Part 17
--Pues le quería á usted... ¡Qué calabaza! no sé á punto fijo para qué le quería. Por de pronto, para desahogarme un poco en la confianza de su buena amistad; después, para decirle: aquí está un hombre que no teme riesgos ni peligros; un hombre dispuesto á todo con tal de ganar honradamente... lo que gana el portero de la redacción... Porque ha de saber usted que estoy tres días hace sin el empleillo particular que desempeñaba. El usurero judío que me le dió, casi á regañadientes, dice que se basta y se sobra para desempeñarle, por la cama y la comida, un sobrinazo que le ha llegado, no sé de dónde; y me ha plantado en la calle. ¡Y en qué ocasión!... días después de haber levantado mi compadre su tienda de ultramarinos, y marchádose para siempre con su mujer al último rincón de Galicia. Por ahora no me apura la situación, porque hay algunos ahorrillos, á fuerza de economía, y estas mujeres ganan todo lo que necesitamos; pero pueden enfermar; puede llegar el día en que yo no las consienta trabajar tanto; puede... ¡Qué sé yo, calabaza!... Mire usted, señor don Pedro: de un tiempo acá ¡me entran unas aprensiones, unos temores... y unas murrias!... Me falta aquella fe que yo tenía antes para esperar la reposición en cuanto llegaba la cesantía. Últimamente he dado en verlo todo obscuro, en desconfiar del mañana y de los hombres... hasta de mis propias fuerzas. Y esto debe consistir en que, á mis años y con mi mala suerte, la menor contrariedad parece el fin de la vida... ¡Ahora se está armando una gorda, y se armará como Dios está en los cielos! No son tiempos éstos de pensar un hombre como yo en que le hagan justicia los mismos que le agraviaron... Llegará el día de reventar, y esto reventará... ¡vaya usted á saber por dónde, calabaza! De modo que negro el presente, obscuro el porvenir... Porque ríase usted, señor don Pedro, de toda esta vocinglería patriotera que se oye por todas partes; eso de moralidad, honra, justicia, economías y libertad, lo he oído yo gritar veinte veces en otras tantas vísperas de pronunciamiento: de buena fe si usted quiere y con igual entusiasmo que ahora; pero al día siguiente, después de ganar la partida, ¡música celestial!: lo mismo que los otros, punto más, punto menos. Lo mejor, para los atrevidos; y los desechados, á gritar contra ellos á la plaza... Ya lo verá usted. Por de pronto, bueno es que se arme algo, porque así no se puede estar; pero... Hablemos de otra cosa. Ésta es su cárcel de usted, y todos los carceleros estamos á su disposición con alma y vida... Duerma usted, pues, con entera tranquilidad, que mucha fuerza ha de mandar la desgracia para que le descubran aquí los polacos. Por de pronto, nadie le persigue todavía; quizá no se le persiga nunca, ¡y ojalá que tal suceda! Pero si no sucediese, considere usted que otros pájaros más gordos andan más á la vista, y aún no han dado con ellos los polizontes... Y ahora, dígame á quiénes he de enterar mañana del paradero de usted, y cuanto se le ocurra para el mundo de los vivos; porque, hoy por hoy, téngase usted por muerto, si no prefiere que le maten los polacos á disgustos; y entienda que entre ese mundo y usted, no ha de haber otro medio de comunicación que yo.
Hablamos, en efecto, de este particular que, por interesarme muy de cerca, hizo que me olvidara de la tribulación de don Serafín; después, por exigencia mía, entró Carmen con su labor en el gabinete; y en muy agradable tertulia los tres, se acercó la hora de recogerme.
Al otro día tuve un despertar medianejo. Limpia y cómoda era mi cárcel; monísima y dulce como una tórtola la carcelera; pero, al cabo, yo no era libre; y tras de no serlo, no estaba seguro de que á la hora menos pensada no me arrojara la suerte en una cárcel verdadera. ¿Cuánto duraría aquella situación? ¿Cómo se resolvería? ¿Qué sería de mí si la conspiración fracasaba y el Gobierno se afirmaba con el triunfo, y teníamos polacos para todo el año?
No quise echar mis pensamientos por este lado, y me arrojé de la cama. Una hora después me servía Carmen el chocolate en la mesita del gabinete.
--En verdad--la dije,--que muchos trocaran su libertad por mi cautiverio, si supieran qué carcelerita me sirve á la mesa.
--¿Chicoleos otra vez?--respondió Carmen con burlona sonrisa.
Acordéme de los de la noche de marras, y convine con la hija de don Serafín en que la había dicho una majadería.
--Le prometo á usted la enmienda--añadí,--si me perdona el pecado.
--Anoche me tuteaba usted,--me respondió.
--Otra majadería quizá,--repuse.
--No lo entendí yo así.
--¿Prefiere usted que siga tuteándola? En este caso, ha de ser á condición de que usted me tutee también.
--No es lo mismo,--dijo Carmen poniéndose más encendida que la grana.
--¿Por qué no es lo mismo? Si yo peinara canas, ó fuera un hombre de _esos_ cuya sombra es un amparo... cuyo nombre inspira respeto; cuyo...
Esperaba yo que Carmen me atajara diciéndome: «cabalmente porque usted es de esos hombres»; pero no me atajó así, sino que dió media vuelta, y con una sonrisita muy mona, se fué, después de decirme, aludiendo al chocolate:
--Que aproveche.
Aquella mañana supieron mis compañeros de redacción y Matica el lugar de mi refugio; y recibí, con las precauciones convenidas la víspera entre nosotros, equipaje y libros. Según don Serafín, las cosas marchaban viento en popa; tanto, que Matica, aunque muy entrado ya junio, se quedaba en Madrid en espera de los acontecimientos que se preparaban; mi carta á Valenzuela había sido llevada á su destino, y el Gobierno buscaba sin descanso el escondrijo de O'Donnell, alma de la conspiración; pero no daba con él... Casi lo mismo que yo sabía antes de esconderme.
Después leí durante una hora; almorcé «en familia»; me paseé á lo largo de la sala y á lo ancho del gabinete hablando al mismo tiempo con Carmen, que cosía sin cesar, ó con su padre, que entraba y salía, ó con Quica cuando llegó á ayudar á Carmen. Luego, vuelta á leer otro rato y á pasearme en seguida... hasta que volvió de la calle don Serafín con cuatro noticiones absurdos y una noticia comprobada: la de que me andaba buscando la policía. Esto me hizo poquísima gracia, y noté que Carmen se inmutó al oirlo. Mostré una tranquilidad que no tenía, y á las seis comimos. Después de comer, lo mismo que la noche anterior.
Con ligerísimas variantes, ésta fué mi vida durante dos semanas. Mi padre, aunque sin saber todo lo que me pasaba, me escribía con sobre á Matica, y yo le escribía á él por conducto del cura del lugar: cuatro palabras secas para darnos mutuamente fe de vida: no estaban los tiempos para otros lujos.
Por fin se rompió la monótona regularidad de aquel vivir, el antepenúltimo día del mes. Volvió de la calle, á la hora de almorzar, don Serafín, cubierto de sudor y acelerado.
--¡Se armó la gorda!--dijo, arrojando el sombrero, y arrojándose él mismo después encima del sofá.
Quedéme boquiabierto; y Balduque me refirió lo siguiente en voz baja y anhelosa:
--Esta madrugada se ha pronunciado el general Dulce, director de Caballería, al frente de toda la que había en Madrid, más un batallón de infantería... Han dado el grito en el Campo de Guardias, donde se les ha unido O'Donnell para ponerse al frente del movimiento. Se cuenta con tropas de Toledo; toda la guarnición de Alcalá... ¡qué sé yo! y con el mismo demonio que se ha desencadenado para acabar con la infame polaquería. El Gobierno está aturdido, y no deja ni respirar á los sospechosos... ¡Ah! se me olvidaba: Redondo está en el Saladero con Sixto Cámara, Rivero y no sé quiénes más. Las gentes hormiguean en las calles, y comienza el conde de Quinto á publicar cada bando que asusta. En la redacción de _El Clarín_ no he hallado más que al conserje... Se teme el alzamiento del pueblo; pero hasta ahora no se menea... De todos modos, la cosa es formidable, y el Gobierno está en capilla.
Pasé el día entre emociones, procurándomelas don Serafín con las noticias que me traía de vez en cuando, de sucesos que no se acentuaban todo lo que yo deseaba.
Al siguiente supe que _El Clarín_, como todos los demás periódicos que, tras de hablar algo fuerte en favor del pronunciamiento, no reprodujeron los decretos de la _Gaceta_ deshonorando á los generales pronunciados, había sido suprimido por una orden de la autoridad militar. El 30 por la noche me espantó Balduque refiriéndome los horrores que se contaban del encuentro de las fuerzas insurrectas con las del general Lara en los campos de Vicálvaro, á las puertas, como quien dice, de Madrid, desde cuyos tejados distinguieron muchos curiosos, ó lo soñaron, el movimiento, y hasta oyeron el ruido de la batalla.
--¿Y en qué paró?--pregunté anheloso á don Serafín.
--Según el Gobierno--respondióme Balduque,--en que huyen á la desbandada y derrotados, los _otros_; y según los partidarios de éstos, en que las fuerzas de Lara se han refugiado en Madrid, acosadas por las tropas de O'Donnell hasta la puerta de Alcalá. No; y correr, bien corría calle abajo Vista-Hermosa, con un tropel de soldados que yo vi entrar al anochecer.
--Y el pueblo soberano ¿qué hace en presencia de esas cosas?
--Enterarse de ellas achantadito... Él sabrá la causa; porque agallas no deben de faltarle.
--Pues que las guarde para mejor ocasión,--dije, desconfiando de las supuestas agallas y comenzando á sentir el desaliento, que llegó á su colmo al saber al otro día que las tropas sublevadas tomaban el camino de la Mancha, en busca de la frontera de Portugal.
¡Dios mío! ¡cómo se me desvaneció entonces de repente todo el humo de la cabeza! ¡Yo político; yo revolucionario; yo autor de un escrito sedicioso, tejido tal vez de calumnias alevosas; yo perseguido por la policía; yo escondido como un criminal; yo expuesto á no poder andar sobre el suelo de mi patria á la luz del sol, como los hombres honrados! Y ¿por qué todas estas cosas? Por un falso y repentino entusiasmo, como el que anima al comediante cuando representa un papel que le han escrito, debajo de unos hábitos que no son los suyos, y delante de unas gentes á quienes no conoce. ¿Estaba yo seguro de que fuera cierto todo cuanto se decía del Gobierno que mandaba? ¿Serían más honrados los otros, puestos en las mismas condiciones? ¿No habría siquiera un poco de pasión de partido, algo de furor de secta, de deseos de lucro, de ambiciones de mando, de apego á los destinos públicos, en la mayor parte de los que le difamaban y le escarnecían y se levantaban en armas contra él? ¿No habría, entre tantos ardentísimos patriotas, algunos centenares de inocentes como yo, cuyos gritos de ¡adelante! fueran arrancados por el ansia de hallar una salida, después de haberse cortado incautamente ellos mismos la retirada?... Porque yo no cesaba entonces de pedir al cielo el triunfo de los pronunciados; y juro á Dios que sólo lo hacía por el deseo que me hormigueaba de andar libre por la calle, como el último de los barrenderos de la villa. ¡Y don Serafín, por todo consuelo, me traía los partes que publicaba el Gobierno, «para _satisfacción_ del _leal_ vecindario», dando cuenta á éste de las ventajas alcanzadas por la división perseguidora, de Blaser, sobre los perseguidos, los cuales, á creer al ministro interino de la Guerra, sólo esperaban, para presentarse en Madrid como rebaños de corderos, á que la Reina les perdonase la calaverada! Verdad que al mismo tiempo me traía noticias muy al contrario, que le daban para mí los redactores de _El Clarín_, iniciados en los asuntos de la revolución; pero ¡estaban tan desacreditadas las ponderaciones de la gente revolucionaria!...
Notaba Carmen éstos mis desalientos, y me dijo una vez:
--¡Qué pesada se le va haciendo á usted la cárcel!
--Bien sabe Dios--respondí,--que no es por culpa de sus guardianes.
--No lo será--replicó ella;--pero tampoco consiguen, por más que lo intentan, hacerle á usted llevadera la prisión.
--Pues ¿qué sería de mí--exclamé tomando entre mis manos una de las lindísimas de Carmen,--en tantos días de forzoso encierro, sin los cuidados que me consagra y los consuelos que me da y la luz que esparce en su derredor mi hermosa carcelera?
Una leve tinta ruborosa en sus mejillas fué la única respuesta que me dió. De pronto, retiró su mano, y preguntóme, tras un suspiro muy hondo:
--¿Usted sabe qué le pasa á mi padre?... ¿Ha hablado algo con usted?
--¿De qué, hija mía?--preguntéle yo á ella con mucha curiosidad.
--¡Qué sé yo!...--me dijo.--Hace tiempo, muchos meses, que no es lo que era. Anda caviloso... á lo mejor habla solo; apenas come, duerme muy mal... Cuando me ve, disimula, y hasta quiere bromearse como antes; pero más se le conoce así... Desde que perdió el empleillo particular y se marcharon á su pueblo mis padrinos, se han agravado tanto en él estas cosas, que á veces me da miedo... Cuando le pregunto algo, se ríe de lo que él llama «mis aprensiones»... Puede que tenga razón; pero antes no era así... Como ustedes hablan tan á menudo á solas, podía haber sido más franco con usted que conmigo.
--¡Bah!--exclamé, riéndome también de las aprensiones de Carmen,--¡no sea usted niña! ¿Qué me ha de haber contado su padre de usted? Es un manojo de nervios, y ahora le da por ahí.
Y no hablamos más, porque el tal, con un ruidoso taconeo, apareció en la sala diciéndome con gran encarecimiento:
--¡El brigadier Buceta, al frente de mucha tropa y mucho paisanaje, ha entrado en Cuenca!
--¿Y qué hacemos en Madrid en vista de ello?--preguntéle, siguiendo el hilo de una aprensión que se me había metido entre los cascos.
--Pues... achantaditos hasta que se presente la ocasión.
Pocos días después:
--¡Valladolid está en armas!
--¿Y el enano?--pregunté muy serio á don Serafín.
--¿Qué enano?--preguntóme á su vez éste, con asombro.
--El de la venta.
--No sé una palabra,--respondió Balduque con un candor angelical.
Echéme á reir de todas veras, aunque me estaban llevando los demonios de coraje.
Al día siguiente, lunes 17 por la mañana: don Serafín entrando desaforado:
--¡Zaragoza!... ¡Barcelona!...
--¡Y nosotros--dije yo,--ni por esas!
--Dicen--añadió don Serafín,--que el elemento militar ha desvirtuado la revolución; que no es el interés del pueblo lo que ha sacado á las tropas de los cuarteles...
--Cuatro días hace que me trajo usted un ejemplar del manifiesto de Manzanares, en el que se demuestra todo lo contrario.
--Hombre, sus razones habrá para no moverse; porque agallas no faltan.
El mismo día, al anochecer: Balduque entrando:
--¡Ahora sí que va de veras! Ya podemos gritar á voz en cuello: ¡mueran los tunantes! ¡mueran los ladrones!... Choque usted esos cinco. Desde esta mañana está el ministerio boca abajo. ¡Y el pobre pueblo, sin saber nada!... De modo que en cuanto lo ha olido al salir de los toros, ¡buf! ¡no le cabe en las calles! y grita que se las pela; y ha mandado que repiquen todas las parroquias; y pide las cabezas de los ministros, y la de...
--Pero ¿qué otro Gobierno se ha nombrado?--pregunté con ansia.
--Ninguno. Dicen si Córdoba está encargado de formarle; pero ó no quiere, ó no halla el modo, porque en este momento no hay más Gobierno en Madrid que la gente que grita por las calles.
--¿Es decir que yo soy libre de andar por donde se me antoje?
--¡Claro que sí, calabaza!
No quise saber más. Me vestí precipitadamente.
--Si no vengo á una hora regular--dije á toda la gente de la casa que me contemplaba atónita,--no me esperen. Conque hasta luego, ó hasta mañana.
Don Serafín trataba de acompañarme.
--De ningún modo--le dije.--No son estos lances para dejar solas á dos mujeres. Vea usted, las pobrecillas, qué miedo tienen.
Carmen estaba pálida, y Quica tiritando y comenzando á hacer pucheros. Los abracé á todos, y salí como potro desbocado.
[Ilustración]
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XXIV
Parecíame que no había en la calle bastante aire para mí, ni el espacio que yo necesitaba para dar ejercicio á los músculos del cuerpo entumecido. Noté que éramos pocos los transeuntes en aquellos barrios, y que todos marchábamos en la misma dirección, hacia el centro de Madrid: bastante gente asomada á los balcones, y casi todos los tenderos arrimados á sus puertas; pocas conversaciones, mucha boca abierta y mucho taconeo; lejano son de campanas, y ni un soldado ni un polizonte al alcance de la vista.
Llevaba yo el propósito de ir, ante todo, á la redacción de _El Clarín_, no tanto por el deseo que tenía de abrazar á mis compañeros y amigos, cuanto por adquirir cabal noticia de lo que estaba pasando; y cruzando calles y calles, siguiendo el indicado rumbo, vime en la del Príncipe, donde los arroyuelos de atrás íbanse convirtiendo en río de gente, murmurador é inquieto como todos los ríos, pero no impetuoso ni desbordado. Algún inocente grito á la libertad; el resonar de los golpes descargados sobre el _cajón_ ó caseta de la policía, de la vecina plaza de Santa Ana, por cierta clase de ciudadanos que se entretenían en hacerle astillas; tal cual hombre armado de chafarote y fusilón de chispa; muchas gentes á las puertas de las casas; luces en varios balcones; saludos á gritos, apretones de manos y cosas tales; y como curiosidad y acontecimiento verdaderamente notable, un miliciano nacional con el uniforme de la del 43, con su llorón de cerda roja, cayendo por la chapa abajo de su morrión formidable.
En la Carrera de San Jerónimo, el río engrosaba, pero sin embravecerse; y siguiéndole yo agua abajo, di en la Puerta del Sol, donde las corrientes se detenían formando ancho golfo; y también me detuve yo, junto á la farola del centro, enfrente del Ministerio de la Gobernación.
¿Qué pasaba allí? Creo que nadie lo sabía. Notábase un oscilar de cabezas y un ruido sordo, como de resaca, de _mar de fondo_. Alguna voz más alta que otra, ó un grito aislado, casi siempre de mujer: graznido de gaviota augurando tempestades sobre una mar preñada de misterios. Quizá no había en toda aquella masa bullente una sola persona con propósito bien determinado. Los huracanes populares se forman casi siempre de la manera más extraña: gentes inofensivas que caminaban por la calle más de prisa que lo acostumbrado; rostros pálidos y miradas en las cuales se pintan el temor y la curiosidad, el afán de lo desconocido; noticias extraordinarias, absurdas tal vez, que parecen circular por sí solas en las ondas del aire, de barrio en barrio, de grupo en grupo, de oído en oído; diez curiosos detenidos delante de un edificio, porque en él hay algo de lo que estorba al común anhelo; otros diez que se detienen después por la misma causa; y luego otros tantos, y en seguida ciento, y mil, y más, hasta que ya no se cabe; y empiezan, con el roce y el tufillo de las muchedumbres, el escozor de la curiosidad no satisfecha y la inquietud nerviosa en cada burbujita, que luego engendra el lento bamboleo de toda la masa; y el bamboleo, la hinchazón de las olas; las olas, el choque, el estruendo, y la espuma, y al fin, el desastre.
Como yo estaba encaramado en el pedestal de la farola y ésta alumbraba bien, dominaba en mi rededor una buena parte de la multitud. Observé que abundaban las mujeres de rompe y rasga, y que no escaseaban los hombres de mala catadura; castas que parecen nacidas para esas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines: légamo que sale á la superficie cuando las corrientes embravecidas revuelven el fondo de los cauces. De estos hombres, algunos iban armados; pero casi todos estaban muy mal vestidos. Pude observar también que las puertas del Principal estaban cerradas; y por los rumores que hasta mí llegaron, entendí que la guardia se resistía á abrirlas aunque se le intimaba á ello, fraternal y pacíficamente; pues es de advertir que ni los de adentro tenían una orden á que ajustar su conducta enfrente de aquél tan serio como inesperado trance, ni los de afuera plan ni concierto ni dirección. Por lo visto, todos éramos curiosos más ó menos interesados en que se diera el placer de quitar aquel estorbo á unos cuantos _aficionados_ de la primera fila que lo pretendieron. Y en estas finas y corteses embajadas se anduvo larguísimo rato por la ventana baja, próxima á la calle de Carretas.
Pero es cosa probada que las muchedumbres, ni en serio ni en broma pueden estarse quietas y de pie mucho tiempo. Yo mismo comencé á impacientarme por la falta de un desenlace cualquiera; porque aun cuando los rumores crecían y los gritos se acentuaban y el bamboleo iba convirtiéndose en serio oleaje, aquello no tenía fin. ¿Y por qué no lo tenía?
Entonces, de repente, me acordé yo de que era Pedro Sánchez; no el hijo del pobre hidalgo montañés don Juan Sánchez; no el inofensivo Pedro Sánchez que estaba allí como un curioso más; sino el Pedro Sánchez redactor de _El Clarín de la Patria_; el Pedro Sánchez «perseguido por la causa de la libertad»; el popular autor de un escrito incendiario; el Pedro Sánchez que acababa de salir del escondrijo donde burló la vigilancia de los esbirros del poder, que le buscaban porque su nombre era bandera de batalla en manos de la revolución; y aquélla que fermentaba en derredor mío, era, en gran parte, obra de mi ingenio, chispa de mi pluma fulminante... ¡Oh! ¡qué grande volví á verme en aquel momento! ¡Qué borracho de ideas tumultuosas y revolucionarias! ¡Qué odio se encarnó en mi corazón hacia los «hombres funestos que habían arrastrado al país hasta el borde del precipicio!». ¡Cómo execré á los «nefandos conculcadores de las leyes, expoliadores del erario público, escándalo de la moral y ludibrio de gobernantes» en la patria de Riego y de Padilla! (Estaban muy de moda entonces estos dos personajes.) ¡Con qué facilidad podría yo inflamar aquel reguero de pólvora y convertir en mar embravecido lo que ni siquiera había llegado á lago turbulento! Desde lo alto del pedestal de la farola, lanzar mi nombre por encima de todos los ecos y rumores de la multitud; después, cuatro arranques tribunicios bien empapados en el espíritu revoltoso que palpitaba en aquellas gentes inflamables, y, al fin, arrastrarlas en mi seguimiento, cual desbordado torrente, por donde á mí me diera la gana. ¡Dios mío, qué cosquilleo sentí entonces en la garganta! ¡Cómo forcejeaba en ella todo el aire de mis pulmones para formar un nombre, y lanzarle al espacio, sonoro y penetrante, como toque de clarín de guerra! ¡Cómo se estremecían todas las fibras de mi cuerpo! ¡Qué temblar el de mis brazos! ¡Qué gallardía la de los apóstrofes que me asaltaban las mientes, caldeados al fuego del entusiasmo que me devoraba! No podía más: alcé el brazo que no necesitaba para agarrarme al pedestal; arranqué el sombrero de mi cabeza; moví los labios trémulos...
En esto crecieron los gritos y la agitación de las primeras filas; y el resplandor de una hoguera, arrimada á las puertas del Principal, iluminó aquella parte del sombrío cuadro. El inesperado acontecimiento me contuvo. Momentos después, entre aplausos y patriótica bullanga, ardían los portones. ¿De quién fué la idea? ¿Quién trajo la leña, y de dónde? ¡Vaya usted á saberlo!
Abierta la brecha, se lanzó por ella, con la impetuosidad de un torrente, lo que del mar de afuera cupo dentro del edificio. Esta evolución removió toda la masa sobrante; y por los huecos que iban resultando, avancé yo, á fuerza de puños, hasta la acera misma del Principal. El tumulto había atropellado la guardia; y como no halló resistencia, apoderóse, entre abrazos á los soldados y vivas á todo lo de costumbre, de las armas y municiones de éstos.