Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 9

Chapter 93,871 wordsPublic domain

Mas en verdad, lo que sí hallarán, tanto M. Loubet como su comitiva y los turistas, son unos excelentes hidalgos que hablan con sinceridad y que sienten con entusiasmo. Los paseantes verán una buena capital sin las grandezas y lujos de este maravilloso París, pero sin apaches ni batallas nocturnas, gracias á la mohosa, vieja, pero utilísima institución del sereno. Hallarán buenas gentes, sin la famosa _morgue castillane_, que reciben al extranjero con la más franca cordialidad y se gastan con él lo que tienen y lo que no tienen. Y, sobre todo, verán y admitirán «las más lindas sonrisas del mundo», como dice un corresponsal del _Fígaro_, en esos rostros incomparables de las mujeres españolas, incendiados de miradas prodigiosas, rostros de Concepciones de Murillo y de ángeles de Goya. Admirarán esa hermosura natural, esa gracia autóctona. No dejarán de notar que no es poca la importación del parisienismo, y que en la alta clase y en la burguesía rica hay mucho del faubourg y del boulevard ... Mas las hijas del pueblo, las gatitas verdaderas de Madrid, les ofrecerán ejemplares de raza, flores de belleza propia. Celebro que el _Blanco y Negro_ haya tenido la buena ocurrencia de dar una fiesta á los periodistas franceses, con mucho de guitarra, y «venga de ahí», y tangos y seguidillas y gitanas. ¿Ha habido gitanas? Si no las ha habido es un pecado. Debe haberlas habido, y de las de más negros ojos y más salada palabra, de las que dicen la buenaventura y ríen y roban ... Así, los _queridos confrères_ vendrán contando que no se les ha robado la plata ... Que han visto algo de lo que contaba Nodier ... Y la célebre _dame au masque_, la sonora Mme. Du Gast, podrá saber y contar algo más sobre _espagnolós_ y _cigaretós_.

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EN CASA DE MINERVA

CADA año el Instituto—esto es, las cinco Academias que lo componen—celebra una sesión, muy concurrida y solemne, en que los sabios y los artistas, juntos, confraternizan ante la mirada respetuosa ó ante las sonrisas de un público ya admirativo, ya escéptico.

Naturalmente, á esa sesión no faltan, no dejan de llevar las damas sus atavíos elegantes y sus gracias. Ir á esa sesión, como á cualquier solemnidad académica, es una cosa distinguida. No se pierde tampoco el tiempo. Por lo general, los oradores ó lectores son escritores, artistas y sabios que entretienen amablemente al auditorio, que saben lo que dicen y que lo dicen bien, en esta lengua francesa en que es tan difícil aburrir ó decir una tontería. Por muy áridos que los asuntos sean, puede decirse que nuestras «latas» españolas, nuestros «solos» argentinos, son muy raros y casi imposibles en ese recinto. Así, las lecturas hechas por Edouard Detaille, Sénart, De Foville, Edmond Perrier y Jules Lemaitre encantaron á la concurrencia. El uno es un pintor, el otro un arqueólogo, el otro un estadista, el otro un hombre de ciencia y el otro un hombre de letras, y todos cinco fueron oportunos, claros, amenos. Había en esa asamblea de viejos un innegable verdor, como el de las palmas de sus uniformes de inmortales. Esos viejos representan la gloria y el prestigio consagrados de Francia; esas barbas blancas honran al pensamiento humano, y el más modesto de esos trabajadores de la idea es un bienhechor de la comunidad.

Con justicia M. Detaille, al fin de su discurso, recordó las expresivas frases de Renan: «El Instituto es una de las creaciones más gloriosas de la Revolución, una cosa completamente propia de la Francia. Muchos países tienen academias que pueden rivalizar con las nuestras por la ilustración del personal que las compone y por la importancia de sus trabajos. La Francia solamente tiene el Instituto, donde todos los esfuerzos del espíritu humano están como ligados en haz: en donde el poeta, el historiador, el filósofo, el matemático, el físico y el astrónomo, el escultor, el músico y el pintor pueden llamarse fraternalmente compañeros.»

M. Detaille, el célebre autor de tanto célebre cuadro militar, fué quien pronunció el discurso de apertura, como miembro de la Academia de Bellas Artes y presidente en ejercicio del Instituto. Comenzó recordando que hace un siglo justo el Instituto pasó á ocupar el actual local, el palacio Mazarin, dejando el palacio del Louvre, en que antes tuviera asiento. Eso se debió á Napoleón. A este propósito el benemérito artista no deja de hacer brillar, como en sus telas, uno que otro resplandor de batalla, uno que otro relámpago de sable. Luego, hablará de asuntos más caseros, digamos así, y lamentará á los colegas recientemente desaparecidos. Ya es Guillaume, académico de la francesa y de la de Bellas Artes, «noble figura que encarna á la vez la delicadeza del artista y del hombre de letras. Profundamente erudito, nadie sabía hablar como él de cosas de Arte con tanta autoridad y sabia experiencia». El duque d’Audiffrei-Pasquier, «que hizo su educación política bajo la égida de su tío el canciller Pasquier, cuyas tradiciones recogió en tiempo de los Guizot, de los Villemain y de los Montalembert», José María de Heredia, «que desaparece dejando tras sí un rastro luminoso, como esos meteoros que pasan en el firmamento. Su obra, materialmente, ocupa poco lugar, y si es ligera, es para remontarse bien alto en el espacio, como un cohete de oro que estalla orgullosamente. Sus admirables sonetos están en todas las memorias. Él veía noble, veía grande, y ninguno ha encontrado imágenes más espléndidas y más precisas para traducir las soberbias visiones que concebía su cerebro de poeta artista».

Ya es M. Wallon, «cuyas obras sobre la esclavitud en la antigüedad, sus historias de Juana de Arco y de San Luis, sus trabajos sobre el tribunal revolucionario, obras de una erudición abundante y precisa, han consagrado su reputación de historiador». Y el sabio Oppert, que, extranjero, al naturalizarse aportó á Francia «los frutos de una erudición profunda». Luego, Potier, ingeniero, dotado de una prodigiosa actividad unida á una erudición legendaria; y Bicha, el decano de la Facultad de Ciencias de Nancy, y el alemán Richtofen; y Barrias, arrebatado «en plena fuerza y en pleno trabajo», y otros escultores, Thomas y Dubois; los pintores Henner y Bouguereau, Henner, «ese hijo de la vieja Alsacia, que había guardado el culto enternecido de la tierra natal, se aplicaba á envolver la forma pura, á la manera de Corneggio y de Prudhon, en esa misteriosa visión, como si sus ojos hubiesen guardado el recuerdo de las brumas argentadas de sus valles de Alsacia». Y Bouguereau, que, «seguro de sí mismo, supo imponer sus convicciones artísticas y hacer compartir su fe», y «cuya probidad de vida fué igual á la probidad de su talento». Y los recuerdos de duelo continúan con el grupo de ilustres nombres extranjeros, el grabador Biot, Constantin Meunier, Massarani, Racconi, Waterhouse, y el gran teutón Adolfo Menzel, cuyo elogio era interesante oir de un pintor como Detaille: «Su obra es considerable, pero hay una que sobresale entre las demás: es la reconstitución de la vida de Federico el Grande y de su época, que ha evocado con una precisión y un talento que hacen de él uno de los pintores más notables al mismo tiempo que un verdadero historiador.» Después es el financista Germain, el estadista Juglar, y Olivecrona, y Hüffer, Perin y Hennequin. La muerte ha segado en un año, como se ve, muchas testas gloriosas.

Mas con justicia, M. Detaille concluyó su discurso con las palabras de Renan que he citado al comienzo de esta carta.

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La lectura de M. Sénart, delegado de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, trató sobre «un nuevo campo de exploración arqueológica», el Turquestán chino. Recordó á los bravos iniciadores y proseguidores de valiosos trabajos, como el príncipe Henry de Orleans, víctima de sus exploraciones, Bouvalot, De Grenard, Dutrenil de Rhins. Y al sueco Sven Hedin, que ha realizado viajes verdaderamente extraordinarios. «El Turquestán—dice M. Sénart—ha sido una gran vía de la política, del comercio, de la religión. Es por allí que, desde 130 antes de nuestra Era, el famoso Changkieu fué á entablar, á la ventura, negociaciones con los ocupantes de la lejana Bactriana; y por allí, doscientos años más tarde, el general Pantchao se lanzaba á imponer á esas regiones la soberanía china.» Como veis, esos asuntos son un poco lejanos y abstrusos ...; mas el sabio ha sabido interesar á su auditorio, sobre todo cuando ha hablado de ciertos hallazgos en que la arqueología se interesa y se complace.

Otro sabio de otra especie fué más curiosamente escuchado, sobre todo por los oyentes femeninos. Me refiero á monsieur Edmond Perrier, delegado de la Academia de Ciencias. Trató sobre _La parure_, sobre los adornos, y su amenidad fué muy gustada y aplaudida, su amenidad enseñadora. Mirad qué amable sabio es el que comienza su disertación con estas palabras: «Al ver sucederse á los rayos de un sol de estío, ó bajo las girándulas de una sala de baile, los acariciantes colores de los trajes de fiesta, matizados hasta lo infinito y combinados según los geniales y armoniosos caprichos de la imaginación femenina, se podría creer que el adorno ha sido la invención exclusiva de las hijas de Eva. Por ellas, todo lo que hay en el mundo de luminoso y de brillante está evocado alrededor de nosotros, se mezcla cotidianamente á nuestra existencia, y viene hasta abajo esta austera cúpula á iluminar nuestras sesiones académicas con un brillo que la suntuosidad de nuestras palmas verdes sería insuficiente para darle». El galante sabio busca el adorno en la Naturaleza, en los aires, en la tierra, en la profundidad de los mares; y de su rebusca resulta que, contrariamente á lo que pasa entre los humanos, el sexo que se adorna, que se hermosea, que coquetea, digamos, entre los animales, es el sexo masculino.

Y es un desfile de maravillosos peces, de milagrosos insectos, de prestigiosos pájaros, adornados por la pródiga Naturaleza, Paquin de los pavos reales, Lalique de los colibríes, proveedora incomparable de sedas, joyas, tintes y matices de encanto. De todo el estudio, lleno de citas y de datos, resulta la chocante demostración de que en el reino animal, el macho constituye ... el bello sexo.

Hay sus consuelos. «El cuadro que acabamos de trazar—dice en una parte de su discurso—, de las brillantes facultades del sexo masculino no se aplica sino á las clases superiores del reino animal; tiene su contraparte en las clases inferiores. Ya en las colmenas de abejas, los numerosos príncipes consortes, incapaces de todo trabajo, son muertos por las obreras desde que se acerca el invierno.» Y así empieza la narración de las desventuras del macho, entre una larga variedad de seres inferiores. Una cosa va por otra.

Las frases finales son saludadas con un general aplauso: «Felicitémonos, simplemente, de que las cosas se hayan arreglado de manera que en medio de los cataclismos suscitados por la inconsciente, involuntaria é irresistible actividad de los hombres, permanezca infrangible, por su esencia misma, y á pesar de lo que puedan de ella pensar ciertas almas, la dulce y serena figura de las que, desde nuestra primera sonrisa hasta nuestra última herida, están cerca de nosotros para amar, prever, consolar y curar.» Y esa sí que constituye una deliciosa superioridad femenina.

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El discurso de M. De Foville, no por tocar un tema árido para la generalidad, dejó de ser escuchado con mucha atención y gusto. Su _profession de foi d’un statisticien_, es una pieza escrita con _esprit_ al par que con profundidad y transcendencia de ideas. La estadística, ciencia de numerar y de datos, apareció expuesta por este sonriente sabio, tan atrayente como valiosa. La estadística ha tenido en su contra las ocurrencias fáciles de autores cómicos. ¡No importa! «Nosotros—dice M. De Foville—somos los primeros en reir de las bromas, hoy clásicas, cuyos iniciadores fueron los Louis Reybau, los Labiche, los Gondinet.» En el Congreso de Londres todo el mundo se rió cuando lord Onslaw recordó algunas de esas facecias en un brindis. «Es el gran mérito de la estadística—dice De Foville—, tal como nosotros la comprendemos, decir la verdad, no querer decir más que la verdad, cuando alrededor de ella, voces que intentan parecerse á la suya hacen impunemente de la mentira un hábito y aun una industria.» Detenidas consideraciones hizo el eminente académico, que fueron recibidas con las muestras del mayor aprecio por un público que, si no se deleitaba con el tema, gozaba con la galanura sabrosa del discurso. El Sr. Alberto B. Martínez habría aplaudido con todo entusiasmo, en unión de la selecta concurrencia, á su respetable colega.

La Literatura estuvo bien representada por Jules Lemaitre. Este escritor, cuyo talento ha estado por largo tiempo navegando en los mares de la política, en donde se ha llenado de lamas, conchas, brumas y pesadeces, se diría que ha entrado en el dique y ha limpiado sus fondos. Su discurso sobre los libros viejos es una página que recuerda sus antiguas páginas de pensador sagaz y crítico avisado. Corto fué—y este es un mérito más—y aplaudidísimo por los concurrentes, que ven en M. Lemaitre como una especie de hijo pródigo de la Academia, que retorna á sus viejas tareas, floridas de ideas finas y de elegancias verbales. Quiera que persevere en tal resolución la dueña de la casa, la patrona de la Cúpula, la sabia Minerva.

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

HERMOSA y gloriosa tarea la que acaba de concluir el Dr. J. C. Mardrus: la traducción completa de _El libro de las mil noches y una noche_, hecha literalmente del texto árabe, dón inapreciable que no podemos suficientemente agradecer los occidentales. El último volumen dejará en las almas soñadoras una inevitable nostalgia. Un espíritu tan raro como sutil ha lanzado ya esta queja: «_Las mil noches y una noche_ son toda la epopeya amorosa del globo desde su formación hasta nuestros días. El globo es un huevo que incuban á turno el amor y la noche. ¿La humanidad no será más que el accidente del ensueño? Con tal que el amor y la noche nos abaniquen con sus alas, la tierra continuará, me atrevo á creerlo, girando bien. Mas he aquí que llega la mañana ... ¡ay! ¡ay!, el Oriente se emblanquece ... ¡el Oriente se hace viejo! ¿Quién mecerá nuestro sueño de gentes del Norte?»

Sí. Rachilde tiene razón. Necesitamos, para acercarnos siquiera á la ilusión de la felicidad, de la delicia nocturna y del encanto amoroso. Y ese es el ambiente de esas historias mágicas que el sabio europeo ha ido á sacar de sus secretos refugios de Oriente.

El Dr. Mardrus es un arabista de nota, diga lo que diga cierto emir amigo de Claretie, que ha encontrado _algunas inexactitudes_ en esta versión, que uno siente tan llena de hechizos. Trabajador de conciencia, él explicó desde el principio la magnitud de su empresa. Antes que él, nadie había hecho en francés una traducción completamente exacta, literal, por el temor de la desnudez de la expresión arábiga, que hiere, más que nuestros pudores de Occidente, el universal puritanismo de las literaturas cristianas. En inglés existían las versiones fieles, hoy rarísimas, de Payne y de Burton; pero esas fueron tiradas para suscriptores limitados, y quedaron, por decir así, secretas. Mardrus conoce una segunda edición de Burton, pero es expurgada. El erudito traductor francés señala los orígenes de sus fuentes. La base de _Las mil noches y una noche_ (es así como debe decirse) está en una antología persa, el Hazar Afsanah.

Hubo narradores diversos que, tomando los asuntos originales, fantasearon á su placer. Se mezclaron cuentos persas y leyendas de otras naciones. «El mundo musulmán entero, de Damasco al Cairo y de Bagdad á Marruecos, se reflejaba, en fin, en el espejo de _Las mil noches y una noche_.» Una mezcla de dialectos, de modismos distintos, que se hallan en los manuscritos hechos en diferentes épocas, impide el señalar una fecha fija al libro maravilloso en que parece que toda la fantasía de los países de Oriente colaborara. Mas de recientes estudios se desprende que pertenecen al siglo X estos cuentos que se hallan en todos los textos: 10. Historia del rey Schahriar y de su hermano el rey Shahzaman; 20. Historia del mercader con el Efrit; 30. Historia del pescador con el Efrit; 40. Historia del cargador con las jóvenes; 50. Historia de la mujer cortada, de las tres manzanas y del Negro Rihan; 60. Historia del visir Nureddin; 70. Historia del sastre, del jorobado; 80. Historia de Nar Al Din y Anis Al-Djalis; 90. Historia de Ghamin-ben-Ayub; 100. Historia de Ali-ben-Bakkar y Shams-Al-Nahar; 110. Historia de Kamar-Al-Zaman; 120. Historia del caballo de ébano; 130. Historia de Djulnar, hijo del mar. La historia de Kamar-Al Zaman II y la de Mearuf se colocan en el siglo XVI; la mayoría de los cuentos, entre los siglos X y XVI, y la historia de Simbad el Marino y la del rey Djiliad serían anteriores á todas. Conforme con la nota colocada á la cabeza de la edición Mardrus (que inició la _Revue Blanche_ y ha terminado Fasquelle), las ediciones críticas que existen de los textos originales de las _Alf Lailah Oua Lailah_ son siete: La edición (inacabada) del cheikn El Yemeni, dos volúmenes; Calcuta, 1814-1818. La edición Habitch, doce volúmenes; Breslau, 1825-1843. La edición Mac Noghten, cuatro volúmenes; Calcuta, 1830-1842. La edición de Boulack, dos volúmenes; El Cairo, 1835. Las ediciones del Ezbekieh, de El Cairo. La edición, cortada, corregida, dislocada, de los jesuítas, en cuatro volúmenes, Beyruth, y la edición, en cuatro volúmenes, de Bombay. El Dr. Mardrus prefirió la de Boulack, y se ayudó con la edición de Mac Noghten, y principalmente con los diferentes manuscritos arábigos.

No tengo noticia de ninguna traducción literal alemana, ni italiana, ni española. _Las mil y una noches_ que conocemos en español son traducidas de la traducción francesa de Galland, «ejemplo curioso de la deformación que puede sufrir un texto, pasando por el cerebro de un letradoen el siglo de Luis XIV; la adaptación de Galland, hecha para la Corte, fué sistemáticamente emasculada de todo atrevimiento y filtrada de toda la sal primera. Aun como adaptación es incompleta, pues contiene apenas la cuarta parte de los cuentos. Antes de Mardrus, los cuentos que forman las otras tres cuartas partes no se han conocido en Francia, ó, diciéndolo mejor, las ha ignorado el mundo».

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Para traducir una obra de poesía es necesario un poeta. Y para traducir esta obra de poesía, sin parangón, era preciso un poeta sabio en cosas de Oriente como el doctor Mardrus, que ha vivido la vida oriental en los mismos lugares en que nacieron, en abolidas y prestigiosas imaginaciones, estos cuentos extraordinarios.

Que el traductor es un poeta insigne, lo demostrará la perla de la introducción, cuatro palabras armoniosas que no dejaré de dejar aquí para regalo de mis lectores: «—Yo ofrezco—dice—todas desnudas, vírgenes, intactas, ingenuas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes, vividas, soñadas y traducidas, sobre la tierra natal y sobre el agua». Ellas me fueron dulces durante los vagares de las largas travesías, bajo el cielo de lo lejos. Por eso las doy. Ingenuas son, y sonrientes, y llenas de ingenuidad, al igual de la musulmana Schaharazada, su suculenta madre, que las parió en el misterio, fermentando con inquietud en el seno de un príncipe sublime—lúbrico y feroz—bajo el ojo enternecido de Alá clemente y misericordioso. Desde su venida fueron delicadamente acariciados por las manos de la lustral Doniazada, su tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías, y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia pura, para esparcirlas, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado de su sonrisa. Yo las juzgo y las doy tales, en su frescor de carne y de roca. Pues ... un método sólo existe, honrado y lógico, de traducción: «la literalidad», impersonal, apenas atenuado por el rápido parpadeo y el saborear largamente ... Ella produce, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella hace el placer evocatorio. Recrea indicando. Es la más segura garantía de la verdad. Ella se hunde, firme, en su desnudez de piedra. Huele el aroma primitivo y lo cristaliza. Devana y deslíe ... Fija. Cierto, si la literalidad encadena al espíritu divagante y lo doma, ella contiene la infernal facilidad de la pluma. No me quejaré de ello.

Pues, ¿dónde encontrar en un traductor el genio simple, anónimo y libre de _la niaise nanie de son nom_? Mas por las dificultades del terruño original, tan duras para el profesional _en théme_, ellas no sabrían, en los dedos del enamorado del oriental parlar, concentrarse en más espira que las precisas al gozo de desatarlas. En cuanto á la acogida ... El Occidente amanerado, empalidecido en el ahogadero de las convenciones verbales, fingía azoramiento á la audición del franco lenguaje cuchicheante y simple y sonoro de toda la risa, de esas brunas muchachas sanas, nativas de las tiendas abolidas.

Así, pues ... Ellas no ven en eso malicia, las huríes. Y los pueblos primitivos—dice el sabio—llaman las cosas por su nombre, y no encuentran casi condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos los que aun no tienen ninguna tara en la carne ó en el espíritu, y nacidos al mundo bajo la sonrisa de la belleza ...) Desde luego es totalmente ignorado de la literatura árabe ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven toda cosa bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico no lleva más que á la alegría. Y ellos ríen con todas ganas de lo que al puritano parecería escandaloso. Cualquiera que, artista, ha vagado y conocido los viajes y cultivado amorosamente bancos agujereados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes, el viejo Cairo de las calles llenas de sombra y tan frescas, los suks de Damasco, Sana del Yemen, Mascata ó Bagdad; que ha dormido sobre la estera inmaculada del beduíno de Palmira; partido el pan y probado la sal fraternalmente, en la gloria del desierto, con Ibn-Rachid suntuoso, ese tipo neto del árabe auténtico; saboreado todo lo exquisito de una conversación de simplicidad antigua con el puro descendiente del profeta, el cherif Hussein ben Alí-ben Aun, emir de la Meca Santa, ha podido notar la expresión de las fisonomías pintorescas reunidas. Único, un sentimiento domina toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea en sacudidas vitales á cada salida libre del heroico narrador público gesticulante, animando sobre todo y saltando entre los espectadores complacidos ... Y la embriaguez os ase, suscitada por las palabras, por los sonidos, por el perfume ó la afrodisia del aire, por el subolor discreto del haschich, dón último de Alá!... Y se es navegante aéreo en la noche ... Alá no se aplaude, ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, ese vestigio innegable de las razas caribes ancestrales danzando alrededor del poste de colores, y del cual la Europa ha hecho el símbolo del horrible goce burgués amontonado bajo el gas, es esencialmente desconocido. El árabe—á una música, notas de cañas y de flautas, á una queja de «katun» ó de «ud», á un ritmo de «darabuka» profundo, á un canto de muezin, ó de almea, á un cuento coloreado, á un poema de aliteraciones en cascadas, á un olor sutil de jazmín, á una danza de flor ó vuelo «buka» profundo, á un canto de muezin, ó de perla de una sólida cortesana undosa de ojos estrellados—responde, á la sordina ó con toda la voz, por un Ah ah!... largo, sabio, modulado, extático, arquitectural. Es que el árabe es un intuitivo, pero afinado y exquisito. Ama la línea pura y la adivina, irrealizada. Pero ... él estrecha, sin palabras, infinitamente.