Papeles del doctor Angélico

Part 6

Chapter 63,543 wordsPublic domain

En los últimos tiempos de su vida, cuando ya se advertían en su rostro las huellas de la enfermedad que le llevó al sepulcro, solíamos pasear algunas tardes por las cercanías de su hotel, situado en la parte oriental de Madrid, cerca del barrio de la Prosperidad. No es un paisaje riente ni variado el que por allí se descubre; pero la vista se extiende sin obstáculo por la llanura, el pecho se dilata, hay un derroche de luz y de aire que infunde alegría. Allá a lo lejos se divisan las crestas azuladas del Guadarrama.

En una de estas tardes caminábamos silenciosos, el uno en pos del otro, por el sendero que bordeaba un campo de trigo. Habíamos hablado bastante, y este silencio forzado a que nos obligaba la angostura del camino, nos servía de descanso. De pronto, al pasar cerca de un grupo de casas, o, por mejor decir, chozas, donde se albergaban los que recogen por las mañanas la basura de la capital, escuchamos desgarradores lamentos. En el mismo instante, una criatura de seis o siete años salió de la casa corriendo, y vino a abrazarse a mis rodillas gritando:

--¡Perdón, perdón!

Casi en el mismo instante que ella salió un hombre en su seguimiento con un manojo de cuerdas en la mano. Rugía como un tigre hambriento, y soltaba por la boca palabras más nauseabundas que la basura que apilaba cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la niña, presa de indescriptible terror, y volviendo hacia él sus ojos extraviados, gritaba:

--¡Perdón, padre, perdón! ¡Es que me he caído, padre! ¡Es que me he caído!

El bárbaro, sin aplacarse, trató de apoderarse de la criatura, que seguía cogida a mis rodillas. Entonces Jiménez se interpuso, poniéndole las manos sobre el pecho.

--¿Quién es usted--vociferó aquel salvaje--para impedir que castigue a mi hija?

Un muchacho de catorce o quince años, que pasaba a la sazón con unas vasijas de leche en la mano y se había detenido a mirar, le hizo signos negativos a Jiménez por detrás del enfurecido trapero.

--Pero ¿es hija de usted?--le preguntó Jiménez clavándole una mirada severa.

--Sí, señor, es mi hija.

El chico le hizo nuevos y más enérgicos signos negativos a espaldas del otro.

--Fíjese usted bien en lo que dice... ¿Es hija de usted?--repitió Jiménez mirándole con mayor severidad.

--Bueno, como si lo fuera... Es mi hijastra--repuso visiblemente turbado.

El chico continuó haciendo signos negativos.

--Tampoco eso es cierto. ¿Está usted casado con su madre?

--Pero ¿a usted qué mil rayos le importa? Déjeme usted pasar, o le atropello.

Mientras tanto, yo había observado que la niña tenía una herida en la mejilla, de la cual manaba abundante la sangre, y sus tiernas manecitas cubiertas de terribles cardenales.

--No le dejes paso, Jiménez. Ese hombre es un criminal, y tendrá que dar cuenta a la policía.

Al escuchar esta última palabra, el feroz trapero se aplacó un poco y quiso venir a las buenas, haciéndonos saber que había enviado a aquella chica a la taberna por una botella de vino, y se la había roto.

--¡Es que me he caído, padre!, ¡es que me he caído!--gritó la niña con angustia.

--¿Te has caído, eh, buena pieza? Yo te enseñaré a tenerte sobre los pies.

--Bueno, por lo pronto, a esta niña hay que llevarla a la Casa de Socorro, y usted vendrá con nosotros--manifestó Jiménez.

El trapero volvió a encresparse al oir esto, y no sólo se negó a ir con nosotros, sino que trató de arrebatarnos la niña violentamente; pero como éramos dos y vió nuestra actitud resuelta, y temiendo acaso empeorar su situación porque dos mujeres que pasaban a la sazón se detuvieron a presenciar la escena y tomaron parte por nosotros, la dejó al fin marchar. Mas no sin proferir terribles blasfemias y amenazas, que a nosotros no nos impresionaron, pero sí muchísimo a la criatura.

La colocamos entre los dos, llevándola de la mano, y caminamos hacia las primeras casas del barrio de Salamanca, que no estaban lejos. La íbamos haciendo preguntas mientras tanto, a las cuales apenas sabía contestar; pero se encargaba de hacerlo por ella el chico, que a par de nosotros marchaba.

El trapero era un licenciado de presidio. Estaba amancebado con su madre. Esta era aún más cruel que él con su hija. Los vecinos que habitaban en aquel grupo de casas, y también los que se hallaban más lejos, estaban enterados de los malos tratos que la niña sufría, pero no daban parte a la autoridad por temor a la venganza del trapero. La niña no tenía seis o siete años, como nosotros pensábamos, sino diez: su desmedro provenía de falta de alimentación. «¡Ha pasado más hambre esa chica que un perro de ciego!», nos decía el muchacho. Las mujeres que con nosotros marchaban corroboraban este aserto.

Por fin llegamos a la Casa de Socorro, y Jiménez y yo subimos con la niña. El chico y las mujeres ya nos habían dejado. El médico le curó inmediatamente la herida de la frente. En cuanto a las manos, cubiertas de cardenales recientes hechos con las cuerdas, fué necesario envolvérselas con árnica.

--¿Tienes alguna otra herida?

La niña se quejó de un agudo dolor en un brazo. El médico levantó la manga, y quedamos horrorizados viendo una llaga bastante extensa.

--¿Con qué te han hecho esto?

--Me lo ha hecho mi madre con una plancha.

--Es necesario reconocer a esta niña--manifestó el médico--. Hay que ponerla desnuda.

Nosotros nos salimos a la habitación contigua. Al poco rato nos llamó el facultativo, en cuyo semblante advertimos la cólera y la indignación.

--El cuerpo de esta niña está literalmente cubierto de cicatrices, unas recientes, otras tan antiguas, que se remontan a algunos años. Inmediatamente voy a dar parte al Juzgado, y ustedes tendrán la amabilidad de dejar aquí su nombre y las señas de su domicilio.

La niña no quería hablar, porque se hallaba bajo la impresión del terror, y temía volver a manos de sus verdugos. Cuando la hubimos persuadido, con no poco trabajo, que eso ya no podía ser, que la autoridad iba a encargarse de ella y quedaría depositada en un asilo, nos refirió balbuciendo una historia de espanto, algo que parecía una horrible pesadilla; por lo menos, yo creía algunas veces que estaba soñando. Los martirios a que había sido sometida aquella niña evocaban la imagen del infierno, y aquellos sus dos diablos atormentadores eran de lo más refinado que en él pudiera hallarse. Mientras duró el relato, las lágrimas corrían por las mejillas de Jiménez, y mis ojos no estaban mucho más secos.

Al fin nos despedimos, prometiendo volver al día siguiente para enterarnos de las disposiciones del juez.

Salimos silenciosos de las calles, y silenciosos entramos en plena campiña, caminando la vuelta de la casa de Jiménez. El cielo estaba límpido, el sol ya declinaba envuelto en un cendal rojizo. Las crestas, todavía nevadas, del Guadarrama despedían irisados destellos. Algunas columnitas de humo flotaban tranquilas sobre las viviendas esparcidas por la vasta llanura. Mi alma estaba henchida de tristeza y de horror a la vida.

--¿Verdad, Jiménez--dije posando mis ojos en aquellas columnitas--, que si la materia cósmica no se hubiera condensado en la vía _láctea_ para formar este puntito obscuro que llamamos Tierra, no se hubiera perdido gran cosa?

Guardó silencio un instante, dirigió también su mirada vaga hacia el horizonte, y repuso lentamente:

--Sí; se habrían perdido las lágrimas que tú y yo acabamos de verter.

--Entiendo lo que quieres decir. La efusión de nuestras lágrimas te parece algo precioso y sagrado, como revelador de un sentimiento que hace felices a los hombres por momentos. No te lo disputo. Hay algo en la vida digno y hermoso; los diálogos de Platón, la respuesta de Leónidas, la novena sinfonía de Beethoven, los besos de nuestra madre... Pero no son más que rayos de luz que esclarecen un instante las tinieblas en que estamos sumergidos; parecen los sueños de oro que atraviesan un instante el cerebro de un condenado a muerte. Después, todo miseria, todo horror. ¿No vale más permanecer sumergidos en la dulce inconsciencia de la planta? ¿Compensan tales instantes de admiración y de dicha la tristeza abrumadora de nuestra existencia? ¿Por qué estos instantes no son todos los instantes? El que nos hace felices un momento, pudo habernos hecho felices todos los momentos. ¿Por qué no lo hizo?

--Es la misma pregunta que a Dios dirigía el viejo Job hace algunos miles de años: «¿Cuándo existencia te pidió la nada?»... Razón tenía el patriarca judío; la existencia no tiene valor alguno si no la acompaña la felicidad. Pero ¿qué es la felicidad? Lo que debe ser. No hay definición que me parezca mejor que ésta. Existencia y felicidad son dos ideas tan estrechamente unidas, que allá en el fondo de nuestra inteligencia las juzgamos una misma, y al encontrarlas separadas en la práctica, nunca dejamos de experimentar sorpresa.

--Pues ya debíamos ir acostumbrándonos--repuse yo de mal humor.

--Jamás, jamás nos acostumbraremos. El hombre busca la alegría como la razón de su existencia, y cuando tropieza con obstáculos que se la arrebatan piensa que estos obstáculos no debieran existir, que su verdadera existencia queda vulnerada, que se ha introducido un desorden en el plan de la creación.

--Pero esos obstáculos existen siempre, y existen en abundancia. ¿Cuál es la razón de su existencia?

--Henos aquí llegados de un salto al núcleo de la cuestión: el origen del mal. Hay sabios antiguos y modernos que niegan su existencia. Dicen que, no siendo el mal otra cosa que la negación del bien, no tiene realidad, puesto que es una idea negativa.

--Con la misma razón podemos afirmar que el bien no tiene realidad, puesto que consiste en la negación del mal.

--Así es; el moderno apóstol del pesimismo, Arturo Schopenhauer, así lo sostiene. La afirmación de aquellos sabios es tan sofística como pueril. No basta negarse a ver una cosa para borrar su existencia. Los antiguos y modernos optimistas se parecen a esos animales que, al ver al cazador, cierran los ojos y se creen ya lejos de él. El mal es una realidad. El juicio de los hombres sobre la vida es triste, y ha arrancado de la lira de los poetas sones bien desesperados. «Después de la felicidad suprema de no haber nacido, la suerte mejor del que ha venido al mundo sería morir en el instante mismo», afirmaba la antigua sabiduría; y la moderna repite idénticas palabras. Pero hay una corriente filosófica que se niega a repetirlas, y pretende demostrar que el mal es necesario. Si es necesario de una necesidad absoluta, si hace parte de la naturaleza misma de las cosas, debe existir; si debe existir, es bueno... ¡Ah! «¡Desgraciados los que llaman al mal bien, y al bien, mal!», exclamaba el profeta Isaías. ¡No; el mal es mal, el mal es una realidad; pero el mal no es necesario! El mundo no sería menos perfecto sin la existencia del mal, como afirma Plotino, sino mucho más perfecto; el mal no es una parte del bien, un elemento del mundo primitiva y eternamente necesario, como sostiene Hegel. Yo imagino que el mundo sería mucho mejor si a los hombres no se les arrancase el corazón para ofrecerlo palpitante en el altar de un ídolo de piedra; si no se les cortase la lengua y se les introdujese plomo derretido en la boca para que no contraríen nuestras opiniones; si no se martirizase a los niños porque no pueden defenderse.

--¿Por qué, por qué todo eso, querido Jiménez?--exclamé impetuosamente--. ¿Por qué esos saqueos incesantes en la Historia, por qué esos niños degollados, por qué esas vírgenes violadas, por qué esos sabios torturados, por qué ese látigo vibrando siglos y siglos sobre las espaldas de seres inocentes?

--¿Por qué?, ¿por qué?--repitió Jiménez con voz ronca--. He aquí el problema de los problemas, el problema pavoroso junto al cual todos pierden importancia...

Guardó silencio unos momentos. Nuestros pasos sonaban a compás sobre la tierra dura del sendero. Las sombras invadían lentamente la campiña. Al fin comenzó a hablar en voz baja:

--Hubo un hombre entre los modernos, el más grande y el más sabio de todos ellos, que se llamó Leibnitz. Este atleta del pensamiento hizo esfuerzos vigorosos, desesperados, por abrir paso a la luz entre las tinieblas que envuelven este problema... O Dios no ha sabido impedir el mal, o no ha podido, o no ha querido. Entonces, no es Providencia. O ha sabido, ha podido y ha querido. Entonces, ¿cómo explicar la existencia del mal? La respuesta de Leibnitz es que el origen del mal debe buscarse en la naturaleza ideal de la criatura, en tanto que esta naturaleza se halla encerrada en las verdades eternas que existen en el entendimiento de Dios, independiente de su voluntad.

--¡Respuesta bien obscura!

--Sí, bien obscura. Leibnitz ha querido decir que el origen del mal es metafísico, y que depende de la imperfección de la criatura. Por tanto, es de absoluta necesidad. Volvemos al mismo dilema. Si es de absoluta necesidad, no es mal, sino bien... Pero ¿es cierto que el mal no es otra cosa que imperfección? ¿Es cierto que quien dice ser imperfecto, dice ser desgraciado? Habría que probarlo. Nuestra Tierra no es desgraciada por no ser tan grande como Júpiter, sino por otras causas diversas; Júpiter no es desgraciado por no ser tan grande como el Sol; el Sol no es desgraciado por no ser tan grande como Sirio. Esto sería confundir la idea de bien y mal con la de más y menos. Cada ser, en su sitio jerárquico, tiene un destino que cumplir; es feliz si este destino se cumple sin obstáculos, y desgraciado si no logra cumplirlo. Si para ser felices necesitáramos ser perfectos, entonces, sólo llegando a ser Dios seríamos felices... Yo soy una criatura bien limitada, bien imperfecta, y, sin embargo, hubo un tiempo en que no envidiaba, no diré al Ser infinito, pero ni aun a cualquier otra criatura colocada más alta que yo. En mi pobre hogar caminaba con el corazón satisfecho, libre de todo deseo: me bastaba mi pequeña cocina, mi pequeño comedor, mi pequeña mesa cubierta con tosco mantel de algodón. Fuera, los días se sucedían, unos, serenos, bañados de sol, otros, obscuros, aborrascados; soplaba unas veces el dulce céfiro primaveral, otras estremecía mis cristales el furioso vendaval; chocaban contra ellos la nieve, la lluvia, las ramas embalsamadas de las acacias, las alas negras de las golondrinas. Todo me era igual, todo contribuía a mi dicha. Yo no soñaba entonces con que necesitaba ser perfecto para ser feliz, yo no sentía el ansia de lo infinito, sino la de seguir caminando en aquel pobrecito hogar, arreglado por la mano más dulce que ha creado Dios...

La voz de Jiménez tembló al proferir estas palabras. Se detuvo un instante, y, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción, prosiguió:

--El argumento de Leibnitz es un sofisma. Llamar a la imperfección _mal metafísico_ para deducir de ella los dolores de este mundo, es un abuso de la razón. El mismo, arrepentido, dice que este mal metafísico no puede ser llamado exactamente mal, sino un _menor bien_. Ya lo sabes; los martirios que ha sufrido esa pobre niña no son un mal, sino un menor bien... Si Leibnitz no me convence, menos me persuaden aquellos espiritualistas refinados que ven en nuestro cuerpo el origen del mal. ¡Pobre cuerpo! Él, en sí mismo, no es malo ni bueno, sino la condición necesaria para que la vida se produzca. ¿No concibes un cuerpo que, lejos de estorbar tu felicidad, contribuya poderosamente a ella? Yo, no sólo lo concibo, sino que he visto en mí mismo realizado ese fenómeno. Cuando allá en mi juventud al primer rayo de sol saltaba del lecho y corría al castañar que circundaba mi casa, embalsamado por el olor del heno fresco y alegrado por el canto de los mirlos, o bajaba a la ribera y, empuñando los remos, me lanzaba con mi lancha en medio de la mar, azul y tranquila como un lago, una felicidad inexplicable inundaba mi corazón. La frescura del cielo, los rumores del aire, la transparencia del agua, los peces que dentro de ella se deslizan silenciosos, todo me atraía, todo me agitaba con una dulce embriaguez. La hermosa Naturaleza parecía soportarme con amor en su seno; yo me dejaba balancear por ella contemplando los picos azulados de las montañas, que convidan a soñar. ¡No, no! Entonces no necesitaba despojarme de mi cuerpo para ser dichoso. Lo único que podemos decir con verdad es que en muchos casos el cuerpo estorba al espíritu, que la relación entre ambos está viciada por la enfermedad o la flaqueza; pero, no sólo concebimos que esto puede no ser así, sino que no debe ser así. El mal no es esencial al cuerpo. Podemos suponerlo siempre en estado normal, o compuesto de una materia flúida e incorruptible como el oxígeno.

Jiménez hizo una pausa, detuvo el paso y, cruzando los brazos sobre el pecho, profirió mirando a lo lejos:

--Eliminemos, pues, el cuerpo. ¿Cuál es la causa del mal?

--Acaso sea el gobierno--dije yo.

--No te figures que es la pobre gente del campo quien solamente piensa así--repuso Jiménez riendo--: ésa es, poco más o menos, la tesis de Rousseau. El hombre, fuera de la sociedad, es bueno; la sociedad le corrompe, las instituciones le hacen desgraciado. De aquí los esfuerzos de Fourier, de Saint-Simon y otros para hacerle feliz por medio de instituciones adecuadas que vienen a ser los _falansterios_ en una u otra forma. Todo eso está bien desacreditado. No cabe duda que las instituciones pueden favorecer el desarrollo del bien o del mal entre los hombres, que hay instituciones injustas, como la esclavitud o la guerra, que desenvuelven los sentimientos de tiranía y de odio. Pero ¿son las instituciones la raíz de estos sentimientos? Para que se desarrollen, ¿no es necesario que su germen haya existido en el corazón del hombre? ¿Cuál es la razón de la existencia de ese germen? El problema permanece en pie.

--¿Y si no hubiera razón alguna?--pregunté yo.

--¿Qué quieres decir?

--¿Si el mal llevara en sí mismo la razón de su existencia? ¿Si el mal fuese lo positivo, lo esencial en la vida, y lo que llamamos bien, un accidente, una tregua, una negación momentánea de la irremediable desgracia? Esta doctrina es tan antigua como el mundo; ha contado y cuenta aún entre los humanos mayor número de prosélitos que ninguna otra; es la que, transportada del Asia por Schopenhauer, domina todavía en la Europa culta. «He aquí la verdad santa sobre el dolor--decía el Budha en el célebre sermón de Benarés--: el nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con lo que no se ama es dolor, la separación con lo que se ama es dolor. ¡Ah, desgraciada juventud, que la vejez debe destruir! ¡Ah, desgraciada salud, que tantas enfermedades amenazan! ¡Ah, desgraciada vida, donde el hombre permanece tan pocos días!»

--Fácil es el recuento de los dolores de este mundo, y negarse a verlos es gran demencia. Desde que se abren nuestros ojos a la luz hasta que se cierran para siempre, la adversidad nos espía, nos persigue... Pero si el mal es absoluto en la existencia, ¿cómo explicar el bien? ¿Dónde se encuentra el manantial de nuestras inefables alegrías? Prometeo, encadenado a la roca, escuchaba un suave rumor de alas, sentía un perfume indefinible que llegaba hasta él. Era el coro de las ninfas Oceánidas que, sobre un carro alado, al través de la bruma helada exhalada por la nieve, llegan para sentarse a sus pies, le calman, y le consuelan, y le infunden esperanza. Nosotros también, encadenadas a nuestra roca, sentimos alguna vez ese batir de alas mágicas, percibimos ese suave perfume embriagador; nosotros también tenemos nuestras Oceánidas consoladoras, seres dulces, adorables, que no temen pincharse al arrancar las espinas de nuestra vida, almas celestiales que nos hacen vivir por momentos en un paraíso. Las ninfas consoladoras de Prometeo venían del Océano. Pero las nuestras ¿de dónde vienen? Yo no puedo resignarme a pensar que tu buen padre, modelo de hombres justos, o mi adorada esposa, hayan sido puras y abstractas negaciones de algo fundamental y positivo... Y si el mal fuese la verdad, y el bien la mentira, ¿por qué habíamos de hacer sacrificios a éste, y no a aquél? Satanás sería la única realidad para el creyente, y a él irían sus oraciones; Dios, sólo una efímera y vergonzante negación de su majestad infernal.

--Sin embargo, Jiménez, la doctrina pesimista se impone al espíritu de un modo avasallador. ¡Ofrece tantas pruebas en el curso de la vida! Por otra parte, su máximo filósofo en Europa es un escritor de genio que posee un vigor y una flexibilidad maravillosos. Tomo sus libros en las manos, e inmediatamente me siento fascinado, me envuelve, me sujeta en los férreos lazos de sus razonamientos impecables, me alegra con sus punzantes epigramas, me deslumbra y me arrastra con los arranques briosos de su estilo. Y, al cabo, soltando el libro, me digo siempre: ¡Todo esto es verdad!, ¡es verdad!