Pasado amor

Chapter 6

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Las ilusiones de un hombre cuyas sienes pla­tean, viven, no sólo de su porvenir, sino de su presente y de su pasado, pues impregnan con sus raíces toda su personalidad. Y esas raicillas ter­minales, al ser arrancadas, dejan en el cuerpo muerto un sabor más amargo que la hiel.

"Para nosotros no hay salvación". Con esta palabra expresaba Magdalena toda la lucha de su voluntad. A la presión católica, al terror del infierno, a la condenación de su alma, había confiado la familia su carta definitiva en el jue­go contra Morán. Debíase fingir el consentimien­to, tal como lo había sugerido Salvador. Indu­cido Morán a precipitar las cosas, debía caer en la trampa tendida. Jamás habían consentido los Iñíguez en ese matrimonio. Pero forzando con ello a Magdalena a decidirse entre Morán y el espectro de su madre arrastrada a las llamas del infierno por su proceder, Magdalena debía quebrarse, y escribir por su sola cuenta. Es lo que había hecho.

Morán había esperado lo imposible del amor. Ahora se rendía.

Apartóse de prisa de la palmera, pasóse la mano por la frente, como quien se arranca de una pesadilla, y se encaminó a desensillar su caballo, que lo aguardaba en la oscuridad con las orejas inmóviles y alerta.

Su sueño había concluido.

XLI

—¿No va a cenar, señor? —preguntó Aureliana, quien no presagiando nada bueno del silen­cio de su patrón, lo había seguido a unos pasos de distancia.

—No, gracias —respondió Morán.

Pero alguien ascendía desde el camino a la casa: y al oír los pasos en el pedregullo, Morán tuvo la sensación de un nuevo choque en el sitio todavía dolorosísimo del golpe anterior.

—No estoy en casa para nadie —advirtió a Aureliana, mientras proseguía hacia el galpón con su caballo de tiro.

Un instante después regresaba su sirvienta cautelosa.

—Es...

—¡Váyase al diablo! —explotó Morán.

Aureliana estaba ya a diez metros. Pero como al pasar tras el taller, Morán viera la silueta in­móvil del visitante en medio del patio, avanzó resueltamente hacia ella.

No era el mensajero que temía, sino Miguel Hontou.

—Buenas noches, don Morán... —saludó el visitante, quitándose el sombrero.

Morán conocía la sonrisa torpe y tímida con que los mensú tienden la mano a un patrón; pero la actitud de Miguel parecióle esta vez más tími­da y torpe que de costumbre, y se contuvo.

—¿Qué hay, Miguel? —preguntó brevemente.

—Quería decirle, don Morán, que Alicia...

Los puños de Morán se cerraron. ¡Todavía!

—...es finada ya.

—Ha muerto... ¿Pero cómo? ¿De qué?

—Se envenenó...

Hubo un tremendo silencio. Allá adentro, más allá de la vida presente, Morán sintió como si dos manos truncas sacudieran su corazón —o el sitio donde debía haber estado su corazón—. ¡Pobre, pobre criatura!

—Mama quiere que vaya a verla a Alicia, don Morán...

—¡Pero claro!.... ¡Qué cosa bárbara!... —murmuró, condensando en esas tres palabras su anonadamiento ante todo lo que debió y pudo ser evitado. ¡Pobre, pobre criatura!

Un rato después llegaban ambos de un galope a la casa, y Roberto salía al encuentro de Morán, con la misma tímida y forzada sonrisa de su hermano menor.

—Y de ahí, don Morán... Ha visto...

—¡Qué cosa bárbara!... —sólo acertó a re­petir Morán—. ¿Pero cómo ha sido? ¿A qué ho­ra?

—Hace media hora, no más... Pero lo ha agarrado la lluvia, don Morán. Si quiere cam­biar...

—No es nada. ¿Y doña Asunción?

—Está allá adentro, con la finada. La pobre vieja, don Morán... Ella la quería a Alicia más que a nosotros. Pobre mama... Venga, don Morán.

Al entrar en la pieza, Morán pudo haber visto desde el primer instante a Alicia, vestida y muer­ta en el catre. Pero sólo miró a la desgraciada madre, que sentada sobre un baulito de peón, se hamacaba suavemente de adelante hacia atrás, con las manos entre las rodillas.

No vio entrar a Morán; pero cuando éste le puso la mano en el hombro, levantó la vista y lo reconoció.

Llevándose entonces las manos a la cara:

—Mi hijita, don Morán... —sollozó, como quien pide cuentas.

—Doña Asunción... —pudo sólo murmurar el lamentable individuo.

—Mi hijita, don Morán... Yo siempre te de­cía: don Morán, cásate con ella... Usted pen­saba en otra muchacha, ya sé. ¡Mi criatura, tan buena!... Y tanto que lo quería a usted, don Morán...

Enjugó sus ojos, y sujetándose con las manos a la de Morán, prosiguió, mientras contemplaba el cadáver de su hija:

—Yo no creía, don Morán... que lo quisiera a usted tanto... Yo la veía triste, callada... Callada también para mí... Ayer lo mandó bus­car... usted no vino. Ella sabía que usted se casaba... Pero recién ayer supo que usted se iba... y le escribió. Yo creo, don Morán... usted es un hombre, y sabe lo que hace... Pero yo creo... que si usted hubiera venido... un momento nada más a verla... ¡mi pobre hijita viviría todavía!...

Hay sufrimientos cuya esencia no se puede analizar por la diversidad tumultuosa de sus motivos. Pero cuando ese dolor está constituido todo él de remordimiento, y este remordimiento está ligado a una persistente fatalidad, puede esperarse cualquier cosa de este hombre, menos la de sentirse —otra vez y de nuevo— un asesino.

Morán salió afuera.

—Voy a cambiarme, Miguel... —dijo—. Es­toy muy mojado.

—Es lo que me parecía. Y bueno, don Morán... Ya se va. ¡Y muchas gracias! ¡Roberto! Don Morán se va ya.

Roberto y Etién vinieron a saludarlo, agrade­cidos.

Bajo la lluvia torrencial que batía y hacía so­nar el pasto como si fuera tierra, Morán galopó hasta su casa. Un pequeño cuadro de luz brilla­ba bajo el alero del taller. Aureliana no se había acostado aún.

Cuando llegó Morán al galpón, ella estaba ya a su lado.

—Deje, señor, yo desensillo el caballo... Qué lluvia...

—Bueno, Aureliana, hágame el favor. Des­pués me prepara una taza grande de café y me la lleva a mi cuarto.

Y tiritando como si hiciera mil años que se helaba, Morán atravesó el patio sonante de agua, cambióse únicamente de camisa, y se tiró con las mantas encima.

Cuando media hora más tarde Aureliana lla­maba a la puerta, Morán se puso en pie de un salto. Bebió el café en tres sorbos, y poniéndole la mano en el hombro a su sirvienta, le habló así:

—Aureliana, yo no me caso ya. Me voy siem­pre mañana, pero en el vapor de la carrera. Cuando venga, pues, el carrero a mediodía, haga cargar el equipaje, y que me lo pongan a bordo de la lancha. Las órdenes que le di, son las mis­mas siempre. Yo no sé cuándo le escribiré. Si algo pasa escríbame a la dirección que le dejo allí en la mesa. Eso es todo. Y ahora, Aureliana, vaya a acostarse —concluyó con una débil son­risa, palmeándole ligeramente el hombro.

—Patrón... —comenzó, y se detuvo la mu­jer.

—Vaya, Aureliana.

—Bien, señor...

Pero deteniéndose aún:

—¿Dejo atado el caballo?

—Es cierto, me olvidaba. Voy a ir a caballo al puerto. Mándemelo a buscar después con una chica.

—Y... ¿cuándo vuelve, patrón?... —No sé. Vaya, Aureliana.

XLII

Lo sabía, sin embargo. Desde la borda del vapor, que sin pitar y bajo la lluvia cerrada parecía huir también para siempre de Misiones, Morán dirigió los ojos por sobre el monte bru­moso hacia el pueblo de la yerba mate, con su fiebre de ganancia que llenaba todo el país, y que para él no encerraba sino dos amores bajo los cuales, como a la sombra del capote que lo velaba, yacía muerto él. Y no sólo él...

Deseó, ofreció, confió su vida trunca a una felicidad redentora: la religión, más fuerte que un grande y puro amor, se la había negado.

Cerró los ojos, rehuyó, negó esa misma vida suya a otra felicidad: la tumba, fiel y fatal co­mo la religión, se la entregaba muerta.

Cruzando más los brazos sobre la borda, Morán contempló hasta perderse de vista el país que abandonaba.

Él había invocado cien veces al Destino, como a una invencible Divinidad. Podía quedar en ade­lante tranquilo: la fatalidad del suyo quedaba cumplida allí.

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