Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 13

Chapter 133,659 wordsPublic domain

El tranvía se detiene en el puente. «Allí es», me dice el conductor, un tanto burlón. Desciendo y llamo á la entrada de un precioso y florido lugar, adornado de una graciosa fachada y de una verja de hierro. Una niña rubia me abre la puerta, y una gran perra me saluda con la cola mientras pago los cincuenta céntimos de entrada. No hay un solo visitante en esa fresca hora de la mañana. Al frente se alza un respetable monumento. Es el del perro Barry. El artista ha presentado en lo alto, al Gran San Bernardo; en el centro del mausoleo, un perro lleva á un niño sobre su lomo: abajo se lee: _Il sauva la vie á 40 personnes ... Il fut tué par la 41^{éme}!_ La historia es triste, en verdad. El pobre animal salía á buscar caminantes perdidos entre la nieve. Cuarenta veces condujo gentes salvas al monasterio. Una vez—la cuarenta y una—encontró á un hombre, bajo la tempestad, casi helado; quiso sacarlo de la nieve, pero aquél creyó, en lo obscuro de la noche, que la pobre bestia era una fiera; tuvo fuerzas para sacar su revólver y herirla. Herido y todo, el perro fué al convento, y guió á varios frailes al lugar en que se hallaba el viajero. Éste se salvó, pero Barry murió pocas horas después.

Camino entre flores y pequeñas tumbas. Una buena cantidad de huesos caninos yacen allí, adornados como despojos de seres queridos. Sé que ha habido quienes han intentado poner cruces, ó símbolos religiosos; el reglamento, cuerdo, ha prohibido tales manifestaciones. Hay tumbitas graciosas, cuidadas; las hay lujosas, artísticas; las hay simples, elocuentes; las hay ridículas, con sus inscripciones extraordinarias y ultrasentimentales. Citaré varias:

«Cora».—A notre fidèle petite chienne, dont le bon petit cur battit pour ses maîtres. Elle passa toute sa courte vie parmi eux. Ils l’aimaient trop et na pouront jamáis l’oublier.

Entre verjas, rodeadas de margaritas, de gencianas, de botones de oro, se ven lápidas, ó minúsculas perreras de mármol, ó de cal y canto.

1886—«Teto»—1901.—Pendant 15 années tu as couché á mes côtés, en me prodigeant ton affectueuse amitié. Ainsi quels bons souvenirs! Mais quels regrets!

Más adelante:

«Chérie».—Elle fit l’admiration de tous par son intelligence, sa bonté et son bon petit cur. Sa maîtresse l’aimai trop; Elle ne pouvait vivre!

¡Qué historia, qué detalles de vida no contiene la inscripción siguiente!:

1886—«Bob»—1901.—Ta vie ne fut que souffrances. La mienne fut parsemée. Nous las confondîmes esperant les adoucir; mais la cruanté des hommes sut mettre un terme á ce bonheur passager.

Otra, en versos lamartinianos:

1884—«Brillant»—1889

Oh! vieux, dernier ami que mon pas réjouisse, Leche mas yeux mouillés, mets ton cur près du mien, Et seul pour nous aimer, aimons-nous, pauvre chien!

Y esta otra:

A ma bonne «Kiss» chérie.—26 Sbre. 1900. Malgré tout! Bonne Kissoute blanche. Gaîté, sûre, mêlant ta voix claire à ma vie N’enfermais-tu fidèle, et me léchant la main, Sous ta forme de chien, tout le cur d’une amie?

Una, muy modesta, rodeada de conchas y hierbas:

A «Ivan», notre bon chien, aimant et fidèle. 12 Juin 1901.

Hay un recuerdo de pintor. Junto á la tumba humilde, una tablita con la imagen del perro pachón, á quien se da cita en la inmortalidad:

Au revoir dans l’infini, mon Philos.

Un inglés:

«Ruby Smith».—His litte Pet.—December 22nd 1901. «Beloved Alec».—My faithful companion for 11 years.—June 9th 1901.

Encuentro la fotografía de un perrito de aguas sobre un caballo:

1888.—A «Nenette».—1900.—Ma petite Nenette chérie. De notre séparation la doleur est inmense. Et je veux des fleurs chaque fois qu’à toi je pense.

Y una familia de japoneses: «Osaka—Tokio y Daimio», en un mismo sepulcro, de lujo, cerca de Athos, enterrado bajo una fina placa de porcelana.

Hay varias tumbas con citas de prosa y versos célebres sobre las virtudes de los animales, y una estrofa original en la tumba de dos perros de Mme. Tola Dorian, suegra de Jorge Hugo, el nieto del gran poeta:

«Sapho» et «Djérid» Amis de Tola Dorian Si ton âme, Sapho, n’accompagne la mienne Oh cher et noble ami, aux ignorés séjours. Je ne veux pas du ciel! Je veux, quoi qu’il advienne, M’endormir comme toi, sans reveil pour.

El departamento de los gatos es más pequeño que el de los perros; pero en varios sepulcros de micifuces hay quejas plañideras y citas de Baudelaire, que, como se sabe, era un gran amigo de los gatos. Y la sección de los pajaritos es más chica todavía, aunque cuenta con curiosas minúsculas tumbas, como las del jilguero Gazouillis, de quien cuenta la leyenda que Paul y Jeanne lo encontraron al salir de la escuela, y que era ciego, porque para que cantase mejor le habían sacado los ojos sus primeros dueños.

* * * * *

Veamos bien las cosas. La parte anarquista que hay en mí se ablanda si ahondo los motivos de tan inútiles derroches de sentimentalismo y de francos. No soy un fanático en la lealtad perruna, porque he visto prácticamente que ella no es tan fundamental como se cree. El perro es interesado y sinvergüenza; el gato es vanidoso y maligno. Pero Voltaire y Byron tenían razón: el estimable rey de la creación no es mejor que los otros animales. Antes que Byron, alguien había escrito: «Mientras más conozco á las gentes amo más á los perros.» Y Hugo, que descubrió en ellos el sudor en la lengua y la sonrisa en la cola: «El perro es la virtud, que, no pudiendo hacerse hombre, se hace bestia.» Me explico el hombre triste, solitario, hosco á golpes de la vida, desconfiado de sus semejantes, en esta inmensa selva de lobos bípedos en que vivimos y que llamamos mundo. Desengañado, herido, burlado por la amistad, desgarrado por el amor, desdeñado por la consecuencia, encuentra en un perro el silencio afecto, la caricia de los ojos, la cuasi palabra del ladrido inteligente, el salto que equivale á un apretón de manos. Y en sus horas amargas mira al compañero cuadrúpedo como que quiere participar de su dolor, como que le quiere consolar, como que busca la manera de hacerse entender y como que comprende las palabras y las miradas.

Es un amigo, es una cosa en que poner el cariño que no halla colocación por la maldad, por la falsía, por la ferocidad humana. Y ese hombre quiere á su perro con el querer que pondría en un sér inteligente, y con el egoísmo de quien se siente querido, así sea por esa ínfima alma instintiva que apenas puede formular su volición en la prisión misteriosa de su naturaleza. Él es su compañero de paseo y su ayuda de caza. En el reposo de su soledad se echa á sus pies. En él hay una vaga comprensión de justicia, como en el perro de Benvenuto ó el de Montargio. Su bondad ó su maldad serán como las de su amo. El perro del bandido será bandido, como el perro del ciego es limosnero, como el perro del artista es soñador. La heroicidad no es ajena á su instinto. Moustachu tiene aquí su estatua, como Cuatrorremos, el bombero, es recordado en Santiago de Chile.

Perros y gatos domésticos, pájaros como el loro del _Corazón simple_, de Flaubert, pasan, benéficos, en un ambiente de sentimiento, en la estéril soledad de las viejas solteronas sin familia. ¡Pobres viejas solas! El animal querido es para ellas todo su amor; en él ponen las ternuras que no encontraron correspondencia ó que la suerte no pudo premiar con la realización de un ardiente deseo. No hay marido, no hay hijos, no hay más compañía que la de venales sirvientes, y si la pobreza es mucha, la soledad reina. Entonces el gato sigue por las habitaciones á la anciana; el perro se hace presente; come al mismo tiempo el escaso puchero y duerme á veces en el mismo lecho. Es una ayuda, es un espíritu, es un corazón que palpita al lado, y en ocasiones ha sido el salvador de la vida. Mueren esos animales; el desconsuelo es tan grande como si muriese una persona amada. Hay quien los entierra en el jardín de su casa, y los llora y los recuerda por toda la vida. Se creó el cementerio de animales, y allí van, con más ó menos pompa, Bob, Turc, Sultán, León, Stop, Mistigris, Miau, Bijou, Fifí, Lilí, Tití, y demás apelativos onomatopéyicos.

Desde la extraña necrópolis se ven las aguas del Sena, á un paso. Arboles frondosos dan sombra, y el perfume de las flores abundantes hace grato el aire. Al salir me llamó la atención un monumento sobre el cual se alza una corona heráldica. Es el de una perra de la princesa Cerchiara Pignatelli. La dedicatoria explica una vida de sufrimiento, mitigada por la compañía del fiel animal, y ve uno cómo se juntan en los mismos simples afectos, las sensibles porteras y las aristocráticas damas. Las penas son las mismas. El dolor de la vida tiene las mismas llaves que la muerte, y abre todas las puertas. No lejos, un gran pavo real de bronce se levanta sobre artísticas rocas revestidas de variadas flores.

La misma niña y la misma perra me despiden en la puerta. Sé que la perra es conocida de todo el pueblo, y que es inteligente y ha realizado varias proezas. No hace mucho tiempo, Spera—ese es su nombre—intentó una buena acción, con un su semejante, pero no tuvo éxito. Alguien ató á un perrillo una piedra en el cuello y lo echó al Sena. El animalito logró sostenerse por un momento en unas ramas de la orilla. Spera lo vió y se puso á ladrar desesperadamente. Llegaron los guardianes del cementerio, y con ayuda de una caña, quisieron sacar al pobre animal que se ahogaba. Fué imposible, pues el peso de la piedra lo arrastró al fondo.

A falta de un _biefteack_ de despedida que ofrecerle, pasé á Spera la mano por el lomo. Y volví á París.

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LA RAZA DE CHAM

MIENTRAS en espantosas catástrofes los amarillos se imponen, en farsas sangrientas los negros se hacen notar. Parece que un mal diablo estuviese azuzando las razas unas contra otras. Así, pues, de Haití llegan á Francia malas nuevas. La macacada está furiosa; los pocos blancos que hay en la isla ven con temor la agitación de los naturales. Saben que una insurrección de color es terrible para los europeos. En el negro, danzante, tristón, jovial, pintoresco, carnavalesco, surge, con el fuego de la cólera y el movimiento de la revuelta en antepasado antropopíteco, el caníbal de Africa, la fiera obscura de las selvas calientes.

Ya hay experiencia sobre ese punto. Las agitaciones haitianas coinciden con las amenazas que un doctor negro hace á la raza caucásica, desde una de las principales revistas de París. Ese doctor negro es de los negros de los Estados Unidos, los más osados, los más audaces que puedan existir sobre la superficie de la tierra. De ellos nos decía no hace mucho tiempo un atinado escritor argentino, el Dr. Damián Lan: «Y no he visto, ya que de audacias le hablo, nada más atrevido, más decididamente atrevido, que el negro americano. ¡Ah, los negros!... son el terror de los turistas extranjeros y la sombra nefasta de sus compatriotas blancos».

«La negrada es todo un problema social en los Estados Unidos; esto, todos los sabemos. Pero, estando aquí, se comprende mejor cómo es posible que todo este inmenso pueblo se conmueva en masa cuando los diarios lanzan á todos vientos la noticia de que el presidente Roosevelt ha invitado á su mesa á un negro, por ejemplo, ó que el ministro tal se ha paseado por las calles de Washington codeándose con un mulato». Estos seres de color obscuro, tan buenos y humildes entre nosotros, constituyen aquí una familia de nueve millones de individuos perversos y despechados contra el blanco, que les ha tratado siempre con rigor y que por eso ha provocado en ellos un odio profundo que se va sucediendo de generación en generación como legado hereditario. El negro aquí no es el ente medroso y pusilánime que conocemos, no; demuestra al blanco el más decidido desprecio, lo mira siempre fisgándose de él, se ensaña con él cuando puede hacerlo víctima de alguna perversidad, y goza entonces con su desgracia. Sabe que sus derechos ante la ley son los mismos de la otra raza, y se afana á todo trance por poner esta igualdad de manifiesto. ¿Qué mucho, entonces, que en la práctica la ley Lynch subsista aquí todavía?

He reproducido esos párrafos de la correspondencia del doctor Lan, porque ellos son un apoyo á la sabia opinión de M. Remy de Gourmont sobre los negros y su actitud en la América anglo-sajona. En las especies humanas hay diferencias casi infranqueables. «Si lo son sexualmente—dice—no lo son socialmente. He aquí que Mr. Roosevelt pretende imponer á los blancos la supremacía, aunque local, aunque momentánea, de hombres de color, aunque distinguidos. Se trata de algún preceptor, de algún juez de paz». Eso parece nada y es enorme. Hay pastores negros, hay curas negros, los hay chinos: ¿qué hugonote francés, cuál de nuestros paisanos católicos iría á confiarse, sin risa, ó sin asco, á ese ministro, verdadero, sin embargo, de su religión? La especie domina la religión. Sin duda la religión es un vínculo, y un chino cristiano ha adquirido algunas nociones que le acercan á un civilizado occidental. Pero eso es bastante flojo. Los negros de Mr. Roosevelt pueden ser excelentes wesleyanos, perfectos baptistas, metodistas deliciosos; el sajón, el latino, ó el celta los rechazan unánimemente, y su rechazo es bello, pues está conforme con las voluntades de la naturaleza. El patriotismo del suelo es excelente; hay que defender su casa contra los ladrones, eso es elemental. El patriotismo de la especie, ó, si se prefiere la palabra literaria, el patriotismo de la raza, ha llegado á ser tan necesario como el patriotismo del suelo. Veo la cuestión negra, hoy particular á los Estados Unidos, agrandarse desmesuradamente. Mañana se planteará en el mundo entero, bajo un color ú otro. Los americanos, protestando contra los sentimientos demasiado bíblicos de Mr. Roosevelt, sirven á la causa de la civilización, absolutamente ligada á la preeminencia de la raza blanca; pero si ellos quisieran obedecerle, y aceptar funcionarios negros, y casarse con negras, y procrear una bella raza de mestizos, si consintiesen en degenerar, en fin, harían un gran servicio á la Europa. El país del juez Lynch es demasiado vigoroso para consentir en tales humillaciones, y el noble patriotismo de la especie es demasiado potente. Vale más linchar negros que elevar estatuas á los Schoelchers. Claro es que el sentimentalismo cristiano se opone á esas crueldades que la ciencia enseña. El escritor negro de que he hablado—un mentado Tobías—, en su largo trabajo en pro de su raza no puede manifestarse más altivo, alguien diría más insolente. Como tiene sus letras y sus ciencias, se alza contra los amos armado de ellas y proclama, no la igualdad, sino la superioridad de los negros sobre los blancos. La superioridad intelectual y la superioridad física. «Tenemos—dice—mucha más imaginación.» Y señala como síntoma de decadencia los dientes cariados y las cabezas calvas de muchos anglo-sajones, ante las bien provistas mandíbulas y las tupidas pasas de los libertos de ébano.

Estamos lejos del excelente Domingo de Robinson, del famoso tío Tom, de los gratos esclavos de las familias de la Colonia. Felizmente, el negro, en su especie, no tiene las condiciones de la raza amarilla, y no es fácil, al menos por ahora, que la preponderancia de las razas de color que augura el convencido Tobías, se realice, para ruina y mengua de la civilización occidental, es decir, blanca.

Entre otras cosas consoladoras, acabo de leer este resumen de una sabia Memoria del doctor Roxo, brasileño, sobre las perturbaciones mentales de los negros en el Brasil: «Después de haber estudiado en todos sus pormenores las perturbaciones mentales en los negros, resulta que es un hecho probado que la raza negra es inferior: en la evolución natural es retardataria, y mientras el cerebro de los negros no entre en un período de actividad creciente, será una utopía la nivelación de las razas. Cada cual tiene un grillete que le retiene por los pies: es la tara hereditaria. Y ésta es pesadísima en los negros.»

El romanticismo lo hermoseó todo, hasta los negros. Hugo crea á Bug-Jargal y Lamartine sublimiza á Toussaint-Louverture. El pobre Bezain no alcanzó ya el vaudeville y la revista de fin de año. En realidad, apenas el heroísmo es el que salva al pobre hijo de Cam del ridículo que trae como fatal herencia desde el materno vientre. Necesitan para brillar, el resplandor de la pólvora ó la grandeza del suplicio, para poder resplandecer en la historia Falucho, Antonio Maceo. La Humanidad no ha podido aún ver el genio negro. El talento mismo es en ellos escaso, fuera de ciertas especiales disciplinas, á las cuales se adaptan su agilidad y su dón de imitación. Mr. Tobías señala como un gran triunfo el éxito de una compañía de cómicos de color, Walker y Williams. Hay una cantante que se llama la Patti negra. Hay algunos violinistas y creo que algunos pintores. Según Tobías, abundan los escritores en los Estados Unidos. En la América española no han faltado. Plácido es célebre en Cuba, y Candelario Obeso, en Colombia. Haití cuenta con varios rimadores y cuentistas. Mas, colectivamente, todo eso, en unas partes como en otras, acaba y se resume en la bámbula, en el tamborito, en el toumblack, en la mozamala, en el candombe. Juan Montalvo tenía siempre la preocupación del «negro malcriado». Se refería á los de su tierra. Si llega á sufrir las impertinencias osadas de los de Norte-América, rabia y relampaguea mayormente. Habituados á una secular obediencia, á una tradicional pasividad, la libertad vuelve á los negros locos de vanidad y de crueldad.

Su imaginación—tienen imaginación, dígalo el prodigioso mulato Dumas—les hace concebir una fantástica vida de jolgorios y alegrías, antes tan solamente permitidos á los aborrecidos blancos ... La vanidad, que les es característica—no hay vanidad como la del piel-obscura—, les induce á imitar los gestos y maneras del caballero blanco, del antiguo patrón. El ministrel se pavonea. Su teoría, su sueño, su meta, es la igualdad. Pero que no tenga la más simple representación, la autoridad más pequeña, el honor más mínimo, porque entonces se convierte en el peor tirano. Nada por eso más horroroso y sangriento que las represalias negras en el Norte, y que la política negra, y las insurrecciones negras, en ese todavía misterioso Haití, en donde aun impera el recuerdo de Biassan el feroz, del vampírico Dessalines, y del mismo Toussaint, que, á pesar de la poetización lamartiniana, decía á sus gentes, después de la comunión: _Zoté coné bon Gin; ce li mi fe zoté voer. Blan touyé li touyé blan yo toute_, lo cual en romance quiere decir: «Ya conocéis al buen Dios. Es el que os hago ver. Los blancos le mataron. ¡Matad vosotros á todos los blancos!» Y en seguida tenía la osadía de escribir á Napoleón: «Al primero de los blancos el primero de los negros», cosa que hacía arrugar el entrecejo al duro emperador.

Hablando de las crueldades de los haitianos dice un escritor: «Se buscaría en vano en la historia de los pueblos una manifestación igual de ferocidad. Las vísperas sicilianas y la San Bartolomé fueron juegos de niños comparados con la masacre de Santo Domingo, que saludó la aurora de la república haitiana. Las tradiciones locales abundan en recuerdos espantosos. Colonos, marqueses y condes que llevaban los más hermosos nombres de Francia,—Richelieu, Gallifert, Breteuil—fueron picados vivos, milímetro por milímetro, bajo el cuchillo de los negros, refinados en su salvajismo. Otros fueron decapitados, con un acompañamiento de circunstancias atroces. Los verdugos dejaban las armas de acero, que cortaban bien, y aserraban las carnes y tendones con fragmentos de viejos aros de barril. Y se cree que los _blanc-français_ que perecieron, hombres, mujeres, niños, fueron en número como de veinticinco mil.»

Tienen razón, pues, los blancos residentes en la república semicimarrona de temer por sus vidas. Y los hijos de la civilización europea deben poner oído atento á estas palabras con que el citado D. E. Tobías concluyó el estudio que llamó mi atención y del cual os he señalado algunos puntos: «El problema del siglo XX será el de las relaciones por establecer entre la raza blanca y la raza de color en el mundo. Creo que razas de color triunfarán sobre las razas blancas».

«En la categoría de las razas de color coloco á los africanos, los indios, los chinos, los japoneses y los habitantes de la Oceanía. Tengo la firme creencia de que esa victoria de las razas de color será cierta, y me baso sobre todo en el hecho de que las razas de color aumentan numéricamente, mientras que las razas blancas disminuyen. Y es el número el que dirá la última palabra.»

Ya se encargarán en el país de las bandas y de las estrellas de enseñar á Tobías cómo hablaba Zaratustra.

Mas ¿cómo hablaba Jesucristo?...

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ÍNDICE Páginas. Libro I.

Figuras reales 9 Pascua 17 París y el rey Eduardo 27 París y el rey Víctor Manuel 35 La _Brimade_ 47 Idilio en falso 55 El cetro del _Chiffon_ 61 Cosas de Shakespeare 69 Reyes y cartas postales 77 _Joli Paris_ 85 Divagaciones sobre el crimen 93

Libro II.

Bambini de sufrimiento 103 Friné 111 _Chez Hugo_ 115 Psicología de la postal 119 La gloria de Tartarín 123 El caso de M. Syveton 127 Jardines de Francia 131 Pequeña aventura de una princesa de Francia 135 Viajes presidenciales 139 En casa de Minerva 145 Las Mil noches y una noche 153 París y el Zar 161

Libro III.

En el «País latino» 169 El hipogrifo 175 Impresiones de «Salón» 181 Duelos cínicos 203 La raza Cham 211

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JOSÉ YAGÜES SANZ, EL DÍA X DE NOVIEMBRE DEL AÑO MCMXVII

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Notas del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.