Parisiana Obras Completas, Vol. V
Part 10
Y ahora, yo puedo prometer, sin temor de mentir, que el telón no se alzará sino sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya jamás encendido, sobre la nieve del papel, el frágil útil del relator.
Tal es el prólogo que abre las misteriosas y talismánicas puertas de esos reinos de soñaciones tan humanas y tan divinas. El doctor Mardrus no anuncia en vano. Entre las más prestigiosas y extrañas decoraciones comienzan á desarrollarse las más inverosímiles y magníficas escenas. Emergen de la narración los más variados relentes; se oyen los más inauditos ruidos; se ven las más desmesuradas visiones. Florece libre la alegría de una humanidad sin complicaciones, sana y fresca en su prístina naturaleza.
El pan se llama pan, el vino vino, y la función de amor como en el decálogo de Moisés. Nada hay contrahecho; no existe allí ni el pecado de nuestras teologías, ni la vergüenza de nuestros culpables pudores, ni la malicia de nuestra perversidad de civilizados. Hay sí una superior cultura que impone la justicia y la bondad en las almas. Y lo desconocido se muestra naturalmente, y lo prodigioso es usual, y el ensueño entra en la vida y la vida en el ensueño, como era justo que fuese. Bien se explica el querer de Stendhal, que deseaba «olvidar dos cosas: _Don Quijote_ y _Las mil y una noches_, para cada año experimentar al releerlas una voluptuosidad nueva».
De mí diré que libro alguno ha libertado á mi espíritu de las fatigas de la existencia común, de los dolores cotidianos, como este libro de perlas y pedrerías, de magias y hechizos, de realidades tan inasibles y de imaginaciones tan reales. Su aroma es sedativo, sus efluvios benignos, su gozo refrescante y reconfortante. Como cualquier modificador del pensamiento, brinda el dón evasivo de los paraísos artificiales sin el inconveniente de las ponzoñas, de los alcoholes y de los alcaloides. Leer ciertos cuentos es como entrar á una piscina de tibia agua de rosas. Y en todos se complacen los cinco sentidos, y los demás que apenas sospechamos.
* * * * *
De ninguna manera recomendaré la lectura de la versión Mardrus más que á hombres de letras, á hombres de estudio, á hombres. A no tratarse de juiciosas y tranquilas damas amacizadas de literaturas, ninguna de nuestras señoras está preparada para obra tal, que indudablemente les causaría escándalo. El desnudo oriental es todavía más natural que el desnudo clásico griego. En cuanto á las señoritas, claro está que no pueden leerla. Baste con decir que la moral de las señoritas mahometanas es muy otra que la que se enseña en Sagrados Corazones y demás colegios en que reina la doctrina de Cristo.
¡Feliz quien pueda con naturalidad y sencillez, sin ironía ni maldad, pasearse por tan floridos y perfumados jardines de delicias! ¡Dichoso el que pueda impregnarse como de un ungüento fino de la poesía de los poetas de Allá Lejos! Sentirían que por un momento caen de las alas de su alma los hierros seculares que una angustia de siglos ha mantenido en ellas. Y se sentirá, como dice la bella expresión del doctor Mardrus, nuevo Simbad que nos trae historias milagrosas de los países de las maravillas, se sentirá «navegante aéreo en la noche»....
[Ilustración]
PARÍS Y EL ZAR
ERA una gran alegría nacional; la Francia estaba de fiesta. El cañón había tronado gloriosamente en las revistas navales. Los marineros de los barcos de Rusia eran abrazados y besados en las calles por una muchedumbre entusiasta y clamorosa. El autócrata heredero de Pedro _el Grande_, hacía, como su fuerte abuelo, una visita á París. París se puso su mejor tocado, se embanderó, se coronó de luces, cantó en populares músicas salutaciones al poderoso recién venido y á su hermosa compañera la emperatriz Alix. Todas las gentes manifestaban un contentamiento singular. Se gritaba: _Vive l’empereur! Vive la Russie!_, á todo pulmón y con toda el alma. Era un delirio de regocijo, una satisfacción intensísima demostrada de diversas maneras; la Prensa celebraba el fausto suceso; las ilustraciones se llenaban de retratos de los huéspedes ilustres. La nobleza exultaba, la burguesía se desleía, el bajo pueblo no cabía en sí. Estaba en la capital francesa el monarca ilustre del país aliado, el potente imperio moscovita. Funciones de gala, bailes, evocaciones históricas, versos áulicos, festivales pomposos, todo hubo en honor de los huéspedes. Nicolás era el ídolo de París.
... Hoy se grita en reuniones y _meetings_: «¡Abajo el tirano de Rusia!» Con pocas excepciones, todos los periódicos, dando al olvido la alianza, abominan el régimen cesáreo de Petersburgo y tratan al emperador de asesino. Jaurés, el acomodaticio con los reyes de Italia, aprovecha para volver á sus cargas socialistas. Los caricaturistas se muestran feroces con el Romanoff, que se encuentra, no por cierto cómodamente, entre la espada y la pared. Aquí está Nicolás con su corona imperial y su manto de armiño manchado de sangre, con una leyenda en que se le llama «zar asesino», y en que M. Loubet le dice: «Nicolás, tú eres un tonto. Cuando se quiere despedazar al pueblo, es preciso primero proclamar la República.» En otra parte se ve un zar militar, siempre ensangrentado, con un rostro negro y lívido, de criminal condenado, y estos versos de Víctor Hugo en letras de sangre:
Peuple russe tremblant et morne, tu chemines, Serfat á Saint-Petersbourg, ou forcat dans les mines. Le pôle est pour ton maître un cachot vaste et noir; Russie et Siberie, oh czar! tyran! vampire! Ce son les deux moitiés de ton funeste empire: L’une est l’oppression, l’autre le désespoir!
Lo rudo de los dibujos se compadece con lo áspero de las leyendas.
Vese al emperador con el heredero en los brazos y custodiado por un esbirro armado de _knut_:
«—¿No es cierto que la sangre rusa es hermosa, hijo mío ...? Y no hay que ir á Manchuria para verla correr.» Por una ventana se mira el montón de cadáveres de los obreros fusilados ...
Un caricaturista ruso residente en París, Watteroff, representa á la zarina y al zar en momentos de entrar en el lecho. Ella parece una Juana de Arco coronada, por la armadura que lleva, y él un acorazado Ubu, armado de látigo.
«—Tú quieres—dice la emperatriz—acostarte con la coraza de Pedro _el Grande_.» Y el emperador: «Sí, soy prudente ... Recuerdo la historia de Alejandro ... de Serbia.»
Los artistas se complacen en pintar á los cosacos con la intención que ponían los pintores de antaño en los rostros de los sayones, en los calvarios y descendimientos. Todas son caras feroces, miradas crueles. Todos son gestos rudos y rictus bestiales de brutos sin entrañas. Y en los rostros de los obreros, de las víctimas populares, la desolación, el miedo, el espanto. En los kioskos de los bulevares, desde lejos veis manchas rojas en fondo blanco: es nieve y sangre; son las publicaciones de actualidad, la reproducción de las matanzas de San Petersburgo. En una estampa el pope Sergio grita: «¡Yo muero, pero la libertad va á nacer!» Y el pope Gapón le contesta: «Sí, tú mueres por el Dios de la libertad y por la Patria. Pero vosotros, soldados, no tenéis ya emperador puesto que habéis tirado contra su imagen, y no tenéis Dios, puesto que tiráis contra vuestros hermanos.» En otra, el zar aparece ocupado en lavar su corona sangrienta; en otra ofrece al águila bicéfala que se ve como enferma y canija, ó reformas ó carne de cañón ... «Después de Hull ... San Petersburgo», esto es: después de cañonear barcas indefensas de pescadores, la carnicería de la Perspectiva Newski y de las plazas y paseos de la capital eslava. Se dibuja un Nicolás indeciso, un Nicolás cruel y un Nicolás atemorizado. Vestido de blanco, en el palacio de Invierno, oye á un chambelán dorado que le anuncia la llegada de una delegación de obreros, y le responde: «¡Fusílenlos! ¡Me voy al Zarkoe Selo!» Y en Zarkoe Selo contesta á otro chambelán que le anuncia una delegación de estudiantes: «¡Fusílenlos! ¡Me voy á Peterhof!» Y en Peterhof se le anuncia una delegación nueva: «¡Fusílenlos!... Pero, ¿adónde podré ir ahora ...?» Un coronel feroz como un ogro, dice á sus soldados ante unos niños que suben temerosos á un árbol: «¡Fusílenme todo eso! Esos son los descontentos del porvenir.» Luego, será de nuevo el zar como ahogado entre vapores de sangre, y un pueblo aullante alrededor de él. Una visión de Steinlen es fantástica y macabra: el pequeño emperador entre dos gruesos generales, sobre una blanca estepa; en el horizonte, una siniestra águila de sombra, un cetro y una corona que caen; y todo eso dentro de un círculo dantesco de desesperados, de víctimas, un retorcimiento de miembros, clamorosos hombres, mujeres, niños, ancianos, los sacrificados por el cesarismo, por la impasible oligarquía, por la voluntad de una nobleza inflexible y los mil brazos férreos del poder absoluto.
Y la Prensa comenta noticias como ésta: El emperador conserva la misma calma absoluta que tuvo en el momento en que le dieron cuenta de que 92.000 hombres habían sido muertos y heridos en el Chaho. «¡Noble corazón!» Otros piensan que si la revolución rusa triunfase no ganaría mucho el pueblo mismo. Los bravos ciudadanos franceses, dicen, creen que la revolución francesa se ha realizado el 14 de Julio de 1789, entre el amanecer y el ponerse el sol. Mas ella ha durado diez años.
La revolución rusa ocupará el mismo espacio de tiempo. Los intelectuales desencadenan el movimiento; no serán ellos los que lo conducirán. Cien millones de paisanos iletrados, supersticiosos, salvajes, no se portarán como los franceses del siglo XVIII: apenas si están al mismo nivel que los _Jacques_ del siglo XIV. Su insurrección será, pues, una _jacquerie_. De ese caos surgirá algún genio bárbaro, Atila-Napoleón, que limpiará la Europa. Amén. Entretanto, los estudiantes y los obreros de las ciudades entran en la lucha con un noble entusiasmo. Quieren echar abajo á los Romanoff. Van á morir por la libertad, por la igualdad, por la justicia, por el progreso, así como murieron nuestros padres. Y dentro de cien años, la república triunfará á las orillas del Neva, tal como la conocemos aquí. En lugar del zar, tiranuelos demagogos exigirán del pueblo homenaje y sumisión ciega. Los espías dispondrán del honor y de la libertad de cada ciudadano. Los cosacos sablearán á los huelguistas en nombre de la fraternidad. En lugar de enviar á los descontentos á la fortaleza de San Pedro y San Pablo, se les _suicidará_—se alude al asunto Syveton—en su propia casa. La corrupción insolente de los grandes duques dará lugar á la orgía crapulosa de los tribunos. Las Ev-la-Tomate y los Peaux-de-Requin, socialistas, danzarán el _chahut_ en el Palacio de Invierno.
Los barones de Bessoulet, los vidames de Pressensé, sus infantes, sus rufianes, sus France y sus _bonnes á tout faire_ compondrán el Santo Sínodo.
Pobiedonostseff se llamará Combes; Trepoff se llamará Lepine ó Levy, y White se llamará Rouvier. El Populo azotado, ametrallado, burlado, se arrodillará delante de los iconos de San Tolstoï y San Gorki, aullando: «¡Viva la social!» ¡Radiante porvenir! Así se expresan los pesimistas de la oposición; mas hay que confesar que entre tanto pronóstico poco halagador y un si es no es injusto, se encuentra más de un grano de experiencia nacional y de verdad pura.
Lo que hay que notar, y ese es el principal asunto de este artículo, es el cambio completo que ha ocurrido en el espíritu de este pueblo nervioso y ultraimpresionable. Al zar aclamado y cantado de ayer ha sucedido el zar abominado y maldecido de ahora, á pesar de la alianza, á pesar de los muchos intereses que unen á ambas naciones.
De poco sirve que una ú otra pluma intente demostrar la imposibilidad en que se encuentra el soberano ruso de obrar de otra manera como lo hace, apretado como está entre las imposiciones de una nobleza que no transige y las demandas y protestas de un pueblo ya viciado en ideas de progreso y de libertad por los directores intelectuales como Gorki y demás compañeros. Al débil Nicolás se le cargan en cuenta los alardes de fuerza de sus militares y las durezas de su Policía. Y cuando ha venido la noticia de que los nihilistas ó algún ignorado anarquista había hecho saber al zar por un anónimo que estaba condenado á muerte, puede decirse que la noticia no fué recibida por las gentes con desagrado ... Las muchedumbres tienen un alma femenina.
Por Gorki se han hecho públicas demostraciones en el elemento socialista. Se recogieron firmas de literatos, de artistas, de pensadores, para pedir al Gobierno ruso su libertad, como si más bien semejante petición no fuera contraproducente, dadas la calidad política y las ideas revolucionarias de la mayoría de los firmantes.
«¡Qué amigos tienes, Benito!», diría su majestad moscovita para su manto imperial.
En resumen, París actualmente, si el monarca aliado viniese á hacerle otra visita, no sería con muestras de regocijo y con palmas y rosas con lo que le recibiría.
Cabalmente hace pocos días, en la plaza de la República, ha estallado una bomba.
[Ilustración: LIBRO III]
[Ilustración]
EN EL “PAÍS LATINO”
UN joven hispano-americano que llegó á París recientemente, lleno de frescas ilusiones y de antiguas lecturas, me pidió que le llevase á conocer el Barrio Latino. Tenía su Murger bien conservado, y la leyenda varleniana y moreesca flotaba en sus imaginaciones. Yo no quise derribar tanta ilusión con palabras, sino que, después de mucho tiempo de no pasar el río, lo pasé con él dos noches, á fin de que por su propia observación se convenciese de lo mucho que dista la realidad de hoy de las pasadas historias ... Historias de ayer no más, pues la primera vez que escribí mis impresiones del Quartier, todavía no existía el ambiente actual, y de esto hace apenas doce años.
De más deciros que mi amigo no encontró ni á Mimí, ni á Schaunard, ni á Colline; en cuanto á Verlaine, le vió en un _plafond_ del restaurant del Panteón, en una apoteosis pictórica, y en dicho restaurant, entre las genuflexiones del _sommelier_ y las conversaciones de clientes elegantes, no se puede comer correctamente á menos de un luis. En la parte baja de la célebre taberna hay un american-bar, donde se sirve toda clase de american-drinks hasta las dos de la mañana.
Tanto en el restaurant como en el bar, mi joven amigo vió unas cuantas damas con trajes costosos, con joyas y con cierta impertinencia muy poco barriolatinesca; al lado de ellas, _gentlemen_, de los que se pudiera decir que envían á planchar su ropa á Londres, todos ellos muy contentos y muy generosos. Algunos descienden de un automóvil ó de un carruaje de _remise_, para ir á sentarse á la mesa. Nadie podría pensar que ellas son las antiguas grisetas y ellos los antiguos estudiantes ... Y tú, lejana sombra de Pierre Gringoire, ¿qué estremecimiento sentirías ante esto?
En los otros lugares, Vachette, Souffet, la Lorraine, en menor escala, el mismo espectáculo. Los bachilleres hablan de _sport_ y visten en la mejor sastrería que pueden. Rara es la boina, la _casquette_ estudiantil. Tened por seguro que el que la lleva, ó no es estudiante, ó es de provincias, ó es un original. En cuanto á las camaraderías de antaño entre jóvenes artistas, jóvenes poetas, amadoras de lo _abscous_ y de lo raro, levitas del templo del pobre Lelian, han desaparecido. Un caballero de cabellos grises, serio, grave, decorado con la Legión de Honor, que va al Vachette con alguna frecuencia á leer _Le Temps_, como un simple senador ó académico, es Jean Moreas. Reynaud, el autor de los _Cuernos del Fauno_, es alto empleado de Policía. El último poeta joven verdadero y grande que ha hecho ver en estos últimos tiempos su singular figura en esos lugares, antes tan frecuentados por todas las musas, ha sido Paul Fort; y á este mismo ya no se le mira recorrer su caro Boul’Mich.
Un soplo de ultramodernismo y de americanismo del Norte, de yanquismo, ha invadido el sacro recinto que antes protegían el orgulloso Panteón y la venerable Sorbona, la tradición de las escuelas y la poesía del Luxemburgo, el deseo de soñar y la necesidad de sentir. Aquí es de creerse que ya nadie sueña ni siente. Un severo cronista decía hace pocos años: «_Au Quartier Latin moderne, on buche, on potasse, on brigue et l’on intrigue. Au lieu des vareuses de jadis, on arbore des complets très anglais et très corrects, les jours de laissez-aller: ta redingote et le «bosselard» á triple colonne lumineuse sont l’ordinaire uniforme de cette jeunesse morose, ponderée, pratique, revant conférence Molé, conseil d’État, mariage riche et la diputation, les vingt-cinq ans sonnés._» Esto se ha agravado últimamente. Ya no hay escándalos; ya no hay las viejas locuras sonoras con las contadas excepciones de los _monome_ y de las procesiones anuales; ya no hay admiraciones ni entusiasmos, y de los pasados dioses apenas quedan Venus y Dionisio, una Venus calculadora y un Dionisio de importación anglosajona.
Ya no existen siquiera los grotescos. Y en cuanto á la bohemia, los tipos que á ella se acogen son término medio entre los estafadores y los rufianes. Adiós alegres fantasistas de otros tiempo; adiós museo de vivientes curiosidades del Barrio. Son un recuerdo el palikaro Chake, Sapeck, Bibi la Purée, que murió el año pasado; Coulet, el bizarro y lamentable recitador; la vieja Casimir, espectro de mujer galante de tiempos en que Víctor Hugo madrigalizaba; el misterioso marqués de Soudin; escultor Gaillepand, y sus pequeños medallones de fabulosa baratura. Por la tarde, á la hora del ponzoñoso ajenjo, las terrazas están llenas de consumidores del más perfecto aspecto burgués, de una burguesía flamante é hiriente, la que discute sobre M. Combes y va á las carreras y velódromos. Sus compañeras se ruborizarían de llevar, como las antecesoras, sombreritos de á cuatro francos. Hay, no obstante, la amiga del estudiante pobre, porque siempre hay estudiantes pobres, y esa no oculta su escasez de indumentaria. Mas uno y otra no se exhiben, no frecuentan esas cervecerías que antes eran accesibles. En el baile estudiantil de Bullier es donde se advierte la diferencia entre los modestos y los derrochadores, los de las flacas pensiones y los mimados de los papás de dinero. Esa modernización de costumbres ha atacado también en sus últimos baluartes á la antigua alegría; al buen humor tradicional que se manifestaba en cafés y lugares de regocijo, y en donde todos los compañeros de estudios, toda la juventud de las escuelas, fraternizaban en joviales coros, risueñas facecias, contagiosos y alucinantes cancanes y _chahuts_.
Hay un _cabaret_, á la manera de los de Montmartre, y en donde cantan cancionistas de los _cabarets_ montmartreses; se llama el _cabaret des Noctambules_. Allí se nota un poco del pasado espíritu, un resto de la desaparecida ecuánime alegría que se sentía como una parte de la atmósfera del Barrio. Mas la ilusión desaparece pronto con la _pose_ de algunos de los artistas, en el fondo más aburguesados que los mismos burgueses á quienes divierten, y con la aparición de los susodichos caballeritos de veinticinco alfileres y sus Mimís que sueñan Doucet, Paquin y Virot. Concluídos los memorables lugares como el _cabaret_ de la Bohème, dirigido por un curioso tipo, Leo Selicore. Acabados, evaporados, los centros en que había verdadero entusiasmo y amor por las cosas del arte y del pensamiento, como la antigua _Plume_, que reunía en comidas que presidía siempre un maestro, Verlaine, Zola, Lecomte de Lisle, Mallarmé, entre otros á toda la _élite_ de la joven literatura, de donde salieron unos cuantos que hoy son gloria y orgullo de las letras francesas. Los cafés mismos han evolucionado, y no con ventaja. Aquel d’Harcout que era uno de los puntos de reunión de intelectuales, de poetas, de artistas, de estudiantes, se ha convertido hoy en un establecimiento de heteróclita clientela.
¡Oh, y los amores del Quartier! Desventurado el mozo ingenuo que viene directamente de su lejana tierra, y cree que el amor tal como él lo ha soñado, tal como él lo ha creído posible, lo ha de encontrar en una de estas mujercitas, con aire de inocencia, ó con rostro de gracia, morenas, rubias, ligeras, sonrientes, fáciles!...
No podré olvidar el drama de un pobre joven mejicano que después de concluir su carrera de médico, loco de pasión por una de esas, y á causa de no sé qué escena de celos, se pegó un tiro en plena calle, delante de la descorazonada muchacha. La cual el mismo día que enterraron el cadáver, se vistió con la mejor ropa que tenía, y se fué á Ballier por la noche á sacar provecho del sangriento suceso, á hacerse _réclame_ con el _faits divers_ de que se habían ocupado los periódicos. ¡Oh Rodolfo! ¡Oh Mimí! ¡Oh mujer!
Respecto á lo que en otros tiempos animaba los espíritus generosos de los jóvenes de las escuelas, en cuestiones de general interés, ó en asuntos de humanidad y de verdadero patriotismo, aquel soplo que conmovía á París ha también menguado. Ya se vió, no ha mucho tiempo, cómo obraron los que representaban el porvenir y la esperanza de la Francia. Han Ryner decía hace algún tiempo: «El espíritu revolucionario no existe en el Quartier. El estudiante es un arrivista, y, por consiguiente, un _ralet_ del Poder. Hace su aprendizaje de futuro funcionario y se ejercita en los achatamientos. Tuvo antes bruscas y cortas protestas; no revolucionario, ciertamente, sino revoltoso; tarea que comienza á expresar su bisoña necesidad de ruido, y que se detiene en cuanto aparece el gendarme. Ese murmullo simulado, ese refunfuñar hipócrita de colegial que detesta al _pion_, ya no los tiene siquiera. El _pion_, hábil, lo ha lanzado sobre otras presas. Los niños son fáciles de conducir con tal que se abandone á su crueldad alguna víctima. Nuestros estudiantes gritan al Gobierno que les permite denostar á sus enemigos. La necesidad animal de movimientos y de gritos que hace creer en la generosidad de jóvenes burgueses y que se ha tomado por espíritu revolucionario está hoy cuerdamente detenida y satisfecha, dirigida por el poder mismo ... _Zou, feu de brut! Conspuez Zola! Conspuez!_»
Ryner es duro, quizás con demasía, por el momento en que escribió tan acerbo juicio del estudiante actual; mas apartando la violencia y la corrosión de su estilo, nos encontramos con una innegable verdad.
Yo he visto, por otra parte, durante un _monome_ reciente, una escena que podría ser muy graciosa para otros, pero que á mí me causó tristeza. En una terraza de café tomaban tranquilamente su bock un negrito y un mulato, de los que vienen á estudiar á París, y que, una vez coronada su carrera, vuelven á su país haciéndose lenguas de la ciudad-luz. Pues bien: en cuanto el _monome_, ó la procesión de estudiantes clamorosos, pasó por el café, y unos estudiantes vieron á los morenos, empezaron á gritar: _chocolat! chocolat! chocolat!_, con el aire de los _Lampions_. Los de la piel obscura pagaron su bock y se escurrieron. Pero el grito les persiguió: _cho-co-lat!_ Y eso no es generoso que digamos.
[Ilustración]
EL HIPOGRIFO