Pasado amor

Chapter 2

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—Es una negrita huérfana que nuestra Mag­dalena ha recogido... La llaman Adelfa; ¿quie­re usted creer? Pues no ve ella sino por los ojos de mi hija. Desde hace dos horas está allá. Es muy buenica Magdalena.

—Sí, bastante zonza —cortó Salvador.

—¿Y por qué la llamas tú zonza? ¿Es que tú te acuerdas de llamarla así cuando estás enfer­mo y no aflojas el ceño hasta que ella te atien­de? Y no le crea usted, Morán. Tiene locura por nuestra Magdalena, ahí donde usted lo ve. Pero aquí viene. Oye, Magdalena: ¿A qué no recuer­das tú al señor?

La joven, que desde el pasillo había ya fijado los ojos en Morán, avanzaba hacia él con la mis­ma absoluta falta de cortedad de su hermana.

—Cómo no me voy a. acordar, mamá... —di­jo, y dio la mano a Morán, sonriéndole en plenos ojos.

—¿Y cómo la halla usted? —preguntó la ma­dre.

—Muy bien —repuso tan sólo Morán.

Sentáronse por fin a la mesa.

Si físicamente la familia no había cambiado en general, no podía decirse lo mismo de la me­nor de los Iñíguez. Donde Morán había dejado una chica larguirucha y a medio formar, hallaba una mujer completa. La crisálida se había transformado en mariposa: nada podía expresar me­jor el cambio efectuado que este viejo símil.

—¡Mírela usted! No es sólo usted el sorpren­dido —decía la señora a Morán, que observaba a Magdalena con atención—. ¿Recuerda usted a los D'Alkaine, que pasaron diez días con noso­tros antes de irse usted? Pues estuvieron aquí de paso hace un mes, y no reconocieron a mi hermo­sa Magdalena. ¿Lo oyes, criaturica? Morán, aun siendo quien es, podía haberte encontrado por ahí sin reconocerte.

—En efecto —asintió brevemente el aludido. Y volviéndose a Salvador:

—¿Cómo dice usted que se llama el naturalis­ta de que me hablaba ayer?

—Ekdal. Halvard Ekdal. Es noruego, o cosa así...

—Conozco el nombre.

—Han venido del Sur. Vivieron muchos años en los lagos. Creo que se van a entender con usted.

—¡Y sí que lo creo! —intervino la señora—. Ya nos habíamos dicho todos: ¡Ojalá estuviera Morán aquí para hablar con Ekdal, él que es tan habilidoso!

—¿Es casado? —preguntó Morán.

—Sí, y con una excelente mujercita... Yo creo que es tan sabia como él. Y un poco rara, ¿verdad, Marta?

—No poco, mucho —afirmó la joven.

—¿Y usted? —se volvió Morán a Magdale­na—.¿Usted también la halla rara?

—A mí me gusta mucho —respondió la jo­ven—. Es muy buena.

—Pero no dejarás de reconocer —objetó su hermana— que eso de montar a caballo como hombre es bastante raro.

—Es costumbre de ellos. Y se usa.

—Pero no aquí. Y esos borceguíes, apenas más chicos que los de su marido...

—Yo no sé lo que tengan de malo... Sé que es muy buena con todos y con nosotros.

—Ya está ésta con su bondad —levantó la ca­beza Salvador—. Para ella nadie es malo.

La joven se rió cordialmente.

—¿Y yo? —preguntó Morán—. ¿También yo soy bueno?

Bruscamente Magdalena dejó de reír, volvien­do la mirada con sorpresa a Morán.

La madre y Marta cambiaron entre ellas una guiñada.

—¿Qué le pasa a esta gente? —pensó Morán, fijando con insistencia los ojos en Magdalena.

—¡Anda, hijita! —se dirigió la señora a su hi­ja menor, animándola, como se alienta a una criatura a decir algo que se sabe hará gracia—: ¡díselo tú misma!

—Aquí está él ahora, ¡díselo! —apoyó Marta.

Magdalena tornó a mirar a Morán con el mismo aire de espantosa sorpresa.

—¡Bueno, hijita! No es menester poner ese aire de espanto... Nada hay de malo, gracias a Dios. Sabrá usted, Morán, que usted es el hé­roe de mi hija menor. El "hombre perfecto"; ¿no es así, Marta?

—Así es.

—¡Mamá!... —rogó Magdalena.

—¡Pero criaturica! ¿No te lo hemos oído decir cien veces? ¿A quién has defendido con más calor que a tu gran amigo Morán?

—¿Defendido?... —alzó éste la cabeza con curiosidad.

Se hizo un brusco silencio. Nadie sonreía ya.

—Bueno, mamá, basta de tonterías —rompió Salvador—. Si es para esto para lo que deseaban tanto ver a Morán...

Mas la señora:

—¿Y tú, por qué así ahora? ¡No seas tontico, Salvador! Vivimos aquí abandonados de la mano del Señor, como quien dice, y cuando tenemos un rato de expansión con un amigo tan probado como Morán, sales tú...

—Bueno, mamá. El tonto he sido yo —afirmó Salvador, conciliador. Y tendiendo la frutera a Morán:

—Usted tenía una teoría sobre la plantación de bananos, si mal no recuerdo... —Tampoco, que yo sepa... Y vueltos a este terreno agrícola y siempre grato en el país, la charla continuó fluida y sin volver a detenerse, hasta que Morán se fue.

VI

Durante una semana Morán no salió de su casa. Aprovechó las noches frías para poner or­den en el sector industrial de su taller, cuyos frascos sin rótulo y tarros desecados por dos ve­ranos continuos no concluían nunca de recuperar su sitio correspondiente. Decidióse al fin a ir a ver a Ekdal, el naturalista, de quien ya había tenido algún informe en Buenos Aires.

Hallólo ubicado en pleno monte, bien que la distancia desde su casa al bar de las ruinas no pasara de una cuadra. Alguien había hecho le­vantar allí un rancho-chalet, lujoso, si se consi­deran las construcciones de ese tipo en el lugar. Allí se había instalado Ekdal con su esposa, joven como él, y de quien sabemos ya que usa­ba stromboot para los caminos y montaba como hombre.

Eran noruegos, y a ambos parecíales Misiones el país ideal para vivir. De las tres piecitas del rancho, una les servía de living-room, la otra de dormitorio, y la tercera, más pequeña aún que las otras, la ocupaban el laboratorio y el cuarto de baño, mitad por mitad.

Físicamente, el naturalista personificaba al noruego clásico, muy alto, muy rubio y con mi­rada infantil. Pero su mujer, Inés, tenía la tez mate y el cabello y los ojos negros. Hacía una curiosa impresión oír hablar alegremente en noruego a aquella joven de tipo cálido.

A la media hora de estar con ellos, Morán agradecía al destino el haber llevado a Ekdal a Iviraromí. Nada atraía tanto a Morán como la ingenuidad —en la mujer, desde luego—, pero muchísimo más en el hombre. Ekdal, por bajo de una vasta cultura, era la ingenuidad misma. Cuanto tenía Morán de hosco e impenetrable para el común de las gentes, se desvanecía ante un alma así, entregando él a su vez la dosis de candor infantil que guardaba celosamente bajo su duro aspecto. Como a Morán interesaban las ciencias natu­rales, agregóse esta similitud de gustos a las afi­nidades morales ya mutuamente descubiertas desde las primeras miradas. Y Morán se volvió a su casa a través de la noche fría y clara, prometiéndose no desperdiciar aquella ocasión de aprender algo de lo muchísimo que ignoraba.

VII

De hecho, la amistad de Morán y los Ekdal quedaba sellada desde el instante de conocerse. Morán pasó de día largas horas entre los pensio­nistas zoológicos de todo orden, género y especie que entretenía Ekdal, y de noche pasaron largas horas de charla a la luz del alcohol carburado.

Naturalmente, la influencia de la yerba mate alcanzaba hasta allí, y el mismo Ekdal, aunque zoólogo, había prestado atención a su cultivo.

Enteró así a Morán de una aventura acaecida con los Iñíguez en la plantación de éstos, hacía varios meses.

Hablando una tarde con el mayor de los Iñí­guez, expuso Ekdal la posibilidad de que un día u otro los grandes almácigos de yerba, entre los cuales se hallaban en ese momento, se vieran atacados por una plaga no anunciada aún, pero cuyos perjuicios serían incalculables.

—¿Por qué habíamos de tener esa plaga? —repuso Pablo—. Estos almácigos están per­fectamente sanos.

—Porque ésa es la ley natural cuando se haci­nan elementos orgánicos en desproporción con su régimen de vida. Yo creo que ustedes deberían prevenirla.

—¡Ah, sí! ¿Y cómo?

—No podría decirlo, pero ciertamente del mis­mo modo como se previenen estas cosas... Cul­tivos de casos aislados, análisis en el laborato­rio, etcétera.

—Y costaría eso una punta de pesos, desde luego.

—Sí, indudablemente...

—¿Y para prevenir una plaga que no tenemos ni por asomo, vamos a gastarnos cuatro, ocho o diez mil pesos en químicos y... ?

Iba a decir: naturalistas.

Pero se contuvo con una carcajada.

—¡No me haga reír! Yo he conocido en mi tierra infinidad de ingenieros agrónomos con la cartera llena de tubos de ensayo, que no sabían plantar una cebolla.

—A veces —dijo Ekdal tranquilo—, se suele ver hombres así...

Y sin hablar más del asunto prosiguió su mar­cha con Pablo Iñíguez a la penumbra de los grandes ombráculos que mantenían humedad constante sobre dos hectáreas de almácigos de yerba mate.

Una noche, más o menos un mes después de esto, el mismo Pablo detuvo su caballo ante el chalet de Ekdal, a pedirle un remedio para cier­tas manchas de hongos, que habían aparecido en los almácigos. Ekdal le dijo que la cal solía prestar algunos servicios en el tratamiento de los hongos. Pablo se retiró, visiblemente satis­fecho del poco costo del remedio... y del de la consulta.

—¿Y sabe usted lo que pasó? —concluyó Ek­dal—. Que Pablo roció las manchas de los al­mácigos, y buena parte de su contorno, con cal, como se lo había aconsejado yo... pero cal viva. ¡Cal viva sobre plantitas de cuatro días!

Y Morán se rió a su vez de buena gana, con la satisfacción de siempre cada vez que los Iñíguez fracasaban ante fenómenos superiores a su seca y árida inteligencia. Contratar peones por dos cucharadas de grasa rancia y exigirles el máximo trabajo: éste era el fuerte de los mu­chachos.

—Todos ellos son iguales —apoyó Inés levan­tando su bella frente realzada por dos ondas de cabello de ébano que lograba mantener siempre húmedos—. Si no fuera por Magdalena, no se podría ver a esa gente. Es la única que vale.

—Tengo esa impresión —dijo Morán.

—Pero usted los conocía de antes; puede juz­garlos mejor que nosotros.

—A ellos, sí. Magdalena era una criatura cuando me fui, y apenas había cambiado con ella diez palabras.

—Ella lo recuerda mucho, sin embargo.

—Puede ser. Pienso de ella como ustedes.

—No sólo como nosotros; todos tienen aquí la misma opinión.

VIII

Si no todos, opinaban como los Ekdal las tres o cuatro personas con quienes charló Morán en los días sucesivos. En Iviraromí no se hablaba de lo que fuere, sin que el nombre de los Iñíguez saltara en seguida.

—Todos están cortados por la misma tijera —decía el uno—; madre, hijos e hija. Es inexpli­cable cómo Magdalena ha salido del mismo hue­vo que esos aguiluchos de rapiña.

—La menor ha condensado —decía el otro— todo lo bueno que normalmente debía haberse repartido entre los cinco miembros de la fami­lia. El resto es de ellos.

Esta impresión sobre la menor de los Iñíguez surgía también del seno de las gentes humildes.

—¡Buenita que es! —decía una excelente vie­ja, a quien Morán había ido a consultar sobre las variedades de mandioca—. ¡Corazón de oro, te digo! Todos los demás son hijos del diablo. ¡Ella es mi paloma, don Morán!

Morán, pues, se hallaba suficientemente edi­ficado sobre la opinión del país acerca de Mag­dalena, cuando después de larga ausencia se pre­sentó una noche a cenar, en momentos que la fa­milia concluía de hacerlo. Morán quiso disculparse de la hora, por la circunstancia de volver a caballo, y sin reloj, de la confluencia del Isondú. La noche lo había sorprendido.

—Pues usted se sienta aquí —dijo la seño­ra—. Y en penitencia va a comer mal. ¡Vea usted que perderse de casa de este modo! Y tú, Magda­lena, hija mía, ve a la cocina y hazle servir lo que puedas.

Magdalena salió corriendo a transmitir las ór­denes maternas. La sirvienta puso el cubierto; pero quien sirvió a Morán fue Magdalena.

—¿No le causo demasiada molestia? —dijo Morán levantando los ojos a ella.

—Ninguna —repuso la joven—. Siento gran placer en hacerlo.

Sostuvo francamente la mirada que la interro­gaba, y Morán sonrió.

—Oye, hija mía —dijo la señora—, sabes tú que Morán pagará con creces lo que tú haces por él. Morán: hemos pensado en usted para que le haga recordar a mi Magdalena el inglés que ya casi ha olvidado. ¡Es tan haraganica!

—Yo no soy haragana, mamá —se rió la jo­ven, mientras esperaba sin prisa a que Morán concluyera su plato, hamacándose en un sillón.

—No, no lo eres; pero ¿por qué no quieres repasar tus libros de inglés? Es lo que siempre he dicho: ojalá mi Magdalenita se case con un hombre que no le hable sino en inglés...

Morán, que ya iba a ofrecer sus servicios de profesor, se contuvo.

—Mas, ya hablaremos de eso, Morán —con­cluyó la señora—. Ahora estamos muy atareados con la llegada de mi Pablo y su mujer. ¡Y las ganicas que tengo de abrazarlos! Ella es sobrina nuestra, sabrá usted. Perdió de muy pequeña a su madre y a su hermanita en un terremoto. ¡Qué espantoso aquello, Morán! Murió la pobre abra­zada a su infantico debajo de la cuna, adonde había rodado con el remezón. ¡Y sin bautizar la criatura, mi Dios!

—No te aflijas, mamá —dijo Magdalena con gravedad—. Está con los ángeles.

Morán volvió los ojos a ella. Aunque conocía el espíritu religioso de los Iñíguez, ciego, cerra­do y conventual en la madre, no creía que una chica de esta época llevara tan lejos y tan hacia atrás del tiempo su fe católica. El tono seguro de Magdalena lo había sorprendido.

—¿Usted cree en los ángeles? —le preguntó.

—Sí, creo —repuso la joven.

Morán hubiera querido continuar, pero en esos instantes entraban Marta y Salvador, que habían ido por media hora a lo de Ekdal. Poco después Morán se retiraba, dejando la promesa de que volvería muy pronto a prestar su ayuda en la organización de los festejos a Pablo y su mujer.

IX

Pero Morán tenía un problema más serio a resolver consigo mismo.

Hasta ese instante, y conforme lo hemos de­jado ver en este relato de una época de su vida, Morán no había querido detenerse a analizar la impresión que sobre él había hecho la menor de las Iñíguez. Debía decidirse, sin embargo. La imagen de Magdalena subía a su memoria con una frecuencia que, sin llegar a interrumpir el vaivén habitual de su vida, lo acompañaba en todos sus trabajos.

La comprobación más nítida de Morán acer­ca de aquella familia era la de que Magdalena pertenecía a una raza aparte. Inés Ekdal, los plantadores informantes, la vieja de las mandio­cas, todos habían estado en lo cierto: Magdale­na llevaba el nombre y la sangre de los Iñíguez por una ironía del destino.

Fuera de esto, la impresión más viva de Morán surgía al recuerdo de los ojos de Magdalena, de una hermosura y terciopelo sin par. Pero era en el modo de fijarlos, en su expresión intensa de espera y destino aún no encontrado, donde residía su misteriosa atracción.

—Destino no hallado aún... Ésta es la pala­bra —decía Morán, mientras taladraba un pos­te del alambrado—. Una Iñíguez no difunde a su paso ese aroma de bondad ni mira de ese mo­do, para que su destino se haya detenido allí...

Morán recordó entonces —revivió como si no hubieran pasado desde aquella tarde mil años—, la inacabable fijeza con que Magdalena contem­pló a su mujer tendida en el catre, cuando el día antes de su muerte Morán la llevó afuera a respirar. Y la expresión de intensidad casi espan­tada con que siguió a Morán, cuando éste, ya caído el crepúsculo, levantó en brazos a su mu­jer como a una criatura y la llevó adentro.

No había vuelto Morán a recordar eso. Ahora transportaba aquella expresión de la que era entonces una criatura a los ojos de la mujer ac­tual, y quedaba pensativo, sin dejar por eso de esforzarse duramente sobre el berbiquí.

Subía asimismo a su memoria el recuerdo de Magdalena confiando en los ángeles. Para creer en ellos se requiere una inteligencia modesta y pura en su ceguera. Tal la de Magdalena, según lo había comprobado él en otras circunstancias. Y esta incomprensión serena por bajo de aquel corazón de oro, era más de lo que se necesitaba para enternecer a un hombre como Morán.

En otra época, en otro ambiente más alejado de su desastre sentimental, Morán hubiera pres­tado oído atento a lo que su corazón apenas se atrevía a susurrar. Si en los momentos actuales su conciencia yacía tranquila, apenas se la removiera debía surgir, como hez, la profunda acu­sación de sí mismo. No se consideraba incapaz de amar, pero sí de hacerse amar. De aquí que cerrara los ojos a las dulces ilusiones que comen­zaban vagamente a refrescar su alma.

X

En el transcurso de junio y julio, Morán vio frecuentemente a los Iñíguez en casa de ellos o en lo de Ekdal, con quienes los primeros se trata­ban asiduamente.

En los focos de vida distantes de la civiliza­ción, las gentes de casta privilegiada se unen forzosamente. Pueden no estimarse o quererse; pero para la actividad social indispensable, bas­tan las apariencias cordiales.

Los Iñíguez, los Ekdal, Morán y algunos otros se encontraron así reunidos varias veces en ese invierno, por lo común de tarde, cuando salían a caminar en los fríos y bellos días de sol, o de noche en lo de Iñíguez, donde la presencia de Morán se tornaba entonces indispensable. Para la señora, sin él no había reunión completa. Se esperaba su llegada impacientemente, como si la sola aparición de aquel hombre de paso fir­me y semblante bronceado diera calor a la casa. Y cuando un mes más tarde, el día de la gran fiesta, Morán se entretuvo en su taller hasta úl­timo momento, un negro de los Iñíguez y un agente de policía llegaron, uno después del otro, a reclamar la presencia de Morán.

Las lecciones de inglés no habían comenzado. Los libros que aquél llevaba a Magdalena eran apenas comentados por la joven con un: "Es divino, me ha encantado", uniforme para todos. Hasta entonces, Magdalena y Morán no habían hablado aparte medio minuto, pero él sospecha­ba a qué obedecía el inesperado amor de Mag­dalena a reuniones y paseos, sin ocultarse tampo­co a sí mismo la naciente aurora en que comen­zaba a despertar su corazón.

Una de esas noches, como después de retirarse todos Morán se hubiera quedado un rato con la familia, fue sorprendido por el aire de reserva con que Salvador y la señora se sentaron a ha­blar con él.

Morán contrajo ligeramente el ceño, pero a las primeras palabras de Salvador recobró su impasibilidad habitual.

El motivo era éste: Salvador ponía a disposi­ción de Morán cinco mil plantitas de almácigo, para que aquél prosiguiera su plantación de yer­ba. A ellos, los Iñíguez, esas cinco mil plantitas no les suponía gran cosa; y para Morán representaban algún valor, pues no tenía almácigos. Un regalo, desde luego.

Morán agradeció como era debido aquella ge­nerosidad sin precedentes, pero rehusó. Faltába­le tierra preparada, ánimo —dio cualquier pre­texto.

"Deben de quererme mucho realmente", se decía Morán luego, cruzando a pie la noche he­lada en dirección a su casa. Detrás de él, allá lejos, brillaba en las tinieblas la gran vidriera iluminada.

—Si las cosas continúan de este modo —con­cluyó abriendo el portón de su casa—, ignoro lo que va a pasar.

XI

Entretanto, se aproximaba el 30 de julio, día en que debían llegar Pablo y su mujer. La ner­viosidad ante la gran comida con que los Iñíguez festejarían aquel acontecimiento parecía haber agitado también a los pobladores de esfe­ras más modestas, pues se vio ese invierno dos o tres bailes celebrados en fechas más o menos patrióticas, en el salón bar, y a escote de los plan­tadores jóvenes de la zona.

No dejó de llamar la atención, para los que conocían el retraimiento de Morán, su presencia en tales fiestas, más aún la animación de su sem­blante junto a la chica de Hontou, la cual, a su vez, parecía haber perdido al lado de Morán su característico orgullo de casta.

Esto merece una explicación.

Los Hontou pertenecían a una muy antigua familia paraguaya que desde los comienzos de la plantación de yerba se había instalado en Ivi-raromí. Toda la vida habían sido pobres; los tres muchachos trabajaban a jornal en los yerba­les, y las dos chicas con su madre cultivaban su cuarto de hectárea y lavaban concienzudamente su ropa.

Pero ya en estos quehaceres igualitarios, ellas; ya los muchachos trabajando en calidad de peo­nes, nunca los Hontou habían dejado su aire de personas de casta. Conservaban el sentimiento y el proceder de una aristocracia rural, muy visible en la seriedad de los varones para tratar y trabajar, en el arreglo de la casa, en la multi­plicidad de pequeñas industrias domésticas que subvenían a casi todas las necesidades; en el sen­timiento, en fin, del hogar y de la independen­cia, que se ha perdido totalmente en la clase obrera del Nordeste.

Componían la familia doña Asunción, la ma­dre viuda, y sus hijos Roberto, Etién, Miguel, Eduvigis y Alicia.

Etién, ignorábase qué quería decir. Probable­mente Etienne, en remotos tiempos.

La casita de los Hontou era muy frecuentada por los amigos de los muchachos, que iban a ver a éstos, y por los comisarios y plantadores jóve­nes que, yendo por Alicia, concluían por con­formarse con su hermana mayor.

De Alicia, sus pretendientes desalentados so­lían decir únicamente que pateaba como una mula. La terminante brevedad de sus negativas, que no dejaban esperanza alguna, explica aque­lla imagen.

Decíase algo de ella, no se sabe con qué fun­damento. Lo evidente es que no era presa fácil.

Morán, por su modo de ser, por su amor al trabajo, por sus duras tareas solitarias a la par de cualquier peón, gozaba de simpatías genera­les en las clases pobres. Conscientes éstas de la distancia que las separaba de Morán, agrade­cíanle el olvido que hacía de ella. Y en vez de bajar por esto el respeto que se le profesaba, ascendía antes bien en cálido cariño.

En otra época, Roberto y Miguel habían tra­bajado con Morán en el pequeño yerbal de éste. Conocíanse, pues; y más que nadie en el país, los Hontou estimaban a Morán. No era así de extrañar el inequívoco placer con que Alicia lo veía a su lado.

Ya dos años atrás, la criatura era muy bella. Ahora poseía una seducción casi irresistible, que no dejaba de excitar la altivez de su semblante cuando se sentía mirada. Pero como acontece con frecuencia en rostros semejantes, nada era comparable a su dulzura —dulzura de la boca, de las mejillas, de la sonrisa, de los largos plie­gues de los ojos, cuando Alicia sonreía. Acari­ciaba, se entregaba toda ella en ternura al son­reír. Y era tan vivo el encanto cada vez que el grave rostro de Alicia se deshacía en esta sonrisa, que Morán no oía lo que ella hablaba, por son­reír a su vez.

—Y bueno, don Morán —le estrechó la mano Roberto Hontou, al llevarse ya de madrugada a las chicas—. A ver si lo vemos ahora por casa...

—Iré —respondió Morán. Y a Alicia—: ¿Y usted, quiere que vaya?

La chica, de perfil a Morán y con la expresión muy dura en ese instante, pues se sentía obser­vada, se volvió a él, y diluyéndose de dulzura en su sonrisa, respondió mirándolo: —Yo, no...

La neblina era muy fuerte y helada. Morán se retiró momentos después, y a cien metros fue alcanzado por Salvador, apresurando ambos el paso, pues el frío mordía las orejas.

—Ya lo hemos visto con Alicia —dijo Salva­dor—. Esta noche estaba desconocida.

—Creo que es muy orgullosa —observó Morán.

—Imposible, a veces. Patea como una mula.

Morán sonrió dentro del cuello alzado de su capote; Salvador debía de haber sentido sus efec­tos...

Cambiaron de tema, y un rato después Morán continuaba solo hacia su casa, muy excitado aún con el recuerdo de Alicia.

XII

Pero Morán no fue a verla al día siguiente, ni al otro, ni en toda esa semana. La tarde poste­rior al baile había visto llegar al molinete de su casa a Adelfa, la negrita recogida por los Iñíguez, portadora de un libro que le devolvía la niña Magdalena.

Un poco extrañado, Morán abrió la cubierta, y adentro encontró unas líneas de Magdalena:

Devolvíale la novela, "encantadora", aunque no tanto como las horas que Morán había pasa­do en el bar...