Pasarse de listo

Chapter 5

Chapter 54,148 wordsPublic domain

»Mi teoría es como sigue. Yo creo que el entendimiento es uno, y me figuro un instrumento para medirle semejante al termómetro. Pongamos en él 100 grados, que es número redondo, y con 20, en mi sentir, bastará para todo lo práctico de la vida, si la fortuna sopla y las circunstancias son favorables. Con los 20 grados se llega a ser ministro celebradísimo, príncipe de gran mérito, presidente de república, banquero poderoso y hasta cardenal y papa. Para hacer todos estos papeles medianamente basta con la mitad de los grados; basta con 10. Seamos, no obstante, pródigos y concedamos 20 a las más altas notabilidades de la vida social y política. Todos los grados de entendimiento que tengas por cima de los 20 no sólo te serán inútiles, sino nocivos; te distraerán de lo que importa a tu interés; te harán pensar en multitud de asuntos inútiles, en que no piensan los tontos; te concitarán el odio de los demás hombres, o harán que te miren como a un bicho raro y estrafalario, y de nada podrán servirte si no llegan a los 100, que son ya los grados del _genio_. Podrán también perjudicarte excitando tu amor propio y haciéndote pensar que eres _genio_ o estás cerca de serlo, con lo cual es probable que te pongas en ridículo. Para ser _genio_ se requieren los 100 grados bien cubiertos, y aun así, el _genio_ suele quedar latente si el hado propicio no le saca a relucir. Entonces aparecen Cervantes, Newton, Shakespeare, Hegel y otros tales. Mientras esto no aparece no hay ser más deplorable y cómico que el hombre que tiene, en nuestro siglo, más de los 20 grados de entendimiento, necesarios para llegar a lo más sublime de la vida práctica, en el medio o ambiente de civilización que nos circunda. Claro está que, según progrese el género humano, subirá el nivel y serán menester más grados para lo práctico, así como, en antiguas edades, se requerían menos. En el estado salvaje, pongo por caso, bastaban dos o tres grados. No se requería para cazar y pescar, para estratagemas guerreras, etc., sino cierta astucia, cierto instinto poco superior al de las bestias feroces. Todos los grados de entendimiento que sobre esto tenía entonces un hombre eran don funestísimo y absurdo lujo. Ahora, como ya se han aplicado a la guerra las matemáticas y otras ciencias, y se caza y se pesca en la Bolsa, en los Congresos, en Sociedades mercantiles e industriales, no disparando flechazos, sino creando valores, acciones, obligaciones y otros proyectiles más complicados, los grados que se necesitan son 20. Repito que, como el mundo va de prisa, dentro de un par de siglos se necesitarán 40; mas por lo pronto, ya está aviado el que pasa de los 20. ¡Qué estorbo tan horrible en los grados que le sobran! El sentido más hondo, más filosófico, más trascendental de la frase _pasarse de listo_ consiste en esta superioridad lastimosa. Todos los tiros que se disparan se escapan por cima del blanco. La crítica asesina precede además a toda inspiración y te la mata. No haces mil cosas porque te parecen tonterías; otro las hace, y medra. En cambio, lo que tú haces por parecerte discreto, o mal comprendido, o juzgado sólo por el éxito, que suele ser deplorable, parece tonto a todo el mundo.

»Tal es, en resumen, mi teoría. Con ella trato en balde de consolarme de mi corta ventura, teniendo la inocente vanidad de creerme con más de los 20 grados y de _pasarme de listo_ en el sentido más profundo y filosófico de la frase.

»Esta triste satisfacción que yo me doy es por demás alambicada para que le valga a mi mujer. Ella no mira sino que va a pie, que vive en pobre casa, que nadie la atiende, y que el respeto, la consideración y la lisonja de que anhela verse rodeada le faltan por mengua mía.

»Yo noto, mido, calculo instante por instante el rápido progreso que hace este mal en el corazón de ella. En esto también me paso de listo. Soy listo para atormentarme. Me comparo al médico cuando advierte los progresos de la tisis en una persona querida, prevé los estragos que va a hacer y no sabe ni evitarlos ni remediarlos.

»De sobra veo patente el desprecio de mí que poco a poco va entrando en el corazón de Beatriz y devorando el afecto que me tiene. Pero ¿cómo impedir esto? ¿Cómo probarle que valgo más que los dichosos y encumbrados y ricos? Cuanto discurso haga contra ellos parecerá sugerido por la envidia y me hará más despreciable a sus ojos.

»Si yo fuera joven, hermoso y robusto, me quedaría la esperanza de que por ello siguiese Beatriz amándome, aunque dejase de tener elevada opinión de mis prendas intelectuales; pero estoy viejo y achacoso, y soy enclenque y feo como el demonio. Me aplico, pues, con amargura aquella pregunta del poeta:

¿Qué le queda al demonio, ¡vive Cristo!, Si se le quita la opinión de listo?

»Y sin vacilar respondo: Nada. Pronto no quedará nada para mí en el corazón de ella, sino ofensiva compasión, si no gasta toda la que tiene en compadecerse a sí misma. Y más vale que no me compadezca. Bien dice nuestro inmortal novelista: «Y sobre todo, el cielo te guarde de que nadie te tenga lástima.»

»Yo estallaría, me ahogaría si no comunicase con alguien mis penas. Por eso te las confío. Beatriz no advierte nada. ¿Cómo, de qué, por cuál motivo quejarme con ella y de ella?

»Yo la amo con toda mi alma, y necesito para ser feliz que ella me ame y me respete. Pero aquello de que el amor impone el amor es una mentira. Y tampoco quiero yo que me ame y me respete para cumplir una obligación: en virtud de un contrato.

»Veo, pues, que voy perdiéndolo todo en el alma, de Beatriz, y no le doy a conocer que lo veo. Percibo claramente el abismo en que voy a caer, y sigo caminando hacia él, sin que me sea posible torcer por otro camino o cegar el abismo.

»Esta es mi horrible situación. A nadie, ni a ti mismo, debiera confiarla; pero necesito depositar en alguien mi secreto dolor. Ven por aquí a consolarme. Ven también por Inesita. Acaso te ame. Es buena y cariñosa como Beatriz, y no tiene ambición como Beatriz. Además, tú eres joven y buen mozo... ¡Qué desatino hice en casarme! Pero ¿qué había de hacer, si estaba enamorado? ¿Quién me quitará la gloria de haber sido amado de ella? Ella me ha amado; ella me ama todavía. ¿De qué voy a arrepentirme? ¿Quién, por temor de perder el bien, se lamenta de haberle logrado?»

Tal era la carta que escribió don Braulio, que cerró cuidadosamente y que certificó para que no se perdiera, antes de confiarla al correo.

Hechas ya sus delicadas y lastimosas confidencias se sintió algo más aliviado y sereno, y se dispuso resignado a cumplir la promesa de llevar aquella noche a Beatriz y a Inesita a los Jardines del Buen Retiro.

VII

Los poetas dramáticos tienen que hacer hablar a sus personajes según el carácter, condición y pasiones que representan, sin que en tan estrecho cuadro, como es el de un drama, haya fácil modo de poner correctivo a las malas doctrinas o sentencias inmorales que dichos personajes puedan emitir. Así es que los pobres poetas dramáticos fluctúan entre dos escollos. O bien convierten a sus héroes en enojosos y pesados predicadores, o bien, si les dejan hablar lo que la pasión naturalmente les inspira, se comprometen a responder ante la posteridad, y si sus obras no llegan tan lejos, ante sus contemporáneos, de todos los extravíos, delirios y ensueños que ponen por fuerza en boca de los hijos de su fantasía, acalorados y vehementes. Así, para ilustre ejemplo de lo dicho, citaremos a Eurípides, a quien, desde muy antiguo, han acusado de corruptor. Sabido es que César, a fin de justificar todas las insolencias y maldades de que se valió para apoderarse de la dictadura, repetía con frecuencia ciertos versos del trágico mencionado.

Yo, en general, soy muy opuesto a enseñar nada en obras de amena literatura, y mil veces más opuesto si la enseñanza es de máximas pecaminosas. Por esto escribo novelas, y no dramas. En la novela caben todas las explicaciones: en pos del veneno se administra la triaca. El autor puede tomar la palabra en medio de la narración y contradecir a sus personajes, mitigando o ahogando en seguida el mal efecto que las opiniones de cualquiera de ellos hayan producido.

Prevaliéndome de este permiso, y para aquietar mi conciencia, harto escrupulosa, tengo que hablar ahora de don Braulio y de su carta, la cual contiene proposiciones aventuradas sin duda, y que, creídas por el cándido lector, pudieran pervertirle con una de las más feas perversiones que se conocen: la de considerarse _genio_ no comprendido, ser superior desatendido injustamente.

Don Braulio trabajaba como un negro en su oficina, pasaba por un empleado probo e inteligente y no descubría sus humos de _genio_ o _semigenio_ sino con el mayor sigilo y a su amigo más íntimo.

Su teoría orgullosa le servía de consuelo, o al menos de alivio, en ciertas amarguras y sospechas, que le atormentaban cruelmente, sin que sepamos aún hasta qué punto doña Beatriz había dado motivo para ello.

Don Braulio, por último, si se juzgaba víctima, no culpaba a la sociedad en su conjunto, ni a ningún individuo singularmente, sino suponía que todo emanaba, por manera fatal e inevitable, de la misma naturaleza de las cosas.

En suma, don Braulio, melancólico por temperamento, poco favorecido de la fortuna, y enamorado y celoso sin saber de quién, deliraba acaso forjando teorías; pero no dejaba que dichas teorías trascendiesen a la práctica, y parecía, a la vista del más lince, como un empleado modesto, que sabía todo cuanto importaba saber y hacía cuanto importaba hacer para ganar el sueldo en conciencia y no estafar al Tesoro público o tomar las oficinas por hospicios destinados a gente de levita o a mendigos de privilegio.

En cuanto a la teoría en ella misma, no hay poco que decir en contra; pero aquí no vamos a filosofar, sino a narrar. Diré, con todo, que aun suponiendo que en cada grado de cultura a que va llegando la sociedad se requieren sólo ciertos grados de entendimiento para lo práctico y diario, y que los demás grados son del todo superfluos, inútiles y hasta nocivos, salvo en casos excepcionales, todavía habrá que conceder que el entendimiento no es la única potencia del alma que vale al hombre para lograrse; la voluntad, el carácter, entran también por mucho.

Por otra parte, el entendimiento, en su esencia, es semejante a Dios; nadie le ve, nadie le conoce, nadie le reverencia y acata sino en sus obras. Así es que don Braulio, o cualquiera otro, podría tener más de los 20 grados de entendimiento que, en su sentir, eran necesarios o convenientes para lo práctico; pero cuando este plus, cuando esta sobra intelectual no se manifiesta en nada, sino en echar a perder el entendimiento que está en uso, no hay razón para quejarse de que el mundo no aplauda ni se pasme de lo invisible y recóndito que no puede sondear, ni penetrar, ni desentrañar. ¿Quién sabe si el amor propio engaña y hace creer a muchos que poseen ese entendimiento excesivo y superfluo, y tal vez no poseen sino una dosis superlativa de fatuidad? Y si no engaña el amor propio, si en realidad tenemos ese superior entendimiento, y no llegan las circunstancias favorables en que se muestre, lo mejor es callarse, resignarse y vivir como viven los hombres menos despejados, sin presumir de genios, sino trabajando humildemente para ganarse la vida, tratando de igual a igual con los seres vulgares, y reservando el superior entendimiento para hablar con Dios o con seres sobrenaturales, o para conversación interior con uno mismo, si no cree en nada el semigenio, o si, a pesar de su categoría mental, no se dignan los ángeles ni los númenes bajar del cielo o del Olimpo a fin de tener con él un rato de palique.

Voy a poner por caso la vida de Spinoza. Esto explicará mejor mi idea. Figurémonos que aquel sabio no hubiese escrito sus obras filosóficas; que por cualquier motivo se hubiese llevado al sepulcro el secreto de su admirable, aunque extraviada, aptitud para las más profundas especulaciones metafísicas. Claro está que, abrumado dicho hombre extraordinario por sus sublimes y extraños pensamientos, no hubiera sido en la vida práctica ni rico fabricante, ni mercader dichoso, ni hábil hombre político, ni nada por este orden; pero hubiera trabajado en pulir vidrios para lentes o en hacer zapatos, o en cualquiera otro oficio o menester mecánico, y no hubiera tomado por pretexto lo de sentirse genio para ser un vago sin oficio ni beneficio, y lo que es peor, no un vago divertido y alegre, sino un vago quejumbroso y llorón o maldicente, mordaz y ponzoñoso como las víboras.

Disculpemos, pues, o al menos seamos indulgentes con nuestro don Braulio, cuyo orgullo se quedaba escondido en el centro del alma, revelándose sólo al más íntimo de sus amigos en el momento en que se mostraban también las heridas más profundas de su corazón.

Don Braulio había sentido la necesidad de confiar sus penas a un amigo, a fin de no ahogarse; pero, salvo esta confidencia, si pecaba por algo era por reconcentrado y lleno de disimulo.

Su mujer no había advertido aquel disgusto, aquella sospecha que le atosigaba el alma.

Su mujer parecía que le amaba; sin embargo, su carácter alegre y su temprana juventud la excitaban al regocijo y la impulsaban a que tratara de distraerse y divertirse.

No era doña Beatriz despilfarrada, sino ordenadísima y económica. Era, sí, ambiciosa y amiga del lujo y de las galas; y si bien no la atormentaban la envidia ni el despecho al ver a otras mujeres, menos bonitas y menos distinguidas por naturaleza, lucir joyas, sedas y encajes, ir en coche y circundarse de la resplandeciente aureola que ofrece el lujo a la hermosura, anhelaba gozar de todo esto, y no acertaba a ocultarlo a su marido.

De aquí el dolor y el punto de partida de las sospechas de don Braulio.

Si don Braulio no hubiera amado a su mujer; si hubiera creído este anhelo un capricho irracional, quizá le hubiera importado poco de todo; pero don Braulio la amaba, y además, según su modo de considerar las cosas de la vida, doña Beatriz tenía razón de sobra para ambicionar. Su anhelo, aunque la llevase hasta el extremo más lastimoso para él, era, según él, fundado, y sobre fundado, involuntario, fatal, preciso.

Don Braulio se culpaba a sí mismo, y no culpaba a doña Beatriz. ¿Por qué doña Beatriz le había amado? ¿Por qué se había casado con él? No era por lo lindo, ni por lo joven, ni por lo galán, ni por lo rico, ni por lo glorioso; era sólo por el entendimiento superior, que la había seducido. Si este entendimiento se evaporaba, si no servía para nada, si doña Beatriz dudaba de él, y quizá con razón, ¿qué fundamento le quedaba para seguir amando a don Braulio? Antes tenía fundamento para aborrecerle. Aunque sea mala comparación, nadie, que no esté demente, compra un rico vaso de china, un artístico jarrón de porcelana de Sevres para ponerle en el corral y echar en él afrecho que coman las gallinas. Para esto basta y sobra con un lebrillo o con un tinajón de Lucena. El vaso artístico requiere un bello salón donde colocarle: pide flores peregrinas que luzcan en él. Así, una mujer como doña Beatriz estaba pidiendo lujo, regalo, elegancia, adoración, incienso; pasear en coche, y no a pie; vivir en un palacio, y no en un piso tercero; no ocultarse entre el vulgo, sino resplandecer en la sociedad más elevada.

Al pensar don Braulio en esto decía siempre para sí: «¿Por qué me casé con ella?» Y él mismo se contestaba lo que ya decía en la carta a Paco Ramírez: «Yo la amaba, y esto lo explica todo; ella me ha amado, quizá me ama todavía; su amor, aunque hubiera sido sólo de un día, compensa todos los males que presiento y que en adelante pueden sobrevenirme.»

Con tales sentimientos ocultos en el seno, don Braulio, aparentemente gustoso y hasta regocijado, llevó a su mujer y a su cuñada a los Jardines a eso de las nueve de la noche.

Ambas iban de mantilla, con vestidos de seda obscuros, sin nada chillón ni disonante en colores ni adornos; con una innata elegancia, que se exhalaba como perfume de la misma sencillez y modestia de sus trajes.

Don Braulio era en el suyo, aunque limpio, harto descuidado. Su levita y su sombrero tenían la forma en moda hacía ocho o diez años. Su corbata negra estaba algo raída, y el cuello de la camisa, recto y sobrado grande, le llegaba casi hasta las orejas.

Beatriz se había medio peleado con su marido para obligarle a llevar más bajos los cuellos y a comprar nuevo sombrero y nueva levita. No había podido conseguirlo. «¿Qué quieres?--decía don Braulio--. Manías del señor mayor. Así iba yo cuando muchacho, y no quiero variar. Así te enamoré; así me quisiste; así te casaste conmigo.»

Doña Beatriz no sabía al cabo qué responder; se callaba, y dejaba ir a don Braulio como le daba la gana.

Aquella noche, pues, no hizo la menor observación sobre el traje de don Braulio; pero no por eso dejó de anudarle con gracia el lazo de la corbata, ni de alisarle el pelo, ponerle pomada y peinarle lo mejor que supo.

Los tres tomaron un cochecito con bigotera y se fueron a los Jardines. En el camino decía don Braulio:

--Me parece, y lo siento, que se van ustedes a fastidiar. No tenemos amigos. Ni siquiera tenemos conocidos. En medio de aquel bullicio vamos a estar como en un desierto. ¿Quién ha de hablarnos? ¿Quién ha de acercarse a nosotros?

--Hombre, no te apures por tan poco--respondía doña Beatriz--. Si no conocemos a nadie, si nadie nos habla, a bien que ni tú ni yo nos sabemos aún de memoria. Hablaremos; nos diremos cosas nuevas, nos haremos la tertulia entre los tres, oiremos la música y tomaremos el fresco.

--Para tomar el fresco--replicó don Braulio--lo mismo es ir allí que al Prado.

--Y aun se ahorraría el dinero de las entradas--dijo doña Beatriz.

Inesita iba silenciosa, y dejaba que siguiese el diálogo entre marido y mujer.

--No lo digo por la miseria del gasto, Beatriz. Ya sabes tú que no soy mezquino, aunque soy pobre.

--Lo sé. No creas que sospeche yo que te duela gastar el dinero en obsequiarnos. Lo digo sin ironía. Lo digo sólo para que comprendas que, vistas las cosas como tú las ves, es una tontería ir a los Jardines; pero yo, y sin duda Inés más que yo, las vemos a través de otro prisma. Gustamos de ver gentes, aunque no reparen en nosotras. La animación, la alegría, el espectáculo del lujo nos recrean. Aunque no nos forjemos la ilusión, ni esperemos, ni deseemos siquiera ser vistas y admiradas, queremos ver y admirar la gala, la hermosura y la elegancia de los otros.

--Tienes razón, hija mía, tienes razón. Yo me olvido de que eres una muchacha. Tus gustos son como de muchacha. Mal hiciste en casarte con un viejo... y con un viejo pobre y obscuro. ¿Querrías tú ser conocida y celebrada por ti, quedando tu marido en su obscuridad y en su pobreza? ¿Querrías tú que llegase yo a ser conocido como el marido de doña Beatriz?

--No lo quiero, ni eso es posible. Todo el que me conozca habrá de conocerte a ti; y, conociéndote, no podrá menos de estimarte por lo que tú vales, que es mucho, y no porque seas mi marido. Los que son sólo conocidos como maridos es porque de otro modo no merecen serlo. Nadie se acordaría de ellos a no ser por sus mujeres. En cuanto a tu vejez, a tu obscuridad y a tu pobreza, me enamoran más, bien lo sabes, que la juventud, la brillantez y la riqueza en cualquiera otro. Si algo vale mi cariño, baña en él tu alma y te sentirás remozado. ¿No me hablas a veces de la dulce luz de mis ojos? Pues ilumina con esa luz tu obscuridad. ¿No afirmas que mi cariño es un tesoro? Pues ¿cómo te atreves, ingrato, a sostener que eres pobre?

Don Braulio, que iba sentado en la bigotera, al oír tan cariñosas frases en tan linda boca no pudo contener la emoción; se le saltaron las lágrimas y, tomando la mano de su mujer, la besó fervorosamente.

Doña Beatriz sintió en su mano una lágrima, que cayó sobre ella al dar el beso don Braulio.

Entonces dijo doña Beatriz:

--Vamos, vamos..., dejémonos de niñerías. No me pruebes ahora no ya que eres viejo, sino que eres mucho más niño que yo. Alegrémonos, serenémonos y vamos a divertirnos hasta donde sea posible. Apliquemos al caso presente aquel refrán que dice: «En casa del pobre más vale reventar que no que sobre.» Es menester sacarle bien el jugo a las pesetillas que vamos a gastar. ¡Pues no faltaba más! Sería un despilfarro hacer el gasto y no divertirse luego.

Don Braulio se serenó siguiendo los consejos de su mujer: procuró reír y mostrarse contento, y hasta excitó a su mujer y a Inesita a que se divirtieran.

De esta suerte llegaron a los Jardines, tomaron billetes y entraron.

VIII

Aquella noche había en los Jardines más gente que de costumbre.

Unos estaban sentados en sillas formando grupos, corros o pequeñas tertulias; otros iban girando por el paseo circular, en cuyo centro está el quiosco de la orquesta. Esta tocaba, con bastante maestría, el rondó final de la _Cenerentola_.

Nuestro don Braulio y sus niñas no vieron una sola cara conocida.

En vez de sentarse se pusieron a girar por medio de aquella concurrencia.

Pronto notó don Braulio que, aunque no conociera a nadie, no era lo mismo pasear solo que acompañado por mujeres tan guapas. Aquello distaba mucho de parecer un desierto.

Con frecuencia, sobre todo al pasar grupos de hombres, llegaban a los oídos de don Braulio vagos murmullos lisonjeros, y de vez en cuando palabras y hasta frases enteras de admiración y de encomio.

En España, no me meteré a moralizar sobre esto ni a decidir si está bien o mal, pero los hombres, sin creer que ofenden, suelen requebrar al paso a las damas, en particular cuando van solas.

En esta ocasión, o por no fijarse en don Braulio, o por dar poca importancia a su persona, o por juzgarle distraído y que no oiría, Beatriz e Inés recogieron buena cosecha de piropos.

Ambas hicieron la recolección tan impasibles y con tan fría dignidad, que pronto, como si hubiese corrido la voz de que aquellas criaturas no pedían guerra, los piropos terminaron, aunque no terminó el abrir calle cuando pasaban ellas. Siguieron asimismo los murmullos de entusiasmo y simpatía.

Habían dado ya tres vueltas nuestras muchachas, cuando en un grupo de jóvenes elegantes divisaron las dos a la vez al Conde de Alhedín. Inesita conservó su serenidad olímpica, doña Beatriz se puso muy colorada.

--¿Viste al Condesito?--dijo a Inesita al oído.

--¡Ay, ay, qué colorada te has puesto!

Otra nueva onda de roja sangre subió entonces al rostro de doña Beatriz, que se puso más colorada.

--Estás como una amapola--dijo Inesita.

El grupo en que habían visto al Conde venía hacia ellas de frente. El Conde iba sin duda a pasar al lado. ¿Quién sabe si les hablaría? ¿Quién sabe si les diría alguna palabra atrevida, que don Braulio oyese? Por este recelo quizá se había puesto tan colorada doña Beatriz.

Lo singular fué que el Conde desapareció de pronto del grupo, el cual, al encontrarse con nuestras heroínas, se abrió para dejarlas paso, oyéndose por ambos lados murmullos lisonjeros y respetuosos, semejantes a los que de otras personas habían ellas oído ya.

Inesita dijo al paño a su hermana:

--¿Dónde se habrá escabullido el Condesito?

--¿Quién sabe?--contestó doña Beatriz.

--Pues así, hermana, no es posible que yo le diga con los ojos todo aquello que me recomendabas anoche que le dijese.

No habían andado mucho trecho después de este breve diálogo, cuando vieron que de un corro, donde había sentada mucha gente, se levantó y destacó una señora elegantísima, aunque ya algo jamona. No había engruesado, y conservaba su esbeltez y gran parte de su hermosura, a pesar de los años. Estaba sin galas, impropias de aquel sitio público; pero todo lo que llevaba puesto era de exquisito gusto; rico sin ser vistoso.