# Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico

## Part 15

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Años ha que mi navío, después de tender la lona y recorrer la ancha zona de la mar a su albedrío, cedió pío de mi afán al hondo anhelo. A tus playas se acercó y benigno me dejó, Manila, sobre tu suelo.

Aunque de España alejado, nunca de la patria lejos, mirando en ti sus reflejos quedó mi afán consolado. ¡Sea loado Dios, que consiguió juntar, pedazos tan divididos, que siempre han de estar unidos aunque los separe el mar.

¡Allá la remota ola besa los lindes de España! ¡Aquí la mar besa y baña tierra también española! Arrebola sol de gloria el tierno abrazo y el alma se alegra al ver que jamás se ha de romper ese sacrosanto lazo.

La imaginación inquieta, al contemplar tal unión, enciende la inspiración en la mente del poeta. Noble, reta al bardo, que acude al duelo y al herir la egregia lira copia, a la luz que le inspira, cantares que oyó en el cielo.

¡Cómo a la noche callada le place el verte ¡oh Manila! hermosa, alegre y tranquila cabe la mar reclinada...! Ver la agrada, cuando sube la marea la ola que al llegar se ve, como por besar tu pie se deshace y forcejea.

No le pareces sultana de belleza caprichosa: le pareces, más hermosa, antigua virgen cristiana... Soberana, al ver doblar tu cabeza sobre tu brazo a la noche, flor eres que cierra el broche para ocultar su belleza.

¡Como encierras y avasallas de tu pasado el blasón! ¡Bien lo dice el cinturón que te ciñen tus murallas! Derribarlas quieren, con feroz piqueta... ¡Arrancarte el blasón regio! ¡De tan torpe sacrilegio protesto como poeta!

Al mirar la majestad de tu encastillado busto, se presiente algo de augusto que ha quedado de otra edad. La impiedad no quitará en sus conjuros y esfuerzos extraordinarios, la cruz de tus campanarios, ni la piedra de tus muros.

¡Salve, cristiana amazona que tras de tantos afanes dió el ilustre Magallanes de mi España a la corona! Si blasona tu pecho de real nobleza, rica perla de dos mares, no desdeñes los cantares con que ensalzo tu grandeza.

Movido de anhelo santo, voy rebuscando en tu historia los anales de tu gloria, copiándolos en mi canto. De su encanto, que ninguna sombra empaña tendrá valor y nobleza, porque al cantar tu grandeza también canto la de España.

Pobre bardo, hoy a tus pies vengo a ofrecer mis cantares. Rica perla de dos mares, si humilde mi ofrenda es, tú ya ves que con profunda emoción, de tu cariño al encanto, también, al par de mi canto, te ofrezco mi corazón.

¡FACILISIMO...!

Es hacer un soneto facil cosa que, en sabiendo rimar, hace cualquiera; por más que más de uno considera que es sobrenatural y milagrosa.

De su facilidad dificultosa es el fondo la gracia verdadera, Siempre el fondo; la forma es la manera de dar al fondo una cubierta hermosa.

El que sin fondo y forma hace un soneto, con que es cosa difícil no se escude, su ignorancia ocultar queriendo agreste.

No lo frague si busca ser discreto, porque hará, si lo fragua, no lo dude, ¡un soneto tan malo como éste...!

AMBICIÓN CESARISTA

Cruza del Rubicón al otro lado turba adiestrada de agoreras aves, y Céras, ambicioso, dice al verlas: --"¡Roma es la gloria!"--Y tras la gloria parte.

¡Qué importa que a su paso rasgue el pecho de la que fué su generosa madre! Decís que es un mal hijo... ¿a qué ser bueno, cuando es tan fácil el hacerse grande?

Murió la libertad. Al solio augusto el tirano ascendió... ¡Vedle, arrogante, convertir de la patria el cuerpo hermoso en insepulto y colosal cadáver!

Roma era noble, y como noble, altiva... Roma fué esclava, y como esclava, infame... ¡Y el mundo entero doblegó la frente ante el mal hijo que humilló a su madre!

Por eso cuando leo las Historias, reyes, emperadores y magnates, se me figuran turba de bandidos cruel y sanguinaria y miserable!

Hijos felices de la odiosa espada, la tierra, a su capricho, se reparten... ¡Dióles vida la tierra! ¡Ellos, feroces, se alimentan del cuerpo de la madre!

NOCHEBUENA DE 1887 (FRAGMENTO)

Cede ¡oh Dios! cede en tu ira y mis desventuras mira con inmensa compasión. Derrama en mí tu luz pura, y libra de su amargura a mi triste corazón.

Si el dolor con su agonía torna pura el alma mía ¡viva el dolor siempre en mí! ¡Y si es la herida honda y fiera, más y más y más me hiera, que quiero la muerte así!

¡Mas tanto sufrir no puedo! Algo en mí, que me da miedo, me es imposible arrancar... ¡Náufrago soy que, sin brío, en medio de un mar bravío, no logró al puerto arribar!

Está el horizonte obscuro... El corazón inseguro siento, templando, latir; y el mónstruo me empuja y roza y aunque cruel me destroza ¡me es imposible morir!

¡Terrible mar de la vida! Fiera sirte aborrecida, cuanto apacible falaz, ¿qué ley aquí nos encierra, que nos tiene siempre en guerra sin darnos nunca la paz?

¡Viene la ola! Sereno busco una tumba en su seno donde tranquilo dormir... En vano, que otra ola avanza fingiéndome una esperanza y obligándome a vivir.

Y, sin este fin que ansío, ¿será mi destino impío luchar y siempre luchar? ¿Existiré eternamente combatiendo frente a frente con las olas de este mar?

¿Habrá más horrible infierno? ¡Deseando un sueño eterno eternamente existir! ¡Apiádate, Dios bendito, de este dolor infinito que tanto me hace sufrir!

Y de mi llanto deshecho ten piedad: muerte y un lecho prepárame con amor. ¡Tras de este vivir amargo, dame un sueño largo, largo... muy largo y reparador...!

Martínez (Fray Graciano)

Fraile agustino, muchos años residente en Filipinas, donde estuvo prisionero cuando la revolución de 1896, concluída en 1898 con la emancipación de las islas. Es asturiano, de Pola de Labiana. Dirige ahora en Madrid la revista "España y América". Editó en Manila, 1901, el libro de versos _Flores de un día_, en el cual se han espigado los insertos a continuación.

FILIPINAS

¡Cantara yo la espléndida techumbre que tu suelo cobija y hermosea como un manto tejido de alma lumbre;

ese sol que en tus cimas centellea y en los torrentes vívidos te inunda que su carro de luz relampaguea!

Cantara yo tu tierra floribunda, donde en raudales inexhaustos mana. Primavera su plétora fecunda;

esa vegetación rica y lozana que te baña en color y poesía como en rayos el sol a la mañana!

¡Cantara yo tu mar, tu mar bravía que, al romper en tus plantas sus cristales te arrulla con su bárbara armonía;

Cantara, en fin, tus brisas matinales tus crepúsculos plácidos y hermosos, tus magníficas noches tropicales...!

¡Cuál entonces mis versos sonorosos como el limpio cristal de una cascada fluyesen inspirados y armoniosos!

Como entonces mi musa arrebatada, hasta donde tu cielo reverbera, desde allí como alondra enamorada,

en divinas estrofas prorrumpiera cantando de tus dones el tesoro con ritmos de perenne primavera!

Pero los días son más bien de lloro, no de adularte ¡oh pueblo filipino! a los ecos de cántico sonoro.

Mientras, tal desatado torbellino surque tu faz, el rayo de la guerra alfombrando de escombros su camino;

mientras del llano a la escarpada sierra, el acero traidor rompa tu entraña y en sangre inunde tu bendita tierra:

mientras no enfrenes esa impía saña que hoy ceba sus instintos destructores en tantos hijos de la madre España;

mientras al Dios del Sinaí no implores que tienda un velo a tu reciente historia, nunca esperes ni aplausos ni loores.

¿Porqué engreirte con la vana gloria de ver a tu Metrópoli vencida ciñéndote el laurel de la victoria?

Aquí España cayó como el suicida a quien del goce lúbrico el veneno poco a poco arrancando fué la vida.

No surgió un sólo ánimo sereno, que al presentir tu arrollador embate se lanzase a morir honrado y bueno.

¡Sí; bien lo sabes tú! No hubo combate en que el león ibero haya lucido el bélico furor que en su alma late.

Por viles redes de traición perdido, en tus manos cayó, como el cordero en los mercados públicos vendido.

No fué el atleta histórico, el guerrero que cae en medio de la lid sangrienta herido al golpe de mortal acero.

¡Me estremece de horror la vil afrenta! Espurios hijos para quienes nada es todo el odio que en el mundo alienta,

traición hicieron a mi patria amada, mancillando su honor, que aun esplendía con vivos resplandores de alborada.

¡Ah! si pudiese con la sangre mía borrar ese baldón de tu memoria... ¡Hasta la última gota vertería!

¡No! No brotó en los campos de la gloria el árbol de tu triste independencia: nació como un aborto de la historia,

surgió como un hedor de pestilencia, como el miasma mefítico de un lago, como el mal de una pútrida conciencia.

No espere nunca el lisonjero halago de inmarchito laurel tu saña impía, nacida para el luto y el estrago.

Ni sueñes que la gloria te sonría; que la revolución es el castigo que Dios a un pueblo delincuente envía.

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La fiebre de odios que tu pecho agita ya es más que fiebre vértigo iracundo, cráter que horrores sin cesar vomita.

¿Porqué, porqué, escandalizando al mundo, se ensaña hasta en el mismo sacerdote tu rencor despiadado y furibundo?

¿No temes, dí, que el exterminio brote del seno impuro de nequicia tanta y con sus alas de huracán te azote?

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No seas, no, como la débil hoja que arranca a su merced el cierzo frío que en Otoño los árboles despoja.

Sé cual la _narra_[43] de tu bosque umbrío que, al ascender por el azul sereno, lanza al baguio valiente desafío.

No desarraigues nunca de tu seno el árbol santo que hoy tu furia ataca, ni en tu ser inocules más veneno.

[Nota 43: Arbol leguminoso, maderable, muy empleado en la construcción de moblaje.]

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El pájaro que vuela de su nido, cuando aun el vuelo remontar no sabe, cae por sus propias alas oprimido.

No sea símil de tu historia el ave. No, al sacudir tu cuello una coyunda, otra más dura y más senil lo grave.

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Truene a lucir el templo sacrosanto, vuelve a adorar su redentor emblema ¡o reinen por doquier luto y espanto y flagele tu rostro al anatema!

Molina del Pando (Angelina de)

Española. Sólo cultivó la poesía en Filipinas, colaborando para "El Mercantil" y otros periódicos de las islas, bajo el seudónimo de _Casandra_. Aparece muy hermosa en el retrato que tenemos a la vista. Murió, prematuramente, en 1917. Su madre, doña Angela Perejamo, reunió los materiales para la colección de poesías de Angelina, rotulada _Siemprevivas_, editada en 1920 por la Casa Maucci, de la cual se han entresacado las que siguen:

TUS MANOS

PARA MI HIJA

¡Manitas, las dulces manos de mi nena! Las manos mimosas, rosadas, sedeñas; las manos, divinas como dos camelias, que al acariciarme parece que besan.

Manos adoradas, juguetonas, tiernas, como satinadas manos de muñeca; con la delicada pura transparencia que tienen las suaves hojas de gardenia...

Manos adoradas, como dos inquietas diminutas brujas locas y traviesas, que lo mismo rompen todo lo que encuentran, que se unen pidiendo perdón, cuando pecan...

¡Que sean las dulces manos de mi nena, las que cierren mis ojos cuando yo me muera!

EL MARTIRIO DE MI VIDA

Son largos los días; las noches, eternas... ¡Qué largo es el tiempo, cuando nos ahogan en llanto las penas!

Los celos, como áscuas, en mi alma penetran. ¡Son ascuas de fuego que todo lo arrasan, que nada respetan!

Los celos traidores son ráfagas negras. ¡Son arma de majo que hiere en la sombra, donde no le vean!

No quiero sentirlos, y me hacen su presa; me dominan, se enroscan en mi alma... ¡Soy su prisionera!

Los celos son malos. ¡Ay del que los sienta...! Yo tengo la senda erizada de celos ¡La muerte me acecha!

TU PORVENIR

Tras los cristales del jardin sombrío pasar he visto tu perfil romano, hundida en el landó, con tu mundano gesto de burla, de desdén y hastío.

Reina en tu mundo, despreciaste el mío, y cuanto te ofrecí resultó en vano. ¡Poseedora del cetro cortesano, un hogar de virtud te causa frío!

Pasa, pasa, mundana incorregible, que corres ciega tras el imposible placer que anhela tu alma pecadora...

Yo he de verte, más tarde, envejecida, sollozar el recuerdo de tu vida sumida en tu vejez desoladora.

FLOR VALENCIANA

Has nacido en la huerta de Valencia hueles a naranjal y a limonero, y en tus ojos, de encanto zalamero, brilla como una estrella tu inocencia.

Llena la Huerta tu gentil presencia y encantas con tu gracia al mundo entero, haciendo resbalar por el pandero tus dedos, que de nardos son la esencia.

La Huerta con sus flores te engalana, y hay algo en tu belleza valenciana que encanta, y estremece, y enamora.

Pareces de un sultán la favorita, y toda tu persona clama y grita que corre por tus venas sangre mora.

Pellicena y Camacho (Joaquín)

Hijo de catalanes, nació en Valladolid (1879), y muy niño le llevaron sus padres a Filipinas, donde ha morado alrededor de treinta años. Cursó el bachillerato en el Ateneo municipal de Manila. Allí nació su afición al arte literario, componiendo versos desde la adolescencia. Antes de cumplir los veinte años, fundó y dirigió en Manila "El soldado español", luego "La Unión Ibérica" y más tarde el diario "El Noticiero de Manila". Fundó después la revista "Cultura Filipina", y fué redactor jefe de "El Mercantil". Volviendo a España hace pocos años, se estableció en Barcelona, donde dirige ahora "La Veu de Catalunya".

ASPIRACIÓN

En esas horas de inefable calma, cuando las nubes, al morir, colora el rojo sol, y estremecida el alma inquiere, meditando, soñadora, ese tenaz misterio de la vida que engendra de la duda roedora la imagen maldecida... ¡cuántas veces, del mar en la presencia, y escuchando su música salvaje, creía, entre el rumor del oleaje, los gritos percibir de la conciencia!

Cuando vencido el pensamiento gime y la razón ya vacilante calla; con ímpetu sublime, que no sé si condena o si redime, la idea en luces de color estalla.

Con suave arrullo o con feroz empuje, como la lira acaso del poeta, el mar, o canta o ruje, y en su canción o en su rugido inquieta finge la mente del absorto vate recuerdos de un ayer que va pasando, de su lira en las cuerdas evocando los "gritos del combate".

Casi olvidado de la humana escoria, de amor henchido el corazón ardiente y mintiendo los nimbos de la gloria en la marchita frente, del bardo las hermosas ilusiones inventan, en el mundo, el paraíso... ¡Fantásticas ficciones! Piadoso Dios, para humillarle, quiso que el mar, con estridente carcajada, hiciera resurgir en su memoria todo el recuerdo de la duda odiada, trasunto de su historia.

Y después, con desprecio, en la augusta agonía de la tarde, se ríe el hombre de su orgullo necio que quiso hacer de indiferencia alarde, pues mientras vive, lucha, y es al cabo, César potente o miserable esclavo, lidiador en la vida, aun el cobarde. Siempre el mortal, en su inquietud batalla; y mártir o verdugo, vencido o vencedor, en la lid halla lauro esplendente o vergonzoso yugo.

Mas no calma el infinito anhelo de la idea rebelde o redentora; si se apagan los astros en el cielo, la luz presiente de la nueva aurora.

Por eso, el alma mía, para llenar ese vacío horrible, a otras regiones ascender ansía... mas ¡ay! ¿será posible?

EVOCACIÓN

¿Porqué, cuando la noche perezosa envuelve la ciudad en el misterio, así me atrae la olvidada fosa, perdida en un rincón del cementerio?

¿Porqué voy a rezar sobre esa tumba donde duerme el pasado, si me deja hasta el insecto que en los aires zumba en el alma la cifra de una queja?

Fué ayer cuando murió la pobre Rosa. ¡Fué ayer cuando murió! ¡la amaba tanto que busco siempre su olvidada fosa, perdida en un rincón del camposanto!

Con rudo golpe mi contraria suerte me hirió, cuando en el cielo me creía; el dulce idilio interrumpió la muerte... ¡y nadie compartió la pena mía!

Por su belleza y su bondad vencido, aún vive su recuerdo en mi memoria, mas mi ventura para siempre ha huído desde que el ángel retornó a la gloria.

No lo puedo olvidar; amanecía y el sol, de luz en lágrimas deshecho, hasta la alcoba penetrar quería y besar su cadáver en el lecho.

¡Pasó como las nubes del estío! después ¡la realidad...! una mortaja... un cuerpo inerte, inanimado, frío, que encierran sin piedad en una caja...

Como valor fingía, de mis ojos el llanto contener pude un instante; para no ver sus míseros despojos oculté entre mis manos mi semblante.

Alcé luego la frente, mas no estaba su cadáver allí. ¡Vana porfía! ¡Ya su cuerpo en la tierra descansaba! ¡Ya en una tumba su beldad yacía!

No para hacer de mi pasión alarde, para hallar fuerzas en la lucha acaso, al templo de la muerte por la tarde del triste día dirigí mi paso.

Lloré sobre su abierta sepultura aquel perdido bien que tanto amara... ¡Nunca pude pensar que mi ternura tanto placer en el dolor hallara!

Y desde entonces, de la noche umbrosa, envuelta la ciudad en el misterio, así me atrae la olvidada fosa perdida en un rincón del cementerio.

(CANCIONERO DE MANILA)

LAS CALLES DE INTRAMUROS

Cuando paso por las calles de Manila, me parece que resurgen intramuros los recuerdos del ayer; en la vaga somnolencia de la tarde que anochece, evocando voy memorias de heroismo y de poder.

Veo lanzas y arcabuces, veo picas y banderas; oigo vítores y pasos en ruidosa confusión, desfilando por mi mente las legiones altaneras de Legazpi y de Salcedo, Lavezares y Chacón.

A mis ojos con visiones de centurias idas brindo y me abstraigo de las gentes y costumbres de mi edad, sorprendiendo a don Alonso cuando, al pié del tamarindo, de su esposa Catalina castigó la liviandad.

Las aceras animadas van poblándose de seres que en las místicas edades esculpieron su vivir; a la luz de la leyenda pasan hombres y mujeres, con sus gozos y sus duelos, su llorar y su reir.

Una dama que en el manto se arrebuja el lindo talle se ve entrar en una iglesia; y, al oirse la oración, un hidalgo que se para en la esquina de una calle y el chambergo se destoca con cristiana devoción.

Por los claustros vagan sombras pensativas de doctores que escribieron en las celdas o incensaron el altar; y del Sol a los postreros moribundos resplandores a un alféizar asomado se ve a un fraile meditar.

El espacio hienden torres de la iglesia redentora que la cúpula cobija con los brazos de la cruz y del fondo de los siglos va la chispa inspiradora encendiendo en las conciencias los destellos de su luz.

Con monjiles atavíos, tras las tapias del convento, se presiente que va pronto María Clara a parecer, evocando soñadora, ya dormido el pensamiento, la azotea do hizo Ibarra sus mejillas florecer.

Allá enfrente se divisa de la Fuerza de Santiago el histórico recinto, de almenaje señorial, que con fúnebres tapices enlútose el día aciago que vió arder entre sus muros la capilla de Rizal.

¡Ah! ¡Que apague la Discordia de su tea fratricida los impúdicos fulgores, el maldito resplandor! ¡Que la Muerte no separe lo que júntase en la Vida! ¡Que los hombres no desunan lo que uniera el Creador!

Ni separa ni desune. Su cristiano testamento fué la síntesis suprema de la unión espiritual de dos pueblos que son uno, por la Fé y el Pensamiento; que son uno en los amores y en el verbo de Rizal.

Y asi fué. Cuando caía de los mástiles gloriosos la bandera que la cuna de Rizal empavesó, el espíritu hermanado de dos pueblos generosos en la mente libertaria de Rizal nidificó.

Peñaranda y Escudero (Carlos)

Nació en Sevilla el 7 de Abril de 1849 y murió en Madrid, 19 Noviembre 1908. En su ciudad natal publicó, muy joven, su primer libro. Luego varios en Madrid, prologado por Víctor Hugo el rotulado _Cantos del pueblo_. Por entonces alcanzó Peñaranda mucha boga en la corte como poeta. En Filipinas, ejerciendo altos cargos administrativos, residió durante dos etapas: alrededor de 1887, en que fundó "La Opinión", diario de espíritu Iberial, que murió al tornar Peñaranda a España; y de 1891 a 1898, colaborando entonces en varios periódicos manileños, y con mayor asiduidad en "El Comercio". Al estallar (1896) la insurrección, organizó la guerrilla de voluntarios de San Miguel, a cuyo frente asistió a la toma de Silang (Febrero, 1897), otorgándosele la placa de la cruz roja del Mérito Militar. En Manila estampó cuatro libros: _Prosa_, _Más prosa_, _Poesías selectas_ y _Por la Patria_. Por su probidad como funcionario y su cultura excepcional, mereció el respeto de españoles y de filipinos.

AL CUMPLIR CUARENTA AÑOS

¡Adios, auras de gloria y de poesía dulces errores y tiranos dueños! ¡Adios, por siempre, altísimos empeños luchas sin galardón, noches sin día!

Roto el encanto, la conciencia fría ve alzarse, hoy burladora, ayer risueños, tiempos que fueron ya--sueño de sueños-- del porvenir la negación sombría.

Ver la felicidad y no alcanzarla, correr tras de la gloria y no obtenerla, tener un alma libre, esclavizarla...

¡Vida que no es ni nuestra al poseerla, no vale el torpe afán de conservarla, ni el miedo miserable de perderla!

A UN PALO DEL TELEGRAFO

Ayer monarca de los bosques eras, dispensador de sombra regalada, lecho hojoso del aura enamorada, bulliciosa ciudad de aves parleras.

Hoy, triste, escueto, ni volver esperas a tu pomposa juventud pasada; de desnudéz imagen desolada, y esqueleto de muertas primaveras.

Mas no llores tu verde lozanía, ni las ausentes auras voladoras, ni tu diadema de follaje vano.

Hoy de un gran porvenir marcas la vía; tus auras son palabras vibradoras y tu corona el pensamiento humano.

Perejamo Morales (Angela)

Española, con larga residencia en Filipinas. Madre de la poetisa Angelina Molina de Pando _(Casandra)_. Vive en Cebú, islas Bisayas. Juntó los materiales para _Siemprevivas_, la obra poética póstuma de Angelina, publicando al frente de aquélla la siguiente composición _A la memoria_ de su hija, de factura muy clásica.

A LA MEMORIA DE MI HIJA

Ya todo terminó; ya te marchaste; ya no estás a mi lado; ya se abrieron tus alas y volaste a la inmensa región de lo ignorado.

¡Que triste, Lina mía, nuestra casa quedó! Tú te has llevado nuestro afán de vivir, nuestra alegría, la esperanza de todo lo soñado cuando estabas en nuestra compañía.

¡Quién decirnos pudiera hace muy poco tiempo, quién pensara que tu voz para siempre enmudeciera; que tu risa por siempre se esfumara, que tu cuerpo de tierra se cubriera!

¡Qué horroroso tormento el que junto a tu lecho hemos pasado queriendo aminorar tu sufrimiento!

¡Y éste de hoy, en que tristes, desolados, sin poderte apartar del pensamiento nos vernos, sin tu amor, abandonados!

Sí, como yo confío, desde el mundo mejor en donde moras, ves nuestro llanto y este dolor mío, ¡consuélete el saber que a todas horas al miramos sin tí, sentimos frío!

¡Y qué pena tan fiera es para mi pensar que no has logrado ver realizada una ilusión que era algo hermoso que tú habías soñado desde los tiempos de tu edad primera!

¡Pobre consuelo el mío; el de juntar de tu fecundo númen las frases que leer no puedo en calma e imprimir con mi orgullo este volúmen en el que van pedazos de tu alma!

¡Ah, si saber te es dado lo que pasa en el mundo que perdiste verás el fuego con que se te ha amado, pues desde el día horrible en que partiste, el dolor de los tuyos no ha cesado!

Que tal vacío dejas en el pecho de cuantos te han querido, que aunque inútiles son todas sus quejas, añoran siempre el dulce bien perdido, y más te adoran cuanto más te alejas...

Cebú, Octubre 1919.

Romero de Aquino (Manuel)

