Pasado amor

Chapter 5

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Nunca supo Morán cómo Magdalena, bajo el espionaje de una perfecta inquisición, alcanzaba caminando hasta allí, cómo se bajaba sin desper­tar sospechas, y cómo disimulaba los tubos, una vez recogidos. Algunos de éstos eran muy grue­sos, pues Morán no escribía brevemente a su amada.

A las ocho o nueve de la noche, ahora, Morán dejaba su carta y recogía la de Magdalena. Se escribían así todos los días, y Morán leía en el bar la carta de aquélla, disimulándola en su li­breta de fórmulas y apuntes. Allí mismo, aisla­do en una mesita, escribía la respuesta.

Morán no estaba seguro de que su leer y es­cribir noche a noche no provocara algún cambio de miradas de los contertulios, entre los que se contaban a veces Salvador y Pablo. Pero a éstos no les era fácil adivinar los secretos buzones de su correspondencia, y en cuanto a los otros, le tenía a Morán sin cuidado lo que pudieran pensar.

Una noche, al abrir una carta de Magdalena, Morán quedó inmóvil. Su novia, convencida al fin de que la engañaba con Inés Ekdal, rompía con él. "Le había costado mucho convencerse. Hubiera preferido estar muerta antes que creer eso. Ya no tenía remedio".

Leído esto así, fríamente, con los anteceden­tes que poseemos, cuesta creer la impresión que produjo en Morán. Los celos le habían sido su­geridos a Magdalena por su familia, sin duda al­guna; pero ello probaba una vez más la influen­cia fatal que la familia continuaba teniendo so­bre el corazón puro y el espíritu débil de la menor.

¡Ah! ¡Libertarla de ellos, reeducarla, transfor­mar en alto y claro juicio el último desecho que desbordaba de su bondad! ¡Pero cómo, some­tida como estaba a la tortura diaria de la insidia, del espionaje, del desprecio, del infierno!

Esa noche no escribió en el bar. Salió solo y fue por las picadas lóbregas hasta el río blanco de luna, y cuando llegó a su casa, sombrío y amargado como la hiel misma, oyó dentro de sí la voz de Inés que le decía:

—Ayúdela a luchar, Morán...

Bruscamente, como suele pasar con los dolo­res creados por el propio corazón, y que se van acumulando sin descanso para ahogar una luz que no se quiere ver surgir, Morán pasó del ateísmo más exasperante a la fe más cándida.

Y escribiendo mentalmente y casi palabra por palabra la carta que enviaría al día siguiente, se durmió feliz.

XXXI

Morán escribió una carta sin obtener respues­ta. Escribió otra, otra después, sin que su mano nerviosa hallara otra cosa, al pie del poste, que el césped húmedo.

Tampoco lograba verla. Inés, que conocía su situación —pero no el motivo, claro está—, le habló así:

—Es para mí muy extraña la actitud de los Iñíguez para conmigo. Ayer pasaron por aquí, y me saludaron sin acercarse.

—¿Cómo está Magdalena?

—Desmejorada. No tiene el aspecto feliz. ¡Po­bre criatura! Sea tolerante con ella, Morán. No juzgue sin saber lo que pasa. Ella está sola, sin verlo siquiera, hostilizada día y noche, engañada probablemente.

Y tras una pausa:

—Morán: ¿no tiene usted por ahí alguna dis­tracción que haya llegado a oídos de ella? Si mal no recuerdo usted había estado una noche muy rendido con una chica de Hontou.

—No las veo hace tiempo —murmuró él.

—Me alegro. No tendría usted perdón, estan­do de por medio Magdalena.

—Hasta mañana —dijo bruscamente Morán—. Hoy no me siento bien.

Tampoco vio a Magdalena al volver. Y a las ocho de la noche hallábase de nuevo al lado de Alicia.

Como en otros momentos, volcábanse del al­ma de Morán hacia Alicia toda la ternura y pasión que debían haber sido para Magdalena. La chica, arrullada, embelesada, cerraba los ojos; y aun sabiendo desviadas aquellas flechas de amor, les oponía su corazón arrobado, por­que quien las lanzaba era Morán.

En las cinco noches que se sucedieron, Morán no faltó una sola a lo de Hontou. También co­mo en las veces anteriores, la excitación se ex­presó con el mismo lenguaje que el amor. Y Alicia, ebria y desfallecida, sólo hallaba en la inmensidad de su dicha fuerzas para resistir.

—Daría cualquier cosa porque me quisiera menos... —decíase Morán, con sus cinco senti­dos confluentes y aguzados en un solo deseo. Y ante el bramido de la fiera que la extenuaba hasta el martirio.

—¡No, no!, don Máximo —se defendía Ali­cia—. Yo lo quiero, usted lo sabe; pero así, no...

Doña Asunción pasaba a veces por allí, y al verlos juntos sonreía encantada:

—Y de ahí, don Morán... —le decía—. ¡Cá­sate, te digo! La Alicia va a ser una buena mu­jer para vos.

Al oír esto, la mirada de Alicia, concentrada y triste, buscaba la de Morán. Pero Morán, aun ardido de deseo, no se sentía con fuerzas para engañar a la criatura, prometiéndole lo que no podría cumplir.

El despecho comenzaba por otra parte a aban­donarlo. Luego, retirábase rendido y con los nervios exhaustos. Como los perros de jauría, los sentidos no satisfechos roen hasta el hueso a su dueño.

No volvería más allá. Nada dijo a Alicia, pero ella lo adivinó.

—Don Máximo —lo miró fijamente—, usted no vendrá más, porque hay otra persona a la que quiere.

Él no respondió. La chica, entonces, al sentir su mano apenas retenida por la de Morán al retirarse, dijo:

—Óigame, don Máximo: yo soy una pobre muchacha, y nada puedo pretender. Pero por Dios le juro que ni la de Iñíguez ni nadie lo va a querer nunca como lo quiero yo. Y el día...

Volvió la cara y se llevó los dedos a la boca para ahogar un sollozo.

XXXII

Morán no volvió, en efecto, porque la carta —¡por fin!— de Magdalena lo había enloqueci­do de gozo. Con ninguna otra mujer Morán hu­biera tenido la ternura paciente de que dio prue­bas en aquellos lúgubres días. Para su Magda, para aquella criatura de 17 años que le había dicho: "Tú has sufrido ya demasiado en la vida; ahora necesitas ser feliz", para aquella virgen que era suya, al punto de que, aunque lo hubiera sido en realidad, no podía pertenecerle más en cuerpo y alma, para ella la impaciencia capital de Morán se convertía en grave contemplación y suavísima esperanza.

Eran felices de nuevo, aunque las pruebas a que se veía sometido su amor tornábanse cada vez más duras. Debieron recurrir a malicias que, si a él le eran bien conocidas, en ella surgían con brusca revelación.

Una de las tardes en que Morán pasó al tranco de su caballo por el frente de la casa, vio a Pa­blo y a uno de los negros que recorrían la línea del alambrado, observando el césped con aten­ción. Esa misma noche, cuando Morán iba a cruzar la picada a dejar su carta, se detuvo in­móvil en medio de ella: desde el zaguán Pablo observaba con atención la línea del monte.

Dada la posición que Morán ocupaba, no po­día ser descubierto. Pablo avanzó a lo largo de la casa, luego del alambrado de la quinta, sin apar­tar los ojos de la picada. Olfateaba indudable­mente la presencia de Morán.

Éste no se movía, protegido por las tinieblas del monte. Pero se vio obligado a cambiar de táctica cuando Pablo, convencido de que no po­dría ver a su enemigo desde el lugar que ocupa­ba, avanzó al medio de la picada, donde se aga­chó para distinguir así la silueta de Morán des­tacada sobre el cielo más claro.

Por varias veces se repitió aquel acecho ori­ginal: Pablo, irguiéndose y cayendo de golpe con la cara a ras del suelo, y Morán repitiendo su maniobra.

No entraba seguramente en los cálculos del joven Iñíguez acercarse a la presa sospechosa; deseaba sólo comprobar su presencia. Desalen­tado al fin entró en su casa; y Morán, excitado aún por aquella cacería imprevista, se volvió a su casa a esperar la alta noche, silbando viva­mente, mientras atravesaba el monte lóbrego manteniéndose en el sendero con bruscos relám­pagos de su linterna.

XXXIII

Por fin acaeció lo que de un momento a otro debía esperarse: Magdalena fue sorprendida re­cogiendo un tubo. Morán lo supo en seguida por la presencia en su casa de la persona más insos­pechable para los Iñíguez y para él mismo de prestarse a un juego así. El cual visitante dejó sobre la mesa, y como al descuido, una carta de Magdalena.

Estamos descubiertos —le decía—. ¿Qué hace­mos? Imposible dejar tubos allí. No podré pa­sear más por el alambrado. ¡Qué tormento, mi vida! No puedo escribir más; pero no te inquie­tes, chiquito mío.

Como ella pedía —o imponía, mejor dicho—, Morán se mantuvo tranquilo. Pero cuando seis días después, caminando con Ekdal por el cami­no real, vio a la señora de Iñíguez y sus dos hi­jas que miraban caer la tarde de codos sobre el alambrado, Ekdal no volvió de su sorpresa al oír el inesperado relato con que Morán partía, sin antecedentes de ninguna especie:

—...Entonces —contaba Morán a Ekdal— pasó lo que era de esperarse, porque usted no ig­nora el modo de ser de Berthelot. Tomó el tubo de ensayo y lo arrojó desde el camino mismo, an­te la estupefacción de los circunstantes...

Ya habían pasado y Morán calló. Ekdal con­tinuaba mirándolo, y su acompañante se echó a reír por toda explicación.

Ni Ekdal ni nadie había entendido una pala­bra de aquella extraordinaria cuanto inesperada aventura de Berthelot. Pero Morán sabía que Magdalena había comprendido, y estaba tran­quilo.

En efecto, al pasar de noche a caballo, Morán tiraba desde el camino los tubos, que caían aquí o allá en el pasto, pero a cien metros del lugar habitual; tubos que Magdalena recogía al día siguiente, sin que se sepa jamás cómo.

XXXIV

Día a día veía Morán avanzar a su amada en la senda de la independencia y de la voluntad. Algo había contribuido a ello: los Iñíguez, vista la inutilidad de su obra, habían devuelto su amistad a los Ekdal. Morán puso a Inés en antecedentes de ciertos números y palabras cabalís­ticas que enunciados como al descuido delante de Magdalena, advertían a ésta de la complici­dad de su interlocutor; y gracias a ellos la joven tuvo ocasión de ponerse bellamente pálida, la tarde en que Inés, hablando de su marido, contó ante los Iñíguez que había encontrado "veinti­cuatro" huevos de tal cual culebra...

Magdalena, casi espantada, fijó sus ojos en Inés, y ésta le hizo una imperceptible guiñada.

Cuando Inés concluía de informar a Morán del gran ánimo que demostraba ahora su novia:

—¡Inés: esta vez Magdalena es mía! —dijo Morán entusiasmado.

—Es suya —respondió la joven—, pero debe tenerla.

—La tendré.

—Estoy segura también. ¡Oh, Morán!, usted no puede apreciar los tormentos de todo orden a que se somete a esa pobre criatura. Es menes­ter que tenga una voluntad de acero —esa vo­luntad que usted le niega— para resistir la pre­sión de todos los días, de todas las horas y de todos los instantes. No violencia, no; pero si ha­bla a un hermano, éste no contesta; si se dirige a su cuñada, ésta no oye; si se aproxima a su madre, ésta se echa a llorar. ¡Y sin decirle jamás una palabra! Usted sabe que Magdalena tiene veneración por su madre. Aprecie usted lo que es vivir así día a día, aprovechando la noche para llorar a solas en la cama... Y todo porque hay un señor Morán que aprieta los dientes hasta rompérselos cuando Magdalena no le sacrifica riendo a su familia...

—Soy un miserable —apoyó Morán.

—No tanto... Pero descierre por favor las mandíbulas, Morán. No se haga demasiados re­proches. Yo quisiera saber qué persona, con la educación que ella tiene, hubiera luchado como Magdalena.

—¡Usted es un encanto, Inesita!

—Y para que lo crea más aún, le diré esto: Magdalena lo espera pasado mañana en la ven­tana, a las nueve en punto. Usted ha ido algunas noches a caballo por allá, ¿no?

—Sí; pero lo dejaba en el monte. Mi caballo queda donde yo lo dejo.

—Pero lo han oído relinchar.

—Una sola vez.

—Bueno. Vaya siempre a pie, Morán... ¿Se va ya? Si usted me ofrece un té menos horrible que el de la última vez, vamos esta tarde a tomar­lo con usted.

—Y yo voy a colgar a Aureliana y a sus hijas de un árbol, para que aprendan a servir a Ine­sita Ekdal.

—Chau, pues, como dice usted.

XXXV

La entrevista de Morán y Magdalena tuvo la brevedad de un relámpago. Y lo que durante ella tuvo Morán por delante fue el espectro tras­pasado de dolor de su Magda que había dejado de ver. Era sin duda la misma bella criatura; pero su mirada ahora demasiado profunda; y la misma dicha de verlo, surgía en su semblante en una sonrisa esforzada, inerte, como si apenas pudiera vencer los rictus ya adquiridos por el constante sufrir.

—Vida adorada mía... —murmuró Morán, buscando en las mallas del tejido los dedos de su amor que, dóciles, venían ya a su boca.

Magdalena, a pesar del breve tiempo de que disponían, sentíase demasiado feliz para hablar. Arrancó por fin su mano, y mirándolo, como se mira desde el fondo de un gran dolor un porvenir que puede ocultar un dolor más grande aún:

—Dime: ¿me querrás siempre como me quie­res ahora?

—Sí, sí...

—¿No me abandonarás nunca? ¿Me tendrás a tu lado por toda la eternidad?

—¡Magda mía, mi amor!...

—Bien; eso quería saber. Ya no puedo estar más... En el poste esquinero del camino hay un hueco que no se ve desde adentro. Pon ahí los tubos. Vete, ahora.

—¡Magda!

—¡No, vete!

Y la ventana se cerró con gran calma, a tiempo que se oían pasos hacia allí, y Morán se ponía en cuatro saltos en el monte.

XXXVI

—Ekdal —dijo Morán a éste diez días después de lo anterior—: tengo gran interés en hablar con Salvador, y temo mucho que no acepte una entrevista conmigo, si la solicito directamente. Me parece, en cambio, que no se opondría a hacerlo si usted lo invita a charlar aquí conmigo. ¿Quiere hacerme el favor de hacérselo saber?

—Con gran gusto, Morán. ¿Cuándo?

—Hoy o mañana; me es indiferente.

—Bien, mañana entonces.

Durante el té que al día siguiente reunía a Salvador y Morán en lo de Ekdal, ni uno ni otro dejaron traslucir la tormenta que se fraguaba entre ellos. Pero, cuando recostados de brazos ante la baranda del tapir estuvieron por fin so­los, la expresión de ambos cambió.

—Yo creo, Salvador —comenzó Morán—, que vale la pena de que hablemos una vez por todas, y por esto le he solicitado esta entrevista. Ustedes no ignoran lo profundamente ligados que esta­mos Magdalena y yo. Saben como nosotros mis­mos que nada ni nadie podrá separarnos. Y a pesar de esto, prosiguen ustedes en su oposición feroz, como si yo fuera el último de los misera­bles.

—No es eso...

—Un momento. Me he preguntado mil veces el por qué de esa oposición. He considerado uno por uno los motivos que pueden ustedes tener para proceder así, y no hallo uno que levante tal imposible. Mi posición, primero: no soy rico, ni mucho menos; ustedes lo saben bien. Pero tampoco ignoran que puedo bastarme a mí mis­mo —y a mi familia, cuando la he tenido—, y que Magdalena se sentiría feliz con lo que yo pudiera ofrecerle.

—No es eso...

—Un momento. Mi carácter: a usted mismo, una noche que comía en su casa, le oí hablar, defendiéndome, de lo que han dado en llamar la dureza excesiva de mi mano...

—Tampoco es eso...

—La diferencia de edad: es grande, sin duda; pero no alcanza por sí sola a crear tal oposición. Mi falta de creencias: me explicaría que su ma­má...

—No, no —interrumpió por fin Salvador— No es ninguno de esos motivos en particular: es "el conjunto". En casa estamos convencidos de que Magdalena no será nunca feliz con usted. Ella es libre.

—¿Libre? ¿Ustedes llaman libertad a la enor­me presión que ejercen sobre esa criatura?

—Nada le decimos nosotros.

—En eso consiste la presión. Vive entre su familia como si no existiera para ustedes.

—Ella es libre, le repito, de hacer lo que quiera.

—¿Aun casarse? —Sí.

Morán quedó un instante mudo. Luego:

—¿Y el precio de esa libertad?

—Usted insiste en la palabra. Para nosotros habrá muerto. Ella es libre de casarse cuando quiera. Tiene su hijuela perfectamente separa­da...

Morán, que en ese instante se colocaba sus anteojos de auto para contrarrestar el sol de frente, sonrió.

—Supongo que usted no quiere insultarme...

—No; lo digo para demostrarle que Magda­lena puede casarse cuando quiera; pero que no cuente más con nosotros.

Morán no vio sino una cosa: que Magdalena era por fin suya. Enternecido a su pesar por el afecto que por algunos años había tenido a Salvador:

—¿Debo considerar que nuestra amistad par­ticular queda también concluida para siempre? —Sí, mientras mi hermana viva.

XXXVII

¡Feliz! Morán sentíase feliz, con la dicha más grande que puede colmar la existencia: la po­sesión inmediata y profunda, eterna y livianí­sima, de una criatura cuya vida no ha tenido otro destino que constituir el gran amor de ese hombre. Incertidumbre sobre el débil carácter de Mag­dalena, desaliento ante sus dobles juegos de con­ciencia: todo esto no había sido sino una remota exageración de su enfermiza sed de análisis.

¡Su Magda! ¡Pura y espontánea, aliento y cal­ma de su existir! ¡Qué deseos de abrazarse a sus rodillas y pedirle perdón, entregándole todo lo que un hombre, por única vez en su vida, en­trega sin reservas en esa actitud!

Pero no debía perder un instante.

Estoy decidida a todo —habíale escrito ella—. Sé que Dios me perdonará lo que hago.

Ekdal había ido a lo de Iñíguez en nombre de Morán.

—Están dispuestos —informó luego a su ami­go—, pero no desean que usted vea a Magdalena antes de la ceremonia. Insisten en eso.

—Bien —dijo Morán—. Daría mil años por verla antes... Pasemos. ¿Les dijo que deseaba casarme el lunes próximo?

—Sí.

—¿Y que me embarcaría en seguida? —También. Ellos parecen contar con esto. —Me lo figuro. Ahora, Ekdal, me escapo. Tengo que arreglar muchas cosas todavía.

XXXVIII

En efecto, quedábale aún bastante que hacer. Si ya desde un mes antes preocupa el abandono de un país en circunstancias normales, júzguese de la tensión que debía sufrir Morán para apron­tarlo todo en tres días. Trabajos a medio con­cluir y que deben quedar terminados, so pena luego de hallar sólo ruinas en la propiedad; los alambrados y las plantas; destino de un caballo, cuando se lo posee, de una vaca y aun de un pe­rro, durante los grandes trastornos del país; las lluvias incesantes y las sequías interminables; órdenes generales que deben cumplirse de cual­quier modo; órdenes particulares para ciertos casos; previsiones hasta un año después del pre­sunto regreso, si se quiere evitar su atónita incomprensión ante el menor imprevisto; deudas a pagar, dinero a obtener, y la suma de inquietu­des enervantes que acompañan fielmente el aban­dono de un país.

Morán lo resolvió todo en tres días. Pero lo hubiera hecho en dos, y aun en uno, pues el hombre que en él había lanzó todas sus energías, como animales de presa, tras la súbita elimina­ción de las dificultades.

Aureliana lo ayudó —en medio de su aturdi­miento cuando su patrón cobraba voz rápida— a resolver las preocupaciones de orden interno. Y cuando a las seis de la tarde de ese tercer día Morán no tuvo otra cosa que pensar sino en su felicidad inminente, un solo remordimien­to, oscuro pero constante, pesaba sobre él.

En Iviraromí, que había vivido todo el invier­no de su drama de amor, la noticia de su matri­monio debía haber corrido como pólvora y lle­gado en seguida a los oídos de los Hontou.

El día anterior, al caer la noche, Morán ha­bía refrenado bruscamente el galope de su ca­ballo ante un chico detenido a la linde del ca­mino.

—¿Qué pasa, pibe?

—Es Alicia, de los Hontou... —había res­pondido el chico—. Dice que quiere verlo, don Morán...

Un hombre, esté en el caso en que esté, no siente su conciencia tranquila cuando una mujer, al enviarle decir que quiere verlo, le recuerda con ello que él le ha jurado amor eterno. Titubeó un momento. Y arrancando de nuevo al galope: —Está bien; decile que dentro de tres o cua­tro días iré.

Dentro de dos días él se iba de allí; pero con tal respuesta aquietaba a su modo su conciencia.

Y he aquí que mientras, bañado ya, charlaba con Aureliana de cuanto quedaba aún por ha­cer en su casa, llegaba de nuevo el chico del crepúsculo anterior con una carta de Alicia.

Don Máximo: He oído decir que usted se va, y yo quiero verlo antes. Por lo que más quiera en este mundo, venga esta noche. Quiero verlo nada más, don Máximo. ¡Venga, venga esta noche!

Morán, que con la promesa aquella había en­gañado sólo a medias a su conciencia, irritóse al recordársele su sórdida transacción. Despachó al muchacho sin una palabra.

—Y... ¿qué le digo? —preguntó aquél.

—Nada —repuso Morán.

XXXIX

—Sería bueno, señor, que llevara el capote —recomendó Aureliana a su patrón, cuando éste hubo montado a caballo.

Morán echó una ojeada a todo el contorno del cielo. Hacia el oeste, tras el río, gruesos cúmu­los de base oscura ascendían como en erupción, los unos sobre los otros, resquebrajados por bruscas conmociones de luz lívida. No se movía una hoja. En todos los demás puntos del cua­drante el cielo estaba despejado, pero con un li­gero velo de asfixia. Las gallinas se habían re­cogido muy temprano. La tormenta, de desenca­denarse, no lo haría hasta muy tarde.

—No hace falta —dijo Morán—. Volveré en seguida a cenar. ¿Encontró los bueyes el carre­ro?

—Sí, señor. Dice que a mediodía sin falta es­tará aquí.

—¿Estuvo Floriano?

—También, señor. De aquí a tres días esta­rán listas las tablas.

—¿Y el rozado del bananal-cué?

—No me acordé, señor...

—Bien; acuérdate, Aureliana.

Así, orden tras orden, detalle tras detalle, Morán no debía olvidar nada. Vio aún en el pue­blo a dos o tres personas y conversó un rato con el jefe del Registro Civil, el cual parecía tan entusiasmado como Morán por el gran acontecimiento. Y cuando se vio por fin libre de toda preocupación y de todo olvido posible, Morán se detuvo un instante en lo de Ekdal, con quien cambió sólo breves palabras, pues más tarde debía volver a hablar con extensión de la cere­monia del día siguiente.

—¿Tiene todo listo ya? —preguntó Ekdal.

—Todo. Soy desde este instante el hombre más feliz de la tierra. ¡Ciao, Ekdal!

Al doblar el monte se encontró con Inés, que había salido sola a caminar.

—Inesita: ¿ha visto usted alguna vez a un hombre feliz? Me voy volando a casa.

—¿Así, ya? ¿A qué hora vuelve?

—En seguida.

Pero apenas arrancado al galope, oyó que Inés le gritaba:

—¡Y no olvide lo prometido, Morán!

—¿Qué? —preguntó Morán volviendo a me­dias la cabeza.

—Su retrato.

Morán se volvió entonces con todo el caballo y contestó:

—¡Por supuesto, Inesita!

Miráronse un instante desde lejos, y luego ambos se echaron a reír, levantando a dúo el brazo en un saludo indio de despedida.

XL

En el corazón humano no hay una pulsación misteriosa que haga prever el acontecimiento fa­tal que va a aniquilarlo. Nada en el cielo, ni en las cosas miradas, ni en la tierra hollada, ad­vierte al hombre que el universo entero se desplomará sobre él. Sigue su camino, dichoso y admirado de existir, grato a las cosas que lo contemplan, al perfume de los azahares del mon­te que lo exaltan, seguro de poder sonreír a so­las, si quiere, pues nadie como él ha redimido y asegurado su vida por medio de un grande y eterno amor.

Quien sonreía a solas, regresando a su casa, era Morán. Fue él quien contrajo el ceño al distinguir una silueta de hombre esperándolo en la meseta, y él fue quien, al reconocer cla­ramente al emisario, previo por fin, pero ya con la flecha de la muerte clavada en su corazón, la catástrofe que lo aguardaba.

El negro mayor de los Iñíguez, enviado oficial de la familia, le tendía una carta.

—¿Hay respuesta? —preguntó tan sólo Morán.

—Creo que no —repuso el enviado—. Se han ido todos al establecimiento...

Morán clavó la mirada en los aspectos fami­liares de su casa, indiferentes, puros y eternos como siempre, y recostado en una palmera abrió la carta.

Es inútil cuanto hemos hecho y hagamos —decíale más o menos Magdalena—. Estoy con­vencida de que para nosotros no hay salvación. Esta carta no me ha sido dictada por nadie, pue­des estar plenamente convencido. Olvídame y adiós.

Al concluir de leer, Morán quedó inmóvil. ¿Qué podía hacer, si no era percibir, bajo el gran cielo atormentado, la vaciedad sin límites de su existencia?