Parisiana Obras Completas, Vol. V

Part 11

Chapter 113,893 wordsPublic domain

LAS gentes han estado locas—más que de costumbre—en estos días, con motivo de la nueva empresa automovílica, la carrera París-Madrid. Los periódicos han dedicado largas columnas; los camelots han vendido miles de programas y mapas; los concurrentes á la prueba han sido mucho más numerosos que en otras anteriores; los nombres de Michelin, Mors, Mercedes, Panhard, Renault y demás fabricantes de máquinas veloces andan en todas las bocas. Es el tiempo en que un chauffeur hábil y osado goza de triunfos y aclamaciones que jamás obtendría un Berthelot, un Pasteur, un Anatole France. La locura de la rapidez, que ya creo que ha sido estudiada por los médicos, invade de manera alarmante á la ciudad de los _marcheurs_ jóvenes y viejos. Y las mujeres se mezclan en el asunto. Ayer era una ex cantante de café concert, Bob Walter, la que ocupaba la pluma de los cronistas; hoy es Mme. Du Gast, la _dame au masque_ del proceso resonante y mundano, por quien la mano de cierto noble francés cayó sobre la mejilla de un viejo abogado; Mme. Du Gast, que se va á correr kilómetros, á más de ciento treinta y tantos por hora, en su _auto_ decorado con los colores amarillo y rojo: «_vive l’Espagne, ole!_» Y una enorme muchedumbre se ha desvelado para ir á ver partir á los corredores, y ha lanzado gritos de entusiasmo que no oyeron los griegos de ligeros pies y los cocheros líricos celebrados por Píndaro. Temeroso delirio colectivo, manicomio suelto ...

Antes de la primera etapa, los muertos han sido siete, entre ellos _sportsmen_ ricos, y los heridos muchos. Fuera de los locos de las máquinas, han sido víctimas pobres gentes encontradas en los caminos y destripadas por la veloz y pesada cucaracha de hierro y caucho. Los aduladores de la industria _á outrance_ dicen que el suceso no vale la pena, que los negocios son los negocios y que «para comer tortillas hay que romper los huevos». Y cuando aquí el Consejo de ministros resolvió suspender la carrera en territorio francés, parece que el joven Alfonso de España hacía todo lo posible en su real empeño para que continuase en la parte española la temeraria competencia. ¿Por qué? Fuera de su capricho y curiosidad de adolescente, porque se habían hecho gastos en la tierra de Wamba para recibir los automóviles, y porque, allá como acá, cierto público estaba fuera de sí de contento. Cierto público; lo que es el pueblo, en algunos lugares, recibió al hipogrifo á pedradas.

Hipogrifo violento Que corriste parejas con el viento, ¿Dónde, rayo sin llamas, Pájaro sin matiz, pez sin escamas Y bruto sin instinto Natural, al confuso laberinto De estas desnudas peñas, Te desbocas, te arrastras y despeñas?

Unos hipogrifos violentos se desbocaron, y otros se despeñaron y se deshicieron contra los árboles.

Y los aficionados y los apasionados esperan en una velocidad aún mayor, lo cual será la coronación inaudita de la industria francesa, pues es en Francia donde esa rama sportiva priva y vence con mayor fuerza y más elementos que en parte alguna; coronación que hará progresar los negocios de tales y cuales fabricantes y de tales y cuales campeones, sobre un campo de rotas crismas y de huesos deshechos. Ya el buen _populo_, encarnado en Dranem, canta con razón: _J’en ai soupé de l’automobile!_ Y el automóvil ha _soupé_ y continúa manducando pobres diablos de peatones que tienen la mala suerte de encontrar en una calle ó camino real al desbocado armatoste homicida. Trust, record, looping-the-loop, cake-walk ... van con el progreso; con el progreso, que tiende á la posesión del infinito por la supresión del tiempo y del espacio. Todo lo que el adelanto humano crea, todo lo que los inventores inventan, va á ese afán de dioses: suprimir el espacio y el tiempo. En el sport moderno se complica ese afán con la neurosis colectiva. Todo lleva al exceso; exceso de goces, exceso de negocios, fiebre de velocidad. Y el espíritu yanqui, invadiendo el mundo, impone el record. Y el mundo tiene la necesidad de comprender el inglés: trust, record, looping-the-loop, cake-walk.

_All right!_

¿Es inglés el autor de ese refrán culinario-nietzscheano: para comer tortillas hay que romper los huevos? A mí me parece más bien español, y llamarse don Pero Grullo; ó francés, y llamarse M. de la Palise. Pero la aplicación feroz del proloquio creo que es modernísima y está entre las cosas que habló Zaratustra. Es un filósofo excelente para los que comen, é inquietante para los que son comidos. En el caso del super-chauffeur, no cuenta para nada el desventurado que tiene la perra suerte de ser aplastado por el automóvil. El super-chauffeur es el representante de la energía humana y la omnipotencia de la industria, del capital: ¡ay del que se le presente en su camino! Sucede que él también, el super-chauffeur, se revienta la persona contra un tronco ó contra un barranco. Todo está perfectamente. El patrón necesita que su fábrica triunfe, que la potencia industrial aumente, que Moloch coma su tortilla, y para comer tortillas hay que romper los huevos.

La lógica de ese principio se aplica en asuntos mayores. Buena tortilla fué la que saboreó Moloch cuando la Gran Bretaña aplastó al pequeño Transvaal. Los negocios son los negocios, y los aplicadores de la ley zaratustresca se llaman Cecil Rodhes, se llaman Chamberlain. Época espantosa en verdad, más que ninguna otra de la historia del hombre. El corazón del mundo está enfermo; la vida hace daño; la inquietud universal se manifiesta de mil maneras, peor que en el año 1000. Porque en el año 1000 había siquiera fe y esperanza, y el hombre actual ha asesinado á ambas. Todo se reduce á la victoria del momento, por la fuerza, por la violencia, por la habilidad. La Gloria está amenazada de muerte, como el viejo Honor que agoniza, y el Pudor, y la Caridad. Los degenerados de arriba están en vísperas de ser suplantados por los energúmenos de abajo. Los reyes se van y los pueblos no saben adónde ir. Y el porvenir viene en automóvil, velozmente, desbocadamente, matando, estallando. La medianía socialista cree ver desde hace tiempo en el actual progreso, allá en el Oriente, una aurora. Y es un incendio, á menos que no sea una erupción, un Vesubio ó un Montagne Pelée.

Todo lo que en otro tiempo había sido aprovechado en ventaja de la fraternidad soñada de las razas, en favor de los ideales cristianos, se aplica ahora á la destrucción y á la guerra; la guerra, que soñaba Víctor Hugo desaparecida en los comienzos del siglo XX, adquiere mayores alcances, á pesar de las patrañas diplomáticas y de los idilios pacificadores de retrasados ideólogos. Desde el momento en que el dinero suple hoy los antiguos ideales, la disputa de la tierra y de la riqueza se hace más enconada, y el _crack_ de la moral trae el más absoluto desastre. Jamás el sér humano ha sido menos ángel; jamás ha sido más bestia fiera. Y esto con automóviles, con telégrafo sin hilos, con cinematógrafo, con la omnipotencia de la máquina en la industria y del oro en todo.

* * * * *

Todo eso es irracional. Pero toda la vida, dice Tolstoï, es irracional. Es irracional que el hombre tenga órganos inútiles, y que el caballo tenga un vestigio del quinto dedo; es un gasto inútil de energía. Los gastos inútiles de energía los autoriza el progreso. La utilidad de una carrera loca de automóviles es absolutamente absurda. Eso pasa en el reino del irracional. Un hombre rico, sano, quizás feliz, va, deja sus comodidades, su hogar, su bella mujer, sus hijos, para lanzarse á devorar espacio. Y muere. Muere y mata. Antaño se iba á las cruzadas; y más antes, Jasón iba al ideal.

Hoy el heroísmo tiende á la especulación por un lado y el anonadamiento por otro. Una raza de inquietos, de bovaristas, de neurasténicos, marcha hacia la confusión infinita. Y Moloch engorda con sus tortillas humanas; Moloch, el eterno, el indestructible, el dios apetito y el dios crueldad.

_Oh que la vie est quotidienne!_, decía Jules Laforgue el montevideano. Laforgue debía haber vivido hasta el siglo XX, pues la época encontraría en su ironía hamletiana y ultramoderna su verdadero poeta. Mas él también murió, aplastado por su tiempo, herido por el mal común.

¡Oh la delicia de la mediocridad! ¡No poder pensar, aislarse en la inconsciencia! ¡Poder entusiasmarse por un biciclista!

Se siente crujir los huesos del cráneo. Me apresuro á poner punto final, pues corre peligro este artículo periodístico de acabar en poema en prosa. Y eso ya sería grave.

[Ilustración]

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IMPRESIONES DE “SALÓN”

LOS pintores que persisten en una manera invariable y reconocida, siempre con telas que se asemejan unas á otras, y con temas incambiables, ¿lo hacen por su propia voluntad? Esos pintores no lo hacen por su propia voluntad, antes bien por la imposición de la voluntad de un público que les exige la misma cosa. Y su público les paga, y pues les paga, es justo pintarle la misma cosa para darle gusto. Cuando un voluntarioso se evade, la sorpresa protestante del comprador y de la admiración de casillero, se expresa. He aquí, por ejemplo, al fino y talentoso Raffaelli que deja ahora su París habitual, sus muelles, sus escenas callejeras, y presenta paisajes de Bretaña. Los que ven estos cuadros no están contentos. Esa naturaleza risueña, esos fragmentos de campaña, esa nueva nota, no es perdonada por los que han condenado al artista á parisianismo perpetuo. Renovarse ó morir, dice el artista: la opinión general dice todo lo contrario. A mi entender, Raffaelli ha hecho muy bien en buscar un nuevo campo á sus colores. Sus cualidades personales resaltan en todo caso. Su notación precisa, su dominio de la luz, trate lo que trate, le sostienen en su puesto, el de uno de los primeros maestros del arte francés de nuestros días. Otra sorpresa para los usuales admiradores es que la Bretaña de Raffaelli no se parece en nada á las Bretañas de los bretañistas de profesión ... Aquí todo es claro y grato, florido de sol, y en vano se buscarían las rudezas, brumas y aspectos sombríos de la Armórica.

Para la Bretaña negra, entristecida y ruda, ahí está monsieur Cottet, que cada año presenta una página de su obra bretona, con las asperezas de color, el realismo, y quizás una vaga preocupación de primitivismo, que le distinguen. La de ahora, _Femmes de Plogaitel_, aunque inferior á la «Noche de San Juan», está llena de vida; en un paisaje regional, cinco figuras bien estudiadas, expresan el alma de la composición.

Al lado de Collet, Simón manifiesta la tristeza tradicional y la devoción dolorosa de la raza con sus _Bretons a la messe_. Ambos pintores son de los que toman el arte en su verdadera transcendencia, y procuran realizar su concepción de lo bello pictórico, según sus maneras de pensar, sin sujeción á los caprichos de la crítica y de la moda.

He aquí uno de los envíos que atrae más curiosos: _Cherubin de Mozart_, de M. Jacques Blanche. Es un cuadro gracioso y literario, tan literario como que el Querubín de Mozart es la Berenicie de Maurice Barres, cuyo retrato está al lado, para dar testimonio.

Muy inglés, muy aristocrático, muy barresiano, el cuadro de M. Blanche tiene por qué atraer, además de su preciosísimo pictórico, á la muchedumbre elegante. El retrato del predicador de la cultura del yo, muy significativo y bien interpretado, es un buen dato iconográfico para los futuros historiadores del egotismo á fines del siglo XIX y del nacionalismo á fines del XX.

Seguiré señalando los _clous_. Ahí está el ultraselecto Boldini, con dos retratos que son dos _bouquets_ impregnados de parisina, el de la princesa de Hohenlohe y el de Mme. L ... En ambos la gama blanca predomina, estallando en uno de ellos un ramillete de rosas que adorna el busto fino y erguido.

Las figuras se dirían torturadas de elegancia; el dibujo afina los rasgos hasta la fuga; el torbellino del color se junta á la exasperación nerviosa, y cada tipo de mujer hace pensar en admirables y supergalantes receptáculos de placer moderno, de agudas sensaciones, de seducción serpentina y de «más allá de la decadencia». Agregad á la exagerada ligereza parisiense la más punzante y cálida intención italiana, y no es esta pintura de Boldini, pintura de virtuoso, ejecución de prestidigitador de la paleta, bueno para cantado en las rimas rebuscadas y raras de un Montesquieu-Fezensac, quien, por otra parte, creo que le ha cantado ya: Boldini, Paganini, dirá después Jean Lorrain.

Y he aquí otro «clavo»: _M. Jean Lorrain_ por de la Gángara. Es una obra de arte de artificialidad; es un retrato compuesto á la manera de los retratos literarios de ese famoso cultivador de literatura fuera de natural. Todos los desequilibrios del snobismo, todos los viciosos por moda, todos los falsos Phocas, todos los simuladores del pseudotalento, todas las viejas arpías del casino y todos los estetas rezagados del tiempo de Dorian Gray, se quedarán largo rato ante la imagen del novelista del _Vicio Errante_. Es una maravilla de _pose_. Es el no más allá de la vanidad literaturesca, el acabóse de la presunción en la rareza ... Es un buen documento.

Del gran Whistler, maestro que ha influído grandemente en la pintura de su tiempo, y cuya pérdida reciente ha sido justamente lamentada en todos los círculos intelectuales del mundo, hay varios cuadros. Aun revuela, encantando con su fulgor póstumo en este ambiente, la psique misteriosa del alto artista, el caprichoso, sutil y vago _papillon_. Lo principal es un retrato de dama, plata y rosa, hecho con la suprema distinción y la maestría reconocida en quien pudo reunir la mayor sobriedad y discreción á la más potente fantasía y dón de ensueño.

Otro _clou_ son las telas expuestas por el español Anglada. ¡Bravo y simpático artista! Suelo encontrarle por el lado de Montmartre, con sus ojos penetrantes y su grandísima barba negra, serio, pensativo. ¡Quién diría al verle, que estuviese poseído de la locura del color, así como el gran Hokusai—y no es poca la comparación—estaba poseído por la locura del dibujo! Anglada ha presentado varias telas, en que aquella locura se agita, clama, se publica. Mas en esa cosa inusitada y de una increíble audacia, hay una estupenda sabiduría de paleta. Yo no sé, si como otros que se creen emancipados de todo, este revolucionario no sabe dibujar; se creería esto al ver las esqueléticas piernas de alguna de sus parisienses nocturnas, y tales ó cuales rasgos de un qué-se-me-da-á-mí asombroso; mas la riqueza de sus tubos, la destreza y luminosidad de sus pinceles son tales, que desde luego hay que afirmar que uno se encuentra ante las genialidades de un artista de excepción, de un carácter lleno de dotes singulares y de brío. _C’est en héros effarouché_, como yo me he detenido delante de esos delirios de fuegos de colores, de esas visiones semifantásticas, semimacabras ... Y, sin embargo, ¡eso existe, puesto que él lo ve! Mas esto no piensa la mayoría de los visitantes que, al pasar ante _Verlinsaut_, la «Gitana de las granadas» y las otras creaciones fosforescentes, nocturnas, ó detonantes, unos se encogen de hombros, otros ríen, decididamente convencidos de que eso es muy divertido, y otros se enojan, arrugan el entrecejo, protestan en voz alta: _C’est honteux!... C’est affreux!... C’est fou!... C’est horrible!_

Quizás Anglada modere un tanto su agitador y alucinante _whim_, y, aprovechando lo que de admirable y de encantador hay en su talento y en su procedimiento, brinde á los amantes de las hermosas creaciones pictóricas, nuevas sinfonías, dulcificadas con un poco de razón y otro poco de mesura. Por lo demás, ¿quién, aun entre los más escandalizados, podrá negar que se está en presencia de un maravilloso colorista, de un dominador del iris, de un vencedor de la luz?

En donde se quedan por largo rato los artistas, los conocedores de lo bello discreto, de lo bello amable, de lo bello ensoñador, los adoradores de la poesía pintada, es ante los cuadros de Santiago Rusiñol. Poesía de los «jardines de España», poesía de los arrayanes y de los cipreses; poesía de los solitarios y viejos y melancólicos rincones llenos de la nobleza desvanecida de antiguas edades; poesía de los almendros en flor en el campo verde cerca del mar azul, en las luminosas Baleares; patio de los naranjos, con las notas de oro, en el obscuro ramaje; blancas barcas; melancolía del valle en la ternura de la tarde, y la maravilla solar anotada en pautas delicadas. Baste decir que en las telas de este poeta, hay el mismo _charme_ profundo y aristocrático que en sus prosas poémicas.

La _Princesa Matilde_, de Bernard, detiene á los curiosos del alto mundo y á los amigos de la pintura brillante y graciosa, y otro retrato de este artista hay que afirma una vez más sus victorias de color y sus excelencias de plasticidad y vivacidad.

Las evocaciones brumosas de Carrière reciben, como es de costumbre, en cada envío, los ditirambos de los unos y los dicterios de los otros. Es un artista, fuera de discusiones de técnica, cuya manera personal, comprensiva y honda, traspasa los límites de la simple pintura. Hay más filosofía y más poesía de la que el curioso visitante se imagina en cada una de las obras de ese excelente.

Mucho ha llamado la atención de todos el retrato de lord Ribblesdale, por Sargent. Es, en efecto, una de las pocas obras maestras que hay en la innumerable copia de telas que existe en el Grand-Palais. Tiene todas las buenas condiciones que han hecho triunfar, sobre todo, como retratista, al autor de la Carmencita del Luxembourg: color, dibujo, expresión, carácter, alma. Le han criticado algunos el que la estatura del tipo retratado tenga una cabeza más de lo natural, y esta crítica me parece sobradamente injusta. Desde luego no hay sino un recurso para aumentar la significación, para ayudar al sentido característico; y después, ese recurso ha sido empleado por muchos maestros de la Pintura y especialistas del retrato, en todas las épocas. Watteau tiene de esos personajes alargados intencionalmente; y el soberano Van Dyck ha dejado muchos en su galería de nobles personajes. Más de una cabeza hay, por cierto, en la estatura del conde de Carlisle, cuadro que es propiedad del vizconde Cobham; en el del vizconde de Grandisson, propiedad de Jacob Herzog, de Viena; en el de la marquesa Adorno-Brignole-Sale, propiedad del duque de Abercon, en Londres; en los retratos de lord George Digby y del duque de Bedford, propiedad del conde de Spencer, en Althorp; en el de los jóvenes lores Jhon y Bernard Stuart, que tiene en Cobham Hall el conde de Darnley. No es, pues, tan gran pecado el cometido por Sargent al caracterizar según tan ilustres tradiciones á su aristócrata retratado, y si peca, peca en magnífica y gloriosa compañía.

De los consagrados oficiales, el presidente de este Salón, Carolus Durán, tiene tres telas que nada agregan á su fama. Un retrato de la señora Gould, marquesa de Castellane, muy bien trabajado, muy bien decorado, muy bien sentado, muy para el mundo en que la dama vive; otro retrato de los niños del conde y condesa de Castellane, nietos del archimillonario yanqui, y que revelan futuros _sportsmen_ y un _Vieil Espagnol marchand d’éponges_, figura muy estudiada y bien asida. Solamente ese viejo español parece una figura de gheto, ese viejo español es un judío viejo. Sería fácil corregir: «Viejo judío español» ...

Cuadro decorativo y de efecto, _Deuil_, por M. Agache, cuya explosión de color se advierte desde que se entra á la sala en que está. M. Dinet, con notables cualidades plásticas, trata un asunto miliunanochesco, las _Filles de Djeun’s se jouant dans l’eau_; la demasiada realidad que se nota en esta página de fantasía reduce las visiones de cuento á agradables casos teratológicos. No se puede menos que celebrar, una vez más, las marinas de Mesdag, quien siente hondamente el mar, en calma ó en tempestad, fosco ó amable. Es el maestro de quien ha dicho con razón Romualdo Paulini: _Mesdag non ci rivela que quello che vede; ripetendo lo stesso motivo egli e riuscito ad ottenere in tutta sincera potenza la trasparenza di quelle acque sconvolte che veramente non sono paragonabili a nostri mari, pur quando sieno agitati dalle tempeste. D’altra parte egli non ha solo dipinto il mare influriato; ma l’ha ritratto negli aspetti piú vaghi del tramonto calmo e dell’alba d’oro; ma di preferenza lo ama tragico e sconvolto._ Aquí hay ahora una marina de esas borrascosas en que se siente el viento y el respiro del agua ensombrecida.

El _Louis XVI et Parméntier dans la plaine des Sablons_ de M. Gervex es una página que ganaría en su reducción, y semejante á las odas de antaño á la invención de la vacuna, ó á la gloria de los cereales; la _Mamme qui se peigne_, de Tournés, recuerda una tela de nuestro amigo Schiaffino; las _Bruleuses d’herbes_, de M. Perret, hacen ver que este pintor ha visto demasiado á Millet.

_L’homme Dieu_, de M. Delville, hace el efecto de una agrandada é iluminada estampa de Gustave Doré. Un interior de Caro-Delvaille, que ha comprado el Estado, es muy celebrado por la fineza del dibujo, y la suavidad de tonos y el ambiente en que «viven» las cinco figuras que animan la escena.

No habían de faltar, como las Bretañas, las Venecias, entre las cuales una de M. Smith y otra de M. Le Gout-Gérard. De un gusto voluntariamente arcaico el plafón de M. Anquetin, no seduce, á pesar de su colorido fastuoso. _L’Etreinte_, de M. La Touche, y el _Nocturne_, de M. Szekely, representan un mismo asunto, en diferente medio y con distinto procedimiento tratado. Allá es el abrazo de amor en pleno lujo, aquí es el abrazo de amor, el beso de dos pobres, en plena pobreza, bajo el cielo de la noche, en un puente, mientras, á lo lejos, se ve el resplandor de las iluminaciones de la ciudad. Es un poco _du Jean Rictus_.

La falange de los imitadores, como todos los años, es crecida. Los que hacen Puvis y los que hacen Bouguereau, los que hacen J. P. Laurens y hasta los que hacen Carrière. Estos, sobre todo, son abominables. No hay que nombrarlos siquiera.

Entre los desnudos, atrae uno de M. Caro-Delvaille, _Eté_; una mujer tendida en su lecho, rosada sobre las blancuras de las ropas, y ante una mesa llena de flores y de frutas. Por el tipo de la dama—la cual es demasiado espesa para Estío—al cuadro convenía mejor haberle llamado Otoño; un otoño italiano, como podría testificarlo la botella de Chianti que aparece en primer término.

Nada tiene de pintura de moda, ni habla de la última estética el cuadro de M. Herter, _Les heureux_. Eclécticamente declaro que, como otras cosas complicadas y bellas, esto, natural y bello, me encanta. Me encanta, porque da la completa ilusión de la vida, de la carne, de la respiración, de la buena y sana animalidad humana. Así como hay estatuarios que son pintores, este pintor es estatuario; sus dos figuras se animan y salen fuera de la tela, dando la impresión á maravilla. Confieso que prefiero este arte al de algunos exagerados puntillistas, ó más bien confettistas, que hay aquí al lado, y cuyas obras no convencen á la admiración ni al aplauso.

Llama la atención por su asunto exótico y raro, por sus cualidades de pintoresco y de color, y por la observación de detalle, el cuadro de M. Richon-Brunet, _L’éxode_. El pintor, á quien debe ser familiar la campaña chilena, expresa una tribu de araucanos en viaje. Podría tal vez tachársele cierta teatralidad de las figuras, mas la obra es de mérito indiscutible.

Como animalista, se distingue M. Cauvelaert; como suntuoso y elegante, Mr. Bunay, que une á cierto prestigio antiguo un excelente modernismo; como colorista y realista en sus retratos, M. Paulsen.