Part 23
--¡Mucho!--me contestó resuelta; y añadió, mirándome con una valentía inusitada en ella:--¿Por qué he de privarme del gusto de saber que es usted quien me ha hecho tan grande beneficio?
--Porque no es eso enteramente la verdad--repuse.--Cierto que yo recomendé el asunto al diputado que le trató en las Cortes, y que antes obtuve el beneplácito del ministro, y que... Pero, al fin y al cabo, ese recurso fué uno entre los muchos propuestos por varios amigos míos y de usted, animados de las mismas intenciones que yo. Luego no es á mí sólo á quien tiene usted que agradecer esa verdadera reparación de agravios debida por el Estado á un servidor tan antiguo, benemérito y mal recompensado como el pobre don Serafín.
Como observé que la entretenía mucho hablar de estas cosas, seguí la conversación hasta agotar la materia. Entonces, contando con que iba á procurarle una nueva satisfacción,
--Vaya--le dije,--la segunda noticia del día.
Y en seguida la di, en crudo, la de mi casamiento. Le causó el mismo efecto que el estallido inesperado de una bomba: un sacudimiento convulsivo de pies á cabeza; palidez repentina del semblante; la vista, entre asombrada y de espanto. Entendí que la acometía algún acceso mortal, y miré á Quica alarmado. Estaba peor que su ama: boca, narices, ojos... todas y cada una de las partes de su cara se habían inflado de repente, y se movían, y se juntaban, y volvían á separarse, contraíanse y se alzaban, como vejiga á medio henchir entre manos infantiles; hasta que, al empuje de dos sollozos histéricos, brotaron arroyos de los ojuelos fruncidos, y fué un charco de lágrimas toda la faz.
Para impresión de alegría, me pareció demasiado todo aquello. Volví á mirar á Carmen, y ya la hallé más serena.
--Esa boba--me dijo, con voz insegura,--todo lo convierte en llanto: el mismo efecto le causa lo alegre que lo triste.
Á pique estuve de decirla: «no, pues en usted tampoco varían gran cosa esas señales». Y como á las rarezas de Quica se agarró con notoria terquedad para tema de nuestra escasa conversación, y ni siquiera se le ocurrió preguntarme con quién me casaba, no traté de volver el diálogo hacia ese lado; y me despedí bien pronto, un poquillo resentido de que con tal indiferencia se recibiera en aquella casa la noticia de un acontecimiento que tanto me interesaba á mí.
La tal noticia estaba de malas aquel día. Después de dársela á Carmen, se la di á Matica; y también se quedó hecho una estatua al saber con quién me casaba. Cierto que para explicar la sorpresa y el pasmo de este amigo existía el antecedente de los horrores que me había contado de toda la casta de mi novia; pero así y todo, para un hombre de las malicias, del talento y de los recursos de Matica, aun en trances más apurados que el en que yo le puse con la noticia, era demasiado pasmo el suyo.
--¡Ah! si conocieras á Clara más de cerca, ¡de qué diverso modo procederías!--pensaba yo caminando hacia su casa.
Y con esto me tranquilizaba.
Con Redondo, en cuyo periódico escribía yo artículos de política muy á menudo, reñí de veras; porque su odio de sectario á los enemigos de la libertad, y en especial á Valenzuela, se extendía implacable hasta más allá de la cuarta generación de los odiados y de cuanto les perteneciera. Me dijo muchas barbaridades en respuesta á la noticia que le di _en confianza_.
El ministro se hizo cruces; pero éste, lo mismo que los amigos á quienes fuí dando _en secreto_ la noticia, hallaban la justificación del caso en los novelescos sucesos de marras, bien conocidos en Madrid, y en la afamada, excepcional belleza de la heroína.
Á este solo dato se agarraron los estudiantes mis paisanos (con quienes no vivía yo desde que era alto funcionario de la nación) para colmarme de enhorabuenas. Uno de ellos la conocía de vista, y se la dió en el acto á conocer á los demás en un retrato que les hizo en cuatro frases _al fuego_ y media docena de expresivos trazos en el aire, con las dos manos á la vez. Todos se declararon _polacos_ de la hija de Valenzuela. Esto ocurría de sobremesa, y hasta la patrona se llegó á brindar por su hermosa pupila. Pagaba yo el agasajo, y duró el jolgorio largas horas. Un teólogo recién llegado del seminario de Toledo, donde estudiaba (hoy ejemplar sacerdote y elocuentísimo orador sagrado), al son de la bandurria, que tañía admirablemente, improvisó unas _aleluyas epitalámicas_, en montañés _callealtero_, que fueron el más sabroso y regocijado remate que podía darse á una fiesta como aquélla. Juráronme todos guardar _el secreto_ de la noticia; y _chacun par son côté_, como dijo uno de los presentes, al separarnos, y lo dice todavía en casos parecidos; mozo entonces aspirante á boticario en una farmacia de la calle del Príncipe; dirimidor más tarde de pleitos internacionales en Marruecos; hoy casi viejo notario de la villa cercana, y padre venturoso de no sé cuántos «lactantes».
Á pocos más que á éstos y á aquellos amigos y compañeros confié el secreto de mis acordadas bodas. Con las mismas _precauciones_ las había anunciado mi padre en la Montaña. Escribíame el santo varón lamentándose de no poder asistir personalmente á ellas, por lo avanzado de su edad y lo penoso del camino; y yo, que no se lo había propuesto, no por olvido ni por falta de ganas de verle á mi lado, sino por muy fundados recelos de otra especie, sospechaba que me lo decía por tirarme de la lengua. Busqué con discreción el parecer de Clara, y conocí, por los síntomas, que era opuesto al mío. Me causó honda pena el descubrimiento. Cierto que tampoco su padre asistiría y que el acto había de celebrarse con la mayor reserva posible; pero yo no hablaba de Valenzuela con su hija con el despego y la frialdad que Clara al mencionar entre dientes al pobre hidalgo que se desvivía por ella. «Cuestión de temperamento; resabios de la corte»,--decíame á mí propio.
Y así daba á las cosas que no me agradaban de pronto (y que no dejaban de abundar en aquella casa), el aspecto que más convenía á la ceguedad de mi pasión.
Entre tanto, los días iban pasando, y yo contemplaba, mudo y electrizado, cómo en el gabinete más espacioso de la casa se renovaba todo su contenido, y se entretejían y barajaban muebles y cachivaches que yo llamaría, si se me permitiera, _masculinos_ y _femeninos_, con algún otro, más importante, del género _común de dos_; pasaba diaria revista á los regalos que hacían á Clara sus amigos y los míos; le enseñaba los recibidos por mí, que no eran muchos, y nos regalábamos mutuamente tal cual alhaja y muchas miradas y muchas promesas, cada cual en su estilo: yo siempre verboso y apasionado; ella serena y fría, pero dando las lumbres á tiempo como los pedernales...
Y así fué acabándose abril muy poco á poco; y empezó mayo con sus flores y sus pájaros... y sus _nidos_. Y un día me dijo Clara:
--Éste es el _nuestro_,--mostrándome hasta el fondo del recién preparado gabinete, verdadero nido de amores, entre bóvedas de misterioso ramaje.
Y aquella misma noche troqué por el dulce calor de sus blandos algodones, las yermas soledades y el frío de mis playas de soltero.
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XXIX
* * * * *
Entre otras mil razones, porque el destino que desempeño aquí le tengo á la puerta de casa, como quien dice; es cómodo, sin responsabilidad alguna para mí...
--También es obscuro.
--Otra razón más en su favor: nadie repara en él, ni en mí, ni en ustedes...
--¡Sí, á fuerza de escondernos, de encerrarnos, como si hubiéramos robado la tienda de la esquina!... ¡Hijo, que también se cansa una de tan largo cautiverio, y desea aire libre y movimiento... y sociedad!
--Pues á ese recogimiento deben ustedes la tranquilidad con que viven á estas horas. Déjenle de repente, y aparezca mi mujer en primera fila ostentando los relumbrones del cargo de su marido, y se excitará la curiosidad pública; y unos dirán que blanco, y otros que negro; y lo olvidado reaparecerá...
--¡En provincias?... ¡Inocente!
--En provincias, señora, se toman esas cosas más por lo serio que en Madrid... Además, yo no entiendo jota del papel que entonces me correspondería desempeñar; me falta la experiencia; soy un recién llegado al campo de la política... y luego es oficio caro: exige una ostentación que no cabe en el sueldo que dan por ejercerle...
--¡Hijo! ¿También eres de los que suman y restan los dineros?
--Señora, yo no sé que los dineros tengan la propiedad de estirarse á capricho de la necesidad; y no teniéndola, no conozco otro modo de vivir sin trampas y con sosiego.
--¡Bah! déjate de boberías y de ranciedades de antaño, y aprovecha esa ocasión de dar á tu mujer el brillo que merece. «¡La señora del gobernador civil de una provincia de primer orden!» Compárame esto con «la mujer de un empleado del ministerio de la Gobernación»; y si no salta á tus ojos la diferencia, te digo que no tienes sangre.
--Pues precisamente porque la tengo y veo esa diferencia, pienso como pienso.
--¡Y dígote! Una capital de puerto de mar; y el verano asomando, ¡con unos calores que nos matarán en este Madrid de fuego! Hasta por la salud, hombre, hasta por la salud nos conviene ese cambio de destino.
--¡Ah! si sólo por esa razón me lo aconsejara usted, ¡qué fácil me sería arreglar las cosas de modo que todos quedáramos contentos!
--¿De qué modo, hijo?
--Trasladándonos á un hermoso rinconcito de la Montaña; junto á las olas del mar, donde está la casa de mi padre; donde conocí á Clara...
--¡Puff!... ¡la rustiquez de la aldea, con sus puercos callejones y sus lagartos y sus gentuzas con remiendos! Quita, quita, hijo, que entre morir allí de espanto y de tristeza, y asarme aquí de calor, prefiero esto, que, cuando menos, está bien acompañado... ¿Y tú serías capaz de ir con gusto, ahora que estás casado, á meterte en aquellas espantosas escabrosidades?
--¡Cómo puede usted dudarlo siquiera?
--En fin, hijo... allá os las avengáis; que, después de todo, yo no sé por qué tomo tan á pechos asuntos que no son míos. Ahí está tu mujer oyéndonos, sin desplegar los labios: que diga lo que le parece, si le acomoda, que con ella va el cuento más que conmigo.
Esto acontecía tres semanas después de mi casamiento; á los ocho días de haberme manifestado Pilita deseos de que trocara mi destino de Madrid por el cargo de gobernador de provincia, y á las pocas horas de haber preguntado al ministro, por mera curiosidad, si eso era posible, y de saber que en mi mano estaba el ir á desempeñar un gobierno de primera clase en una capital del Mediterráneo. Andaba allí el partido de opinión caliente algo soliviantado; y nadie para traerle á mandamiento como un hombre de mi prestigio revolucionario. Tuve la debilidad de referirlo así en mi casa, y se declaró al instante empeñada porfía lo que en días atrás no había pasado de insinuaciones leves de Pilita, con sospechas en mí de que fueran hijas de la intención de Clara.
Respondió ésta al llamamiento de su madre arrimándose á mí, por de pronto; quitándome después unas pelusillas de la barba, y, por último, con estas palabras, sin dejar de manosearme donde le parecía mejor:
--Yo creo que todo puede arreglarse de modo que tú (señalando á su madre) quedes contenta, y tú (por mí) muy satisfecho.
--¿Y tú?--la pregunté.
--Estando contentos vosotros, ¿cómo no he de estarlo yo?--respondióme al punto.
--Pues veamos tu plan,--dije.
--Complace á mamá haciéndote gobernador, y vete á pasar unos días con tu padre á la Montaña, antes de tomar posesión de tu gobierno.
Cuando así me hablaba, debía yo tener algo entre el cuello de la camisa y el cerviguillo, porque por allí andaba su mano haciéndome cosquillas.
--¿Estás convencida de que eso es lo más conveniente?--la pregunté, bajando un poquito la cabeza para que me rascara más adentro.
--Lo estoy,--me respondió sin vacilar y manoseando lo que yo quería.
--Pues sea,--concluí, á ciencia y conciencia de que hacía un desatino dejándome vencer en aquella notoria conspiración doméstica.
Poco después entró el aparatoso Barrientos, que menudeaba bastante las visitas á mi nueva familia: dejéle con ella, y me fuí á ver al ministro.
--Acepto el gobierno--le dije;--pero le advierto á usted que no respondo de desempeñarlo bien. Nunca las vi más gordas.
--¿Es usted capaz de tenerme á raya aquellas gentes?--me preguntó.
--Eso sí--respondíle sin titubear;--pero exige el cargo otros requisitos delicados para la buena administración...
--¡Bah!... ¿quién piensa en eso? Yo le daré á usted un secretario que le saque de toda clase de ahogos.
--Pues adelante.
--Mañana se extenderá el nombramiento.
--Necesito quince días de licencia para ir á la Montaña á dar un abrazo á mi padre.
--No estorba lo uno á lo otro: irá usted á su tierra con el carácter de gobernador electo.
Y en ello quedamos. Referílo después en casa; y ¡qué noche de júbilo en ella, y qué!...
Al otro día llamé al sastre y al zapatero, y les di que hacer para dos semanas. Mi mujer y su madre llamaron á la modista: no quise averiguar para qué, porque lo presumía y me daba miedo.
Por la noche todos los periódicos daban cuenta de mi nombramiento de gobernador de la provincia de... unos aplaudiéndolo y otros maltratándome. Lo de costumbre.
Al día siguiente salí para la Montaña, después de haberme despedido en el patio de las Peninsulares más de dos docenas de personajes de la situación. También esto lo contaron los periódicos de _la casa_, con grandes ponderaciones, como supe después. ¡Válgame el Señor! Menos de tres años antes había llegado yo á aquel mismo patio, solo, pobre y desconocido. ¿Qué virtudes había en mí para haber adelantado tanto camino en tan poco tiempo?
Esto me preguntaba á mí mismo mientras rodaba la diligencia hacia la Puerta de Hierro. Cuando se perdió bajo las arboledas del puente de San Fernando, y, por verlas, me acordé de las de mi lugar, y de mi padre, y de la sosegada vida campestre, y con ello rompí, por un instante, la misteriosa cadena que me llevaba unido al agitado mundo que dejaba atrás.
--Ninguna--me respondí con profundo convencimiento.--Un soplo de la fortuna me encumbró. Otro puede derribarme á la hora menos pensada... ¿Qué será de mí entonces?
Y como me acordé de muchas cosas que me asustaron por primera vez, porque nunca las había desmenuzado seriamente con la razón oreada por las brisas del campo, aparté el pensamiento de ellas y le puse en el término de mi viaje, por ser el negocio que más me interesaba á la sazón. También me acordaba mucho de la familia Balduque, cuya compañía me había hecho hasta placentero aquel triste camino que iba recorriendo; del pobre don Serafín, tan lleno de vida entonces, y después... ¡qué recuerdo!; de Carmen; de su mirar dulce; de su boca risueña; de su casta frescura; de sus bondades conmigo; de sus incesantes atenciones mientras me dió hospitalidad en su casa; de sus penas horribles poco después; de su triste luto... y, sobre todo, de la extraña impresión que le produjo la noticia de mi casamiento... ¿Por qué?
Y aquí las brisas campestres, llevándose otras brumas de mi cerebro enfermizo, dejáronme empeñado en las más inesperadas cavilaciones. No quiero decir á qué género de razonamientos me arrastraron éstas, ni recordar la lucha que emprendí con ellos en mi propósito de arrojarlos de un terreno donde, en buena justicia, no podían entrar ya. ¡Es increíble lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas!
Dos días después dejaba la diligencia al llegar á la villa de marras. Aguardábanme allí mi padre, el señor cura, mi cuñado el procurador, el nuevo alcalde del lugar, el de la villa con tres concejales, diez notables y el comandante de la milicia; una murga que me disparó á quemarropa el himno de Riego, no bien pisé el camino real, y más de cincuenta curiosos que acudían á la novedad de la escena. Lloraba mi padre de gusto, y casi llorando yo también de alegría, abrazámonos muchas veces, sin llegar á soltarnos del todo hasta la última. Abracé después á mi cuñado y al cura, y á todo el que se me puso por delante. Aguanté un discurso del alcalde de la villa en nombre de todos los agrupados en su derredor, y le solté en pago otro que los dejó aturdidos y me valió un aplauso de la concurrencia, y otra explosión de la murga con el himno de Espartero.
En el mesón contiguo se había dispuesto un ligero agasajo en mi obsequio, y no le desairé: componíase de almendras garapiñadas, cortadillos de vino blanco y bizcochos de soletilla. Hice un regular consumo de todo, y mucho más de palabras, porque entre aquellos señores cada sorbo era ocasión de un brindis «al valeroso defensor de la causa de la libertad», y yo no quería pecar de descortés. La murga, entre tanto, no bien dejaba un himno, la emprendía con el otro; ellos eran tres: los dos del principio y el de Vargas. No sabía más. Mi padre estaba aturdido, y el cura en ascuas, en medio de una atmósfera tan patriotera. Después de todo, ellos tenían la mayor parte de la culpa de lo que estaba pasando, por no haber hecho otra cosa, desde el amanecer, que andarse por la villa contando á todo el mundo que habían ido á recibirme. El resto fué obra de los periódicos llegados la víspera, en los cuales se daba la noticia de mi nombramiento de gobernador de... y la de mi salida para la Montaña.
Al fin se acabó aquello; y cabalgando en el jamelgo que me tenían preparado, entre mi padre y el cura, al frente de una comitiva numerosa de pardillos y señoretes que nos acompañó un buen trecho, salí para mi lugar, donde fuí recibido con repique de campanas, tiros de escopeta (entonces eran raros los cohetes en los pueblos), y _cantándome_ las mozas al son de las panderetas... Igual que al Obispo.
Desde el día siguiente comenzaron á regalarme pollos todas las vecinas del pueblo que los tenían, y á echarme memoriales sus padres ó sus maridos. Me creían capaz de los imposibles aquellas pobres gentes, y á mi poder acudían con las pretensiones más extrañas. En fin, _se corrió_ que mi mujer había resultado de la familia real, y que si yo me volvía tan pronto á la corte, era porque la Reina se iba á Aranjuez, y mientras allá estuviera, tenía yo que quedar en Madrid haciendo sus veces.
¿Y mi padre? ¡Dioses inmortales! No se quitaba de encima el vestido bueno, ni se hartaba de oirme, de contemplarme... de admirarme. No le cabía en casa ni en la calle; andaba inapetente, y creo que se pasaba las noches en vilo.
--¿Y los Garcías?--le pregunté una vez.--No los veo por ahí.
Hizo un gesto violentísimo, en el cual se pintaban á un tiempo el asco, el desprecio y la conmiseración; y me respondió dando una rabonada con la levita:
--¡Quién piensa ya en los Garcías? _Eso_ acabó para siempre. Era polvo indecente, y está donde debe estar: bajo mis zapatos.
Después escupió recio y me habló de mi mujer, cuyo retrato le había regalado yo; y de su consuegro, el excelso don Augusto, como él le llamaba. ¡Cuánto sentía que Clara no me hubiera acompañado en el viaje! ¡Y con qué facilidad creyó todo lo que inventé para demostrarle que más lo había sentido ella!... Lo de mi gobierno, verdaderamente le hinchaba de satisfacción.
--¡Eso se llama ser algo, Pedro!--me decía temblando de orgullo,--y no esta... En fin, no quiero hablar.
Y así todos los días. Mis hermanas me visitaban mucho, y también sus maridos y sus respectivas proles. Por cierto que no eran aquéllas tan crédulas como su padre en lo tocante al apego de mi mujer á la familia de su marido. Achacábanla pecados de orgullo, y á mí me dolía el supuesto, acaso porque era verdad.
Felizmente no abundaban las ocasiones de hablar de estas cosas, porque apenas me alcanzaba el tiempo robado al descanso para correr al aire libre y atender á las impertinentes visitas que recibía, sin punto de sosiego, de las gentes más extrañas. Media comarca me visitó: el indianete del lugar vecino; la comisión del ayuntamiento liberal de allá; el presidente del _Casino progresista_ de acullá; el capitán de los voluntarios de aquende, incorporados al batallón de Nacionales de allende; el delegado de los patriotas de Pedregales; Patricio Rigüelta el de Coteruco... ¡qué sé yo!; y por último, el presidente, el secretario y tres concejales del municipio de la villa, con el testimonio, en papel marquilla con orlas de cisquero, de la sesión en que se me declaró hijo adoptivo de aquélla, «en premio á mis extraordinarios servicios prestados á la causa de la libertad y del progreso». Esta visita me costó una comida, tres discursos y un fortísimo dolor de cabeza.
Un hecho curioso: no salía una vez á la calle sin acercarme al viejo caserón de mi suegro. Allí había conocido á Clara, y, sin embargo, me entristecía contemplando sus macizos paredones; y viendo con la imaginación, á través de ellos, vagar silenciosa por sus obscuros pasadizos la enfermiza figura de Clara, con su bata blanca, sus cabellos desprendidos y sus rasgados, negros y centelleantes ojos, muda, pero terrible, como Magdalena Usher en el lóbrego subterráneo de su ruinoso castillo, hasta sentía una penosa impresión de frío en el alma, como si tuviera miedo.
Trataba de desvanecerle considerándola á más risueña luz: desde que la vi en los salones madrileños embelleciéndose poco á poco, hasta que en el colmo de su incitante y singular hermosura me admiró como á un héroe y me aceptó por marido; pero al recorrer de este modo los trámites de ésta tan breve como agitada historia de mis primeros amores, echaba de ver que todo era en ellos fuego que aniquila y consume aquello mismo que le alimenta: no el suave calor que atrae y vivifica, aliento de dos almas que se buscan, se unen y se compenetran para no separarse jamás; y por la propia virtud de mis razonamientos, se borraba de mi memoria la imagen provocativa y sensual de mi mujer en sus íntimos abandonos, y surgía en su lugar la yerta, solitaria, seca y bravía figura de la enfermiza hija de Valenzuela, olvidada en aquellos vacíos y destartalados aposentos, como si á ella, insensible y descorazonada, estuvieran ligados mis destinos, y no á la briosa hermosura que inspiró mis hazañas de forajido.
Llamaba yo á estas visiones «resabios de mi fantasía»; pero fantástico ó no, el cuadro me hacía muy poca gracia cada vez que le contemplaba, y le contemplaba muchas veces.
Fué la única nube que turbó un poco el sereno cielo de mi espíritu durante los breves días que estuve en mi lugar.
Llegó el de marcharme; y á deshora y por caminos desusados, salí á tomar la diligencia donde no me conociera nadie. Dejé á mi padre y la aldea natal con una pena que no puede describirse; y era muy de notar que esta pena, lejos de calmarse, se agravaba á medida que iba aproximándome á Madrid. Más que el pájaro que vuela hacia su _nido_, parecía yo el ave triste arrojada de la costa por la fuerza de su destino á la negra región de los huracanes.
¿Por qué estas imaginaciones fatigosas en tal ocasión, precisamente cuando el recuerdo de Clara y la idea de mi próxima llegada á su lado me conmovían, reverdeciendo en mi sangre el fuego de la pasión de los primeros días? ¿Por qué estas impresiones ardorosas no bastaban á desvanecer aquellas inexplicables tristezas? ¿Por qué no se cumplía en mí la ley de todos los enamorados? Me daban mucho que hacer estas cavilaciones.
Aún andaba á vueltas con ellas, cuándo caí en brazos de Clara que, con Pilita y Manolo, me aguardaba en el patio de las _Peninsulares_. ¡En aquel momento sí que lo vi todo de color de rosa!