Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 8

Chapter 83,834 wordsPublic domain

¿RECORDÁIS el apogeo del ilustre héroe de Alphonse Daudet, del pequeño Quijote, del incomparable personaje que tiene por nombre Tartarín de Tarascón?... Sus aventuras, su vida, su renombre, excitaron grandemente los nervios de sus conciudadanos ... Imaginaos á los habitantes del lugar de la Mancha «de cuyo nombre no quiero acordarme» furiosos contra D. Miguel de Cervantes Saavedra ..., toda proporción guardada. Mal asunto para la piel de Petit-Chose si llega á pasar una temporada en la tierra natal de su héroe preferido. Hubo «fumistas» que en algunos hoteles tarasconeses firmaron en los libros de registro: «A. Daudet». Unos tuvieron que huir ante una tempestad de garrotes; otros tuvieron que arrojar, y pronto, la máscara y declarar su identidad, y alguno pagó en sus espaldas la peligrosa usurpación de gloria ... Daudet no se detuvo nunca entre la amenazadora gente. «No—decían los tarasconeses—, Tartarín no ha existido y Daudet se burla de nosotros ... _Zou! Froun de l’air!_ ¡Que no venga por aquí, porque le saldrá cara la invención de ese falsificado personaje!» Y miraban como una profunda deshonra la caza de las gorras, el estupendo baobab, la aventura del león y aquel sublime camello familiar que merecería una estatua ... Mas el tiempo pasó y la cólera meridional se fué aplacando. Turistas de diferentes puntos de la tierra, cuando oían gritar en la estación: «¡Tarascón, tantos minutos!», descendían é iban al hotel más cercano. Luego salían á recorrer la ciudad y preguntaban por todo lo que tenía relación con Tartarín, por Bravida, por Bezuquet, por el excelente Pascalón ... Luego solicitaban visitar la casa de Tartarín ... ¿No se busca en Florencia el _sasso_ de Dante, en Stradford-on-Avon la casa de Shakespeare, en París la tumba de Napoleón?... Al principio Tarascón protestó ... Pero el turismo deja dinero; y después de todo, los tarasconeses serán ingenuos, sonoros, ruidosos, pero no tontos ... Y meditaron que lo mejor era sacar partido de _la_ que les había hecho Alphonse Daudet. Y de pronto los viajeros empezaron á estar bien informados. Todos los héroes vivían. Pascalón era aquel vecino de la esquina; Bezuquet, el de más allá.

Y no se sabe si alguien importó un verdadero baobab enano que era mostrado con gran contentamiento de la clientela ... Y las propinas llovían. Varios Tartarines auténticos surgieron ... Con fuertes botas y gran sombrero, rugía éste: «¡Tartarín soy yo!» Y otro barrigón y mofletudo, con todo el aire requerido, aseguraba por allá, confidencial: «¡Yo soy Tartarín!» Y la victoria completa había de llegar ... Ella se acerca; Tarascón, como todo pueblo que se respeta, tiene sus tarjetas postales ilustradas, y acaba de lanzar una: _La maison de Tartarin_. Los manes de Daudet se estremecen de satisfacción. El hombre representativo de un pueblo, de un país, tal vez de una raza, entra en la apoteosis de la gloria verdadera ... ¡La casa de Tartarín! Quien la ha visto, así la describe dignamente:

_Elle surgit dans le soleil craquant de cigales, la maison du baobab et des armes empoisonnees: elle montre un air exotique et national, débonnaire et terrible... Le mistral l’assaille et la bombarde, apportant la rumeur d’épiques aventures. Regardez là!... Les ils-de-buf, sous le larmier cherchant au loin l’Afrique, le desert couleur de lion... La porte où tombe une flaque de lumière baille sur l’ombre redoutable du corridor. Prenez garde! il va sortir!_

Ya lo veis. Más tarde no habrá discusiones como sobre Homero. Tartarín es definitivamente de Tarascón. Dentro de siglos—si Daudet vive—habrá comentadores que estudiarán esa tarjeta postal. La existencia de Tartarín no se pondrá en duda de ninguna manera. Hay hoy viajeros que recorren la Mancha y hacen el itinerario que siguió en sus salidas el primero de los Caballeros andantes. Si apareciese la bacía que tuvo el honor de ser yelmo de Mambrino, tened por seguro que encontraría comprador. Y Don Quijote es más bien un personaje real que un sér creado por la imaginación del portentoso Manco. Es tan real como el Cid. Con Tartarín, en su esfera, pasará lo propio. Y esa fotografía de su casa es ya el comienzo de una real inmortalidad ... Tendrá más suerte que Guillermo Tell. En Cumas he visitado el antro de la Sibila. En Grecia una isla es un ilustre barco petrificado. Se muestra el Parnaso en donde se recrean las musas, y el Olimpo en donde se juntaban los dioses. El tiempo ayuda con su lente y la fantasía con el suyo. Me prometo un viaje á Tarascón. Y veré si consigo á cualquier precio unas ramitas del legendario baobab. Haré con ellas un buen regalo á cada una de nuestras repúblicas hispano-americanas ...

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EL CASO DE M. SYVETON

M. Syveton era un modesto profesor de provincia, nacido para la apacible función de enseñar las Bellas Artes. París le atrajo, y en París se dedicó á la crítica literaria. Todo lo abandonó por una ocupación más importante: salvar la Francia. Aquí, como en todas partes, consagrarse á salvar el país hace llegar pronto. ¿Adónde? A veces, á excelentes situaciones; pero, á veces, al ridículo, y á veces, á la muerte. Entró, pues, el antiguo profesor de liceo en pleno campo de la política. Tenía condiciones. Era simpático á las gentes. Sabía dar fuertes puñetazos. Cuando presentó su candidatura por la circunscripción de que yo soy vecino, se encontró en la calle con el candidato rival. No queriendo gastar sus razones, le apaleó. Era amigo de los políticos elegantes que hace algún tiempo le rompieron el sombrero de un bastonazo á M. Loubet, presidente de la República. Como se ve, era profesor de energía. Su último ruidoso acto fué la bofetada que en plena Cámara dió al general André, anciano de setenta y cinco años y ministro de la Guerra. El cual tiene un hijo que es teniente. Alguien recordó á éste la historia de Mío Cid.

Cuidárades que es mi padre de Lain Calvo subsesor ...

M. Syveton fué acusado, y el día anterior al de su comparición ante la justicia fué encontrado muerto. Se culpó á la chimenea, al óxido de carbono, como en la desgracia Zola. Coppée, Daudet, Boni de Castellane gritaron: «¡Le han asesinado!» Los otros dijeron: «¡Suicidio político!» No pocos: «Ni asesinato ni suicidio; la casualidad, la fatal casualidad.» Era justo pensar: de todas maneras, el que quiera dedicarse á la política en Francia tendrá que suprimir la calefacción en su casa ...

Si D. Francisco de Quevedo y Villegas hubiese estado á la sazón en París, de seguro que habría murmurado una de sus más célebres y picantes letrillas:

Cuentan de un corregidor Nada bobo, Que siempre que al buen señor Acusaban muerte ó robo, Atajaba al escribano Que leía la querella, Diciéndole: «Al grano, al grano: ¿Quién es ella?»

Y el caballero del hábito de Santiago no hubiera sido acertado en el caso presente. Un _odor di femina_ impregna ya toda esa dura tragedia. M. Syveton ha muerto por una mujer. Estamos en el imperio de la mujer ... Tras toda cosa, hasta en los asuntos políticos, se oye el _frou-frou_ de una falda femenina.

Tended la vista hasta ayer no más. Por una mujer murió Gambetta, por una mujer se suicidó Boulanger, por una mujer sucumbió amorosamente el presidente Félix Faure, por una mujer se ha matado M. Syveton ... El caso de M. Syveton no deja de tener su literatura: es el de Fedra al revés.

Le ciel mit dans mon sein une flamme funeste,

hubiera podido exclamar el desgraciado. Y antes de desaparecer:

J’ai voulu devant vous exposant mes remords, Par un chemin plus lent descendre chez les morts. J’ai pris, j’ai fait couler dans mes brûlantes veines Un poison que Médèe apporta dans Athènes. Déjà jusqu’á mon cur le venin parvenu Dans ce cur expirant jette un froid inconnu: Déjà je ne vois plus qu’á travers un nuage Et le ciel et l’époux que ma présence outrage: Et la mort, á mes yeux dérobant la clarté, Rend au jour qu’ils souillaient toute sa pureté.

M. Syveton ha desaparecido, pues, como un personaje de las tragedias que antes él explicaba. Su gesto ha sido clásico, y lejos del creído asesinato francmasónico á lo Consejo de los Diez. El público de los diarios, si ha perdido por un lado, ha ganado por otro ... Del supuesto complot político se desprende hoy un fuerte relente de alcoba. Se ha publicado el retrato de Mme. Menard, hija de Mme. Syveton, la «Hipólita» del caso, y París ha visto un bellísimo rostro de mujer más ... Viene á la memoria la agresiva é insultante fórmula que el pesado Mark Twain arrojara á la alta sociedad francesa por una inocente broma de Bourget: _Liberté, Egalité, Fraternité, Adultère!_ ...

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JARDINES DE FRANCIA

EN mis paseos intelectuales—_promenades littéraires_, diría Rémy de Gourmont—he encontrado, ó me ha parecido encontrar, no lo sé, una apacible y elegante villa que alegran gracias de jardín, visiones de parque. He penetrado á respirar el olor de las frescas arboledas. He hallado esbeltos plátanos, como los que invitan á soñar, allá en Versalles; hayas frondosas, laureles rosa. Con su idioma de susurros y de gestos lentos me han contado la poesía de sus estaciones. A veces, de lo alto de una verde copa ha dado su testimonio la voz de un pájaro. He visto mármoles, aquí, allá; grupos, estatuas, bustos. Y una fuente verleniana, que en las noches de luna lanza su chorro de cristal «esbelto entre los mármoles» ... Como en felices tiempos románticos, he encontrado en un tronco de árbol un nombre grabado ... La primavera debe haberle aromado muchas veces, tras la inútil frialdad de los inviernos, pues se siente en el ambiente el imperio de la juventud, el triunfo de la vida. Noto los bustos: el uno es de Lamartine, el otro de Víctor Hugo, el otro de Verlaine ... En un pequeño lago cercano se hace presente la curva armoniosa de un cuello de cisne, blanco y sincero—que apenas parece haber visto pasar de lejos á Mallarmé ... El viento, que suavemente vuela, trae ecos lejanos; ecos de mar, de montaña, de landas. Todos los oros del otoño se sospechan en tal dorado simulacro; y á pesar de un vago deseo de ensueño que se siente por todas partes, se manifiesta la reminiscencia de una imperativa influencia solar. De la villa oigo brotar un canto de mujer. El canto es melodioso, ardiente, profundo. Me detengo cerca de decorativos _boulingrins_, macizos de rosas de Francia, plantíos de violeta de Francia, admirables lirios de Francia.

Al lado, cerca de términos y á la entrada de glorietas, vi guijarros marinos y de esos sonoros caracoles que pintaban los pintores de antaño, como trompetas de tritones. Tomé uno de ellos y lo acerqué á mi oído. Se oía—curioso—, primero como el ruido del Océano, mas después como ruido de aguas de gran río ... Esto me recuerda algo de «por allá», me dije yo ... Anduve, anduve entre los árboles. Unos tenían nidos en las ramas. Otros formaban arcadas como ojivas de catedrales de ensueño; otros me recordaban paisajes de viñeta—¿de dónde?—, y otros me invitaban á descansar bajo su amable sombra. Iba á salir ya por la puerta del jardín, cuando volví á oir la voz femenina que, acompañada suavemente por un piano, llegaba hasta mí. Entonces tomé otro rumbo. Me detuve delante de un fresco laurel y admiré lo bien cuidado que estaba. Corté una hoja, la masqué, y supe una vez más que era amarga.

Luego seguí, caminando, caminando, hasta que me detuvo la visión de un ombú ... «¿Un ombú?—me dije—. ¿En París un ombú?» Yo había creído hasta entonces que el ombú era, como la mandrágora de la leyenda, fabuloso ... Que no se encontraba sino en los versos de tales poetas argentinos, y que su figura era ilusoria ... Mas el ombú estaba allí. Y estaba bien conservado, bien cuidado.

Sus ramas decían toda la inmensa pampa y su corazón de árbol aparecía en su ademán vegetal, como traducción del corazón expirante y ya extraño del gaucho ... «¿Qué es esto—me dije—, en un parque francés, en un jardín parisiense de París?»

Me sacó de mi sorpresa el dueño de la villa, el propietario del chalet, que vino hacia mí con la mayor afabilidad. En un español que no ocultaba el acento francés, me dijo: «Me llamo José María Cantilo, y me parece que es usted medio paisano mío ... Está usted en su casa. Soy un argentino, jardinero de Francia ... ¡Mire qué rosas! ¡Mire qué claveles! ¿Quiere usted champaña? ¿Quiere usted mate?» Opté por el mate. No le encontré gusto muy criollo ... El mate era de plata y la bombilla de oro. Y, tal vez porque ya voy perdiendo la costumbre, me quemé los labios ... Mas me supo delicioso—como cosa nuestra—, como el café de José María de Heredia ...

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PEQUEÑA AVENTURA DE UNA PRINCESA DE FRANCIA

LA reina de los Algarves, que es al mismo tiempo princesa francesa, y una de las soberanas más hermosas del mundo, ha hecho al París republicano la gracia de su presencia con la presencia de su gracia. París, naturalmente, le ha encantado, y mientras su marido, el obeso _sportsman_ campechano se iba de caza con el modesto Nemrod que hoy rige los destinos de este país, la gallarda Amelia hacía compras en las famosas casas de elegancia que hay en la rue de la Paix. Mas aconteció que el protocolo tuvo que exigir la presencia de ambos soberanos en un banquete oficial, en el Elysée. Es claro que todo se hizo como lo quiso el protocolo, pues es éste el más ceremonioso tirano que impera en cortes y palacios gubernamentales. Y á este propósito citaré una frase atribuída á la señora del jefe de la República. Se trataba de no sé qué detalle, y ella interrumpió, con la mejor convencida intención: «Pues en otras «cortes», esto se hace así, y así.» El lapsus es muy natural en esta vieja monarquía de gorro frigio ...

Mas tornando á la aventura de la reina, diré que estuvo ella en el banquete, por indicación protocolar, entre M. Falliéres, presidente del Senado, y M. Loubet, presidente de la República. Un cronista señala que la reina estuvo _toute gracieuse et heureuse de se retrouver en France_, y que _pendant tout le temps du diner, chacun put remarquer sa bonne grace, son entrain et sa joie_. ¿Qué podría decir la reina de Portugal á los amables anfitriones al despedirse, sino que estaba «particularmente encantada de las horas que acababa de pasar en el Elysée»?

Mas dos princesas de Francia velaban por la historia, por la tradición y por el brillo de la perdida corona ... Esas princesas eran las dos hermanas de su majestad portuguesa. Un telegrama llegó, reprendiendo á la graciosa Amelia. El telegrama estaba escrito en términos de reprobación y casi vehementes. Se reprochaba á la reina haber aceptado ir al Elysée, y haberse sentado á la mesa del jefe de un Estado que antes desterrara á su padre y á su hermano. Ese telegrama, más que un resentimiento, era casi una indignación.

Mas se agrega que la reina de los portugueses, sin decir nada, se contentó con mostrar el telegrama á Don Carlos. Y que «su buen humor no se alteró de ninguna manera, y después, como antes, continuó siempre risueña ...» En la sonrisa le acompañaría su real esposo, y ambos demostrarían así que, conforme con la sabiduría de las naciones, los portugueses están siempre contentos.

El reproche de las princesas es semejante al que dirigiera á su hijo Don Jaime, Don Carlos de Borbón.

Mas ¿quién viene á recordar cosas de antaño, atrocidades de la Historia, locuras demagógicas, ó terriblezas republicanas, cuando la Marsellesa se ha tocado en los palacios de los zares de Rusia, y, si no me equivoco, hasta en el recinto del augusto Vaticano?

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VIAJES PRESIDENCIALES

TOCÁNDOLE el turno á España, hizo, pues, su maleta, el más sencillo y amable buen hombre de todos los presidentes, y tomó el camino del país de las más lindas sonrisas y de los más halagadores «castillos»: el camino de España. Inmediata y naturalmente, como sucedió con Rusia, como sucedió con Inglaterra, como sucedió con Italia, como sucederá ... tal vez ... con ... Alemania ... (¿por qué no, ¡qué diablos!, si estamos en una época de prodigios?) España se ha puesto aquí de moda; es decir, se ha puesto más de moda, porque ésta comenzó con la visita de Alfonso á los parisienses. Esta moda, como todas las demás, es pasajera. Dura lo que un capricho de París.

Monsieur Loubet es allá en Madrid festejado con toda la cordialidad de que es capaz la gente española. Desde luego se encontrarán con más de una sorpresa, él y sus acompañantes. Y con más de una desilusión.

Porque todos sabemos que las Españas que se usan en París son fantásticas y divertidas. París no quiere entender otra cosa. _Españalós_, _batiñolós_, _cigaretos_, _carrambá_. No hay más. Ó, sí, hay más: el _petit air de guitare_, la estudiantina, la «navaca», que aun persiste en la liga de las duquesas celosas y lujuriosas. De Dumas acá, de Gautier, ¡qué digo!, de Mme. Aulnoy acá, no ha variado nada. Allá viven, desde luego, el Cid, Don Juan, Hernani y Carmen. Los alguaciles recorren las calles por las noches, mientras los enamorados, al son de una mandolina, dan su «serenado». De Literatura, en París conocen, los que conocen, á Cervantes mal traducido, á Gómez Carrillo, y las versiones que de Galdós y Blasco Ibáñez han hecho ciertos aficionados. No hablo de los fosilófilos de la _Revue Hispanique_ y de uno que otro hispanizante, más ó menos ruso ó rumano, que suelen ocuparse en las revistas de letras castellanas. La existencia palatina y social de la tierra de Don Alfonso XIII no es tampoco muy sabida en estas latitudes, con ser la infanta Eulalia una parisiense de más de la marca y con haber una colonia española de dinero y títulos bastante numerosa. Verdad es que toda esa gente, en cuanto está en París, quiere pasar por francesa, y de lo que menos tratan y lo que menos les interesa es dar á conocer los progresos y el estado actual de su país. En una revista mundana, la más aristocrática sin duda alguna, se ha publicado en estos días un artículo que contiene las más curiosas referencias sobre _la cour et le monde a Madrid_. Allí aparece una marquesa de Kajra que causaría el asombro de _Kasabal_; la difunta condesa de Sástago aparece viva y llamada de Satayo; y la de Superunda es Luperunda. Hay datos como este: _La cuisine et moins recherchée que la notre, et la reine Marie Christine a fait sensation, et on le lui á repreché, par les diner de la cour, confiés a un cuisinier vienneis_. Se diría que se está en tiempos como aquellos en que, según la citada Mme. Aulnoy, los gentileshombres vivían _d’oignous, de pois et d’autres utiles denrées_.

Como el viaje de M. Loubet coincide con las representaciones en la Comedie Française, del _Don Quichotte_, de Richepin, la actualidad no puede ser más oportuna. Todos los turistas de estas felices regiones que han partido para la tierra quijotesca, no dejarán de buscar por allá las mil y una imaginaciones que tienen formadas en sus cerebros fáciles al castillo en España.

Claro se ve. Comienzan á llegar las primeras informaciones de los periodistas que han ido á presenciar las fiestas de la visita presidencial. Uno se asombra de que el rey, al abrazar al presidente francés, le haya dado «golpecitos repetidos, con los dedos abiertos, á la moda del país». Otro da á entender que los rubios no existen en la tierra castellana, repitiendo el concepto de un viajero de última hora, M. Larroumet: «hombres y mujeres tienen el color bronceado, los cabellos de ébano, los rasgos regulares, el cuerpo esbelto, las extremidades de una gran figura. Todos son bellos, de una belleza sin frescura, con perfiles netos, finos y secos. Los ojos brillan ... Los cabellos son de un negro azulado ...» «Como el ala del cuervo», les hubiera dicho Pérez Escrich ...

Hay que advertir que la idea que priva sobre la belleza española, ó, mejor dicho, sobre la belleza andaluza, es Carolina Otero, que no es andaluza sino gallega. Luego, hay en la flotante colonia española unas cuantas capas y sombreros cordobeses, unos cuantos «toreadores» trashumantes que ayudan con su presencia, hechos y gestos, á fijar más en estos espíritus singulares, la idea de lo pintoresco español.

Yo no habría quitado una sola ilusión á los turistas parisienses, sobre todo á los periodistas que han ido á la corte de España con motivo del viaje del presidente de la República francesa. Habría hecho más: habría aumentado el color local, puesto que el color local es lo que primero van buscando. Cierto es que ya en «el Escurial» se dió cuenta de que había aparecido _una estudiantina_ con el traje nacional que daba una _serenade_ á M. Loubet. Mas yo habría traído de Granada á Chorro-e-jumo, el famoso modelo de Fortuny, con su carnavalesca indumentaria; y bajo su dirección, habría hecho evolucionar en fantásticos fandangos un policrómico batallón de gitanos y gitanas. Habría hecho en Toledo dar verdaderas _serenades_, con verdaderas _mandolinas_, á la luz de la luna, en las callejuelas estrechas. Y habría buscado á una ó dos condesas de buen humor, que en ocasión oportuna, ante el encantado turista parisiense, hubiese sacado de la liga, que ceñiría una pierna digna de una maja de Goya, su larga _navaca_, una gran _navaca_, de esas de no sé cuántos muelles, que hacen al abrirse un ruido ciertamente inquietante.

Mas las sorpresas allá han sido muchas. Se encuentran desencantados con que Madrid es una capital invadida por la uniformidad prosaica de todas las capitales modernas. Los tranvías eléctricos van por la población, cuyos edificios son semejantes á las construcciones de otras partes, salvo uno que otro que conserva el estilo nacional, ó tal reliquia como la ilustre fábrica que sirvió de prisión á Francisco I.

¿En dónde está lo que Nodier contaba? ¿En dónde las majas goyescas y las diligencias que atacaban y desvalijaban los caballerosos bandoleros? Para colmo, no se encuentran, ¡ay!, ni los mendigos, _los famosos mendigos españoles_, de que habla el más reciente _voyage en Espagne_, porque una disposición del alcalde de Madrid los ha barrido últimamente de las calles de la villa.

Naturalmente, les han cambiado la España soñada; y lo peor es que á nadie se le ocurrirá invitarlos á comer en casa de Botín un cochinillo al horno, en cacharros que tienen solera, y demostrarles que comen el plato de Quevedo y beben en el vaso de Cervantes.

No me habría faltado á mí bacía que enseñar como el yelmo de Mambrino, ni esqueleto de caballo viejo que presentar como restos de Rocinante ... Y todo el mundo se habría despedido contento.

Se encontrarán en cambio con que en el alto mundo se vive una vida mitad en inglés, mitad en francés, como en París, y que _snobs_ y _snobinettes_ son los mismos á un lado y otro de los Pirineos. Y en el teatro verán las mismas cosas que en Francia: traducciones, traslaciones ó imitaciones de asuntos franceses. En las letras, imperando, es natural, como en todas partes, lo francés, la influencia francesa. Los trajes de Paquin y los sombreros de la rue de la Paix sustituyendo á los adornos castizos y á la olvidada y desdeñada mantilla de las antiguas bellezas. Encontrarán el sereno, pero no les cantará la hora ni les dirá qué tiempo hace; mas el guardia de la esquina, los que en _La verbena de la Paloma_ van á dar la vuelta á la manzana, les chapurrearán el francés é irán á _donner le tour á la pomme_, como dice un ocurrente caricaturista de la ciudad del oso y del madroño.

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