Peñas arriba

Chapter 15

Chapter 153,826 wordsPublic domain

En cierta ocasión se le ocurrió a un convecino suyo, que ya no era mozo, ir a mirar un poco por el ganado que tenía en el invernal, distante de Provedaño una jornada de medio día, a un buen andar por los altos montes, cara al Este. El día era de diciembre. Estaba el cielo gris; afeitaba el cierzo de puro frío, y aquella misma noche cayó una nevada de dos palmos. Nevando desde el amanecer y helando desde que anochecía, pasó más de media semana, y no volvía a Provedaño el hombre que había ido al invernal, ni se conocía su paradero. Entérase del suceso el señor de la torre, que no había salido de casa en ese mismo tiempo por no hacer falta fuera de ella; lánzase de un brinco al corral; toma el camino del pueblo, volando, más que pisando, sobre la espesa capa de nieve que le tapiza y emblanquece, como al lugar como al valle entero y como a todos los montes circunvecinos; llega, golpea con su garrote las puertas, cerradas por miedo a la glacial intemperie; ábrense al fin una a una; pregunta, indaga, averigua, estremécese, indígnase, amonesta, increpa, amenaza donde no halla las voluntades a su gusto; y, por último, endereza a garrotazos las más torcidas, hasta conseguir lo que va buscando: media docena de hombres que le acompañen al invernal en que debe hallarse, bloqueado por la nieve, si no muerto de hambre o devorado por los lobos, su infeliz convecino, que, contando volver a la mañana siguiente, no había llevado otras provisiones de boca que un pan de cuatro libras; hace buen acopio de ellas; exhorta a los seis que le rodean poco resueltos; anímanse y se enardecen al cabo, porque son buenos y caritativos en el fondo; emprenden la marcha los siete monte arriba, monte arriba; y anda, anda, anda, cuando llegan a trasponer las cumbres de Palombera, sienten dolorido el pecho, como si el aire que aspiran llevara consigo millones de puntas aceradas, y una torpeza y un quebranto en las rodillas, cual si fueran losas de plomo los «barajones» que arrastran sus pies; confórtanse un poco con un trago de aguardiente que beben «a la riola»; y anda, anda sin cesar, a veces se ven envueltos en remolinos de nieve cernida, desmenuzada y sutil, que les impide hasta la respiración y que, por fortuna, pasan como una nubecilla más de las que se ciernen y vagan errabundas sobre la montaña; el mismo señor de la torre, de complexión de hierro y que camina siempre delante, nota que le va faltando su indomable fortaleza; que los miembros se le entumecen, que no puede modular una sílaba con sus labios contraídos por la frialdad, que están yertas, insensibles sus manos amoratadas; empieza a temer algo serio, y no por él, seguramente, y salta, brinca, se frota, se golpea, grita y aúlla como un salvaje... todo menos vacilar y detenerse, ni dejar un instante en reposo un músculo ni una fibra de su cuerpo; y luego canta y se chancea mientras anda, para alentar y dar ejemplo a los que van a sus órdenes y le siguen en el silencio absoluto, aterrador, de aquellas alturas solitarias e inclementes. Al fin quiere Dios que columbren el invernal, que les queden fuerzas bastantes para llegar a él, que lleguen vivos y que encuentren adentro lo que van buscando. El hombre está allí, pero a punto de morir de hambre y de frío y de desconsuelo. Mientras unos le confortan un poco con bebidas y con palabras, otros encienden una fogata que le vuelve el calor, que también les faltaba a todos. Tras de la bebida espirituosa, el señor de la torre va alimentando con prudencia al hambriento y aterido, que devora, más que come, cuanto le ponen delante de la boca. Ya hay hombre; pero alelado, taciturno y entristecido. Es preciso curar también aquella tristeza; y manda que le cuenten algo entretenido los que sepan cuentos o romances. Nadie de los seis sabe una palabra de esas cosas; pero el señor de Provedaño sabe de memoria libracos enteros, y enjareta en voz alta y resonante medio poema del _Mio Cid_. Como si callara. El hombre no chista, ni siquiera presta atención. Hay que hacer más, y manda que se cante al uso de la tierra; pero nadie está en voz para ello, y canta él a grito pelado tonadas del valle nativo, y hasta el «prefacio» de la misa del día del «Corpus», la más solemne y regorjeada del año. En esta prueba, ya mira el hombre al cantor y muestra algún deleite en oírle. Pues hay que echar el resto: ¡a bailar todo el mundo!... Y como nadie se mueve, baila él como un desesperado a lo alto y a lo bajo, y después la jota aragonesa, y, por último, un zapateado que arranca al entontecido una exclamación de asombro y una risotada de alegría, y al caballero, ya descuajaringado y jadeante, estas palabras que parecen, por el tono, una maldición: «¡acabaras, hijo de una cabra!»

Todos ya «en buen amor y compaña» descansan, se calientan, hablan, comen; se acaba el día, duermen, amanece el siguiente, claro, sereno y radiante de sol, y se vuelven los ocho a Provedaño por encima de la nieve congelada, como si nada hubiera sucedido. Todo esto, narrado por Neluco minuciosamente, tenía que oír.

Pasados el puerto y los desfiladeros inmediatos, y rezada en la ermita del otro lado de la vadera la _Salve_ de costumbre, logré ver a la luz del sol de media tarde, el resto del camino hasta Tablanca, por el que siempre había pasado de noche; el cual no me pareció tan profundo ni tan peligroso como yo le había imaginado entre tinieblas. Llegamos al fin, y después de saber a la puerta de mi casa, por Chisco, que no había novedad arriba, despedímonos el médico y yo «hasta luego», y continuó él andando hacia la suya.

XVI

No había que pensar ya en nuevas excursiones por la montaña: con la última se habían agotado mis fuerzas y colmado la medida de mi poco exigente curiosidad. El cuerpo y el alma me pedían reposo durante algunos días; y después... Pero ¿habría después cosa nueva en que distraer mis ocios interminables? ¿Volvería a encontrar interés en lo visto y gozado ya? Y en caso afirmativo, ¿me permitirían esos lujos los invernizos temporales que, por milagro de Dios, no se habían desencadenado aún sobre Tablanca y sus contornos? Por de pronto, la vida que había hecho durante aquellas dos semanas, muy corridas, de plácida y bien soleada temperatura, no había dejado de darme frutos muy dignos de estimación. Con mis correrías incesantes, si no logré hacerme a la tierra tan pronto y tan completamente como esperaba mi tío y lo deseaba yo, cuando menos mataba el tiempo de día y hallaba por la noche temas abundantes para amenizar un poco la tertulia de la cocinona y las conversaciones de la mesa de mi tío; comía con excelente apetito, y los condumios de la mujer gris y de su repolluda hija me sabían a gloria; sentíame animoso y fuerte, y me dormía como una marmota en cuanto tendía el cuerpo sobre la cama; descuidaba mucho la lectura de los periódicos que recibía de Madrid, y al escribir a mis amigos, ya no iban mis cartas empapadas en el tinte melancólico de los primeros días; íbame pareciendo más llevadera la visión incesante de los peñascos en mi derredor, y la miserable cortedad de los horizontes no me asfixiaba; en fin, que si no me había «hecho a todo», concebía ya la posibilidad de ello.

Dígalo, si no, el ejemplo de la tertulia: al principio me era insoportable; y cada tertuliano, nuevo para mí, que se presentaba en ella, me parecía más zafio y más insulso que los anteriores; no hallaba chiste en sus «humorismos» expresados en un lenguaje mutilado y convencional, ni motivo, por lo tanto, para algunas risotadas vergonzantes que hasta llegaban a incomodarme, como si me ofendieran; hastiábame la simplicidad de los asuntos que más les interesaban a ellos, y sin poderlo remediar acordábame del resobado lamento del poeta latino desterrado en el Ponto: el bárbaro parecía yo, que a nadie entendía ni de nadie era entendido allí. Intentaba buscar en mis libros y periódicos, en la soledad de mi habitación, el remedio contra estos aburrimientos de la cocina; pero el temor de que lo tradujera mi tío en señal de menosprecio de sus rudos tertulianos, me contenía. Viéndome forzado a alimentar el espíritu de todo ello, llegué poco a poco a paladearlo sin repugnancia, y muy pronto acabé por encontrarlo agradable a falta de cosa mejor. Lo mismo me había pasado con los condumios de Facia. Aprendí el valor castellano de los modismos locales con que se alimentaban y entretejían las conversaciones de la tertulia, y el roce obligado y continuo con ellas me dio el conocimiento que me faltaba de las materias «conversables». Y ya estaba hecho el milagro; porque sabido y de sentido común es que no hay cosa que nos interese mientras la desconozcamos; y como corolario de este axioma, que, por mínima que ella sea, nos resulta interesante en cuanto la conocemos. Valga el ejemplo de un amigo mío tocado de la pasión de hacer palillos de dientes, sólo porque domina el _arte_ con rara habilidad.

Ello fue que en la primera semana ya metía yo mi cuchara en las conversaciones y porfiaba en serio con aquellos rústicos sobre temas de su alcance que empezaba yo a penetrar; que iba distinguiendo los caracteres, las triquiñuelas y zunas de cada uno, y que me sentía muy halagado por los elogios de todos ellos a mis proezas de excursionista y de cazador. Mi tío se bañaba en agua rosada con estas cosas, porque las tomaba por señales de mi rápida aclimatación; y yo me complacía en ver con qué escaso esfuerzo de mi parte le proporcionaba uno de los pocos goces a que podía aspirar ya el pobre viejo. Después, mis visitas al pueblo, el caso de Facia relatado por Chisco, la adquisición de la amistad del médico y lo que con todo ello se fue enlazando naturalmente, dieron nuevo empuje a esta buena tendencia mía y me infundieron mayor apego a las cosas y vicisitudes de aquellas sencillas gentes. Veía con gusto aumentarse de día en día la tertulia y estudiaba la catadura y el carácter de cada tertuliano nuevo para mí, con el mismo interés que si se tratara de un recién llegado a los salones de «la» Medinaceli; y si, por ejemplo, me decía mi tío a la oreja cuando se presentaba uno en la cocina por primera vez en la temporada: «ése tiene la gracia de Dios para contar cuentos», sentíame tocado de igual curiosidad que si en una fiesta aristocrática me dijeran: «ése que acaba de llegar es el orador que ha derribado esta tarde en las Cortes al Gobierno» o «el autor del libro H del drama Z». Tenía razón Neluco cuando me afirmaba que el hombre de inteligencia cultivada lleva en sí propio los recursos necesarios para vivir a gusto en todas partes, con tal de que no trueque los cabos de la polea ni se empeñe en subir lo que está abajo, en lugar de bajar lo que está arriba, hasta conseguir el nivel de ideas apetecido para un fin determinado.

Lejos de corregir el juicio que había formado yo del temperamento de los tablanqueses al «verlos pasar», como quien dice, en el porche de la iglesia o en las callejas del pueblo, me afirmé más y más en él cuando los traté de cerca en la cocina de mi tío y logré estudiarlos en pleno ejercicio de todos sus componentes físicos e intelectuales; porque allí y sólo allí era donde exponían y ventilaban los asuntos más importantes de su vida, al calorcillo de las fogatas de la cocinona y bajo la presidencia de don Celso, que siempre daba en el clavo de lo mejor y más conveniente, lo mismo con una cuchufleta que con un dictamen formal. Eran, sin excepción de uno solo, parsimoniosos en extremo y de blanda condición; y en sus tiroteos de broma, a los que son muy aficionados, despilfarraban las metáforas, llenas de colorido local, griegas para mí al principio, y muy donosas después que supe traducirlas a mi lengua. Íbame pareciendo la de ellos, entre tanto, más dulce y cadenciosa de ritmo cuanto más la oía «sonar».

El cura don Sabas concurría muy a menudo y tan soso como la primera vez; pero a mí ya no me lo parecía después que le había visto tan «elocuente» sobre los riscos de la montaña: consagrábale por eso cierta veneración, independiente de la que le debía por su investidura y por sus virtudes, y se me antoja que no lo desconocía él ni le desagradaba. Como que se había jactado más de una vez delante de mí, de que con esas ataduras había de amarrarme él a la tierra de mis mayores, y para siempre jamás, «_per saecula saeculorum_»: así, hasta en latín, había recalcado la jactancia. Don Pedro Nolasco sólo dos o tres veces había vuelto a la tertulia; y eso «por ser yo quien era», porque se arreglaba ya muy mal, a los años que tenía, con las asperezas de los callejos en la oscuridad de la noche, aunque llevaba linterna. Neluco frecuentó más la cocina al principio que al fin de aquella temporada, y yo creo que lo hizo con el fin caritativo de abreviarme el periodo de «aclimatación», porque le notaba yo muy diligente en echar hacia mí los temas de las conversaciones, en traducirme las metáforas y en ayudar a mi tío en su incesante tarea de avivar fuegos de la tertulia aguijoneando a los concurrentes más activos.

Allí conocí al Topero, el padre de Tanasia, y a Pepazos, el novio preferido a Chisco por el Topero para su hija, al decir del Tarumbo, que también se descolgaba a menudo por la cocinona. El Topero era un hombre de mediana edad, cuadradote de espaldas y algo rojo de greñas, poco hablador y muy hábil en la labor que llevaba a la tertulia (era raro el tertuliano que iba sin ella): «pintar» abarcas con la punta de su navaja. Despachaba tres o cuatro pares cada noche, por lo que tenía buen repuesto de ellas en preparación en casa de mi tío, como le tenían otros de «cebillas», de «colodras» y hasta de «banillas» (tiras finas de avellano) para hacer «maconas» (cestos grandes), porque aquélla parecía, por esa y otras señales, la casa de todos..., hasta para establecer en ella su oficina, cuatro veces cada año, el cobrador ambulante de contribuciones.

Pepazos era un Alcides capaz de echarse sobre sus hombros fornidos el mismo peñón de Bejos a poco que se le hurgara el amor propio; coloradote, mofletudo, con las cejas unidas y muy peludas sobre unos ojazos de buey. Ese pulía y remataba «zapitas», que con ser la que menos capaz de dos azumbres de leche, no se veía sobre sus muslos bombeados y entre sus manos grandonas. Trabajaba muy de prisa, pujaba mucho en sus arremetidas a contraveta y en los cambios de postura; y fuera de su labor, nunca estaba atento a nada más que lo poco que se le ocurría al Topero, y eso para celebrárselo con una risotada que jamás venía al caso. Yo solía mirar entonces a Chisco que siempre andaba en el último rincón de la tertulia; pero el condenado de él, o no había caído en la malicia, o se hacía el desentendido. No pudiendo acomodarme a las injustas preferencias del Topero, complacíame algunas veces en ponderarle, trayendo el asunto por los cabellos, las valentías de Chisco y sus prendas de mozo casadero, de las que, a mi modo de ver, debían de estar codiciosas las mejores mozas de Tablanca. ¡Válgame Dios, qué pujar entonces el de Pepazos, qué sudar el de sus carrillos, qué revolcones los suyos sobre el banco, qué bailar entre sus manos aceleradas el de la «zapita», mientras el Topero metía por la almadreña la cara envuelta en humaredas de la pipa de rabo corto que nunca retiraba de su boca! En estos casos ya se clareaba Chisco un poco más, y le notaba yo el gozo con que saboreaba los «atragantos» de su rival, y hasta me pagaba el favor en una mirada dulzona, con su poco de guiñada. Y eso que estaba yo convencido de que llevaba la carga de sus amores con la misma acompasada parsimonia que las llevaba todas y me acompañaba a mí por los vericuetos y hondonadas de los montes. Pero hay siempre en el corazón del hombre más honrado una fibra de perversidad mal dominada que le procura un goce en la mortificación de su vecino, con un pretexto de caridad mal entendida; y yo creo que una fibra de esa mala casta era la que me impelía tan a menudo a mortificar al pobre Pepazos y al Topero, más bien que el propósito de favorecer a Chisco, que quizás no lo necesitaba o no lo echaba de menos.

El Tarumbo no llevaba nunca labor propia; pero, en cambio, estaba siempre pendiente de la que hacían los demás. Cuando el Topero terminaba un par de abarcas, le traía otro del montón de las que tenía preparadas, y lo mismo hacía con las zapitas de Pepazos y con las banillas o las colodras o las cebillas de los que las necesitaban. Hablaba hasta por los codos, y siempre eran las desdichas ajenas las que le arrancaban los mayores lamentos.

A Pito Salces se le hallaba indefectiblemente a los alcances del roce con Tona en sus manipuleos de cocinera diligente: hacia el rabo de la sartén, por ejemplo, y en los linderos del camino más trillado entre el fogón y la alacena del aceite y las especias. Se le sentían los ímpetus de su amor corriéndole hasta por los brazos inconmensurables, como el agua de lluvia por las mangas de un tejado; reviraba los ojos hacia Tona, y se devanaba a sí propio, como en un ovillo, cuando la jampuda moza se acurrucaba delante de él o le tocaba al pasar hacia la alacena. No hubiera sido bien visto de don Celso que la requiriera allí de amores, suponiendo que la hubiera tolerado ella, y se consolaba con aquellas internas expansiones, tan poco disimuladas.

La pobre Facia, desde lo de aquella noche, apenas se dejaba ver en la cocina durante la tertulia, y ni allí ni fuera de allí sabía hacer cosa con arte; ¡ella que era antes un brazo de mar para el gobierno de la casa! Con excepción de Chisco que era de ella; de Chorcos que iba por Tona, y de Pepazos que quería dar en el corazón de Tanasia por la tabla de su padre, bastante más codicioso que la hija, todos los tertulianos de la cocinona eran hombres muy maduros: los mozos preferían las tertulias de mujeres, o «jilas» (hilas), de las que había dos o tres en el pueblo. A una de ellas concurría a menudo la hija del Topero, con su correspondiente rueca bien cargada de lino, bajo el roquero pinto con lazos y lentejuelas, y si Pepazos no se dejaba ver en aquella tertulia con igual frecuencia que Tanasia, bien sabía Dios que consistía en lo vergonzoso que él era delante de la mozona y con testigos que ya estaban en el ajo de sus deseos; pero iba alguna que otra vez para dar aquel regalo a sus ojazos mortecinos, y esas noches eran las únicas que faltaba de la cocina de la casona.

Reflexionando yo muchas veces sobre lo que más me llamaba la atención en ella, que no eran seguramente éstas y otras pintorescas trivialidades de determinados concurrentes, sino aquella familiaridad cariñosa, aquella rara, profunda, íntima trabazón afectiva entre todos ellos y mi tío, recordaba la comparación que de este caso original me había hecho Neluco en la primera conversación que con él tuve, y no me parecía rigurosamente exacta: más que un organismo de miembros subordinados al imperio de la cabeza, me parecía una familia con todas las comunes variedades de aptitudes y temperamentos, unida por el amor desinteresado, tan propio y natural entre todos sus miembros, y gobernada por la experiencia, la abnegación y la sabiduría del padre. Persuadido de esto, tenía por imposible la sustitución de un hombre como don Celso con otro como yo para llenar el vacío que él dejara con su muerte en el vecindario de Tablanca. Entre él y mi tío había una completa y absoluta compenetración de ideas, de sentimientos y de propósitos, que no podía haber tratándose de mí, enteramente extraño a la tierra y sus costumbres, por nacimiento, por educación y por hábitos adquiridos en otro mundo tan distinto de aquél. ¿Cómo no se le ocurría esto a Neluco, ya que tan disculpable era en la inexperiencia de otras muchas personas el que no se les alcanzara? Y sin embargo, días andando, me salió con la misma copla nada menos que el docto y experimentado señor de la torre de Provedaño. ¿Se equivocarían todos ellos, rústicos y civilizados, al coincidir tan exactamente como coincidían en una misma idea? ¿Trataría yo de curarme en sana salud, sin darme cuenta de ello, cuando me consideraba en lo cierto creyendo todo lo contrario de lo que ellos creían? Por fortuna no me preocupaba el punto dudoso, porque no había racionales motivos de que llegara a quitarme el sueño. Ni las pretensiones de los que bien me querían allí, ni la abnegación caritativa de mi parte, debían pasar de ciertos límites.

De todas maneras, tampoco el hallazgo de aquella patriarcal y mínima república en lo más escondido de una comarca salvaje, considerada por mí en los primeros instantes como un destierro inclemente, era para despreciado. En fin, que no hubiera sido justo en quejarme de mi suerte al siguiente día de mi larga expedición acompañado de Neluco, hecho el recuento minucioso de los frutos que me habían dado aquellas dos largas semanas de correrías y exploraciones.

De este recuento traté de separar algunas partidas principales, a título de «reservas», para las eventualidades del invierno, que no podía tardar mucho en dejarse caer sobre Tablanca, y empecé a contar por los dedos: Chisco, su camarada Pito Salces, Tanasia y su padre el Topero, el Tarumbo, Neluco Celis, don Pedro Nolasco, su hija Mari Pepa y su nieta Lituca, el párroco don Sabas Peñas, Facia, la mujer gris; Tona, su hija; mi tío Celso y el escenario de Tablanca. Todo esto allí, al alcance de la mano; y fuera de allí, la familia de Neluco en Robacío; en Promisiones, el hidalguete mi consanguíneo, y más allá, dominándolo todo y alzándose sobre todo como un faro de poderosa luz, la figura escultural del caballero de la torre de Provedaño.