Pasado amor

Chapter 4

Chapter 44,221 wordsPublic domain (Wikisource)

Hecho todo lo cual descansó tranquilo, pues si su corazón tenía veinte años, su espíritu ha tiempo los había cumplido ya.

—¿Conoce usted la última aventura en el es­tablecimiento de los Iñíguez? —preguntó Ekdal a Morán esa noche.

—No —respondió éste—. Pero si es algún chasco pasado a Pablo con su revólver, nada me sorprendería.

Aludía a la costumbre aristocrática de Pablo de poner su revólver en las sienes de los peones, por poco que éstos se equivocaran al efectuar un trasplante en su presencia.

Esta vez, sin embargo, tratábase de Salvador. Habiéndose decidido a emplear por primera vez la azada en la carpida de las calles del yerbal, Salvador, so pretexto de que no podía apreciar­se el costo de ese trabajo, nuevo en el establecimiento, fijó a la tarea un precio irrisorio: di­gamos quince pesos por hectárea. Los peones mostrábanse muy desanimados; pero Salvador les habló uno por uno, desde lo alto de su caba­llo, con las siguientes palabras:

—Vamos a hacer un ensayo solamente. Si vos perdés, será por una sola vez. Tenemos tarea de azada para muchos años, y entonces habrá otro precio.

Este razonamiento, reforzado por la elegante figura del patrón, sus guantes eternos y la fatal seducción del sahib, decidieron a los peones.

La carpida a azada no costaba entonces, en el mejor de los casos, menos de cuarenta pesos por hectárea. Los peones ganaron en hambre y mise­ria de sus familias lo que habían perdido en el trabajo. Fue sólo un ensayo, es cierto; pero Salvador, satisfechísimo de él, había reducido ese mes en cuatro o cinco mil pesos los gastos del establecimiento.

—Le he oído al mismo Salvador —concluyó Ekdal—, alabarse de su fino ingenio. Yo desea­ría mucho saber qué clase de dioses velan por el alma de ese muchacho.

—Ya los conocemos, Ekdal —respondió Morán—. Pero faltan otros, que se harán sentir a su tiempo. ¿Usted ha visto el yerbal de Menheir, reputado como el mejor de Misiones?

—No, pero me gustaría conocerlo.

—Iremos juntos allá algún día. Pues bien, la plantación de Menheir, extraordinaria de luju­ria a los cinco años, próspera todavía hoy, será un desastre dentro de diez años más. Para alen­tar ese desastre velan los otros dioses de los Iñíguez. Ya hablaremos de esto.

—Sí, dejen las yerbas —apoyó Inés.

—¿Ha visto a Magdalena, Morán?

—No —contestó éste—. No me extrañaría na­da que la tuvieran secuestrada.

—Mientras rezan todos. ¿Sabe lo único que me disgusta en Magdalena, Morán?: su fanatis­mo.

—No es fanática Magdalena.

—De Dios y de la Virgen, no; pero sí de su madre, de su familia, de su incultura tradicional. Es la criatura más santa que yo he conocido. Y no me alegraría mucho, sin embargo, de verlo casado con ella.

—¿Por qué, Inés?

—Porque usted es un Dios para ella, pero su madre es otro Dios. Mucho cuidado, Morán.

Morán quedó pensativo. No era la primera vez que ese posible conflicto acudía a su mente. Si para Magdalena, como decía Inés, él era un Dios, para la señora él era el diablo, sin metá­fora. Por su carácter, por su áspera libertad, por su cultura, por su falta de creencias, Morán en­carnaba para la madre la ciencia y la perdición ateas; esto es, el infierno. Como amigo solamen­te, pudo algún día haber gozado de todo el fa­vor de la fanática dama; pero muy distinto era ser admitido en la familia, a condenar el alma de todos.

Esto, en cuanto a la señora. Por parte de los aguiluchos, ellos sólo veían en Morán, como po­sible cuñado, a un individuo al que no podrían imponer su voluntad.

—Sí —reanudó Morán—. También lo he pen­sado yo, Inés... Pero hay motivos superiores...

—¿Que usted no podría vivir sin ella? ¿No es cierto?

—O sin la esperanza de que fuera mía. ¿Usted sabe lo que es entrever la redención de sí pro­pio y de todos los desalientos que marchitan la vida? Eso es Magdalena para mí.

—Y usted, para ella, el ideal y el fin de su vocación.

—Así lo creo, Inés. —Y agregó esto—: Si Magdalena fuera inteligente, la mitad de usted, Inés, no me habría querido como me quiere.

—¡Exactísimo, Morán! —se echó a reír la jo­ven—. Por suerte el corazón y la vida de Mag­dalena son enteramente suyos... y creo tam­bién que desde el momento de nacer. ¿Cree us­ted en el destino, Morán?

Las líneas del rostro de éste se acentuaron.

—Si no creyera en él —repuso—, hace rato me habría apartado del camino de Magdalena.

De las jaulas del zoo surgió Ekdal con un coatí bajo un brazo, y una víbora colgada por la cola, del otro.

—Cuando usted tenga tiempo para mí —dijo a Morán—, vamos a estudiar la resistencia del coatí al veneno de las víboras. He hecho morder a éste por la yarará que usted ve, hace una hora. Y está, yo creo, tan sano como usted y como yo.

—Con gran placer, Ekdal —asintió Morán—, pero cuando esté más tranquilo. Las serpientes me asustan en estos días.

—Porque está usted construyendo su paraíso —sonrió Inés. Y al hacerlo echó atrás, como te­nía ella por costumbre al sonreír, su bella y pu­ra frente.

XXIII

La correspondencia misteriosa proseguía sin tropiezos, manteniéndose Morán por ella al tan­to del ambiente que reinaba en casa de los Iñíguez. Como debido a la extrema vigilancia Morán no podía arriesgarse a dejar de día su tubo al pie del poste, se levantaba a las tres de la ma­ñana, y bajo las más negras tinieblas que puede deparar una noche de temporal, iba casi a tientas a depositar su carta, asegurándose de la buena pista tan sólo por el chapaleo del barro bajo sus pies.

Aunque Morán poseía la singularidad de des­pertarse a la hora que quería, sin errar en un mi­nuto, perdió una mañana en el taller compo­niendo su viejo despertador. Y no dejaba luego de hacer un singular efecto, a aquellas altas ho­ras y en aquel remotísimo rincón del bosque, oír resonar un timbre, y ver salir a un hombre del carácter del nuestro que, bajo un chorreante capote, llevaba en un tubito de palo una tierna carta de amor.

No siempre hallaba Morán respuesta. Malas horas aquellas, como las de cierta noche en que hallándose con un tobillo muy hinchado y do­lorido, debió ir sin embargo en vano, para re­gresar rengueando atrozmente, y con un sem­lante que no hubieran querido por nada encon­trar en su camino las chicas de Aureliana.

Más de una vez Morán se detuvo frente a la ventana de su idilio, con la loca esperanza de ha­llar a Magdalena. No la vio nunca; pero oyó en cambio el murmullo resonante con que la seño­ra y sus dos hijas rezaban todas las noches el rosario.

—Inés tiene razón —decíase Morán en estas ocasiones—. La religión no ha tocado el cora­zón de Magda, pero ha sepultado su voluntad. El día en que deba decidirse entre su madre y yo, estoy perdido.

Muy en breve debía sentir confirmado en par­te su temor.

Una mañana llegó Adelfa con dos cartas de Magdalena. En una le anunciaba que dentro de un instante le escribiría por imposición de su madre; en la otra le pedía sus cartas y se despe­día de él para siempre. Sin decir una palabra, Morán tendió al emisario las cartas solicitadas en un montón sin orden ni concierto.

Pero a pesar de la advertencia de Magdalena, se sentía disgustado. La religión pesaba de mo­do abrumador sobre ella. Habíale sugerido ya un doble juego para su salvación: engañarla a su madre con él, y a ambos con su conciencia.

—Tenía usted razón —dijo esa noche a Inés, cuando la hubo enterado de la doble carta.

—Vamos afuera —respondió la joven, sin contestar directamente.

Fueron, evitando la humedad del suelo, a sen­tarse en medio del camino, trillado por el rodar de los carros que en esos días transportaban ga­jos verdes de yerba.

—No, no tiene usted razón —observó enton­ces Inés—. Magdalena no ha tenido hasta ahora ocasión de sacar a luz su personalidad. El pri­mer contraste la toma de sorpresa. Deje que se acostumbre a la lucha, que se vea vencida al principio; no importa.

—Pero fue usted misma —no pudo menos que recordar Morán— quien temió por mí.

—Y temo siempre; pero dénos ocasión, a ella y a mí, para la prueba. ¡Es tan oscura y peligro­sa entre ustedes la educación de la mujer!

Se detuvo un momento. Luego, fijando de ple­no sus ojos en los de Morán:

—¿Usted se da cuenta, verdad, del gran temor de la señora al secuestrar casi a su hija?

—Creo que sí —repuso él brevemente.

—Muy bien. Un instinto de pasión y de sacri­ficio como el de Magdalena, en el ambiente en que se ha desarrollado, resistiendo violentamen­te a la deformación, no conoce al lado del hombre amado otro lugar que sus brazos. ¿Y sabe usted ahora lo que yo hacía quince días antes de ca­sarme? Pasar tres días con Halvard, juntos y so­los, en una excursión de verano.

—No creo, en efecto, que la señora de Iñíguez consintiera...

—Ni ella ni nadie, con su religión latina. —Y la raza, Inés.

—No, la religión. Lo que primero se nota en las mujeres de ustedes es la abolición del sen­timiento de la responsabilidad. Se la ha disuelto totalmente en la hipocresía. Eduque a su Mag­da, Morán. Puede hacer de ella una gran mujer. No olvide que si usted es el diablo para la ma­dre, para la hija es el dios... a redimir.

—Lo mismo da —repuso Morán, malhumo­rado.

—¡Vamos, Morán! ¿También es usted católico para la lucha?

Morán no respondió. Veía en sueños a su Mag­da criada en otro ambiente, educada de otra ma­nera. ¡Qué felicidad hubiera sido entonces la su­ya, alentado por ella! ¡Y qué dulzura de com­prensión y descanso para su frente, bajo las ma­nos de una mujercita así!

Reeducarla... Inés decía bien. ¡Si apenas te­nía 17 años Magdalena! Bruscamente, pasó del desaliento más negro a la más clara esperanza.

—Inés —dijo tomándole ambas manos—: ¿qué fallas tiene usted?

—¿Yo? Estoy llena de ellas. Sólo que usted no las percibe... por su raza y su educación la­tinas.

—Yo no soy latino.

—Eso cree usted. Lo es hasta la médula de los huesos. Volvamos —concluyó recogiendo su silla de paja—. Está demasiado fresco.

Adentro, Ekdal trabajaba. Morán se retiró al rato, llevando de su conversación con Inés un mundo de ilusiones.

XXIV

Una semana más tarde los Iñíguez, exaspera­dos por la resistencia de Magdalena, la llevaban a Buenos Aires.

Morán lo supo el día antes por la misma Mag­dalena.

"Estáte tranquilo —le escribía—. Podrán ha­cer de mí lo que quieran, pero no que deje de amarte. Así se lo he dicho a mamá. No me es­cribas. Yo lo haré todos los correos, y si pasa uno sin que recibas una carta, puedes estar seguro de que me he muerto, pero no de que te he olvi­dado. Ten confianza en tu Magda, chiquito mío, y no te inquietes. Pronto volveré y seremos de nuevo felices."

Morán hizo lo indecible esa noche para ver a Magdalena. Montó guardia ante la ventana hasta altas horas, desesperado por verla y besar­le las manos. Una sola vez alcanzó a distinguirla cruzando la penumbra. La vigilancia debía ser extrema para que su Magda no se hubiera dete­nido un instante contra la reja, a mirar las ti­nieblas. Y ante la evocación de la familia entera en acecho, los ojos y el semblante de Morán se ensombrecieron con sus más duras líneas de batalla. Recordó la palidez de Pablo cuando al día siguiente de ser sorprendido por él, lo de­tuvo en mitad del camino a devolverle un plano de Salvador. Y al encogerse ahora de hombros, como lo hizo antes, sintió más profundo, tenaz y triunfante su amor por el retoño puro y pa­sional de aquel viejo árbol carcomido de mise­rias, de cálculos y fanatismo.

Desde la ventana del taller Morán vio pasar el break que llevaba al puerto a la señora de Iñí-guez y sus dos hijas, acompañadas por Salvador. Siguió con los ojos el carruaje que descendía el camino perdiéndose bajo el monte, para reaparecer un instante, cada vez más lejos, en dos claros del bosque. Vio salir el vaporcito, lo vio huir y desaparecer tras la gran restinga del acan­tilado, y Morán quedó solo, sumido en dulcísi­ma melancolía.

XXV

La oficina de correos de Iviraromí era enton­ces un poco de todos. Los plantadores de yerba retiraban del montón de cartas su corresponden­cia urgente, y Morán había tenido buen cuida­do, desde un tiempo atrás, de llegar siempre tem­prano a las oficinas, cuando las bolsas no habían sido aún abiertas. Ayudaba así a la distribución, lo que le permitía escamotear todas las cartas de Magdalena dirigidas a sus hermanos, pero que traían subrayada la dirección.

Tales cartas estaban escritas a su destinatario oficial, y nada se hubiera descubierto, de haber aquéllas llegado a destino. Pero Morán sabía que estaban dirigidas a él, pensando en él, con de­talles y expresiones para él, y eso le bastaba.

Llegaban, bien se ve, otras cartas de Magda­lena; pero éstas, sin subrayado alguno, seguían hasta sus destinatarios.

XXVI

Morán aprovechó ese mes de descanso para efectuar algunos trabajos descuidados. Ante todo, limpió sus plantas de yerba, por considerar que los dos años en que aquéllas se habían visto abandonadas a sus propias fuerzas de lucha, eran suficiente descanso.

La impresión de Morán sobre el cultivo de la yerba mate, tal como se efectuaba, no era muy risueña. Entendía él que se estaba forzando a las tiernas plantas a crecer, a agigantar pre­cozmente un desarrollo que en condiciones natu­rales adquirirían sin prisa, paso a paso, evitando los peligros incidentales, acostumbrándose a los forzosos, procediendo con la sabiduría de la naturaleza, a fin de llegar más tarde a las gran­des luchas de la sequía y del sol, con un organismo adaptado, sobrio y enjuto.

Las plantaciones nuevas prosperaban, sin du­da, y la lujuria extraordinaria de las jóvenes plantas conquistaba a los especuladores. Pero aquel vicio no se obtenía sino a costa de un surmenage feroz, que hacía rendir a las plantas, en ocho o diez años, sus reservas para toda la exis­tencia.

Morán había observado en plantaciones de apenas doce años, yerbas que por el achaparramiento del tronco, por sus deformaciones, por sus cánceres en los nudos, por su descortezamiento, por sus tejidos necrosados, ofrecían todos los estigmas de la decrepitud. En sólo dos lustros de sol, de remoción insensata de la tierra, de podas excitantes y agotadoras, se había logrado convertir un árbol de crecimiento cauteloso y destinado a vivir cien años, en un arbolillo rugoso, pudriéndose de senectud a los doce años de vida.

Los yerbales de la región sur, plantados en la mísera tierra de campo, eran los portaestan­dartes de este vicioso desarrollo infantil. Por el momento, las plantaciones de este tipo produ­cían pingües cosechas. Bien. Morán quería ver lo que quedaría en breve tiempo de esos yerba­les ferozmente exigidos y pésimamente alimen­tados.

En Iviraromí las condiciones variaban, pues la tierra de monte y sus grandes reservas de troncos caídos en el mismo yerbal, garantizaban por largos años la nutrición de las plantas. Así y todo, mientras se continuara asfixiando a las yerbas a razón de mil pies por hectárea, mien­tras se prosiguiera estimulándolas viciosamente por la poda, y agotándolas por el esfuerzo de reposición; mientras se continuara arrancándo­les sistemáticamente su vida misma, vale decir sus hojas, sin permitir que una sola de ellas se perdiera en el suelo a tonificar la tierra esquil­mada y hambrienta, Morán dudaba de que las infinitas plagas que acompañaban a la extenua­ción permitieran a yerbal alguno alcanzar los treinta años de vida.

—Éstos son los dioses —decía Morán a Ekdal, mientras conversaban sobre el tópico— que ve­lan por el porvenir del joven Salvador. La misma risa que tuvo Pablo cuando usted le habló de prevenir epidemias, la tendrá Salvador cuando se hable de no forzar a sus plantas.

Una de esas tardes, mientras se hallaba Morán en su yerbal, fue arrancado de su tarea por un silbido de Inés, que desde la vera del bos­que lo saludaba riendo. Estaba a caballo, con su traje de muchacha del Far-West, detenida an­te el alambrado.

—¡Buen día, Morán! ¿Se retiraba ya?

—No.

—Entonces espérese un momento, y veo su famoso yerbal.

Y con jovial desenvoltura descendió del ca­ballo, pasó bajo el alambrado de púa sin pin­charse, y reptando y bajando de los grandes troncos caídos, estuvo por fin al lado de Morán.

—¡Uf! Hay demasiados palos en su yerbal... Muéstreme ahora lo que hace...

Morán le mostró sus plantas, llamando su atención sobre la forma de los tallos.

—Muy bien formados... ¿Pero no son finos para su edad? He visto otros más gruesos.

—Sí, como son gruesas las criaturas obesas. Mis plantas son sanas.

Y para hacerse entender más, confió a Inés las razones que tenía para estar satisfecho de su yerbal.

—Entiendo —dijo Inés—. Pero me parece que usted encara la plantación desde un punto de vista muy personal. Usted hace filosofía y no agricultura.

—¿Yo? Yo soy agricultor, no comerciante.

—Los Iñíguez quieren obtener en seguida ren­dimiento de su dinero.

—Yo lo mismo. Pero tengo cariño a mis plan­tas. Cuando Salvador echaba abajo mil hectá­reas de monte para airear su yerbal, le dije que respetara las palmeras, pues cinco o seis palmas por hectárea no quitarían sol a su yerbal. Sal­vador me contestó que las palmeras eran muy bonitas, pero no rendían un centavo, y que valía más una hoja de yerba que sus penachos inúti­les. ¿Sabe usted ahora en qué gastará su plata el joven Salvador, cuando haya hecho una for­tuna con su yerbal? En reponer a gran costo, y so pretexto de decoración artística, las palmeras que taló. ¡Arte, los Iñíguez! Pero así es el mun­do.

Inés quedó un rato callada.

—Yo pienso —dijo al fin— que tal vez ellos procedan como es debido...

—Y de acuerdo —interrumpió Morán lanzan­do con todas sus fuerzas un palo a un tucán que pasaba volando— con las leyes biológicas tan caras a Inés Ekdal.

—Usted es tonto, Morán.

—Y usted está a mil leguas de serlo, Inesita.

Se echaron a reír, y volvieron juntos al paso por el camino que allí ascendía entre dos altas murallas de monte, ella silenciosa a caballo, él a pie a su lado, con la camisa oscurecida de sudor.

XXVII

Casi al fin de ese mes, Morán fue una tarde advertido por Aureliana de la presencia de dos mujeres junto al molinete.

—¿Qué quieren? —preguntó.

—Hojas de eucalipto... Son las de Hontou.

Morán soltó las herramientas. Eran, en efecto, Eduvigis y Alicia.

—Y bueno, don Morán... —dijo Eduvigis, sonriendo con sus dos dientes de menos, que la chica disimulaba bastante bien cerrando los la­bios al sonreír—. También nosotras venimos a pedirle eucalipto... Pero usted no va más por casa.

—Estoy ahora muy ocupado, Eduvigis —ex­plicó Morán.

—¿Y de ahí? —guiñó un ojo la muchacha—. ¡Tan ocupado, don Morán!... Bueno, yo voy a bajar unas hojas, si me permite...

Alicia y Morán quedaron solos. La chica alzó a él los ojos por un largo momento.

—Yo lo estaba esperando, don Máximo —di­jo.

—Estaba muy ocupado —repitió Morán bre­vemente.

Alicia entornó los ojos, volviendo la cabeza a otro lado. Y al mirarla así Morán, el cuerpo de frente y la cara de perfil, tornó a sentir el fré­mito de deseo que Alicia, sin buscarlo, desper­taba siempre en él. Pero se contuvo.

—¿Están altas las ramas? —se dirigió a Eduvigis—. Puedo trepar a ayudarla...

—No, gracias. Ya tengo suficientes.

Concluida la cosecha, Alicia se volvió otra vez a Morán, y con una débil y dolorida sonrisa:

—Don Máximo: ¿ya no me quiere más?

—¡Sí, mi vida! —explotó él, incapaz ya de contenerse.

Si la imagen de Magdalena se hubiera erguido en ese instante ante los ojos de Morán, él no la habría visto, velada por el destello de feli­cidad, descanso y dolor recompensado que irra­diaban los ojos de Alicia.

—¿Cuándo va?

—Hoy mismo —murmuró Morán. Eduvigis llegaba ya.

—Entonces —tendióle la mano la muchacha— a ver si lo vemos pronto, don Morán... —Allá veremos...

—¡Hasta esta noche! —dijeron los ojos de Alicia.

—¡Sí, sí, amor! —afirmaron los de él. Pero Morán no fue. Hay sacrificios del deseo que sólo un hombre es capaz de apreciar.

XXVIII

Su yerbal ya en forma, Morán pensó en cons­truir su quinta canoa, pues las dos primeras yacían en el fondo del Paraná, y las dos últi­mas habían desaparecido de noche, dejando en la playa tan solo un trozo de cadena limpiamente cortada a machetazos.

Planeó y dibujó el fondo y las costillas de acuerdo con las novedades en deslizamiento des­cubiertas por los dirigibles y lanchas de carrera, y hasta pudo contar alguna vez con la ayuda de Ekdal, que llegó una mañana de paso con cinco cachorros de hurón diseminados por su traje blanco, y que fue una tarde ex profeso con su mochila de geólogo, a arruinar las grandes pie­dras de hierro mangánico que las chicas de Aureliana usaban para partir cocos.

Ekdal no entendía mucho de trabajos manua­les, y apenas de remar; pero se prometía acom­pañar a Morán en sus inacabables recorridas del río, aventuras que no pudieron llevarse a cabo por lo que luego se verá.

La construcción de una canoa por un hombre solo es una cosa seria. Durante quince días Morán no salió de su casa, ni aun de noche. Ekdal e Inés, en cambio, fueron dos o tres veces a to­mar té con él, sin que Aureliana hubiera tenido que preocuparse de otra cosa que de su agua hirviendo: Inés preparaba el té y llenaba la me­sa de escones hechos por ella. La última tarde:

—¿Usted sabe que Magdalena llega la semana próxima? —dijo Inés a Morán. —Lo sé —repuso éste. —Debe hacérsele muy largo el tiempo. —No. Espero tranquilo.

—Puede ser que Halvard vuelva con ellas des­de Posadas. Va allá el lunes.

—Si necesita algo de Posadas, Morán... —se ofreció Ekdal.

—Gracias. Nos hemos de ver antes.

—¿Mañana? —insinuó Inés—. ¿Por qué no va mañana? Son espantosos estos hombres con sus canoas.

—Bien, iré mañana.

Y quedó solo, arqueando hacia atrás sus de­dos anquilosados por la presión constante de las herramientas, mientras se dirigía de nuevo a su taller.

XXIX

Ekdal se había ido el lunes a Posadas, y el miércoles la canoa quedaba calafateada, plan­chada y pintada. Satisfecho de su obra, se en­caminó de noche al bar, llevando el propósito de pasar un instante a saludar a Inés; pero se contuvo, no queriendo dar lugar a cualquier chis­me, dada la ausencia de Ekdal. Pero alegróse de ver llegar al día siguiente a su casa a Inés, a caballo, a devolverle su visita frustrada.

—Anoche oí sus pasos; pero cuando salí al patio, ya había usted desaparecido.

—No quise... —comenzó Morán.

—Sí, ya sé —aclaró ella—. Usted y sus ami­gos son sudamericanos, y ha procedido bien. Yo soy de otra raza, Morán, y aquí estoy.

Y de un salto se halló en tierra, encantada una vez más del paisaje que se dominaba desde la casa de su amigo.

—Cuando yo compré esta meseta —explicó Morán— y el pedazo de monte que ve allí, todo el mundo se rió, porque aquí no había sino pie­dras y linda vista. "Si no lo viéramos trabajar como lo hace —dijeron en Iviraromí— creería­mos que Morán es poeta. Sólo a él se le ocurre dar mil pesos por este páramo". Ahora resulta que todo el mundo solicita mis piedras para cons­truir, y gratis, porque son piedras; y Montserier, que no quiso pagar novecientos pesos por este retazo, indispensable para unir en un solo blo­que sus dos mil hectáreas, estuvo aquí el mes pasado a decirme que un día u otro se vería forzado a comprarme mi propiedad para su mu­jer, porque tenía una espléndida vista al río. Inés: usted come a cualquier hora, ¿verdad?

—Yo sí —se rió la joven, enseñando al reír su fresca y sanísima dentadura.

—Entonces Aureliana nos va a servir lo que tenga.

Morán tomó apenas café; pero Inés comió ale­gre y abundantemente.

Tres días más tarde la visita se repetía, y al cuarto llegaban en lancha expresa a Iviraromí la familia de Iñíguez y Ekdal.

XXX

Esa misma noche Morán montaba guardia an­te la ventana hasta las doce de la noche; pero Magdalena no se asomó.

Desde los días anteriores a su ausencia, Mag­dalena había pedido a Morán que dejara los tubos al pie del último poste de la quinta, y alejado, por consiguiente, cincuenta metros de la casa.