Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 3

Chapter 33,892 wordsPublic domain

El picador del Elíseo es un personaje, llámese Monjarret ó Troude; las viejas maneras cortesanas se conservan en el palacio republicano que habita el sonriente y honesto abogado de Montelimar; la señora Loubet ha hecho por primera vez en los fastos presidenciales casi de reina en la recepción de los reyes italianos, y esto con gran complacencia del pueblo de París, que por más que se diga gusta de todos esos fastuosos modos que recuerdan los gobiernos «bellos» del pasado. Los ceremoniales, las ordenadas filas de carrozas de gala, los pintiparados picadores, las pelucas, los lacayos de casacones y piernas enmalladas, las escoltas vistosas, los coraceros radiantes de acero con el casco empenachado de crin, las espadas desnudas de los oficiales gallardos, los tambores, las trompas, los clarines que anuncian, y sobre todo los reyes, las reinas, los emperadores, no importa qué reyes, no importa qué reinas, no importa qué emperadores, son para los parisienses, antes que todo, «espectáculo»; y lo que en un poeta hace despertar ideas de antiguos esplendores y cabalgatas, y en un señor de cierta instrucción evocaría desfiles de ópera cómica—cada cual habla desde su punto de vista, Olimpo á bulevar—, al público da la sensación de fiesta, y despierta en él la necesidad de las aclamaciones y de los vivas, la alegría general. En las visitas que las testas coronadas hacen hay mayor ó menor entusiasmo; pero siempre lo hay. En el azar, por ejemplo, se veía al aliado en una futura probable guerra, al poderoso amo de los rusos que ayudaría con sus inmensos ejércitos á su amiga la Francia, y por eso el delirio de las ovaciones fué más que en ocasión alguna extraordinario; en el rey Eduardo, á pesar de los recientes resentimientos de Fashoda y de la antigua enemiga entre las dos naciones, se saludó con afecto, más que á todo, al antiguo príncipe de Gales, al conocido parisiense de París, loco de su cuerpo y trasnochador insigne, bien amado de la ciudad de la galantería. En el cha de Persia se saludaron su exotismo y sus fabulosos diamantes; y si á Leopoldo no se le hacen sonoras manifestaciones, es porque es un rey de casa, demasiado burgués y demasiado comerciante, y porque sin ton ni son llega todos los días. Para el rey Vittorio Emanuele, repito, ha habido el saludo que preludia la deseada unión de las naciones latinas, y al mismo tiempo la simpatía cordial debida al jefe de un país con quien se ha tenido en pasadas épocas la hermandad de las armas, el nieto del fuerte y mostachudo Vittorio Emanuele II; y no hay duda, ha habido también en el pueblo el deseo de mortificar á los reconocidos contrarios, á los que siempre se han creído enemigos de mañana, que lo fueron de ayer, á los dos emperadores de la Triple Alianza, el de la Austria odiada de Italia y el de Alemania aborrecida de Francia.

Luego Vittorio Emanuele III es rey que se hace querer y estimar. En él se ve al regenerador de su patria, hace poco abatida, y hoy triunfante en el mundo, tanto en el progreso cívico como en el industrial y comercial, pues la Italia trabajadora es hoy ciertamente una fuerza innegable; en él se admira á quien tiende á resucitar el antiguo poder de la influyente Roma en los asuntos de la tierra, al príncipe exacto, rígido, hábil, que sabe manejar los hilos de su política interna y exterior, y que, á pesar de sus ligas con el césar germánico, ha tenido siempre en mira la grandeza da su raza sobre el orbe, la vieja hegemonía mundial por tanto tiempo en poder de los bárbaros, y que quién sabe si, á pesar de todo, no volverá á los hijos de la civilización grecorromana antes del fin del siglo XX.

Pequeño de cuerpo, como tantos grandes guerreros y monarcas, es vivaz y marcial, amacizado de método y de educación, forjado á duros hábitos aún en medio de las sedas palatinas, bajo la severidad del noble Humberto y la bondad graciosa y sabia de la reina Margarita, verdadera perla entre las perlas de las actuales monarquías. Su carácter es firme y reflexivo; su voz afable. Como todos los Saboyas, domina con los ojos. Estudioso y atento al progreso, se ha nutrido de libros y ha observado los hechos. Se cuentan de sus años primeros, entre preceptores y militares, interesantes anécdotas. Sus dos principales profesores, Luigi Morandi y el coronel Osio son para él, por un lado, el carácter de la cultura, y, por otro, la cultura del carácter. Por eso pecan de poco informados los biógrafos y escritores que le juzgan tan solamente dado á secos cálculos y á especulaciones prácticas tan solamente.

No importa que la socialista Paula Lombroso lo pinte como un varón para quien la poesía es «como los bombones para los niños»; París sabe que si no es un rey de ensueño—poco precisos á estas horas los reyes de ensueño—ni un rey de fantasías y estéticas nada avenibles con el asunto de manejar en el siglo XX la suerte de un gran pueblo, es monarca de «humanidades», como sienta á quien nació en la cuna del humanismo; que sabe sus clásicos, que conoce á fondo de Nepote á Horacio, y que tuvo una «profesora de poesía» en su madre encantadora, que más de una vez desde los años de su infancia le leyó la honda y armoniosa lección del vasto Poeta, del sumo Dante. Y luego dejadle sus automóviles de cuando en cuando, pues para versos su suegro los compone, como su esposa, que es poesía morena y viviente. Dejadle sus automóviles, y sobre todo dejadle con sus monedas y medallas, que ser profundo numismata como él es ser ya mitad sabio y mitad artista. Su gentileza en su visita á este país ha sido completa, y jamás jefe de Estado ha sabido cumplir mejor la delicada empresa. Cuando en lo alto de las decorativas columnas alzadas en la Avenida de la Ópera el león de oro de San Marcos y la loba de oro de Roma se perfilan sobre el triste cielo parisiense, representan más que una cortesía: son un símbolo. El rey de Italia es el bienvenido, porque sabe encarnar el alma y las aspiraciones de su estirpe, y Francia le reconoce digno.

Desde su entrada á la ciudad que le hospeda, entre los gritos de entusiasmo, en las avenidas adornadas, la compañía del excelente presidente burgués, que hace muy bien lo que puede, y al lado de su esposa, toda gracia y sencillez noble, junto al Arco del Triunfo, junto á la tumba de Napoleón, en todas partes adonde la cortesía oficial le ha llevado, ha tenido, discreto y correcto, un buen gesto ó una buena palabra. Cuéntase—_y se non è vero è bene trovato_—que en los Inválidos, cuando el séquito oficial llegó al lugar en que, según su deseo, reposa el dueño del Águila, se quedó un buen rato en silencio, y luego: «Yo también soy sucesor de Napoleón Bonaparte ...» «¿Cómo?», insinuó M. Loubet. «¿No fué el emperador también rey de Italia?...» Y así siempre es aplaudida su cordura. Esa cordura que se demostró recientemente, cuando en momentos en que el Papa agonizaba, suspendió su viaje, respetuoso, pensando quizás en que uno de sus antepasados ciñó á su frente la pontificia tiara, y en que el ser cortés no quita la valentía de los que llevan por lema: «¡Siempre adelante, Saboya!»

* * * * *

No he visto de cerca más que á dos reinas—por culpa ó gracia de ocasional misión:—la de España y la de Portugal. A otras he visto de lejos, y á las demás en fotografías, pinturas ó grabados. Pues bien: confieso que nunca he admirado belleza coronada más seductora que la de la princesa greco-oriental que de la corte cuasi primitiva y legendaria del principado de Montenegro salió á ser reina de la maravillosa Italia. Aquí parece exótica; á mi me ha parecido antigua conocida. «De esos ojos no tenemos aquí», me decía una espiritual francesa. «Pues allá, del otro lado del mar, los tenemos como esos—le contesté—, en rostros de ese fino y trigueño de bronce, dulce y sonrosado. ¡Esos son ojos criollos!»

En efecto: la reina Elena es semejante á una de esas soberbias, estupendas criollas, que coronadas de opulentas cabelleras negras, son reinas de hermosura en Montevideo y Buenos Aires, Lima ó la Habana. Es una de esas mujeres llenas del sol y sangre que llevan la primavera ardiendo por donde van. Y en su gallarda beldad guarda una cultura y un talento que son celebrados por todas partes. Su país es país de balada. Su madre hila en el huso la lana como una reina de Homero. Su padre es poeta. Ella es artista de corazón, pinta, canta, toca el violín y el piano. Y un alma dulce y caritativa, sentimientos de alta virtud. Dicen que las aristócratas farnienteras de su corte sonríen de sus hábitos de «mujer de su casa», de sus conocimientos de cocina ... La _Pastora_ de Cettigne debe á su vez sonreir benévolamente. Morena del país de la nieve, ella vive su leyenda de amor verdadero, y en su rey mira á su marido. Y no se ha extrañado de ir de un vuelo amoroso, de su tierra escondida, de sus montes de águilas y lobos, á ser la soberana de un reino que también fué de Lobos y de Aguilas ...

La pequeña Zita escribe, al dictado de su abuela, una institutriz que fué de la casa de Montenegro: «...en la capilla del Instituto vi por la primera vez, de cerca, á la princesa Elena, bella, esbelta, inmóvil, como es lo usual durante los oficios griegos, en que sólo el sacerdote va y viene continuamente con sus diáconos, por las tres puertas que se encuentran delante del misterio del altar». _La princesse avait vraiment l’air d’une belle image._ La volví á ver á menudo así, y la admiró siempre; era mi sola compensación para el suplicio de permanecer de pie. Por otra parte, intenté hacer la intención de no ir á la iglesia sino cuando esperaba la presencia de las princesas; á primera vista me he sentido atraído por la actitud de firme voluntad de la princesa Elena. Un día de verano vino con una falda de simple _crêpe_ oriental; el corpiño ligeramente escotado. Con su lindo talle, redondo y firme, su aire recto y elegante, tenía el aspecto de una joven diosa, cuyas espaldas esperaban que se les prendiese un manto ... de emperatriz. Mi impresión había sido tan fuerte, que un diplomático bien informado, al cual se la manifesté, me dijo sonriendo: «¡Cuidado, señora!, ¡está usted haciendo política!»

«En ese entonces el zarevitch no se había casado todavía con una alemana. Otra vez la encontré encantadora también en traje nacional, camiseta de muselina sedosa y bordada, _veste_ de terciopelo rojo galoneada de oro, y capitea en la cabeza; pero la hallaba mejor con el traje europeo, y nunca olvidaré la visión que tuve el día en que la idea de un «manto de corte», se había impuesto á mi imaginación á consecuencia de cierto aire de reina que había advertido en esa joven fisonomía en que el destino ponía un signo que yo leí, deseando se realizase por sentimiento romanesco de estética, pues yo amaba ya espontáneamente á la princesa. Pero, ¿es, en verdad, la suerte de una reina lo que el corazón debe desear?»

Esas sencillas impresiones de una profesora completan un retrospectivo retrato de la magnífica y joven soberana. En cuanto á la pregunta final ... ¡quién sabe! Antaño el mundo era distinto, y la posición real no tenía los peligros de ahora. Antaño ... pero, ¿y María Antonieta, y María Estuardo, y más allá?... Mas el instante es de cantar á la reina bella y artística, no de consideraciones filosóficas. El pueblo de París la canta por boca y guitarra de sus _camelots_:

Viens, Hélène (bis), Viens! À la table de France, On nous offre bombance Ah! Viens Hélène (bis), Viens! Et le soir, en cadence Nos pincerons un’danse.

Eso se canta con el aire de _Viens, Poupoule_, y valga la intención. La Prensa forma sus más floridos ramilletes de frases; los poetas escriben sus ritmas de ocasión. Pero entre éstos ninguno ha escrito más lindo saludo que un gracioso, un conocido versificador incoherente, que deja por un momento sus ya fatigantes monorrimos y dice un precioso decir. Entre sutilezas dice cosas como éstas. Dicen los enamorados:

Que vers nos paroles Ta Grâce s’incline Reine des gondoles Et des mandolines; Reine de Venise, Soyez-nous propice; Aux amants soi bonnte

Reine de Verone; Vois le doux cortege Qui viens t’implorer; Acueille et protege, Reçois á tes pieds, Le voile des vierges Et le blanc bouquet, Reine du Correge Et du Tintoret!

Nous sommes les fiancés, O reine jolie, Qui venons vous saluer Avec courtoisie;

Nous, les artistes pas riches, Qui ne devions de sitôt Voir les rives de l’Adige Ni le Lungarno; Voici qu’avec toi s’avance, Près de moi pauvre homme La grave Beauté de Rome, Trout l’art exquis de Florence.

Reçois en échange Notre foi ardente, O reine du Dante, Et de Michel-Ange!

À chaque fenêtre, Et dans tous les yeux, Reine des poètes Et des amoureux, Paris radieux Paris tout en fête, Paris tout fleuri, Paris te sourit.

Et le voile tombe Enfin du secret Que gardait Joconde: Elle t’attendait.

Un ramo de rosas de Francia tenía en la mano el día primero en que la aclamó la muchedumbre de París, hirviente y contenta. Un ramo de rosas de Francia, que significa la juventud, la vida, el hechizo de amor, y al propio tiempo la salutación de esta tierra dulce y gloriosa. El gran penacho de plumas blancas se agitaba á los antiguos vientos de Galia ... Y yo miraba á su lado la figura de la princesa montenegrina, de la reina que habita el Quirinal ... la mano fina con el ramo de rosas, la cabellera negra, el talle soberbio, los ojos, los grandes ojazos criollos. Y me uní á la voz de la multitud: «¡Viva Italia!»

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LA “BRIMADE”

EL origen de estos usos bárbaros arranca de muy hondo principio humano, fuera de la opinión hobbesiana. En todo hombre hay un lobo: entendido; pero en muchos hombres juntos, pugna por revelarse la manada feroz que devora al compañero. Ese es el peor peligro de la inquisición y del jurado, del convento como del taller, del colegio como de la guarnición.

¿Quién no ha sentido en la niñez la hostilidad de los primeros días de la escuela y del internado? ¿Y ya en el estudio de algún arte ó industria, ó disciplina cualquiera, la burla, el odio casi, la enemiga infaltable del compañero? Parece que el recién llegado fuese á quitarles algo, á hacerles algún daño, y el encarnizamiento no cesa sino con la revelación de una fuerza superior; casi siempre unas buenas bofetadas al más insolente y burlón de la clase. Entonces el nuevo entra á formar parte de la comunidad. Y quizás será el martirizador más terrible del próximo novato.

Si esto pasa en las aglomeraciones humanas, en que el espíritu tiene otras miras y ejercicios que los de la fuerza, ¿qué no será en los colegios de la muerte, en los lugares donde se aprende á matar, en donde lo que se estudia es el manejo de las armas, la ciencia de la destrucción, el arte sangriento «de ser más fuerte que otro en un punto dado»? ¿Quién me dirá que los martirios que sufren los recién llegados equivalen al espaldarazo de los caballeros, que son la amarga sal del bautismo, la dolorosa cuchillada de la circuncisión? Palabras. Hay que combatir á todo trance la fiera que llevamos en nosotros. Si no, proclamemos como superior la filosofía de Sade, ese precursor de Nietzsche, y establézcase en cada capital culta del orbe un Jardín de los Suplicios.

Las _brimades_ eran—felizmente, repito, ya no son—bromas pesadas, groseros tratamientos que se hacían padecer á los recién entrados, fuese cual fuese su condición; pero, naturalmente, más duros, y hasta sangrientos, con los de débil carácter ó de escasa fuerza. Ponerlos desnudos en un cuarto y embetunarlos, ó pincharlos con agujas; echarles cubos de agua fría en medio del invierno; deshacerles los pies á pisotones; darles patadas y puñetazos; azotes, etc. Por la menor falta, castigos, vara. Todo esto bajo la mirada complaciente de los superiores. La cosa había entrado en el uso desde antaño. A veces la _brimade_ tenía fatales consecuencias; una reprimenda, algunos días de arresto al culpable, y todo quedaba lo mismo. De cuando en cuando alguna protesta aparecía en la Prensa, pero no tenía el menor eco. Así, hasta la plausible circular del general André.

En Alemania, país en que el militarismo ha entrado en la sangre, en la vida nacional, no se han suprimido, ni creo que se supriman, esas asperezas del cuartel. Cierto es que allí, en el mismo cuerpo estudiantil, existen hábitos y costumbres de la más exquisita barbarie medioeval. Las caras rajadas y el gambrinismo universitario no merman un solo punto en los comienzos del vigésimo siglo. Las _brimades_, pues, se complican allá de _schlague_ y suavidad tudesca. Dramas ha habido muy resonantes en que toda la Prensa se ha ocupado, y últimamente un consejo de guerra ha juzgado en Metz con la más inaudita deferencia, á los culpables de uno de esos verdaderos crímenes, merecedores de las penas más severas. He aquí cómo se narra lo sucedido: «Un soldado de apellido Polke, perteneciente al 12 regimiento de artillería de Sajonia, fué dado de baja el año pasado porque los médicos militares lo encontraron débil para el servicio. Incorporado de nuevo este año, hizo ejercicios solo, bajo el mando de un cabo llamado Trautmann. Este, un verdadero troglodita, hizo con el pobre lo que le dió la gana. Era una lluvia de patadas y puñetazos, fuera de la privación del alimento. Llegó á tanto la atrocidad, que un día el cabo le dió tal golpe en la cabeza con la culata del fusil, que el mozo quedó sin sentido. No solamente él le pegaba, sino que ordenaba á otros reclutas que hicieran lo mismo, entre las risas de los compañeros. Demás decir que todo el mundo martirizaba al infeliz. Un subteniente le dió un bofetón porque le vió fumar un cigarrillo y un teniente se burló, en vez de reprender. Por último, el maldito cabo le obligó una vez á saltar por una ventana y á correr, á paso de carga, durante diez minutos. Polke, dice quien narra el hecho, concluyó por caer fatigadísimo. Cuando se levantó, desesperado, loco, se pegó un tiro».

Ahora, ¿qué pena os figuráis que les han aplicado á los culpables en el consejo de guerra? Los camaradas que le hostigaban, «tres días de prisión». El subteniente Wiehr, «tres semanas de arresto». El cabo famoso, «cinco meses de prisión». Comparando lo que aquí pasa, dice Charles Laurent con cierta justicia: _Il fait bon, tout de même, vivre en France_.

Sin embargo, es en la dulce Francia donde se han revelado los innominables suplicios de los disciplinarios de Olorón, esa isla de la Charente Infériéure donde están las triples fortificaciones que hizo levantar Richelieu. Allí se encuentran los _dépots_ de los cuerpos disciplinarios; el de la compañía de fusileros de disciplina de la marina y el del cuerpo disciplinario de las colonias. A los primeros se les llama en jerga militar _Peaux de lapin_ y á los segundos _Cocos_. Dubois-Desaulle hizo el gran bien de contar al público las terriblezas que allí pasaban y que, dichosamente, se han aminorado, si no desaparecido del todo. Juzgad por algunas noticias. Allí se empleaban entre otras cosas, las _poucettes_, el _baillon_, la _crapaudine_ y el _passage á tabac_. De este último apenas hablaré, porque lo usa la Policía de París y no sé si la de Buenos Aires. Es una galantería habitual con el que tiene la desgracia de caer en esas manos temerosas: el _passage á tabac_ es simplemente una estupenda «pateadura».

Ningún reglamento, ninguna ley, ningún auto legislativo ó administrativo prescribe el empleo de las _poucettes_ en el ejército francés, y, sin embargo, decía Dubois-Desaulle, se aplica á los disciplinarios ese instrumento de tortura. Como no había reglamento ni ley que autorizara el empleo de esa tortura, todos los que tenían un grado, desde cabo á oficial, podían aplicarla. Los motivos más variados y fútiles daban lugar á la aplicación de la pena. Las tales _poucettes_ son una pequeña prensa de acero que deshace, que rompe los pulgares. «Según el grosor de los pulgares ó el calibre de las _poucettes_, después de un número mayor ó menor de vueltas de la aleta que hay sobre la placa de cierre, el hombre pierde el conocimiento y la sangre trasuda por los poros de la extremidad del pulgar. Algunos minutos después de puestas las _poucettes_, la parte extrema del pulgar se infla, la detención de la circulación da á la carne tonos violáceos; el pulgar se insensibiliza entonces por el exceso mismo del dolor, á condición, sin embargo, de que no se despierte el dolor con los movimientos; á fin de agravar la tortura, los castigadores vienen á sacudir ó tirar de los pulgares.» La descripción es demasiado chocante y larga para ser transcripta toda.

La _crapaudine_ es una combinación en que entran las _poucettes_. Los pulgares están aprisionados por la espalda; el hombre está en tierra y se le atan los tobillos junto con las _poucettes_. El _baillon_ es una mordaza. «Se improvisa con un pañuelo, una piedra, un objeto cualquiera, que se introduce en la boca. Se mete en seguida entre los dientes del paciente un trozo de madera del grueso de un palo de escoba y provisto de cuerdas que se atan detrás de la nuca.»

En cuanto á los azotes, se oye, cuando los cabos y sargentos no pegan duro y firme, la voz de un oficial:

—_Mais cassez-leur donc les membres, nom de Dieu!_

En Austria, como en Alemania, el _schlague_ existía desde largo tiempo. A mediados del pasado siglo tuvo gran éxito y causó impresión profunda la publicación de un libro de E. Sturm, oficial de Artillería del Ejército austriaco. Las revelaciones que hacía no podían sino tener ese resultado. Sin embargo, él mismo confesaba que en cuanto al _schlague_, ó sea la flagelación militar, los oficiales superiores la aborrecían; pero no podían nada contra la costumbre, ó sea la disciplina en ese caso. Se azotaba por los motivos más fútiles, como fumar en la calle, ponerse el tricornio de través, ó llegar tarde á la lista. Muchos entre ellos fueron inutilizados, ó se volvieron locos. Diez días después de haber entrado al cuerpo, cuenta Sturm que la orden del día llamaba á «todos los nuevos» á que asistieran á una gran ejecución. Luego el cabo le explicó: «Los nuevos militares es preciso que se habitúen á ese espectáculo antes de ser actores en él, pues hay siempre algunos que son bastante bestias para desmayarse, nada más que al ver á un hombre flagelado. Si mañana, en la ejecución, vuestro rostro traiciona el menor signo de piedad ó conmiseración, os volverán á mandar como espectador hasta que os acostumbréis; pero eso no es honroso. Se os señalará como cobarde y flojo.» El autor asistió, naturalmente. Ved sus mismas impresiones: «Tomé mi partido»; fué una larga y terrible ejecución; seis desertores pasaron seis veces bajo la hilera de varas (_gassenlaufen_), y uno, ladrón, ocho veces. Figuraos una doble fila de soldados armados de varas, con un cabo de diez en diez hombres. En medio pasan los desventurados soldados, la espalda desnuda, despacio ó corriendo, como le plazca al que dirige la ejecución. Mientras la sangre brota bajo la vara fuertemente aplicada, los cabos corren de aquí á allá para ver si los golpes son bien dados. Si por desgracia se sorprende al ejecutor en flagrante delito de piedad, sea que amortigüe el golpe, sea que pegue muy rápidamente para que su golpe se confunda con el de su camarada, se le condena á su vez al _schlague_.