Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico
Part 9
Nació en el arrabal de Tondo, de Manila, en 1876, falleciendo el 12 de Febrero de 1903. Fué ardiente revolucionario, como sus hermanos Manuel y Rafael. Cursó el bachillerato con los jesuitas. Escribió sus primeras poesías a los 17 años. Perteneció, con sus hermanos, Cecilio Apostol, los Guerrero (Fernando y Manuel), Veyra, Zulueta y otros al cenáculo literario aposentado en la morada de Epifanio de los Santos Cristóbal, el filipino erudito, C. de nuestras Academias de la Lengua y de la Historia. En 1912, los hermanos de José Palma editaron un tomito de las poesías del poeta muerto, bajo el título de _Melancólicas_, con prólogo de Cecilio Apostol.
MI REGALO
¿Sabes cuál es...? ¡Escúchame un momento! con voz muy queda lo diré a tu oído, que no lo pueda oir el mismo viento que, al refrescar tu frente con su aliento, palpita de placer estremecido.
Es muy pobre, muy pobre... casi nada, es más bien la fineza de un mendigo: una joya sin brillo, desgastada, que, por cobrar su luz en tu mirada, te la ofrece el afecto de un amigo.
¡Aquí lo tienes, toma!... te lo entrego: es este corazón ya moribundo, que se agita entre océanos de fuego, y que latiendo temeroso y ciego, te vió y te amó con un amor profundo...
Es este corazón de fibras rotas, anémico y enfermo, siempre triste... donde circulan de la hiel las gotas y vibran melancólicas las notas de un mal tenaz que en maltratar insiste.
Es este corazón, que va sangrando con la herida brutal de su delirio, mi pobre corazón, agonizando, mientras va sollozando... sollozando... al rudo golpear de su martirio.
Este martirio he siempre comprimido por inquieto temor a tu repulsa, hondo martirio que, a mi ser asido, parece cual mi vida confundido y siempre al lloro y al sufrir me impulsa.
¡Cuántas veces sentí su horrible clavo golpearme con áspera sevicia, y sentí a su furor cómo temblaba el cielo de las dichas que soñaba, como un mundo de luz que se desquicia!
¡Cuántas veces también alzó en mi pecho, la indómita borrasca de la angustia, y por las noches le encontré en acecho para robar mi sueño, sobre el lecho en que gemía por mi vida mustia!
¡Ay, no es verdad que brote la alborada tras la noche caótica y severa!... Donde la pena labra su morada, allí estará cual víbora enroscada, siempre más pertinaz, siempre más fiera.
En vano, muchas veces, temerario, intenté refrenar con valla ruda el cauce de mis penas tumultuario: no he logrado desviarme del calvario donde sucumbo sin piedad ni ayuda.
Ya han hollado mis pies muchas espinas, y aunque avanzo llorando en mi camino, sólo encuentro doquier sombras y ruinas, tristes, como las tintas vespertinas, y obscuras, cual la voz de mi destino.
¿Qué me resta sufrir?... En mi amargura, ¿Dónde tender la vista lacrimosa sin que encuentre mi propia desventura? ¡oh!... ¿Como descansar de esta tortura el alma que no vive ni reposa?
Sólo tú, sólo tú, virgen del cielo, puedes reverdecer mi vida muerta; tú regalarme puedes el consuelo, y puedes alegrar mi triste duelo y restañar mi herida siempre abierta.
¡Oh! en tí está mi esperanza; no la mates; déjame acariciar mis ilusiones, y no me arranques ¡ay! no me arrebates la dicha que me anima en los combates y rompe de mi mal los eslabones.
¡Es tan triste sufrir!... Es tan sombrío batallar con el propio sentimiento, que, si no escuchas el acento mío, tal vez con la punzada del estío no me dure la vida ni un momento.
¡Oh! escúchame... ¡Aquí estoy! Solo, perdido en mitad de mi obscuro derrotero... Y aunque procuro, loco, dolorido, desterrar mi pesar con el olvido, ya no puedo luchar... ¡Amame o muero!
EN LA ULTIMA PAGINA DEL "NOLI ME TANGERE"
Eres el grito del derecho herido, la encarnación de las candentes lágrimas que en la noche sin luz de su pasado, de mi país los ojos escaldaban.
Yo te leí cien veces. Noble amigo, hallé siempre flotando en cada página, un paño para el llanto del esclavo, para el tirano vengadora tralla.
¡Cómo sentía, al recortar tus hojas, lástima por mi patria esclavizada! ¡Cuál lloraba contigo en mis insomnios, y ansiaba, como tú, la luz del alba!
Más un día... sonaron los fusiles, ahogó los suspiros la metralla, y fulminando muertes, al derecho pronto abriéronle paso las espadas.
Y tembló la opresión. Himno de muerte parecía el rugido de sus armas, y en su mismo estertor... ¡ay! frente a ella irguióse su conciencia: ¡cuán manchada!
Entonces, al clangor estrepitoso que producían, al herir, las balas, veía al pueblo defender sin miedo la idea que tus párrafos inflama.
Veíale surgir grande, potente, dispuesto a perecer en la demanda, a recabar con sangre de sus venas su libertad y su honra conculcadas.
Y fué obra tuya, tuya solamente; que, sin tí, aún no viera nuestra patria roto el dogal que le estrujaba el cuello y en sus cielos brillando la alborada.
¡Ah!--Mucho hiciste. Verbo del opreso, anatema al poder, tus hojas santas, al irradiar en los cerebros muertos, de la opresión libraron una raza.
.....................................
Te cierro ya. En la noche de su sueño, ¡paz al patriota que escribió tus páginas! dile que sus hermanos no le olvidan, que en cada pecho se le erige un ara.
Octubre, 1898.
DE MI JARDIN
Me pides sampaguitas... No te envío, porque, al ir a cortarlas de la rama, sentí temblar mis manos y mi pecho prensado por la lástima.
No quiero que padezcan esas flores, como padece, lejos de tí, mi alma, no quiero que al contacto de mis manos perezcan marchitadas.
¡Qué caigan ellas solas! Yo, que siento más que nunca mortíferas nostalgias, no quiero que por mí tengan las flores nostalgia de las ramas.
Es crueldad separarlas de sus tallos antes que lo haga el soplo de las áuras ¡quién sabe si en las horas más de vida que se irán al troncharlas,
ellas esparcirán en el ambiente la esencia más sabrosa y delicada que formada con mieles de rocío en sus corolas guardan!
Deja que vivan. A nosotros mismos, a pesar de seguir nuestra jornada, marchando sobre espinas y entre sombras la vida nos es grata.
Nada tememos más sino la muerte... ¿Y si tuvieran esas flores alma? ¡Quién sabe si sintieran asimismo temor de verse lacias!
No; déjalas vivir. Que vivan siempre en su palacio de hojas y de ramas; que las encuentre allí la mariposa, su eterna enamorada;
que saluden los ocres de la tarde, que explendan con las púrpuras del alba, que beban del rocío de las noches y halaguen las miradas.
Las pobres sampaguitas se resienten cuando alguien de su tallo las separa; al hallarse en el pecho o en las trenzas, sufren; se tornan pálidas.
Y cuando están así ¿qué hombre puede contener de los ojos una lágrima? ¿Quién no se acuerda de los tristes seres que mueren de nostalgia?
1900.
EN LA HAMACA
¿Qué se perdió en el seno del vacío? ¿que inquieren sus miradas? ¿mira, acaso, a las aves que se esconden del calor en las ramas?
¿Por la escala de luz de un rayo de oro retorna quizás su alma al paraíso reluciente y bello, su prístina morada?
La siesta asfixia. El son de los cañales preludia a la tagala esa canción de miel que ha desprendido la ilusión del pentágrama.
Los insectos rebullen en las hojas sobre el tapiz de grama, y se duermen rendidos a los hálitos de un ambiente de lavas.
El sopor se difunde, derramado por estivales áuras, y en el lejano término simulan dorarse las montañas.
Hay vida y poesía en esas horas en que el calor abrasa; pera la vírgen tiene en el espacio inmóvil la mirada.
Hija gentil de una región de fuego, acaso vuela su alma por el país de rosas del idilio cuyo perfume embriaga.
Tal vez sueña en las dulces sampaguitas cogidas de las ramas, para ser el collar lleno de aromas en la linda garganta.
La alegre sonatina de los besos que da el viento a las palmas, tal vez rima a sus oidos el _kundiman_ trovado en noche plácida.
Mas ¡quién sabe...! Deshácese la tromba en aquellas montañas y alguien atrae allí el corazón virgen de la virgen tagala.
En el album rosado de la vida también hay negras páginas, donde se ocultan los ensueños místicos bajo un velo de lágrimas.
Y mientras sueña en cuerpos que se caen, se hieren, se desgarran, en un campo sembrado de cadáveres y de sangrientas charcas,
vibra la llama estuosa de la siesta, pasa la brisa cálida, y murmura en sus notas el prefacio de algún idilio convertido en drama.
1900.
RIZAL EN CAPILLA
En la pequeña estancia, la luz pálida alumbra al reo; fuera, la dormida ciudad con su pesado silencio de necrópolis desierta... Quedan horas no más... Ya es el instante en que todo refluye a la conciencia; en que, a través de todos los recuerdos, y todos los amores y quimeras, el alma quiere mucho más la vida, porque la muerte más y más se acerca... ¡Hora sombría en que sudó con sangre el mismo Cristo en la sagrada huerta...!
Quedan horas no más para el martirio. El alma que ya acecha, es el alma que quiere nubes rojas, pero rojas con sangre de las venas. Cada minuto ya la va acercando, fatal inevitable... El reo espera, vibrante el corazón, opresa el alma, pero tranquilo el rostro y la conciencia. Allí quedan "sus padres; sus hermanos, en el perdido hogar"; más allá deja "a la dulce extranjera, su alegría", y sobre todo amor, su "amada" tierra.
¡Oh, la tierra de todos sus encantos, la idolatrada tierra, "dolor de sus dolores" de patriota y sueños de sus sueños de poeta! Rápidos, en tropel, sólo a su nombre, como nubes compactas de tormenta, luchas, melancolías, desalientos, acuden, se avalanzan, se atropellan y llenan el espíritu del reo, resanando ecos de perdidas épocas con la dulce quimera de una patria que resurge triunfante de la ciénaga.
Era la patria que llenó su vida. Como santa promesa, allá, en la proscripción, brilló animando su corazón de bronce a la pelea. Lo recordaba: desolado, loco, la vió llorar, se estremeció a sus quejas, y sintióse morir con sus angustias, y sintióse ahogarse con sus penas... Nadie estaba en redor; ¡nadie...! tan sólo unas sombras muy lúgubres, muy densas, unas sombras que todo lo envolvían, porque la podre horrible no se viera.
Y fué entonces. Cual vívido relámpago horadó las tinieblas el rayo de su noble pensamiento, despertando a las masas. Tronó recia su voz de apóstol, y el enjambre mudo de ilotas escuchó:--"¡La patria es esta!" ¡Sólo entonces cayeron de rodillas! ¡sólo entonces supieron conocerla...! Corrió en la multitud hervor de fuego, eléctrica explosión de vida nueva, un ansia de elevar aquella patria al bello Sinaí de las grandezas.
Y estalló fragorosa la borrasca... Hoy, desde aquella celda, parece percibir rumor de lucha encarnizada, pertinaz, violenta. ¡Son los cruzados de Simoun que acuden y se lanzan pujantes a la arena, son los nobles ilusos que pretenden ascender hasta el triunfo de su idea con el vuelo del águila gloriosa, sin otras alas que su fé sin mengua...! ¡No caerán como Icaro!--está escrito--: ¡Los que van con la patria siempre llegan!
El llegaba también. La noche huía, y con palidez tétrica la luz temblaba sus fulgores últimos envueltos en la agónica tristeza. Oye el reo anhelante... ¡Ya es el alba! ¡Son los soldados que a llevarle llegan! ¡Es la hora tenebrosa de la muerte...! ¡La muerte misma que fatal se acerca! Todo se pierde en el horrible caos del cerebro estallante, y sólo encuentra --¡luz única!---la patria por quién muere, triunfadora, sublime, resurrexa.
Paterno (Pedro A.)
Aunque flojo poeta, es uno de los precursores entre los filipinos. Nació en Manila, de familia acomodada, el 27 de Febrero de 1858. En el Ateneo de la Compañía se graduó de bachiller el 71. Vino a España luego, haciendo aquí larga estada y doctorándose en Derecho y Cánones en la Universidad salmantina. Convivió en Madrid con políticos influyentes, literatos y todo linaje de artistas. Tuvo una mesa hospitalaria. En el Ateneo, leyó el crítico y académico Cañete versos de Paterno. Escribió novelas y sobre historia y folklore filipinos. Contribuyó a organizar la Exposición filipina de Madrid (1888). Intervino en la paz de Biacnabató. Murió, gran cruz de Isabel la Católica, en 1911.
SAMPAGUITAS
A los mortales ofrece el sacrosanto madero nueva escala de Jacob para remontarse al cielo: "con su frente abre la gloria con su pie cierra el infierno, y sus brazos amorosos abrazan al mundo entero". ........................... Al rebramar la tormenta, por la playa me paseo, y en ver las agitaciones del vasto mar, me embeleso. En su inmensidad descubro, de mi amor el viejo espejo. ¡Cuántas olas luchan fuera! ¡Cuántas perlas duermen dentro! .............................. Subiendo una alta montaña vi a la Fama encantadora. --Para ser grande--le dije-- ¿qué debo hacer, bella diosa? --No sigas ningún ejemplo, si quieres hallar la gloria: sé Platón o sé Alejandro, que hallaron sendas ignotas. No en copia servil te arrojes por la senda que otro explora: con la pluma de tus hechos escribe una nueva historia.
Madrid, 1880.
LA CRUZ
I
Nació Alejandro; su potente lanza, al ronco grito de incesante guerra, cubrió de luto y ruinas y matanza cuanto entre el _Ister_ y entre el _Sindh_ se encierra. Murió Alejandro; y a su gran pujanza estrecha fosa concedió la tierra, y él y su lanza y su poder temido se hundieron en la sima del olvido.
II
Cruzaron el espacio en raudo vuelo las águilas que Roma ostentó un día; cuanto cobija el anchuroso cielo sintió de su poder la tiranía. Hundióse Roma; retembló su suelo; se escuchó el estertor de su agonía, y esparcieron sus restos funerales del Septentrión los recios vendavales.
III
¿Qué se hicieron los ínclitos varones que legaron sus nombres a la historia? ¿Dónde encontrar los regios panteones que guardan sus cenizas y memoria? ¿Dónde está, con harapos y girones, cual leve resto de su antigua gloria, la clámide a sus hombros suspendida, más en sangre que en púrpura teñida?
IV
Todo despareció; tan sólo un trono, de cien edades sobre el polvo inerte resiste inmoble al infernal encono, y a los rudos embates de la suerte. Crece su gloria al par que su abandono, más es que el mundo y que sus furias fuerte, a sus pies veinte siglos han pasado, y sigue el rey, y sigue su reinado.
V
¿Sabéis dónde se vió por vez primera? Del sacrosanto Gólgota en la cumbre ¿Queréis saber las leyes con que impera? son de amor, de humildad, de mansedumbre Por él doce hombres alzan la bandera, retando a la enemiga muchedumbre. ¿Sabéis que quieren en su ardor profundo? cambiar la faz del universo mundo.
VI
Ellos son. Allá van, sin más arreos que el calzado y bordón del peregrino; ellos son, allá van, arde en deseos su pecho, hoguera del amor divino; ellos, los pescadores galileos, allá van, cada cual por su camino; hombres son de entre el pueblo despreciado y apóstoles de un Dios crucificado.
VII
Ante su vista, en el espacio inmenso que descubre su ardiente fantasía, ven, entre nubes de aromado incienso, los dioses que abortó la idolatría; de esclavos viles el rebaño denso sujetos a nefanda tiranía, y entre bosques de picas apiñados, los monarcas del mundo y potentados.
VIII
Y cien cadalsos ven en el vacío levantando sus moles altaneras, y ven el hacha y el ecúleo impío, y los potros, los hierros, las hogueras, y escuchan de los circos el gentío, mezclando su rugir al de las fieras; más al ver los aprestos del combate su noble corazón con fuego late.
IX
Aunque siembren de espinas su camino y a palmos se disputen el terreno, cumplirán como bravos su destino, predicando la ley del Nazareno. ¿Quién se opondrá al espíritu divino de que su corazón se siente lleno? Y a la Cruz santa que en sus diestras brilla ¿quién habrá que no doble la rodilla?
X
¡La Cruz! Esa es la luz que los encanta por los tristes desiertos de la tierra. ¡La Cruz! Esa es el alma sacrosanta; que les hace invencibles en la guerra. Cuando, erguida en sus manos, se levanta, los más alzados ídolos aterra. Idolos fuertes que a los ciegos doman tiemblan ante la cruz y se desploman.
XI
Con ella cada paso es un prodigio; tras cada lucha un triunfo; a cada hora cede el de Tracia al celestial prestigio, y el de Etiopía con pasión la adora, y el ateniense sabio, el muelle frigio, el que de Libia en los desiertos mora, el que se apoya en pérsicos divanes, y el que enfrena soberbios alazanes.
XII
Y llevan sus influjos salvadores a los centros del lujo y monopolio a las chozas de humildes labradores, de los romanos Césares al solio; y hacen brillar sus célicos fulgores sobre el negro frontón del Capitolio, enclavando la Cruz con heroísmo en medio el corazón del paganismo.
XIII
Y triunfarán de los verdugos fieros de cien persecuciones al estrago, de las garras de tigres carniceros, de falaces serpientes al halago; y aunque derramen, embotando aceros, para ahogar la verdad, de sangre un lago, que si la Cruz al lago es arrojada, sobre el lago de sangre sobrenada.
XIV
Y vencieron. Y el Lábaro divino, presagio de una gloria verdadera, hizo triunfar, al par que a Constantino la causa santa del que en él muriera. Y tuvo desde allí mejor destino el que un suplicio vil tan sólo fuera, brillando con fulgores celestiales en las mismas coronas imperiales.
XV
Arbol de vida, místico Madero donde reina el Señor de los señores, al pie de cuyas ramas el viajero mitiga del camino los ardores; lecho de las esposas del Cordero, centro de sus purísimos amores: ¡Oh dulce Cruz donde Jesús espira! ¿Quién no te adora, si una vez te mira?
XVI
¿Quién se arrojó a tus pies, que no sintiera la pasión sosegarse que le agita? ¿Quién no halló en ti la calma verdadera que anhela el pecho que de amor palpita? ¿Quién no querrá abrazarte, oh Cruz bendita? ¿Quién morirá, si en tu virtud espera, hacecillo de mirra regalado, que nos dejó en recuerdo nuestro amado?
XVII
¡Feliz el alma que la Cruz adora, siguiendo, amante, de Jesús la huella! ¡Feliz el que la mira cuando llora! ¡Aparece, entre lágrimas, tan bella! ¡Feliz quién llega a su postrera hora de pies y manos enclavado en ella, y espira donde Dios espirar quiso, y pasa de la Cruz al Paraíso...!
Peláez (Vicente)
El nombre de este bisayo poeta y un fragmento de composición, nos salen al encuentro en el folleto de W.E. Retana, "De la evolución de la Literatura Castellana en Filipinas.--Los Poetas". Se copia el fragmento, reminiscencia de Bécquer, como una muestra más de poesía española pulsada en lira tagala.
HUERFANA (FRAGMENTO)
Un triste silencio reinaba en la estancia. Un viejo ministo, abierto al breviario, al pié de la cama murmuraba quedo una honda plegaria.
Tendida en el lecho la pálida enferma, sintiendo cercana la hora de la muerte, con voz apagada a todos sus hijos a todos llamaba.
Tortura el silencio de la triste alcoba, angustia la calma de aquel cuadro negro. En la iglesia próxima, al dar de las ánimas el último toque, la madre espiraba, entre los sollozos de mi novia amada.
Con un negro sayo cubrieron su cuerpo después con un velo cubrieron su cara: de amigos y deudos se llenó la estancia, y velaron todos a la pobre muerta. ¡Huérfana de mi alma! --pensé en un momento de duda y de duelo-- ¿qué mano piadosa secará tus lágrimas?
Pérez Tuells (Lorenzo)
Hijo de españoles; su padre comandante de nuestro Ejército. Dirige en Manila el hebdomadario ilustrado "Excelsior".
INTIMA
A ISIDRO MARFORI
No importa que la vida traidoramente hiera nuestras huérfanas almas con su terso puñal mientras haya en el mundo rosas de primavera y brille en los espacios el sol de un ideal.
Si hay bárbaros de bronce que ignoran la preciosa tarea del poeta que parte su alma en dos, dejadlos que devoren la paja de su prosa: no se hicieron para ellos los reinados de Dios.
Yo seguiré regando mis dulces pasionarias, a tiempo que musite las místicas plegarias que son como incensarios de mi azul religión;
y en las horas de tedio que una a una desfibro reposaré en las hojas de tu mágico libro donde pone un latido vital tu corazón.
1917.
EN LA HUELLA LUNAR...
En la huella lunar de sus encajes puso, al pasar su sombra bizantina, un perfume de rosa alejandrina el extasis azul de los celajes.
Languidecer de sedas y plumajes, en un vuelo de ciega golondrina, fué su marcha, de muerta y peregrina, hacia un sueño de místicos paisajes.
Envanecidos sus gloriosos velos, cayó la noche tras su blanca sombra, con un dolor de exhaustos terciopelos;
Y desde entonces--inconsciente y mudo-- busca mi labio en la enlutada alfombra el tibio rastro de su pié desnudo...
Octubre, 1921.
SALMOS
LAS ÁGUILAS BLANCAS
I
¡Son las águilas blancas! Son las águilas blancas y fuertes, cuyo vuelo se expande bajo el palio divino del cielo, y en el largo vibrar de sus alas rampantes se adivinan las notas que componen los himnos de gloria.
Un deshoje de soles heraldiza la aurora que llega para hacer que germinen las semillas dispersas en un polvo de siglos, las semillas dispersas con la sangre y la carne de los Conquistadores que sirvieron de abono a la idea suprema de fundir continentes.
Son las águilas blancas que decoran sus picos con el ramo de oliva, las libérrimas águilas que con un aletazo desafían al trueno, pero que al presentir el deshielo constante de las nieves del Norte, abandonan los Andes por el nido que España les conserva caliente en la cumbre soberbia del natal Pirineo.
II
Ha caido Cartago. Ha caido la Roma de los cónsules, Grecia se anquilosa en la vida de sus piedras heladas. Toda gloria mundana se sepulta en la sima del Espacio infinito por la acción corrosiva de las Horas en pos de las Horas. Pese al Tiempo que roe y a la Envidia que seca, y a los odios terrenos que al olvido condenan fraternales abrazos, en el noble plumón de las águilas blancas hay el sello latino de una estirpe por algo elegida, que ni es Roma ni es Grecia; ni es Cartago ni es Nínive, es Iberia... y es Dios!
III
Es el tiempo propicio de segar las espigas doradas que en ya próximos días, formarán las hogazas del mortal sacrificio. En la áurea patena, y formado con trigos de América, yazga el pan de la Misa sobre el cáliz teñido con la sangre de España.
Pueblos fuertes, robustos, hincarán las rodillas en tierra, ante el hondo milagro del amor que las almas auna en la elíptica curva de la breve existencia. Es el tiempo oportuno de coger y exprimir los racimos cosechados enmedio del fragor de sociales contiendas, en el dulce sosiego de la huerta nativa, al amparo solícito de la madre Esperanza.
Esto anuncian las águilas con su ramo de paz en el pico y la Muerte--su presa--en las garras.
IV
Nítidas cláusulas épicas: fúlgidas ondas triunfales, todo un himno glorioso van trazando las águilas, a golpes de huracán, al cruzar los espacios suspensos en un éxtasis único. Viejas trompas se limpian de su herrumbre de siglos, viejas arcas se abren, donde el tiempo juntara en revueltas marañas, con provectos armiños las guedejas doradas de infantiles cabezas; los aceros de guerra, en el ignoto crisol del Amor, hoy se funden para hacer los arados que abrirán las entrañas de la fértil llanura, y al llover el sudor de las frentes hermanas, granarán las espigas de los trigos del Mundo que serán los de Hispania...!
V
¡Salve fraternas repúblicas! ¡Pueblos de América, Salve! porque cerca está el tiempo en que el sol no se ponga en los vastos dominios que a través de milenios aún perciben la voz del gentil Romancero y muelen su grano de ensueños e ideas en los rudos Molinos de Cervantes. Porque cerca está el día de borrar horizontes, la Distancia y el Tiempo, y el espíritu libre de opresores cadenas y ergástulas, ya podrá remontarse en idéntico azul bajo todos los cielos, que serán uno solo para todo el Imperio y los mares, y los pechos unidos en un grito que escuchen las edades remotas harán a Don Quijote, Emperador...
VI