Papeles del doctor Angélico

Part 5

Chapter 54,070 wordsPublic domain

Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Calderón y su criado regresaban de la feria de Córdoba y atravesaban la sierra sobre sus jacos, envueltos en capotes de agua. Calderón estaba de alegrísimo humor porque había vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando desataba el zaque que llevaba pendiente del arzón de la silla, bien repleto de amontillado, bebía largamente, y daba de beber a Curro. Como la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la peña, determinaron detenerse allí unos momentos y esperar a que escampase. Descendieron de sus monturas, guareciéndolas también del mejor modo posible. Curro desató su carabina de dos cañones y la puso cerca.

--¿Para qué has bajado la carabina?--le preguntó su amo sorprendido.

--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aquí.

--_¡El Casares, el Casares!... El Casares_ merodea muy lejos de aquí, y en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.

Calderón rió a carcajadas del miedo de su criado.

Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tiró la colilla, se puso en pie, tomó la carabina, se la echó a la cara, y, apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:

--Señor Francisco, prepárese usted a morir.

Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.

--Rece usted el credo, señor Francisco.

--¿Qué estás diciendo?--exclamó tratando de alzarse. Un tiro en el pecho le hizo caer de espaldas.

--¡Me has matado, miserable!

--Todavía no; pero voy a hacerlo--profirió Curro avanzando hacia él.

--¡Asesino, a ti te matarán también!

--Si hubiese testigos, no lo dudo.

--Las burbujas del agua serán testigos de este... Otro tiro le cerró la boca para siempre.

Curro le registró los bolsillos, se apoderó de todo el dinero que llevaba, cargó de nuevo su carabina, montó a caballo y se alejó al galope.

Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se apeó de nuevo y enterró cuidadosamente el dinero, dejando señal para encontrarlo. Después atravesó su sombrero de un tiro, se descerrajó otro en la parte blanda del muslo, y se presentó en el primer pueblo con señales de terror. La partida del _Casares_ los había sorprendido cuando descansaban y se disponían a emprender otra vez el camino. Él estaba ya montado, y gracias a eso había podido escapar. Su amo estaba aún a pie: no sabía si le habían matado: había oído muchos tiros: a él mismo le habían herido en su huída, etc.

Todo aquello dió que sospechar al juez, y, después de curado en el hospital, se le encarceló. Pero como no se le halló ningún dinero, y no había testigos, al cabo se le puso en libertad.

Pidió prestada una cantidad a un chalán de Sevilla, según dijo, y se puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenzó a prosperar. Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.

Y como, en realidad, ya no había motivo que justificase la oposición, el padre de Pepita Montes consintió al fin en la boda. Se celebró con pompa, y la esplendidez del novio concluyó de captarle la benevolencia pública.

El comercio marchó viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un chalán de importancia, porque era inteligente y activo; pero saciada su pasión bestial, fué con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un perfecto infame. Sin motivo alguno, comenzó a maltratarla cruelmente de palabra y de obra.

La pobre niña soportó aquel cambio más sorprendida que indignada. Como estaba perdidamente enamorada de él, los cortos momentos de buen humor y de expansión conyugal la indemnizaban de sus amarguras.

Pero estos momentos fueron cada día más cortos, y la vida de Pepita se hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pasó lo que sigue:

Curro había hecho una magnífica venta de un jaco. Había engañado como a un chino a un inglés. Estaba de alegrísimo temple, aunque el día fuese de los más tristes que pueden verse en la Andalucía, encapotado y lluvioso como si estuviésemos en Santiago de Galicia. Había hecho traer dos botellas de manzanilla, y habían almorzado, y habían retozado y charlado por los codos. Curro encendió un tabaco y vino a apoyarse en el alféizar de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse junto a él. Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado, miraban caer la lluvia pausadamente. Del techo de la casa corrían fuertes goteras, que formaban ampollitas en el pavimento de la calle.

Curro dejó escapar resoplando una risita burlona.

--¿De qué te ríes?--le preguntó su mujer.

--De nada--respondió con el mismo semblante risueño.

--Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.

Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.

--Escucha, Pepa--siguió él, riendo--. ¿Te parece que las burbujitas del agua pueden ser testigos en algún asunto?

--¡Qué ocurrencia!

--Pues el señor Francisco Calderón lo creía.

--¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?

--Sí; antes de rematarlo de un tiro me dijo que las burbujitas del agua serían los testigos que me acusaran.

--Pero ¿has sido tú?...

--Debiste de haberlo presumido, hija. ¿Piensas que las monedas que están en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por sí mismas, como en las funciones de escamoteo?

Y, acometido de súbito e irresistible deseo de confesión, narró a su esposa el crimen con todos sus detalles.

La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbación. Por un lado el miedo, por otro la pasión frenética que aquel hombre todavía le inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia. Curro describía la escena de su horrible crimen con la misma tranquilidad que si refiriese los incidentes de una cacería.

Transcurrieron los días, y Pepita hacía enormes esfuerzos por olvidar aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la miraba receloso y sombrío. Un abismo parecía abierto entre los dos.

La cortísima afición que por ella conservaba se había huído con el temor. Llegó a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde entonces de maltratarla.

Una noche, estando en la cama, sacó la navaja que tenía debajo de la almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:

--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que te siego el cuello como a una gallina.

Pepita no pensaba en semejante cosa.

Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto día, por un pormenor insignificante de la comida, Curro se arrojó sobre su esposa, la apaleó bárbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado escapar de sus manos, lanzándose a la calle y refugiándose en casa de su cuñado.

Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:

--¡Pero ese bandido quería matarte!

--¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!

--¡Ah! ¿Le ha matado él?

--Sí, sí; le ha matado...

Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde allí a ver al juez.

Se le encarceló de nuevo.

El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le obligó a cantar de plano.

Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:

--¡Las burbujas! ¡Las burbujas!

Los que le rodeaban creían que el terror le hacía desvariar.

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EL MINUTO FATAL

Hay horas para mí negras, amargas como la del huerto de Gethsemaní. Al contemplar la lucha incesante y cruel de todos los seres vivos, al tropezar dondequiera con la hostilidad y el egoísmo, me siento desfallecer como el Hijo del Hombre. Entonces, en este minuto aciago de desaliento y de duda, cuando miro caer pieza por pieza y derrumbarse ese mundo que la fe en Dios y el amor entre los hombres había levantado en mi conciencia, no me bastan los filósofos, no me bastan los poetas. Las palabras, por hermosas y concertadas que sean, no penetran en mi corazón. Quiero oír el acento de Dios, quiero ver su mano poderosa. Y me refugio en los conciertos de Weber o en las sinfonías de Beethoven, o bien corro al Museo y me coloco delante de los cuadros de Rafael y de Tiziano. Si esto no puedo, saco del armario un precioso grabado que allí guardo y representa un naufragio. Un buque de alto bordo, repleto de pasajeros, se va a pique por momentos. Los tripulantes, locos de terror, se encaraman por la borda sobre el aparejo y tratan de apoderarse todos al mismo tiempo de un bote salvavidas. Los más fuertes consiguen tocarlo ya con sus manos. Pero en aquel momento vacilan y vuelven la cabeza hacia un grupo de mujeres y niños que elevan hacia ellos sus débiles brazos suplicantes. Debajo de este admirable grabado hay estampadas en inglés las siguientes palabras:

«¡NIÑOS Y MUJERES, DELANTE!»

Es el grito generoso que se alza en aquel momento por encima de las olas y los vientos embravecidos. Es la voz que se escucha sobre esta pérfida y brutal Naturaleza, que nos tritura sin piedad, prometiéndonos la inmortalidad. Es nuestra carta de nobleza, rubricada por la mano de Dios.... Contra ella no hay Epicuros y Lucrecios que valgan. Este grito penetra en el fondo de mis entrañas como una revelación. Mi inteligencia se ilumina. Las piezas de aquel mundo derrumbado vuelven a juntarse. Mis ojos se llenan de lágrimas. Me siento repentinamente tranquilo, y, enjugando mi sudor de agonía, prosigo sereno el camino que el Cielo me ha trazado en este mundo.

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INTELIGENCIA Y AMOR

Si mi amigo Aldama no me hubiese animado con empeño, y al cabo no se hubiese brindado a acompañarme, nunca me atrevería a visitar al poeta Rojas, estoy seguro de ello. Envidio la osadía de esos mancebos que, apenas llegados a Madrid, llaman a la puerta de un grande hombre, le interrumpen cuando está tomando su chocolate, le dan la mano con toda franqueza y le asan con preguntas impertinentes. No era yo de ésos, no, aunque ardía en deseos de conocer a algunos.

En Madrid existían entonces, como ahora, muchos grandes hombres, pero yo no sentía curiosidad de conocerlos a todos, sino a tres o cuatro solamente. Y entre éstos, el poeta Rojas era el que más me fascinaba. Sus leyendas incomparables, sus versos fragantes y armoniosos me habían enloquecido. Sabía muchos de ellos de memoria, y me placía recitarlos a la cocinera cuando mi madre, aburrida, se marchaba a la cama... Es más, en las horas de estudio, cuando mi padre me veía absorto delante del libro de texto, yo estaba muy lejos con el pensamiento del libro de texto, porque componía versos imitando los de Rojas, y los apuntaba con lápiz en un papel que tenía para el caso oculto entre sus hojas.

Por eso cuando mi amigo Aldama tiró de la campanilla con la misma negligencia que si tirase de la de su casa, yo pensé desfallecer de emoción.

Salió a abrirnos una criada vieja que saludó a mi amigo como a antiguo conocido y nos pasó sin ceremonia al despacho del gran hombre. Era una pieza pequeña, triste, amueblada con refinada vulgaridad.

Paseé atónito la mirada por ella, y creí encontrarme en el escritorio de algún honrado almacenista de la calle de Toledo.

Pero salió Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento tétrico se desvaneció. No que apareciese vestido con gregüescos acuchillados, valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vestía el poeta un chaquetón de color indefinible, gorra de paño y zapatillas suizas. Pero estos prosaicos atavíos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte, habían asignado al poeta Rojas.

Nos acogió con exagerada alegría, abrazó a mi amigo Aldama estrechamente, y le dedicó una porción de piropos a propósito de sus últimos artículos en _El Imparcial_, de sus versos, de su elegante gabán y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas había nacido para esparcir piropos por doquier, y cuando no podía echárselos a una náyade o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.

Yo me sentía cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetón y de la gorra había hecho. Poco a poco, sin embargo, los fuí olvidando, entré en confianza y perdí el miedo, de tal manera, que a la media hora de estar allí, sólo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano sobre el hombro.

Pero él se encargó de recordármelos y anonadarme y volverme a la tímida admiración de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenzó a recitarnos la leyenda de _El encapuchado_ con una maestría en la dicción, con tal voz insinuante y armoniosa, que no podré olvidarlo mientras viva.

Aún no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupción en la estancia una señora con los cabellos grises, más bien gruesa que delgada, más bien baja que alta, que debió ser hermosa en su tiempo. Nos hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidiéndonos perdón al mismo tiempo, se encaró con el poeta, diciéndole:

--La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de que me ha hablado ya está colocada.

--Y ¿qué le vamos a hacer, hija?

--Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos convenía. Yo lo siento por ti.

--Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella--repuso alegremente Rojas.

Y de nuevo cogió el hilo de su leyenda, y la terminó felizmente.

Su esposa, que le había escuchado más distraída que interesada, se despidió de nosotros cortésmente.

Entonces yo me atreví a suplicarle que nos recitara su famosa composición titulada _La barca a pique_. Lo mismo que él, me la sabía yo de memoria, pero quería tener el gusto y el honor de oirla de labios del mismo poeta que la había forjado. Cedió a ello amablemente. El que no haya oído recitar a Rojas _La barca a pique_, no sabe lo que es poesía ni música. Antes de terminarla, de nuevo entró en la estancia su esposa, esta vez sofocada, roja de emoción, casi saltándosele las lágrimas.

--Perdonen ustedes, señores, que les interrumpa... ¿Sabes lo que acaba de hacer la Mariana, Luis?... Pues ha roto una taza del juego de Sèvres que estaba sobre el aparador. Le había prohibido que tocase a esa porcelana, porque conozco sus manos; pero como es más testaruda que una mula, bastó que se lo prohibiese para que se empeñara en limpiarla.

--Vaya, no te sofoques, hija mía... ¿Qué se va a hacer?... No vale esa taza el disgusto que tú te tomas--respondió dulcemente Rojas.

Aldama y yo cambiamos una mirada de sorpresa y de burla. Rojas sorprendió esta mirada y, cuando su mujer hubo salido, nos dijo sonriendo:

--¡Qué mujer tan vulgar!, ¿verdad? Parece mentira que el poeta Rojas esté casado con ella.

--¡Don Luis!...--exclamó Aldama.

--No me lo nieguen ustedes: eso se estaban diciendo a sí mismos en este momento, y se lo comunicarían uno a otro en cuanto bajaran la escalera... No me sorprende. Pero es el caso que donde ustedes observan vulgaridad, yo veo encantadora inocencia; donde ustedes encuentran rudeza, yo encuentro graciosa espontaneidad; donde ustedes ven prosa, yo veo poesía... ¿Saben ustedes por qué? Pues por una razón muy sencilla, por la única que existe en el mundo para explicar todas las cosas buenas: porque la amo. Y como la amo, la comprendo. Adoro su increíble candidez, su ternura, sus cóleras infantiles, sus caprichos, hasta su indiferencia por el arte. Tal como era a los veinte años, lo es ahora que tiene sesenta. Como la amo, he penetrado su esencia angelical, y vivo unido a ella en perpetua y beata adoración. Para comprender cualquier cosa en este mundo, amigos míos, es necesario amarla. Sin amor, no hay comprensión, no hay inteligencia. Vosotros tenéis madres, que para vuestros amigos acaso aparecerán como seres vulgares; pero vosotros sabéis bien que no lo son. Y cuando vais de paseo con vuestro padre, que no ha escrito libros, ni dramas, ni poesías, ni siente la pasión del estudio como vosotros, camináis a su lado con más alegría que si fueseis con un sabio o con un poeta eminente, acogéis sus palabras con respeto, aprobáis sus observaciones, reís con sus chistes... ¿Quiénes son los equivocados, los que juzgan a nuestros padres y a nuestras esposas como seres insignificantes, limitados, indignos de parar la atención en ellos, o nosotros, que los veneramos y admiramos? Indudablemente, ellos. La esencia divina, la bondad y la belleza inmortales se hallan esparcidas por todos los seres humanos, y aquel se acerca más a Dios y participa de su inteligencia soberana, quien se une a sus criaturas con más amor... Nadie puede ahondar en una ciencia sin amarla; nadie puede descollar en las bellas artes sin ser su apasionado. Para ser devoto, es necesario amar la religión. Cuando yo leía el _Camino de perfección_ de Santa Teresa, recuerdo que me pareció pueril aquel encargo que hace de no hablar ni oir hablar con desprecio de ninguna cosa que se refiera a la religión. Más tarde comprendí que estaba en lo cierto. No es posible ver el lado obscuro de una cosa y ligarse a ella de corazón. Cuando una mujer empieza a encontrar defectos a su marido, es que ya no le ama. Y, en realidad, ¿tenemos defectos los seres humanos?, me he preguntado muchas veces. ¿Es posible que las criaturas salgan malas de las manos de su Creador? El defecto, como la misma palabra indica, no es algo substancial, sino negativo; es un _no ser_. Nuestro verdadero ser, lo que hay de substancial en nosotros, es siempre bueno. Por eso, repito, el que ama a otro, es quien sabe lo que este otro es, quien penetra su esencia. O lo que es igual, el amor no quita el juicio como el vulgo supone, sino que lo da... Pero, sin darme cuenta de ello--añadió riendo y cambiando de tono--, les estoy espetando un sermoncito. ¡Menos mal que no es de pasión, sino de resurrección!... Vamos otra vez a _La barca a pique_.

Y don Luis de Rojas terminó de recitar su hermosa poesía. Pero yo le escuché distraído.

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BIENAVENTURANZA

En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal los lunes. Allí se congregaban las campesinas de los contornos con sus cestas repletas de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas ofreciendo sus mercancías, gritaban más alto aún las obreras y domésticas de la villa ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban las gallinas, gruñían los cerdos, mugían los terneros, relinchaban los potros. Todos estos ruidos envueltos llegaban hasta mí como un sordo rumor que me producía somnolencia.

Los lunes por la tarde no teníamos escuela a causa del mercado. El Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.

En casa no querían que saliese a la calle, por miedo a los coches, a los borrachos, a las brujas, etc. Tampoco querían retenerme dentro de ella, porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptábase un justo medio; me enviaban al _almacén_.

Era éste una vasta pieza vacía y polvorienta, con ventana abierta al soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en que habitábamos. Prohibición absoluta de saltar por esta ventana al soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y me entretenía lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el alféizar, y miraba cruzar a los transeuntes.

El único que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un niño rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de latín con los libros bajo el brazo. Sólo tenía un año más que yo, y había asistido conmigo a la escuela hasta hacía poco tiempo; pero, debiendo partir en breve al Colegio de Artillería, sus padres le habían sacado de ella para que aprendiese latín, convencidos tal vez de que sin entender a Virgilio no dispararía jamás bien un cañón.

La cátedra de latín funcionaba los lunes por la tarde. Nabor recordaba con pesar su tiempo de escuela a causa de esta circunstancia. Por eso, al cruzar cabizbajo por delante de mi ventana, me miraba enternecido y me decía con acento patético: «¡Adiós, Angelito!»--«¡Adiós, Nabor!», respondía yo lleno de compasión.

Pero alguna vez se detenía, cambiábamos algunas palabras, y yo le sugería diabólicamente la tentación de abandonar la cátedra y quedarse allí conmigo. El mofletudo Nabor vacilaba presa de horrible incertidumbre, acometido de negros presentimientos. Tenía miedo de que le viesen el tío Agapito, o el tío Esteban, o el tío Hermene, o el tío Borja, etc. Porque poseía una ristra interminable de tíos paternos y maternos, todos los cuales indefectiblemente habían de pasar por allí, en su opinión. Por último, me decía:

--Si cierras la ventana, me quedo contigo.

Sin oponer ningún inconveniente, yo cerraba la ventana, y quedábamos en completas tinieblas. Nos sentábamos en el suelo, y entre los dos poníamos una lata vacía de petróleo, sobre la cual tocábamos con sendos palitroques marchas guerreras. Yo las cantaba al mismo tiempo; pero él se guardaba bien de hacerlo. ¿Quién sabe si el tío Agapito, el tío Esteban, el tío Hermene, el tío Borja, etc., estarían allá fuera con el oído pegado a la cerradura?

Cuando nos fatigábamos de tocar el tambor, nos entregábamos a las más dulces confidencias. Nabor me contaba su triunfo sobre Pepón, el hijo del carnicero, a quien había logrado hinchar las narices, metiéndole adecuadamente para ello la cabeza debajo del brazo izquierdo, y ejecutando tan delicada operación con la mano derecha. Yo le describía las tres batallas descomunales que había sostenido contra Manolín, el hijo del chocolatero, de las cuales había ganado las dos primeras y perdido la última, porque, traidoramente, me había echado la zancadilla. O bien, explorando con nuestra imaginación lo por venir, nos veíamos ya tenientes del Ejército, luego capitanes, luego coroneles y generales. Nabor sería artillero, pero yo estaba resuelto a pertenecer al arma de Caballería.

--Escucha, Nabor--le decía, metiéndole la boca por el oído--; cuando tú seas capitán y mandes una batería, yo mandaré también un escuadrón. Si te encuentras en algún apuro, si los moros se echan sobre ti (para nosotros no existían más enemigos que los moros) y quieren arrancarte los cañones, gritarás: «¡Aquí, Angelito! ¡Nabor te necesita!» Entonces cargaré como un rayo sobre ellos con mis jinetes, y, ¡zis, zas!, por aquí, ¡zis, zas!, por allá, cortaremos cabezas con nuestros sables hasta que tú puedas revolverte y poner en salvo los cañones.

Nabor, conmovido por esta prueba de amistad y de valor, me abrazaba con efusión y me anunciaba proféticamente que por aquella hazaña me darían, sin duda alguna, la cruz laureada de San Fernando. Yo, a mi vez, estaba persuadido de que a él no podían dejarle sin la cruz roja del Mérito Militar.

Una vez condecorados, nos poníamos a engullir el pan y las ciruelas pasas que me habían dado para merendar. Después volvíamos a empuñar los palitroques, y otra vez a las marchas bélicas: ¡españoles valientes, a vencer o a morir!

¡Qué dulces momentos! ¡Qué íntima y pura felicidad! ¡Qué obscuridad tan luminosa! Si echo una mirada al curso de mi vida, no encuentro en toda ella un minuto de dicha más perfecta que la que experimentaba en aquel polvoriento almacén con las ventanas cerradas. Por eso tal vez no he podido representarme jamás el cielo sino en tinieblas. No hay quien me saque de la cabeza que el día en que me muera, si Dios me tiene en su gracia, nadaré solo por los espacios tenebrosos hasta que un ángel se acerque a mí, roce mi frente con sus alas, me eche los brazos al cuello, me bese y me invite dulcemente a tocar el tambor.

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INTERMEDIO DEL EDITOR