Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 5

Chapter 53,878 wordsPublic domain

Todo el mundo sabe quién fué el rey Milano, el gordo calaverón que hacía el monarca sin trono en París, gastando estúpidamente el dinero del pueblo serbio, el tunante de bar y círculo, equívoco jugador, innoble bebedor, que pagaba á 180 francos la botella de vinos malos y andaba de conquistador entre pelanduscas y suripantas, gozosas de morganáticos afectos. Todos saben cómo vivió y murió el marido de la reina Natalia. Y por la herencia física y moral que dejara á ese pobre y nulo muchacho, que han despedazado los conjurados en el Konak, es Milano el primer culpable de la tragedia sangrienta que deja á los Obrenovich sin cabeza para una corona, á no ser que empiecen á aparecer hijos de Milano por todas partes, y entonces serán cabezas de nunca acabar. Milano, con sus vicios, por un lado; Natalia, por otro, con su orgullo; el joven Alejandro, que no tenía nada que agradecer á la Naturaleza, recibió una educación precaria, se desarrolló sin afecciones; apenas su adolescencia despierta, es la dama de honor de su madre, la hábil Draga, la que le domina con la más irascible de las dominaciones. Con el vergonzoso ejemplo paternal quiere una vez el rey gobernar y reinar, al par que imponer á su pueblo los caprichos de la barragana elevada al trono, caprichos de burguesa endiosada y vengativa. ¡La desventurada mujer apenas tiene la excusa de haber sido muy hermosa! Se citan, á propósito de ella, estos versos terribles de Villiers de I’Isle Adam:

C’est la femme qu’on aime cause de la nuit el ceux qui l’ont conue en parlent á voix basse.

Hay también, como en Villiers y como en Elemir Bourges, negras intrigas y emponzoñados complots que un día tendrán que estallar, por los antiguos amantes olvidados y las rivalidades celosas y las vanidades heridas. Para mayores complicaciones, la antigua dama de honor había de ser infecunda. Y las naciones presenciaban la comedia grotesca de un embarazo falso y una paternidad despechada. El rey vulgar, casi imbécil, se divertía con aparatitos que imitaban el burro, el perro, el gato y el cerdo. Era una _gaga_ joven, ó un joven _gaga_. No supo halagar á ningún partido, ni formarse un sostén seguro. No tenía más apoyo que los brazos blancos de Draga. Así, llega la noche de los asesinatos. El más verídico de los narradores de esa noche horrible cuenta de esta manera: «Doscientos ó doscientos cincuenta oficiales estaban en el complot. Se trataba de penetrar al palacio, cuyo servicio de guardia—hasta el matrimonio—fué hecho por tropas ordinarias. Desde el advenimiento de Draga el rey había formado dos regimientos de tropas escogidas, á pie y á caballo. Precaución inútil ... En la noche del miércoles los oficiales conspiradores esperan la hora propicia en el club ó en sus casas. Se bebe, se bebe mucho. Se excitan. Se canta, por irrisión, canciones en honor del rey y de la reina. Un poco antes de las dos de la mañana los oficiales van á los cuarteles á buscar á sus hombres».

El teniente coronel Michitch y el comandante Luca Lazarevitch están entre los más resueltos. A las dos el palacio real es rodeado por el 6.º regimiento de Infantería, algunos destacamentos del 7.º y del 8.º, los oficiales del curso superior de la Escuela Militar y tres baterías del 4.º regimiento de Artillería. Se deja á las tropas á alguna distancia, y 40 oficiales se presentan á una de las rejas del palacio real. Es la puerta de entrada que se usa para ir al Konak cuando se llega por la calle Milano. Se sigue la avenida y se entra al palacio por una gran puerta, cerca de la cual hay oficiales de guardia y gentes del servicio. La primera puerta es franqueada sin dificultad por los conjurados; cómplices la habían dejado abierta. La segunda debe abrirla Naumovitch.—Naumovitch es uno de los oficiales en cuya fidelidad reposa la seguridad de los reyes: ha prometido traicionar. Pero cuando los oficiales se presentan en la segunda puerta, Naumovitch no está. Sin duda duerme. No se le esperará. Los conjurados, precavidos, llevan dinamita. La dinamita no sirve de gran cosa, y el segundo cartucho mata al traidor Naumovitch, que llega. Milkovitch, capitán fiel, se despierta, hace frente, y lo matan. El Konak está en tinieblas. La dinamita ha cortado los hilos eléctricos. Se encienden algunas bujías. Petrovich, ayudante del rey, es también muerto. Fijaos en estos detalles:

«Los conjurados piden á Petrovich que les guíe á la cámara real. Él parlamenta, para ganar tiempo. Pero los oficiales no se dejan distraer. La luz de las bujías sube por la gran escalera y se esparce en los salones del primer piso. Las hachas, los sables desnudos, muerden al paso los muebles preciosos. La rabia de los asesinos, en esa obscuridad horadada de llamas pálidas y temblorosas, se manifiesta con los objetos inanimados. Petrovich cae, gritando, junto á la cámara real. Y el rey y la reina, que han oído el ruido sordo de la dinamita, los pasos precipitados de los oficiales en el _hall_, los primeros tiros, la subida por la escalera, la pueril batalla contra los sillones desventrados, el rey y la reina han podido percibir, última advertencia, el ronquido agónico de Petrovich. La puerta de la cámara real ha cedido al hacha. El lecho está vacío, el cuarto vacío. Momento de terrible angustia para los asesinos. ¿Si los reyes han podido huir? Buscan, alumbran debajo de la cama, en los rincones, tocan los muros. El silencio de esta rebusca angustiosa es roto por un grito de triunfo».

Bajo una vasta colgadura, en el fondo de la cámara, enfrente del gran lecho, un oficial acaba de descubrir una puerta disimulada. Es una especie de aposento con armarios para _toilette_ de la reina. En el rincón de la izquierda, el rey y Draga vivirán aún algunos instantes, pues casi todas las velas se han apagado. Están vestidos con sus camisas de noche. Hacen frente á los matadores. Luego, los balazos y los sables que cortan las carnes. Hay tres pequeñas ventanas en la pieza en que muere la dinastía de los Obrenovitch. Draga se asoma y grita: «¡Socorro!» Los gritos se pierden en el silencio; pero un rayo del alba viene á alumbrar el fin del drama. Mueren.

Y el rey, ese rey cuasi imbécil, ha tenido un bello gesto de muerte: «Quiero que se me deje morir con Draga en mis brazos.» Y en sus brazos blancos, de amor y vicio, muere. La soldadesca ebria arroja los cadáveres desnudos por una ventana. Es un instante en que reviven escenas del bajo imperio. Los dos hermanos de Draga mueren también sin bajeza. Piden fumar un cigarrillo cuando los van á fusilar: lo fuman, se besan, y entran en la muerte. Y el día alumbra la sangre y la venganza. Las músicas militares tocan por las calles y plazas, mientras la ciencia llega á revolver los cadáveres y á revelar, con el bisturí, en Alejandro: «Degeneración é infiltración grasosa del corazón; degeneración grasosa del hígado; cráneo espeso, de trece milímetros; espesor precoz de las meninges, con petrificación parcial; la duramater del lado derecho pegada á la píamater ...»; y en Draga la bella: «Comienzos de tisis cicatrizados; cuerpos fibrosos», etcétera; antiguas máculas, viejas miserias de enfermedad. ¡Triste y miserable y doloroso cuadro!

La oración fúnebre es de un soldado, y es también digna de Shakespeare. El soldado es un rudo gañán serbio, que lavó el cuerpo. Dijo:

«—¡Estaba bella en la muerte!»

* * * * *

Entretanto, un rey nuevo, flamante, es proclamado. Pedro I, burgués de Ginebra, va á hacerse cargo de la corona serbia.

Y en París, como en el bello libro de Daudet, vive la familia de los Karageorgevitch, que entra á Belgrado en triunfo. Y hay un príncipe Bodjjar, artista, soñador y artífice, que tienen amigos poetas, que fabrica bellos anillos, esculpe hermosos bustos y hace encuadernaciones de gran valor. Y hay un príncipe Arsenio, que tiene sus amigos entre los trasnochadores de los _bars_ de lujo, que juega y tira el dinero, que bebe en compañía de inútiles mundanos y de cocotas el _cocktail_ áspero y el amable champaña; y que, cuando entró al _bar_ de la calle Helder el día de la gran noticia, fué saludado alteza por la clientela, entre taponazos y banderas serbias.

—¡Brindo por tus treinta y cinco millones!—dijo una de las alegres muchachas de á tantos luises.

Y sonreía el príncipe del _bar_.

Pero es que tú, lector, ¿irías tranquilamente á vivir al Konak?

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REYES Y CARTAS POSTALES

LA tarjeta postal, en estos momentos, es una de las más animadas expresiones de la actualidad. Sus comentarios gráficos de los más notables sucesos serán más tarde inapreciables documentos. Pintan el estado de ánimo, el humor, la opinión de la generalidad. Con motivo del viaje de los reyes de Italia, ha habido una abundancia de tarjetas que no se ha visto en otras ocasiones, ni cuando la llegada del rey de Inglaterra, que se prestó á muchas ocurrencias y juguetes de ingenio. Sin pretender á las hábiles tareas de un John Grand Carteret, ó de un Octave Uzanne, procuraré daros una idea de ello en este «tímido ensayo», que me atrevo á llamar filatélico.

Desde el anuncio de la visita de Vittorio Emanuele y Elena, aparecieron las primeras tarjetas, junto con las primeras canciones y el himno real italiano. Eran simples retratos y caricaturas con el vulgar motivo parisiense de _Viens, Poupoule_ ... Puede decirse que no había en el pueblo una completa idea de la transcendencia del acercamiento de los dos jefes de Estado. La Prensa aclaró las cosas, y entonces, los autores de tarjetas, ilustrados por los periodistas, comentaron é ilustraron á su vez el acontecimiento. Cuando los reyes llegaron circuló ya una buena cantidad, y en los días de su permanencia la venta fué crecidísima. Pueden dividirse en tres clases las tarjetas:

Primera. Las que representan retratos solos, ó retratos con alegorías.

Segunda. Las que se refieren simplemente á la llegada de los soberanos y caricaturizan cosas municipales y nacionales.

Tercera. Las que, llenas de intención, entran en la política exterior. Os expondré unas y otras.

* * * * *

Las primeras son copiosas, copiosísimas. Una se compone de dos banderas, italiana y francesa, con los respectivos retratos de Vittorio Emanuele y M. Loubet. Y bajo ellos unos compases de la Marcha Real y de la Marsellesa.

Otra: bandera italiana, vivos colores. En el centro, entre dos escudos ornados de olivo, y coronados por la corona real, los soberanos. Abajo, compases de la Marcha Real.

Chillona, ultrapopular, otra, entre el escudo italiano y otro con la R. F. enlazadas sobre haces y dos banderas francesas, una pintoresca Italia, de faldas rojas y corpiño verde y una no menos pintoresca Francia, de falda verde, corpiño rojo y gorro frigio, con el pabellón, se dan la mano sobre el retrato pésimo del rey. Abajo: «París, Octubre 1903.»

Otra _criarde_: sobre un vago continente, en que se distinguen bien la bota de Italia y Francia, flotan dos grandes pabellones, y sobre los dos grandes pabellones, un águila con las alas abiertas y una corona de olivo en el pico, une las dos astas. Retratos de Loubet y Vittorio Emanuele, bajo una composición blanco y negro, que representa un paisaje, una villa y tres soldados de la guerra de Italia. Arriba: «1859» y á un lado: «Solferino, Magenta.»

Retratos de los reyes y M. Loubet, armas de Italia, una testa de león, y, sobre todo, abrazadas las dos naciones hermanas, que semejan dos modistillas. El presidente y el rey. A un lado, armas de Saboya, corona, haces, ramo de olivo, monograma de la República Francesa, y arriba el gallo galo, lanzando un orgulloso cocorocó. En el fondo, sobre un resplandor solar, _Liberté_, _Egalité_, _Fraternité_. Hay otra con idéntico motivo, pero con distinta colocación de detalles. Un rey y un presidente, en altorrelieve coloreado, y que parecen _bons-hommes_ de pim pam pum, se estrechan seriamente la diestra. Arriba, los correspondientes escudos. Un lamentable busto del monarca, entre dos banderas de las sororales naciones, sufre el aspergeo de flores de una República de buenas carnes. En el zócalo: «A Víctor Emanuel—Octubre 1903.»

—Retratos del rey, la reina y el presidente, sobre un confuso dibujo que significa á M. Loubet presentando á la reina á las mujeres de Francia. Esto entre dos muñecas que asen sendos ramos de olivo. Leyenda: _Dediée par les fammes de France.—A sa majesté.—La reine d’Italie._

No cuento los innumerables clisés fotográficos reproducidos, con la figura de sus majestades, como los de Toppo, de Nápoles, y Brogi, de Florencia; y los bustos, con escultograbado. Pero ellos han popularizado la imagen del rey, y hecho admirar la belleza de esa reina, por todos puntos encantadora.

Las que se refieren á la llegada de los soberanos son asimismo variadísimas, aunque, por lo común, de muy escaso mérito; pero repito que se trata de expresiones populares, y no de trabajos artísticos. En una, de movimiento, tirando de un cartoncito, M. Loubet, que está ante el tren real, en compañía de M. Combes y del general André, se inclina en un respetuoso saludo, mientras aparece el rey por una portezuela, y un letrero en otra: «Viva Víctor Emanuel III.» En otra, tirando del susodicho cartoncito, rey y presidente se saludan y se dan un abrazo.

Hay una _scie_ reciente, en París, tan tonta como todas: _T’en as un oeil!_ Eso no quiere decir nada y se aplica para todo. Es un término de compadrería parisiense. He aquí una tarjeta que se llama _T’en as un Macaroni_. La cabeza real surge de un montón decorativo de _macarroni_. _C’est bete_; pero á la gente le gusta. Una serie presenta la llegada, la rue Royale, en Versalles, la comida de gala, y la revista, en muy feos monos pintarrajeados. No hay ni gracia, ni intención, ni nada; pero eso se vende. El automovilismo tiene su parte. _Rome-Paris—Plus d’Alpes!_ Eso indica un camino nevado, en la cordillera alpina, y un grupo de aldeanos que saludan al paso de un _auto_ en que viene el deseado Vittorio Emanuel. Es un fotograbado. En otro automóvil, y parodiando el número sensacional de un ciclista de café-concert—«la flecha humana»—llegan los reyes por un plano inclinado, á dar el gran salto. El presidente, risueño, les espera con los brazos abiertos, teniendo al lado un contrahecho Delcassé. Eso se llama _La fleche royal_. Y la aerostación: en dos globos, sobre barquillas de fantasía, y en trajes chillones, presidente y presidenta, rey y reina, contemplan una revista de tropas.

Hay otras, sin mayor chiste, que circulan también en profusión. Vittorio Emanuel desciende del tren, con dos cajas de _macarroni_ y su valija, y el presidente le sale al encuentro, con un Delcassé chico que le tira de los faldones, y un general André largo, que lleva una botella de pernod. Abajo: _Viens, totor, viens_, y, _T’en as un oeil_. Menos mal hecha otra, ofrece á un Delcassé marmitón ante una cazuela de _macarroni_, de la cual saca dos que rematan en las testas del rey y del presidente. Ese está bautizado: _La bonne cuisine_.

Conocida es la sonrisa habitual del jefe de la República francesa. Helo aquí, recibiendo en la estación al amado primo, que llega vestido de bersaglieri, y como le encuentra más sonriente aún que él: _Ah mince alors! Tu l’as le sourire!!_ Tras el presidente, Delcassé, amarillo, le lleva el sombrero, y André, negro y rojo, presenta la espada.

No podía dejar de aparecer el cuento de la tiara de Sait Aphernes. En una tarjeta, al darse la mano, le dice el rey á M. Loubet:—_¡T’en as une tiare!_ En efecto: el excelente señor está casqueado de oro con el famoso artefacto.

No falta el Loubet vestido de mujer, en las rodillas del rey, abanicándole con el abanico de la Paz, mientras él se fuma un gordo habano. El autor de la caricatura ignora que el rey de Italia no fuma.

Aquí M. Loubet recibe al rey y á la reina; Delcassé lleva la cola del traje real. André sonríe. Y arriba inscripciones: «¡Evviva Francia! ¡Evviva Italia! ¡Evviva Napoli! ¡Evviva Garibaldi!» Lepine, con un gran palo, guarda el orden ...

Ved ésta: el rey, con su gran penacho, va á ver á M. Combes: _Pour vous ma premiére visite: merci mille fois, mon cher, de mavoir envoyé les Chartreux. C’est un tresor inespére pour l’Italie, et pour moi!_ En otra, dos muchachonas mal esculpidas, portando las banderas de los dos países, se dan la mano, bajo una estrella de oro y la inscripción: _L’aliance latine_. Y como no falta aquí lo _rigoló_ y todo es con la mejor intención del mundo, hay una _carte postale_ en que sus majestades, en el Jardín de París, se lucen en un _chahut_ desenfrenado.

Y pues de danza hablamos, ved las que á la danza se refieren: M. Loubet y el rey, entre los escudos nacionales, bailan el _cake-walk_. M. Loubet y el rey, mientras Delcassé pistonea sobre un plato de suculenta pasta, bailan otro _cake-walk_, ente espirales «macarrónicas».—_L’invitation á la valse_: Unos cuantos niños se divierten. Dos bailan y tres ven bailar. Demás decir que los que bailan son presidente y rey. Nicolás mira con envidia; Eduardo, con asombro. Allá, medio escondido, asomando la cara, con envidia, está el niño Guillermo. Está bien compuesta. Se diría una página de _Caras y Caretas_.—Otra danza: el presidente, que, como se sabe, es de Montelimar, hace un vis á vis con Vittorio Emanuel. El uno lleva una caja de _nougat_ y el otro un plato de la pasta nacional.—En otra, al son que tocan sus respectivos cancilleres, Loubet-Francia, pandereta en mano, hace pareja con el rey, alegre. Eso es el «Concierto franco-italiano» «¡Evviva la Francia! ¡Evviva la Italia!» «¡Evviva Vittorio Emanuele! ¡Evviva Loubet!»

En la _danse du nougat_ el rey baila malabareando con los paquetes de _nougat_ que le tira su consorte, y del cual Delcassé, vestido de egipcio, sostiene un gran plato. El presidente toca el violín.—_Penses-tu? Penses-tu? Penses-tu? Qu’ca reussisse?..._ La pregunta es intencionada, ante otro _cake-walk_ político que la reina contempla. En otro dibujo aparece ya Rusia. El presidente, el rey y el zar danzan en ronda. En otra, Delcassé, los pies para arriba, está junto á los dos grandes y buenos amigos, que se agitan en un paso de _quadrille_. Y en otra, Inglaterra toma también parte, y cada cual baila su són: Víctor la tarantela, Nicolás una difícil gimnasia nacional, Eduardo la gigue, y Loubet ... el _cake-walk_.

He aquí: mientras una espesa Mariana se lanza á una audaz coreografía, Víctor la solicita: _Viens Poupoule!_ Y ya en otra tarjeta, la tiene asida del talle:—_Encore un baiser, veux tu bien?—Un baiser, n’negage á rien....?_ El autor de estas dos últimas debe ser español, al menos de origen, pues firma Morales.

Por último, _Le cercle de la vie_: el rey y el presidente, en bicicleta, mientras Delcassé les contempla, realizan la peligrosa suerte que en un _music-hall_ se llama «el círculo de la muerte». Y la que representa á Loubet, de gallo, ante sus majestades. Loubet: «¡Qué grata sorpresa!» Emanuel: «Su majestad ha querido conocer vuestra fina sonrisa.» Y á un lado, Eduardo:—_Ah, ce qu’on rigole á París!_ Y allá lejos, como un rey salvaje, el emperador del Sahara:—_Moi, s’il m’invite, je n’irai pas!_

Para concluir he dejado las más picantes é incisas. En una, M. Loubet, disputado por Eduardo, Víctor, Nicolás y Guillermo; uno le tira por un brazo, otro por otro, y los demás por los faldones del frac: _Decidement, on se m’arrache!_ La «Nueva Tríplice» es un hombre de tres cabezas, las de Víctor, Loubet y Eduardo. Cerca el zar mira admirado; y allá, en el fondo, Guillermo, cruzado de brazos, contempla afligido, y tras él Francisco José no sabe qué hacer.

Una muy epigramática: El zar, _knut_ en mano, lee las noticias de París, y exclama: _Je tremble! Qu’Emmanuel ne lui fasse un emprunt; j’en ai tant besoin!_

En «El eclipse» se interpone entre Loubet, por quien es atraído, y Guillermo, que le quiere detener por los pies, el rey de Italia.

Proclamando que la unión hace la fuerza, se ven otra, junto á Loubet y el zar juntos, Eduardo y Víctor Manuel, que llegan á juntarse; y allá lejos, saludando militarmente, ¿por qué no?, acude Alfonso XIII. «Querido, lo siento mucho; pero os tengo que dejar á la puerta.» Quien así habla es el rey de Italia, con su aliado y amigo el emperador alemán. Allá en la frontera, tras los Alpes, saca la cabeza Loubet, que aguarda.

Dos macabras: En tanto que el tren va camino de París, al dejar Modane, surge ante el rey italiano un espectro, como otra vez el de Jesús ante Pedro:—_Quo vadis, Emanuele?_ Y en otra que se llama «La pesadilla de ultratumba», Crispi y Bismarck se alzan de su sepulcro, ante Víctor y Loubet, que de buen humor les gritan:—_Ohé, Crispi! t’en sa fait une gaffe! Ohé, Bismarck, t’en as un oeil!_

Y la que puede dar la _mot de la fin_:

Víctor Manuel vuelve de París y se encuentra con su amigo Guillermo: «¡Dichoso tú, primo! ¿Cuándo me toca á mi?...»

Hay más filosofía que la que se cree en esos pedacitos de cartón.

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JOLI PARIS

UNO de los primeros libros que despertaron mi imaginación de niño: las _Mil y una noches_. Uno de los preferidos libros, que actualmente releo con invariable complacencia: las _Mil y una noches_. Antes leía la única versión española, aún más expurgada y traidora que la francesa de Galand; hoy me recreo con la literal de Mardrus, en su libertad de verbo y figura y su prestigio oriental, tan maravillosamente transpuesto. Allí concebí primeramente la verdadera realeza, la absoluta, la esplendorosa. Allí se me aparecieron, allí—y en los «nacimientos» ó «presepios», con Melchor, Gaspar y Baltasar—los verdaderos reyes, los reyes de los cuentos que empiezan: «Este era un rey ...»

Reyes de Oriente, magos extraordinarios; reyes que tienen jardines donde vagan libres leones y panteras, y en que hay pájaros de dulce encanto en jaulas de oro ... Reyes con tantas mujeres como el rey Salomón, y piedras preciosas como huevos de paloma, y esclavos negros que cortan cabezas, y pipas en que humean tabacos que huelen á esencia de rosa ... Reyes que se parecían al belga Leopoldo como un clavel á un cepillo de dientes, ó un pavo real á un impermeable.

El original y picante Luis Bonafoux cuenta, en una de sus impagables crónicas, su desilusión cuando el rey de Siam, no sé en dónde, le preguntó apurado por cierto lugar ... _Si non é vero_, está muy bien contado. A mí no me ha preguntado por nada el cha de Persia, _Mouzaffer-ed-Dine_, pero le he visto varias veces, con su levita, su gorro, sus diamantes, sus bigotes largos y grises, y su cara de fastidiado, de muy fastidiado; y confieso que me ha destruído una ilusión más. No importa que se describa en los periódicos el trono suyo de Teherán, todo de oro y pedrería, y un pavo real también hecho de oro y gemas luminosas; ni la esfera en oro macizo en que los mares están representados por innumerables esmeraldas, el Africa por rubíes, la Persia en turquesas, Francia é Inglaterra por diamantes, y los otros países por diferentes piedras preciosas; sin saber que cuando da una audiencia—siempre allá en Teherán—ofrece en una caja rubíes, zafiros, esmeraldas, diamantes, perlas, turquesas, como quien da un cigarrillo ó una pastilla. Cuando le he visto, se me ha parecido á todo menos á un «rey de reyes», como sus antecesores y mis ilustres tocayos los Daríos, más ó menos ocos ó codomanos, pero admirables en el prestigio de su poética gloria y en la grandeza semidivina de las leyendas. Gracias á los Dieulafoy podemos admirar en el Louvre aquella civilización ostentosa y potente, bajo aquellos conquistadores de la India, vencedores del macedón y del tracio, que no iban á tomar curas en los Contrexeville de la época.