Chapter 6
--¡Hasta bien pronto!--le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad su mano.--Hasta mañana, si quiere usted. Sí, venga usted mañana: tal vez... tal vez tenga un consejo que pedirle.
Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan próxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosa confidencia que la viuda quería hacerle.
II
Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señora Liénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado el almuerzo, atravesó la cocina del _Sol de Oro_ y se dirigió hacia la escalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobre el primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con mirada ansiosa, le preguntó:
--¿Dónde vas?
--Al cuarto del señor Delaberge. Mañana se reúne en la alcaldía el sindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos la forma en que habremos de proceder, desearía ver al inspector general... Ya comprendes... No estaría de más hacerle hablar y saber cuáles son sus intenciones...
Miguelina sacudió de un lado a otro la cabeza y levantó los hombros diciendo:
--Trabajo inútil, el inspector ha salido apenas ha acabado el almuerzo... ¡Ah! ¡no para un momento en su cuarto! Ayer se pasó la tarde en casa de la señora Liénard y pienso que hoy ha vuelto allá, pues le he visto que tomaba el camino de Rosalinda...
Mientras ella hablaba íbase oscureciendo la fisonomía de Simón, lo que no se escapó a las miradas de la señora Miguelina. Hacía tiempo que había leído ya en el fondo del corazón de su hijo y adivinó fácilmente que lo que a éste le disgustaba no era la ausencia del inspector general, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.
Entonces se le ocurrió que el medio mejor para impedir que Francisco y Simón llegasen a más íntimas amistades era separar a aquellos dos hombres por medio de los celos, sirviéndose de la señora Liénard como de un seguro elemento de discordia. En el fondo temía la influencia que pudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda. Sabía que Simón habíase encargado del asunto de los deslindes sólo para complacer a la señora Liénard y veía con terror el desarrollo de una pasión, que, según ella, no podía tener para su hijo sino crueles desengaños. Díjose que excitando los celos de Simón podía lograr dos cosas de una vez: hacerle olvidar su engañoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.
Se aproximó al joven, le puso una mano en el hombro y murmuró con acento de maternal compasión:
--¡Pobre hijo mío, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te has metido en un mal negocio!...
--No soy de tu parecer, mamá; la causa que defiendo es justa y además no puedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado sus intereses.
--No quieras engañarme ni engañarte a ti mismo... Tengo fina la mirada y veo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeño este asunto, no ha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino por los de la señora Liénard.
--Mamá--interrumpió Simón ruborizándose un poco,--calla, te lo ruego... ¿Por qué dices eso?...
--Digo lo que pienso, lo que es verdad... Estás enamorado de la señora Liénard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo en llamarse la señora Princetot...
--¡No!--exclamó el joven.--¡Nunca he pensado cosa tan absurda!
--Tanto mejor si me engaño, hijo mío, pues yo te aseguro que, de haberlo esperado, tú te habrías de arrepentir temprano o tarde... Más que ella vales, no hay que dudarlo; pero esas señoras se creen hechas de otra pasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio y mientras te engaña con palabras dulces y alegres sonrisas, la señora Liénard se deja hacer la corte por el inspector general.
--¡Vaya, mamá!--dijo Simón.--¡Qué sabes tú de eso!
--Lo sé muy bien--afirmó la señora Miguelina;--¡si salta a los ojos!... Hace una semana que está aquí y le ha hecho ya tres visitas a la propietaria de Rosalinda. Parece que se habían visto ya en Chaumont y el asunto de estos deslindes no ha sido más que un pretexto para explicar su estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos con palabras y vagas promesas a fin de poder estar más tiempo cerca de la viuda y acabar su conquista... En la reunión de mañana trata tú de ponerle entre la espada y la pared pidiéndole una contestación categórica y ya verás cómo yo tengo razón...
Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció duramente las cejas. Miguelina comprendió que comenzaba a dudar y adivinó al mismo tiempo, por la contracción dolorosa de su rostro, que sufría el muchacho cruelmente. Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre las manos y le besó con profunda ternura en la frente...
--¡Pobre hijo mío!--agregó.--Duéleme el mal que te hago, pero yo no quiero que se burle nadie de ti... Reflexiona sobre todo esto y, créeme, no te dejes engañar ni por las coqueterías de la señora Liénard, ni por los halagos del señor Delaberge...
Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó rápidamente. Tenía necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosas aprensiones que las palabras de su madre habían despertado en su espíritu.
Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de Carboneras: Ciertamente, con su intuición femenina, Miguelina Princetot había adivinado lo que pasaba en el corazón de su hijo; pero le atribuía al mismo tiempo miras ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba, en realidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor cándido y apasionado, aunque nunca se había hecho la ilusión de que su ternura se pudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casi infranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza y sin la ilusión de verse a su vez amado, no por eso había de ser menos accesible a los celos. Recordaba la impresión de hondo disgusto que había dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge a Rosalinda... Por encima de los árboles del bosque, distinguía entonces las puntiagudas torrecillas de la casa de la señora Liénard y decíase que, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector general conversando con la joven y aprovechando la ocasión para llevar a buen término sus propósitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira le hizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible le oprimía el corazón. No pudo resistir más... Aunque hubiese de ser horrendo el sufrir, quería de una vez acabar con sus mortales inquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas. Abandonó las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes se dirigió hacia la cerca del parque.
III
Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo que un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso el camino de Rosalinda.
Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era más firme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos ya madurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eterno femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos enloquecen las mismas dulces fantasías.
Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de los prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Los argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los bosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruición los recuerdos de su anterior visita.
¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios que las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de los bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman por los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritu de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre, aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lo más hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales... Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal y cándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestros deseos, de nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El encanto de su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima, los más caros recuerdos de nuestra juventud...
Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Francisco se representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénard sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia, con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las repetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa que hemos arrancado al paso.
Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón, Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba; brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.
--¡Bienvenido, señor Delaberge!--dijo.--Ha sido usted muy amable cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...
Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballeresca galantería.
--No había de olvidar lo prometido--repuso Delaberge reteniendo un momento los dedos de la joven entre los suyos.--¿De qué se trata, señora mía?
Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre el brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de las ventanas.
--Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...
Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del parque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un pabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantas trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luz tamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hasta perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del pabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos refrescos.
--Instalémonos aquí--dijo Camila acercándose a la mesa.--Aquí estaremos bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un jarabe de frambuesas.
Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellón que el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco y ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todo eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perder poco a poco el sentido de la realidad.
Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experiencia grande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo el comportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelas leídas en su juventud le hacían creer en una tierna y delicada premeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y las precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera deliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.
Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénard su mirada tiernamente interrogativa.
--Usted se preguntará, sin duda--comenzó ella,--qué es lo que yo puedo tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco delicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago mis confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace apenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí un desconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el más caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense que vivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las que puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de su autoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo de tomarme para pedirle consejo... Finalmente--prosiguió con expresión todavía más afectuosa,--creo ya haberle dicho que desde los primeros momentos me inspiró usted una gran confianza. Cuando me son simpáticas las personas, siento en mí un _algo_ que no me engaña nunca y me impulsa hacia ellas...
Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, donde el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas revelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía la emoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señora Liénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que se dignaba mostrarle.
--Le agradezco--añadió Delaberge--que me trate como amigo; aunque es de reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, que habré de serle enteramente leal. Siento por usted la más tierna estimación y el ardiente deseo de serle útil.
--En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...
Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darse algún aplomo y después prosiguió:
--He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer con respecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente en apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vez desde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida alguna actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo veintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse por completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre que melancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y me pregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome de nuevo...
--Tiene usted razón--afirmó Delaberge animándose;--la soledad no es buena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para un alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la edad de las vacilaciones y de las añoranzas...
--Sin duda--replicó ella sonriendo;--pero, aunque estoy todavía lejos de la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza; es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi difunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero un compañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo y prematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósfera llena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda la fuerza que había en mí para conservar, después de cinco años de semejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con él casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si alguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elección menos las puras conveniencias que una inclinación sinceramente sentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales una forma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Usted vive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y podrá, por tanto, aconsejarme bien.
--¡Ay, señora!--replicó suspirando--yo soy un célibe que ha hecho siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo ayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Ante todo--agregó sonriendo discretamente,--¿cuál sería su ideal? ¿Lo ha entrevisto ya usted en sus ensueños?
--Alguna vez--contestó ella bajando los ojos.--En primer lugar, detesto a los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría, pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un espíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaría que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...
Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena conciencia de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad iluminaba su rostro.
--¡Muy bien!--dijo.--Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las cualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muy joven?
--Sin creerlo en absoluto necesario--repuso ella,--paréceme, sin embargo, que la juventud no estaría de más... La juventud es la que hace resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos de Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que se pueden aplicar muy bien al caso:
_Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes si vivimos con gente vieja..._
Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y benevolencia.
--¿Cree usted?--murmuró Delaberge.
Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.
--¿Le parece a usted que soy exigente?--preguntó ella al notar ese cambio de fisonomía.
--¡Tiene usted derecho a serlo!--repuso melancólicamente.
--Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman figura brillante...
Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos horizontes:
--No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad, ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu, por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo apariencias de frialdad y aun de rudeza...
Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro conocían... a Simón Princetot.
No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día, él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de darle una durísima lección de modestia.
Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:
--Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.
--No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis ojos.
--Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice una tontería?
--Sin duda ninguna.
Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.
--Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba haciendo tarde.
--Es verdad--dijo ella;--el sol camina ya hacia el ocaso.
--Adiós, señora.
--¿Adiós?--exclamó ella.--¿Es que se marcha usted de veras?
--No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.
--Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de vernos todavía.
--Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su mano.
Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.
Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló todavía su natural amabilidad.
--Si quiere--dijo Camila,--daremos un paseo por el parque y le acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho su camino... Deme usted el brazo.
Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard, a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los pájaros.
Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su interno sufrir: «No soy para ella nada--pensaba;--me acaricia lo mismo que se hace con un anciano...»
Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.
--No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y perdóneme que haya abusado de su paciencia.
Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y la rozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla del parque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y le sonrió gentilmente. En seguida desapareció.
Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que la joven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeño bosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligero rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los árboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y se alejaba a través de un campo de centeno. Hubiérase dicho que, avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.
El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.
--¡Es singular!--dijo Delaberge casi en voz alta.--Tiene este fugitivo una gran semejanza con Simón Princetot.
IV
Preocupado por este incidente, siguió Delaberge muy pensativo el sendero indicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo, por el que discurrían las aguas derivadas del Aubette. Por el otro lado subían hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos y de alfalfas, que mostraban solamente aquí y allá algunos claros, tierras pantanosas en que crecían tristísimas plantas acuáticas. Toda la extensa llanura se iba adormeciendo, como mecida por el monótono canto de los grillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vez en cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeños mochuelos que volaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las medio desnudas de un viejísimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, el murmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de los insectos, añadían todavía mayor tristeza a la impresión de soledad que oprimía el corazón de Francisco.