía hacerlo, a su amigo por los sobacos, y tirando con tiento los de arriba y ayudando él con cariño desde abajo, quedó Chisco, que no podía hacer nada por sí, arrimado al talud.

--¡Arriba ahora con él!--voceó Pito Salces, y a pulsu, porque si no yeva un brazu cascau, ha de faltali pocu.

Llegó Chisco felizmente a lo alto, volvió a descender la cuerda, atóse con ella Chorcos, subiéronle; y sin detenerse nadie a ponderarle la hazaña, ni ocurrírsele a él que lo que acababa de hacer mereciera tal nombre, corrieron todos a rodear a Chisco, de quien ya se había apoderado el médico en el robledal, asistido de don Sabas principalmente. La herida de la cabeza resultó insignificante, y lo del brazo ni siquiera llegaba a dislocación del hombro. Lo peor era la sangre perdida que le debilitaba mucho, y lo que pudiera haber de conmoción cerebral, aunque era buen síntoma lo dócil que iba mostrándose todo el organismo a los remedios que Neluco le aplicaba. A los tres cuartos de hora se sentaba el enfermo por su propio esfuerzo y por su libre voluntad; otro cuarto de hora después, pedía minuciosas noticias de todo lo que le había pasado; a la hora y media, comía con gran apetito y bebía cuando le daban; y sin cumplirse las dos horas, ensayaba sus bríos de caminante pataleando sobre la nieve y rogando al Cura y a Neluco que se rompiera la marcha cuanto antes.

Caminando ya, decía don Sabas al médico:

--¡Y se dirá que ya no se hacen milagros! Haber en el paredón liso de la barranca una sola peña saliente; ir a dar Chisco a esa peña arrastrado por la cellerisca; tener la peña un colchón de más de dos varas de nieve, y envolverle a él la cellerisca en cobertores de más de otro tanto, para que la caída fuera blanda. ¿No son milagros éstos? Y, por último, ¿no es el mayor de todos la ocurrencia de Pito? Porque ¿de qué hubieran servido los otros sin esa barbaridad?

Como había que acomodarse al andar de Chisco, que no era su andar ordinario, la bajada a Tablanca duró bastante más de lo calculado a la salida de la «Cuevona» del «Pedregalón de Escajeras»; y como, así y todo, el mozón de Robacío no era de hierro, llegó a cansarse mucho y a no sentirse bien a medida que avanzaba la noche y el frío arreciaba.

Hubo temores de que no pudiera llegar a Tablanca por sus pies, y se buscaron atajos para llegar cuanto antes. Cómo llegaron, al fin, Neluco y el enfermo, ya lo habíamos visto nosotros. Se calentó la cama de Chisco, se le despojó de sus ropas húmedas, se le dieron unas fricciones de aguardiente; y en la cama seguía reposando al referir Neluco en la cocina estos sucesos que más de una vez empañaron los ojos de Facia, e hicieron estremecerse de pavor y de entusiasmo a su hija Tona, mientras a mi tío le temblaba la barbilla y le chispeaban los ojuelos clavados en los del narrador. En cuanto a mí, con admirar tanto como admiré la atrocidad heroica de Pito Salces, y con sentir tan hondamente como sentí el percance tremendo del pobre Chisco, aún me resultaba poco todo ello en comparación del cuadro de horrores que yo había estado forjándome en la cabeza durante el día y una buena parte de la noche.

Terminado el relato, con minuciosos comentarios de los oyentes, y reanimado ya Neluco con el calor de la lumbrona, diose una vuelta por la alcoba de Chisco; vio y vimos todos que dormía profundamente un sueño tranquilo y reparador sin señal de calentura; dionos instrucciones para lo que pudiera acontecer hasta que volviera él a la mañana siguiente; pidió el farol que ya le tenía Facia preparado; despidióse y se fue a su casa, donde estaría su ama de gobierno llorando por él y hasta encomendándole a Dios. Expliqué yo luego a mi tío, con la razón de estos sucesos, mi conducta de todo el día; pareció tranquilizarse con ello; nos arrimamos poco después a la perezosa; cené yo con un apetito como no había sentido otro en mi vida, y una hora después nos retirábamos a dormir.

¡A dormir!... ¡Buenas andaban para ello las horas de aquel día y de aquella noche memorables!

Habíame yo metido en la cama con la cabeza atiborrada de sucesos extraordinarios y el corazón henchido de impresiones; veía la tempestad rugiendo entre las montañas, desgajando peñascos y desarraigando troncos seculares, y a una docena de hombres, sencilla y naturalmente generosos, envueltos entre remolinos de nieve y de granizo, rodando por los suelos, como la hojarasca muerta de los árboles; veía a Chisco moribundo en el lomo de una roca, sobre el fondo negro de un abismo espantoso; veía las ansias desesperadas de sus compañeros de fatigas, que no hallaban la manera de sacarle de allí, y veía, por último, al noblote Pito Salces volando por los aires y jugándose la vida en aquel arranque brutalmente sublime, por el intento solo de salvar la de su amigo, que de seguro hubiera hecho una barbaridad idéntica por él; consideraba yo todo lo que representaban y valían a la luz del buen sentido estas cosas, y la simple acometida de la excursión a la montaña en un día como aquél, por puro y santo espíritu de caridad, como el hecho más natural y sencillo, sin la menor protesta, sin la más leve duda y sin idea siquiera de la más remota esperanza de lucro ni de aplauso; y, sin poderlo remediar, me acordaba de lo que había leído y oído tantas veces en mi mundo; del clamoreo resonante que solía moverse en tertulias, casinos y papeles, y de los honores y cintajos que se pedían y se otorgaban para premiar una «hazaña» que no valía dos cominos en buena venta; pensaba también en mi pobre tío, a quien las dudas primero, y después el conocimiento de la realidad con todos sus pormenores, habían afectado muy profundamente, y en que le había dejado yo a la puerta de su dormitorio mucho más abatido y macilento que de costumbre, más fatigoso y más perseguido por la tos; en fin, hasta pensé en lo que, en buena justicia, habrían ganado Chisco en la estimación de Tanasia, de quien no era digno un animalote como Pepazos, y Pito Salces en la de Tona, que no habría echado en saco roto las heroicas atrocidades del mozallón que tan de veras la quería.

Hasta bien pasada la media noche no empezaron los amagos del sueño a confundirme y amontonarme estos pensamientos y aquellas imágenes en la cabeza; y entonces fue, precisamente, cuando oí unos golpes dados en el suelo del cuarto de mi tío. Solía él llamar así con un palo que le ponían arrimado a la cabecera de la cama. Pero en los golpes de aquella noche había algo que los distinguía de los golpes de otras veces, oídos por mí sin alarma. Podía ser esto verdad, o producto de una alucinación mía; pero yo, en la duda, me atuve a lo primero y me levanté de un salto, encendí la bujía, me vestí en el aire y acudí a la llamada. Y resultó lo que yo me temía. Hallé al pobre señor incorporado en la cama, de color de lirio, con la mirada de angustia, la boca entreabierta, la respiración anhelosa y difícil, y un estertor en el pecho que parecía el de la muerte. Recitaba, sílaba a sílaba, salmos del _Miserere_... y yo no supe qué hacer ni qué decirle en los primeros momentos: me imponía aquel cuadro que nunca había visto, y sentía al mismo tiempo mucha compasión. Contando con ataques de aquella especie, había en casa varios medicamentos y nos había dado Neluco algunas instrucciones para combatir el apuro en los primeros instantes mientras se le avisaba a él; pero yo no acertaba a hacer ni a disponer cosa con cosa. ¡Tan aturdido me veía!

Llegaron a esto las dos criadas, que también habían oído los golpes, y, por ver a su amo desde la puerta, me dijo Facia al oído:

--¡Lo mesmu que la otra vez!

Volvióse Tona volando hacia la cocina a cumplir un mandato de su madre, y se quedó ésta conmigo en el cuarto del enfermo.

Éter, maniluvios, sinapismos... ¡qué sé yo cuántos recursos se pusieron en juego allí! A todo se prestaba el angustiado señor, menos a que se avisara a Neluco ni a don Sabas, porque después de la brega que habían tenido desde el alba, necesitaban el descanso tanto como él. ¡Y cuidado con que se enterara el pobre Chisco de lo que estaba pasando! porque era capaz de levantarse con riesgo de ponerse peor; y Chisco y el Cura y Neluco y yo y Facia y todos y cada uno de los que dormían o descansaban a aquellas horas o andaban sanos y buenos por la casa, hacían falta en el mundo; todos menos él, que viéndose en aquel trance se veía en lo suyo propio y en lo que era natural.

Todo esto nos lo iba diciendo poco a poco, mientras clavaba en nosotros su vista cristalizada y anhelosa y hundía sus manos cadavéricas en una palangana llena de agua muy caliente, aprovechando el alivio que iban produciéndole éste y otros remedios heroicos que le aplicábamos sin cesar.

--Además--nos dijo--, esto no es la muerte todavía; lo conozco yo bien; y si creyera otra cosa, ya estaría aquí el Cura por mi orden, por la cuenta que me tiene.

--¡Cascajo!... Pero es otro aviso de ella... vamos, el segundo toque; al tercero, la misa... y no miento, la misa de cuerpo presente; el cuerpo de tu tío, Marcelo, de tu amo, Facia, que ya está de sobra en esta casa y en el mundo... ¡Bendita sea la voluntad de Dios por siempre jamás, amén!

Después se puso a rezar por lo bajo; y a medida que se le calmaban las angustias iba cerrando los ojos, hasta que acabó por quedarse dormido; y así dormitando y despertando a cada instante, pasó mucho tiempo. Hacia la madrugada desapareció por completo el ataque, y durmió el enfermo tranquilamente y de un tirón, cerca de dos horas. ¡Pero qué ganas había tenido yo durante la noche de avisar a Neluco, y qué ansiedad la mía por que amaneciera!

Cuando amaneció, al fin, tiritaba yo de frío... y de tristeza, sentado a la cabecera de la cama de mi tío, después de haber visto desde la solana de mi cuarto que no se presentaba el nuevo día más risueño que el anterior, y de enviar recado a Neluco para que anticipara la visita cuanto le fuera posible.

XXIII

En cuanto mi tío se halló libre del ataque al despertar del sueño, relativamente tranquilo, que yo le había velado desde el amanecer, y vio el cuarto alumbrado por la luz del día, aunque parda y melancólica, olvidóse de las mortales angustias que había sufrido pocas horas antes, y no tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de la cama para hacer la vida de costumbre. Dios y ayuda nos costó reducirle a que siquiera nos escuchara las razones que teníamos para oponernos a su irreflexivo y peligroso empeño. Neluco, que ya se hallaba presente y bien enterado de todo lo ocurrido durante la noche, tuvo que enfadarse de veras y hasta faltarle un poquillo al respeto. Si no por las buenas, por las malas tendría que quedarse aquel día en la cama, y el siguiente, y el otro, y todo el tiempo que durase el temporal de nieve. Había que evitar a todo trance los enfriamientos... Después, ya se vería. A lo cual respondió don Celso, echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los puños de coraje:

--¡Para ti estaba! ¡para ti y para todos los de tu arrastrado oficio, mediquín trapacero del cascajo! ¿Por quién me tomas? ¿De qué madera te has pensado que soy yo? Me levantaré... o no me levantaré, conforme y según me vea de agallas; pero no porque se le antoje así o asao a ningún enterrador de vivos... porque enterrar en vida es ¡cuartajo! tener en la cama días y días a un hombre como yo, sin calentura ni dolores.

Al cabo se entregó, más que por convencimiento, por falta de fuerzas para salirse con la suya; pero volvió la cara hacia la pared refunfuñando protestas e improperios como un chiquillo contrariado.

Despachado este asunto y mientras íbamos a ver a Chisco, decía yo al médico que acaso tuviera razón mi tío en su porfía con nosotros. ¡Era tan extraordinaria su naturaleza!

--No hay naturaleza que valga--me respondió Neluco--, a cierta edad de la vida y con determinadas enfermedades.

--Pero ¿tan grave es ésta que padece mi tío?--le pregunté.

--Ya le he respondido a usted en otra ocasión a esa pregunta.

--Efectivamente.