Pedro Sánchez

Part 4

Chapter 44,061 wordsPublic domain

--El de la administración... En mi juicio, va á ser, Pedro, coser y cantar. Con este hombre no se conciben imposibles. Nada te digo de la secretaría, porque en cuanto le haga una seña con el dedo al señor de Calderetas, ya está el alcalde boca abajo.

Repliqué á esto, aunque me halagaba muchísimo, que, en mi opinión, convenía dejarlo para más adelante, porque no creyera el Excelentísimo señor que el interés de la ganga era lo que nos movía á ser tan atentos y obsequiosos con él. Túvose por bueno mi reparo; y sin otros particulares que dignos de narrar sean, nos fuimos á la cama.

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VI

Continuando sin perder día el trato de aquellas empingorotadas gentes, llegó á establecerse entre ellas y nosotros cierta familiaridad que, sin menoscabo del debido respeto, quitaba de nuestras conversaciones y empresas la estudiada ceremonia y la artificiosa etiqueta, estorbos de gran monta para llegar á conocerse y estimarse las personas.

Con esto se me venían á las manos las ocasiones de acompañar á los forasteros; y como yo cuidaba de no pasar más allá de aquello en que se me alcanzaba alguna cosa y para lo cual era llamado, quedábame la seguridad de no ser impertinente, ya que en punto á la calidad de la estimación que me iba conquistando, me conformara con muy poco.

Era asaz poltrón y perezoso el señor de Valenzuela; pero, en cambio, su hija era una andarina de grandes alientos; y como de complacerla en todo se trataba, y se le había recomendado el ejercicio por la ciencia de curar, todos los días los acompañaba en sus expediciones, que yo mismo proponía, por conocer los sitios merecedores de la visita de nuestros huéspedes. Yo les enseñaba el mejor camino, ya para llegar más pronto, ya para dar mayor regalo á la vista en la contemplación de hermosos paisajes ó pintorescos horizontes. Yo les conducía á la ignorada fuente ferruginosa en lo más hondo y obscuro de la sombría cañada, ó á la gruta de estalactitas cerca de los abruptos peñascos de la costa. Yo les informaba, cruzando el valle, de las labores campestres, y les decía el nombre, calidad y valor positivo de los frutos del país; les apuntaba cuanto sabía de sus costumbres, y colocado entre ambos en lo alto de la pradera que dominaba el mar, les hablaba de sus temibles veleidades, de sus arrullos mentirosos, de sus tempestades imponentes, y de la arriesgada y espinosa vida de los marineros. ¡Y cómo brillaba entonces en los ojos de la madrileña, de ordinario mudos y sombríos, el fuego de los agitados pensamientos! ¡Qué poder tan asombroso el de sus pupilas al registrar los pliegues misteriosos de la inquieta superficie! ¡Qué actitudes tan resueltas y bizarras las de aquel débil cuerpecillo mientras el aire fresco y pegajoso agitaba sus mal prendidos cabellos y los largos pliegues de la falda, y se clavaba su vista en los agudos peñascos donde las olas se estrellaban convirtiéndose en blanca y hervorosa espuma!

En una de estas ocasiones me preguntó, con su voz áspera, sin dejar de contemplar una gaviota que se cernía sobre las rompientes:

--¿Hace usted versos?

Al oir esta pregunta me puse más rojo que un tomate, porque, como si temiera que Clara los estuviera leyendo por encima de mi hombro, recordé cuantos había escrito en mi vida, y todos me parecieron á cual peor. Así es que, sin titubear, respondí:

--¡Jamás!

--Me alegro--añadió sin mirarme siquiera:--eso prueba que es usted hombre de gusto. Me encanta la verdad, y jamás la hallo en los copleros, en su afán de vestirla de arlequín y de medirla por sílabas. Ya no se hacen versos más que en España... y en Turquía.

Confieso que me gustó poco esta sinceridad en boca de una mujer tan joven; porque entendía yo, por instinto natural, que para elevación del alma, singularmente la de la mujer, hay mentiras necesarias y hasta indispensables, como son las del arte en cuanto tienden á embellecer la naturaleza y dar mayor expansión y nobleza á los humanos sentimientos.

Lo cierto es que aquella respuesta seca y prosáica, juntamente con lo resuelto y aun airado de la actitud de Clara en el momento de pronunciarla con sus labios marmóreos, infundióme algo como temor, semejante al que producen la soledad de los páramos ó la yerta aridez del invierno. Sin embargo, la pregunta misma, hecha en tal ocasión, revelaba que el alma de Clara no era insensible á los encantos de la naturaleza: no en el ritmo dulcísimo de su reposo, sino en el fragor y estrago de sus tempestuosos desconciertos, en los cuales quizá soñaba el espíritu bravío de la joven en el instante en que contemplaba el acompasado batir de las olas sobre los peñascos de la orilla.

Por lo demás, todo iba para mi padre y para mí á pedir del deseo; quiero decir, que cada día intimábamos más con los madrileños, y parecíamos serles más útiles y agradables. Á menudo me llamaban «Pedro» á secas, y «señor don Juan» á mi padre, en vez del ceremonioso «Sánchez» ó «señor de Sánchez» con que al principio se nos nombraba, las pocas veces que se nos hacía dignos de servir para algo á aquellos señores. El cura les había perdido también el miedo y les hacía la tertulia con nosotros. El señor don Augusto, cuando le faltaba el resuello breña arriba, se colgaba familiarmente del brazo de mi padre, no muy sobrado de alientos por la pesadez de los años, mientras que Clara me desafiaba á hundir la vista con mayor serenidad en el negro fondo de un abismo desde la peña más escarpada y resbaladiza. Habíamos comido tres veces con ellos en su casa, y más de otras tantas habían ellos refrescado á la sombra de nuestros limoneros, con los limones cogidos por Clara y el agua traída por mí de un fresco manantial encajonado entre esponjosos cantos, en el rincón más frondoso de la huerta.

Con todo lo cual y mucho más que omito por innecesario, el alcalde no asomaba á la restaurada casona sino cuando á ella era llamado por el señor de Valenzuela para que hiciera componer tal callejón mal empedrado, ó llegar _en posta_ alguna carta á manos del señor de Calderetas; encargos que desempeñaba el García con la misma sumisión y diligencia que si emanaran del soberano en cuyo nombre ejercía la autoridad en el pueblo. ¡Figúrense ustedes si con estos lances y aquel alejamiento le retozaría á mi padre el alma dentro del cuerpo!

Como que llegó á decirme una mañana, entrando en mi cuarto, espoleado por la vehemencia misma de su propósito:

--Pedro, de hoy no paso sin dejar arreglado _ese punto_.

Entendíle yo, por constarme que no pensaba en otra cosa, y no le opuse el menor reparo. La verdad es que ó don Augusto Valenzuela no podía cosa mayor en el asunto de que se trataba, ó la administración iba á ser mía tan pronto como se le apuntara el deseo de conseguirla.

¡Y qué feliz casualidad! Precisamente fué aquel día cuando se le antojó al señorón de Madrid, hallándonos mi padre y yo á su lado aguardando una coyuntura favorable para _entrar en materia_, preguntarme por mi plan de vida para lo porvenir. Verdad que la tal pregunta fué originada por una insinuación, no del todo pertinente, de mi padre, sobre la corrupción de los tiempos y los peligros de la juventud ociosa en los pueblos, por falta de medios ó valedores.

Conmovióse de los pies á la cabeza el bendito señor, pues vió llegado el instante de que sonara la voz del oráculo que había de revelar el misterio de mis destinos, y expuso á la vista del personaje el cuadro de todas mis ambiciones. Mientras no supo el señor de Valenzuela qué casta de administración era aquélla que se pretendía, nada dijo en bien ni en mal de la pretensión; pero cuando averiguó que entre ella y la secretaría del ayuntamiento no producirían arriba de tres mil quinientos reales, no acababa de asombrarse de nuestra pequeñez de miras. Clara se santiguó al oirme que con aquello me bastaba para vivir hecho un príncipe en mi lugar.

--Señor don Juan--exclamó el Excmo. don Augusto encarándose con mi padre,--hay que distinguir de tiempos; y entienda usted que en los que corren, eso que quiere hacer su hijo de usted equivale á un suicidio, del que Dios le ha de pedir cuentas.

Aquí fuimos nosotros dos los asombrados.

--No comprendo la razón,--balbució mi padre, descolorido.

--Un suicidio he dicho, y lo sostengo--continuó el señor de Valenzuela.--¿Usted sabe lo que son tres mil reales hoy... ¡tres mil reales! que los gasta una familia, por modesta que sea, en un par de semanas? Las generaciones, señor don Juan, y hoy con doble motivo que en los tiempos que usted alcanzó y va dejando atrás, se siguen y no se parecen. Á usted le bastó la hacienda que tiene para crear una familia y sostenerla con cierta independencia, porque las costumbres de entonces en estos pacíficos retiros no exigían cosa mayor; pero su hijo de usted no puede conformarse con eso sólo, porque las circunstancias han variado mucho y han de variar mucho más. Mientras viva al lado de usted, vaya con Dios; pero á la hora menos pensada deseará casarse, y se casará... y tendrá hijos... quizá muchos hijos; y para entonces se habrá transformado completamente este pueblo, porque llegará hasta él, en día no lejano, el movimiento de la nueva vida que comienza á extenderse desde el corazón á las extremidades de la península; verá sus hijos vagar medio desnudos por estos callejones, y crecer bravíos entre la cultura y el lujo de los forasteros que han de veranear aquí, no muy tarde, atraídos por la hermosura de la playa. Mas aunque estuviera decretado que este pueblo no saliera jamás del aislamiento en que hoy se halla, la transformación de los comarcanos dejaría sentir en él su influjo avasallador. Pedro no podría soportar las cargas que le impusiera la vanidad de su alcurnia, y sin abnegación bastante para decidirse á labrar la tierra con sus manos, acaso se corrompiera la bondad de su corazón, movido de las tentaciones á que le arrastraría la calidad de su empleo. ¿Qué mayor suicidio que éste, señor don Juan? Además, y aun suponiendo que le bastara con los tres mil y pico de reales del sueldo y de la administración, más los cuatro terrones que le pertenezcan de la hacienda de su padre, para vivir sin ahogos y sin trampas, ¿no es un dolor, un verdadero pecado mortal, que un mozo de sus prendas, tan gallardo y despierto (¡qué de reverencias hice yo aquí!) se conforme con vivir y morir en esta obscura soledad, como el árbol en el monte?... Me dirá á esto el señor don Juan que así ha vivido él sin corromperse ni encanallarse; pero á eso le replicaré repitiéndole que á otros tiempos, otras costumbres. Usted fué entonces por donde iban todas las gentes de su condición, porque no había otro camino que seguir ni otras ambiciones que acariciar; pero hoy se van abriendo muchas puertas antes cerradas á las empresas de los hombres como ustedes, y es hasta un deber de hidalguía en los jóvenes, como Pedro, salir á romper una lanza en ese palenque donde los mozos de corazón conquistan honra y provecho.

Todas estas reflexiones, expuestas, al parecer, con cariñosa vehemencia, eran completamente nuevas para mí; quedéme absorto al oirlas, como paleto ante cuyos ojos se descorre por primera vez la cortina de un escenario lleno de mágicas maravillas, y no me atreví á replicar una palabra. Mi padre, no menos asombrado que yo, dijo al terminar su discurso el señor de Valenzuela:

--Muy al caso está todo eso, señor don Augusto; pero usted sabe muy bien que no siempre es la suerte para quien la busca.

--Si no se halla la suerte--repuso el personaje,--se halla algo que se le parezca, y, de seguro, mucho que valga más que la secretaría de este ayuntamiento. Cuando menos, se ve el mundo, se aprende algo y se cumple con el deber de luchar por la vida.

--Bien está--tornó á decir mi padre;--pero ¿y si se pierde lo cierto y no se logra pizca de lo dudoso?...

--Se vuelve á empezar y se lucha de nuevo.

--Ya; pero usted no considera que para lanzarse á esas aventuras, para dar los primeros pasos, para proveerse, digámoslo así, de las indispensables armas, no todos cuentan con los recursos necesarios, á falta de valedores generosos...

--En plata, señor don Juan--exclamó aquí el manchego personaje:--el buscarle á Pedro un destinillo en Madrid con que pueda ir viviendo mientras la suerte y sus merecimientos le pongan más arriba, es para mí cosa facilísima. Díganme ahora, con franqueza, si les conviene la oferta que les hago con todo mi corazón.

Miróme aquí mi padre y miréle yo á él, y no me atrevo á asegurar quién de los dos estaba más conmovido y desencajado.

El resultado final de aquella memorable escena fué rogar al señor de Valenzuela, después de agradecer, cuanto cabía en pechos hidalgos, la protección con que me brindaba, que nos permitiera meditarlo despacio, antes de darle la respuesta, que no pasaría del día siguiente.

¡Meditarlo! ¿Para qué?, si antes de salir de casa del personaje ya me imaginaba yo ser otro que tal, y no andaba mi padre á dos dedos de mis figuraciones, según colegí de lo primero que me dijo al poner los pies en la calleja.

Al día siguiente, muy temprano, monté á caballo, y no corrí, sino volé á casa de mi hermana la procuradora: referíle el caso, pedíle su parecer delante de su marido, y antes que yo concluyera de hablar, ya me estaban empujando los dos, locos de contentos, para que volviera á coger al rumboso don Augusto por la palabra. Brindáronse también á ayudarme con cuanto fuera necesario en todo aquello para lo cual no alcanzasen los ahorros de mi padre; tomélo muy en cuenta, y de otro tirón me planté en casa de la jándala. Alegróse también ésta de la suerte que se me metía por las puertas, y me excitó á que, cuanto antes, aceptara la oferta del señorón; pero ni ella ni su marido soltaron la menor prenda referente al auxilio pecuniario que yo pudiera necesitar. Tenía el jándalo fama bien ganada de roñoso, y ya he dicho en otra ocasión que ésta mi hermana iba asimilándose poco á poco todos los resabios de su marido. También el arbitrista y su mujer me aconsejaron que aceptara el destino; pero en lo tocante á _lo otro_, no fueron más rumbosos que la jándala.

Volvíme á casa antes del mediodía, no sin haber sacado á espolazos los pocos bríos que le quedaban al cuartago de mi padre; referí á éste el éxito feliz de mi viaje; comimos luego bastante desganados y muy pensativos, y fuímonos por la tarde á dar al señorón de Madrid, afirmativamente, la respuesta que le habíamos prometido.

En esto avanzaba el mes de septiembre; el tiempo iba refrescando, y se comenzaba en el caserón restaurado á preparar la vuelta de sus dueños á Madrid.

--De manera--dijo mi padre al despedirnos aquel día,--que usted avisará desde Madrid cuándo ha de ir Pedro á tomar posesión del destino.

--Nada de eso--respondió don Augusto.--Lo más acertado es que Pedro vaya á Madrid tan pronto como yo esté allá. Su presencia será para mí el mejor aguijón en medio del cúmulo de negocios que me rodea en cuanto pongo los pies en aquel infierno de ocupaciones.

Y en ello quedamos.

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VII

Hubo algunos días después un solemne consejo de familia, convocado por mi padre, al cual consejo asistieron mis tres hermanas con los correspondientes maridos. El punto sometido á examen en aquella patriarcal asamblea, abarcaba dos extremos principales: 1.º Ventajas y desventajas de que saliera yo á correr las aventuras por esos mundos de Dios. 2.º Recursos indispensables y modo de adquirirlos para mi equipo, viaje y fondo de reserva, por lo que pudiera acontecer. El primer extremo, ya ventilado y resuelto en lo más substancial, dió poco que hacer y menos que discurrir al consejo; pero, en cambio, el segundo á pique nos puso á todos de que acabara aquello como el rosario de la aurora. Pedir dinero al jándalo y al arbitrista, era sacarles una tira de pellejo; así es que, lejos de ofrecérmelo, me echaron en cara la sopa boba que estaba dándome mi padre, con perjuicio grande de los intereses de sus hijas. Indignóme la grosería, terció el procurador en el lance mientras mi padre se contenía á duras penas en obsequio á la necesidad; y como la del dinero que solicitábamos era imperiosísima, aviniéronse á darme hasta tres mil reales mis dos avarientos cuñados, merced á un compromiso que les firmé de pagarlos _en el día de mañana_ con mi legítima, si antes no lo adquiría por otra parte.

Ofrecióse el procurador á darme graciosamente hasta dos mil reales; y con éstos y los otros, más lo que aprontó mi padre, y un viaje que hice con la procuradora á la villa, antes de acabarse septiembre, me hallé con un equipo como jamás le soñé, y un billete de _interior_ de las diligencias _Peninsulares_, para la que debía pasar por la villa, desde Santander, el día 5 de octubre.

Entre tanto, los huéspedes de la casona iban disponiendo su marcha; la cual emprendieron, acompañándolos el cura, mi padre y yo hasta la villa, nosotros á caballo y ellos en carro del país, ocho días antes del en que había de salir yo de la Montaña.

De ella iban muy contentos padre é hija; y en verdad que con muchísima razón, porque si alguna vez _los aires_ han hecho milagros, fué aquélla en la enfermiza, pálida y angulosa Clara. ¡Qué _otra_ volvía de la que había venido dos meses antes á mi lugar! Don Augusto no se cansaba de mirarla y de decirnos:

--Vean ustedes, vean ustedes, y enorgullézcanse de ser hijos de tan benéfico país. ¡Cómo la apuntan los colores, y se nutre y redondea!... ¿eh?... Pero si ha dado en comer como un sabañón; ¡ella que comía menos que una calandria cuando vino de Madrid! ¡Los aires, amigos, los aires... y el ejercicio; y, sobre todo, la libertad... y las aguas!... ¡Prodigioso, prodigioso!... Otro veranito aquí, y revientas el corsé, hija mía... ¡jajajá!... Te aseguro que no te va á conocer tu madre.

Y en esto, y mientras se reía á carcajadas, el Excmo. señor daba golpecitos en la espalda de Clara, cuya sonrisa había ganado bien poco con las ganancias evidentes del rostro en que brillaba, sin duda porque los achaques del espíritu piden otra terapéutica que los del cuerpo.

Poco ó nada nos dijo la joven en todo el camino; y verdaderamente parecía ser ella, á juzgarla por su continente, la que menos importancia daba á lo que había ganado durante el verano en encantos y salud.

Cerca de la villa ya, nos salió al encuentro el señor de Calderetas, en cuya casa habían de pernoctar los madrileños para tomar la diligencia al otro día muy temprano; y media hora después, á las puertas de la morada de aquel personaje, despedímonos todos muy afectuosos, y volvímonos á mi lugar el señor cura, mi padre y yo, haciéndonos lenguas del señor de Valenzuela, sin haber logrado averiguar todavía qué pito tocaba en la cosa pública este caballero; pero sin asomo de duda de que bajo su amparo había de lograr yo, en menos de tres tirones, encaramarme sobre los mismos cuernos de la luna.

¡Qué días los ocho que siguieron á éste! ¡Cuánta ansiedad! ¡Qué insomnios! ¡Qué incesante tensión la de mi espíritu! Veinticinco años, los primeros de mi vida, corridos en el apartamiento, en el sosiego, en la obscuridad, sin deseos, sin ambiciones, al dulce calor del hogar paterno; avezado á abarcar con la mirada, desde la solana de mi casa, todo el escenario en que había de desenvolverse la insulsa comedia de mi vida, por larga que ella hubiera sido... De pronto, el mundo entero ante mis ojos; el mundo, con sus estruendos, sus confusiones, sus azares, sus halagos, sus inclemencias, sus risas, sus dolores, sus grandezas, sus miserias... Póngase cualquiera en mi lugar, y dígame si el trance no era para andar caviloso, inapetente y desvelado, como andaba yo... Pero mucho más desvelado, inapetente y caviloso andaba mi padre, aunque hacía heroicos esfuerzos para ocultármelo.

Acabóse septiembre, comenzó octubre, y llegó la hora tremenda. Era ésta la del amanecer. El bien provisto baúl de mi equipaje estaba en la villa desde la tarde anterior; el viejo cuartago me esperaba en el corral con todos los arreos encima, la cabeza gacha, el belfo lacio, las riendas sobre la enmarañada crin, y á su lado el mozo que había de servirme de espolique.

Acercóseme mi padre, que no había dormido en toda la noche; y, sin decirme una palabra, deslizó en mi diestra dos roñosas onzas de oro, que quizá eran las economías de toda su vida. Pasaba de dos mil quinientos reales lo que yo tenía ya en el bolsillo, y me pareció una escandalosa y hasta inhumana gollería recibir aquella nueva suma que tanta falta podía hacer á mi padre á la hora menos pensada.

--Para ti las tenía guardadas: tuyas habían de ser de todos modos--me dijo para vencer mis reiteradas resistencias.--Vas á un mundo desconocido; pueden fallar los cálculos que hemos hecho; puedes enfermar, ¡quién sabe?... y ¡qué sería de ti, desconocido y sin dinero?

En seguida nos abrazamos descoloridos, convulsos, como si nos despidiéramos para la eternidad; y bajé al corral precipitadamente, huyendo de los pensamientos que me asaltaban, á la vista del honrado y amoroso anciano, que se quedaba solo y triste, cuando más necesitaba el amparo y el calor de la familia.

Salí del pueblo sin atreverme á volver los ojos hacia él. ¡Nunca me parecieron más hermosas sus campiñas, ni sus aires más fragantes, ni sus celajes más pintorescos!... Envidiaba al pobre campesino y á la mansa bestia que conducía á la sierra, y al árbol solitario, destinados á morir sobre el mismo terruño que los nutría. Refrenaba con ímpetu al achacoso bruto en que cabalgaba yo, pareciéndome que era la rapidez del viento su derrengado trote... y, en fin, hasta le pedía á Dios que me enviara de pronto aunque no fuera más que un dolor de tripas para tener un pretexto racional de volverme á casa y no salir jamás de mi pueblo. ¡Tanto me abrumaba el recuerdo de mi padre y me consumía el fuego del amor á la tierra nativa, en el instante de abandonarla, quizá para siempre, después de haber pasado lo mejor de la juventud soñando vivir y morir en ella!

Pero llevaba yo tres mil reales mal contados en el bolsillo, para mis necesidades y recreos, cantidad fabulosa en un mozo de mis condiciones; un baúl atestado de ropa nueva, fina y á la moda; ancho mundo por delante y libertad omnímoda para gozarla; la protección de un personaje de gran cuantía; veinticinco años apenas, y una salud de bronce; con las cuales ventajas no es obra del otro jueves descargar el corazón de penas y melancolías.

Muy llevaderas eran ya las que sobre el mío pesaban, tan pronto como traspuse la primera cumbre; y con ingenuidad declaro que al llegar á la villa podían más las risueñas imaginaciones que habían vuelto á bullir en mi cabeza, que el sentimiento de abandonar los patrios lares, y los recelos temerosos á lo desconocido.

Recogí el baúl donde se hallaba depositado desde la víspera, convidé y gratifiqué rumbosamente al espolique, y hasta le di un abrazo de despedida para que se le transmitiera á mi padre, cuyo recuerdo volvió á conmoverme, y quedéme solo, cerca del camino real, esperando la diligencia que debía llegar de un momento á otro.

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VIII

Cuando la tuve delante, arrastrada por diez ó doce briosas mulas, con su postillón en la izquierda de las dos primeras, entendí que era una casa ambulante con gentes asomadas á sus balcones, incluso el de la buhardilla, que tal me pareció el altísimo _cupé_. Mostré mi billete al mayoral; subieron mi baúl con el auxilio de una escalera de _pinos_ al desván de la casa, alzando por un costado el tejadillo de cuero, y embutiéronme á mí en el departamento central, técnicamente _interior_, en el que había ya cinco personas, las cuales me recibieron como debía recibir el atormentado la cuña destinada á apretar la prensa de sus huesos. Cedióseme una esquina que me pertenecía de las cuatro del local, como lo rezaba el billete; acomodéme del mejor modo posible en la parte de cojín que me correspondía en aquel banco, y por entonces no me pareció muy duro que digamos, ni tampoco me lo parecieron las paredes del coche, revestidas, como el almohadón, de bayeta encarnada, con un poco de mullida, Dios sabe de qué.