Parisiana Obras Completas, Vol. V
Part 4
«Después de la ejecución de los desertores, tres artilleros de los más famosos recibieron cada uno treinta golpes de _schlague_. Yo soporté á maravilla esa dolorosa prueba; así, el cabo encargado de observar nuestra conducta estaba muy satisfecho de mí, y gracias á una fingida impasibilidad se me pasó en un momento del papel de los espectadores al de los actores. Como bien se calculará, tuve que mostrarme reconocido por tanto honor: ¡ser llamado á pegarle á mis camaradas al lado de aquellos orgullosos _grognards_ que habían ayudado á derrocar el trono de Napoleón! No pude, sin embargo, no pude siempre dominar por completo mis sentimientos; ¡que el emperador me perdone!, le he robado más de un azote, en las mismas barbas del cabo. Recuerdo á este propósito que uno de mis camaradas, en un falso golpe hirió en la cara al cabo, y fué condenado por esa imprudencia á cincuenta golpes de _schlague_; pero el cabo perdió la nariz.» Muchos más detalles contiene esa obra curiosa. Según tengo entendido, á raíz de su publicación el emperador de Austria ordenó la supresión de esa odiosa costumbre; pero se conserva, no obstante, admirada. Es inútil cuanto se disponga en contra de hábitos tan hondamente inveterados, y que se compadecen con la rudeza de la disciplina y de los usos y ejercicios militares.
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No conozco las costumbres interiores de la milicia española, pero en el país de las fáciles carreras de baqueta y del castillo de Montjuich, la ternura no debe ser mucha á ese respecto. Además, ¿quién no ha visto en los sainetes la figura del _tourlourou_ español, el cerril asistente ó avispado ordenanza cuyas posaderas están siempre sacudidas por los puntapiés del oficial?
En Italia se me asegura que hay en esto mayor seriedad que en otras partes, y que oficial noble ha habido que ha pagado sevicias con mucho tiempo de prisión. Si esto es así, merece aplauso la milicia italiana.
Mientras exista la idea de patria, el ejército será una necesidad, y mientras la carrera de las armas exista, debe, á mi entender, mirarse como la miraba el sublime Don Quijote. Todo lo que menoscaba la dignidad humana y el propio decoro, no puede tener cabida en quienes se tienen como defensores del honor nacional, del pabellón. Y es vergonzoso que conozca el mundo hechos que menguan el decoro de los caballeros marciales. Marciales caballeros que aparecen simplemente como los más groseros y cobardes verdugos.
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IDILIO EN FALSO
UN diario de París publicó hace algún tiempo la historia, ó el principio de la historia, de los amores del príncipe heredero de Alemania con una joven norteamericana. El redactor anónimo de los artículos en que se narraba esta novelesca y curiosa aventura tuvo que suspender la publicación, á pedido de un miembro de la familia de la señorita, cuyo nombre es Gladys Deacon. Pero los hechos son ya muy sabidos, y en los Estados Unidos, como en Inglaterra, se conocen todos sus detalles.
El joven Federico Guillermo de Hohenzollern, hijo mayor de Guillermo II, es un alma sentimental y un corazón impresionable. No hay en él el blindaje de hierro que tienen los de su familia paterna. A pesar de la educación que el emperador da á sus hijos, éste no ha podido dominar los impulsos de su naturaleza, y manifiesta ser, más que un príncipe, un hombre. Sabidas son sus malas impresiones de universidad. No pudo su carácter delicado acostumbrarse á las _borussidades_ de sus compañeros, hechos á tragar cerveza, reglamentaria y bestialmente; y aunque el emperador le dijo que pasase por esos lances en que él también se había encontrado, no le fueron por eso menos repugnantes sus horas estudiantiles de Bonn. Algún incidente hubo que obligó al padre imperial á llamar á su hijo; y luego, para distraerle un tanto, se le envió á Inglaterra. En la corte inglesa el kronprinz se encontró más á su gusto; la sangre maternal, la herencia atávica de la emperatriz Federica, se reveló en él al contacto de sus relaciones londinenses. Fuera de la familia real, toda la aristocracia se lo disputó, y su juventud, deseosa de nuevas impresiones, encontró allí encantadores momentos.
Entre las familias que más le solicitaron está la del duque de Marlborough. Como es sabido, la duquesa es una joven norteamericana: Consuelo Vanderbilt, hija del celebérrimo millonario. Fiestas campestres, bailes íntimos, comidas, _tennis_, y _ping-pong_, todo lo que más pudiera agradar al príncipe germánico se le ofreció durante su permanencia. Entre tantas distracciones, y en tantas ocasiones propicias, el _flirt_ no podía faltar. No faltó. Pero no fué ninguna linda miss británica, de rubios cabellos y cuello de cisne la que despertó el entusiasmo amoroso de su alteza. Su alteza se dejó prender por los ojos yanquis de una guapísima neoyorquina; moza tan fermosa non vió en la frontera, y entre un _ping_ y un _pong_, la llama ardió, como en las leyendas, como en las novelas.
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He aquí cómo narra el hecho el autor de _Amitié Amoureuse_, autoridad en la materia: «Rápidamente, entre el príncipe encantador y la orgullosa joven, herida por dolores inmerecidos (la historia de la madre de la niña es bastante escabrosa, y el padre está en una casa de locos), una simpática camaradería se estableció». Primero fué una dulce atracción, que les impulsó á aislarse del mundo. La vida de los duques y lores, tan lujosa, tan abierta, tan libre, sirvió á sus amores nacientes.
Estuvieron unidos en corazón y pensamiento entre los bailes de la Country, las partidas de _tennis_, de _foot-ball_. Fueron dos cuerpos con un alma. Todo era alegría para ellos, el mundo y la Naturaleza. Se embriagaban con los olores de los musgos, del tomillo salvaje, de todas las hierbas que hollaban los pies de la bienamada. De los labios del príncipe salieron palabras raras; de los de la joven murmullos acariciantes. Deslumbrados de amor, en vano quisieron apartar el encanto ...
Cuando el príncipe balbuceó:
—Nada revela tanto el alma de una mujer como el perfume que lleva: me place el olor de vuestros cabellos ...
Con esa linda reserva anglo-sajona que creó el arte de _flirt_, y para que dure más tiempo ese hechizo que le aureola como con un halo, la preciosa Gladys no quiere comprender hacia dónde van las palabras del príncipe, y, coquetamente, replica:
—Monseñor, me vaporizo con _rose musquée_. Es la antigua rosa cantada por Shakespeare ... pero se está acabando en el reino, y pronto ya no habrá. ¿Queréis ver el único rosal que queda?
¿Adónde no hubiera ido el príncipe guiado por la joven? Y he aquí el rosal, y las rosas. Ellos se inclinan, sus cabezas se tocan, se rozan. Cómo respiran, cómo vibran ... Y el príncipe, menos aturdido por el aroma de las flores que por el que emana de su amiga, dice:
—Las rosas huelen bien, pero vos, vos embalsamáis hasta embriagar.
—¡Oh, monseñor!
Ella tiembla, enrojece. Tímido y resuelto, él osa tomar su mano y la besa con fervor.
Ya véis que eso está narrado como folletín romántico. Podría ponerse: «Continuará.»
En efecto, la cosa continuó. El príncipe, activo, emprendedor, quiso pasar más adelante. La joven yanqui le dijo:
—Veo que nos amamos en lo imposible. Yo no podré nunca ser la amante, ni siquiera la esposa morganática de vuestra alteza. Para que este amor sea digno de mí y digno de vos, no hay otra cosa más que el matrimonio legítimo, sonoro, público, á la faz de las Cortes y ante el mundo todo.
Federico Guillermo debe estar en su primer amor, debe tener dentro de su pecho una tempestad de amor, y la norteamericana tiene que ser una maravilla—_greatest in the world!_—cuando él le contestó, pasando sobre su futuro imperio, sobre la cólera de su padre, sobre el porvenir, sobre todo: «He aquí la prueba de mi amor. He aquí nuestro anillo de boda. Ella es para ti, Gladys. Es un fetiche. Mi bisabuela la reina Victoria se lo quitó de su dedo para ponerlo en el mío y me dijo que no me separase de él sino para dárselo á la que fuese mi mujer. Lo he jurado. Os lo doy.»
Cuando el príncipe volvió á Berlín, el emperador, la emperatriz, la familia toda, se fijaron en que el anillo había desaparecido. Guillermo II no es muy suave que digamos. En seguida hizo que su hijo le confesase el paradero de la joya; y el enamorado mancebo imperial tuvo que decir la verdad. ¡Truenos! «Ese anillo no es tuyo, sino de la dinastía. Estás loco, has perdido la cabeza antes que el anillo.»
Poco más ó menos, fueron las palabras del padre. El mozo, que tiene también fibra, contestó: «Lo hecho, hecho está, y bien hecho está, ante mi conciencia. Por lo demás renuncio á todo rango, á toda púrpura, á Berlín, á Alemania, al Imperio, como nuestro pariente Juan Orth.» Desolación de las desolaciones en la familia. Un enviado fué inmediatamente á Londres á reclamar á la bella Gladys el anillo.
«¡No lo doy!», contestó la yanqui. «¡No lo des!», le aconsejó Consuelo Vanderbilt, en cuya casa nació la pasión y comenzó la novela. Ella creerá que una norteamericana puede ser emperatriz de Alemania, desde que hay una duquesa de Marlborough norteamericana.
Y Gladys no suelta el anillo.
Es de creerse que vencerán las razones de Estado y los discursos paternales. Aunque si el príncipe renunciase, en efecto, á su corona y cetro, todo quedaría arreglado, habiendo como hay tantos hermanos suyos que no tendrán más tarde inconvenientes de amor para sentarse en el trono.
El príncipe imperial de Francia, el hijo de Napoleón III, pudo ver realizados sus sueños amorosos; bien es cierto que no tenía ya trono, ni corona, ni cetro, cuando amó á la inglesa miss Mary Watkins, con quien tuvo un hijo, que vive, y á quien se ha visto en París, en compañía de la emperatriz Eugenia. La novela fué más bonita, porque la joven no sabía qué clase de persona era su amante, hasta una vez que le sorprendió conversando con lord Beaconsfield, á la entrada del oratorio de Brompton, en el matrimonio de los duques de Norfolk.
Los amores luctuosos del príncipe heredero de Austria han tocado quizás, singularmente, la imaginación de Federico Guillermo, y ojalá no vaya á entrarle el demonio de la desesperación y del ensueño trágico; preferible es que tome por modelo á su deudo Juan Orth, el desaparecido misterioso, que unos creen muerto en el Océano y otros vivo en un rincón australiano, y padre de numerosa familia.
El príncipe, como sabéis, se casó con una princesa.
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EL CETRO DEL “CHIFFON”
LA calle de la Paix á las órdenes de Broadway; Paquin sustituido por míster Somebody, de Nueva York; Worth, chicaguense; Doucet, recién llegado de Arkansas ... ¿puede esto ser posible? El tío Samuel se dijo: «Tengo ya más reyes que las Cortes de Europa; tengo reyes de acero, de algodón, de las construcciones, del petróleo, de la plata, de los ferrocarriles, de los cigarros habanos y de otras muchas cosas más; París tiene el cetro de la elegancia: pues ¡á quitárselo!» Incontinenti, miss Elisabeth C. White, presidenta de la American Seamstress’s Association, y pariente, seguramente, de Samuel S. White, el rey de los dentistas, parte en guerra y se prepara, denodada y serena, como conviene á una ciudadana de los Estados Unidos, á dar la primera acometida. «Ha llegado el momento—proclama—en que las ideas americanas sobre costura se implanten en Europa, y aun en la capital francesa. La nación que no va adelante retrograda, y así les pasa á los costureros de París». Más ó menos con las mismas palabras, se apodera uno de Puerto Rico y de las Filipinas.
Todo lo que los norteamericanos se proponen, casi siempre lo consiguen, pues el peso del oro americano hace inclinarse al mundo al lado de ellos ... Pero, ¿será esto posible? ¿Quitarán á París, á fuerza de _greenbacks_, la supremacía en la decoración femenina, arte bella entre las bellas artes, dón exquisito que está en su naturaleza, en su tradición, en su sangre? ¿Vendrá á Atenas el bárbaro á corregir á Fidias? Los maestros de la costura parece que no toman en serio la amenaza. No se trata de box, ni siquiera de bicicleta, en momentos en que llegan, después del negro Taylor, los tres más terribles campeones yanquis, que son Zimmermann, Michael y Bald, bebedores de viento; ni se trata tampoco de algo que se puede comprar en remate en la sala de ventas, pues de seguro Schwab, Carnegie ó Pierpont Morgan, se lo llevarían; se trata del gusto, del buen gusto, de la gracia parisiense, que es de París, que por ahora no puede ser de otra parte, á menos que se produzca un cataclismo en las potencias del hombre.
No, los maestros de la costura, los reyes parisienses de la calle de la Paix, los árbitros de la elegancia femenina sobre la tierra, no toman en serio la amenaza.
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«Yo—dice Doucet—, no doy ninguna importancia á este incidente. Es una de esas ideas tan americanas, que ellos, los americanos, han inventado una palabra para designarlas: ¡el _bluff_!» Los esperamos á pie firme á los americanos. En todo tiempo las modas francesas han dado el tono al mundo entero. Luego, siempre se ha venido á buscar modelos á París. El _chic_ parisiense no se expatría. Tiene necesidad del aire ambiente para vivir. Tan cierto es, que la mejor obrera que se pueda encontrar, después de residir dos años en el extranjero: Inglaterra, Alemania, América, no importa qué parte del mundo, en donde trabaje, ha perdido el gusto, la habilidad, la fantasía. La atmósfera extranjera le habrá quitado sus cualidades parisienses y le costará mucho trabajo recobrarlas. No creáis que exagero. El experimento se ha hecho repetidas veces, y siempre de manera concluyente. En suma: no tengo por nosotros ningún temor de esa pseudo cruzada.
Las costureras americanas dicen que las turistas de su país vienen á París á llevar modas americanas. ¿Será acaso para pagar, á más del precio caro, los derechos de Aduana, que son enormes allá? ¡Y cómo tendríamos nosotros modas americanas, Dios mío!
¿Hay uno sólo de nosotros, mis colegas y yo, que haya ido á América? «No ... mientras que los americanos vienen á pillarnos, á explotarnos, á tomar nuestros modelos, las creaciones de nuestros cerebros, siempre en ebullición» ...
Por su parte, dice Paquin: «Creo que los negociantes extranjeros que vienen á comprar modelos parisienses, tienen derecho de servirse de ellos como de su propiedad. En cuanto á crear, no crearán nada los americanos, como nunca han creado nada. Lo que harán será adaptar á uno de nuestros modelos las mangas de otro, el cuello de un tercero, y harán así á veces brotar una nota inesperada de feliz fantasía; pero crear ... No crea belleza y elegancia todo el que quiere.» Y en casa de Worth se contesta con esta frase: «El _chic_ parisiense es el _chic_ parisiense.» Mademoiselle Boné afirma que «es imposible á los americanos hacer la moda, pues no cuentan con los elementos para ello, ni telas tan finas, ni bellos bordados, ni exquisitos encajes. Cuando copian nuestros modelos, y siempre lo hacen, es con telas más pesadas, que hacen perder toda gracia. En cuanto al _tour de main_, á veces lo tienen, pero es con obreras francesas, y entonces nos combaten con nuestras mismas armas. Pero pocas obreras de primer orden quieren ir á América. Se hacen pagar muy caro, y no permanecen mucho tiempo. De suerte que los americanos vuelven siempre á comprarnos nuestros modelos.» Y madame Callot: «¡Oh! no tenemos por qué temer á las costureras americanas. Si se establecen en París, adquirirán gusto al contacto nuestro; pero con la condición de emplear obreras francesas y tejidos franceses. Por lo tanto, no serían sino casas francesas que trabajarían con fondos americanos. Eso es todo. Miss White, desconocida antes de que el _New York Herald_ lanzase aquí su nombre, no me parece una rival peligrosa y no doy ninguna importancia á su declaración.» Así hablan los maestros de la costura. Tienen razón de hablar así.
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Esta _guerre en dentelles_ no hará correr mucha tinta, á pesar del _bluff_. Las agujas de Nueva York no pueden con las agujas de París. Es á los galos á quienes hoy toca exclamar: _Effusa est in curiam omnis barbaries_. Worth dice bien: el _chic_ parisiense es el _chic_ parisiense. La elegancia parisiense no puede ser trasplantada. Una gran casa de estas quiso hace algún tiempo fundar en Buenos Aires una sucursal, en vista que la clientela bonaerense daba pingües entradas. ¿Y qué sucedió? Que después de construir una linda casa, y establecer dicha sucursal, tuvo que cerrar ésta y alquilar la casa. Porque las elegantes de Buenos Aires dijeron: «No; queremos ser vestidas en París. Y por el mismo traje hecho en Buenos Aires, no pagaremos lo mismo que en París». Y, hablando en seda, la justicia estaba con ellas.
Si se tratase de las modas masculinas, quizás, pues los elegantes de París siguen á los elegantes de Londres, y los elegantes de Londres se dejan influir por los inelegantes yanquis. Dígalo si no ese antiestético panamá, que no es panamá, sino guayaquil, el cual, una vez adoptado, durante la temporada veraniega, por los norteamericanos, se importó á Londres, y de Londres fué á París, en donde no había _snob_ de club ni mozalbete de _chez Maxim’s_ que no anduviese con la cabeza coronada por el cucurucho de pita, feo, arrugado por delante, á la Romain d’Aurignac.
Era un ridículo caro. Había panamás de á dos mil, de á tres mil francos. Eso basta. Así vino la moda, de su tiempo, del ruedo del pantalón doblado, como si se fuese á pasar un charco; y otras invenciones anglosajonas que se reciben con placer y se imitan con apresuramiento.
Por lo que concierne á la moda femenina, no sé que, fuera del boston y uno que otro baile, como el mismo _cake-walk_ de los negros, las señoritas parisienses continúen las innovaciones del otro lado del Atlántico. No sé que haya señoritas francesas que se incrusten en los dientes piedras preciosas, ni que se pongan en las medias cascabelitos de oro, para andar por el salón con el ruido de un _kings-charles_; ni que se hagan trajes de piel de serpiente y de billetes de Banco. No, la moda americana, exclusivamente americana, no se aclimata en París fácilmente, á pesar de las compras de títulos nobiliarios y de la invasión de los Estados Unidos por otros lados. Cabalmente la moda americana ha causado en el mundo oficial recientemente un sonante escándalo, que ha concluído con el retiro de un embajador.
Me refiero al caso del conde de Montebello, víctima del sombrero de su mujer. La historia es la siguiente, que los Saint-Simon, ó los Tallemant des Réaux de la época, se apresuran á recoger: En el almuerzo de Compiègne, cuando la venida del zar, todas las señoras de los ministros, como la presidenta, estaban sin sombrero: solamente la señora de Montebello no estaba _en cheveux_. Sensación. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva. Una vez en la mesa, el soberano ruso conversó largamente con la embajadora, con sombrero y todo. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva, lo mismo ministresas que modistillas ó reinas. En los rostros de sus compañeras vió la de Montebello que había una tempestad. Y todavía fué poco prudente, porque cuentan que, más tarde, una de las señoras de los ministros le preguntó, por decir algo: _Vous allez repartir bientot pour la Russie madame_.
Y ella le contestó: _Mais oui, ma bonne dame!_
La venganza ministerial llegó por fin, y el conde de Montebello no es ya embajador. Todo por el sombrero.
Ahora, ¿estaba correctamente la embajadora, en el almuerzo, con sombrero? Una autoridad, el príncipe de Sagan, no ha podido dar su opinión. Se ha pedido la del director del _Gaulois_, Arthur Meyer. Yo hubiera preferido la del general Mansilla. Meyer ha contestado que sí. «Porque esa es la moda.» Un joven _arbiter elegantiarum_, competente autoridad, por su saber y distinción mundanos, agrega: «M. Meyer podía decir también que esa es la moda «americana», y que el sombrero para almorzar nos ha venido de los Estados Unidos. Existe en Francia, para esa especie de casos que dan lugar á controversias, una referencia excelente y una autoridad infalible: la tradición. Ella está hecha de gusto, de _savoir-vivre_, de experiencia, de una práctica secular de las cosas de la etiqueta. La tradición, mejor que todos los tratados de ceremonial y que el código de los usos á la moda, indica la manera de acomodarse según las circunstancias. Solamente la tradición no se adquiere. _Il faut y être né_, como decía el conde d’Orsay. Viejas señoras de provincia, un poco ridículas, con sus atavíos pasados de moda, tendrán siempre, en esas cuestiones de etiqueta, más tacto y más gracia que la más elegante de las americanas». ¿No es esta la mejor respuesta á la plutocracia triunfante?
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Ahí tenéis un caso en que el americanismo importado por una parisiense como la señora de Montebello, que, fuera de todo, es una hermosísima mujer, ha causado en la sociedad francesa un asunto ruidoso, y en el mundo de la diplomacia una catástrofe, cuya principal víctima es su excelente marido, poco simpático, por otra parte, al actual Gobierno republicano, aunque su nobleza, muy reciente, se la deba á la República.
Los americanos no pueden legislar entre los atenienses sobre aticismo, entre los parisienses sobre gracia y elegancia, entre los aristócratas sobre distinción y _tean_.
A propósito del matrimonio del conde Boris de Castellane con Miss Gould, decía, apenas pasada la boda, una fina lengua bulevardera: «Mientras su padre viva él no podrá ser sino el segundo de su familia por el _sprit_.» Mientras su madre aparezca en los salones su esposa no será sino la segunda en rango. Pero la pareja buscará la inteligencia del lujo; el conde de Castellane debe tener el _home_ de una mujer que hubiera «nacido», no en el palacio de una _parvenu_. Y si da comidas, los invitados deberán ser más escogidos que los _menus_.
Y en la guerra de los encajes y de los sombreros, de los corsés y de las enaguas, el Tío Samuel debe limitarse, por ahora, á comprarlos hechos en París.
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COSAS DE SHAKESPEARE
ENFONCÉES _les républiques de l’Amérique latine, mon cher!_ Así comentó un mi amigo, francés, la noticia de la carnicería serbia. La reina Draga desventrada; el rey asesinado con exceso de crueldades; los cuerpos desnudos tirados al patio por una ventana; otros cuantos muertos en el Konak por la soldadesca traidora y borracha. No. Hay mucho que huele á podrido en las repúblicas de la América Latina; pero se debe confesar que aun en las más atrasadas no se ven horrores iguales á los que acaba de presenciar el mundo en Belgrado. Sin embargo, aquí no se ha gritado, como cuando llega la noticia de una revolución hispano-americana: _Ah, les rastaquoueres! Ah, les sauvages!_ Discretos escritores sí lo han dicho con elegantes modos; pero si la cosa hubiese pasado en esas _petites républiques_, hubiésemos aparecido una vez más en los periódicos como vistosos caníbales y tramposos antropófagos. La tragedia serbia ha sido, en verdad, shakesperiana, de un Shakespeare de última hora; pero muy nocturnamente bárbara y muy final de _Hamlet_. El finado Moratín lo certificaría con espanto.
Un reyezuelo degenerado, que se encadena por una pasión viciosa á una bella mujer, llena de seducciones y de ambiciones. Una Corte hirviente de intrigas, una claudicante política, un pueblo humillado, militares celosos, nepotismo áulico, miserias doradas, y luego la traición y el asesinato. Para llegar á lo shakesperiano, un poco de Suetonio y otro poco de Daudet, del Daudet de _Los reyes en el destierro_.
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