Papeles del doctor Angélico

Part 8

Chapter 84,084 wordsPublic domain

--Y, sin embargo, ¡cuán cierto es, querido amigo! Nosotros formamos una gran unidad; millones de hilos invisibles y misteriosos nos ligan los unos a los otros; nadie puede aislarse, nadie puede decir: «Este acto es mío, absolutamente mío.» Para el Ser Supremo, la Humanidad entera es un solo ser en aquel que los ha engendrado a todos. Lo que te estoy diciendo no es un producto de la especulación, un dato de la razón, sino de la experiencia. Gritamos que la responsabilidad debe ser siempre individual, pero de hecho aceptamos humildemente la colectiva. No hay hombre que en el fondo de su corazón no se sienta en cierto grado responsable, no sólo de los actos de su raza, sino también de los de su nación, y hasta de los de la sociedad de que forma parte o de los del cuerpo a que pertenece. No hace muchos días que un pobre fraile, recién llegado de Filipinas, me narraba sus desdichas en las jornadas desastrosas de hace algunos meses. Le cogieron prisionero los naturales insurrectos, le maltrataron bárbaramente, le tuvieron encerrado en un lugar infecto, le hicieron trabajar cargándole como un mulo, y hasta, ¡cosa inaudita!, como un mulo le engancharon a una carreta. Pues bien, este fraile me decía, bajando tristemente la cabeza: «Ha sido un castigo justo del Cielo, porque habíamos cometido muchos excesos.» Lo cual quiere decir que este pobre religioso, que es un santo, incapaz de cometer el más pequeño exceso, aceptaba resignado la responsabilidad de los cometidos por sus hermanos de religión... Una de dos, pues, amigo mío: o el mundo está fundado sobre una monstruosa injusticia, o existe la responsabilidad colectiva, porque de hecho pagamos siempre las faltas de los otros. O hay que aceptar la unidad del género humano, o hay que decir adiós a la idea de justicia, y entonces, ¿de dónde nos viene esa idea?

--De todos modos, doctor, la solución que me propones es un dogma, no es una doctrina filosófica.

--Es un dogma que encierra una doctrina filosófica. No te diré que satisfaga por completo a todas las exigencias de nuestra razón. Los dogmas no se identifican con la razón, porque entonces no habría necesidad de ellos. Pero búscame otra doctrina que menos la contraríe.

--El dogma del pecado original supone la procedencia de una sola pareja, y el darwinismo, que es la última palabra de la ciencia, considera al hombre como el coronamiento de una larga evolución del reino animal.

--Yo no sé, ni puede saberlo nadie, si el hombre es el resultado de una evolución. Es verosímil..., acaso sea verdad. Pero si el hombre, con los caracteres de tal, se ha desprendido del animal, tuvo que ser en un momento determinado del tiempo. Pues bien, en ese instante feliz y supremo en que un ser inteligente y libre parece sobre nuestro planeta, pudo efectuarse el funesto acto de libertad que le ha degradado, haciéndole perder su inocencia... Por lo demás, ni el darwinismo ni ninguna otra de las conquistas de la ciencia podrá dañar jamás a la verdad cristiana si no es momentáneamente. Todas estas conquistas, que principian oponiéndose a ella ferozmente, terminan convirtiéndose en leales servidores. Echa una mirada a la Historia... La nave del cristianismo acababa de salir de los mares de la herejía. Sus velas, mojadas por los chubascos, pendían flojas y desmayadas de los mástiles. La tripulación, rendida por la lucha prolongada contra las sutilezas y sofismas de la Edad Media, dormía esparcida sobre cubierta... Fuerte sacudida los despertó a todos. Habían entrado sin sentirlo en el mar de la ciencia. Una ola negra, alta y temerosa avanzaba sobre ellos, amenazando sepultarlos. Era _la nueva cosmogonía de Copérnico_ pregonando el movimiento de la tierra. La tripulación lanzó un grito de espanto, creyéndose perdida. Pero la ola batió con furor los costados de la barca, echó algún agua dentro, y pasó sin hacerla zozobrar. Apenas repuestos del susto, llega otra: la _antigüedad de la Tierra_. El Génesis va a quedar deshecho. Los teólogos de la tripulación se alborotan y gritan. La ola pasó también y dejó la nave intacta. Detrás viene otra: la _pluralidad de los mundos habitados_. ¡Oh cielo! ¿Cómo explicar la existencia de otras tierras habitadas con el acto de la redención? Los teólogos experimentan nueva consternación. Pero la ola pasa como las otras. El sol de la fe luce más radiante. La redención es un acto voluntario de Dios, y lo mismo puede producirse habiendo muchos mundos habitados, que habiendo uno solo... Ya llega bramando otra; la teoría darwinista de la _descendencia del hombre_. ¡Qué grande es, y qué negra, y qué aterradora! ¡Infeliz navecilla, de ésta no escaparás! Y, en efecto, la barca queda sepultada en el obscuro abismo de la ola como en las fauces siniestras de un monstruo. El Cristianismo ha muerto... ¿Quién lo ha dicho? ¡Mira, mira hacia arriba! Cabalgando sobre la ola negra y rugiente, ya asoma de nuevo la velita blanca. Acabo de leer el libro de un sabio darwinista americano, John Fiske, en que demuestra, por medio de las teorías de Darwin, que el hombre es el fin de la creación, y que jamás habrá sobre la tierra un ser más elevado que el hombre. El libro termina con estas palabras, que parecen de un teólogo más que de un naturalista: «La revolución operada por Darwin ha colocado a la Humanidad en el pináculo más alto de cuantos ha ocupado. El sueño de los poetas, las instrucciones de los sacerdotes y profetas y la inspiración de los grandes músicos se confirman a la luz del moderno conocimiento. Del mismo modo que nos congregamos para el trabajo material de la vida, debemos esperar que pronto lo estaremos en un sentido más verdadero; cuando llegue a ser este mundo el reino de Cristo, y reine para siempre como Rey de los reyes y Señor de los señores.»

--Estás elocuente, y hasta un si es no es poético--dije sonriendo.

Pero Jiménez, sin hacerme caso, continuó:

--Y es que el hombre jamás, jamás podrá desprenderse de esta verdad, adquirida de un modo sobrenatural y sellada con tanta sangre. La existencia de un Dios perfecto y de un mundo imperfecto, de una bondad infinita y omnipotente con las miserias de la vida, es, sin disputa, el problema de los problemas. Los filósofos deístas más grandes, Platón, Aristóteles, Plotino, Descartes, Leibnitz, se han esforzado vanamente en hallar una explicación satisfactoria. Los mismos teólogos, cuando, sostenidos tan sólo por su inteligencia, lo abordan, se les ve claramente vacilar, el terreno se hunde bajo sus pies, y, al cabo de sabias disquisiciones, nos dejan sumidos en las mismas tinieblas. Mas el grande, el pavoroso problema, que no quiere ser resuelto en la inteligencia de los grandes filósofos, entrega, no obstante, su secreto al corazón de los justos. Pregúntale a un hombre de corazón sencillo, a un espíritu encendido en la llama de la caridad, pregúntale si halla incompatible la bondad de Dios con las imperfecciones de este mundo, y te mirará lleno de asombro. Para él semejante problema no existe. Y es que él no contempla la esencia del mundo desde fuera, como nosotros, no es un _espectador_ curioso, sino un _actor_ profundamente interesado en la representación del gran misterio de la existencia. Su alma está amasada ya, fundida en el alma divina, participa de su sabiduría infinita, y sabe absolutamente que lo que es, es lo que debe ser, que lo que él quiere, es lo que quiere Dios. Sabe que su espíritu ha salido ya del limbo obscuro de la posibilidad para convertirse en acto, y que el acto es perfección. Es un colaborador del hecho universal; sabe que viene del amor y que marcha hacia el amor, y sabe que el mundo es lo mismo que él. En el espíritu del justo lo inteligible y lo real se confunden, porque su razón está íntimamente unida a la esencia de las cosas; en él se unen el pensamiento y el ser para constituir la verdadera ciencia, la ciencia completa, que en los demás está fraccionada. Nuestra alma está hecha de la misma masa de la verdad. Sólo cuando dudamos de ella nos hundimos en el error, como se hundía San Pedro, el pescador, marchando sobre las aguas, cuando sentía vacilar su fe.

* * * * *

Calló Jiménez, y callé yo también. Mil pensamientos se atropellaban en mi cerebro y lo turbaban. Sentía el vigor de sus razonamientos, pero al propio tiempo sentía el empuje de otros muy contrarios, y la lucha entablada dentro de mi alma me hacía caminar más aprisa, dejando atrás a mi compañero. Cuando alcé la vista del suelo columbré la choza del feroz trapero que había sido causa ocasional de nuestra conversación, y, temiendo que nos encontrásemos con él, propuse a Jiménez torcer a la derecha, a fin de no pasar por delante de su casa.

Pocos pasos habíamos andado en esta dirección, cuando vimos a lo lejos un golpe de gente que hacia nosotros venía apresuradamente y con visible agitación. No tardaron en llegar a nuestros oídos algunos lamentos e imprecaciones. Avanzamos rápidamente hacia el grupo para saber lo que significaba, y pronto nos acercamos. En el centro de él llevaban entre dos hombres, sobre unas parihuelas improvisadas, a un chico cubierto de sangre. Inmediatamente reconocimos al chico que había caminado con nosotros después de la repugnante escena del trapero y la niña, y nos había enterado de todas las particularidades de su vida. Ésta debió ser la causa de su desgracia, por lo que en seguida pudimos colegir, pues aquel bandido marchaba detrás, amarrado codo con codo, custodiado por una pareja de la Guardia civil y seguido por un tropel de curiosos. La madre del chico caminaba al lado exhalando gemidos desgarradores.

Nadie sabía entre ellos el motivo por el cual el trapero había apuñalado al chico, porque éste no podía hablar. Nosotros lo explicamos prontamente, con lo cual la indignación popular creció de un modo imponente, y, a no ser por los guardias, no lo hubiera pasado bien el asesino. Estallaron, sin embargo, las imprecaciones, y cada cual contaba en voz alta alguna de sus fechorías. Como nos dijeran allí que aquella desgraciada madre carecía de recursos para vivir, y que aquel niño la ayudaba a sustentarse repartiendo leche por las casas, lo mismo Jiménez que yo nos despojamos de casi todo el dinero que llevábamos y se lo entregamos. En esta generosidad tenía parte también la inquietud de la conciencia, pues, aunque inocentes por la intención, nosotros habíamos sido la causa de aquella agresión cobarde.

Pero ya los guardias ordenaban a los hombres de las parihuelas que prosiguiesen su camino y empujaban hacia adelante al bandido. Éste no nos había quitado los ojos de encima en los cortos momentos que allí estuvieron detenidos, unos ojos cargados de odio y amenazas. Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha, desplegó los labios para decirnos:

--Cuando salga de la cárcel ya nos veremos las caras.

Ni a Jiménez ni a mí nos hizo efecto la amenaza. Nos hallábamos tan indignados y conmovidos, que el miedo no cabía en nuestro corazón. Parados e inmóviles, seguimos con la vista por algún tiempo al grupo que se alejaba, y, al cabo, nos pusimos de nuevo en marcha.

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La matanza de los zánganos.

I

Vivían mis primas en el fondo del valle: su casa estaba situada en una meseta de la colina, a trescientos pasos del camino. Por detrás se elevaba un gran bosque de castaños y robles: por delante descendía una hermosa huerta bien provista de frutales, y después una vasta pomarada cuya cerca de piedra servía de linde al camino.

¡Pobres chicas! La Providencia les había dotado de un rostro nada halagüeño y de una madre menos halagüeña aun. Era terrible aquella doña Teresa, fuerte como un gañán y áspera hasta cuando acariciaba, como la lengua de una vaca. Y, sin embargo, ¿qué hubiera sido de ellas si aquella madre no fuese tan hombruna y enérgica? Su difunto padre, uno de los propietarios más ricos de la comarca, les había dejado casi por completo arruinadas. Primero jugando y derrochando en la capital, después, en los últimos años de su vida, degradándose hasta pasar las noches en las tabernas, vendió cuanto tenía, menos la posesión donde habitaban y que tenía por nombre la _Rebollada_.

Quedó doña Teresa con sus tres hijas Griselda, Erundina y Berenice, todas tres pasando de los veinte años, y con un chico, Teófilo, que no contaba aún los quince. No se arredró la vieja. ¡A trabajar, a trabajar! Se trabajó duro, se trabajó como jumentos; pero se comió, se vistió y se pagaron algunas deudas. La posesión daba bastante para alimentarlos, y se hacía algún dinero enviando a la criada con fruta al mercado de los jueves, con queso y con manteca. Para esto último era necesario que tomasen la leche descremada, llamada en aquella región _leche fría_. La madre daba el ejemplo: no se dió el caso durante algunos años de que bebiese la leche con toda su manteca, ni aun hallándose enferma. Sólo tenían una criada a su servicio, una moza fuerte y paciente como una mula, que cuidaba las vacas, traía el agua, la leña, era cocinera, doncella y mozo de labranza. Las faenas agrícolas de importancia, como la siega, la recolección de las castañas y, sobre todo, la fabricación de la sidra, venían a ejecutarlas gratuitamente los vecinos. Doña Teresa les facilitaba un bálsamo de su confección para las heridas y quemaduras, agua curativa para los ojos, les enviaba tortas de miel en la Nochebuena y _monas_ en la Pascua, les recomendaba, cuando les hacía falta, al alcalde y al escribano. Por estos pequeños favores, y también por el respeto y cariño que siempre habían inspirado en la comarca los señores de la Rebollada, todos se creían obligados a acudir cuando doña Teresa los llamaba.

Vinieron buenos años de sidra, buenos años de avellana, y doña Teresa no sólo se desembarazó de deudas, sino que empezó a economizar dinero, que guardaba en los agujeros del desván o enterraba en el establo y en otros sitios aun más inaccesibles y fantásticos. Pero las niñas no se casaban. Las niñas se aproximaban a los treinta, y no parecía una mano masculina que se tendiera para demandar la suya. Con un labrador no podían casarse, porque aunque ellas lo fuesen también de hecho, no lo eran de derecho. Para un caballero, aunque fuese de menor cuantía, no ofrecían atractivos: ni eran ricas, ni eran bellas, ni poseían una educación esmerada. Además, aquellos nombres ¡eran tan ridículos! Su padre, que había sido tan aficionado a las novelas románticas como a las francachelas, logró ponérselo valiéndose de la impotencia de su esposa. La viril doña Teresa le decía desde la cama con voz quejumbrosa:

--Mira, Perico, te prohibo que pongas a la niña un nombre de novela. Quiero que se llame Juana, como mi hermana.

Sonreía don Pedro traidoramente, y cuando delante de la pila bautismal el cura le preguntaba qué nombre se debía poner a la criatura, respondía:

--Erundina, póngale usted Erundina.

Doña Teresa rugía entre las sábanas cuando se le daba la noticia. El nombre astronómico de Berenice, particularmente, le produjo tal sofocación, que en todo el curso de su vida no pudo pronunciarlo sin rechinar un poco los dientes.

Hacia el fin de ella comenzó a producirle algunos disgustos la conducta de su hijo menor, Teófilo. Era éste un muchacho espigado y robusto, más holgazán aun que su padre, pero menos inteligente. Le envió su madre al Seminario con el piadoso deseo de que fuese sacerdote y amparase a sus hermanas. De allí fué arrojado por su mala conducta y falta de aplicación. Pretextó que no estudiaba por carecer de vocación para el sacerdocio, y, haciendo un esfuerzo heroico, la diligente madre le envió a la Universidad para que fuese abogado. Idéntico resultado. En el primer curso logró engañarla falsificando la nota de aprobación; pero en el segundo se descubrió la trampa. Doña Teresa cogió el palo de la escoba y le molió las costillas, de tal manera, que en algunos días no pudo levantarse de la cama. Después, a trabajar el terruño como un siervo de la gleba.

Las faenas agrícolas no arrancaron, sin embargo, a Teófilo por completo el sello de su nacimiento señorial. Aunque durante la semana se distinguiese muy poco por su indumentaria del resto de los labradores, cuando llegaba el domingo se ponía para ir a misa camisa almidonada con cuello alto, corbata de seda, un traje de americana color canela y sombrero hongo. Además, se había dejado para adorno de la cara unas patillas largas y sedosas que contribuían en gran manera a separarle de los paisanos, todos humildemente rasurados. Se le llamaba don Teófilo; y como estaba privado de los placeres dispendiosos, porque su madre no le daba más que un par de pesetas los domingos, se entregó en cuerpo y alma al amor. Penetró en las enramadas, sorprendió los caseríos, traspasó los cerros, ocupó el llano, y en todas partes dejó, como un torbellino de fuego, señales aciagas de su paso.

Doña Teresa sonreía cuando le venían a noticiar algún resultado fehaciente de sus empresas galantes. Pero cuando le hicieron saber, por medio de algunas cartitas, que Teófilo había contraído deudas en las tabernas del concejo, no se dibujó sonrisa alguna en su rostro severo. Antes comenzó a rodar sus ojos de un modo siniestro, lanzó algunas imprecaciones temerosas, y, empuñando el consabido mango de la escoba, lo puse inmediatamente en contacto con la piel del voluptuoso mancebo.

Pero he aquí que un día el buen Teófilo, escarbando por casualidad en el establo, tropezó con un bote de hoja de lata, y en él guardadas algunas monedas de oro. Hay que dejar bien sentado que fué por casualidad, a fin de que los futuros cronistas de aquella región no caigan en el lamentable error en que cayó la familia y todo el vecindario, afirmando que el buen Teófilo no escarbó en aquel sitio casualmente, sino buscando el precioso bote.

De todos modos, no se creyó en el caso de comunicar con su familia el descubrimiento. Acaso haya padecido un error en este punto; pero no hay que reprochárselo demasiado, porque todos estamos sujetos a equivocarnos en este mundo. Lo que no ofrece duda es que hizo mal en convidar a sus amigos en las tabernas, dando en pago con cierta ostentación monedas de oro. Porque no se pasaron muchas horas sin que llegase la especie a los oídos de doña Teresa. Subió ésta como una flecha al desván, inspeccionó sus tesoros, y los halló intactos; bajó a la huerta, escarbó debajo del montón de la leña, y pudo cerciorarse de que allí tampoco había andado nadie; levantó después uno de los ladrillos del horno, y el mismo satisfactorio resultado. Pero se le ocurre ir al establo, cava debajo del pesebre, y...

Justamente en aquel instante penetraba en el establo nuestro Teófilo silbando dulcemente, descuidado y alegre como un mirlo. Doña Teresa saltó sobre él como una pantera. Pocos segundos después, una de las rubias, sedosas patillas del mancebo había desaparecido de su rostro. Convertida en asqueroso puñado de pelos, tremolaba siniestra en la mano derecha de su madre. A los gritos de la víctima y a los rugidos de la fiera acudieron la bucólica Griselda y la astronómica Berenice, que, secundadas por un vecino que a la sazón cruzaba, lograron, aunque a duras penas, que Teófilo no sufriese la extirpación de su otra patilla, pues su madre mostraba vivo interés en realizar esta obra de simetría. ¿Por qué esforzarse tanto en impedirla? ¿No la afeitó inmediatamente el mismo interesado?

Fue la última operación quirúrgica llevada a cabo por la respetable viuda. Aquella misma tarde sufrió un ataque de apoplejía, y unos días después se extinguía en los brazos de sus hijas.

II

Lo mismo en vida de su madre que después de fallecida, solía hacer alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal vez por la fuerza del hábito, que tiene más fuerza en los espíritus limitados, o, lo que es aún más probable, porque lo llevasen en la sangre, mis tres primas eran otras tantas doña Teresa pocos años después de fallecida ésta. No la imitaban ciertamente en la energía; pero la igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los últimos días de septiembre monté a caballo por la tarde y me dirigí a la Rebollada, que distaba de mi casa poco más de una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con dulces sonrisas y palabras cariñosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de ellas me abrazó y me besó en la frente. Debió de ser Griselda, la más vieja y la más fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas. Pero no pasó de ahí, esto es, nadie me ofreció otra cosa, ni un vaso de vino, ni un poco de mermelada. Ya lo sabía, y por eso cuando iba a visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido, una onza de chocolate en el bolsillo.

Después de los primeros momentos de expansión vinieron lamentaciones sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas exclamaciones de cólera y dolor. El gran Teófilo, una vez libre y sin aprensión por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y regalada como la de un canónigo. No es mía la comparación, sino de Berenice. Yo la hice observar que los canónigos estaban obligados a guardar las horas canónicas y ciertas abstinencias, canónicas también, a las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me hicieron saber que desde la muerte de su madre no había tocado en un instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Había tomado su parte de dinero, del dinero escondido por doña Teresa, había comprado un jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince días por casa. Lo que no me dijeron fué que gracias a Teófilo pudieron hallar este dinero, y que sin su habilidad de zahorí para adivinar los agujeros hubieran perdido más de la mitad. Pero no habían parado ahí las cosas, sino que, después de derrochado todo este dinero, les había vendido su parte de la posesión y se la gastó alegremente también, y después de gastada siguió comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco habían parado aquí las cosas, y esto es lo que hacía estremecer las entrañas de las tres vírgenes, sino que Teófilo había descubierto ya varios agujeros donde guardaban el fruto de sus economías, y se los había dejado limpios. No hacía aún quince días que les había sustraído dos mil reales en monedas de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este último crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron ganas de reir, me hubiera echado también a llorar, seguramente.

Por último, Teófilo había profanado de otro modo el santuario del hogar. Aquella criada mixta de dama de compañía y mozo de labranza que ellas guardaban hacía años como preciado tesoro en su casa, fué corrompida por él, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la veía por allí desempeñando sus tareas tranquilamente, pregunté sorprendido:

--¿Y cómo no la habéis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia había vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallarían una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la gran riqueza de legumbres y frutas que allí había. En verdad que en pocas partes había visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me ofreció dos grandes peras..., pero de las que se hallaban caídas en el suelo. Bajamos a la pomarada, donde había manzana aquel año para llenar cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa valía diez duros. A la vista de tan espléndida cosecha se serenó la fisonomía de mis primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio de las colmenas. Recogían de ellas todos los años más de doscientas libras de miel y bastante cera, que vendían a los cereros de la capital.