Papeles del doctor Angélico

Part 7

Chapter 73,865 wordsPublic domain

--No te avergüence lo que te ocurre con ese gran filósofo y estilista. A mí me ha pasado lo mismo con él y con otros varios. Todas las obras maestras de la filosofía me han convencido. Yo he sido alternativamente idealista y materialista, epicureísta y estoico, optimista y pesimista, discípulo de Platón y de Aristóteles, adepto de Spinosa y de Kant, y de Hegel y Schopenhauer, y de Spencer. Todos los grandes espíritus de la Humanidad me han dominado, al menos mientras he estado en comercio con ellos. No sin amarga tristeza me di cuenta, al cabo, de este fenómeno. Y aunque no soy modelo de humildad, reconocí humildemente que no poseía dotes de pensador. Me faltaba originalidad; no tenía fuerza para oponer mi pensamiento al del escritor que estudiaba, era incapaz de convencerme de una vez y para siempre. Finalmente, diputábame en mi interior por un ser inconsistente y sugestionable, como suelen serlo las mujeres, por una naturaleza realmente femenina... No te sorprenderá que este adjetivo me escociese en el alma de un modo insufrible. Así que, no por amor a la ciencia precisamente, sino para sacudirlo de mi imaginación, me puse a estudiar el asunto. La clave para salir de tal incertidumbre me la dió el mismo Schopenhauer, ese filósofo a quien admiro casi tanto como tú. El arte de persuadir, según él, reposa en la desnaturalización de las relaciones que existen entre los conceptos. El artificio a que se recurre de ordinario es el siguiente: cuando la esfera del concepto que se medita no se halla comprendida más que _parcialmente_ en otra distinta, se la da por contenida _totalmente_ en una u otra, según el interés de aquel que habla. De aquí se desprende que el error en un sistema o en una demostración cualquiera no se halla en las premisas, sino en las deducciones. Sea con premeditación, o de un modo inconsciente, el orador o escritor que aspira a convencernos se transforma casi siempre en un escamoteador. Y el escamoteo de las ideas, lo mismo que el de las pesetas, consiste siempre en hacer ver que se hallan en sitio distinto de donde están realmente. Cuando el escamoteador es hábil, esto resulta a maravilla. Schopenhauer ofrece un ejemplo muy sugestivo en aquel cuadro esquemático que tú recordarás, donde el concepto de _viajar_ resulta, por medio de una serie de deducciones, malo y bueno al mismo tiempo. Confieso que este cuadro, donde se observa gráficamente de qué modo las esferas de los conceptos, penetrando las unas en las otras, aunque sin contenerse totalmente, nos consienten pasar de una noción a otra, y al cabo deducir conclusiones por completo diversas, me impresionó profundamente. Desde entonces, en cuanto tomo un libro entre las manos y me pongo en relación con un pensador cualquiera, me coloco en la actitud recelosa del paleto cazurro que asiste a un espectáculo de prestidigitación. ¿Por dónde le descubriré yo a este señor la trampa? Y no dejo jamás de aplicarle el famoso cuadrito de Schopenhauer. Con lo cual he llegado a convencerme de que todos los filósofos tienen razón, y ninguno la tiene... Pero he aquí que se me antojó dar al maestro cuchillada. Un día le apliqué al propio Schopenhauer su cuadrito, y resultó que él también había usado de igual escamoteo para deducir su pesimismo. Con otro cuadro semejante al suyo he podido comprobar que la vida puede ser considerada como buena y como mala al mismo tiempo.

--¿De suerte que has llegado al escepticismo? ¿Te encuentras en la cómoda situación del buen Montaigne?

--Todo lo contrario: yo pienso que en el fondo de todo sistema metafísico se oculta una gran verdad... pero una gran verdad exagerada. «Todo hombre en posesión del poder--decía Montesquieu--, tiende a abusar de este poder.» Pues yo digo: todo hombre en posesión de una verdad, tiende a abusar de esta verdad. Es una pendiente fatal por la cual nos deslizamos sin sentirlo. No busques otro origen al error. Debajo de cada uno de ellos, hasta de los más monstruosos, vive una pobre verdad a medio asfixiar. Y, ¡cosa singular!, es el poder mismo del genio quien la tiene sofocada. Los hombres de genio en este mundo son aquellos que ven con extraña y maravillosa intensidad una parte de la verdad. Gracias a esta visión original, logran dar un paso en el mundo de las ideas y plantar un jalón en el camino de la ciencia; pero, ¡ay!, el fulgor de esta verdad parcial les oculta no pocas veces las demás verdades que cerca de ella viven. Por eso, aunque te parezca mi aserción extraña, no tengo por seguros guías para la orientación de nuestras ideas a los grandes pensadores, sino más bien aquellos otros dotados de fino espíritu crítico y recto sentido...

--¿A los que tienen una linterna más chica?

--Eso es; a los que recorren el campo de la verdad sin estar ofuscados por ninguna. El pesimismo es una gran verdad, y pienso que, después de Sakyamuni, nadie la ha visto con más sorprendente intensidad que Arturo Schopenhauer... pero es sólo _una_ verdad, no es _toda_ la verdad. El pesimismo se halla en terreno firme dentro de la crítica. En efecto, en nuestro mundo pululan muchos males, muchos, muchos; mas al llegar a la explicación, no sabe decir sino _Atman_, con el asceta Gotama, o _Voluntad_, con Schopenhauer. Y ¿qué es el Atman?, ¿qué es la Voluntad?

--Schopenhauer responde que la Voluntad, no estando sometida al principio de razón, no puede ser conocida. Lo mismo sucede con cualquier fuerza elemental, con la electricidad, con la gravedad, de las cuales no podemos preguntar la causa.

--Si es la fuerza primitiva del Universo, desde luego no puede ser conocida en sí misma. Los cristianos dicen lo mismo respecto a Dios. Pero será conocida por sus atributos, como Él. Veamos estos atributos. Un esfuerzo sin fin..., un esfuerzo ciego.... Pero ¿es esto realmente lo que se observa en el mundo? Hay que probarlo. Si la causa del mundo es un esfuerzo ciego, ¿cómo tenemos vista? Si la esencia del Universo es ininteligencia, ¿cómo existe dentro de él la inteligencia? En último resultado, querido amigo, un pesimista, como cualquier otro filósofo, no es más que un hombre que, tendiendo la vista por el mundo, se pone a meditar sobre su esencia o sobre su causa. El pesimista dice que no tiene causa, que sólo hay en él esencia, y que su esencia es el mal. Esto es ya cuestión de hecho; y lo mismo que su experiencia le dice que sólo hay mal en el mundo, a otros les dice que sólo hay bien, y a otros, como a mí, les dice que hay de todo. ¿Vale la pena demostrar tanto desprecio al materialismo, como hace Schopenhauer, para terminar afirmando que en el fondo del Universo sólo se oculta una fuerza estúpida que quiere por querer, y sin saber lo que quiere, y que jamás consigue lo que quiere? Los empíricos y materialistas tendrían en ese caso razón contra él. Comer, beber, aprovecharse de la vida; y cuando ésta no produzca ya placeres, salir de ella por medio de una pistola o de una cuerda.

--Schopenhauer condena severamente el suicidio.

--Lo sé. Es una de sus flagrantes inconsecuencias. El pesimismo antiguo, fiel a sí mismo, se guardaba de condenarlo; solamente lo creía casi siempre innecesario. Pero Schopenhauer se encontró en medio de una civilización que lo rechaza, y no atreviéndose a chocar abiertamente con el sentimiento general, para no ser arrollado, ideó el siguiente artificioso razonamiento: «El suicidio no es la negación del querer-vivir. El que se da la muerte quisiera vivir; no está descontento sino de las condiciones en que la vida se le ofrece. Por tanto, destruyendo su cuerpo, no es al querer-vivir, sino a la vida a lo que renuncia.» Pero aquí ocurre inmediatamente preguntar: si la vida fuese buena para todos los humanos, ¿habría alguno que renunciase voluntariamente a ella? ¿Tendría razón de ser la negación del querer-vivir? ¿Sería pesimista el mismo Schopenhauer? ¿Habría siquiera pesimismo en el mundo? Quien renuncia a la vida, sea quien fuere, si le ofreciesen otra buena y feliz, la tomaría inmediatamente.

--No obstante, en el sermón de Benarés se aconseja la extinción de todo deseo para terminar con la sed de la vida.

--Ese es un consejo metafísico que nadie ha practicado jamás, porque sale fuera de los límites de nuestra naturaleza. Los budhistas, que se tienden delante del carro de los ídolos para ser aplastados, lo mismo que los que se suicidan lentamente en el desierto privándose del alimento y del movimiento necesarios, no lo hacen por una necesidad metafísica de extinguir el principio de la vida en el Universo, sino con la esperanza de pasar a otra vida mejor.

--¿Y el Nirvana?

--El Nirvana, que en el cerebro del fundador o fundadores del budhismo significaba el aniquilamiento absoluto, se transformó inmediatamente para los adeptos en un cielo, en otra vida feliz. En el _Dhammapada_ se dice: «Aquellos que practican el mal, van al infierno; los que son justos, van al cielo.» En el _Udanavarga_: «Aquel que practicando su deber causa alegría a los otros, encontrará alegría en el otro mundo.» En las inscripciones sobre la roca de _Asoka_ se lee: «Y ¿cuál es el fin de todos los esfuerzos que yo hago? Es pagar la deuda que tengo contraída con todas las criaturas, hacerlas felices en esta vida, y hacerlas ganar el cielo en la otra.» Y así sucesivamente encontrarás parecidos pensamientos en los monumentos más antiguos del budhismo, lo mismo en Ceilán que en el Tibet. Y es que Sakyamuni, como Schopenhauer, cedió a la tentación del sueño metafísico, a la vanidad que acomete a todo pensador de _recrear_ el Universo. Pero los hombres exigimos en la solución del enigma del Universo que se halle conforme con nuestra razón y nuestra naturaleza: si sale de estos límites, la volvemos la espalda, por ingeniosa y sutil que parezca. Si el hombre, como afirman el Budha y Schopenhauer, no es otra cosa que voluntad, si la voluntad agota toda nuestra esencia, el hombre que odia en él la voluntad, odia su propia esencia. Esto es más que irracional, es monstruoso. Cómo la esencia del mundo se objetiva o se individualiza para odiarse a sí misma, la razón humana no sólo no puede imaginarlo, pero ni siquiera puede concebirlo. Un Dios creador, omnipotente, padre de todos los seres, no se le comprende, pero se le concibe. Una fuerza única, primitiva y elemental, que se individualiza, que se hace inteligente para aborrecerse, ni se comprende ni se concibe.

--Y, sin embargo, doctor, el Budha ha proferido sentencias admirables de caridad universal. «Ama a todas las criaturas vivas, ama hasta el sacrificio absoluto de tu ser, aunque tú no debieras recoger más que dolor.» «El insensato que me hace mal, yo se lo devolveré protegiéndole con mi amor: cuanto más mal vendrá de él, más bien vendrá de mí.» Así hablaba el Budha a sus discípulos.

--En efecto, es una moral pura la que se expone en la mayor parte de los monumentos del budhismo; pero esta moral flota en el aire sin fundamento alguno... Digo mal; su fundamento se halla en lo que los Santos Padres de la Iglesia cristiana llamaban _razón seminal_, derivada del Verbo. «Todo lo que de bueno ha sido enseñado por los filósofos, nos pertenece a nosotros los cristianos», decía San Justino. «Todos los hombres participan del Verbo divino, cuya simiente se halla implantada en su alma», decía San Clemente. ¿Es posible explicarse de otro modo la pureza de la moral búdhica, fundada en el ateísmo, en una metafísica absurda y monstruosa? Si la fuerza primitiva, si la Voluntad, como la denomina Schopenhauer, que reside en nosotros, que es nuestra propia esencia, es digna de ser aborrecida, debe serlo lo mismo en nosotros que en los demás. Un cristiano puede respetar y amar a su semejante porque ve en él, aunque alterada y borrosa, la imagen de su Dios, de un Dios santo, puro y amoroso. Pero un budhista o un discípulo de Schopenhauer, ¿por qué han de amar a su prójimo si no ven en él otra cosa que una manifestación de esa Voluntad perversa que anima el Universo para su desgracia, un caso más de la irracional sed de vida que a todos nos tiene amarrados a ella? «Ama a tu prójimo, ama a todos los seres vivos--decía el Budha--, porque _tú eres eso_.» Porque _yo soy eso_ le aborrezco--debiera contestarse--, puesto que yo debo aborrecerme a mí mismo.

--En el Kempis se dice lo mismo: «Niégate a ti mismo, aborrécete a ti mismo.»

--Esas palabras, en boca de un cristiano, no significan que debamos aborrecer o negar nuestro ser esencial, nuestra alma, sino las impurezas que la manchan. «Ama a Dios sobre todas las cosas, y a _tu prójimo como a ti mismo_», dice el catecismo cristiano. Luego el amor de sí mismo se prescribe también. Pero lo que en nosotros debemos amar no es nuestro ser efímero, manchado de vicios, sino nuestra alma inmortal, que no se disolverá en la substancia divina como un grano de sal en el mar, sino que permanecerá en su ser eternamente, eternamente será nuestra, gozando de una alegría sin fin... Por lo demás, Schopenhauer se aprovecha deslealmente de los místicos y ascetas cristianos para la confirmación de sus doctrinas. Ningún místico cristiano imaginó jamás que, al negarse a sí mismo, negaba al propio tiempo el principio de su existencia, la Voluntad soberana que le había sacado de la nada. El santo cristiano que se inmola por el amor de Dios siente en ello alegría, porque sabe que va a gozar de este amor eternamente. Pero ¿qué alegría puede penetrar en el corazón del que se sacrifica sin más objeto que renunciar a _toda vida?_ Por sutiles que sean las razones con que se lo disfrace, esto no es más que un suicidio. Nadie lo ha hecho; nadie lo hará. Esta clase de inmolación sólo ha existido en el cerebro de los filósofos. Los budhistas, como los cristianos, como los mahometanos, como todo el mundo, creen en la felicidad, creen que el hombre puede y debe ser feliz. Es un instinto universal y permanente de nuestra naturaleza, y los instintos universales y permanentes responden siempre a la realidad.

-Queda todavía una solución, amigo Jiménez. ¿Si el Universo hubiera sido formado por el concurso de dos principios igualmente necesarios y eternos? ¿Si entre estos dos principios existiera total independencia? En la Naturaleza encontramos siempre esta profunda división, la obscuridad y la luz, el frío y el calor, el macho y la hembra, la electricidad positiva y la negativa, etc. Parece que un dualismo primitivo e irreductible tiene dividido en dos partes a nuestro Universo.

--Sí; Ormuz y Arimán. Ese dualismo ha sido dogma religioso entre los persas en la apariencia. En realidad, por encima de estos dioses personales estaba Zerwano Akereno, el tiempo infinito, que los había sacado a entrambos de su seno. En la metafísica griega también se halla, no en lo que al bien y al mal se refiere, sino para la explicación del origen mismo y naturaleza del Universo. Al encontrarse en presencia del dualismo primitivo y radical que se observa en nuestro propio ser, proclamaron para la formación del Universo dos esencias diferentes, la materia y el espíritu. Pero estos dos principios, como los dioses Ormuz y Arimán, se excluyen entre sí, y en la mente de los filósofos, como en los espacios cerúleos, el uno concluye por vencer al otro. Si la materia es una fuerza única esparcida por todo el Universo, una fuerza necesaria e infinita de la cual los cuerpos no son más que expresiones fugitivas, entonces no habría necesidad de otro principio, no hay necesidad de espíritu, porque ella misma contendría todos los atributos de la inteligencia, inseparables de la fuerza infinita. Mas si concebimos la materia con las mismas cualidades de los cuerpos, entonces es extensa, divisible, múltiple, y no puede formar un principio único, sino un agregado de principios de infinita diversidad. Por eso el dualismo, que no es más que una ilusión de los sentidos, no ha podido sostenerse, y la historia de la filosofía hace ver que ha caído prontamente, o en un panteísmo materialista, o en un panteísmo idealista. La idea de la existencia de dos principios eternos ha desaparecido de la gran corriente del pensamiento humano. Nuestra razón, por su misma primordial naturaleza, busca siempre la unidad en la multiplicidad; es su fondo, es su ley, y en vano pretenderemos oponernos a ella.

Calló Jiménez, y callé yo también. Proseguimos silenciosos nuestra marcha por algunos instantes. Yo le pregunté al cabo:

--¿De suerte que no hay solución para el problema? ¿Jamás sabremos qué viento arrastra la nube sombría del dolor sobre nuestras cabezas? ¿Jamás sabremos el por qué de nuestros sufrimientos?

El doctor Angélico no respondió. Todavía proseguimos algún tiempo nuestra marcha silenciosos.

--Hay una solución; sí--dijo al fin, volviendo su rostro hacia mí--. Pero esta solución, la única accesible a nuestro entendimiento, la rechazan hoy los llamados intelectuales, porque viene envuelta en un dogma, en las enseñanzas de una doctrina religiosa. El hombre no quiere reconocer límites a su razón, huye irritado de quien se los señala, y buscando con anhelo la razón, cae con frecuencia en la sinrazón.... Existe el mal, no es posible negarlo; el mal es esencial a nuestra condición. Pero ¿es necesario? He aquí el verdadero problema. Si lo es, hay que declararse ateo, como los primitivos budhistas o los modernos pesimistas. La idea de un Dios consciente es incompatible con la presencia eterna del mal. Si Dios existe, el mal no puede ser otra cosa que un castigo...

--¡Un castigo!--exclamé sorprendido--. ¿Cómo es posible, si acabas de decir que es esencial a nuestra condición?

Jiménez sonrió, diciendo:

--Efectivamente, la tesis es paradójica y desde el primer momento parece inadmisible; pero ten la bondad de escuchar un momento... El castigo supone siempre una voluntad libre, por una parte, y por otra, una obligación. Pero ¿existe la voluntad libre?, ¿existe la obligación?

--Demos eso por supuesto, aunque sea largo y difícil de probar. El pecado, que es a lo que tú te refieres, es la calificación de un acto, y todo acto no puede ofrecer duda a nadie que es individual. Por tanto, el pecado supone siempre un agente libre, y es cosa incomprensible que pueda pertenecer, no a nuestra voluntad, sino a nuestra naturaleza.

--Sí, sí; no te esfuerces más en mostrar la paradoja: ya he convenido yo en ella... Mas ¡si existiese un elemento de pecado en la naturaleza humana independiente de las voluntades individuales!... Parece monstruoso, ¿verdad? Examínate a ti mismo, sin embargo; escruta los senos de tu conciencia, y hallarás que cometes algunas faltas sin darte cuenta precisa de ellas, que eres arrastrado a cometerlas, no por un acto firme y deliberado de tu voluntad, sino por un impulso que te parece irresistible de tu corazón, en realidad, por la fuerza del hábito. ¿Qué es lo que llamamos en el terreno moral _un pecador empedernido_? Un hombre que, por la costumbre de practicarlo, no puede resistir ya a la fuerza del mal. Aquí tenemos, pues, una naturaleza viciada, esto es, una naturaleza en la cual el mal que se produce no proviene directamente de la voluntad. Pero si no proviene directamente y en cada momento, su origen se halla, no obstante, en ella. Es un acto primitivo de su libertad quien lo ha engendrado; el mal ha penetrado en su alma porque voluntariamente le ha dejado la puerta abierta, y una vez entrado, se ha apoderado de él y de su misma voluntad. No hay duda, pues, que es posible la existencia de una naturaleza corrompida. La voluntad no es siempre el origen de nuestros actos.

--Pero como tales actos provienen de un acto primitivo engendrado por la libertad individual, resulta que ha habido siempre un agente libre, y que a éste se le puede exigir la responsabilidad. No es éste el caso de la responsabilidad exigida por los actos ejecutados por otro.

--Desde luego que no es el mismo caso. Lo único que quería dejar sentado es que no somos totalmente responsables de nuestros actos en muchos casos, sino solamente de un modo parcial y relativo, o, lo que es igual, que en el curso de nuestra vida solemos ser esclavos de nuestras tendencias y aficiones. Que tales tendencias hayan sido provocadas por el uso anterior de nuestra libertad no impide que formen parte ya de nuestra naturaleza. Pero ¿no existen en nuestra naturaleza otras tendencias que las engendradas por el uso de nuestra libertad? Recuerda a tu padre, y dime sinceramente si en tu modo de proceder en la vida, si en tus aficiones o en tus manías no existe en tu naturaleza una gran parte de la de él. Tu padre podría decir lo mismo del suyo, tu abuelo igual, y así sucesivamente. El pecado, pues, sin dejar de ser pecado, esto es, el acto de un agente libre, es transmisible. El pecado, aunque proceda de un acto de libertad, se halla incorporado a nuestra naturaleza. Y que nuestra naturaleza está viciada, no puede ofrecer duda. En todos los países y en todos los tiempos que nosotros podamos recordar, el hombre, si sale inocente del vientre de su madre, no tarda mucho en mostrar su tendencia al mal, en afirmar su miserable _yo_, desconociendo el derecho de los demás seres. ¿Procederá esta tendencia perversa de la constitución misma de nuestra naturaleza? Entonces el mal es necesario, y ya no será mal, sino bien; porque lo que no puede ser de otro modo que lo que es no debe ser designado por una negación, sino por una afirmación; entonces el mal no es el desorden, sino el orden, y la naturaleza misma nos abre el camino para que sigamos francamente por él, sin cuidarnos de otra cosa. ¿Procederán las malas tendencias de nuestro corazón de un acto primitivo de libertad? ¿Quién ha realizado, entonces, este acto, mediante el cual nuestra naturaleza se ha corrompido? Necesariamente ha de ser un agente libre, y éste ha de ser un individuo humano. Pero este individuo humano, ¿habrá sido como nosotros? Desde luego, pero al mismo tiempo necesitaba ser distinto de nosotros, porque si no hubiese en él más que una naturaleza individual, la responsabilidad exigida a los demás por sus actos sería una monstruosa injusticia. Para que tal responsabilidad tenga lugar, necesario es que ese agente libre sea la raíz misma del género humano; que no sea un individuo en el sentido corriente que damos a esta palabra, sino un individuo primitivo que encierre dentro de si el germen de todos los demás individuos que componen la Humanidad. Sus actos no eran solamente individuales, sino universales, porque en él estaba presente la Humanidad entera. Existe, pues, un desorden esencial, fundamental, en la Humanidad, que es el origen del mal; este desorden es el efecto de una caída, de una degradación; esta caída es la obra de nuestros primeros padres.

--Es difícil, doctor, que podamos resignarnos al castigo de un acto ejecutado por otros. El hombre encuentra repugnancia en sentirse ligado a otros hombres de tal modo, que su alma forme parte de la suya.