Paternidad

Chapter 4

Chapter 44,001 wordsPublic domain

Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendía gentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosa falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban una suprema elegancia.

Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquella pequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lo descuidado de su traje.

--Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y no me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrar siquiera a saludarla...

Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a un visitante que se había levantado al entrar él y que se disponía a despedirse.

Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y de una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramente rizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; pero este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia. De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardaba seriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar para despedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, su fisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la que tenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, se descubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de pasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En el momento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a la señora y dijo con cierta brusquedad:

--Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques de Carboneras.

--¿Pero volverá usted por aquí?--exclamó la señora Liénard.--Es que necesito todavía de usted...

Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama:

--Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permítame que le convide a comer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen las visitas en la mesa... Además tendrá usted compañía para volver a Val-Clavin, pues quiero que me prometa el señor Simón que al regresar de los bosques ha de venir aquí a comer con nosotros... ¡Buena es ésta!--se interrumpió a sí misma riendo.--Soy tan aturdida que olvidé la presentación... El señor Princetot... el señor Delaberge, inspector general de montes.

Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente. Delaberge, despierta su curiosidad por el nombre de Princetot, examinó atentamente al joven que acababan de presentarle; pero éste se dirigía ya hacia la puerta mientras la viuda acompañándole le repetía:

--Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos a la mesa.

Cuando hubo salido, Delaberge preguntó:

--¿Este señor Princetot sería acaso el hijo de mi hospedero del _Sol de Oro_?

--Sí... ¿Le extraña a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna... Es un corazón excelente y un espíritu distinguido. Adora el pueblo en que nació y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirse en un señor... Después de haber hecho excelentes estudios agrarios, ha vuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince y raya al guarda general de Val-Clavin.

Delaberge se echó a reír.

--¡Apuesto, señora Liénard, que es él quien le aconseja en este asunto de los deslindes!

--Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos años regresó Simón de la Escuela de Cluny, ofreció a los usuarios del pueblo defender gratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y así es como entré en relaciones con él. El joven me interesa, y si mi situación no me obligase a una gran reserva, tendría un gran placer en recibirle con mayor frecuencia; pero él mismo pórtase con gran discreción y no viene nunca aquí sino para hablar de negocios... Estoy encantada, señor inspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar mi invitación: esto me ha permitido invitar a Simón también.

Delaberge en su interior decíase que hubiera preferido comer a solas con la viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abrió una de las ventanas y mostrando a su huésped los jardines le dijo así:

--No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, pues me siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, será preciso que me dispense por algunos minutos....

Tocó el timbre, dio rápidas instrucciones a sus criadas, cubrió su cabeza con un gran sombrero de paja y volvió en seguida a reunírsele, diciéndole:

--¿No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted no la había visto? En tiempos de mi difunto tío estaba esto muy mal; las aguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los árboles crecían como y donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso y he convertido la finca en lo que usted va a ver.

VIII

Alegre y vivaracha acompañaba a su huésped a través de los jardines, enseñándole sus colecciones de flores de todas clases, explicándole cómo había secado las tierras y canalizado las aguas del río que ahora serpenteaba entre orillas plantadas de iris y de cañaverales. El escuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espíritu a la vez práctico y lleno de imaginación. Durante la prolongada visita a parques y jardines, pasaba ella sin transición ninguna de un asunto a otro con la gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en alguna flor según su propia fantasía. Ora disertaba sabiamente sobre la aclimatación del pino; ora se permitía ligeras alusiones al asunto de los deslindes; y después, haciéndose más comunicativa, contaba ingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchas para la transformación de Rosalinda y sus proyectos de futuros embellecimientos. Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba, la encontraba cada vez más encantadora. De pronto se paró ella exclamando:

--¡Estoy cierta, señor, de que mi charla le molesta un poco!

--Se engaña usted, señora--repuso Delaberge con viva entonación.--Todo lo que me cuenta me interesa muchísimo... Hablándome de usted y de sus ocupaciones, iniciándome en su retirada existencia, me da usted una prueba de confianza de que estoy encantado...

Y en efecto, estaba el inspector general bastante más encantado de lo que él mismo creía.

Ese carácter tan lleno de alegría y de franqueza, ese corazón de mujer joven que se abría con tan buena fe, esos límpidos ojos que sonreían tan confiados, esa íntima conversación en medio de unos jardines llenos de flores, con el acompañamiento del cantar de los pájaros y el arrullo de las palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspector general como podía haber hecho un vino dulce y generoso, vino que, cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidad a la cabeza por cuanto no se está ya acostumbrado. Para ese funcionario que tantísimo tiempo había vivido en medio de sus expedientes administrativos, habían de ser mucho más peligrosas que para otro cualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarísima e iluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegría y de juventud.

--Sí--prosiguió diciendo con tono de profunda gravedad.--Aunque nos conocemos tan sólo desde hace pocos días, veo que me habla usted como a un antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.

Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.

--¡Dios mío--dijo,--quizás soy demasiado expansiva!... Es mi defecto... Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señora Voinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si me explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí en seguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y me alentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio; puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...

--Casi tanto como al señor Simón Princetot--interrumpió riendo Delaberge.

--¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lo moral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?

--No le he visto bastante para poderlo observar...

Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no era ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente su brazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieron paseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieron hacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.

Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y sonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureció su rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general. Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.

Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres se observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacía la señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseaba sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así, procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares. Hizo grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobre sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economía agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez en la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo, ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlas descubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole y presentándole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por la claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard no había exagerado. Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar. Y era realmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educado en una hospedería de pueblo.

Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las del inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y en vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En realidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. No tenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del _Príncipe_, ni tampoco la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaños, espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera de la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero, aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando contestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomaba súbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.

Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplaba Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «He aquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándose llevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí: «Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino la mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría de buena gana...»

Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señora Liénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía a un espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gran sensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y una compañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta conversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le prodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus más exquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que no habían servido mucho desde los tiempos de su juventud.

En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantes cumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y que ensombrecían su buen humor.

Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el sol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard se hizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuando ofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias, diciendo que tomaba el café sin azúcar.

--¡Es raro!--exclamó aturdidamente la viuda.--Lo mismo que el señor Simón...

Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le había demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente a Delaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena de desconfianzas. Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, en medio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetrante perfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó a mostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge para despedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.

--¡Buenas noches, señores!--dijo la señora Liénard.--Juntos harán ustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía una semana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino de Rosalinda...

Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda de los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que había helado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamente taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo silencio, se decidió a romperlo, diciendo:

--Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administración a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga usted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el más conciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...

--Lo están, señor--interrumpió Simón, sin abandonar su frialdad;--solamente las personas extrañas al país y a sus necesidades...

--He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parece creer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo... ¿Qué edad tiene usted?

--Voy a cumplir veinticinco años.

--Pues yo tenía apenas veinticuatro cuando era guarda general en Val-Clavin... No hay un rincón en todos estos bosques que yo no haya visitado y cuya naturaleza desconozca.

--En tal caso, señor, si es usted justo cambiará el proyecto de la Administración... Lo que la Administración propone es inadmisible; perjudica nuestros intereses y nos arruina.

--Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienen también derecho a algún miramiento... Tenemos la misión de conservarlos y si usted fuese como yo un viejo forestal...

--¡Sin ser forestal de profesión--exclamó animándose el joven--se puede tener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan al Tesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.

--¿Ama usted los árboles?--preguntó Delaberge un poco más afable.

--¡Sí, los amo!...--replicó el joven con viva entonación.--Los amo como a buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi país cuya hermosura ellos son. Sepa usted que nací casi en los bosques y que desde muy niño he vivido en medio de ellos... Un árbol hermoso, vea usted, como éste...

Y al decir esto corrió hacia una de las hayas que bordeaban el camino y prosiguió, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentado tronco:

--Un árbol sano y hermoso es para mí como una persona, como un hermano y hasta a veces me entran ganas de besarle...

Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brotó de pronto como una fuente de agua viva, contemplaba con emoción a ese esbelto muchacho de veinticinco años, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna. La haya y él parecían, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otro descubrían una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos y llenos de energía, se lanzaban con ímpetu a la vida.

--Vaya--dijo sonriendo Delaberge,--he aquí al menos un punto acerca del cual nos hemos de entender muy fácilmente... En el terreno jurídico podremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entonces firmemos una tregua,... ¿Quiere usted?

Tendió su mano al joven; éste tuvo un momento de sorpresa o de vacilación; luego tendió la suya y Delaberge la estrechó con ademán amistoso. Después continuaron su camino hablando tranquilamente de la repoblación de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del _Sol de Oro_, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.

* * * * *

Subió Delaberge a su habitación, pero los incidentes de aquella tarde le tenían un poco excitado y no se sentía con ganas de dormir. Abrió la ventana que daba al jardín.

Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana y recordó que era aquélla su habitación, ahora ocupada por Simón Princetot. Poco después vio al joven asomarse a la ventana y apoyado de codos en ella, soñar tal vez, como él había hecho en días lejanos, enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vaga silueta, el inspector general se dejó dulcemente deslizar hacia las mayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumores de los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la noción de los días y de los años...

El murmullo de las aguas ribereñas, el canto melancólico de las ranas, el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonaban misteriosamente en el espacio y le mecían con una música semejante a la música de otros tiempos.

Y lentamente alucinado, acabó por parecerle que se veía a sí mismo cuando tenía veinticinco años, apoyados los codos en la misma ventana, en pleno florecimiento de su robusta juventud.

IX

Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponía a la Administración Central el resultado de su visita a los bosques de Carboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el cambio de terrenos propuesto por la Administración Provincial, demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones de los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y solicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión de los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un arreglo.

Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes de la víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones una sutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y la simpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso; sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en los informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.

Por las abiertas ventanas penetraban en la habitación roja la clara alegría de la mañana, la sonoridad despertadora de los mil rumores del campo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazón y el espíritu de Francisco Delaberge. Cuando había llegado ya a las últimas líneas de su informe, distrajeron su atención una serie de rumores y voces que oyó junto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de la casa piafaba y pateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmar sus impaciencias con interjecciones acariciadoras: «¡So... So... Quieto, _Brunete_!...». Luego esta misma voz exclamaba: «Vamos, papá, date prisa, vamos a llegar tarde...»

Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una _charrette_ inglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de vivos movimientos, junto al cual estaba el joven Simón. En aquel momento salió de la casa el _Príncipe_, lenta y majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.

El hospedero del _Sol de Oro_, recién afeitado, se había puesto una ancha blusa encima del traje y cubría su cabeza con un sombrero de anchas alas. Pesadamente subió en la _charrette_ se le reunió en seguida su hijo Simón con las riendas en la mano. Y entretanto que la señora Princetot les hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía el _Príncipe_, guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona mano acariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba cariñosos golpecitos, mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.

--Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su hijito...--decía el _Príncipe_ a su mujer.--Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, no por eso te preocupes nada.

Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora Miguelina un tierno beso y le decía:

--Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.

Con la punta del látigo acarició el cuello del caballo y el animal tomó inmediatamente el trote en la dirección de Recey.

La señora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les siguió con la mirada hasta que hubieron vuelto la próxima esquina y luego entró sola en la casa.

«Esa gente es feliz y se aman unos a otros--pensaba Delaberge, que lo había visto todo desde la ventana.--Ese Princetot, tan positivo, tan metido en lo material, quiere tiernamente a ese único hijo de que está tan orgulloso. Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia de mojigata, devora con los ojos a su hijo, y éste siente por uno y otra un afecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada de profundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y para tranquilizar a su madre sabía poner en sus palabras y en su voz inflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simón no es sólo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene también el corazón en su sitio...»

El inspector general se maravillaba además de que ese muchacho, tan superior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, no manifestaba ese estúpido respeto social que hace que ciertos hijos de burgueses rápidamente enriquecidos se avergüencen de las ridiculeces de sus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con su buen humor esforzábase en allanar el abismo que de ellos le separaba, y así vivían los tres sin tropiezos y en la más completa armonía. Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y gracias particulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educación y en gustos. La Escritura había dicho con razón: _Voe soli!_ El célibe ignora o comprende muy difícilmente esa fusión de las almas, esa expansión de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios, esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero interés a la existencia de los humanos...

Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyó su informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblando cuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.

Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo dejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Al llegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puerta había quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vio a la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación. Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y, aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglo de aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge le causó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y se puso intensamente pálida.

--No se moleste por mí, señora Princetot--dijo Delaberge mientras cerraba tras de sí la puerta.

Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; pero luego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitable y que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de ser preferible aprovechar la ausencia del _Príncipe_ y de su hijo.

--Dispense, señor Delaberge--repuso la hostelera, con voz no muy segura.--Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera atrevido...