Chapter 5
Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Seguía murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sintió Delaberge una profunda lástima...
--No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora--dijo entonces con entonación más amable.--Por el contrario, grande ha sido mi satisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si he podido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés en felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar conocimiento ayer...
--¡Ah!... ¿Le ha visto usted?--murmuró muy débilmente Miguelina.
Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como si el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente catástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y con gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...
Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para tranquilizarla añadió:
--Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...
Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después prosiguió:
--Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.
Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas humedecían los ojos de la hostelera.
--¿Qué tiene usted?--continuó.--Diríase que mis palabras le causan pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...
Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró dulcemente:
--Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...
Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva tentación.
--¡Calle usted!--murmuró suplicante.--Me da vergüenza oír hablar de aquellos tiempos.
--¿Por qué?--replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa castidad.--En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes, fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.
Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera tapado los oídos.
--¡Calle usted!--repetía.--¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?
--Nunca imaginé--dijo Delaberge impaciente--que mi presencia le había de causar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capaz de la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y se quedará entre nosotros.
Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:
--Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi casa.
Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondas lamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de la honradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que su llegada al _Sol de Oro_ despertase la malignidad de los envidiosos que hablaban mal del _Príncipe_ sólo porque había hecho fortuna. Iban a remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había ya llorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había ido muchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las más duras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedaba enterrado en el confesionario del cura párroco... Poco a poco las malas lenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba ya a respirar, vivía feliz entre el _Príncipe_ y su hijo, creyendo que todo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un rayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la cocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto de caer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño, viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendida sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.
X
Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones. Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que el remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía además desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis años habían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señora Princetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había de creerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. El señor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad era patente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que la hostelera del _Sol de Oro_ edificaba con su religiosidad a los fieles todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles las lamentaciones de la señora Princetot.
De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. El continuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de la hostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.
Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en el deber de calmarla.
--Señora--dijo,--se da usted una pena inmensa por simples quimeras... Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.
Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de su sensual languidez.
--¡Sí!--exclamó juntando las manos.--¡Márchese... márchese lo antes que pueda, yo se lo ruego!...
Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse desembarazada de la presencia de su antiguo amante.
--Mi marcha--replicó Delaberge con cierta ironía--dependerá en mucho de las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los deslindes.
--¡Ah!--gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la cabeza.--¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.
--Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es razonable...
La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:
--No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran ayer!...
Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no estaría loca aquella mujer.
--No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?
--Nada, nada...
Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar su impasibilidad de figura de cera y prosiguió:
--Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted... Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.
--Se lo prometo.
--Gracias, señor Delaberge.
Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale del confesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada al espejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás las huellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toalla humedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda su figura de antes.
La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y de arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiempos lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas precauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección del pasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió más hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su hostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que tenía ante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche se deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de esa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copa de placer que habían gustado sus labios.
Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su sensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como para darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, le rechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.
Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar un poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez el cuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette, siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una bóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de Val-Clavin.
El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que habían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima de las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje las clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquel sitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridad verdaderamente crepuscular.
También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en sus años juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de su paso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árboles altísimos. Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras que las heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo ello obstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienen las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos rumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación de malestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón al rechazarle la señora Miguelina.
A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecían más extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.
¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia pudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otros tiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para no haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estado sordo, no lo iba a estar ahora menos...
De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramente no al _Príncipe_ tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de la juventud... Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante los ojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que su hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él se alarmaba principalmente.
¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido por una tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin duda una terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan lleno de filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tarde sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves y sin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos en los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y mortíferas.
Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa Némesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con nuestras acciones, envenenamos.
Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también a cumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo a Val-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del _Sol de Oro_, en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedes y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros días; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuya tranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eran otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?
Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiese caer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagase las faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos de debilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge un gran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de sus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenos exteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muy aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con rigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que se sentía después de su entrevista con la señora Princetot le predisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que se esconden y permanecen en profunda quietud nuestros más secretos pensamientos.
Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraña ver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadas aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. A medida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbita luz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía la posibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonces había concedido la menor atención.
Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir las consecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que no había dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose más timorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoras preguntas:--¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?... ¿Estaba bien seguro?...
Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubiese recibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabeza para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción, prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubiera sabido... Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejado ignorar una cosa semejante...»
Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en seguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente a trabajar.--«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?... Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le había prohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con el espanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraran ayer!...»
A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase más espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la senda toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada luz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como un nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios de amenazadores enigmas...
SEGUNDA PARTE
I
Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su informe dirigido a la Administración esperaba recibir una pronta respuesta. Los días que se pasaron aguardando la decisión ministerial pareciéronle tanto más largos por cuanto vivía muy solitario en la hospedería del _Sol de Oro_. La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo y parecía poner cada vez más empeño en esconderse. El mismo Simón Princetot, hacia el cual sentíase atraído y con quien le hubiera gustado conversar, no manifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas en Rosalinda. También se escondía. El inspector general no quería acusarle a él de reserva tan extremada; sospechaba más bien que la señora Princetot había procurado alejar de él a su hijo y quitarle así todo pretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosas precauciones mantenían en el espíritu de Delaberge la enervante inquietud que tanto le hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.
Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás también con la esperanza de encontrar a Simón Princetot en Rosalinda, resolvió Francisco hacer una nueva visita a la señora Liénard.
La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la encantadora viuda le alegraba suavemente el corazón. Cierto que se hubiera mentido a sí mismo si se hubiese querido convencer de que sentía hacia Camila una de esas tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad a los hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso; pero, cuando volvía a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjaba en su imaginación una vida nueva en que había de verse convertido en padre de familia, veía siempre el franco y amable rostro de la señora Liénard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire. Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez más ese quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.
«Seguramente--pensaba,--enamorarse a mi edad se presta un poco al ridículo, pero no hay duda que la señora Liénard realizaría cumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su natural encantadoramente expansivo, alegraría los años que me falta vivir; no tiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras que trato en París; sería una mujer de su casa, activa y alegre, una esposa que me haría honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amaría a los que pudiesen nacer de nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo que aceptase unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para mis cincuenta años?...»
Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas, atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza, donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con las flores de su jardín.
--Ya lo ve usted, señora--dijo saludándola,--cómo abuso de la libertad que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a título únicamente de vecino.
Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su morena manecita, cuya fina epidermis habían ligeramente rasgado las espinas de los rosales; y dijo la viuda:
--Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar este ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones del salón... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas y las flores mustias.
--¿Puedo ayudarle?
--Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores que yo vaya designando.
Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba nombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocaba y la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, al viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de paja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.
--Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no, esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazón anaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... No parece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.
Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida que compartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto de los fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores y formas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas, de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor al brazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos de Camila por entre las hojas llenas de humedad.
--Basta--dijo ella al cabo de algunos minutos.--Ya tenemos bastantes flores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.
Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual había algunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantes colores dos pequeños jarrones llenos de agua.
Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos. Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien las iba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices y variando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a poco los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.
Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada de naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.
Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesar suyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:
--¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se viva constantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacerse monótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?
La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caer de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codos en la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios, como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otra vez.
Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte las flores en los jarrones, habló Camila de este modo:
--Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto mi aislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Y me pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia, aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis ensueños... Y no obstante...
Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.
Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse las verdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomando uno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolo sonriente:
--Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser indiscreta.
--Tiene usted razón, señora--replicó galantemente Delaberge;--tráteme como un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tan poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento hacia usted, tan hospitalaria, tan benévolamente amable con un pobre desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria, es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del _Sol de Oro_ no es más que un fastidioso desierto.
Habían entrado ya en el salón.
--Entonces--repuso la señora Liénard, tomando de sus manos el jarrón--cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unos momentos.
--¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.
Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.