Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 12

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Un vivaz y plausible cuadro de Willette, que habría celebrado Hugo, es _Gavroche_ en la barricada. El macabro _Enterrement du carnaval á Barcelone_, de Graner Arrufi, es una nota española que no vale, por cierto lo que la de Larroque-Echevarría, _Le chanteur populaire_, en la que ambiente, estudio de tipos y composición, revelan un gran talento que sigue las mejores tradiciones artísticas de su país, sin dejar de ser personal.

Le Sidaner, el de la pintura maeterlinkiana, deja hoy sus interiores, sus canales, sus jardines tristes, y nos da un trozo de París. Se reconoce en seguida, por su sabido procedimiento de vaguedad y de bruma, su melancolía inevitable en todo tema que trate, su misterioso vapor de las cosas.

Siempre había que celebrar á M. Aman Jean, cuando presenta tan deliciosas figuras femeninas, como las dos que son el alma de su cuadro la _Confidence_. Hay en este _panneau_ decorativo ciertas deficiencias de dibujo; pero el poema triunfa por su suavidad musical, por la elegancia entristecida, por la distinción melancólica de esa escena íntima, por la gracia lánguida y discreta de esa pintura á la sordina.

Hay buena cantidad de desnudos, unos antiestéticos, otros perversos y sin mira artística propiamente dicha, otros demasiado académicos, y otros abominablemente manchados por el ultraimpresionismo, como los de M. Denis, que, por otra parte, tiene muchísimo mérito y talento.

En los desnudos, el que más atrae por la audacia de un detalle que no se nota á la simple vista, es el de M. Georges Bertrand, _Foas Vitae_, fragmento de un cuadro, composición dedicada _á la Beauté_. M. G. Bertrand es un pagano, un plástico, un fuerte colorista, y un comprensivo del amor sin el pecado.

Hay un inmenso cuadro, la _Bretagne mystique_, que representa una procesión de marinos; es un vasto paisaje de mucha labor y estudio, que servirá para decorar la escalera del museo de Nantes.

En la _Fille des faunes_, M. La Touche sirve un gran plato carnal pimentado, con desdoro de la antigüedad, que no halla qué hacer en un ambiente extraño á las concepciones primitivas.

M. Jean Beraud representa _La nuit_ en una mujer bella, envuelta en un manto de singular manera, y en un fondo crepuscular. Diríase la fotografía iluminada de una chilena.

Y hay más y más cuadros, grandes y chicos, que sería imposible señalar.

_Et tout le reste est ... peinture._

En la Escultura hay poca cosa que se pueda aplaudir sin reservas. Gracias á Rodin y á Constantin Meunier se sale de lo común y bonito. Se ve mucha cosa de vitrina, tentativas de policromía. M. Dejean se empeña en dejar para el futuro tanagras modernísimas, muñequitas de París, no sin talento parisiense. Mme. de Frumerie tiene una agrupación de trabajos de finura, flexibilidad y gracia. M. Froment-Meurice, que lleva un nombre de bastante peso, no ha encontrado asunto mejor que una patada de burra: _Anesse ruan_ ... El _Mommsen_ de Lobach es una buena testa, y la _Sphinx_, de Glicensteim, una simbólica y bella creación en piedra de Bardello, digna de todo elogio. Este mismo escultor, que reside en Italia, expone un busto de D’Annunzio y otro de una hermana del poeta, á menos que no sea hija suya. Hay también notable un busto de vieja, del poeta artista meridional Valére Bérnard, gloria de Marsella.

Mas todo eso está dominado por la central y monumental figura del _Pensador_ de Rodin. Es una osadía, dicen algunos, el llamar así una obra, existiendo _Il Penseroso_.

No es creíble que Rodin, que tiene un talento genial, se presente candidato á la inmortalidad con el objeto de desbancar á Miguel Angel. Hay su bizarría, hasta cierto punto plausible, en interpretar el mismo tema miguelangelesco de la tumba de los Médicis, á su manera, que, por otra parte, tiene algo del formidable Buonarrotti; pero los más entusiastas reconocerán que ni el _Pensador_ vale _Il Penseroso_, con ser una obra excelente de estatuaria, ni Rodin pesa aún en la balanza del mundo y del arte eterno lo que el coloso italiano.

Alabanzas son dadas á la nueva figura del poema de bronce que Constantin Meunier hace tiempo viene plasmando á la gloria y al sufrimiento del trabajo, representado en los tristes obreros de las minas, cuyos aspectos de fatal resignación, de pesadumbre en lucha con la dura Naturaleza, con la áspera materia, ha interpretado en máscaras de un trágico que llega á lo sublime en lo humano. Meunier es belga. Es el hermano de Rodin. La fama comienza á acariciarle, y no ha tenido, como el francés, que luchar con la muchedumbre _au front de taureau_.

Un escritor que piensa alto y dice vibrante, exclama: «Un enervamiento enfermizo agita el pulgar de los modeladores; quieren gustar, y para las decadencias ese deseo no se realiza sin prostituir la forma. Se desprende de la producción contemporánea sin sensualidad exagerada, ó bien el artista se complace en una imitación sin crítica y casi maquinal. Esos son los efectos de un individualismo anárquico y los frutos de una enseñanza negativa que obliga al discípulo á sacar todo de sí mismo, aun lo que no contiene en sí.»

Á Meunier y Rodin no alcanza el anatema. Ellos sacan de su mina personal su propio oro, su propio bronce, sin olvidar las lecciones de los maravillosos antecesores, de los gloriosos pasados maestros que son el orgullo de las artes humanas.

Mas es innegable que el sentido del arte noble se pierde, que nuestra época, á pesar de los que viven á sus anchas y predican las excelencias de su mediocridad, no es una época artística; que otras ideas han cambiado los ideales de belleza de las generaciones, y que el utilitarismo, el mammonismo, por un lado, y el socialismo y el clericalismo por otro, han dado mucho y están para dar por completo á todos los diablos, sentimiento aristocrático de lo bello, entusiasmo por la superioridad del genio, admiración sincera, y el orgullo divino de las alas.

La ausencia de representantes del arte hispano-americano en ambos Salones de este año es notoria y lamentable. Nunca ha habido menos. En el de la Société Nationale des Beaux Arts, hubo uno sólo. En el de los Artistes Français, entre pintores y escultores, suman nueve. _C’est maigre._ En cambio, la falange de norteamericanos crece cada vez más. Porque sucede esta inaudita cosa que nunca me cansaré de repetir, nosotros, los que nos regodeamos de latinidad y de la Loba y de la herencia griega, nos preocupamos malhadadamente de nuestros artistas; y los yanquis, los de Porcópolis, los prácticos, los _trausters_, los bárbaros, protegen, ayudan prácticamente á sus artistas. Así puede verse que van logrando en el terreno estético lo que se han propuesto: tienen pintores y escultores, _ma foi_, que nosotros no tenemos, salvo excepciones contadísimas.

El artista hispano-americano que viene á París, viene siempre con una lamentable pensión de su Gobierno, pues son muy raros, extraordinariamente raros, los púgiles, los luchadores de fuertes hombros y bravos puños, que vengan á bregar en pleno París, contando únicamente con sus propias fuerzas, con su solo cerebro.

Los pensionados de los gobiernos suelen no ser los más talentosos de su tierra, y cuando vuelven no llevan adelantada gran cosa. Y los de talento verdadero viven mala y trabajosamente con el escaso sueldo que casi se les va en modelos y en las modestas cremerías del barrio Latino. Y acontece que, cuando menos piensa un joven de esos, con su porvenir casi asegurado, con su labor de estudio al terminar, se ve abandonado por la luminosa ocurrencia de un Gobierno que no cree de gran importancia el progreso artístico de su país. De esos hay quienes se quedan aquí, en una triste _struggle-for-life_, dándose á labores industriales, vendiendo su producción á la diabla, cuando logran que se la compren, y destrozados de desesperanza ante la imposibilidad de domar la suerte y de conquistar el halago de París, que es la gloria del mundo. Otros ... ¿Recordáis que hace algunos años, entre los pintores hispano-americanos de cuyas obras me ocupé, había uno de quien publicó _La Nación_ el retrato, el cual pintor expuso en el Salón en que yo os informaba, una cabeza de Cristo? Tenía el apellido del Libertador, se llamaba Domingo Bolívar. Estaba en París, lleno de desencanto y de tristeza, á pesar de su buen humor y de su buen talento. Aquella cabeza de Cristo fué lo último que expuso en París. Él no creía ya ni en París ni en Cristo ... Se fué á los Estados Unidos, en donde contaba con excelentes relaciones. Había hecho el retrato del general Lower, que fué gobernador de Cuba, y el de otros personajes. Yo le di una carta para el Sr. García Mérou, quien lo acogió noble y cariñosamente. Mas, Bolívar iba enfermo de París, en donde, pobreza y desilusión le mordieron el alma. Y en Nueva York, hace poco, hizo el gran viaje ... con cianuro de potasio.

Y como ese vencido, muchos otros, pensionados por gobiernos de nuestras repúblicas. Los dichosos son los pensionados por los norteamericanos. No por el Gobierno, sino por los Mecenas anglosajones, que hay muchos. Ya en otra ocasión he nombrado á Mrs. Phoebe A. Hearst, la millonaria madre del propietario y director del _New York Journal_. Esta dama, que tiene varios pensionados de su país en Europa, envió por su buena gracia á París á un artista mejicano, Alfredo Ramos Martínez, sin más condiciones que estudiar y producir. Lo sostuvo cinco años. Y luego, la yanqui, le dijo: «Le voy á quitar la pensión. Ya usted está hecho; ya ha sido aceptado en los Salones y vende sus cuadros. Ahora, no se mueva de París. Luche. Venza. Complétese usted.» Y el artista se quedó, luchó. Y hasta entonces, sólo hasta entonces, el Gobierno de su país, gracias á la iniciativa del ilustre Justo Sierra, le decretó una pensión. ¿Qué rico de Centro, ó de Sur-América, tendría el bello gesto de la millonaria de los Estados Unidos?

Con gusto me expresaré un poco sobre el trabajo y la persona de Ramos Martínez, como lo he hecho con el admirable y fuerte argentino Irurtia. Ramos es un laborioso, y un apasionado del color. Es de los que más honran al escaso grupo hispano-americano parisiense. Ha sido aceptado en el Salón desde hace tres años, y ha tenido muy grandes distinciones de parte de la Sociedad de Acuarelistas. Pues la acuarela es su particularidad, y á ella le debe notables victorias. Vignal, que es autoridad, lo celebra y aplaude.

Es un amable carácter, un buen corazón, un excelente muchacho. Ha sufrido. Sus confesiones pueden servir á los que siguen el camino que él ha recorrido. «Cuando tuve que vivir en París—me decía una vez—, cuando me quedé sin pensión, me sostenía la esperanza de verme algún día con elementos para desarrollar lo que desde hace tanto tiempo persigo; y esta sola idea me dió fuerzas para no desmayar ante las pruebas tan rudas por que pasé. Inmediatamente me puse á trabajar en una fábrica de bibelots artísticos. Desde ese día, ¡qué horizonte tan distinto me rodeaba! Ganaba apenas para vivir. Era un simple obrero, obligado á seguir las ideas de cualquiera. Del patrón. Mas, ese dolor me templó; me produjo una gran indiferencia por el instante y una gran esperanza en el porvenir. Y no pudo ser más: abandoné aquella tarea sin saber adonde ir. Fué peor. Caí en manos de judíos abominables, para quienes trabajé, de día y de noche, quedando toda la utilidad para ellos. Hice ilustraciones para ciertas casas, y fué lo mismo. Ya desesperado, me fuí á Londres, llevando conmigo mi cartera de acuarelas. Desde ese día mi vida cambió. Me las aceptaron todas en el Círculo de Acuarelistas, y á los pocos días adquiría una el duque de Devonshire. En efecto: Londres fué más propicia á ese respecto con el artista hispano-americano. Recientemente, se le ha propuesto hacer una exposición particular de sus acuarelas en el Carlton».

Este joven artista es un ejemplo de lo que la constancia y el tesón ayudan al natural talento. Ramos es de los que triunfan apoyados en su sinceridad ó impulsados por su pasión artística ¡Cuántas veces hemos recorrido juntos el Louvre ó el Luxembourg conversando de las hermosas obras de los maestros, de la belleza eterna! O en el taller del argentino García, hombre de ensueño y de impresión, pintor de secretos luminosos, á quien he de consagrar, á su vez, una página dilatada; ó en el estudio del poderoso é intelectual Irurtia, á quien Charles Morice ha dedicado tan hondas ideas, tan gallardos juicios. Ramos admira á Vinci. El gran Leonardo, más que Miguel Angel, le hace ver la humanidad; su _Gioconda_ es la madre, la esposa, la querida, la hembra completa, según el estado de ánimo en que el espectador se encuentra. Lucrecia Crivelli, para él, es sér de adoración; nada habla como los ojos de esa mujer, que son todo un poema de encanto. En la sola frente hay un divino enigma; en las solas manos están todo el misterio y hechizo femeninos. «Gioconda es todo—me decía el artista—.» Ama á Rembrandt, á Velázquez, «un dios pintando». Querría ver á Velázquez interpretando á Vinci. Se entusiasma con Botticelli, exquisito y refinadamente sentimental. En lo moderno ve que Millet sólo podría decirlo todo; lo colocaría al lado de Leonardo, en los tronos del Arte. «Su campesino» no es el vulgar que vegeta; es el sér noble y bueno, penetrado de la grandeza que respira. En su «Primavera» ¿quién no siente la alegría? Aquel verde nuevo que se ve nacer, los troncos podados en que revienta la savia; uno que otro surco se adivina que hacen pensar en el que los cavó. La Naturaleza es todo allí; los pájaros, las flores que cubren los surcos, y como complemento un cielo tempestuoso en donde se ve la gracia del iris. A lo lejos, bajo un árbol, un campesino reposa á la sombra. ¡Es la primavera! ¿Y Carrière? ¿Y Corot? ¿Y Turner? ¿Y Whistler? Son sus dioses también. Y saluda á Sicly, á Claude Monet con sus armonías de sol, y al brumoso Le Lidauer y sus poemas versalleses. Contrariando ciertas opiniones mías, concluía: «En definitiva, esta época dejará su huella como las anteriores. Vivimos con electricidad, con vapor, todo al minuto, al segundo. El poeta, el pintor, el escultor, haciendo con sinceridad, resultarán siempre grandes.» Es un plausible eclecticismo y una virtud de entusiasmo que me complazco en alabar. Ramos es la fantasía, pero también el buen sentido.

Mas, ¿en dónde están los artistas argentinos, en los dos Salones de este año? No encuentro más que dos nombres, y eso que son de semifranceses, Mme. Dampt, la esposa del célebre escultor, que expone en la Société Nationale des Beaux Arts un retrato de Mlle. Péan, de elegante factura, de expresión, casi diría de estilo; y el Sr. Artigue, de quien me he ocupado ya en otras ocasiones, y que ha enviado á la Société des Artistes Français un cuadro lleno del sentimiento de la Naturaleza, y que denota un gran paso en su labor artística: _Sur la falaise_.

El escultor Irurtia no pudo concluir á tiempo un nuevo envío que de seguro habría tenido igual éxito que las «Pecadoras», tan celebradas por la crítica parisiense.

Don Alberto Lynch, del Perú, en la Société des Artistes Français, tiene un cuadro interesante; un _panneau_ decorativo cuyo asunto está tomado de un verso de Virgilio: «Collados del Taigeto, hollados en cadencia por las vírgenes de Esparta.»

El uruguayo Sr. Samarán presenta dos telas meritorias, una de ellas _Hommage au Maître_, y la otra, en donde la intención se junta á lo bien _reussi_, titulada _N’entend? pas ... toute á Rostand_.

Un discípulo de Bounat, D. Roberto Lewis, cónsul de la república de Panamá, expone dos retratos, de una ejecución cuidada, y con excelente expresión, sobre todo el de Madame L. L ...

Ramos Martínez, el mejicano, tiene obras en ambos salones, cosa contraria al reglamento; pero el hecho está subsanado con que uno de los envíos, el del Salón de los Artistes Français, está firmado por un amigo suyo. Ramos ha logrado en ambos Salones la _cimaise_ y unas flores preciosas en el Salón de Beaux Arts están colocadas al lado de uno de los _clous_, el retrato de lord Ribersdale por Sergent.

José Vera León, venezolano, expone un retrato muy bien realizado en la sección de dibujo de los Artistes Français.

Chilenos han venido sólo dos, Marcial Plaza Ferrand y Valenzuela Llanos. Este es un discípulo de su compatriota Pedro Lira y de Jean Paul Laurens. Ha expuesto en tres Salones parisienses. Es un paisajista de valer; se ve que se inspira en D’Haspignie, aunque procura dar su nota personal, expresar su manera de sentir la Naturaleza, el ambiente, el alma del campo, siendo, con todo, contrario al impresionismo. En su país se le ha hecho justicia, y obtuvo el premio de honor en el Salón de Santiago del año pasado.

Marcial Plaza Ferrand fué también discípulo de Lira, en la Academia de Santiago. Ha obtenido varios primeros premios en concursos de dibujo y pintura del desnudo. En el Salón de su país logró una tercera medalla en 1896, una segunda en 1897, y primera en 1898. Asimismo fué premiado en el certamen Edwards. Ha estudiado en París, bajo la dirección de Jean Paul Laurens. Expone por primera vez en la Société des Artistes Français, en donde le han admitido dos obras que figuran _sur la cimaise_. Las dos telas, _Parure_ y _Louisette_, revelan un adorador de la «arcilla ideal», un feminista, en el sentido artístico de la palabra, como lo fué uno de los maestros que él admira, y al cual sigue á veces, con amor y éxito, Chaplin. En ambos cuadros expuestos hay esa suave disolución de rosas que caracteriza las encarnaciones del galante y elegante maestro francés, uno de los más bizarros cultivadores de la gracia voluptuosa.

En cuanto á la Escultura, sólo hay dos nombres hispano-americanos, ambos de Méjico: Enrique Guerra y Fidencio Nava. Ambos son talentosos y fervientes de amor á la plástica belleza.

Con tal que haya un ímpetu personal, una conciencia de la senda que se sigue y una sincera pasión de lo Bello, no importan al criterio sereno los procedimientos ó las maneras. Además se es roca ó flor, catedral ó logia, cóndor ó ruiseñor. Se posee la fuerza, ó se posee la gracia, cuando no es el genio que tiene las dos. La montaña de Miguel Angel no impide las amables y deleitosas colinas de Canova. Lo bello clásico no excluye lo bello romántico, lo bello parnasiano, lo bello realista, lo bello simbolista ó decadente. El no admitir más que una fórmula, ó un genio, ó una clase de lo bello, indica irremediable limitación.

Yo confieso que la vía porque va el escultor Enrique Guerra es una vía florida, grata, hermosa.

Él no comulga con fe absoluta en el templo rodiniano, no ama la violencia y las osadías á veces poco comprensibles del autor del _Balzac_ y del _Pensador_. Él va hacia bosques más hospitalarios que las intrincadas selvas del discutido y genial Dante moderno del bronce y del mármol. Si hiciese rodinismo sin sentirlo, caería en ridículo. Expresa lo que siente, como su ingenio lo indica, como su alma lo ve, como su cerebro lo sueña.

En los Artistes Français hay una concepción muy feliz de Enrique Guerra, una interpretación de suave encanto, de una adorable figura bíblica que perfuma aún el mundo con el poema de su ardoroso idilio y con su nombre: es la Sulamita, amada de Salomón, el poeta. Guerra se sintió inspirado después de leer la traducción del _Cantar de los Cantares_, hecha por Renan, y de la prosa marmórea y armoniosa en que se vierte el antiguo filtro de la sensualidad hebrea, brotó la blanca estatua que ha valido á su autor un franco éxito. _Je dors, mais mon cur veille ... C’est la voix de mon bien-aimé: Il frappe: uvre moi, dit-il, ma soeur, mon amie, ma colombe, mon inmaculée, car ma tête est toute couverte de rosée; les boucles de mes cheveux sont toutes trempées de l’humidité de la nuit.—J’ai retiré ma tunique; comment veux-tu que je la remette? J’ai lavé mes pieds; comment les salirais-je? Mon bien aimé alors á éntendu sa main sur la fenêtre et mon sein en a frémi. Je me lève pour ouvrir á mon bien-aimé; ma main á touché la myrche; mes doigts se sont collés á la myrche liquide qui couvrait la poignée du verrou. J’ouvre á mon bien-aimé; mais mon bien-aimé avait disparu, il avait fui. Le son de sa voix m’avait fait perdre la raison. Je sors, je le cherche et ne le trouve pas; je l’apelle, il ne me repond pas. Les gardes qui font la ronde dans la ville me recontrent; ils me frappent, me meurtrissent; les gardiens de la muraille m’enlevent mon manteau. Je vous en prie, filles de Jerusalem, si vous trouvez mon amant, de lui dire que je meurs d’amour._ De ese canto encantador lleno de leche y miel y vino y olor de manzanas y de rosas no recuerdo que ningún escultor, antes que Enrique Guerra, haya extraído un tema para una estatua. La amada oye la voz del amado y medio se despierta; su magnífica desnudez es una deleitosa armonía del eterno canto de la carne primaveral. Mas la obra del artista mejicano no tiene únicamente el valor de reminiscencia bíblica ó encarnación de un tipo literario; guarda su simbolismo, eterno y moderno, cuya expresión inician las figuras que vagamente surgen del fondo, y que suscitan, simplemente, el arte. El que tenga orejas, que oiga.

De Fidencio Nava diré que es otro que sigue nobles tradiciones. Me parece que sus maestros admirados y seguidos son los grandes del Renacimiento italiano, sin que esto le impida seguir tendencias modernas. Ha progresado mucho, porque su inteligencia vivaz va acompañada de constante estudio y laboriosidad. Nervioso, con mucha chispa intuitiva, Nava es también un adorador fogoso de su arte y del Arte. Poco á poco va ascendiendo; pero su ascensión la hace á paso seguro y firme. Presenta en esta ocasión—en otra seré más largo sobre su obra—un busto de Mlle. Barral, hija del célebre sabio, que ha agradado generalmente por la vida que hay en él y por el carácter y plasticidad. Fuera de los elogios de autoridades, le ha valido este busto un buen triunfo, y es que un comité formado para la erección de un monumento á Barral le haya encargado la ejecución del importante trabajo. Este monumento, que se elevará en el cementerio de Montparnasse, dará á su autor, no lo dudo, una victoria parisiense. Una figurita llena de gracia que se hará popular por Barbedienne, es la _Petite boudeuse_. Así demuestra Nava la flexibilidad de su talento, su facilidad de interpretación y expresión de la figura humana, su modo sereno de pensar y su manera feliz de sonreir.

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DUELOS CÍNICOS

DÍA domingo. Visita al Père-Lachaise cínico. Es allá, en Asniéres, en la isla de los Perros, junto al puente de Clichy-Asniéres. Puede ir uno por el ferrocarril, saliendo de la Gare Saint-Lazare. Yo preferí el tranvía Madeleine-Asniéres-Geunevilliers, que pasa por la puerta del cementerio.

¡Un cementerio para perros, para gatos, para pájaros!—y la parte anarquista que hay dentro de mi sér se sublevaba.

¡Cómo! ¡mientras hay tanta persona estimable que se muere de hambre, al pie de la letra; mientras en tanta casa del vasto París se siente la obra espantosa de la miseria, hay dinero que los ricos emplean en levantar monumentos á sus amigos, en una extensión de solidaridad harto censurable!

La representación de lo más asqueroso, de lo más miserable, de lo más infectamente horrible, ha sido siempre un perro muerto. Tan solamente en el cuento de Tolstoï, Jesucristo encuentra que los dientes de la inmunda carroña son comparables á las más finas perlas.

Aquí ascienden los animales á categoría personal. El muladar se transforma en jardín, y la memoria del amigo de cuatro patas se perpetúa en bronce ó piedra. De esto á la latría no hay más que un paso.

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