Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico
Part 16
Andaluz. ¿Sevillano? Hizo estada larga en Manila, donde casó y engendró prole. Murió Diciembre 1894, y a poco el Ayuntamiento acordó dar su nombre a una calle de la ciudad. Dos años antes de su óbito publicó el libro primero--y único--de su _Romancero filipino_, obra hermosa y definitiva. La dedicó al general Despujols, capitán general de las islas. Este y Gutiérrez de la Vega, director general de Administración, y Mecenas de Romero, lograron que el Estado adquiriera, con destino a las escuelas, buen golpe de ejemplares. Fué un medio delicado de remediar la penuria del poeta, hombre inadaptado, incapaz de sujetarse a escritorio u oficina, ni a ninguna suerte de trabajo vulgar. Escribió con intermitencias. Le faltó la espontaneidad y el vigor de García Collado, su émulo; pero le superó en sentimiento y corrección y en cultura literaria.
PERDONAME...
¡Perdóname, bien mío! De inmenso amor arrobadores cuentos nos relataba el río: aún palpitaban del ardiente estío en las fugaces auras los alientos.
Con cántiga amorosa, daba su adiós al espirante día la alondra melodiosa: bajo inmenso dosel color de rosa Héspero, rutilante, sonreía.
El astro soberano al descender tras el roquero monte que cierra el fertil llano, trasunto hermoso del Edén cristiano dibujaba en el mágico horizonte.
Tus ojos, como espejos reflejaban también aquellos rojos y dorados reflejos: tu mirabas allá, lejos, muy lejos... y yo te devoraba con mis ojos.
¡Perdóname, bien mío! Todo invitaba amores, alegría, demente desvarío: la tierna alondra, el murmurante río, el sol de ocaso, el fugitivo día.
¿Quién se hubiera cuidado de humanos males ni mundanos dolos? Tú al mío, yo a tu lado, ¡solos, mi bien! hubiéramos estado, sin nuestro tierno amor, nosotros solos.
"Mi amor a tí--decía-- arderá como el sol que siempre arde: ese sol, alma mía, da en otros horizontes vida al día que aquí mata en los brazos de la tarde.
Sus alas extendiendo, la plúmea turba al aire ofrece en salva sonoroso estruendo, la tarde aquí con pena despidiendo, allá dichosa saludando al alba."
El día, agonizante, suspiraba quizá por la luz pura que, al sonreirme amante, derramaba en mi pecho palpitante de tu mirada intensa la ternura...
¡Perdóname, bien mío! Todo, menos tu faz y mi alegría, tornábase sombrío: calló la alondra, adormecióse el río, bajó al abismo el sol, expiró el día...
--"Qué dichosos instantes, viendo el alba nacer en esos otros horizontes distantes, las almas gozarán de dos amantes tan felices tal vez como nosotros.
¡Ellos más...! Aquí mata nuestro bien, la que odiamos, noche impía; allí la aurora grata que en fúlgidos torrentes se desata les ofrece de amor entero un día!"
Tus frases de amor llenas, desbordaron, rompiendo de mi calma las frágiles cadenas, un mar de hirviente lava por mis venas y otro mar de delirios por mi alma.
¡Perdóname, bien mío...! Pusieron contra tí del alma mía en el volcán impío, su amor la alondra, su murmurio el río, su ausencia el sol, su negra noche el día.
Cediendo tu fiereza en mi seno estreché con embeleso tu celestial cabeza... ¡Y el último fulgor de tu pureza partió con el rumor del primer beso...!
¡ADIOS, LA NAVE! (FRAGMENTO)
Ya se ha borrado la estela que bordaba aquella nave, que al impulso de su vela, sobre los abismos rueda ráuda y gentil como el ave.
Ya en lid con los elementos en el ancho mar a solas, no traen hasta mi los vientos los rumorosos lamentos de aquellas vencidas olas;
y apenas la vista alcanza su velámen arrogante, que se ofrece a semejanza de blanco espectro gigante, alzándose en lontananza.
¡La nave...! ¿Quién sabe cierto si los que surcando van de los mares el desierto llegarán salvos al pueblo? ¿Quién sabe si volverán?
¿Quién sabe si el mar aborda detrás del eco postrero de la canción lenta y sorda que, recostado en la borda, canta el bravo marinero?
Mi ser tras de ti se lanza; sólo allí, en la inmensidad, el alma a entrever alcanza de su insegura esperanza la anhelada realidad.
Del infinito en presencia, sólo la vital esencia puede sentir explicable el eterno e insondable misterio de la existencia.
Volemos, nave querida, lejos del mundano lodo; la inmensidad nos convida, y siento que es dulce todo lo que aleja de la vida.
Las aguas del mar envuelve en su seno y sube, sube, y otra vez se las devuelve cuando en lluvia se resuelve, limpias y dulces la nube.
Y es que del mar la amargura al subir de si destierra, y el agua es tanto más pura cuanto mayor es la altura que la aparta de la tierra.
¡La nave, adios! Muere el dia y plácida noche en calma su primer beso te envía: al mundo paz, a mi alma profunda melancolía....
A MI LIRA
Amaremos a la aurora que arrulla tierna a los días en la cuna, y a la tibia luz que llora, llena de melancolías, blanca luna.
A las gotas de rocío, que engalanan con diamantes a las flores, y al que alegra el bosque umbrío, gorgear de los amantes ruiseñores.
De las líquidas serpientes, las de espumosas escamas, los acentos, y las selvas y las fuentes y las hojas y las ramas y los vientos.
Al celaje caprichoso que de mil raras visiones formas toma; y al arrullo cariñoso con que alegra a sus pichones la paloma.
A la noche, cuyos duelos en su manto de topacios lleva escritos; amaremos a los cielos, amaremos los espacios infinitos.
Amarás tú mis canciones, yo el encanto que suspira tu ternura; tú mis versos, yo tus sones, tú a tu dueño, yo a mi lira ¡qué ventura!
Almas para el bien nacidas que perdidos sus lamentos gimen solas, naves son ¡ay! sumergidas al embate de los vientos y las olas.
¿Lloras mi lira? ¿Estás triste? No nos suma en sus abismos la amargura. Dios nos dió el raudal que existe dentro de nosotros mismos de ventura.
Lloraremos la alegría, reiremos indiferentes los enojos. Y agotáranse algún dia tus suspiros y las fuentes de mis ojos.
Yo te daré mis canciones; tú la voz que en mi ser deja dulce calma; yo mis versos, tú tus sones; yo un ¡ay! triste, tú una queja, ¡yo mi alma...!
ROMANCERO FILIPINO
XV
Regalo son de los ojos, haciéndolas menos densas y bordando de la noche las misteriosas tinieblas: un luminoso suspiro de la luna macilenta; ¡del astro que lejos muere la despedida postrera! la luz temblorosa y pura de mil millares de estrellas que errantes chispas encienden sobre las ondas serenas; huyendo de los esquifes, murmurándoles sus quejas, fosforescentes espumas por irritadas más bellas; nieve, purísima nieve, dormida en las aguas quedas y que azoran, de los remos, las sacudidas violentas: destellos que multiplican las armas de los cincuenta que van a Máctan, del Régulo a vengar la grave ofensa, y que en la costa enemiga marcaran, antes, sus huellas, de que las nocturnas sombras avergonzadas por feas, se escondan viendo del alba la blanca faz hechicera. Avanzan como los vientos las navecillas ligeras, y presto en Máctan embisten de la playa las arenas: Hernando de Magallanes dictó consigna severa y desembarcan los bravos de sombras con apariencias; porque tal es el silencio, que no se mueve una lengua ni para alzar sus ruidos tienen las armas licencia, y de los mismos esquifes enmudecen las maderas y hasta las olas acallan el rumor de la marea; que las órdenes de Hernando no quieren desobediencias...! Es todo inutil; al punto se oyen las voces aquellas agudas, desapacibles, que repetidas se alejan lo mismo que las del eco volando de sierra en sierra, con las que anuncian los indios, habiendo ocurrido apenas la cautelosa llegada de la falange extranjera; mostrando con sus aullidos y con vivir tan alerta, que nunca abrigaron duda, antes tuvieron certeza de que los de España irían a castigar la insolencia del altanero cacique; sin afligirles más pena que no poder de los tiempos quebrantar la ley suprema, acelerando las horas, para sus ansias tan lentas! que han de aguardar impacientes antes de lavar su afrenta.
Al ver burlado el misterio con que trataban ausencia mentirles, juzgan más próxima la vengadora refriega, y al viento dan los aceros, apoyanlos en las piedras, y de las lucientes hojas probando la resistencia, llegan a poner las puntas, de las guarniciones cerca; y al clavarlas en el suelo, sienten hervir en las venas de sus abuelos la sangre, que fué su mejor herencia, y acariciando la santa memoria de sus proezas, murmuran--_¡desperta ferro!_-- siguiendo la usanza vieja.
Forman un compacto grupo dispuestos a la pelea: bostezan los arcabuces mostrando sus bocas negras; que ansían vomitar muerte y les aburre la huelga: suena el clarín sacudiendo de su mudez la vergüenza, y a su son acude el dia, precedido de la incierta luz del alba, como nuncio de su próxima presencia.
Ven entonces los guerreros de enemigos nube inmensa, llenando apiñada masa toda la tendida cuesta desde donde acaba el llano hasta donde el bosque empieza.
La viviente mancha obscura, las incontables ballestas las innumerables lanzas juntas cual lluviosas hebras, todo obscuro como el bosque que guarda sus madrigueras, todo inquieto cual las ramas que sacude la tormenta, preséntase prolongando la espesura de la selva. ¿Qué es aguardar? Magallanes, al ver que con impaciencia por la cifra de contrarios multiplica su fiereza, dirigiéndose a su hueste dice las razones éstas: --"El santo nombre de Cristo, la noble gracia del César, y la gloria de la patria y la limpia fama nuestra los estáis viendo ultrajados por aquella vil caterva, y de su venganza os hacen la generosa encomienda.
Los que nacen en España sólo conocen dos sendas: o morir, para honra propia, o vencer, para honra de ella.
Cuanto hasta el presente hicimos va jugando en esta empresa; ved lo que puede costaros un momento de flaqueza.
La causa que sustentais, de batallar la experiencia, el corazón y las armas; toda la ventaja es vuestra.
¡Compañeros! nuestras glorias son de los salvajes presa; vamos por ella, llevando rayos de acero en la diestra, el agravio, en la memoria y la fé, en la Providencia!"--
El grito de "Dios y Patria" ruje la hueste de Iberia, y al punto hacia el enemigo emprende veloz carrera estremeciéndose, altiva y feroz, con la soberbia de leones irritados que sacuden las melenas; los alaridos del indio turban la región serena del aire, y la muchedumbre de los contrarios, inquieta, en sinuosas oleadas agítase, a la manera con que a los ojos se ofrecen las ondas altas y lejas, o las mieses que combaten los vientos de la pradera.
Forman cerrada techumbre en el espacio las flechas despedidas por los indios con vigorosa destreza, y de las finas corazas el temple ponen a prueba, hasta parecer dudoso lo eficaz de su defensa; llegan, hieren y rebotan sin un instante de tregua y es pavoroso redoble el que sin cesar resuena, imitando el que produce de granizo nube espesa, cuando los vidrios azota con iracunda violencia.
Ruje de los arcabuces la detonación siniestra y ante sus fuegos los indios de vacilación dan muestra; más, prestos, cual si escuchasen amenazadora arenga, con nuevo aliento sacuden la momentánea tibieza, y los que detrás combaten cierran sin temor las brechas en que rompe el plomo hirviente las avanzadas hileras, y no cede de los indios la pertinaz resistencia, y van pasando las horas, y aquella humana barrera si cien veces viene al suelo otras cien se alza más recia.
Sobre el enemigo bando corre la mesnada ibera, empeñándose la lucha más fragorosa y sangrienta.
Las incansables espadas relumbran como centellas, y dan a sus rudos golpes robustas lanzas respuesta; saltando bajo las mazas las armaduras deshechas, por el campo estremecido hacen abundante siembra de hombreras, petos, celadas, brazaletes y escarcelas.
Los de España sus aceros con ambas manos aferran, y a su filo no resisten las enemigas rodelas, y divide el mismo golpe hasta el pecho las cabezas, y parece, al descargarle, que surge de una caverna el ronco aliento, imitando esa saña, ese ardor, esa respiración del labriego, ruidosa, cuando maneja el hacha y gigante tronco desmenuza en leves leñas; y para espantar las almas abren tan cumplidas puertas que al salir, aún las más grandes se sienten harto pequeñas: todo fuego, todo llamas, lumbre todo en la contienda; las rojas chispas que al choque de los hierros centellean, los rayos de las pupilas, el ardor de la ira ciega, el resuello incandescente, el mar de sangre que humea...!
Al fin, el tesón desmaya de su brava resistencia y las enemigas turbas guarecense en la floresta, de mortal pavor transidas, arrastradas y dispersas, como al rugir de los vientos las pálidas hojas muertas, cumpliéndose la de Hernando a Amábar brava promesa.
Tras de ellos los españoles, con bien escasa prudencia, prosiguiendo la victoria van a la espesura negra, y de los contrarios muertos dificultando la cuenta es cruel carnicería la que fué función de guerra, y es angustioso lamento lo que fué rugir de fieras.
Apaga la luz del día de humo negro nube espesa; rásganla voraces llamas incendiando la ancha esfera, que a los deslumbrados ojos miente tempestad horrenda, y aquella sangre, que baña monte y llano por doquiera, parece la roja lluvia de aquella nube bermeja.
La morada del cacique y las vecinas viviendas de los indios principales, son sólo incendiaria tea a cuyo contacto el bosque se inflama en gigante hoguera, de la victoria de España solemnizando la fiesta; pero pronto aquella lumbre, breves momentos risueña, lo mismo que de las hojas hace del placer pavesas, y es antorcha funeraria que alumbra con llama tétrica, la realidad espantosa de las humanas miserias...!
Seguido de algunos pocos soldados, con marcha presta Hernando de Magallanes, siguiendo angosta vereda, adelanta sin recelo, ni cuidar de que la senda se prolonga entre dos vallas de impenetrables malezas, cuando una lanza traidora salida de entre las breñas, rápida, pujante, aguda como acerada saeta, sin que su poder resista la coraza milanesa, de peto, espaldar y entrañas desmiente la fortaleza, y del pecho del caudillo lanza el alma gigantesca; veda el color al semblante la savia de sus arterias apareciendo en las armas el carmín que al rostro niega; cae el acero de sus manos, alza una mirada inmensa al cielo, ruge, desmaya, y, cual coloso de piedra, cuando a plomo se derrumba hace trepidar la tierra....
Acúdenle los soldados con estéril diligencia; no salen los españoles de la terrible sorpresa vanas son las esperanzas; sola su desdicha es cierta; ¡no le tornan a la vida juramentos ni querellas...!
Cuando cumple a la Fortuna mostrarse con él espléndida, le asalta traidora muerte, le aguarda salvaje huesa; pero logra el buen Hernando, por preciada recompensa, ¡aquí abajo eterna fama y allá arriba gloria eterna!
Segura y Miralles (Luis)
Alicantino, de Novelda, aunque originario de Valencia. Hace un cuarto de siglo reside en la provincia de Cogayán, donde se cosecha el más exquisito tabaco filipino, a cuyo negocio se consagra. Allí casó con una dama del país. Y allí, en sus ocios, pulsa la cítara.
EL OLVIDO
Por encontrar la fuente del olvido, errante, por el mundo fuí corriendo, cuando un hombre de rostro venerable, de hirsuta barba y de mirar severo, cruzóse en mi camino, y apoyando su flaca mano en mi cansado pecho, --"¿dónde vas?, caminante",--preguntóme--.
--"Remedio busco a mi dolor acerbo; beber ansío el agua cristalina, que las penas disipa y los recuerdos."
Lanzó el anciano horrible carcajada y con temblona voz, como un lamento, --"También yo un día--dijo--crucé el mundo llagado por terribles sufrimientos....
Pero hallé al fin la fuente deseada. Sigue esa senda--continuó el buen viejo-- y al llegar de aquel monte, a lo más alto, verás cumplido, ¡oh, joven! tu deseo."
Allá me encaminé, trepé a la cumbre, coronada de aliagas y romeros, y al tender la mirada en lontananza, medio oculta entre sauces gigantescos, erguida, vi una cruz, la cruz bendita que el hondo sueño vela de los muertos.
1920.
MI TESORO
Guardo yo aquel mechón de tus cabellos como el devoto la reliquia santa, como el sórdido avaro su tesoro, como el proscrito guarda, en su triste destierro, los recuerdos dulces y halagadores de la patria.
Y cuando estoy a solas, dueño mío, doy rienda suelta a mis mortales ansias, y aquel precioso rizo que tu frente un día engalanara, beso mil y mil veces amoroso, evocando tu imagen adorada.
1921.
SONETO CLASICO
Antes que el hilo de mi triste vida corte la Parca inexorable, quiero decirte, bella Inés, que por ti muero de lanza de desdén el alma herida.
De mi oculta pasión la no extinguida llama consume con ardor tan fiero esta materia vil, que ansío y espero verla pronto en ceniza convertida.
Y cual vuela hacia ti mi pensamiento, irá hacia ti mi espíritu volando, libre ya de dolor, con ansia loca,
a morir otra vez y mil, libando el néctar delicioso de tu aliento en la fresca amapola de tu boca.
Toral y Sagristá (José)
De linajuda progenie, nació en Andújar (Jaén) en Enero de 1874. Huérfano muy niño, se trasladó a Manila en 1892. Allí estudió Derecho y comenzó a cultivar las bellas letras. Fué redactor del "Diario de Manila". Publicó entonces _La musa y el poeta_ y _Primeras notas_ (verso) y _Tradiciones filipinas_ y _El sitio de Manila_ (prosa). Volvió a la Península (1898), y concluída su carrera fué opositor a Notarías, con tan brillante resultado que obtuvo el número 2 entre los cien aspirantes aprobados, mereciendo una de las vacantes en Madrid. Volvió al Arte, después de diez años de apartamiento, con renovados bríos. Durante esta segunda época, que se inicia (1914) con _Cadena sin fin_, poesía premiada en los Juegos florales del Escorial, ha publicado: _Para el descanso_ (verso) 1917, y las novelas _La Cadena_ (1918), _Poemas en prosa_ (1919), _La sombra_ (1920), _Flor de pecado_, _Un regenerador_ (1921), _Horas sentimentales_ (1922) y _El ajusticiado_ (1923).
EN LA RENDICION DE MANILA
Mi dulce musa, que el dolor inspira, hoy entona canción de amargo acento y pulsando las cuerdas de la lira triste responde al nacional lamento, lamento por los aires repetido que es a la vez plegaria y es gemido. De España en el pendón, siempre glorioso, miro negros crespones, fúnebres galas de terrible luto; por eso entono triste mis canciones, por eso rindo amante mi tributo. Patria del alma, madre bien amada, hoy con el alma triste acongojada contemplo tu infortunio y tus pesares; tu dolor es mi propia desventura y te envío un saludo de ternura desde el confín de los remotos mares. Patria siempre querida: hoy que lloras vencida, tu imagen pura y santa más y más en mi pecho se agiganta. Y ¿por qué has de llorar? Llora si quieres; pero no como lloran las mujeres, lágrimas de dolor, llanto sublime que al correr de los ojos nos redime; llora como el león enfurecido que mezcla a los sollozos el rugido; llora al romperse el nacional poema, mientras entonas funerario canto, poniendo en los raudales de tu llanto lágrimas de plegaria y de anatema. .................................. Esa enemiga raza americana te debe su existencia; de tu inmenso valor y de tu ciencia por ella hiciste espléndido derroche, y apareció en la luz de la mañana de entre las sombras de la obscura noche. A cumplir tu misión ansiosa vuelas con atrevida planta. Tú lanzaste tus raudas carabelas bajo la mano santa de tus sagrados dioses tutelares, y con ardor fecundo hiciste que surgiera un nuevo mundo de la revuelta espuma de los mares. De la fecunda llama que alimentas llevaste allí tus leyes e hiciste cultas greyes de las salvajes tribus turbulentas. También clavaste allí la cruz sublime, cruz de la redención, la cruz gloriosa en que el amor divino reverbera; la cruz que fortalece y que redime y que siempre amorosa del mundo los cadáveres espera. Hoy esa tierra ingrata los sacrosantos vínculos desata, y con los ojos en el lucro fijos logra que torpes hijos hagan pedazos tu amoroso seno. ¡Oh, si Colón resucitar pudiera, de su obra quizá se arrepintiera, y con dolor profundo aquel soñado y misterioso mundo en los abismos de la mar hundiera. ................................... Al dolor inclemente no te abatas ¡oh Patria! alza la frente. Tú no puedes morir, tú eres eterna como el eterno Dios que nos gobierna. Tú que distes al libro de la Historia --página eterna de tu eterna gloria-- ejemplos de valor y de constancia, los héroes de Sagunto y de Numancia; tú que hiciste temblar al mundo entero; que enarbolaste tu pendón guerrero en todos los confines de la tierra y con valor profundo agrandaste los límites del mundo; tú que el lábaro santo de tu fé peregrina clavaste en la Alhambra granadina y en las sangrientas aguas de Lepanto; tú que alumbraste a la humana historia con los reflejos de tu inmensa gloria, no puedes perecer, nación guerrera. Si hoy te humilla derrota pasajera mañana te alzarás, más grande y fuerte, sobre el fantasma de tu infausta suerte. Cuando quede la tierra aniquilada; cuando el mundo soberbio, cruel y vano se sepulte en la nada y en el profundo arcano; cuando no reste un hombre, aún vivirá la fama de tu nombre. ................................... Patria, en la paz reposa y prepara afanosa el hierro poderoso de tu lanza y jura firme en la sangrienta fosa de tus hijos, tomar cruda venganza. Valor, España; generosa y fuerte, prefiere noble muerte a contemplar tu pabellón manchado; muéstrate en tu desgracia más gigante que en tus sangrientas guerras te has mostrado. Si tu triste derrota es vergonzosa de tu propia vergüenza, victoriosa álzate, erguida en pie. ¡Patria, adelante!
AGUAFUERTE
Soy de los hombres que el dolor no abate ni la implacable adversidad humilla; luz de esperanza en mis pupilas brilla, hirviente sangre en mis arterias late.
Me enamoran los lances del combate y abandono a la mar mi fuerte quilla, buscando, como el nauta de Castilla, tierra que ante mis ojos se dilate.
Sueño con peligrosas aventuras, con el Sol de gloria que mi paso alumbre; desdeño las monótonas llanuras
y alzarme quiero a la difícil cumbre, cual águila que vive en las alturas sin rendirse a ninguna servidumbre.
1917.
SUEÑOS
Sueños de mi niñez: sueños floridos, que el dolorido corazón añora; sueños de juventud, sueños de aurora, de clara luz y de ilusión vestidos.
Sueños de gloria, ya desvanecidos, ¿por qué volvéis a mí tan a deshora? ¿Por qué turbáis mi calma bienhechora con el loco vibrar de los sentidos?
Ya declina mi vida su carrera de dolor, de ilusiones y de engaños; pero, aun soñando, el corazón espera
que a través de sus mismos desengaños las flores de una nueva primavera broten entre la nieve de mis años.
1919.
FIN
Indice
_Págs._
Prólogo 7
CECILIO APOSTOL A Rizal 19 A Emilio Jacinto 21 Sobre el Plinto 24 A España imperialista 29 Paisaje filipino 31 Líneas actuales 32
JUAN ATAYDE Un año menos 36
DALMACIO H. BALAGTÁS Lágrimas 37 Dulcemente-Homenaje 38
JESÚS BALMORI ¡Gloria! 40 La venganza de las flores 41 El volcán de Taal 43 En el circo 44 Buenaventuranza 45 A Don Quijote 46 Tríptico Real 48 Canto a España 50
FLORENCIO G. BARBAZA Elogio a tus ojos 53 Fantasía crepuscular 54 Catilinaria 56 Tristezas 58
JOSÉ MARÍA BARROSO-ARRIETA Consummatum est...! 59 Espiritualidad 60 El eucalipto del panteón 61