Part 15
--¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre!--replicó el redactor madrileño, que escribía hasta de teología sin haberla saludado.--¡Medrados estábamos si tuviéramos que conocer á fondo todos los asuntos que ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo, sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode, sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos corte la retirada? Es natural--continuó,--por lo mismo que es usted modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo á fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se acostumbra á mirar cara á cara al enemigo, y al olor de la pólvora y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo), no suelte usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, y despáchese con un poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo más firme y mejor pertrechado, hunda el arma hasta la empuñadura, ó sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con valentía y desparpajo y, sobre todo, con acierto, comience usted por dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros amigos y las de _los otros_. Entiendo por obras de nuestros amigos las comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres de nuestras ideas ó de nuestra amistad íntima, ó aquéllos á quienes siquiera hablemos ú oigamos hablar en el café, ó nos merezcan alguna estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de _los otros_ las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con la cual se duermen los espectadores, ó silban y patean; ó un libro que se cae de las manos y afrenta á la lengua castellana. «Cierto»--diremos,--«que hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de carácter, y, si se quiere, también algunos descuidos de monta en la trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para ocuparse en esas prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo, pero la idea, pero los cauces que allí se abren á las corrientes de la nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...». Y aquí derrama usted el talego de todas las ponderaciones, hasta sacar en consecuencia que en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de _ligeros lunares_. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de bondad en las obras de _los otros_. «No puede negarse»--diremos,--«que está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa _hasta cierto punto_; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las ruinas? ¿Á qué fin artístico responde el propósito fundamental de este libro ó de esta comedia ó de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz con las tinieblas?». Y así le va usted abrumando poco á poco, hasta que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y á otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.
¡Ay, Matica de mi alma! ¿por qué retrasaste tu vuelta á Madrid? ¿Por qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fué la causa de ello? ¿Por qué no estuviste á mi lado en aquellos infaustos días en que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores. Llegué á creerlos y á creerme á mí, por ende, capaz de las más altas empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca del fin de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces los deleites de aquel apetitoso magisterio, que á tantos mortales, tan firmes de mollera como yo, ha hecho unos pobres mentecatos antes y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en todos los periódicos liberales de Madrid, estas palabras, remitidas, como supe andando los meses, por el gacetillero de _El Clarín_: «Están llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que publica en _El Clarín de la Patria_ el distinguido escritor que oculta su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de _Pedro Sánchez_. No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso _Segismundo_ al campo enemigo».
He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban las traducciones del francés; y eran los autores preferidos V. Hugo, Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella. Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito _Doña Blanca de Navarra_, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las de Walter Scot; alguna de Fernández y González era bastante más leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar _Clemencia_, después de haber adquirido fama con _La Gaviota_ en 1849; Pero es de advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del público, éste prefería el amor empalagoso é inverosímil de aquella sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las inaguantables escenas á que este punto da lugar, á los sabrosos pasajes y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa, la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por _vulgar_ y poco elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán _La Gaviota_ ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en España, _Jarilla_ y _La Sigea_, dos novelas románticas de Carolina Coronado, y _El..._ (no recuerdo qué) _de Monfaucon_, otra que tal de la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio á que la había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio Flores había dado á luz otra de costumbres contemporáneas, con el título de _Fe, Esperanza y Caridad_, abundante en cuadros curiosos y no mal pintados, pero atestada de lugares comunes de novelón por entregas. Vale mucho más que esto su galería de cuadros, _Ayer, Hoy y Mañana_, comenzada á exhibir en 1854, y terminada por completo años después. Reciente estaba también la publicación de _El libro de los Cantares_, de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se pasean en España, y el autor español más traducido á extrañas lenguas. Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela, _Cosas del Mundo_, premiada recientemente por la Academia de la Lengua. Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, _El Patriarca del Valle_, y se elogiaban una de Juan de Ariza, _Un Viaje al Infierno_, sátira del Madrid entonces, en que había muchos anagramas demasiado transparentes, y otra, _La Dama del Conde-Duque_, bien perjeñada y con mucho sabor de época, de Diego Luque, á la sazón casi un muchacho.
_El Curioso parlante_ había cerrado su cartera de apuntes literarios, y se entretenía en escribir de vez en cuando sobre _Mejoras de Madrid_, mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus _Escenas Matritenses_.
En el _Museo de las Familias_, de Mellado; la mísera y casi andrajosa _Ilustración_, de Fernández de los Ríos, y _El Semanario Pintoresco_, no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse á luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas que se han olvidado ya, ó que, de seguro, estarán en _Los españoles pintados por sí mismos_, mamotreto célebre en que se declara todo menos lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas, canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero sí que el rótulo del álbum fué mal aplicado, ó no se ajustaron á su sentido los pintores que iban llenando las hojas.
Y esto, salva alguna insignificante omisión en que pueda haber incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca mentira.
El Duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban fuera de la patria, ó calladitos en su pueblo ó á la sombra de un destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no me acuerdo ó no quiero acordarme.
El teatro, ya que no por la cantidad, por la calidad de los poetas, tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como _Un sí y un no_; García Gutiérrez, aunque muy tentado del demonio de la zarzuela, no olvidaba del todo á la musa que le inspiró _El Trovador_ y tantas obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su tiempo; Tamayo trepaba á la más alta jerarquía del ingenio dramático con su tragedia _Virginia_; Ventura de la Vega, trabajando también á destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía _El hombre de mundo_, que aún no había perdido la novedad en los carteles, igual que acontecía con _Don Francisco de Quevedo_, lo único bueno que supo hacer para el teatro el ingenioso _bohemio_, haragán impenitente, Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba _Rioja_ con mediano éxito, y de Rubí _De potencia á potencia_ y algo más que no recuerdo; Eguílaz había aparecido el invierno anterior con _Verdades amargas_, comedia ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama _Alarcón_; y en la temporada de mi advenimiento á la crítica, su obra, _El Caballero del Milagro_, no fué menos afortunada que las anteriores; Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como _La Boda de Quevedo_; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes como _Adriana_ y _Sullivan_, drama este último que valió á Julián Romea los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de actor.
Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona con Teodora Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades é Instituto, compañías de poco más ó menos, entreteniendo con melodramas, magia y hasta _cuadros disolventes_, el escaso público de que podían disponer.
Aún se representaba de vez en cuando algo del _género andaluz_, puesto de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé á ver todavía _El corazón de un bandido_ en el teatro del Instituto, y _El Tío Caniyitas_ en el del Circo, drama romántico muy afamado la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se representaba y se había representado del mismo abominable género.
El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que comenzaba á volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como _El Marqués de Caravaca_, de Ventura de la Vega y Barbieri; _El Grumete_, de García Gutiérrez y Arrieta; _El Valle de Andorra_, de Olona y Gaztambide, y _El dominó azul_, de Camprodón y Arrieta.
Para juzgar de todas éstas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aureliano), que se firmaba _Pipí_, y Ochoa (don Eugenio), en _La España_; y en _El Heraldo_, Cañete.
Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que para mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión conservaba en la memoria, juntamente con lo atropado en periódicos, corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos latinajos de _cálamo currente_, muy usados en la prensa política, como _¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eris felix...; amicus Plato, sed magis amica véritas; fiat justicia et ruat cœlum; timeo Danaos et dona ferentes_... y otros tales. Sabía también, por habérselo oído á Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau que escribió un _Arte poética_, reflejo de otra de Horacio, conocida con el nombre de _Epístola á los Pisones_; la cual _Epístola_, á su vez, estaba inspirada en la _Poética_ de Aristóteles; sabía llamar _preceptiva_ á cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después mucho de _delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno, catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas_, y, sobre todo, _el conflicto, el problema, los ideales_. Estas palabrejas no las soltaba yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el _problema_?...». «¿Dónde está aquí el _conflicto_?...». «¿Qué _ideales_ se persiguen?...». Sabía algo sobre Molière: que algunas de sus mejores obras eran arreglos de otras de Plauto; y llamaba _Tartuffe_ á todo gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido á aquel insigne francés. También habían llegado á mis oídos, como modelos de arranque sublimemente enérgico, los famosos _Quos ego_, de Virgilio en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y _¡Qu'il morût!_ del viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas palabrotas!
Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y de muchas comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más á su semejanza, y un compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas, que compré para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo que es _peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis_ y _similicadencia_, y la escasa luz que podía darme aquél mi buen sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el vértigo de la altura en que me había puesto á predicar sobre lo que apenas sabía discernir, me lancé á la brecha.
Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura á la tarea; pero con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas á mi modo, por los cerros del arte, fuése templando el horno. Comencé entonces á barajar nombres y metafísicas y latinajos, y la política imperante y la moral de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y aquello era volar, porque el meollo me ardía; me devoraba la _fiebre estética_, que dijo un doctor de fama; y de mi pluma caían, entre mares de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales terminada con la explosión de una caja de cohetes.
Leíselo á mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después, y gustó á los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita desvergüenza, á tratar al arte de tú y á mirar por encima del hombro á poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, _sprit fort_, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y vi que era de necesidad aplicar á los escritores la _ley de razas_, tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera justicia que hizo fué en Fernán Caballero, con motivo de su flamante novela _Clemencia_. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista de ideas reaccionarias (lo cual iba con _El Clarín_ más que conmigo), y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo á sus libros, repletos de _charranadas_ andaluzas (y esto era de mi particular iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de _los de afuera_, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con esta sorna cargante me fuí sobre el libro; y, por si era poco y no me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las letras, adelantándome treinta años á los pedantes de ahora, le asesté estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el _argumento_? ¿Qué _problema_ se plantea en él? ¿Qué _conflicto_ se resuelve? ¿Qué _ideales_ se persiguen?... ¿No hay ideales? ¿No hay conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay novela». Y ya, puesto á matar, lancéme sobre Ochoa y Eguílaz, que acababan de publicar sendos artículos poniendo á _Clemencia_ en los cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna, nadie me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas á Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.
Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban muchos periodistas; y tanto llegué á inflarme, que esquivaba la compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné la tertulia del modesto café de _La Esmeralda_ y la sociedad de mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la _bohemia_ de la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición á la disputa, y llegué á distinguirme por una facilidad de palabra verdaderamente espantosa.
Á todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre--me escribía una vez:--no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, á quienes he hecho que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!».
En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados, á quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dió por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en estilo curial, que tenía que ver.
En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba, hallaba el camino sembrado de flores.
[Ilustración]
XXII
No me conformé con esto sólo: había otro campo en que espigar nuevos y muy sabrosos triunfos, y nadie en mejores condiciones que yo entonces para colarme en él. Este campo era _el mundo_, la _buena sociedad_. Quería seguir las huellas que me dejó trazadas mi predecesor; y cuando lo consiguiera, mis revistas tendrían doble atractivo, y mi imperio se dilataría en casi otro tanto por las regiones del _buen tono_. Ya no era yo el apocado y meticuloso provinciano recién llegado á Madrid á pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los transeuntes el modo de andar y de vestir á la moda, y, estrujando los bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría con ellas un contrahecho arreo con qué presentarme, tropezón y balbuciente, entre las gentes elegantes; ya no temía encontrarme con la familia Valenzuela, porque Clara respondía muy atenta á mis saludos, cuando de lejos se los hacía, y á los demás no quería saludarlos yo; vestía á la moda, porque mi sueldo, casi doblado desde que me había metido á crítico, daba para ello; era yo, en fin, un _publicista_ que tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por Madrid como por mi casa... ¿Quién, pues, como yo para entrar con planta firme en los empingorotados salones, y aspirar á ser el mimado cronista de sus fiestas y ornamentos?
Y entré, comenzando por aquéllos en que me había presentado Matica meses atrás. Pero me engañaba algo el pensamiento. Delante de los hombres me desenvolvía tal cual; mas delante de las damas desconocidas continuaba siendo un pobre babieca: me faltaba el pertrecho de ingeniosas frivolidades con que los _chicos_ de mundo improvisan un tiroteo de galantes agudezas con una mujer, tan pronto como se acercan á ella; pertrecho que, por lo común, no se adquiere comenzando á buscarle cuando se tiene ya la cara llena de barbas, y se ha pasado el tiempo que queda atrás en los jarales de una aldea. Por fortuna mía, estaba allí Clara aquella noche; y viéndome perplejo y desorientado, á Clara me acerqué, como de escala en puerto conocido. No me pesó de ello.