Chapter 4
Inesita sostenía que con los ojos era imposible enjaretar tan larga perorata. Doña Beatriz, por el contrario, aseguraba que con los ojos se decía todo sin dificultad alguna.
En esta cuestión estaban, cuando llamó a la puerta don Braulio, y entró luego en el cuarto, interrumpiendo a las dos hermanas.
El hombre era según se le habían descrito al Conde de Alhedín: flaco, calvo, pequeño de cuerpo, nada bonito; y, aunque sólo tenía cuarenta y cinco años, parecía tener diez más, porque el trabajo, los cuidados y los disgustos le habían envejecido. Estaba vestido con limpieza y sencillez. Su rostro moreno tenía admirable expresión de bondad y de inteligencia. Sus ojos negros, única cosa bella que había en él, brillaban a cada mirada con luz viva y penetrante. Sus mejillas, hundidas, estaban surcadas de arrugas; pero en su boca, más bien grande que pequeña, había firmeza y brío, y sus labios delgados se plegaban con gracia, prestando animación a toda la fisonomía y dejando ver dos hileras de dientes blancos, sanos y bien puestos. La nariz de don Braulio, aunque no deforme, era un si es no es acaballada o de pico de loro.
Don Braulio venía muy fatigado, y a las pocas palabras que habló con las mujeres pensaron todos en retirarse a dormir.
La primera que salió de la sala fué doña Beatriz.
Don Braulio quedó un momento solo con Inesita. Acercóse entonces a ella y le dijo en voz baja:
--Inés, tengo que cumplir con una comisión que para ti me han dado. Toma esta carta, guárdala y léela con detención y reposo. El que la escribe exige que no hables con nadie de la carta, sino conmigo si quieres. Hasta para tu hermana ha de ser un secreto. ¿Lo entiendes? Hay además otra condición extraña. La contestación que has de dar no se te admite hasta dentro de un mes, y se te suplica al mismo tiempo que no retardes el darla más de cuatro meses.
Don Braulio, dicho esto, puso la carta en manos de Inesita, y se fué por donde su mujer había ido, sin aguardar a que Inesita leyese la carta o le hiciese alguna pregunta sobre ella. Parecía que don Braulio deseaba también que Inesita meditase con sosiego, antes de hablarle del importante negocio de que sin duda la carta trataba.
V
Apenas Inesita se quedó sola miró el sobrescrito de la carta, y, sin emoción, casi sin curiosidad, al menos perceptible, iba a abrirla y a leerla, cuando apareció en escena un nuevo personaje, que hizo que la muchacha se guardase precipitadamente la carta en el bolsillo.
Este nuevo personaje era el ama Teresa. Llamábanla ama no porque jamás lo hubiera sido de cría, sino porque había sido ama de gobierno del señor Cura. Estaba ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta años, y había cuidado con grande esmero y cariño de Beatriz y de Inés desde que ellas habían quedado huérfanas. A las dos las quería mucho; pero, como había cuidado a Inesita desde más niña, y como Inesita seguía soltera, tenía con ella mayor familiaridad y confianza.
Por extraña alucinación, más frecuente de lo que se piensa, el ama, como si los años hubieran pasado en balde o no hubieran pasado, no veía en Inesita a la mujer ya formada, sino a la niña pequeñuela que había mimado tanto.
Seguía, pues, mimándola y tratándola como si Inesita tuviera cinco o seis años. Sus acciones con relación a Inesita se resentían de dicha alucinación; pero en sus discursos, cuando hablaba con ella, había una combinación graciosa de los mimos e inocentadas con que se habla a las criaturitas, y de los esfuerzos de ingenio y de estudiada discreción con que las personas ignorantes y rudas procuran nivelarse con aquellas de cuyo saber e inteligencia han formado el concepto más ventajoso.
En cuanto tenía o creía tener por experiencia alguna superioridad, el ama hablaba a Inesita con dulce imperio, mientras que en negocios de más alta trascendencia, en lo que iba más allá de lo material y presuponía cierta cultura del espíritu, el ama se dirigía a Inesita con respeto profundo y con el afán de ponerse a su altura. Por lo demás, el ama se complacía en discretear con Inesita, en contarle sus impresiones y en buscar modo de poder decir que discurría como ella; que su espíritu y el de Inesita estaban en completa consonancia.
--Vamos--dijo el ama--, ¿qué haces aquí tonteando? Ven a acostarte. Nada es más dañino para la salud que esta picara usanza de Madrid de hacer del día noche y de la noche día.
--Ya voy--contestó Inés.
Y siguió al ama, que la acompañaba siempre, la ayudaba a desnudarse, como a vestirse, y nunca se apartaba de ella por la noche hasta dejarla en la cama.
El cuarto de dormir de Inés estaba puesto con singular esmero y limpieza. Sobre la cómoda, en una urna de vidrio, se veía un San Antonio de Padua, de bulto, hecho de barro cocido y pintado por no vulgar artista. El joven Santo, gloria de Lisboa, era muy lindo de cara, tenía buenos colores, como si la vida penitente no le hiciese mella por la gracia de Dios, y se mostraba alegre y extasiado mirando al Niño Jesús, el cual estaba en sus brazos y le prodigaba mil regalados favores.
La pobre cama de Inesita, las tres sillas que tenía y un pequeño velador, sobre el cual había recado de escribir, eran la pulcritud misma. Completaba el mueblaje un armario de pino con puertas vidrieras, dentro del cual había varios libros y no pocas curiosidades y primores de casi ningún valor, pero que allí estaban custodiados como si fueran los más portentosos objetos de arte. Allí aparecían, colocados en buen orden, los reyes magos y algunos pastores y zagalas de un antiguo nacimiento, un ángel, dos muñecas vestidas con mucho aseo, y varias cajitas y otros juguetillos que daban testimonio de lo cuidadosa y guardadora que era su hermoso dueño.
La ropa blanca de Inesita estaba en la cómoda, y los vestidos y demás galas se conservaban en un cuartucho obscuro, inmediato a la alcoba, donde había perchas, y donde los cubrían algunas colchas viejas de indiana y de coco.
Lo primero que hizo Inesita fue esconder la carta con el mayor disimulo entre la almohada de su cama y la funda. Luego dejó reposadamente que el ama la ayudara a desnudarse, lo cual fué obra de pocos minutos. Y quedó al fin en la cama, con el pelo no recogido en red ni en cofia, sino suelto en rica y adorada madeja.
Dijo Inesita que no tenía ganas de dormir, y rogó al ama que la dejase luz para leer en un libro devoto durante media hora siquiera. El ama, aunque a regañadientes, tuvo que aproximar a la cama el veladorcito y dejar en él encendida una vela.
Durante todo esto no estaba ociosa la lengua del ama. Inesita casi respondía siempre por monosílabos, deseosa de que terminase la charla y de quedarse sola; pero el ama estaba en vena aquella noche y no acababa con sus reflexiones y discursos.
Entre otras cosas decía:
--Hija, no se me alcanza el gusto que puedan tener tu hermana y su marido en vivir en este laberinto de la corte. ¡Cuánto mejor estábamos en nuestro pueblo! Verdad es que allí el sueldo era más ruin; pero... si allí con una peseta se hace más que aquí con un duro... Yo, lo confieso, me ahogo en estos tabuquillos y chiribitiles en que vivimos. ¡Cuánto echo de menos aquellos patios, aquellos corralones de mi tierra! ¡En la cocina del señor Cura cabía toda esta habitación y sobraba sitio! ¡Y luego... vivir tan altos... tan encaramados! ¡Vaya si hay escalones hasta llegar aquí! Y no es esto lo peor. Lo peor es el poco o ningún caso que le hacen aquí a una. Todavía no tengo en Madrid persona con quien hablar. Allá en el pueblo, ¡qué delicia! Salía yo a la calle y no había perro ni gato que no me dijese: «Dios guarde a su merced; adiós, ama Teresa. ¿Cómo lo pasa usted, señora?», y otras cosas por el estilo. Aquí no hay un alma que me dirija la palabra y me dé los buenos días. Luego todo está carísimo; se come oro: o es menester ponerse a dieta, o gastar en comer cuanto dinero hay. Dentro de poco empezarán los zorzales, y en nuestra tierra llegan a ponerse hasta a cinco cuartos el par. Vé tu a comerte aquí dos zorzales tan gordos como aquéllos. Ya, ya..., trabajo te mando... Sobre que no los hay... Y toma... Si los hubiera, costarían un ojo de la cara. ¡Pues a fe que te gustaban a ti poco los zorzales! ¿Y las anguilas? ¿Y las ancas de rana? Nada de esto está por aquí a nuestros alcances sino cuando repican recio.
--No seas golosa, ama; no seas golosa; no te acuerdes tanto de las ollas de Egipto, como decía el señor Cura, quien te solía reprender por ese vicio de la gula--dijo Inesita riendo.
--No es gula, ingrata. Yo me lamento por ti, y no por mí. A mí me basta con un plato de alboronía o con un gazpacho. Por otra parte, yo no me duelo sólo de la comida, sino también de otras cosas. Y me duelo con razón. Y si no, seamos francas... ¿Crees tú que es tan fácil que en Madrid te salte un buen novio?
--Déjalo..., que no me salte. Si yo no estoy impaciente por tener novio.
--Pues ¿qué quieres tener? ¿Qué diablos han de tener las muchachas?
--Nada, mujer, nada...
--No, señorita; es menester que salte un buen novio y casarse. Tu hermana es excelente, tu cuñado es un santo; pero no has de vivir toda la vida con ellos y medio a expensas de ellos.
Inesita exhaló un suspiro, y el ama prosiguió:
--En el pueblo, para ti, que eres una real moza, ¿cómo había de faltar algún rico hacendado, algún propietario o labrador con el riñón bien cubierto, que aspirase a tu mano? Pero aquí me parece difícil. Los ricos andan embaucados con las marquesas y con las duquesas, o con mil tunantas de mala ralea, que los explotan. ¿Qué es lo que queda para señoritas pobres como tú? Nada..., el apodo de cursis que suelen prodigaros..., y algún Don Líquido degollante, con más hambre que vergüenza y con más trampas que medios de ganarse la vida.
--¿Quién sabe, ama?--contestó Inesita--. No te apures tanto por mí. Dios proveerá. Adiós, y déjame ya sola.
El ama no tuvo más remedio que irse. Besó a su niña, y recomendándole que apagase pronto la luz y se durmiese, se salió del cuarto, cerrando cuidadosamente la puerta.
No bien quedó Inesita en la soledad, sacó del escondite la carta y leyó lo siguiente:
«Mi apreciable señorita y querida amiga: A pesar del respeto con que siempre he tratado a usted, no dejará usted de haber notado el cariño más que fraternal que desde que era usted niña le profeso. La diferencia de clase que hay entre usted y yo, y la escasez de mis bienes de fortuna, no me dieron nunca ánimo, mientras estuvo usted aquí, ni para soñar siquiera que podría yo pretender a usted a fin de que hiciese mi dicha, aceptando mi mano. Desde que usted falta de este pueblo Dios me ha favorecido, bendiciendo mi trabajo y desvelo, y cuento ya con rentas y medios para vivir aquí con familia, casi tan bien como los más pudientes. Este cambio o mejora en mi posición y la consideración de que su hermana de usted tomó por marido a un hombre honrado y pobre, y de que usted no ha de ser ni más ambiciosa ni más exigente que ella, me dan al cabo el atrevimiento que me ha faltado hasta el día, y me llevan a declararle que la quiero de amor y que sería yo el más dichoso de los hombres si usted me correspondiese.
»Conozco la nobleza y generosidad del corazón de usted, y sé que jamás se casará usted por mero cálculo; pero no soy tampoco tan irreflexivamente entusiasta que no entienda que, al dar paso tan importante como el de ligarse para siempre y formar una familia, no deban consultarse, pesarse y medirse las dificultades que ofrece la vida, y los recursos que hay para vencerlas. Por esto último, digo a usted con franqueza, sin creer que en ello la ofendo, que tengo hoy bastantes bienes. De lo que poseo podrá informar a usted circunstanciadamente su cuñado y amigo mío don Braulio.
»En cuanto a mi persona, usted me conoce y decidirá. Sé que no la merezco a usted; pero el amor me hace atrevido, y de él imploro que me preste los merecimientos que me faltan.
»No quiero que usted se decida de repente, sino después de examen muy detenido, a fin de que no tenga que arrepentirse de una ligereza. La vida de Madrid debe tener extraordinarios atractivos para las jóvenes. Quiero que vea usted a Madrid, y que conozca y aprecie todos esos atractivos, a fin de que renuncie a ellos, sabiendo lo que renuncia, cuando me dé un sí, si por dicha me le da. Si usted uniese su suerte a la mía, sería aquí respetada y amada; la rodearía yo de todo aquello que pudiera serle grato, hasta donde el bienestar y la cultura de estos lugares lo consienten; pero tendría usted que desistir de toda idea de volver, como no fuese de paso, a las grandes ciudades. Mi ambición y todos los planes de mi vida están cifrados en cuidar de mi caudal y en hacerlo mayor en este pueblo, donde quiero que vivan también mis hijos, si Dios me los concede. Por esto pongo un plazo a la contestación que deseo, y suplico a usted que no me la dé precipitada. Mi impaciencia es grande, pero sé refrenar mi impaciencia cuando se trata de mi felicidad de toda la vida, y, sobre todo, de la de usted, que me es mil veces más cara.
»Tengo un capricho, y le llamo capricho porque sería prolijo exponer aquí las razones en que se funda: tengo el capricho de que usted, con plena libertad, sin que nadie influya con sus consejos en favor o en contra, decida de mi suerte, desdeñándome o favoreciéndome.
»Así, pues, esta declaración mía es un secreto para todos, incluso para su señora hermana de usted, doña Beatriz. Sólo don Braulio sabe el paso que doy; pero don Braulio me ha prometido no abogar por mí, y se limitará a dar a usted los informes que usted pida.
»Aguardaré hasta dentro de un mes, lo menos. No atribuya usted a frialdad de mi alma este largo aguardar que yo mismo impongo. Atribúyalo a la idea tan alta que tengo de la solemnidad y consecuencia del compromiso que induzco a usted a contraer.
»De usted depende mi dicha; pero no dude usted de que, aun desdeñado, seguirá siempre admirándola y amándola su afectísimo, PACO RAMÍREZ.»
Inesita leyó esta carta con muy viva satisfacción, mostrándola en el carmín que animaba y encendía su rostro. Nadie, sin embargo, que la hubiese observado en aquel instante, a no poseer facultades sobrenaturales para leer en las almas, hubiera descubierto si la satisfacción era sólo de vanidad por verse querida, o también de amor hacia la persona que se empeñaba en enamorarla.
Leída la carta, Inesita se levantó de la cama, abrió el cajón de arriba de la cómoda y guardó la carta en él bajo llave.
Luego volvió a acostarse, apagó la luz y se colocó cómodamente para meditar quizá sobre el contenido del mencionado documento, y para dormir al fin.
VI
A la mañana siguiente Inesita y don Braulio, mientras que doña Beatriz, menos madrugadora que ellos, estaba aún en cama, tuvieron una larga conversación acerca sin duda de la carta de Paco Ramírez.
Después fueron juntas a misa las dos hermanas; después almorzaron todos, y, por último, don Braulio, no sin prometer antes que aquella noche llevaría a las dos muchachas a los Jardines del Buen Retiro, se fué al Ministerio de Hacienda. Aunque domingo, don Braulio motivó su ida, o dió pretexto a ella, suponiendo que tenía ocupaciones extraordinarias.
Ya en su despacho, donde nadie había acudido más que él, don Braulio, en vez de estudiar expedientes, estuvo largo tiempo sentado, con los codos sobre su bufete y las manos en las mejillas, estudiándose a sí mismo. Este estudio no debió de dar muy satisfactorio resultado. Don Braulio suspiró varias veces; frunció las cejas; mostró cierta cólera dando algunos puñetazos, y acabó por enternecerse y derramar dos lágrimas, que lentamente le surcaron el rostro.
Entonces, como por vía de desahogo y consuelo, escribió a Paco Ramírez la siguiente carta:
«Querido Paco: Anoche cumplí tu encargo con todos los requisitos y precauciones que me encomendabas. Beatriz ignora y seguirá ignorando el paso que has dado. Inés es muy sigilosa. En cuanto al efecto que la lectura de tu carta pueda haber producido en su ánimo, yo no sé qué decirte. Hoy de mañana he hablado con Inés; pero el corazón de una doncella es impenetrable, insondable como un abismo. El pudor, la candidez, la inocencia, todas esas prendas, que los hombres estimamos mucho, forman no ya un velo tupido, sino una muralla alta y gruesa, que sirve de reparo al corazón para que no se descubra ni se lea lo que en él importa leer. De aquí el engaño que padecen con frecuencia los hombres más despejados; engaño que no ven sino cuando ya no tiene remedio: después que se casan.
»Inesita parece, y yo creo que es, candorosa, buena, franca, todo lo que tú te imaginas; pero no deja descubrir no ya si te quiere o no, sino si tu carta la ha lisonjeado o no la ha lisonjeado. Eso sí: ella se ha mostrado muy agradecida al cariño y confianza que te infunde. De cuanto me ha dicho infiero además otra cosa muy importante. Si Inés reflexivamente hubiera pensado esta otra cosa, sería algo de censurar tanta reflexión; pero yo creo que ella la siente de un modo instintivo, sin darse cuenta completa, y atinando, sin embargo, con lo justo. En suma, Inés no calcula ni reflexiona, sino siente y percibe que tu plan es malo y ocasionado a error. Tú le propones que se decida en un mes o por los placeres de esta capital, por los triunfos de amor propio que aquí pueda tener y por las esperanzas ambiciosas que puedan nacer en su alma, o por tu persona, tu amor y tu mano. Esto sería discreto si no hubiese una circunstancia que lo echa a perder y que ha descubierto ella en seguida.
»Es esta circunstancia tu ausencia. Ausente tú, y presentes todos esos bienes, aparentes o reales, que ha de abandonar por ti, la partida no es igual. No eres tú quien lucha, sino tu recuerdo, el cual, si por un lado vale menos que la persona misma, por otro lado puede valer mucho más si la poesía le hermosea. En resolución: Inesita no va a abandonar esto por ti, dado que te prefiera, sino por el recuerdo que tiene de ti, a quien no ve hace tres años. El recuerdo además tiene que ser confuso, incompleto, de diversa suerte, y ella tendrá que completarle y transformarle con la fantasía. Ella no te puede recordar como una mujer recuerda a un hombre, como una novia recuerda a su novio, sino como una niña recuerda a su hermano mayor. Tiene, pues, que añadir imaginariamente la cualidad de amante y pensar en ti de otra manera que hasta ahora ha pensado.
»Todo esto, y más, que tú comprenderás sin que yo lo diga, se agita en la mente de Inés. Yo interpreto, acaso me equivoque, pero se me antoja que ella se pregunta: «¿Me gustaba Paco, cuando le veía en el pueblo, como debe gustar un novio a su novia? ¿Me gustaba sólo como hermanito? Y si me gustaba ya como novio, ¿era porque él se lo merece o porque en el pueblo no había yo visto a otros hombres que se lo mereciesen más? ¿No podrá acontecer que ahora poetice yo a Paco en mi recuerdo, y que le halle, cuando le vea, muy por bajo del recuerdo mismo? En su propia alma, ¿no puede darse un fenómeno semejante? Sea por lo que sea, explíquelo él como quiera explicarlo, es lo cierto que nada me dijo de que me amaba cuando vivíamos juntos, y ahora, que no me ve hace tres años, me declara su amor y quiere casarse conmigo. ¿En qué consiste esto?» Inés no responde a tales preguntas. No resuelve ninguna de las dudas que la asaltan. Entiendo, pues, que lo que desea, aunque no se atrevió a decírmelo, es que tú vengas por aquí; único modo para ella de verlo claro todo; de convencerse de que la quieres, y de comprender si ella te quiere a ti, prefiriéndote a todos los encantos madrileños, los cuales, a la verdad, son mil veces menores de lo que tú piensas, para los pobres como nosotros.
»Inesita no ha expresado, repito, el deseo de que vengas. Yo soy quien creo adivinar en ella este deseo, que tiene razón para sentir y no expresar. Ella no puede decir: «Venga usted a ver si me gusta y luego hablaremos: luego le diré que sí o le daré calabazas.» Esto, sin embargo, es lo razonable.
»Por lo demás, yo nada tengo que censurar en tus planes, sino mucho que aplaudir. Si te casas, debes quedarte ahí, donde eres uno de los primeros, y no venir a grandes poblaciones, donde tendrás que ser de los últimos.
»Para hombre de cierta clase y casado con mujer de ciertas condiciones es terrible esta vida.
»A ti sólo, que eres mi amigo más íntimo y leal, puedo decírtelo; y a ti no puedo menos de decírtelo, a fin de aliviar el peso de mi angustiado corazón: soy muy desdichado.
»Beatriz se casó conmigo por amor. A pesar de la gran diferencia de edad, me quiso, no hallándome inferior a cuantos ahí había visto. Creo que Beatriz sigue queriéndome; pero el temor de que me pierda el cariño, la sospecha de que el alto concepto que de mí formó vaya rebajándose de continuo, me tiene constantemente sobresaltado.
»El menosprecio es contagioso. A fuerza de mirar mi mujer el pobre papel que hago, lo desdeñado que estoy, la humilde posición que ocupo, ¿no acabará por desdeñarme también? ¿No acabará por odiarme, si considera que la hago víctima de mi mala ventura? Ahí, aunque pobre, era una señorita de las primeras. Aquí es la mujer de un obscuro y miserable empleadillo, de quien nadie hace caso.
»Yo tengo mi teoría, con que me consuelo de mi mala ventura y saco a salvo mi orgullo. Pero ¿cómo convertir a mi mujer y hacerla creyente de mi teoría? ¿No le parecerá falsa?