Chapter 3
Si en Iviraromí las clases humildes vivían de lo que pasaba en las castas superiores, éstas, a su vez, vivían de lo que sucedía entre aquéllas. La señora de Iñíguez, en particular, en su condición de amita de negros, interesábase por todo lo que concernía a las familias de los peones. Era evidente que Salvador había comentado en su casa el baile de la noche anterior, y de aquí la carta recibida por Morán.
El tono de esta carta era de broma cordial; pero Morán conocía muy bien todo lo que puede mal disimularse bajo ese tono, y quedó satisfecho. Esa misma noche estaba en lo de Iñíguez, y por la primera mirada de Magdalena comprendió que ella también esperaba verlo.
Su mutuo y habitual modo de ser no cambió, sin embargo, en el resto de la noche. Para Morán, hombre hecho y con más de un drama en su vida, la sola ilusión de ser el "hombre perfecto" de Magdalena colmaba sus aspiraciones. No anhelaba más ni quería tampoco saber más. La luz de los ojos de ambos al coincidir en una misma proporción, al hallarse por casualidad uno junto al otro en la misma caravana, el instantáneo encuentro de sus miradas al efectuar una recorrida general de rostros, delataban, sin duda alguna, sus mutuos sentimientos. Pero Morán se sentía demasiado feliz así para exigir el cambio que fuere.
La noche a que nos referimos estaban en lo de Iñíguez los Ekdal, pues la inminencia de la gran fiesta apretaba los lazos sociales. Morán acompañó luego al matrimonio hasta su chalet, comentando risueñamente en el camino los preparativos para aquélla.
—¿Sabe usted en qué consistirá la iluminación de que tanto se habla? —dijo Inés Ekdal—. En doce farolitos chinescos que colgarán desde el portón del camino a la casa. ¡Doce farolitos! ¡Uf! ¡Qué gente!
—Es extraño —observó Morán.
—¿Usted cree? Eso le parece porque es hombre y no nota nada. Hay que ver algunos detalles...
—Inés... —murmuró Ekdal.
La joven miró a Morán, y se echó a reír.
—¡Oh, Halvard! —dijo—. No cometo nada malo... Y porque quiera bien a Magdalena no voy a cegarme respecto de los otros. Y después, bastante se han reído de mí porque no dejo los zapatos en el barro, como ellas... Doce farolitos de a treinta centavos cada uno, Morán. Yo pienso divertirme en grande.
—¿Muchos comensales? —preguntó Morán.
—¡Y todos los que nos vemos allí! Y algunos más de Guazatumba, para deslumbrarlos...
—Los muchachos no quedarán contentos de tales gastos estériles...
—Así lo espero —concluyó Inés contenta, cogiéndose del hombro de su marido para saltar un charco.
XIII
Llegó por fin el 30 de julio. Morán estuvo todo el día muy ocupado en el monte, al punto de que no había concluido aún de vestirse cuando su presencia fue solicitada por dos veces en lo de Iñíguez, conforme lo hemos anotado. Desde lejos vio los míseros farolitos colgados en doble línea, a quince o veinte metros unos de otros. Y vio asimismo, al doblar el codo de la quinta, unas cuantas pobres mujeres con sus chicos en brazos, que desde lejos miraban proyectarse las sombras tras la gran vidriera.
El retraso de Morán no ocasionó trastornos, a pesar de todo, pues se había resuelto no comenzar la comida hasta las once, por no llegar hasta esa hora los recién casados.
—Fíjese en el tino de la señora —murmuró Inés Ekdal al oído de Morán—. Pablo y su mujer llegan cansadísimos después de veinte días de viaje continuo. Y no halla ella nada más chic que hacerlos recibir por veinte personas, a ninguna de las cuales la novia conoce, y concluir de matarla de fatiga con una comida a medianoche. Y con la cara que debe traer la pobre... ¡La compadezco!
Inés podía haber profetizado más: la joven desposada se desmayó antes de concluir el banquete. La fiesta no se interrumpió, sin embargo, prolongándose hasta las seis de la mañana.
Caía una llovizna helada cuando los invitados se retiraron. Morán, caminando a gran paso, no recordaba de todo aquel cálido reír y de brillar de luces más que tres cosas: la mirada de Magdalena al aparecer en el hall y descubrirlo a él al primer golpe de vista, entre veinte y tantas personas diseminadas; el haberla tenido a su lado en la mesa; y la felicidad por fin de haber hablado diez minutos a solas con ella —de cualquier cosa—, con las cabezas apoyadas en la vidriera.
XIV
La alegría de amar permite divertirse, allí donde sólo hay aburrimiento, y asimismo afrontar impunemente peligros a que en otra hora se hubiera sucumbido.
Morán no se entendía en todos los puntos con Ekdal; pero sentía tal estimación por la buena fe para pensar, trabajar y vivir de aquel hombre, que con gusto entregábale a veces las armas de una argumentación, ante el solo temor de apenarlo.
Mucho más viva era su intimidad con Inés. Habían acentuado su relación los comentarios y chismes sociales a que en otras circunstancias Morán no se hubiera prestado, pero que ahora le interesaban vivamente, por hallarse su corazón de por medio.
Inés, por su parte, no podía hablar con nadie, fuera de su amigo, con la libertad de espíritu y de prejuicios que le concedían su raza y su educación: la misma educación que la hacía avanzar al encuentro de Morán, aunque Ekdal no estuviera en casa, con una alegre sonrisa que comenzaba al distinguirlo en el camino, y que no concluía hasta estrecharle fuertemente la mano.
—Venga mañana a tomar el té —le dijo Inés en una de esas ocasiones—. Vendrán también los Iñíguez.
No podía haber pasado inadvertida para Inés la entente de Magdalena y Morán, la célebre noche del banquete; pero era ella demasiado clara en su modo de ser para insinuarse en lo que fuere. Y como Morán nada decía, ella nada comprendía tampoco. —No faltaré —respondió Morán a la invitación—. ¿Y Ekdal?
—Se acostó hace un momento. Estaba muy cansado. Ha tenido que preparar desde la mañana no sé cuántos animales...
—No serán cucarachas... —dijo Morán.
—¡Oh! Esta vez no —sonrió Inés.
Sonreía por lo siguiente: Ekdal encargaba a todos los peones y muchachitos de Iviraromí que le trajeran cuantos animales hallasen. Por cada centenar de cucarachas de monte, por ejemplo, pagaba veinte centavos. Y las cucarachas, abundantísimas bajo cada piedra y cada palo podrido del monte, llovían a millares —y todas iguales— al chalet del naturalista, el cual pagaba pacientemente con la esperanza de hallar una cucaracha, tal vez la número 10.000.000, cuya especie no estuviera aún catalogada...
Morán se levantó.
—Quédese —le dijo Inés, mirándolo serenamente en los ojos.
—Pero Ekdal duerme...
—No, no duermo —intervino éste desde la pieza contigua—. Estoy sólo cansado.
—¡Vamos afuera, Halvard! —advirtió Inés a su marido. Y a Morán—: Salgamos. La noche está muy tibia.
Salieron, llevando cada cual su enana silla de paja, a sentarse junto al cercado del tapir, ante el explayado de arena sin una jaula, y que a la luz de la gran luna brillaba solitario como un pequeño desierto.
La noche era, en efecto, de una tibieza y quietud muy grandes. A veinte metros de Inés y Morán se alzaba el monte en una sola sombra, cuya densidad sondaban apenas los rayos de luz oblicua que filtrándose desde su cima a lo largo de los troncos, se recortaban en el profundo suelo en crudos manchones de luz helada. Ni en el monte, ni en el aire, ni en la pareja inmóvil, un solo movimiento. Sólo vivían la luna, como dilatada por el silencio, y ante las sombras de Inés y Morán, proyectadas muy juntas adelante, el páramo de arena absorbiendo su luz.
Dos espectros de un grande, antiguo y eterno amor pudieran haberse hallado perfectamente allí.
—Pensar que hay gentes que están ahora en el teatro... —murmuró Inés.
—En efecto —asintió Morán por todo comentario. Y quedó mudo.
Pasó una hora más, pero no ya en silencio.
—No falte, pues —concluyó la joven al irse Morán.
—No faltaré —repuso éste.
Pero quien faltó al día siguiente no fue Morán, sino Magdalena.
XV
Morán no se equivocó un momento al juzgar el motivo de su ausencia: la familia no había querido que Magdalena se encontrara con él. Lo comprobó esa misma tarde en la barrera de reserva que bruscamente la familia había levantado ante su amistad.
—Adiós simpatía de la señora... —se dijo Morán, al recordar su puesto de favorito—. Ahora soy el diablo.
No pensaba todavía cuán cerca estaba de la verdad.
En los primeros tiempos, Morán había tenido el convencimiento de que los Iñíguez le ofrecían a Magdalena. Las revelaciones un poco insólitas sobre los sentimientos de la joven para con él; las alusiones al posible marido que le enseñara inglés; la contracabecera de honor que él ocupara al lado de Magdalena la noche del gran banquete; éstos y mil detalles más se lo habían demostrado.
Estaba sin embargo equivocado. Él, Morán, no era pretendiente grato para los Iñíguez.
Pero aquella inesperada oposición tuvo el privilegio de revelar a Morán toda la intensidad de su amor, que corría el riesgo de dormitar eternamente en los arrullos de la complacencia. Al serle negada Magdalena esa tarde, él, que estaba seguro de que únicamente en sus manos estaba el rechazar, comprendió bruscamente todo el dolor de poder perderla.
El destino no es ciego. Sus resoluciones fatales obedecen a una armonía todavía inaccesible para nosotros, a una felicidad superior oculta en las sombras, de la que no podemos aún darnos cuenta. Morán había vivido ya largamente, y Magdalena tenía 17 años; pero él sentía que el destino había abierto un camino para ellos dos solos, y los empujaba por él.
Con esta convicción, en toda la hora del té y del paseo que lo siguió, Morán no perdió su calma ni demostró advertir en lo más mínimo el cambio operado en los Iñíguez. Y como quería estar convencido del punto justo a que llegaba esa oposición, anunció a la señora su visita —y a la hora de comer, desde luego—, para el día siguiente. Tal como lo hizo.
Pero no fue preciso a Morán más que entrar y echar una ojeada para darse cuenta de que la atmósfera de la casa estaba a su respecto totalmente cambiada.
Al preguntar por Magdalena, se le respondió ligeramente que pronto vendría. Pero el "pronto" llegó apenas a la hora de sentarse a la mesa, cuando Morán no esperaba verla más.
No necesitaron ambos sino cruzar fugazmente sus miradas para sentirse aislados de todo y de todos, en una sola y luminosa esperanza.
Morán no era el hombre más indicado para soportar un desaire como el que acababa de hacérsele, y Salvador lo sabía muy bien. De aquí que éste no se engañara un momento sobre la aparente calma de Morán.
—Gente perra... —se desahogó Morán, una vez que hubo salido—. Me van a pagar algún día todos juntos el mal rato de hoy...
XVI
Al día siguiente, Morán pasó varias veces por el camino real, con la esperanza de ver a Magdalena. No la vio. Y como el juego de las probabilidades era siempre negativo para Morán cuando su corazón estaba en puesta, se dirigió esa noche de un solo galope a casa de los Hontou.
Desde la noche del baile no había vuelto a ver a Alicia. A impulso del estado de ánimo en que se encontraba, envolvió durante dos horas a la chica en una atmósfera tal de ternura, que aquélla no tuvo ocasión, en esas dos horas, de recobrar la gravedad habitual de su rostro: su inesperada felicidad vertíase de sus ojos, de sus sienes, de su sonrisa en raudales de dicha.
Al caer la tarde del día siguiente, Morán se detenía un instante en lo de Ekdal, con la vana esperanza de encontrar allí a Magdalena. Y de noche volvía otra vez a lo de Hontou, con el beneplácito de los muchachos, que le daban la mano sin tocársela casi y se retiraban, y la protección evidente de doña Asunción, que sonreía amorosamente a la pareja al pasar, y se iba también.
Durante siete días completos Morán no logró ver a la que ansiaba, y Alicia absorbió, transformado en pasión, el despecho que colmaba a Morán.
Pero éste no violentaba su ser cuando al lado de Alicia sentía dilatársele convulsivamente las ventanillas de la nariz. Alicia encarnaba para él, desde la frente a la garganta de los tobillos, el deseo. Ella lo veía también, pero como el amor y el deseo se expresan con las mismas palabras, Alicia, al oír a Morán, cerraba dichosamente los ojos a la confusión, feliz de una sola cosa: de tenerlo a su lado.
—Tú no me quieres —decía Morán desalentado. Alicia no le entregaba sino su mano. Y como ella no respondía.
—Si me quisieras —insistía él—, serías más buena conmigo.
Alicia, entonces, con el dolor y el amor retratados en el semblante:
—Tal vez yo no sepa quererlo, don Máximo... y por eso usted busca en lo de Iñíguez quien lo quiera más.
Un hombre con los sentidos en tensión al lado de una mujer deseada, tiene su corazón bloqueado y yacente como bajo una lápida.
—Yo te quiero a ti —murmuró Morán, recogiéndola. La chica cedió hasta recostar su mejilla en la de Morán. Pero recobrándose, y con la boca deformada por un puchero de dolor:
—Don Máximo: usted no me quiere a mí y quiere a otra. Pero a mí no me importa; yo lo quiero con toda mi alma, don Máximo... Y usted sabe que es cierto.
—Pero si me quieres —tendió de nuevo el brazo Morán—, por qué eres así...
Ella lo rechazó. Morán, contrariado fue a decir algo, y se detuvo felizmente; pero ya la primera palabra estaba lanzada.
—Otro...
Alicia entonces lo miró largamente, confiándole cuanto de inmenso amor puede expresar un semblante. Y con una altiva y amarga sonrisa, con un orgullo tan dolorido como noble y amante:
—¡Pero no era usted!... —dijo.
Morán recogió su mano, inerte. Y un instante después se retiraba, jurando volver.
XVII
Pero no volvió. La imposibilidad de ver a Magdalena exasperaba su pesimismo y tornaba imposible su contacto.
—¡Otra más! —se decía—. Cuanto más vive uno, tanto más fácilmente se deja engañar por una mocosa...
Morán iba pensando así la tarde en que, al volver el recodo de la quinta, distinguió en medio del camino crepuscular a Marta y Magdalena que avanzaban despacio por él.
Súbitamente, con la rapidez con que se pasa de una atroz injusticia que enferma a una loca revelación, Morán anheló ser la tierra que oprimían los zapatos de Magdalena. Debía cruzarse con ellas, y confió a las contingencias del encuentro el temperamento que debía adoptar.
Ya al distinguirlo claramente, Marta nació una sonrisa. Morán sonrió a su vez, desviando el paso hacia ellas, y las jóvenes se detuvieron esperándolo.
Las palabras cambiadas en aquel breve encuentro de dos minutos pasaron para siempre con el mismo tiempo, sin que Morán pudiera nunca recordarlas. Lo único presente y eterno en su memoria es el instante en que Magdalena, aprovechándose de una distracción de Marta, le dijo velozmente en voz baja:
—No me dejan salir más. Esta noche te espero en la ventana, la última desde el zaguán.
—¿A qué hora? —no dijo, devoró él.
—A las nueve.
Morán saludó de nuevo a las hermanas y prosiguió su camino.
¡Pero sus manos! ¡Su paso! ¡Sus labios mordidos de solitaria felicidad!
"Te espero". No había dicho: "Accederé a lo que me pide, señor Morán", sino, ella la primera: "Te espero".
Jamás había visto Morán realizado en vida y dicha, como en esas dos palabras, su ideal de virgen espontaneidad que amaba en la mujer por sobre todas las cosas. No era bastante querer con secreta pasión a un hombre, para ser capaz de decirle, mirándolo en los ojos: Te espero. Y quien lo había dicho abría recién las pestañas a la luz, no tenía sino 17 años; ignorábalo todo de la vida, menos el impulso de su corazón, tan extraordinariamente puro, que la llevaba a tutear, entregándole la mirada, al hombre al que hablaba casi por primera vez. Sólo una mujer de cuerpo inmaculado y alma sin mancha podía expresarse así.
"He aquí tu destino" —murmuró Morán con profunda ternura—. "No se posee en balde tu sed de bondad y el insondable anhelo de tu mirada, Magda mía, eterna luz de mi vida".
XVIII
A las nueve en punto de la noche, Morán surgía del monte, y atravesando la picada fangosa se detenía ante la quinta ventana, contando desde el zaguán.
—No me dejan salir cuando vienes a casa —susurró Magdalena—. La última vez que estuviste lo pasé llorando hasta la hora de comer...
—¿Cómo podremos vernos? —dijo él.
—No sé... Aquí de vez en cuando... Pero nos exponemos mucho... Creen que he venido a cerrar la ventana.
—Vida mía... —murmuró muy bajo Morán.
Ella, que hablaba volviendo a menudo la cabeza adentro, detuvo ante él su rostro de amor, confianza, juventud, belleza y sonrió.
—¿Me quieres mucho? —preguntó él.
—¿Y tú?
—¡Inmensamente!
La expresión de Magdalena se agravó, mientras sus ojos tornaban a adquirir la profundidad de un destino que aún se ignora.
—¿Me querrás siempre? —preguntó.
A su vez, los ojos y el semblante de Morán transparentaron las líneas enteras de su carácter.
—A ti, sí —repuso.
Pasó un instante. Ella sonrió por fin, y como la mano de Morán temblaba sobre el tejido de alambre que guarnecía la reja, Magdalena le tendió la suya. Y él besó sus dedos por entre las mallas.
La joven se arrancó.
—No puedo estar más, hasta mañana.
—¡Óyeme!...
—¡No. vete! Nos van a ver.
—¡Óyeme! Sólo quiero decirte esto: ¡Te adoro!
Magdalena, que cerraba ya la ventana, se detuvo un instante, satisfecha y colmada de felicidad. Y corrió la falleba.
XIX
Llovía a la noche siguiente, y el cielo fulguraba de vez en cuando con cruda luz. Magdalena estaba muy inquieta.
—¡Vete pronto! —decía a Morán—. Pablo está en el escritorio y puede vernos... ¿No has traído el capote? Te vas a enfermar.
—Pero dime antes: si nos interceptan, ¿cómo nos comunicamos? ¿Cómo puedo escribirte?
—No sé... ¡Ah! Estoy muy intranquila. ¡Vete, por Dios!
—¿Mañana, entonces?
—No, no sé si podré... En casa desconfían... ¡Vete! —Dame tu mano...
Bajo los besos de Morán a sus dedos, los rasgos de Magdalena se distendían en esa suavidad sin defensa y tiernísima de la mujer que desde lo alto contempla al hombre que ama doblado sobre sus manos.
Bruscamente:
—¡Vete, vete! ¡Vienen!
Morán volvió la cabeza, y vio una alta silueta detenida en la puerta del escritorio. Y al alejarse de la ventana, sintió los pasos de Pablo —no podía ser otro— que seguían tras él.
El primer impulso de Morán fue atravesar en tres saltos la picada y perderse en el monte. Pero al ir a hacerlo, comprendió todas las consecuencias de su fuga.
Magdalena había estado hablando con alguien: eso no podía ocultarse. ¿Pero con quién? Pablo lo ignoraba. Si Morán no era claramente reconocido, podría suponerse que Magdalena hablaba con otro, un peón tal vez. Y ante tal sacrilegio, Morán se entregó. Continuó costeando el bosque, seguido siempre a igual distancia por Pablo, a la espera ambos de un relámpago más sostenido que permitiera el reconocimiento— como así pasó. Pablo se detuvo, y Morán, tranquilo ya, entró en el monte.
XX
Acababa Morán de levantarse al día siguiente, cuando a la media luz de la alborada vio llegar a su casa a la negrita Adelfa que le traía un pedazo de papel arrancado de una libreta.
"Pablo nos descubrió anoche —le decía Magdalena—. He pasado la noche desesperada. A Pablo le dio un ataque al corazón, mamá estaba como loca, y Marta y Lucía lloraban. Si no te quisiera tanto, no hubiera podido resistir tanto dolor. Tú, estáte tranquilo. Ten confianza en tu Magda. Cuando pueda escribirte otras líneas, lo haré; pero no sé si me será posible. Mamá ha dado órdenes severísimas a todos. No te inquietes. Ten paciencia y triunfaremos."
Morán contestó. A las diez llegaba otra carta, pero no ya con la negrita, a quien los Iñíguez habían espiado y obligado a confesar su complicidad, sino con un peón del establecimiento. Magdalena lo informaba del tremendo estado de excitación que reinaba en toda la casa, recomendándole de nuevo que se estuviera tranquilo.
Otra carta llegó aún, al anochecer, por las manos de la vieja de las mandiocas, pues el peón había sido también descubierto, y echado sin más trámites.
Durante tres días no dejó Morán de recibir noticias a las horas más inesperadas. Los mensajeros se sucedían unos a otros, todos comprados por la niña Magdalena, y todos descubiertos luego; al punto de hacer reír a Morán la astucia diabólica de que se valía aquella virgen para comunicarse con él.
Excusado es decir que Morán pasaba y repasaba por el camino real en sulky, a caballo, a pie, con la esperanza siempre frustrada de ver a su amor. No sufría excesivamente por ello, pues la revelación del amor de Magdalena era demasiado reciente para no sentirse aún embriagado. Con sus 17 años, le daba ella consejos de serenidad, a él. "No te inquietes"... "tente tranquilo"
La sinceridad, la cordura, la grave inconsciencia de un ser puro alimentaban el amor de aquella criatura. ¿Cómo podía Morán no adorarla, y no sentirse grato al destino que le había reservado semejante don?
¡Su pequeña Magda! ¡Y qué profundas y misteriosas son las leyes de ese destino, cuando un hombre como él, de su carácter duro y dolorido, era lo que parecía esperar Magdalena para entregarle su virginal y fervorosa fe de amor!
XXI
En Iviraromí se observó con el asombro del caso que Salvador y Morán no se hablaban ya, cambiando apenas un breve saludo. Esto, añadido al recuerdo del sitio preferentísimo que ocupara Morán en el afecto de los Iñíguez, y a los chismes de los sirvientes que no habían dejado de correr, ilustró posiblemente a todos sobre la tormenta sentimental que se había desencadenado en casa de los peruanos.
Inés Ekdal fue de las primeras en enterarse del contraste. Morán, por lo demás, se confió completamente en ella.
—¡Cuánto me alegro! —dijo Inés—. Hubiera sido horrible que una criatura como Magdalena quedara para siempre secuestrada por esa gente. ¡La rabietita que debe de tener la señora! Usted, Morán, creía disimular mucho cuando estaba con Magdalena; pero se vendía como un niño. ¿Y qué van a hacer ahora?
—No sé —repuso Morán—. Lo que sé, es que me siento profundamente ligado a ella. Y no sé tampoco qué podría separarnos.
—¡Oh, yo de ella estoy segura! Nada me ha dicho, pero lo sé. ¿Y cómo se comunicaron?
Morán la enteró del desfile de mensajeros con cartas, todos sucesivamente interceptados. Desde el día anterior había en lo de Iñíguez orden terminante de que ningún extraño a la casa se aproximara a Magdalena.
—Voy, pues, a estudiar el problema. Hasta mañana, Inés. Vendré de noche un rato.
—Hasta mañana, entonces. ¿Sabe una cosa, Morán? Que usted tiene veinte años.
—¡Gracias a Dios! —sonrió Morán.
XXII
Morán, en efecto, debía preocuparse de la incomunicación que los amenazaba, y así lo hizo, entre machetazo y machetazo en el monte. Halló por fin lo que buscaba, en el arbitrio de un palito cualquiera, suficientemente raspado y sucio, hasta adquirir un inofensivo aspecto de palo rodado. Palitos como éste abundaban en todos los sitios, y mucho más en la quinta de los Iñíguez, lindera con el monte.
Sólo que ese palito estaría taladrado, y en su interior llevaría una carta bien arrollada. Un poco de barro en ambos extremos completaría su trivial aspecto.
Esa misma tarde llegaba por vía regular la última carta de Magdalena, y con un mensajero totalmente inesperado. Morán la contestó, indicando el poste de la quinta a cuyo pie él dejaría caer esa noche el tubo (así convenían en llamarlos), y que él recogería a la noche siguiente, con la respuesta.
Morán estudió las ramas que más se prestaban para ese fin, fijando sus preferencias en el tártago.
Meditó una actitud, una palabra de connivencia que pronunciada delante de Magdalena, indicara a ésta la presencia de un aliado.
Planeó el modo de escribirle en el seno mismo de la familia, por medio de petitorios dirigidos a la señora por una pobre mujer cualquiera, y cuyo sentido oculto Magdalena descifraría.
Indicó el limón en el dorso de una circular y estudió con calma el procedimiento a seguir para escribirse desde Buenos Aires, desde Lima o desde el fin del mundo —llegando a resolver satisfactoriamente las dificultades.