Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 6

Chapter 63,994 wordsPublic domain

La impresión que tengo del cha, es que es un señor que se aburre soberanamente, y á quien le importa un comino todo lo que no sean las «cositas» de París, ó las berenjenas con queso ó sin él; á las berenjenas las adora, y en el Elisée-Palace-Hotel, donde vive, y en todo lugar oficial en donde come, hay que servírselas irremisiblemente. Y en cuanto á su manera de pensar sobre el país que hoy le acoge y le festeja, se resume en la única frase de francés que sabe, y que repite para todo: _Joli Paris! Joli Paris!_

A este propósito cuenta un indiscreto la visita que acaba de hacer á su majestad persa el ministro de la Guerra, general André. Lo primero que dijo el cha al ministro, al estrecharle la mano, fué: _Joli Paris! Joli Paris!_ Luego, ya sentados, le señaló una tabaquera incrustada de las indispensables piedras que sabéis, y le dijo en su idioma: _Kerli_, lo cual quiere decir tabaco. Tradujo la palabra el intérprete imperial, Freydoun Montazem Saltanek. El general tomó un cigarrillo, y el gran visir, haciéndose el pillín, como dicen en España, le ofreció fuego en un aparatito eléctrico. El general André encendió, y en ese momento el aparatito se puso á tocar el _Vals des anglais_. Y el cha, que esperaba la sorpresa del general, con los ojos alegres, contentísimo: _Joli Paris! Joli Paris!_

Después, se puso hablar en persa con su ministro en París, el general Nazare-Agha. Y éste tradujo al ministro de la Guerra: que su majestad estaba muy deseoso de conocer el nuevo fusil del Ejército francés, «el fusil con que V. E. acaba de armar tropas».

André se quedó asombradísimo, aún más que con lo de la cajita de música: «No hay ningún fusil nuevo—dijo—. Ya he tenido el honor de mostrar en persona á S. M. nuestro armamento, cuando nos visitó el año pasado.» El cha, á quien se tradujo esa respuesta, pareció no darse bien cuenta de ella; pero para no darse por vencido, se puso un poco serio, y luego, dirigiéndose al ministro, sonriente: _Joli Paris! Joli Paris!_

Como le invitasen á ir á las maniobras, contestó que iría con placer; pero cuando supo que había doce horas de ferrocarril, manifestó que no iría, pues no le place viajar mucho en ferrocarril. No faltó el regalo. Ofreció al general André un estuche con una cigarrera—demás está decirlo—de oro y piedras preciosas, con su cifra grabada. Luego fué la despedida. Antes de partir díjole el general el último oficial cumplimiento. El cha se puso á mirar las muchas condecoraciones de André. Y como viese sobre todas el cordón de la Orden del León y del Sol, su Orden, dijo, señalándosela, en persa: «La Orden del León y del Sol no podría recompensar á un militar más ilustre, á un jefe más valiente, á un ministro más esclarecido.» Y luego, en francés: _Joli Paris! Joli Paris!_ Mouzaffer-ed-Dine es un estimable filósofo.

En el lugar donde ha estado últimamente «en _villegiature_», un quiromante mundano consiguió que el potentado oriental le diese á estudiar su diestra. He aquí el resultado: «La línea de cabeza del soberano es casi nula; sin embargo, es fina como un cabello femenino, é indica aptitudes diplomáticas». La línea del corazón, por el contrario, se desenvuelve majestuosamente, sembrada de islotes, de meandros rojos, que indican pasiones carnales violentas y complicadas. La línea de vida es débil, pero prolongada; días largos y malestares constantes. Su Majestad es glotón—¡aquí de las berenjenas!—y se inclina á hacer trampa en el juego. El Monte de Mercurio tiene un desarrollo normal: si el cha no fuese un poderoso monarca, sería un comerciante de mérito. Pero lo que está sobre todo en su real mano, es la línea de las artes. Entre las manos «conocidas» la del pintor Carolus-Duran, es la que más se le parece. Si el cha pintase, escribiese, triunfaría. Y el cha no lo hace. ¡El cha es un señor muy cuerdo!

No creamos en las quirománticas rayas, ni dejemos de creer. El cha será un gran diplomático natural, y desde luego más culto que su difunto padre, que se limpiaba los dedos, después de comer, en los ricos cortinajes de los palacios en que se le hospedaba. Aunque la diplomacia y la buena educación pueden estar muy desunidas, como en el chino Li-Hung-Chang, de sonora memoria; pero, lo que es el protocolo, gime por él á cada paso. El cha no admite programas, ni disposiciones anteriores. Cada vez que se anuncia que ha de ir á alguna parte, él, en el momento de subir al coche, ó al automóvil, da orden de ir á otra parte. _Il s’en fiche_ de M. Crozier, de M. Mollard, de todo el personal del palacio d’Orsay, y de M. Lépine, con su Policía. Como no habla más que persa, no conversa más que por medio de sus intérpretes, y allá las cosas que les dirá de cuando en cuando. A pesar de la opinión quiromántica, no parece que el rey de reyes sea muy aficionado á las damas. Quizás será que, dueño y señor de tantas, allá en Persia, se encuentra ahito. Sin embargo, ¿cómo no ha de haber encantado su alma de primitivo, su espíritu de Oriente, esta joya humana, este _bijou_ con vida que se llama la parisiense? Yo me figuro que es esa una de las cosas que más le atraen en esta capital de atractivos. _Joli Paris!_

Taciturno, como cansado, lleva este hombre raro su vida de Camaralzamán moderno, contagiado, aunque no tanto como se quisiera, de la enfermedad occidental, de la fiebre de progreso. Trajo diez millones, como dinerito de viaje. Ya se le acabaron. No importa. Pedirá otros diez. Compra todo lo que le gusta; y al bárbaro que hay en él le gusta, como al niño, lo que reluce, lo que hace ruido, lo que sorprende. Compra cajas de música, lámparas eléctricas, juguetes, espadas, bronces, muebles. Compra pájaros disecados, anillos, medallones, escopetas y automóviles. Sobre todo automóviles. Tiene ya como treinta, allá en Teherán. Los compra de todas las marcas. Los regala á sus ministros y á sus amigos. Para su uso particular tiene de los mejores, de los hipogrifos que hacen una enormidad de kilómetros por hora. Se ha llevado á uno de los mejores _chauffeurs_ de París. Cuando sale con él, le dice: «Muy despacio.» Y el imperial _auto_, que es muy cómodo y lujoso, no va más ligero que un carruaje cualquiera. El cha es un sabio.

Mouzaffer-ed-Dine es un sabio; daría seguramente todo lo que tiene por la camisa del hombre feliz. ¡Se aburre! He ahí su mal; no los riñones, ni el estómago. El otro día decía un obrero parisiense al verle pasar: «Le hacen falta cuidados. Si tuviese algunas «molestias», se molestaría menos.» Es la verdad. Tiene la desgracia del hombre á quien no le falta nada. Cuentan que el príncipe imperial, en tiempos de Napoleón III, un día que veía desde las Tullerías jugar á unos niños pobres, bajo la lluvia, dijo á la emperatriz, que acababa de regalarle como presente de Noel una linda y rica colección de juguetes: «Mamá, yo te pediría otra cosa mejor». «¿Qué?» «Déjame ir á meterme descalzo, en ese «hermoso lodo» que hay allí afuera ...» El cha no ha tenido hermosos lodos en su vida. Y ha tenido, en cambio, una existencia de honores continuos y placeres. Su soberbia, su gula, su lujuria, su cólera han estado siempre satisfechas. Es señor de vidas y haciendas. Tiene harén y verdugo. No hay cosa que haya deseado que no la haya tenido inmediatamente. Si no ha tenido la luna, es porque no ha querido. Seguramente no le ha picado nunca un mosquito, ni la pulga del cuento de Víctor Hugo. Hay mil ojos que velan sus sueños y que inspeccionan sus vigilias. El oro y las piedras preciosas no tienen ningún valor para él. El amor le ha sido negado y la voluptuosidad le ha hartado y quebrantado. Alá le ha librado hasta ahora de los babistas que asesinaron á su padre Naser-ed-Dine, y de los anarquistas de otras tierras. Y él se fastidia, se fastidia soberanamente. Viene á París, y el pueblo le aclama, y se siente feliz, y toma una cantidad increíble de naranja y se deleita con la leguminosa consabida. El pueblo parisiense le ve pasar; le escribe cartas pidiendo todo lo que se puede pedir: le grita ¡viva! como á Krüger, como á Ranavalo, como á Cristina, como á la reina de las lavanderas y como á cualquier rey de oros, de copas, de espadas ó de bastos ...

_Joli Paris!_

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DIVAGACIONES SOBRE EL CRIMEN

EL canónigo Rosenberg-Montrose y el banquero Boulain han sucedido en la celebridad de las fuertes estafas á la novelesca madame Humbert.

Un canónigo que roba con la mayor sangre fría á estúpidos corderos, á excelentes devotas, apoyado en la curia romana y ejerciendo de apóstol del bien y de filósofo de una ideal Jerusalén, no es cosa trivial. Así el banquero Boulain queda en segundo término. Es un vulgar _escroc_. Los parisienses tienen con qué entretenerse mientras no haya otro escándalo de mayor fuste.

No hay duda de que esas sonoras fechorías tienen más de cómico que de trágico, con todo y dejar en la miseria á muchos infelices. Lo cómico está en que las víctimas son todas como las del «cuento del tío», engañados que han querido engañar, ó codiciosos que no han visto las orejas del lobo.

Hay, pues, crímenes cómicos; lo que no es fácil aceptar, á pesar de las más bravas paradojas, es que haya crímenes bellos. Quincey, el comedor de opio, escribió un famoso ensayo sobre «El asesinato considerado como una de las bellas artes», que Gómez Carrillo ha hecho conocer en lengua española. Esta estupenda obra de _humour_, está paralela á la memoria de Swift sobre el aprovechamiento antropofágico de los niños. Los artistas en crímenes no existen; talentos criminales sí hay, como sabuesos raros á lo Sherlock Holmes.

Muchos opinan que sí hay crímenes artísticos. Y otros, como Osmont, afirman: Si se coloca uno exclusivamente en el punto de vista de la Moral, no hay, no podría haber ningún bello crimen. Las circunstancias contingentes que pueden dar algún lustre á una acción generalmente culpable, deben aún excitar tanto más horror cuanto que parecen, según la vieja metáfora que todavía le gusta á M. Prud’homme, flores que tapan un abismo. Esta concesión hecha, confesemos—agrega—que hay muy pocas personas que se coloquen en el punto de vista de la moral pura y que allí permanezcan.

Y aquí entra la cuestión del «gusto». Si se permite á alguna estética mezclarse en la moral, el bello crimen existe evidentemente. Sería tan pueril negarlo como escribir—alguien lo ha dicho—que una flor envenenada no es nunca bella. Testigos el radioso acónito, el botón de oro, y entre otros, la digital, de purpurinas flores. Cuando un crimen es de un profundo horror, á que no se mezclan motivos bajos, y que el cuadro en que se produce no perturba la emoción, es cierto, para el lector que no verá el horror directo de la sangre vertida y los gestos de agonía, que una especie de salvaje grandeza se mezcla á la tragedia verdadera y hay quienes aplaudirían como en la escena de un drama bien construído. El reciente drama italiano en que el conde de Bonmartini fué la víctima, es lo que llaman «un bello crimen». ¿Por qué? M. Osmont dirá: Porque la pasión sola, ¡y qué pasión monstruosa!, ha guiado la mano de los asesinos. El espantable riesgo que corrían los culpables, si eran descubiertos, pues un hombre, y sobre todo una mujer de alto rango pierde, al mismo tiempo que la libertad y el honor interior, el respeto de los demás, y ese lujo habitual desde la infancia que llega á ser como una atmósfera; los dramas espantosos que descubre la catástrofe final, todo eso impresiona, desconcierta, turba, agrada aún, de cierta manera. En ese crimen de Bolonia una figura surge que lo domina extrañamente: el senador Murri. Esa virtud romana, ese coraje estoico, no podían producirse sino en una circunstancia semejante, desmesurada en nuestros menguados tiempos. Y como conviene en un drama en que la justicia eterna parece intervenir, el crimen tendrá su castigo y la virtud encontrará su recompensa en el cumplimiento de su deber terrible. Pues—y esto para contestar á la probable objeción—nadie, pienso, admira el «bello crimen» en sí. Es una imagen de tintes violentos, un drama conmovedor. Su relación puede hacer una impresión estética. ¿Quién no ha admirado con espanto los cuadros de tortura de los pintores españoles y las pesadillas de Goya? No quiero hablar del asesinato político. Aquí un elemento nuevo aparece: la fe. Eso basta para elevar el acto al sacrificio. Con todo aun conviniendo en la existencia del «bello crimen», hay que decir que es un espectáculo muy lamentable, y que no es una escuela de la cual se deban formar cerebros y corazones. Así, admirando en un libro, ó en un diario, ocasionalmente, el crimen de Bolonia, me parece que los crímenes, bellos ó no, ocupan demasiado lugar en el periodismo y en la literatura. Ensangrientan cada página y perpetúan en el pueblo la concepción byroniana de la sublimidad del crimen y la elegancia de la desesperación. Se debería también mostrar la virtud, dejarla ver como es, de una belleza superior. Las ideas de Osmont, me seducen más, lo confieso, que las originalidades estéticas y las desviaciones de la sensibilidad. El erudito Tomás de Quincey, «que á los quince años componía odas en griego y á los veinte había leído todos los libros antiguos», me parece que no andaba muy bien de la cabeza, con perdón de las opiniones de Baudelaire—otro que tal—y de mi amigo Carrillo.

No me meteré con los nietzscheanos; pero sí me referiré á los que, como M. Colah, en la cuestión opinan que á la palabra héroe se le puede dar un obscuro reverso. Ciertamente, dice dicho señor, desde el punto de vista filosófico y moral el crimen es indigno de admiración; pero la imaginación, ante el éxito de ciertas hazañas malas, cae en un estado que no es otro que la admiración. Admiráis un héroe cualquiera por su audacia, la habilidad que ha empleado para franquear lo infranqueable, el desprecio del peligro que ha mostrado en el cumplimiento de un acto de abnegación patriótica ó social. Es porque el asesino obra antimoralmente, que el valor evidente, las mañas increíbles, la insensata audacia, la terrible temeridad, las mil dificultades que deben, en fin, componer un «bello crimen» y que se ha llegado á dominar, ¿no son, por su asombroso éxito, dignas de un héroe? ¡Es un héroe de la mala causa, pero un héroe! Lo que admiráis no es el desenlance, la escena final, sino las complicaciones casi borradas, los peligros casi apartados, que preceden. Pues un «bello crimen» debe ser seguramente trabajado, combinado, reflexionado, sabiamente premeditado, y, sin embargo, trae después combinaciones cuyo triunfo es más ó menos aleatorio. Un drama de la miseria, el triste fin de un idilio amoroso, el resultado trágico de una escena de celos, no pueden dar lugar á un «bello crimen», atendido que puede ser cometido bajo la presión y la ceguedad de la desesperación, de la cólera ó de la pasión.

Antes que M. Colah, J. J. Weiss, en el tercer tomo de sus _Annales de Théatre_, ha escrito á propósito del viejo melodrama _Fualdes_: «Para el bello crimen, es necesario que el personaje criminal obre por temperamento y no por impulso fortuito y singular. Es necesario además que los detalles innobles que acompañan casi siempre un asesinato, sean excusados de algún modo de su ignominia, porque la casualidad los ha disputado de manera tal, que parecen un esfuerzo del arte y como un contraste creado y arreglado por una retórica misteriosa de las cosas. Es preciso que la culpabilidad sea demostrada hasta la evidencia y que, sin embargo, se cierna sobre los motivos y sobre la ejecución del crimen un resto de misterio que se querrá siempre penetrar y que no se logrará nunca. Es necesario que los indiferentes hayan sido mezclados á la historia de ese crimen, que no les toca de ninguna manera, por algún incidente trivial, por algún juego cruel de la suerte que inquietará la existencia, á ellos mismos, por un tiempo, ó por toda la vida. Es preciso, si es posible, que toda una ciudad, ó toda una clase de la sociedad sea conmovida y turbada. Es preciso ... sería cuento de nunca acabar». El buen sentido de aquel crítico teatral que tenía mucho talento, salta á la vista.

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No, no hay crímenes bellos, sino ante la filosofía de la crueldad y ante las razones del egoísmo, por más estéticos que sean. No hay crímenes bellos, como no hay enfermedades bellas.

Solamente los médicos encuentran «hermosas llagas» y «lindos casos». Hay artistas criminales, como Benvenuto, y enfermos, como el autor de las _Flores del Mal_, que dan razón á las nuevas teorías de los filósofos del delito.

En cuanto á la delincuencia bufa y á los crímenes cómicos, son indiscutibles. Los criminales de la estofa de la señora Humbert y del canónigo Rosenberg aguardan el libreto del vaudeville y son puestos en solfa. Son tipos que hacen resaltar los lados grotescos y malignamente burlones de la criatura humana. Su obra gira alrededor de las concupiscencias y de las avaricias. Cierto es que muchos inocentes caen en sus garras; pero en la piel de cada cordero inocente hay con mucha frecuencia, en el mundo de los negocios, el alma de un pícaro lobo. París, como Nueva York, como Londres, como Buenos Aires, dan albergue y vasto campo á los Carlo Lanza, á los Arton, á los Boulain, á los Humbert-D’Aurignac. La última obra del antiguo jefe de Policía Macé, es rica en enseñanzas á este respecto.

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En el crimen cómico suele haber sangre, como consecuencia; pero lo que más hay, es oro; el oro de los engañados, evaporado en las cajas de los engañadores. Luego, la mayoría aplaude, ríe, está casi de parte de los hábiles burladores ... «¡Ah!—decían algunos—¡Mme. Humbert es la mujer más grande que la Francia ha producido, Juana de Arco comprendida! ¡Habría que elevarle una estatua!» Y hay más que lástima, sonrisas para los embaucados. Y es que se cultiva, más ó menos, el arte de engañar.

He oído contar lo siguiente: «Hace poco, unos muebles Imperio, puestos en depósito en un hotel célebre, por un tapicero de mala fe, han sido vendidos para América por una fuerte suma.—¡El _mobilier_ de la emperatriz Josefina—decía una _réclame_—, histórico, herencia de familia», etc.! El _mobilier_ de la emperatriz venía de la calle de la Pépinière. Un marqués ha cobrado una buena comisión, y un periodista otra. Esas son prácticas corrientes. Se sonríe con indulgencia ... Desgraciadamente, el «americano» se hace raro ... Comienza á desconfiar.

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[Ilustración: LIBRO II]

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BAMBINI DE SUFRIMIENTO

QUISIERA dedicar estas líneas á los niños italianos del Río de la Plata; pero diré en ellas algunas cosas que sus inocentes espíritus no podrían comprender y que sus frescos corazones no deben saber. A los corazones de sus padres hablaré, á los espíritus de sus padres me dirigiré.

Hace ya mucho frío, á la entrada de este invierno, que se anuncia el más fuerte y cruel, dicen los sabios, que desde hace cincuenta años haya habido. Una noche de éstas, en que el aire sopla, flagelando, por el puente del Louvre, sobre el Sena, que refleja el oro y sangre de las luces amarillas y rojas, fantasmales á través de la neblina, sentí que corría tras de mí una vocecilla tímida: _Mosiú, mosiú!_ ... Se acercó un pequeño punto blanco, que tenía en los brazos otros bultitos blancos. La luz del próximo farol me hizo ver que el bulto era un pobre niño y los bultitos estatuítas y figuras de yeso. Su francés, sus ojos, su cara, su vivacidad, su mercancía, decían de dónde era el infantil vendedor que iba desabrigado, en la bruma y el frío, en busca de unos cuantos céntimos. Era una de tantas víctimas de la trata de niños, más horrible que la trata de mujeres; era uno de esos infelices de los rebaños de exportación en que Italia ha tenido desde antaño triste privilegio.

Ya le habían enseñado á mentir.—_Combien?_—_Si fran._ Le di unos _sous_ y le dejé perderse en la noche parisiense.

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He visto más; he visto lo que creía que ya no existía sino en los viejos cuadros, en los viejos grabados: he visto en ciertos barrios de París el antiguo _pifferraro_ y el organillo y la mona vestida de colorines, y la linda italianica, ya casi púber, que danza al són del violín y recoge después en un plato las limosnas de los curiosos. Y existen aún, aunque en menor escala que antes, los saboyanitos de los melodramas y de las romanzas. Y el horrible mercado de la prostitución pueril, la importación de niñas, por inicuos proxenetas de ambos sexos, que no temen exhibir su especialidad en pleno bulevar. Pero no trato de este tópico, en que actualmente la Policía se ocupa, y los miembros de la liga—¡quizá inútil!—de la moral urbana. Eso pertenece á la «trata de blancas», denominación que un japonés amigo mío encuentra, con justicia, exclusiva, «pues de mi país y de la China se ha exportado mucha carne amarilla á los Estados Unidos y á otras partes». Me circunscribo, pues, únicamente, á la explotación de niños italianos que aquí se hace, y contra la cual, felizmente, acaba de formarse una asociación que ojalá encuentre apoyo en todas partes en donde se encuentre unun alma italiana, ó que abrigue simpatía por Italia. Por esto, si estas líneas mías lograsen producir algún buen movimiento entre vosotros—¡así fuese el de mis lectores!—quedaría más satisfecho de ellas, que de un bello poema ó una hermosa página literaria.

No hay nada más horrible que la esclavitud de estos _bambini_; no hay nada más lastimoso que la existencia de martirios que les hacen padecer los hombres viles que les tratan como á bestias productoras. ¿Qué digo? Peor que á los perros. Esta infamia habría continuado sin ser advertida por la generalidad, si el Sr. Paulucci di Calboli, secretario de la Embajada italiana de París, no hubiese llamado la atención en artículos publicados en importantes revistas. A él, pues, y á otros hombres de corazón y buena voluntad, se debe que ahora se trate de favorecer la suerte de esos niños, florida carne itálica, flores de sangre latina que, si escapan de una muerte casi segura, es para caer en poco tiempo en la degradación de todos los vicios y en la posibilidad de todos los crímenes. Después se dice: El asesino Tal, italiano; el asesino Cual, italiano. ¡Es claro!

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Los mercaderes de sangre y carne humana van á las pobres aldeas lombardas, á todos los lugares de la Romaña, á todas las provincias del Mediodía, en busca del productivo _gibier_. Les visten de harapos, los acuestan sobre la paja, como animales, con abrigo insuficiente, y les dan de comer bazofias inmundas compradas por nada, ó simplemente patatas cocidas, ó fritas en grasas innominables, atroces polentas, ó pan solo á veces, duro é incomible. Luego los mandan á vender las estatuítas, y les señalan una cantidad «que irremisiblemente deben traer» por la noche, so pena de recibir azotes y bofetadas. La escena es igual á la que en su novela _Sin Familia_ pinta Héctor Malot. Donde dice musiquitos, poned vendedores, y es lo mismo.

Es en un desván de la calle Lourcine, alrededor de una parrilla en que hierve una olla, cerrada con un candado para que los niños no puedan intentar calmar su hambre. Los musiquitos entran, depositan arpas, violines y flautas. Garofoli, el _padrone_, los hace ponerse en fila delante de él: «Ahora, á arreglar cuentas, angelitos—dice, y á una seña, un niño se acerca—. Tú me debes un _sou_ de ayer, y me has prometido dármelo hoy: ¿Cuánto me traes?» El niño vacila largo tiempo antes de responder; se pone rojo. «Me falta un _sou_.» «¡Ah!, te falta un _sou_, ¿y me lo dices tan tranquilo?» «No es el _sou_ de ayer, es uno para hoy.» «Entonces son dos _sous_. ¿Sabes que no he visto otro como tú?» «No tengo culpa.» «Dejémonos de tonterías, bien conoces la regla: quítate la blusita: dos golpes por ayer y dos por hoy, y además nada de patatas, por tu audacia. Ricardo, toma el azote ...» Y Ricardo toma su azote de cabo corto, que termina en correas de cuero con gruesos nudos.